4.2. La Guerra de la cuádruple alianza (1717-1721)

 

E

l Tratado de Utrech supuso para España el final de su presencia dominadora en Italia. Los reinos de Nápoles y Cerdeña y el ducado de Milán, recibidos por España de la Corona de Aragón desde los siglos XIV y XV o conquistados por las armas en el XVI, pasaron al Imperio Austríaco. Sicilia, que pertenecía a la Corona de Aragón o a monarcas de su Casa desde 1282, fue entregada al duque de Saboya.

A este grave quebranto se unió la pérdida de Menorca y Gibraltar, lo que produjo a España un pérdida dramática de influencia y poder en el Mediterráneo occidental.

No es de extrañar que la recuperación y el control militar de esta región vital para los intereses hispanos se convirtiese en una verdadera obsesión de la política internacional de Felipe V, que no vaciló en librar tres campañas sucesivas en la península italiana y sus islas en cuanto la situación económica permitió una cierta recuperación del país, muy dañado por la terrible Guerra de Sucesión y con una flota casi inexistente.

La acertada política del ministro José Patiño y la recuperación económica facilitaron la creación de una nueva flota casi de la nada. Donde antes solo había unas pocas fragatas y unos galeones ruinosos, surgió en solo tres años una renovada y moderna armada que de nuevo colocó a España en situación de hacer valer su poder en el mar.

España libró tres guerras italianas en ese periodo. La primera intentaba romper en una acción decisiva los resultados nefastos de Utrech, lo que sorprendió a las potencias europeas, que no podían creer que la agotada nación que regía Felipe V se atreviese a discutir el orden europeo recién creado. España estaba retrasando la ratificación del Tratado de Utrech con Austria, ya que había sido Francia quien entregó los dominios españoles en Italia al Imperio Austríaco en el Tratado de Rastatt, algo con lo que Felipe V no estaba conforme. Oficialmente, no existía aún paz entre España y Austria, y ante la obstinada postura de España, el Reino Unido, los Países Bajos y Francia firmaron el 14 de enero de 1717 un acuerdo diplomático, conocido como la Triple Alianza, para asegurar lo acordado en Utrech. El acuerdo recordaba al emperador Carlos VI que debía renunciar al uso del título de rey de España, y a Felipe V que debía de ceder los Países Bajos, Nápoles, Milán y Cerdeña, cuyos territorios estaban ya ocupados por tropas imperiales.

La detención por los austríacos en Milán del inquisidor general español, José Molinés, cuando se dirigía de regreso a España desde Roma, dio a Felipe V el pretexto que buscaba [27]. Alberoni no estaba de acuerdo, pues pensaba que la recuperación española llevaría todavía un tiempo, pero no pudo impedirlo y tuvo que aceptar una operación ideada por Patiño, recién nombrado intendente de Cádiz y artífice del resurgimiento naval.

En julio de 1717 el rey y la reina firmaron las órdenes para que la flota española se dirigiese a Cerdeña. Un ejército de 8.500 soldados de infantería y 500 de caballería al mando del marqués de Leyde, general valón a las órdenes de España, embarcó en Barcelona en 100 barcos de transporte protegidos por 9 navíos de línea y 6 fragatas.

Cerdeña cayó en manos españolas y el verano siguiente reconquisto Sicilia un inmenso ejército de campaña de 30.000 soldados, 6.000 caballos y 200 piezas de artillería, transportado por una flota de 350 buques y escoltado por una escuadra de 30 navíos de guerra. El estupor en las cortes de las grandes potencias europeas fue similar al de alguien que viese resucitar a un muerto.

La amenaza española no era una broma, pues sus tropas habían demostrado una capacidad de combate notable y su flota era de nuevo peligrosa, razón por la cual, el Imperio Austríaco, Gran Bretaña, Francia y Saboya firmaron en Londres la Cuádruple Alianza contra España el 2 de agosto de 1718.

La primera medida militar de la Alianza fue la protección del reino de Nápoles, que pertenecía a Austria y que se presumía el próximo objetivo de España. Para ello, los británicos enviaron una escuadra al mando del almirante Byng hacia aquellas aguas.

El 11 de agosto Byng descubrió una escuadra española de 11 navíos que se dirigía a tomar Siracusa y la atacó en el cabo de Passaro. El resultado del combate fue el total descalabro de los españoles: todos los buques fueron destruidos o apresados, excepto cuatro navíos de guerra. El marqués de Leyde, que resistía con éxito a los austríacos por tierra, no recibió refuerzos y se vio obligado a mantener una actitud defensiva.

El 17 de noviembre de 1718 una ordenanza real autorizó la práctica del corso a todos los españoles que «deseasen armar navíos y hacer la mar».Esta medida se completó con una leva general y otra de gente de mar. El Reino Unido declaró la guerra a España en diciembre de 1718 y Francia lo hizo en enero de 1719. De esta manera, España se encontró haciendo la guerra sola a las principales naciones de

Europa, pero había algo más. Esta vez, en América del Norte no solo había que combatir al tradicional enemigo británico, sino también a los franceses, cuyos combatientes de Canadá y Luisiana habían demostrado ya una notable capacidad de lucha a lo largo del siglo XVII y constituían un enemigo temible.

La guerra en Florida: la lucha por Pensacola

Al estallar la guerra de España contra Francia y el Reino Unido, Florida parecía en principio la provincia más amenazada, pues tenía territorios británicos al norte y franceses al este, un área enorme que defender con muy pocos hombres y recursos, aunque en contra de lo que pudiese parecer a primera vista, la situación no era tan mala.

Como hemos visto, durante la Guerra de Sucesión Española, los británicos y sus aliados indios devastaron la magnífica cadena de misiones que los religiosos españoles habían levantado en décadas de esfuerzo. Destruyeron campos, cultivos y ganados, pero habían sido incapaces de tomar San Agustín y avanzar hacia el sur, por lo que la actual Georgia seguía siendo una tierra de nadie en manos de poderosas naciones indias como los cherokee, los creeks y los yamasi.

Para reforzar su posición, España decidió, en 1718 asegurar un punto clave situado en la mitad del destruido Camino Real de San Agustín a Pensacola, y volvió a ocupar el viejo fuerte costero de San Marcos en la bahía de Apalache, construido en madera en 1679 y destruido por los piratas en 1682.

Por su parte, los colonos de Carolina, que habían asolado la Florida a placer durante la Guerra de Sucesión española, se hallaban en 1719 recuperándose aún de los desastres acaecidos en 1715 con ocasión de la Guerra Yamasi, en la que esta tribu —luego fiel aliada de España— y los indios creek habían destruido la colonia casi por completo. Los yamasi, al igual que los creek orientales —conocidos por los españoles como apalalachicolas—, se vieron defraudados con el trato que recibían de los británicos y al término de la Guerra de la Reina Ana —nombre con el que se conoció en las colonias angloamericanas la Guerra de Sucesión Española— el malestar fue en aumento, hasta que finalmente, en 1715, entraron en guerra. Los británicos sufrieron muchísimo, murieron centenares de colonos, y la frontera de Carolina del Sur quedó completamente arrasada. Cuando en 1719, los milicianos carolinos y las tropas británicas restablecieron la situación, los españoles sabían que a sus enemigos les costaría años recuperarse.

Tras la guerra, los indios creek y los yamasi [28]fueron bien acogidos en la colonia española, cuyos agentes, les habían suministrado armas, municiones y pertrechos [29]. Se establecieron en el norte de Florida, cerca de San Agustín, y contribuyeron a vigilar la frontera y asegurar que el territorio se mantuviese firmemente bajo soberanía española, lo que permitió a la escasa guarnición, apoyada desde Cuba, mantener incluso una notable capacidad ofensiva.

 

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Al iniciarse la guerra en Europa, los colonos británicos no podían atacar Florida y sin embargo esperaban un asalto español en sus costas, lo que era correcto, pues los españoles estaban reuniendo una flota y tropas en La Habana para atacar la ciudad de Charleston. Pero el ataque no se produjo, ya que los franceses pasaron a la ofensiva en el oeste de Florida mucho antes de lo previsto.

El 5 de marzo de 1718, Andrés de Pez, que en la década de los 90 del siglo anterior había sido el principal impulsor de ocupación de Pensacola, estimó que una actitud amistosa con Francia era un riesgo para los escasos puestos españoles en las costas del Golfo de México. Tradicionales enemigos durante casi 200 años, con la ascensión al trono de Felipe V parecía que la rivalidad franco-española había sido suspendida y que las dos coronas estarían en adelante cordialmente unidas. Pero siglos de enfrentamiento no se borraban fácilmente.

La Guerra de Sucesión de España permitió a los franceses ocupar la bahía de Mobila y que sus barcos obtuviesen provisiones en puertos españoles. Los franceses vieron que esta era una buena forma de ampliar su territorio hacia el este y comenzaron a presionar la frontera de Nueva España, no solo en Texas, sino también en las actuales Alabama y Florida Occidental, armando además a las tribus indias. Eso hizo que Andrés de Pez prohibiera la entrada en los puertos españoles de Cuba y Nueva España de buques franceses y la adquisición de caballos en territorio español.

A pesar de su extensión más allá de Misisipi, la colonia francesa de Luisiana no había tenido éxito. Tanto Crozat como Cadillac tuvieron tremendos problemas para gestionarla. Aunque estaba situada en un lugar estratégico excelente, tenía un clima insano y sufría constantes inundaciones y huracanes. Pero el enorme esfuerzo realizado en los primeros años del siglo XVIII comenzó a rendir frutos y los establecimientos de isla Dauphin y Saint Joseph empezaron a prosperar. En febrero de 1718, el nuevo gobernador Jean-Baptiste Le Moyne de Bienville reforzó la guarnición, al tiempo que llegaron noticias a Cuba y Florida de movimientos franceses entre las tribus de la región oriental localizadas más allá de las fronteras de la Luisiana.

Gregorio de Salinas Varona, el gobernador Pensacola, asumió rápidamente que era necesario reforzar las defensas ante la posible amenaza francesa. El virrey de Nueva España aceptó instalar una batería en la isla de Santa Rosa para proteger la entrada a la Bahía Pensacola, y el mismo año Bienville comenzó la fundación de Nueva Orleans. Los barcos que llegaron en agosto de 1718 trajeron a varios cientos de colonos franceses con contratos para ocupar tierras, y el creciente desarrollo de la colonia francesa ampliaba la brecha entre dos enemigos tradicionales que se habían hecho aliados por la fuerza de las circunstancias. Francia comenzó, asimismo, un serio esfuerzo para atraer a sus causa a los indios y emprendió una iniciativa diplomática para persuadir España de la conveniencia de entregarle la bahía de Pensacola.

Las noticias de que Francia había declarado la guerra en España en enero de 1719 llegaron primero a la Isla Dauphin. Bienville montó un ataque sobre la guarnición de Pensacola antes de que los españoles pudieran reaccionar y tuvo un notable éxito. Pensacola cayó el 14 de mayo, ante las quejas del comandante español del fuerte de madera que protegía el puerto, quien afirmó amargamente no haber recibido aún la declaración oficial de guerra. En cualquier caso su minúscula guarnición no tenía nada que hacer y en apenas unas horas decidió rendirse sin resistencia.

Para desgracia de los franceses España aún no estaba tan postrada como la propaganda aliada afirmaba y la flota de La Habana, que se estaba preparando para atacar Carolina del Sur, cambió de objetivo, se dirigió a la bahía de Pensacola y recuperó el fuerte San Carlos y la ciudad el 6 de agosto de 1719. Pero los franceses contraatacaron y volvieron a conquistar el fuerte el 17 de septiembre.

Con el apoyo que le proporcionaban otros fuertes situados en Mobila y Biloxi, los franceses consiguieron un firme control de la zona hasta el final de la guerra. El fuerte español fue reforzado y rebautizado como Fort Toulouse. Por otra parte, los franceses lograron una notable colaboración de las tribus de la región, y eso impidió otro intento español de recuperar la plaza. La guerra se redujo a pequeños y ocasionales choques en el mar entre navíos de ambos bandos e incursiones indias que no cambiaron en nada la situación.

Pensacola quedó en manos francesas hasta el final de la guerra. No obstante, Francia se la devolvió a España en 1721 como parte de lo estipulado en el tratado de paz que ponía fin a la contienda en Europa.

Cuando el 26 de noviembre 1722 los franceses abandonaron la plaza, quemaron la ciudad y el fuerte hasta sus cimientos. La posición española en un lugar clave en el Golfo de México tardó más de una década en volver a consolidarse. Para España la guerra en las costas del Golfo de México y en la Florida significó una dura lección: era vital mantener una plaza fortificada en la costa norteamericana frente a Cuba, para garantizar la seguridad del tráfico marítimo y proteger las vías de comunicación entre España, México y Cuba y el Paso de las Bahamas.

Nuevos enemigos: los franceses en Texas

Al estallar la guerra entre Francia y España en Europa los franceses rompieron las hostilidades en Texas, de acuerdo con su política de extender las fronteras de la Luisiana hasta el Río Grande por creer que existía riqueza minera en las proximidades de San Juan Bautista.

El comienzo de la campaña francesa fue bastante modesto. En junio de 1719 una pequeña columna de tan solo siete soldados franceses del fuerte de Natchitoches, situado a orillas del río Rojo en el actual estado de Luisiana, atacó y destruyó la misión de San Miguel de los Adaes, defendida por un solo soldado español, que no tenía conocimiento de la existencia de la guerra entre ambos países.

Los franceses extendieron la noticia de la caída de Pensacola y anunciaron que una columna de cien soldados avanzaba hacia Natchitoches para incorporarse a la guarnición e iniciar el ataque a las misiones españolas de los Adaes.

El pánico prendió entre los colonizadores españoles, pues en aquella zona había media docena de misiones de difícil abastecimiento, defendidas tan solo por 25 soldados —aunque parezca increíble el territorio que «defendían»era como toda Andalucía—. Además, los indios caddo de la zona eran pro-franceses. Ante la situación, los soldados, los colonos y los misioneros reunieron su ganado y pertenencias, abandonaron las misiones y los presidios y buscaron refugio en San Antonio de Béxar.

La reacción de España no se hizo esperar. El Virreinato de Nueva España era rico y poderoso, estaba bastante poblado y contaba con recursos suficientes para apoyar cualquier acción militar. Estratégicamente, sin embargo, España estaba en una situación complicada. Los franceses, sólidamente asentados en la desembocadura del Misisipi, se habían extendido hacia el norte hasta enlazar a través de vías fluviales con fuertes y poblaciones en Canadá. También habían intentado moverse hacia el este, donde chocaban con la fuerte posición española de Pensacola —que acababan de tomar— y hacía el oeste, donde realizaron varios intentos de penetración en Texas que habían fracasado. No obstante, ahora contaban con una ventaja extraordinaria: España estaba en guerra no solo con ellos, sino también con los británicos, lo que obligaba a los españoles a combatir contra dos poderosos enemigos al tiempo. Si bien el número de tropas regulares francesas en Luisiana no era muy alto, su calidad era aceptable y, sobre todo, podían contar con milicias formadas por hombres audaces que desde hacía años se habían adentrado cada vez más en los inmensos territorios que rodeaban la colonia hasta alcanzar las grandes llanuras, donde una acertada política comercial que entregaba a los indios todo tipo de mercancías a cambio de pieles había convertido a estos en fieles aliados. Poco a poco, los franceses habían conseguido la amistad declarada de importantes tribus a las que además, y para consternación de los españoles, habían comenzado a entregar armas de fuego.

En cuanto a España, su reacción a la amenaza fue eficaz y rápida. La principal ventaja española era contar con la isla de Cuba, que extendida desde la Florida hasta el Yucatán era una base de primer orden, por lo que se eligió como punto central desde el que preparar cualquier tipo de acción ofensiva.

Lo primero que se realizó fue un ataque conjunto por tierra y mar contra las posiciones francesas en Texas y un avance por tierra sobre Luisiana. En 1721, el marqués de Aguayo, un noble español residente en Coahuila —norte de México—, casado con una de las viudas más ricas de Nueva España, reunió una flota en el Caribe y organizó una expedición. Como respuesta a la ofensiva invasora en Texas y Florida el marqués ofreció su vida y su fortuna al rey para hacer retroceder a los franceses y evitar la amenaza que se cernía sobre el norte de Nueva España.

El marqués recibió el título de capitán general y gobernador de Coahuila y Texas y reunió 500 hombres, 3.600 caballos, 600 reses de ganado vacuno, 900 ovejas y 900 muías, la mayoría de éstas últimas cargadas con suministros e impedimenta. La expedición incluía a los frailes agustinos Padrón y Guzmán, Matías Sáenz, Pedro de Mendoza y Margil, y al capitán Domingo Ramón, a quien Aguayo envió por la costa hacia el fuerte de San Luis, construido por el francés La Salle 30 años antes.

La expedición del marqués de Aguayo fue la más grande que cruzaría el Río Grande hasta la entrada del general Santa Ana en Texas en 1836, ciento quince más tarde. Con esa fuerza el marqués expulsó a los franceses del este de la provincia y aseguró el dominio de España en el territorio, estableciendo una sólida base de colonización. Por los territorios que cruzaba iba dejando ganado vacuno y ovino, y también caballos, que con el correr del tiempo formaron grandes manadas en libertad: los famosos caballos mesteños tejanos.

La columna española inició la marcha desde Monclova el 15 de noviembre de 1720. A principios del verano de 1721 comenzó a atravesar las calurosas llanuras tejanas, y a finales de julio de 1721 sus exploradores encontraron a los franceses a orillas del río Neches, en los bosques limítrofes con Luisiana.

Desde primeros de año el contingente francés del fuerte de Natchitoches estaba al mando del comandante Saint-Denis, que se había distinguido en la segunda toma de Pensacola. El francés había planeado un ataque a San Antonio y el gobierno francés lo había aprobado; pero tuvo que desistir ante la presencia y superioridad de la columna del marqués de Aguayo, y se retiró del este de Texas.

Las tropas de Aguayo eran más móviles, pues contaban con dragones de cuera de la frontera Norte de México y con caballería y dragones del Ejército Virreinal de México, muy superiores a los franceses.

Tras expulsar a los franceses, el marqués de Aguayo se dedicó a organizar y reforzar la presencia española en Texas. Entre San Antonio de Béxar y la frontera con Luisiana asentó a 400 familias, procedentes la mitad de Galicia, islas Canarias y la Habana, y la otra mitad de indios tlaxcaltecos leales a España. Cuando abandonó el territorio el 31 de mayo de 1722, Texas contaba con cuatro presidios, diez misiones y una villa.

Las nuevas instalaciones españolas formaban una barrera con varias zonas de protección ante cualquier ataque francés y aseguraban la frontera ante amenazas europeas procedentes de tierra o del mar y ante los peligrosos indios de las llanuras de Texas.

La primera zona de protección era la de Adaes, frente a la frontera con la Luisiana francesa, que contaba con dos presidios y siete misiones.

 

Los presidios eran:

— Nuestra Señora del Pilar de los Adaes, construido de madera por el marqués de Aguayo en un bosque localizado a unos 20 kilómetros de Natchitoches, que contaba con una guarnición de 100 hombres y 6 cañones. Este presidio fue la capital española de Texas hasta que los franceses abandonan Luisiana en 1764. Sus ruinas se encuentran cerca de la actual población de Robeline, Luisiana.

— San Francisco de los Dolores, situado en las cercanías de los Adaes. Construido por el capitán Domingo Ramón en su expedición de 1716 y protegido por una pequeña guarnición.

 

En cuanto a las misiones, eran:

— Santísimo Nombre de María, y San Francisco de los Texas, construidas en 1690; y Nuestra Señora de los Nacogdoches, San José de los Nazones, La Purísima Concepción, San Miguel de los Adaes y Nuestra Señora de los Dolores de los Ais, construidas por el capitán Domingo Ramón en 1716.

 

La segunda zona estaba en el interior, junto al río San Antonio y hacía de frontera con las llanuras del oeste. Incluía las siguientes poblaciones:

— Villa de San Antonio de Béxar, cuya construcción había iniciado Martín Alarcón, gobernador de Texas, en su expedición de 1718.

— Presidio de San Antonio de Béxar, cuya construcción había iniciado Martín Alarcón, gobernador de Texas, en su expedición de 1718.

— Misión de San Antonio de Valero, construida por fray Antonio de San Buenaventura de Olivares durante la expedición de 1718 del gobernador Martín Alarcón. La misión recibió el nombre en honor al nuevo virrey, marqués de Valero [30].

— Misión de San José, construida en 1720.

 

La tercera zona estaba en la costa y en la retaguardia y tenía estos asentamientos:

— Presidio de Nuestra Señora de la Bahía del Espíritu Santo, construida sobre las ruinas del fuerte francés Fort Louis, edificado por el francés Lasalle en 1686, a orillas de la bahía que los españoles llamaban de Matagorda y los franceses de San Bernardo. Durante la guerra los franceses, que habían olvidado la ubicación exacta de la bahía, trataron de ocupar la bahía de Galveston por dos veces, creyendo que era esa la que había ocupado Lasalle más de 30 años antes. El capitán Domingo Ramón tomó posesión de la bahía del Espíritu Santo en nombre de Su Majestad, El Rey, y alzó la Cruz y el Estandarte Real el 4 de abril de 1721. Con sus muros de piedra y sus cañones, durante un siglo fue la más poderosa fortificación de Texas.

— Misión de Juan Bautista, fundada por fray Francisco Hidalgo en 1700.

 

Cuando el marqués de Aguayo abandonó Texas en 1722 la provincia tenía cuatro presidios en lugar de uno, más de 250 soldados en lugar de 50, diez misiones en lugar de seis, y una pequeña villa en ciernes en San Antonio.

El ataque francés no solo no había debilitado la posición española en Texas sino que la había reforzado. La colonización de Texas siguió avanzando a lo largo del siglo, pero las bases establecidas por el marqués de Aguayo habían sido esenciales para que España controlase su nueva provincia y la librase de futuras amenazas externas.

Nuevo México y las llanuras. La expedición de Villasur a Nebraska

Al estallar la Guerra de la Cuádruple Alianza en Europa en 1719, la colonia de Nuevo México sintió la amenaza de sus vecinos franceses establecidos en las orillas del río Misisipi. La reconquista de Nuevo México había sido complicada y había requerido una generación pero nuevos peligros surgían en el horizonte.

Hasta Taos el puesto español más al Norte, comenzaron a llegar noticias inquietantes. Los apaches de El Cuartelejo, un pequeño grupo establecido en las lejanas tierras del actual estado de Kansas junto a algunos indios pueblo, informaron de que una nueva y desconocida tribu se estaba desplazando desde las Montañas Rocosas hacia el este y el sur, y había alcanzado Kansas y Texas. Eran guerreros peligrosos y audaces, que se pintaban el cuerpo y el rostro de rojo y hablaban una lengua del grupo uto-azteca. Los ute los llamaban koh-mats, que en su idioma quiere decir «los que quieren luchar» palabra que los españoles deformaron, dándoles una propia con la que han pasado a la historia mundial: «comanches».

Los comanches, conocidos por los franceses como paducahs, el nombre que recibieron en lengua siouan —la lengua de los indios sioux— iban a constituir para los españoles y más tarde para mexicanos y norteamericanos un enemigo temible, pero además de esta nueva y grave amenaza, había algo más. Noticias procedentes de los indios amigos hablaban de contactos con hombres blancos que facilitaban modernas y valiosas mercancías a los comanches, incluyendo armas de fuego. Los comerciantes franceses se habían adentrado tanto en las montañas del oeste que habían contactado, además de con los comanches yutes, con jicarillas y apaches. España jamás entregaba armas de fuego a los indios —al menos en el Oeste—, por lo que la situación tenía que ser controlada antes de que las tribus con caballos y armadas de mosquetes se convirtiesen en una amenaza seria.

El mismo año que España y Francia entraron en guerra (1719) el gobernador de la colonia, Antonio Valverde y Cosío, encabezó una columna de tropas españolas y auxiliares indios en dirección noroeste para castigar a los ute y comanches. Al llegar a orillas del río Arkansas, al sur del actual estado de Colorado, los apaches de El Cuartelejo le informaron de la presencia de los franceses en las planicies. Pero uno de los indios, que tenía una herida de bala en el vientre, le informó que los franceses habían construido dos poblados entre los indios pawnee, al oeste del río Misouri, tan grandes como Taos en Nuevo México. Le dijo además que habían armado a los indios y que se dedicaban a insultar a los españoles.

Por su parte, el coronel Juan Felipe de Orozco y Molina, ministro delegado del virrey marqués de Valero, y temporalmente gobernador de la Nueva Vizcaya, comunicó el 9 de enero de 1719 a las autoridades locales que debían «dar atención al reparo de que los franceses no se introduzcan en la posesión de estos reynos... con el fin de ocupar estas tierras y minas... que por esta razón seria muy del Real servicio desalojar de aquí a dichos franceses.»

A su regreso a Santa Fe, el gobernador Valverde envió un informe al virrey en el que concluía que los franceses se disponían a entrar en Nuevo México de forma progresiva, atrayendo a las tribus con regalos y obsequios que incluían armas de fuego. El virrey Valero conocía bien las noticias llegadas de México sobre la toma de Pensacola y la ofensiva francesa en el este de Texas, por lo que el 10 de enero de 1720 ordenó al gobernador Valverde que estableciera un presidio en el asentamiento apache de El Cuartelejo, y lanzara otra expedición en busca de los asentamientos franceses entre los pawnee.

El Cuartelejo era un asentamiento fundado en 1664 por unos pocos indios pueblo que huyeron de la dominación española desde Taos y se asentaron en el lugar junto a una banda de apaches. El segundo grupo en establecerse en El Cuartelejo fueron los indios picuris, que se unieron a los apaches en 1696, pero que volvieron a Nuevo México diez años después.

En 1925 la Sociedad de Kansas de las Hijas de la Revolución Americana erigió un monumento de granito para marcar el sitio. En dicho monumento puede leerse una placa que dice: «Esto marca el sitio del pueblo de indios Picuri, 1604, el cual se convirtió en un puesto de avanzada de la civilización Española y puesto de reunión para comerciantes Franceses antes de 1720». En 1964 El Cuartelejo fue designado Sitio Histórico Nacional [31].

Respecto al establecimiento del nuevo presidio, el gobernador Valverde sugirió al virrey Valero que lo situase entre los indios jicarillas, a tan solo 40 leguas de Santa Fe, y con campos cultivados e irrigados, pues los apaches de El Cuartelejo estaban a 130 leguas y no podría defenderse ni abastecerse de forma adecuada. El virrey accedió a la sugerencia.

No obstante, Pedro de Villasur y sus tropas, cumplieron las órdenes recibidas y se adentraron en territorio desconocido avanzando con decisión hacía el norte. Se trataba de un pequeño pero poderoso grupo formado por 45 soldados españoles y 60 indios pueblo auxiliares. La tropa española estaba constituida por endurecidos y experimentados dragones de la frontera, armados con lanzas, pistolas, carabinas y espadas, protegidos por cueras y adargas y acompañados por caballos de refresco, municiones de sobra, alimentos y todo tipo de impedimenta, incluyendo herramientas para poder levantar un fuerte. Junto a los españoles iban además de los indios pueblo, un francés, Jean L'Archevêque, uno de los asesinos de La Salle (32 años antes) en el fuerte construido a la desembocadura del Misisipi en 1686.

Capturado por los españoles en la expedición de Alonso de León de 1689, L'Archevêque fue interrogado en la capital de México y enviado a España para ser encarcelado en 1692. Regresó a América como súbdito y soldado español para incorporarse a la expedición de Diego de Vargas de reconquista de Nuevo Méjico en 1693 y se afincó en Santa Fe, donde se casó y trabajó como comerciante y soldado. Antes de la expedición de Villasur, había participado en otras muchas a las planicies en calidad de intérprete, pues conocía bien los usos y costumbres de una gran parte de las tribus de las llanuras y se entendía en algunas de sus lenguas.

El guía de la expedición, que también actuaba al igual que L'Archevêque como intérprete, se llamaba José Naranjo, un zambo hijo de padre negro africano y de madre india hopi. Se cree que en 1714 había realizado ya tres viajes de exploración al área del río Platte —en la actual Nebraska—, por lo que el virrey Valero ordenó al gobernador de Nuevo México que se le concediera el título de «capitán de guerra».

La expedición de Villasur partió de Santa Fe la mañana del 16 de junio de 1720. Tras varias semanas de marcha por las llanuras en las que recorrió 800 kilómetros, Villasur llegó con su escasa fuerza a territorio pawnee en agosto y acampó en el río Platte, en algún lugar alrededor de Grand Island. Tras cruzar los ríos Platte y Lobo trabó contacto con los indios pawnee y ute, cuyos poblados se encontraban al sur del Platte, cerca de las actuales Bellwood y Linwood y entró en negociaciones con ellos mediante Francisco Sistaca, pero este desapareció en las cercanías de la actual Schuyler —Nebraska—.

Villasur se dio cuenta de que los indios, muy numerosos, parecían hostiles y ordenó dar media vuelta y regresar al río Lobo. La columna española cruzó el río y acampó en un prado cercano al actual Columbus —Nebraska—. Los dragones de cuera habían llegado prácticamente al centro geográfico de los actuales Estados Unidos.

Al amanecer del 14 de agosto de 1720 los pawnee atacaron a los españoles. Iban acompañados por soldados franceses y, posiblemente, por Francisco Sistaca.

Los atacantes se aproximaron al campamento al amparo de la alta hierba que crecía a su alrededor, a una hora en la que los españoles estaban aún dormidos. Pedro de Villasur resultó muerto en los primeros momentos. Los soldados españoles que había a su alrededor y estaban aún vivos formaron un círculo en torno suyo, rodeados de vociferantes guerreros pintados de rojo y negro. Cerca de ellos acampaba otro grupo de españoles a cargo de los caballos. Cuando fueron atacados pudieron ensillar algunos de ellos. Tres de los soldados cargaron contra los indios en dirección al círculo de compatriotas: dos resultaron muertos y tan solo uno consiguió incorporarse al mismo. Siete soldados españoles consiguieron escapar del ataque a caballo. Uno de estos supervivientes sufrió nueve heridas de bala y uno de los indios le arrancó el cuero cabelludo.

 

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La batalla duró apenas unos pocos minutos y 35 españoles resultaron muertos, entre los que se encontraban el propio Villasur, el padre Minguez —si bien corrió un rumor durante varios años de que había estado prisionero de los indios ute y posteriormente logró escapar—, el guía Naranjo, el comerciante Jean L'Archevêque, un teniente, un cabo y el intendente.

Aunque los indios auxiliares estaban acampados aparte de los españoles y no sufrieron un ataque tan intenso, once indios pueblo murieron. Los indios pawnee y ute tomaron las espadas, armas y ropas de los españoles y una parte del diario de Villasur. El combate fue una auténtica masacre.

Los supervivientes, 7 soldados españoles, 45 indios pueblo y todos los apaches, consiguieron escapar y llegaron a Santa Fe el 6 de septiembre, 24 días después del ataque, y culparon a los franceses de su derrota. El revés de las armas españolas fue tal que el gobernador de Nuevo Méjico se pasó los siguientes siete años buscando responsables del desastre.

Basado en los relatos de los supervivientes, un artista desconocido dibujó una escena de la batalla en las pieles de tres búfalos, primero en lápiz, luego en tinta y posteriormente en acuarela. La pintura original se conserva en la casa solariega del barón Andre von Segesser, de origen suizo, pero existe una copia realizada en seis pieles de vaca en el museo de la Sociedad Histórica del Estado de Nebraska.

Situándose frente a la pintura, el observador mira hacia el sur y divisa la confluencia de los ríos Platte y Lobo. El río Platte está en la parte de arriba de la pintura. Dos indios pawnee están vadeando el río Lobo. Los pawnee y ute pueden identificarse fácilmente por el vivido color de sus cuerpos, pintados de rojo y negro y las borlas caídas de sus cabezas. Llevan arcos, flechas, lanzas, espadas y hachas facilitadas por los comerciantes franceses. Puede identificarse a los atacantes franceses tocados con tricornios a la moda, y por su vestimenta y equipo parecen más comerciantes que soldados. Tal vez fuesen una mezcla de ambos, como los famosos y eficaces «corredores de los bosques» de Canadá.

Se observa también a los hombres de Villasur, con sus sombreros negros y sus cueras, formando un perímetro defensivo con las monturas y el equipaje, y a los franceses disparando sus largos rifles sobre ellos. Se cree que uno de los españoles pintados es José Naranjo. Puede identificarse a Pedro de Villasur en el oficial español vestido con casaca roja. Los soldados españoles llevan sombreros de piel negra de ala ancha, largas cueras de piel, y algunas sólidas adargas también de piel. El padre Juan Minguez aparece dando los últimos sacramentos a sus compatriotas caídos.

La derrota española en la confluencia de los ríos Platte y Lobo fue percibida en Santa Fe como lo que era: un desastre, ya que supuso una importante reducción de los efectivos militares de la colonia, pues no quedaron más de un centenar de soldados en todo Nuevo Méjico. El gobernador Valverde se había quedado sin fuerzas suficientes para regresar a tierras pawnee, vengar a sus muertos y reconocer los avances de los franceses y tuvo que adoptar una prudente actitud defensiva.

Una consecuencia inmediata de la derrota fue que el presidio proyectado entre los indios jicarillas dejó de construirse por falta de efectivos. Tampoco se construyó ningún puesto avanzado en Kansas para hacer frente al avance francés por el noroeste, a pesar de que en los años siguientes seguían llegando informes de las actividades francesas en las planicies de Nebraska y Kansas [32]. Sólo la firma de la paz en Europa y la alianza estable con Francia a lo largo de las décadas siguientes trajo la tranquilidad a los ánimos del gobernador de la colonia y del virrey de Nueva España.