1.3. Hernando de Soto: la búsqueda del Más Allá

 

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ernando de Soto es el arquetipo del conquistador hidalgo y pobre, duro e implacable, que despreciando el riesgo se abre camino en América con su espada, forja su propio destino y obtiene lama y riqueza, aunque al final vea truncados sus mejores sueños por la imposibilidad de encajarlos a su enorme ambición, y muera en el empeño. El precio lógico a pagar por su osadía.

La fecha del nacimiento de Soto no se sabe exactamente, aunque se establece entre 1496 y 1500. En cuanto al lugar, casi con total seguridad se sitúa en Jérez de los Caballeros, en la provincia de Badajoz, aunque uno de sus primeros biógrafos, el Inca Garcilaso de la Vega, diga que nació en Villanueva de Barcarrota, pequeña villa situada a 49 kilómetros de la capital pacense, de la que procedía la rama paterna.

La familia del personaje era de origen burgalés. Hidalgos sin riqueza entre los que se contaban abundantes antepasados capitanes y funcionarios al servicio de la Corona. De ellos, el más ilustre había sido Pedro Ruiz de Soto, un caballero que sirvió con las armas al rey de Castilla y León, Fernando III, en el siglo XIII. Hernando era el segundo hijo de cuatro hermanos (un primogénito y dos hermanas menores) habidos en el matrimonio formado por Francisco Méndez de Soto y Leonor Arias Tinoco. De sus hermanos, el mayor, Juan Méndez de Soto, llegaría a ser regidor de Jérez de los Caballeros —nombrada en ese tiempo Jerez de Badajoz—. En cuanto a sus dos hermanas una de ellas, María, estuvo casada con el regidor de Badajoz, Alonso Enríquez.

Muy poco es lo que nos ha llegado de los primeros años de Hernando. Parece ser que lo tomó bajo su protección Pedro Arias de Ávila, gobernador de Darién, mencionado también en las crónicas como Pedrarías Dávila, y al que acompañó en 1514 en el viaje a Panamá. Aparte de contar con el favor de su protector, el único equipaje de Hernando cuando llegó a América era su espada. Cuentan, y es muy probable, que tuvo que pedir dinero prestado para viajar al Nuevo Mundo, pues los recursos económicos de la familia, tras la temprana muerte del padre, eran muy escasos.

En 1516, Hernando fue nombrado capitán de una unidad de caballería con la que participó en la conquista de algunos territorios de América Central, y en 1523 acompañó a Francisco Fernández de Córdoba en una exploración por Nicaragua y Honduras que ordenó Pedrarías desde Panamá. La empresa se saldó con violencia, y Soto tuvo que enfrentarse a una facción rebelde, a la que derrotó, encabezada por el oficial Gil González, quien había decido separarse del grupo principal y actuar por su cuenta. Una acción que su protector Pedrarías le agradeció. No tardó mucho el audaz Soto en mandar expedición propia cuando en 1528 exploró las costas de Yucatán en busca de un estrecho que conectase directamente los océanos Atlántico y Pacífico. Poco después se unió, como capitán destacado, a la expedición de Francisco Pizarro que salió de Panamá a la conquista del Perú, algo que supuso un importante giro en su vida y le haría un hombre rico.

Enviado por Pizarro al mando de una pequeña fuerza de caballería para explorar las tierras altas del Perú, Soto descubrió el camino real que llevaba a Cuzco, la capital de los incas, y fue el primer español que se entrevistó con Atahualpa, señor de aquel imperio. Dicen que Soto se enemistó con Pizarro y sus hermanos por haber dado estos garrote a Atahualpa, a pesar del fabuloso tesoro que el Inca pagó por su rescate, y se sintió muy disgustado al conocer la ejecución. Lo cierto es que tuvo un papel destacado en los combates que completaron la conquista del Perú y en el asalto a Cuzco. En 1536, tras recibir su parte del cuantioso botín que cayó en manos de los españoles, regresó a España cargado de oro y convertido en un potentado.

Disponer de fortuna permitió a Hernando de Soto instalarse en Sevilla y emparentar con una de las familias más linajudas de Castilla, al casarse, en noviembre de 1536, con Isabel de Bobadilla, hija de Pedrarías Dávila, lo que reforzó su posición social y le abrió puertas en la Corte. En apariencia, a Soto le esperaba una vida regalada y tranquila para el resto de sus días, pero eso era algo que no entraba en sus planes. Lo que de verdad ansiaba era igualar a Cortés y Pizarro, y el Inca Garcilaso lo cuenta diciendo que, después de haberse hecho rico en Perú, «no contento con lo ya trabajado y ganado», deseaba emprender otras hazañas iguales o mayores.

Le movía sobre todo —dice el cronista— la «generosa envidia y celo magnánimo de las hazañas nuevamente hechas en México por el marqués del Valle don Hernando Cortes y en el Perú por el marqués don Diego de Almagro, las cuales él vio y ayudó a hacer. Empero, como en su ánimo libre y generoso no cupiese súbdito, ni fuese inferior a los ya nombrados en valor y esfuerzo... dejó aquellas hazañas, aunque tan grandes, y emprendió estotras para él mayores, pues en ellas perdía la vida y la hacienda que en las otras había ganado».

El ansia de acrecentar fama y riquezas se vio espoleada cuando llegaron a Sevilla las historias del asombroso recorrido de Cabeza de Vaca por el sur de lo que hoy son los Estados Unidos, en la vasta región que empezaba a ser conocida como Florida. Esos relatos avivaron su ambición de conquistar una tierra que imaginaba tan rica como el Perú. Fue entonces cuando decidió vender todas sus propiedades en España y dedicarse a preparar una expedición para regresar a América, pero antes tenía que contar con el beneplácito real. Moviendo convenientemente las influencias del dinero y las familiares, Hernando de Soto consiguió en 1538 una entrevista con el emperador Carlos V, a quien pidió autorización para organizar una expedición a Florida. Ofreció al monarca costear con sus propios medios la conquista de ese territorio, y a cambio la Corona obtendría el cincuenta por ciento de las ganancias de la empresa. El emperador, satisfecho con el trato, lo nombró adelantado, capitán general de todas las tierras descubiertas y gobernador de Cuba.

En la nueva aventura, Soto comprometía gran parte de su fortuna, pero en caso de éxito sería dueño de un inmenso territorio, prácticamente todo lo que había al norte del virreinato de Nueva España.

La partida

No le fue difícil al capitán extremeño reunir una tropa de soldados dispuestos a abrirse camino con sus armas en la lejana América. Soto les había dicho que había más oro en Florida que en México y Perú juntos, y todos pensaban al iniciar la empresa que iban camino del Paraíso. Salieron de Sanlúcar de Barrameda el 6 de abril de 1538 con once naves y 950 hombres de armas, ocho sacerdotes seculares, dos dominicos, un franciscano y un trinitario. El barco insignia era el San Cristóbal, de 800 toneladas, y en la expedición iban también Inés de Bobadilla y otras damas nobles.

A finales de mayo los barcos llegaron a Santiago de Cuba. En la isla, Soto estuvo un año arreglando asuntos de gobierno y preparándose para la gran aventura. Recorrió la región de Santiago y tomó medidas para mejorar su estado. Reparó los destrozos de La Habana, que había sufrido un ataque francés, y encargó la construcción de una fortaleza para la defensa del puerto. Siempre con la mira puesta en la gran empresa que tenía en mente, envió una expedición exploratoria a Florida al mando de Juan de Añasco, experimentado marino, con el encargo de hallar un lugar de desembarco seguro. Añasco regresó a La Habana pocos meses después e informó favorablemente de su cometido.

Luego de hacer testamento y dejar a su esposa como gobernadora de Cuba, Hernando de Soto partió el 18 de mayo de 1539 desde La Habana a Florida con una flota de 9 barcos que transportaban unos 650 hombres y 223 caballos. Era la expedición mejor equipada de todas las que habían partido hasta entonces desde Cuba a la conquista del Nuevo Mundo. Llevaba artesanos, sacerdotes, un ingeniero y algunos granjeros, además de varias toneladas de víveres, herramientas, armas, vacas, muías, cerdos y algunos perros feroces que provocaban el terror de los indios.

Pronto se dieron cuenta los expedicionarios de que Florida no era la tierra del oro prometida, sino un lugar malsano, húmedo y pantanoso, de calor sofocante y plagado de serpientes y mosquitos. Además, los indios se mostraban hostiles. Aun recordaban la brutalidad con que habían sido tratados por la expedición de

Pánfilo de Narváez, que había recorrido en 1528 el interior de la península de Florida y la región de los Apalaches con resultados funestos. Pero la desastrosa aventura de Narváez y sus compañeros no disuadió a Soto y sus hombres que, como era común en los españoles hidalgos de la época, consideraban un buen signo lo arriesgado de la empresa, pues mayores serían la recompensa y la fama.

Esta vez, Soto trató de atraerse a los indios, aunque desconfiara siempre de ellos y utilizase la mano dura al menor síntoma de amenaza o cuando las necesidades de sus hombres lo exigían. Con frecuencia, además, los españoles de la expedición capturaban como rehenes a los jefes de las tribus que les salían al paso, y les obligaban a marchar con ellos para protegerse, lo que provocaba mucho rechazo y alarma entre los indios.

Un viaje infernal

Desde La Habana, la expedición navegó hasta divisar tierra el 25 de mayo de 1539 y desembarcar en la bahía de Tampa, a la que llamaron del Espíritu Santo. Desde ese punto, Soto se internó en la parte occidental de Florida con la intención de llegar al territorio de Apalache, junto al Golfo de México. Fue la primera etapa de una expedición que en menos de cinco años recorrió gran parte del sureste de Norteamérica y atravesó los actuales territorios de Florida, Georgia, Carolina del Sur, Tennessee, Alabama, Misisipi, Kentucky, Missouri, Arkansas, Texas, Luisiana, Indiana, Ohio e Illinois, hasta la región de Chicago, junto al lago Michigan. Un viaje alucinante del que muchos no volvieron, y que abrió a los españoles gran parte de lo que ahora son los Estados Unidos.

En el área de Tampa, los expedicionarios encontraron a un compatriota llamado Juan Ortiz, superviviente de la expedición de Narváez prisionero de los indios, que les sirvió de intérprete. Los españoles quedaron sorprendidos cuando, al cargar contra un grupo de indígenas oyeron la voz de un hombre que gritaba en castellano: «Soy cristiano! ¡Soy cristiano! No me matéis». El cristiano con aspecto de aborigen resultó ser Ortiz, nativo de Sevilla y cautivo de los indios desde hacía varios años. Soto le proporcionó ropas y un caballo y lo nombró su ayudante personal.

Ortiz se había salvado de morir gracias a la intervención de una hija del cacique indio de la tribu Ucita, que impidió que lo quemaran vivo y al parecer se enamoró de él. Esta historia, copiada del relato anónimo que el cronista de Elvas dejó escrito, fue divulgada por los anglosajones 200 años después para forjar la leyenda de la princesa Pocahontas, popularizada por el cine.

En el verano de 1539, continuando su marcha por el interior de Florida, Hernando de Soto enfrentó una resistencia de los indios mucho mayor de la esperada. Ambas partes pagaban crueldad con crueldad. Si Soto y sus hombres eran a veces despiadados, los indios se vengaban sacrificando ferozmente a cualquier español que cayera en sus manos. El primer campamento de invierno de Hernando de Soto se instaló en Anhaica, capital de Apalaches, cerca del lago Tallahas y de la Bahía de Caballos —Bay of Horses—, así llamada porque fue donde la tropa de Narváez tuvo que devorar a sus propios corceles para sobrevivir. Este es también el único lugar donde los arqueólogos han hallado rastros físicos de la presencia de la expedición española.

En octubre de 1539, una vez alcanzado territorio Apalache, Soto envió de vuelta a Juan Añasco con treinta hombres a la bahía de Espíritu Santo, donde habían quedado los barcos y una parte de la expedición. La orden era zarpar con esos barcos hasta llegar a la bahía de Aute, donde debería reunírsele Pedro Calderón, que avanzaba por tierra desde la costa con provisiones y equipo de acampada.

Añasco alcanzó Aute y allí se le unió Calderón, según lo acordado. Soto entonces envió al capitán Diego Maldonado al mando de dos barcos para explorar la costa de Florida al oeste de Aute, y levantar un mapa de sus bahías y ensenadas. Maldonado cumplió con éxito esta misión y luego fue enviado en febrero de 1540 a La Habana para informar de su viaje. Soto también le ordenó regresar en octubre para reunirse con la expedición en la bahía de Achusi, que el mismo Maldonado había descubierto en su navegación exploratoria, y abastecerla de provisiones, vestimenta y municiones.

El capitán cumplió estas órdenes al pie de la letra, pero cuando llegó a Achusi no encontró a Soto, que había partido meses antes de Apalache para explorar el inmenso territorio que se extendía hacia el norte. Maldonado esperó durante un tiempo, y en vista de que Soto no aparecía regresó a La Habana. Lo intentó de nuevo al año siguiente y luego al otro, sin resultado, lo que dejó a los expedicionarios incomunicados con Cuba y abandonados a su propia suerte.

En marzo de 1540, Soto abandonó el campamento de invierno en Anhaica y se dirigió al noreste pensando que allí encontraría minas de oro. Eso le llevó a través de Georgia y Carolina del Sur, a lo largo de los Montes Apalaches, hasta la actual Columbia. Un azaroso recorrido que no se vio recompensado por ningún hallazgo de metales preciosos, y en el que a veces los expedicionarios tuvieron que abrirse camino matando para obtener comida. Cuando llegaron al río Flint, construyeron balsas de madera y lo cruzaron. Desde allí siguieron al pantano de Chickasawhatchee, llegaron al poblado de Capachequi y continuaron hacia el noreste, siguiendo la orilla oeste del río Flint hasta cerca de la actual Montezuma. Allí volvieron a cruzar el río y llegaron al territorio de Toa el 23 de marzo.

El avance prosiguió en dirección norte hasta alcanzar el rio Ocmulgee y remontar su corriente hasta el territorio de los indios Ichisi, cuyo poblado principal parece haber estado en la actual Macón. De Ichisi siguieron al noreste hasta el río Oconee, donde encontraron a las tribus de Altamaha, Ocute y Patofa, y desde Ocute los españoles continuaron hacia el este para cruzar el río Savannah varias millas al norte de la actual Augusta.