4.1. La Guerra de Sucesión española (1701-1713)
E
l 1 de noviembre de 1700, fallecía Carlos II, llamado el Hechizado, último rey de España de la Casa de Austria, estéril y enfermizo, que no dejaba descendencia. Durante los años previos a su muerte, la cuestión sucesoria se convirtió en asunto internacional e hizo evidente que los inmensos territorios de la monarquía española constituían un botín tentador para las distintas potencias europeas. Tanto el rey de Francia como el emperador de Austria, Leopoldo I, cuyas madres eran hijas de Felipe III, estaban casados con infantas españolas hijas del rey Felipe IV, por lo que ambos alegaban derechos a la sucesión española.
El 11 de octubre de 1700 el rey Carlos II nombró sucesor al pretendiente francés Felipe de Anjou, nieto del rey Luis XIV de Francia e hijo del pretendiente al trono de Francia, el delfín Luis. Felipe de Anjou aceptó el trono el 16 de noviembre, renunciando previamente al trono de Francia, una condición esencial que le fue impuesta para poder reinar en España. Tras llegar a Madrid el 18 de febrero de 1701, fue proclamado rey. Pero las manifestaciones de Luis XIV dando a entender que su nieto podía ser rey de Francia, y el miedo al nacimiento de una inmensa potencia borbónica hizo cundir el temor en las cancillerías europeas, y provocó el resurgir de la Gran Alianza de la Haya que llevó a Europa a la guerra.
En el bando del rey Luis XIV de Francia estaba por supuesto su nieto, ya rey de España, y el rey de Baviera; en tanto Austria, Inglaterra y las Provincias Unidas apoyaban los derechos al trono del pretendiente Carlos de Austria.
Portugal y Saboya, al principio al lado de Felipe de Anjou, cambiaron de bando al poco tiempo, al igual que una parte importante de la población española que decidió apoyar al pretendiente austracista.
La entrada en la guerra contra España y Francia de las principales potencias atlánticas convirtió el conflicto europeo en mundial, y los combates en mar y tierra afectaron a las colonias españolas en América del Norte. Aunque entre San Agustín y los puestos españoles avanzados en la costa Este de América del Norte y Carolina del Sur había todavía un gran territorio en disputa poblado por tribus indias, ese espacio no iba a ser una barrera para los ambiciosos y agresivos colonos ingleses, que en las guerras anteriores había lanzado duros ataques contra los ranchos y misiones españolas y no iban a desaprovechar la oportunidad que se les presentaba.
La crisis en La Florida, la pérdida de las misiones. El hundimiento de la frontera
En mayo de 1702 el primer ataque inglés a la Florida se dirigió directamente contra San Agustín, que al fin y al cabo era el centro del poder español. El objetivo era expulsar a los españoles para siempre, pero antes los ingleses y sus aliados creek y yamasi decidieron «limpiar»la costa, donde estaban las misiones de la provincia franciscana de Timucua.
Tras arrasar la misión de Santa Fe y quemar la iglesia, la fuerza anglo-india, apoyada por la flota, destruyó otras tres misiones de la floreciente comunidad. En septiembre la poderosa fuerza formada por indios, milicianos de Carolina del Sur y soldados regulares ingleses, se presentó ante las defensas de San Agustín. Las tropas del gobernador se replegaron al castillo de San Marcos dispuestas a resistir, y los ingleses tomaron la ciudad y la saquearon de una forma brutal. Incendiaron las casas, robaron cualquier objeto de valor y destruyeron todo en un asalto que no se diferenció en nada de un ataque pirata. Para los franciscanos y su obra fue un completo desastre. Los invasores quemaron la iglesia principal, la biblioteca con todos los registros y datos de años de trabajo y robaron todo lo que pudieron llevarse. Pese a todo, los ingleses, no acabaron su destructor trabajo, pues el castillo resistió todos los ataques y los intentos de asalto fueron rechazados.
El antiguo gobernador de Carolina del Sur, James Moore, fue el responsable de la siguiente fase de la guerra, que finalmente, iba a resultar decisiva para el futuro de Florida, pues supondría el fin de lo que España había construido en la región en los 150 años anteriores.
Moore estaba convencido de que podía eliminar la amenaza española para siempre en el disputado territorio que se encontraba al sur de los límites imprecisos de Carolina, y que sería fácil convencer a los creeks para realizar una incursión en busca de botín.
En 1704, recuperados los carolinos del fracaso ante San Agustín y con el apoyo de algunas tropas regulares inglesas, Moore planificó una incursión en profundidad contra Florida. Para ello reclutó a mil guerreros creeks y unos cincuenta ingleses de la milicia de Carolina del Sur. Las tropas españolas, formadas por una treintena de soldados y apenas cuatrocientos indios apalachicolas al mando del capitán Mexia, debían defender una extensa red de misiones que no estaban protegidas y unos pocos ranchos, que en algunos casos contaban con una pequeña protección privada, pues ya tenían experiencia, desde las décadas finales del siglo XVII, de los daños causados por las incursiones de las milicias de Carolina, y sabían el peligro al que se enfrentaban.
Las tropas de Mexia fueron derrotadas en una serie de breves y sangrientos encuentros y los indios creek de Moore penetraron en el territorio de Apalache, destruyendo hasta los cimientos 14 misiones franciscanas y hasta un total de 29 poblaciones, casas fortificadas, pequeños fuertes y ranchos aislados. En algunos casos los propios defensores españoles demolieron las fortificaciones para evitar que cayeran en manos de los ingleses, y se refugiaron en los bosques o intentaron alcanzar la seguridad de San Agustín. A finales de 1704 la obra misionera en la región de Apalache estaba totalmente destruida y los indios y misioneros asesinados o esclavizados se contaban por centenares, pues se calcula que al menos 1.400 apalachicolas convertidos al cristianismo fueron vendidos como esclavos.
La horda saqueadora de Moore cortó el Camino Real entre San Agustín y Pensacola y alcanzó las fronteras de la Luisiana francesa. Una parte de los indios supervivientes se acogieron a la protección de los franceses en Mobile o al amparo de los fuertes de Pensacola. La brutalidad de los británicos fue inconcebible. En un ataque a una misión defendida por tropas españolas mataron a un oficial a cuatro soldados y a cuatro sacerdotes, cuyos cuerpos fueron cortados en pedazos. A dos de los misioneros los torturaron durante horas para luego quemarlos vivos en una estaca.
En 1706 una pequeña flota hispano-francesa intentó tomar represalias atacando Charleston, la capital de Carolina del Sur, pero el asalto, bajo el mando del capitán francés Le Feboure, fracasó. Los defensores liderados por el gobernado Nathaniel Johnson capturaron un buque francés y obligaron a los atacantes a retirarse. Ese mismo año los restos de los apalachicolas y otras tribus como los timucuas se levantaron contra los españoles y destruyeron lo poco que había quedado tras la incursión de Moore.
Las pérdidas en Florida eran cuantiosas, pero para suerte de los defensores de San Agustín y su destruido entorno, los ingleses empezaban a tener problemas con los indios que les habían apoyado, en especial los yamasi, sobre cuyo territorio los colonos de Carolina presionaban insistentemente. La revuelta contra España de los yamasi en 1706 fue el último acto de la guerra, pura y simplemente porque los ingleses no podían tomar San Marcos sin hacer un gran esfuerzo bélico y en el interior ya no quedaba nada que saquear o destruir.
España acabó de guerrear contra Inglaterra el 27 de marzo de 1713, y firmó la Paz de Utrecht, cuyo resultado fue la partición de los estados de la monarquía española, tal y como se temía en España desde finales del siglo XVII. Para Inglaterra —Reino Unido de la Gran Bretaña desde 1707— la Guerra de Sucesión Española fue un éxito rotundo que alejó la amenaza francesa en la frontera Norte de sus colonias americanas. Tras apoderarse de Gibraltar y Menorca, confirmó su dominio en América del Norte, pues obtuvo Terranova, Acadia —Nueva Escocia— y los territorios de la Bahía de Hudson, a lo que hay que sumar la prerrogativa comercial —de gran valor— del derecho de asiento, que le condecía privilegios en el mercado de esclavos.
La Guerra de Sucesión quedó en Europa en tablas, al menos para Francia que no perdió territorios y cuyo rey pudo ver a su nieto asentado con firmeza en el trono de España. Sin embargo para la monarquía española supuso la pérdida de Flandes, el ducado de Milán, Sicilia, Cerdeña y Nápoles. Aunque el rey Felipe pudo conservar el trono español y acabar con la revuelta de los territorios que apoyaban al archiduque Carlos, salvo Menorca y Gibraltar, el resultado final fue muy desfavorable para España.
En América del Norte, la Florida quedó bajo soberanía española, algo poco más que nominal, pues solo se mantenían Pensacola y San Agustín, y las misiones franciscanas de provincia de Apalache habían quedado arruinadas para siempre.
La recuperación
La situación durante los años finales de la Guerra de Sucesión fue terrible. El castillo de San Marcos había demostrado una vez más su fortaleza defensiva y no había sido tomado, pero alrededor no quedaba nada. No se conservan los libros de bautismo para una etapa sumamente importante en la historia de la Florida, como es la que se desarrolla antes y después del ataque, asedio y posterior incendio de San Agustín por tropas inglesas en 1702, pero sabemos que la crisis poblacional que se produjo a raíz de dicho ataque y de diversas catástrofes que se suceden en la década siguiente estuvieron a punto de acabar con la colonia.
En 1704 se despobló la provincia de Apalache como consecuencia de los ataques británicos, pero la cosa fue a peor en los años siguientes, pues con el levantamiento indio de 1706 y la matanza de soldados españoles, el informe del estado de la provincia habla de la destrucción de 29 doctrinas.A estos desastres hay que añadir el violento huracán de septiembre de 1707, que produjo graves inundaciones, y los ataques indios en 1708 contra la capital, San Agustín. Cuando el obispo de Cuba visitó la ciudad el año siguiente, lo que encontró fue un total desastre. Las obras de reconstrucción del castillo seguían paralizadas y aún se observaban los daños producidos por el sitio de 1702.
Por si fuera poco, una epidemia de viruela, las malas condiciones higiénicas y el constante temor a ataques indios y británicos, habían sumido a la población en la inacción, lo que se añadía a la prohibición real de abandonar la ciudad. La sensación existente era la de estar en una remota prisión, y en 1712 la guarnición llegó, como hace constar el sargento mayor Nieto de Carvajal, a comerse a los gatos, perros y ratas —al parecer por este estricto orden de preferencia.
Sin embargo, a partir de la breve paz de 1714 — pues España entró en guerra con los británicos poco tiempo después—, se inició una lenta pero efectiva recuperación que culminaría en la década de 1750. Los años que transcurren entre 1737 y 1757 muestran el mayor incremento de población —por nacimientos y emigración— de la historia de la Florida española. Aunque las tropas siguieron siendo escasas, se reorganizó el sistema de milicias y con los nuevos pobladores se fue recuperando la región que rodeaba la capital, pues la guerra Yamasi que afectó a Carolina del Sur permitido mantener alejados a los británicos de las fronteras durante una década. Y lo que es más importante, con el traslado en masa de los restos de la confederación Yamasia la Florida española se pudo disponer de indios aliados que apoyaran los españoles en vez de combatirlos.
A finales de la década de los 30, antes del comienzo de la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins, la recuperación de Florida era palpable, y aunque la región de Apalache se perdió y solo formaba parte nominal de la colonia española, el puesto fortificado de San Marcos de Apalache y el puerto se reconstruyeron y se intentó abrir de nuevo el Camino Real en dirección a San Agustín, al este, y Pensacola, al oeste. En consecuencia, al comenzar la nueva gran guerra con los británicos en la década de los 40, había núcleos de población o apostaderos de pescadores, además de en Pensacola y San Agustín, en Boca Ratón y Lemus, en la Bahía del Vizcaíno —Biscayne Bay, hoy en Miami—, en Talahasse, Cayo Hueso, Sarasota y Tampa. Además de los intentos de poblamiento, se reforzaron las principales guarniciones y se modernizó la artillería de los fuertes.
También en el período 1730-1740 se realizó, por primera vez, un estudio del estado de los indios aborígenes —elaborado por Antonio de Arredondo en 1736— que están «a la devoción del presidio de San Agustín con capacidad de tomar armas». El carácter militar del recuento limita las posibilidades de ofrecer cifras totales, pero es muy interesante, pues indica las edades de un total de 123 personas, que oscilan entre los once-doce y los sesenta-ochenta años.
En 1738 contamos con una relación de los pueblos y habitantes, ya fueran varones adultos, mujeres o niños, así los uchises tenían 14 pueblos y 757 habitantes y los talapuses 19 pueblos y 1.316 habitantes.
En ese año también se realizó un estado de ocho pueblos de indios catequizados, con un total de 354 habitantes. En estos momentos es cuando se alcanza la cota máxima de población indígena en el primer período colonial español. Para 1740 contamos con una lista de los mismos pueblos, que se hallan en las cercanías de San Agustín y agregados a esta plaza, con una población total —incluyendo «hombres, mujeres, muchachos, muchachas»— de 366 personas, ligeramente superior a la de dos años antes.
El último censo del que hay noticias —casi a fines del período colonial— se refiere a una lista general realizada por José Antonio Gelabert de «todos los que sirven y gozan de sueldo del rey en San Agustín». Los datos sobre población de ese periodo permiten conocer que el número de indígenas controlados por la administración colonial era muy escaso y afectaba solo a los alrededores de San Agustín.
El análisis de las castas, esclavos y forzados supone aún mayor dificultad que el de los indios, dado que para todo el siglo XVII y buena parte del XVIII, solo hay informaciones parciales, pero a partir de 1735, con la creación de los libros de bautismo y defunción de castas y esclavos, y la fundación del pueblo de Gracia Real de Santa Teresa de Mose, existe una visión más completa. Atendiendo al estatus jurídico de las castas, los esclavos doblan a los libres y se dividen en dos grupos: los pertenecientes a particulares y los del rey. Los primeros son más numerosos y se ocupaban de las tareas domésticas o eran empleados en las haciendas; los segundos trabajaban en las obras públicas, especialmente en las fortificaciones.
La población esclava que consigue su libertad, algo constatado desde fines del siglo XVII, no fue un elemento significativo hasta mediados del siglo XVIII, cuando aumentó gracias a la promulgación de la Real Cédula de 1733, donde se ordenaba la libertad a aquellos fugitivos que se convirtiesen al catolicismo y trabajasen durante cuatro años en servicios públicos.
La consecuencia del trabajo y de la dedicación de los gobernadores Antonio de Benavides (1718-1734) y Francisco del Moral y Sánchez (1734-1737 ) fue que al tomar posesión del cargo Manuel Montiano en 1737, que ocuparía hasta el final de la Guerra de Sucesión de Austria en 1749, la amenazada península de Florida y sus asentamientos españoles, con una población que no llegaba a las 4.000 personas, estaban listos para enfrentarse a un nuevo desafío que se presentaba en el horizonte, pues ahora el enemigo no era solo la colonia británica de Carolina, sino un nuevo vecino que estaba naciendo en su frontera: Georgia.