13
-Me has dejado a cuadros.
-Es lo que hay, Gabi. Ese Bonnín es el hombre de las mil caras. Un redivivo conde Drácula.
-¿Y esa vampiresa no te echó a ti los tejos?
-Qué va, fue muy comedida…
-Mientes. Se te ha puesto colorada la punta de la nariz.
-Eso es porque tengo complejo de Pinocho.
-¿Entonces por qué has tardado tanto?
-Al salir de la casa de la ex diputada me metí en la Casa del libro de la Gran Vía, donde una dependienta demacrada y ojerosa me dijo que se había agotado la edición de bolsillo de El juego del ángel y tuve que comprar un ejemplar en tapa dura por veinticinco eurazos. Este libro representa mis deberes escolares, cariño. Mira, en la portada se ve la plaza de Cataluña de los años treinta.
-¿Por qué hueles las páginas?
-Es una costumbre.
-¿A qué huelen?
-Tienen un olor neutro.
-Pero no se tarda toda la tarde en comprar un libro.
-Luego comí en una tasca y me fui al parque del Retiro.
-Y ahí apagaste el móvil.
-Exacto, cuando me senté delante del estanque de los patos.
-No me gusta que apagues el móvil.
-No quería interrupciones, Gabi. ¡Me leí de una tacada cien páginas! Cuando me levanté temblaba de la cabeza a los pies. El frío invernal se me había metido hasta los huesos.
***
-Lo he decidido, Bea. De mayor quiero ser como Zafón.
-Y yo como la reina Leticia.
-Paré en doble fila en la calle Mayor, ante la pastelería La Santiaguesa, y compré una caja de medio kilo de marrón glasé. De repente me preocupaba Gabriela.
-A buenas horas, mangas verdes. ¿Sentías una premonición?
-Algo así. Entré sigilosamente en la buhardilla. Sonaba la Quinta Sinfonía de Beethoven, el movimiento donde irrumpe el estruendo de viento y percusión.
-¿Gabriela escucha música clásica?
-A veces, cuando quiere hacerme la pelota.
-¿Y estaba bailando?
-No, estaba tumbada en el sofá, con la nuca apoyada en el borde del respaldo, las piernas flexionadas y los pies sobre la mesa. Tenía los ojos entornados. En su mano derecha había un objeto pequeño que identifiqué por la cadenita. El collar con las iniciales de ambos entrelazadas en un corazón. Se lo regalé en nuestro primer aniversario. La braguita, blanca, juvenil, estaba enroscada en uno de los tobillos. La falda, subida hasta la cintura. Se había arremangado el top para descubrirse los senos, cuyos pezones exhibían una considerable erección. La melena colgaba por detrás del respaldo.
***
-¿Te crecen los pechos cuando estás embarazada?
-¡Ah, de modo que se trata de eso! Déjame que te bese, princesita. No lo sé, preciosa.
-Dame tu mano. Ponla aquí.
-¿En el cáliz de tu sexo? ¡De mil amores!
-¿Lo sientes? Su corazoncito…
-Eres adorable.
-Hablo en serio, no me ha venido la regla.
-Quién sabe, a lo mejor esta vez lo conseguimos.
-No pareces muy ilusionado.
-¡Qué va, mujer! ¿Por qué dices eso? Ven. Me gustan nuestros besos apretados, interminables, cinematográficos.
-Para ti la vida es una película.
-No, más bien una novela. Toma. La caja de marrón glasé que te prometí. Me chifla verte reír como una niña. Te privan los dulces, ¿eh?
-¡Es justo lo que necesitaba para olvidar a ese mastuerzo!
-¿Ha aparecido alguno que no conozca?
-Cuando volví de hacer compañía a Herminia vino un tipo con traje y maletín para encargarnos que demostremos las presuntas infidelidades de su mujer y acabó echándome los tejos, Fredy.
-¡Acabemos! ¡Ahora mismo voy a buscarle por toda la ciudad con una escopeta de cañones recortados!
***
-¿Dónde estabas?
-Me fui con Gabi a ver Corazones de acero.
-Ah, una peli muy apropiada para vosotros. ¿Toda la tarde?
-Luego cenamos en el Vips de Gran Vía y tomamos un par de copas en un bareto que han abierto en la plaza de los Cubos. ¿Qué estás mirando?
-El libro de Zafón. ¿Lees en los descansos de la investigación?
-Puedes ahorrarte tu sorna. He decidido llevarlo conmigo a todas partes, a ver si se me pega algo de la santidad de ese hombre.
-Más fácil sería que te toque la lotería, Fredy.
-También juego a la quiniela.
-¿Has leído La catedral del mar?
-No. ¿Debería?
-¡Pues claro! ¡Fue un pelotazo! ¡Se vendieron varios millones!
-¡Eso es lo que tengo que hacer yo, dar un buen pelotazo!
-Me atrapó desde las primeras páginas. Ildefonso Falcones es un genio. Me pregunto cómo un tipo que no ha escrito en su vida se puede sacar de la manga ese novelón.
-¿Es su primera obra?
-¿Aún no te has enterado? ¿Y tú quieres vivir de la pluma? ¡Esa novela lleva varios años vendiéndose a espuertas!
-No jodas.
-A ver, cariño, si uno va a hacer un negocio, de lo que sea, primero tendrá que informarse de lo que ofrece al mercado la competencia, digo yo, ¿no?
-Tarea pendiente: comprar La catedral del mar. ¿Qué sabes de ese Falcones? Tal vez él sea el ejemplo a seguir que necesito para arrancar de una vez mi estelar carrera literaria.
-Es un abogado de Barcelona. Tiene cuatro hijos, creo.
-¿Y de dónde saca tiempo para escribir?
-Por lo visto madrugaba para dedicar una hora a su novela antes de ir al bufete. Por eso tardó cinco años.
-¿Madrugar? ¿Cinco años? ¡Cielos! ¡Cuántos sacrificios!
-El que algo quiere, algo le cuesta.
-¿Y sus cuatro retoños no le incordiaban?
-Se ponía auriculares.
-¡Caramba con el abogado de Barcelona! ¡Eso es una heroicidad literaria!
-¡Se ha forrado! Ya puede vivir sin dar un palo al agua.
-Entonces no necesita vender su cadáver como el dominicano de Getafe.
-No hagas comentarios desagradables, por favor.
-En mi universo mítico la figura de Ildefonso Falcones se acaba de acomodar a la vera de Carlos Ruiz Zafón. Quizá podría intentarlo yo también. Madrugar un poco, ponerme auriculares… Me veo plácidamente recostado en una nube, entre palés de mi bestseller, que alcanzan una altura de rascacielos.
-Empiezas a resultar cargante. Cambiemos de conversación. Moncada y Álex se quedaron flipados cuando les conté que Angelita estuvo liada con Bonnín.
-Lo relevante es que luego el judío le dio castañas pilongas porque prefería seguir batiéndose el cobre con su mujer y sus polluelos. A lo mejor Angelita intentó destronar a la reina. Me aseguró que rompieron amistosamente, pero es del tipo tigresa, le quedaría un mal cuerpo que no veas, aunque la verdad es que le sacó un montón de pasta mientras pudo.
-El engreído de Álex se quita el sombrero ante tus habilidades detectivescas. Esta vez se ha apuntado un tanto el bueno de Fredy, soltó.
-Qué majete.
-¿Y ahora? Has agotado la lista de sospechosos. Aunque el primer día te mencioné a una persona que te has pasado por el forro. Frank Sullivan, el ex agente de la CIA. Tenía tantos motivos como los otros para quitarse de en medio a Bonnín.
-Refréscame la memoria.
-Nació en Boston. Procede de una familia de abogados de prestigio. Vive en Madrid desde hace quince años y ahora regenta el Muscle Center Sport Club.
-A ese gimnasio va toda la pijotería capitalina, según Gabi.
-Cuando trabajaba para la CIA trató a Bonnín durante el tiempo en que el financiero colaboraba con el Mossad. Sus caminos se cruzaron varias veces de manera poco cordial y su enfrentamiento personal se agravó cuando una multinacional que pensaba contratar a Bonnín para un puesto directivo que habría encumbrado su carrera encargó a Sullivan que le investigase.
-Ya me acuerdo. El informe fue negativo, la empresa se arrugó y Bonnín le rompió la nariz. De acuerdo, tesoro. Creo que voy a dejarme caer por esa catedral del músculo para hacer una visita al tal Sullivan. Por cierto, me han dicho que el Circo Mundial que han puesto en El Pilar es una pasada. Yo que tú no me lo perdería. ¿Por qué no llevas a Moncada para que salga a relucir el niño que hay en su interior?
-¿Ahora juegas a Celestino en tus ratos libres?
-¡Todo por la patria, Bea! ¡Rebajemos el umbral de estrés del inspector!
***
-En la Casa del libro la dependienta demacrada y ojerosa me dijo que quedaban ejemplares de La catedral del mar en tapa blanda, de modo que la adquisición me costó sólo 11, 95 euros.
-¿Otra vez olfateas las páginas?
-Lo hago siempre, querida. Me gusta que asperjen el aire para desentrañar sus aromas ocultos. Tiene un olor neutro, como la mayoría de los libros nuevos.
-¿Y luego qué hiciste?
-Me metí en el baqueteado Ford, renunciando a la melancólica ubicación frente al estanque del Retiro, para no perecer de hipotermia. Apagué el móvil y leí de una tacada cien páginas. ¡Madre mía! ¿Seré capaz de hacer yo algo así? ¿Cómo ha podido montar esta catedral un abogado con cuatro hijos? ¡Por muchos auriculares! Acabo de canonizar a un nuevo ídolo de adoración, cariño. A partir de hoy pondré velitas en mi imaginario a San Ildefonso Falcones, al lado de las que vengo consagrando a San Carlos Ruiz Zafón.
***
-Me siento como una bestia enjaulada, Emma. Necesito escapar de esta casa. Estoy harto de refugiarme en el dormitorio para tomar las prendas con las que hago el ritual de mis transformaciones. Las he cortado a tiras. Las prendas, me refiero. Lo hice con saña, maldiciendo. Luego deambulé por las habitaciones, descargando puñetazos y patadas. El estruendo de los objetos al romperse y el dolor me aliviaban. Me estoy volviendo loco.
-¿Me lo dices o me lo cuentas?
-Entonces sobrevino la náusea. Vomité sobre la alfombra, Emma. Me atacó un delirio que antes nunca había experimentado. Me metí en la bañera, abrí el grifo del agua fría y me quedé inmóvil, con la cabeza a unos centímetros de la alcachofa. Al cabo de un rato comencé a tiritar. Esperé a que la angustia se diluyese, me sequé y me puse el albornoz. Lavé la vomitona. Me preparé un sándwich, abrí una lata de cerveza y me acomodé ante tu retrato. He dejado de temblar y sigo mirando tu retrato.
-¿Te sientes mejor?
-Sí, pero antes de llamarte no paraba de pensar en las palabras que iba a decirte. Me decía que debía ser claro, contundente. La relación está muerta, Emma. No hay solución. Cuando marqué tu número, la mano me temblaba. Me preguntaba si me fallaría la voz.
-Lo que te falla es otra cosa que está un poco más abajo.
-Voy a colgar, Emma. ¡No aguanto más tus humillaciones!
-¿Y las que te haces a ti mismo sí las aguantas?
-¡Seguro que estás en la cama con cualquiera de tus amantes!
-Yo no tengo amantes. Puedo prescindir del sexo.
-Siempre me pasa. Aunque sea a través del hilo telefónico y tu presencia esté tamizada por la distancia, me siento sacudido por el dominio que ejerces sobre mí. Te odio. Pero también te deseo, tanto que por una de tus caricias soy capaz de asesinar fríamente a quien tú me ordenes. Pero esta vez no volveré a decirte que te quiero. Luego me desprecio por ello.
-¡Si vives ahogado en desprecio hacia ti mismo!
-No seguiré arrastrándome como un gusano.
-Los gusanos se arrastran, no les queda otra, tengo entendido.
-Eres cruel conmigo. Tus palabras son huecas, están desprovistas de sentimiento. Parecen rellenas de paja. ¡Joder, Emma! ¡El puto clic! ¡Encima me cuelga en las narices!
***
-¡Tú sí que sabes vivir, Gerhard! ¿Te reuniste con ella?
-¡A veces eres tan corto, José Luis! Tu etapa de coronel te vació la mollera. He ido expresamente para encontrarme con ella, aunque ha sido un viaje relámpago y antes del amanecer ya estaba de vuelta en mi jacuzzi, disfrutando de Tadzio en Muerte en Venecia.
-Emma te ha lavado el cerebro.
-Estaba súper excitado. La había echado mucho de menos.
-Nunca entenderé el poder que ejerce esa mujer sobre vosotros.
-Lo dices porque tú te conformas con meter el nabo entre las nalgas de ese Jorgito tuyo.
-Emma es una bruja, Gerhard. Te acabará llevando a la ruina. Barroso igual, está que no caga con ella.
-¡Es que te hipnotiza! Cuando estoy en Madrid no paro de pensar en ella. ¡La extraño!
-¿A pesar de los desahogos carnales que te permites? ¡Venga, Gerhard, no te hagas el sueco! Siempre has sido un putero. ¡Eres de los que se folla todo lo que se menea con cierta gracia, tenga faldas o pantalones!
-Cuando me planté delante de su chalet estaba temblando como un flan, la verdad. ¡Dios, se me agarrota todo el cuerpo! La necesito, José Luis. Es la única persona a quien respeto. Y de repente apareció. ¡Allí estaba la seguridad! Volver a ella es regresar a la placenta. El embrión. La inocencia. La vida en estado puro. Cuando ocupó el umbral de la puerta con su envergadura de sacerdotisa griega, envuelta en una túnica blanca que le llegaba hasta los tobillos y calzando sandalias, me quedé de piedra. Me postré ante ella y besé sus pies.
-¿Es verdad que no os permite otro contacto físico?
-Es verdad. Te lo juro. Emma no es folladora. Y tampoco le gustan los besos. Ni las caricias.
-¿Ni siquiera os hace una paja? ¡Estáis como una chota, entonces! ¿Se puede saber qué os da?
-Su sensualidad es cerebral, de efecto retardado. Me dura semanas. Se reverbera en imágenes que yo moldeo en mi imaginación. Mi mente busca la corporeidad que ella no puede entregarme.
-Habla en plata, Gerhard. ¿Por qué no deja que te la folles?
-Porque su naturaleza espiritual no pertenece a este mundo.
-¡Venga ya!
-Es una diosa, José Luis. Y su casa es un templo.