Capítulo XXVII
Micaela tomó una tarjeta del secrétaire y anotó una dirección. Llamó a Ralikhanta y se la entregó.
—Prepara el coche —ordenó a continuación—. Saldremos de inmediato.
—¿A este lugar? —preguntó el indio, y señaló el papel—. Es en la zona sur, señora.
—Ya sé que es en la zona sur, pero tengo asuntos ahí. Como siempre, te pido la mayor discreción. Si Cheia te pregunta, inventas cualquier cosa.
El sirviente se inclinó y abandonó la alcoba. Micaela eligió un sombrero, se calzó los guantes y salió. Ralikhanta la aguardaba con el automóvil encendido.
Paradójicamente, la escena con Harvey la tarde anterior había precipitado la decisión que se disponía a cumplir, y, pese a que su mente defendía los argumentos de costumbre, su sensibilidad proclamaba lo opuesto y la ayudaba a seguir adelante. ¿Qué era lo correcto y qué lo incorrecto? Se había sacrificado en busca del equilibrio y la sensatez. Y, ¿qué había conseguido? ¿El infierno en el que vivía? Después de todo, ¿había habido equilibrio y sensatez en sus decisiones? Creía que sí, pero los hechos mostraban lo contrario. Se merecía su padecimiento. Por cobarde, había actuado desde la mentira. Una vez más, debía pagar su equivocación. ¿Qué había creído, que junto a un hombre que no amaba sería feliz? Quizá el destino, apiadándose de ella, la había unido a un impotente, pues jamás habría soportado que Eloy Cáceres la poseyera.
¿Qué tipo de criterio la había guiado desde su llegada a Buenos Aires? Ni Otilia habría actuado con tanta frivolidad e inmadurez. Ella, que aprendió de Emma a vivir con honestidad, se enredó en un laberinto de mentiras y engaños, y no acertaba con la salida. «¡Estúpida! Sacrificaste lo que más amas por complacer a quién. ¿A tu familia, a la sociedad, a quién? ¿Nunca pensaste en darte el gusto? ¿Nunca se te ocurrió hacerte feliz? ¿Qué pensaste, que contentando al resto vos también te contentarías? ¡Error! Primero sé feliz y después intenta hacer feliz al resto.»
Por un momento, su raciocinio ganó la partida y dudó en proseguir. Minutos después, el automóvil aún continuaba rumbo al sur. No sería tan estúpida otra vez. No se dejaría envolver nuevamente por criterios que eran sensatos en apariencia y que tanto daño le habían causado. Últimamente, lo que se suponía sensato y aceptable se presentaba enteramente irracional. Gastón María, Raúl Miguens, Eloy Cáceres, Nathaniel Harvey, hombres con educación y cultura, de dinero y posición, hombres en los que había confiado sólo por esas condiciones, la habían decepcionado. ¿Cuál era la verdad acerca de la naturaleza humana? ¿Las reglas sociales, el nivel económico? En fin, había sido una necia.
—Llegamos —anunció Ralikhanta, y detuvo el coche frente al Carmesí.
Micaela regresó de su intrincada maraña y se asomó por la ventanilla. «¡Ah, qué sensación de bienestar!», proclamó. «¡Otra vez en el Carmesí!».
—¿Va a entrar ahí, señora?
—Sí, Ralikhanta. Espérame afuera.
—Pero, señora…
—Nada de peros. Aguárdame aquí.
Hizo sonar la aldaba y esperó en vano; probó el picaporte y la puerta cedió. Se adentró en el burdel, y, antes de subir las escaleras, observó la sala y advirtió que gran parte del decorado había cambiado. Al llegar al descanso, una mujer le gritó desde la planta baja:
—¡Ey, señorita! ¿Quién es usté?
Micaela le explicó que buscaba al señor Varzi.
—¿Al Napo? No, el Napo ya no es el dueño de este lugar.
No pudo hablar por algunos segundos, lapso en el que la mujer insistió en saber quién era.
—¿Cómo que el señor Varzi no es más dueño de este lugar? —atinó, al fin.
—Se lo vendió hace unos meses a mi patrón. Pero si está buscando laburo, puede chamuyar con él. Seguro que la contrata. ¡Usté sí que es una linda papirusa!
—¿Podría informarme dónde se encuentra el señor Varzi?
—¡Ni idea! Hace tiempo que no lo vemos por estos lares. Algunos dicen que se va a Napóles. Él es de ahí, ¿sabe?
—¡A Napóles, en medio de la guerra! —pensó en voz alta.
La idea de perder a Carlo la trastornó, y bajó los escalones a duras penas sujetándose de la baranda, mientras la mujer se obstinaba con la posibilidad de un trabajo en el Carmesí. Antes de salir, se lo ocurrió preguntar por Tuli y la demás gente.
—¿Tuli? No tengo idea quién es. Toda la gente que laburaba aquí se mandó a mudar cuando el Napo vendió el local. Por más que mi patrón le dijo a las chicas que se quedaran, ninguna aceptó. El asunto del «mocha lenguas» las tenía muy julepeadas. Dijeron que iban a buscar laburo en Córdoba.
Al trasponer la puerta, miró hacia atrás, y no pudo evitar algunas lágrimas.
—¿Qué le pasó, señora? —se alarmó Ralikhanta.
—Nada, nada. Quiero ir a casa.
—¡Che, Marlene! —llamó alguien por detrás.
—¡Cabecita! —exclamó—. ¿Qué haces aquí?
—Eso que te lo explique el Napo. Lo buscas a él, ¿no?
—Sí, sí, ¿dónde está? ¿Es cierto que quiere volver a Napóles?
—No, todavía no. ¿Querés que te lleve con él?
—Sí, Cabecita, te lo suplico. —Micaela se dirigió a su sirviente—. Ralikhanta, por favor, seguinos con el coche.
Micaela acompañó a Cabecita hasta la cuadra siguiente, donde se hallaba el automóvil con Mudo al volante, y se acomodó en la parte trasera.
—Vamos, Mudo —dijo Cabecita—. Marlene quiere ver al Napo.
Micaela se replegó en el asiento cuando Mudo volteó y le echó un vistazo cargado de ira.
—Usté a mí no me gusta ni medio —graznó el gigante—. ¿Por qué no deja al Napo en paz? Ya le hizo suficiente.
—¡Callate, Mudo! —terció Cabecita—. Si el Napo se entera de que la tratas así, te corta las pelotas.
El hombre lanzó un soplido antes de arrancar. Cabecita, sinceramente complacido, se dio vuelta y le sonrió.
—Cabecita, por favor, contame, ¿por qué Carlo vendió el Carmesí?
—¡Uy, el Carmesí y todo lo demás! Vendió todos los burdeles y el cabaret. Lo único que se dejó fue la parte en el Armenonville.
—¿El Armenonville? —se sorprendió la joven.
—Sí, el restaurante que está cerca de tu casa, ¡bah!, de la casa de tu viejo. —Se divirtió con el azoro de Micaela—. ¿De dónde crees que sacaba el Napo la orquídea que te mandaba al Colón? Del vivero que hay ahí.
—¿Los dueños del Armenonville no son…?
—Sí, Lanzavecchia y Loureiro. Lanzavecchia es el testaferro del Napo.
Micaela no salía de su asombro; los misterios de Carlo Varzi sólo conseguían hacerlo más atractivo y deseable. ¿Qué faltaba por conocer?
—¿Adonde me llevan? ¿No vamos a la casa de San Telmo?
—No. Te llevamos al…
—Basta —interrumpió Mudo—. Callate, que el Napo le chamuye lo que él quiera. Ya abriste demasiado la jeta.
No obstante su interés por saber, Micaela no volvió a preguntar. La ansiedad la consumía y el anhelo de ver a Carlo le aceleraba el pulso. ¿Cómo reaccionaría cuando la tuviese enfrente? ¿La rechazaría? Había sido dura con él en casa de su padre; deseó no haber abierto la boca. Se avergonzó e imploró que Varzi no recordara esas sandeces, aunque le resultó improbable, había enfatizado al decirle que la dejara en paz.
Se dirigían al puerto. Al llegar al muelle, Mudo aparcó cerca de una barraca, y Cabecita le abrió la puerta y le tendió la mano.
—El Napo está ahí —aseguró, e indicó el tinglado del cual entraban y salían estibadores.
En la parte superior del portón, un cartel nuevo rezaba «Varzi S.A. Compañía de exportación e importación.» Se asomó al cobertizo, extenso, de altos techos de zinc, lleno de esqueletos de madera y cajas de cartón, que olía a humedad y a encierro. Al poner un pie dentro, con su atuendo elegante y su figura espigada, llamó la atención de los trabajadores. Cabecita pegó un grito y los hizo regresar de inmediato a sus tareas. Cruzaron el galpón sorteando cajas, estibadores y pequeñas grúas, y, al alcanzar el otro extremo del recinto, Cabecita le señaló unas escaleras.
—La oficina del Napo está arriba —acotó, y, con un ademán, le pidió que subiera; luego, dio media vuelta y se perdió tras una pila de cajones.
Entró en la oficina de Carlo y vio a Tuli concentrado en unos libros enormes.
—Hola, Tuli.
—¿Estoy soñando? ¿Marlene, sos vos? ¿Mi Marlene?
—Sí, soy yo.
Avanzó indeciso, con mirada turbia y labios temblorosos, y, a sólo un paso de Micaela, se aferró a ella en medio de exclamaciones; la había echado de menos, la quería.
—Vení, vení, sentare, por favor. —La condujo hasta el escritorio y le acercó una silla—. Jamás pensé que volvería a verte. Jamás —repitió, sin soltarle las manos—. Estás más bonita que nunca, Marlene.
—Tuli, querido amigo. No tenés idea cuánto te extrañé. Cada vez que me siento frente al espejo te recuerdo. ¡Me hacías reír tanto! —aseguró.
—Quiero confesarte algo —dijo Tuli, repentinamente calmado—. Ya sé quién sos en realidad. Me lo contó el maestro Cacciaguida. Pero te juro que de mi boca no va a salir palabra.
—Gracias, Tuli. Las cosas eran tan complicadas cuando te conocí que no podía decirte nada, aunque me moría de ganas.
—¡Por Dios, Marlene! Si a veces me pongo a pensar lo que hiciste por tu hermano y no puedo creer que haya sido verdad. Si contara tu historia, nadie me creería. Pero yo sé que es cierta y puedo asegurar que conocí a la mujer más valiente que existe. Lo arriesgaste todo por tu hermano. ¡Y sí que tenías qué perder!
—Déjanos solos, Tuli.
Micaela se topó con los ojos de Varzi que la escrutaban severamente desde la puerta, y se arrepintió de su decisión.
—Tengo que revisar unos papeles antes de que salga el cargamento de cueros —inventó Tuli—. Con permiso. —Y bajó corriendo la escalera.
Varzi cerró la puerta y se acercó. Micaela se puso de pie.
—Si viniste a recordarme que te dejara en paz, hiciste el viaje al reverendo… vicio. Me quedó muy claro. Ya no voy a volver a buscarte.
No supo qué decir, la actitud de Carlo la tomó por sorpresa, no pensó encontrarlo tan decidido y firme; su indiferencia parecía inexpugnable.
—Carlo… Yo, en realidad… Bueno… La otra noche, en casa de mi padre, fui una grosera. Me asustó verte ahí, por eso reaccioné mal. Quería pedirte perdón. Fui injusta.
—¿Pedirme perdón, vos a mí? —Rió con burla—. ¿La divina Four pidiéndole perdón a un inmigrante de La Boca?
—Carlo, por favor —suplicó Micaela.
Un hombre llamó a la puerta y Varzi lo hizo entrar. Cruzaron unas palabras en voz baja, Carlo le entregó unos papeles y le ordenó que lo aguardara en el muelle.
—Tengo que irme —habló Varzi, y Micaela se desesperanzó—. ¡Cabecita! —gritó enseguida—: Lleva a Marlene a mi casa.
Le volvió el alma al cuerpo y no le importó que Carlo dejara la oficina sin mirarla ni despedirse. En casa de Varzi, los atendió una joven bonita y simpática, ataviada como sirvienta.
—¡Hola, Mary! —saludó Cabecita—. Hace pasar a la señora Marlene y traele algo para tomar. El Napo está por llegar. Yo tengo que volver al puerto, Marlene —expresó, con una mano sobre el ala del sombrero a modo de saludo.
La jovencita tomó las pertenencias de Micaela y la escoltó al comedor. Micaela notó el meneo provocativo de sus caderas, y sintió celos. Se preguntó si Carlo ya la habría llevado a la cama.
—¿Marlene? —Frida entró en la sala y se quedó mirándola—. ¡No puedo creerlo! ¡Por fin volviste, Marlene! Yo sabía que regresarías. —La besó en ambas mejillas y la guió hasta el sofá—. Te eché tanto de menos, querida.
—Yo también, Frida, mucho.
—No, tú no —la contradijo, con simulado enojo—. Tú nos dejaste, te casaste con otro. Además, eres la mejor soprano del mundo. ¿Por qué habríamos de hacerte falta, unos pobres diablos como nosotros?
Micaela bajó el rostro, desanimada. Frida la obligó a mirarla y la reconfortó con una sonrisa.
—No quiero que Carlo te vea triste. Le destrozarías el corazón. Vamos, alégrate.
—Ya vi a Carlo en el puerto. Me trató mal.
—Y sí, era de esperarse, es orgulloso como pocos. Tú lo despreciaste, y no está acostumbrado. La única mujer que le interesa lo rechaza.
—Él me traicionó con Sonia —se quejó Micaela.
—No significó nada para Carlo. ¿No te das cuenta de que está loco por ti, que te adora? El día que te casaste, Mudo y Cabecita lo trajeron aquí completamente ebrio. Después de una taza de café bien fuerte, reaccionó en parte, y, desesperado, me dijo que te habías casado. Ah, mira, aquí está Carlo, te dejo con él.
Frida se marchó sin más y Micaela se puso de pie. La situación la sobrepasaba, y temió que Carlo escuchara los latidos de su corazón y que advirtiera su debilidad. Después de eternos segundos, supo que Varzi no abriría la boca. Firme en el mismo sitio, la observaba con rencor, y su gesto dejaba ver a las claras que no deseaba su presencia. Micaela estuvo a punto de irse.
—Desde que te conocí —dijo, en cambio—, una lucha cruel se desató dentro de mí. Dos voces me atormentaban, día y noche; una me obligaba a detestarte, la otra me tentaba a desearte. Por momentos, ganaba una, por momentos, la otra. En esa lucha, me desgarraban sin compasión, como perros peleando por un trozo de carne. Pasé noches en vela pensando en vos, en cuánto te anhelaba. Nunca un hombre me había atraído de esa forma. Y de nuevo tu entorno, tu sórdida realidad me atemorizaban y me forzaban a mantenerme lejos. Lejos de vos —repitió, tristemente—. Ya no puedo, Carlo. Me cansé de vivir sin vos. No puedo estar sin vos. Ya no quiero luchar más. Dios sabe que lo intenté, me rindo.
Se le enturbiaron los ojos y le temblaron los labios; bajó el rostro y sacó un pañuelo para secarse las lágrimas, al tiempo que rogaba por unas palabras de Varzi que nunca escuchó. Lo miró y volvió a encontrar la dureza del principio.
—Fue un error molestarte. Será mejor que me vaya —dijo, y caminó hacia el vestíbulo.
Cerca de la puerta, Varzi la tomó por los hombros con rudeza y la apoyó contra la pared.
—Tendría que odiarte —le aseguró—. Me gustaría detestarte, te lo juro por ésta. —Y se hizo la cruz sobre los labios—. ¡Ah, maldita seas!
Las lágrimas bañaban las mejillas de Micaela y, aunque intentaba controlarse, se le convulsionaba el pecho. Varzi le apretaba los hombros con brutalidad y le hacía doler, aunque no tanto como con su desprecio.
—Basta, no llores más —le ordenó—. Te dije que no llores más. —Con el dorso de la mano, le secó una mejilla—. No quiero que llores. —Su gesto se dulcificó y le besó los ojos—. No luches más, Marlene. No luchemos más.
—Carlo —murmuró ella.
Siguieron instantes de suspenso; Varzi aún la mantenía aprisionada contra la pared y no le quitaba la vista de encima.
—Me traicionaste cuando te casaste con el bienudo.
—Vos también cuando te acostaste con Sonia.
—Lo hice por despecho.
—Yo también lo hice por despecho.
—¡Qué estúpidos!
La tomó por la nuca y la besó largamente. Micaela reaccionó de inmediato y se abismó en el erotismo sin límites de él. Le aferró la espalda con desesperación, pues temía perderlo nuevamente, apretó el cuerpo contra el suyo y se colmó de la excitación que manaba de su carne. Varzi la empujaba contra la pared en busca de la intimidad tan deseada, perdía el rostro en su cuello y tanteaba con torpeza los botones de la chaquetilla.
—Carlo, por favor —suplicó Micaela—. Carlo —repitió, e intentó apartarlo.
—¿Qué pasa? —preguntó, sin soltarla.
—Espera un segundo, no quiero que sea así esta vez.
—¿Qué pasa, Marlene? —insistió, de mal modo.
—¿Solamente te satisfago como cualquier otra, no?
—¿Qué?
—Deseo ser tuya, te lo aseguro, pero no quiero que esto vuelva a terminar sólo en la cama. Me da miedo preguntarte lo que sentís por mí realmente. Sé que primero fui la mejor venganza contra mi hermano; después me convertí en otra de tus conquistas. Ahora estoy aquí porque no tolero tu ausencia, pero menos toleraría volver a ser sólo deseo y sexo; no ahora que sé que te amo tanto.
Varzi la miró de tal forma que debió bajar la vista, entre avergonzada y arrepentida.
—No me conoces, Marlene —dijo, al cabo—. Después de todo, ¿aún necesitas que te diga que te quiero? ¿Después de que te perseguí como un pelele para que volvieras conmigo? ¿Después de que pensé que me volvería loco cuando te casaste? En verdad, no me conoces. ¿Acaso tengo que pedirte de rodillas que seas solamente mía? ¿Tengo que arrojarme a tus pies para que no vuelvas a dejarme? ¡Lo hago, Marlene! ¡Yo lo hago! —Y se arrodilló frente a ella.
—¡Carlo, por favor! —E intentó levantarlo—. No hagas esto más difícil.
Carlo se puso de pie, le apoyó las manos a ambos lados del rostro y volvió a besarla.
—¿Esto es suficiente o necesitas más? —Le subió la falda y la acarició entre las piernas—. ¿Cómo es que todavía no te diste cuenta de que estoy loco por vos? Cambiaste mi maldita vida, le diste sentido, ¿eso no es suficiente? ¿Además de todo, querés que te diga que te amo? ¡Está bien, te lo digo: te amo!
La encaramó en sus brazos y atravesó el patio; abrió la puerta del dormitorio de un puntapié y la depositó sobre el lecho. Se quitó el saco y la camisa y, antes de recostarse sobre ella, echó traba a la puerta. Las manos de Micaela sobre su piel estremecida lo conmocionaron. Agitado y fuera de sí, le rasgó la camisa de seda y le liberó los pechos.
—Son míos, de nadie más —aseguró, sin aliento, mientras se los besaba y lamía—. Tu piel… Suave, blanca. Tu olor. ¡Ah, me enloquece! —Descendió hasta el vientre y refregó el rostro en él, como desquiciado—. Si mi sufrimiento no te bastó, esto te va demostrar que me perteneces. No van a quedarte dudas.
Se deshizo de la falda y le bajó la bombacha sin consideraciones. Micaela gimió y se arqueó al sentir la boca de Varzi entre sus piernas. Emociones que creyó perdidas afloraron nuevamente a manos de él, y se apoderaron de su cordura y la llevaron a un estado de ensueño y de placer.
—Tómame ahora, Carlo, ahora.
No tuvo tiempo de quitarse el pantalón. Abrió la bragueta, liberó su miembro tumefacto y se internó en la morbidez cálida y húmeda de Micaela para hacerse uno los dos. Ella gemía y, en medio de su delirio, balbuceaba palabras entrecortadas que le aumentaban la pasión. Consciente de su desenfreno, Carlo trataba de mermar su ímpetu, pero el cuerpo de Micaela se movía bajo el suyo y, al pedirle más, destruía toda voluntad de control.
—Por Dios, Marlene, decí que sos mía. ¡Júramelo!
—¡Sí, lo juro, tuya, tuya!
Carlo la contempló extasiado antes de rendirse por completo. «Ahora que sé que te amo tanto.» En medio de la lujuria, aquella confesión le provocó sensaciones que intensificaron la magia. Un espasmo lo surcó con violencia, gritó sin escrúpulos y desató su ímpetu. Por fin, gozó viéndola gozar.
Carlo regresó de la cocina con una bandeja llena de manjares: pan caliente, jamón crudo, queso, pastelitos de manzanas y vino tinto. Micaela celebró el festín, pues, según dijo, se moría de hambre. Tomó la bandeja, la acomodó sobre la cama y llenó las copas. Carlo se deshizo de la bata y se tendió junto a ella.
—Me dijo Frida que te obligue a comer porque te encontró muy delgada.
—No va a hacer falta que me obligues, mi amor. Estoy famélica.
Carlo quitó la sábana que la cubría, tomó perspectiva y la contempló sin reparos.
—Es cierto, está más flaca —afirmó, preocupado—. Mira, te hice un moretón.
Bajó el rostro hasta la cadera de Micaela y le besó el cardenal. Había sido una bestia.
—Perdóname —dijo, sin apartar los labios de su piel—. Fui un bruto. Casi rompo mi muñequita de porcelana.
—¿En serio soy tu muñequita?
La miró con picardía, depositó la bandeja sobre el piso y volvió a echarse sobre ella. Entrelazó sus dedos con los de Micaela, le sujetó las manos por encima de la cabeza y la abrió como una flor. Le besó cada parte del rostro, del cuello, le succionó los pezones, suavemente, llevándola al climax poco a poco, lentamente, buscando saborear cada segundo, cada acto de amor.
—Carlo, amor mío —susurraba Micaela, completamente entregada.
Se recostó sobre el pecho de Varzi e imitó sus caricias; le besó los ojos, la nariz, apenas le rozó los labios, y lo llenó de ansiedad, lo surcó con la lengua húmeda, y, por fin, se incorporó sobre él para revelarse como una visión: el cabello rubio le cubría los senos y apenas asomaban los pezones rosados; un rayo de luz filtraba por los postigos y le iluminaba la piel traslúcida, que reverberaba en contraste con el cuerpo oscuro de él; sus ojos, enormes y almendrados, lo contemplaban con inocencia, mientras su exuberancia de mujer clamaba sin reservas. Carlo supo que su suerte estaba echada: Marlene era su destino. Esta vez, él rogó y, sin esperar la conformidad, la tomó. Cuando acabaron, Micaela se cobijó entre sus brazos, embriagándolo de calidez.
—Podría quedarme así el resto de mi vida —aseguró Carlo.
Micaela miró el reloj de la pared y se preocupó por la hora.
—Ahora estás conmigo —la regañó, al notar su inquietud—. Deja de pensar en el resto.
—Solamente puedo pensar en vos —mintió ella.
—Mentira. Pensabas en el bienudo.
Micaela le sonrió para simular despreocupación y tranquilidad, aunque las dudas la atormentaban. Su única certeza era que jamás volvería a dejarlo.
—Carlo —le dijo—, te pertenezco, soy tuya. No te aflijas con cosas que no tienen sentido.
Carlo se tornó hosco y la apartó de su lado; dejó la cama, se cubrió con la bata y avanzó hacia el escritorio. El corazón de Micaela se contrajo al verlo sufrir, la culpa y la impotencia la abrumaron. Se envolvió en la sábana y lo siguió; le rodeó la cintura por detrás y Carlo sintió que le volvía el alma al cuerpo.
—Amor de mi vida —susurró Micaela—. Si te digo que soy solamente tuya, es así.
—No soporto la idea de que estés casada con otro. No puedo tolerar que compartas la casa con otro, que duermas con otro, que el bienudo te toque, ¡menos que te haga suya! ¡Ah, de sólo pensarlo me dan ganas de matarte! ¡Es tu esposo, puede gritárselo al mundo! ¡Carajo, Marlene, cómo pudiste casarte con él!
Volvió a deshacerse de ella y se sentó en el borde de la cama.
—Está bien, me equivoqué —aceptó Micaela—. Jamás debí casarme con él, simplemente porque no lo amo. Me casé con Eloy enamorada de vos. Me equivoqué, y te pido perdón. —Carlo mantenía la vista en el suelo y parecía infranqueable—. ¿Nunca cometiste un error del cual tengas que arrepentirte? ¿Todo lo hiciste bien? ¿No existe algo por lo cual quisieras volver el tiempo atrás para tener la oportunidad de vivirlo de una forma distinta?
Esas palabras lo abofetearon. Atrajo a Micaela hacia él y le hundió la cara en el vientre. ¿Quién era él para juzgarla? El, el asesino de su padre.
—Perdóname, mi amor, perdóname —dijo varias veces, reconfortado, en parte, por el abrazo de ella—. Los celos están volviéndome loco. Me esfuerzo por no pensar, pero la idea de que cuando quiere puede hacerte su mujer me desquicia.
Micaela se acuclilló frente a él y le acarició el cabello renegrido.
—Sí, es cierto, soy la esposa de Eloy Cáceres, pero nunca fui ni seré su mujer. Yo soy la mujer de Carlo Varzi. —Guardó silencio para estudiar la reacción de su amante—. Estoy tratando de decirte que entre Eloy y yo nunca pasó nada, Carlo. Nunca me tocó.
—¿Vos y él nunca…? —Carlo la miró ceñudo—. ¿Querés decir que nunca te puso un dedo encima? ¿Nunca? ¡Imposible! Estás mintiéndome. —Micaela negó seriamente—. ¡Ya decía yo que ese bienudo de mierda era un marica!
—No se trata de eso. Eloy es impotente.
—¿No se le para? ¡Ja! ¡Eso sí que es bueno! Ahí tiene por meterse con mi naifa, ¡qué carajo! —Mermó su entusiasmo y añadió—: Insisto, Marlene, ese tipo es un marica. Vos le pararías la verga a una estatua.
La grosería de Carlo le molestó; después de todo, se burlaba de un hombre enfermo.
—Eloy es impotente culpa de una fiebre que contrajo dos años atrás. Casi muere.
—¿Y se casó con vos sabiendo que no podía hacerte su mujer?
—Basta, no quiero hablar más de esto.
—Está bien, a mí tampoco me importa lo que le pase a ese tipo. Por mí, ¡que reviente!
El tema de Eloy la desanimó. Un hombre atormentado por deficiencias físicas y recuerdos macabros sólo podía inspirar compasión. Tomó la camisa del suelo e intentó ponérsela. Le quedaba sólo un botón y tenía la tela desgarrada a la altura del pecho.
—¿Querés que le pida a Frida que la cosa?
—Esta camisa ya no tiene remedio. Me cubro con la chaqueta.
Carlo hizo un gesto de contrariedad que a Micaela le causó gracia.
—Parece fina y costosa.
—Sí, lo era.
—¿Por qué no vamos a una de esas tiendas donde van las de la haute y te compro ropa bien finoli y cara?
—No, Carlo, tengo que irme. Moreschi debe de estar a punto de perder la razón. Lo cité hoy al mediodía y ya son las cuatro de la tarde.
—De todas formas —añadió Carlo—, nunca te mostrarías en público conmigo.
«Hay tanto de qué hablar, pensó Micaela, tantas cosas que resolver, cuestiones que zanjar.» Sin embargo, no se sintió abrumada con Carlo a su lado.