Capítulo XIX

Excedida por la noticia, Cheia le confirmó a Moreschi el asunto entre Micaela y el orillero y, durante días, no le dirigieron la palabra. Sin importarle, Micaela continuó viéndose con Varzi, entregada a los instantes maravillosos que vivían juntos, los más felices que recordaba; nada le había prodigado tanto placer.

Después de un tiempo, la nana y el maestro llegaron a admitir que Micaela lucía radiante. Era su mejor momento como soprano, a pesar de que ensayaba poco. Lakmé había terminado. Ahora se preparaba para la última ópera de la temporada, La traviata, de Verdi. El año anterior, había encarnado el papel de Violeta Valéry en un festival de música en Venecia y el desgarrador «É tardi» del tercer acto la había consagrado como «la» Violeta del momento. Los porteños aguardaban ansiosos su actuación.

Con la excusa de los ensayos, Micaela rechazaba las invitaciones y sorteaba a la insistente Otilia, que no cejaba de participarla en eventos de beneficencia, desfiles de modas o cenas con evidente intención de sentarla junto a Eloy. Compartiría su tiempo libre exclusivamente con Varzi, que le enviaba el automóvil luego de las prácticas en el Colón cada vez más seguido. Micaela llegaba a la casa de San Telmo y Frida salía a recibirla.

—Carlo aún no ha llegado —le informaba, afligida—. Se fue temprano y aún sigue fuera. Aunque mejor así —cambiaba de opinión—. Tenía muchas ganas de charlar contigo.

Como el calor ya no les permitía tomar asiento bajo la parra, conversaban en el comedor o en la cocina, en tanto Frida proseguía con los quehaceres domésticos. En otras ocasiones, merendaban en la sala mientras los discos que Carlo había comprado para Micaela sonaban en el fonógrafo. El té a punto, la repostería exquisita y la música de fondo creaban el marco ideal para la charla de Micaela y Frida que parecía no tener fin, pues un tema se hilaba con otro. Micaela se había dado cuenta de que a la alemana no le gustaba hablar de Carlo y sus asuntos, ni siquiera de la relación con su esposo Johann, y, por prudencia, no insistía, aunque la carcomía la curiosidad.

Después de un rato, comenzaba a inquietarse, ansiosa de que Carlo llegara, la tomara entre sus brazos y le hiciera el amor una y otra vez, con intervalos de sueño. A veces comían algo o tomaban juntos un baño. La tarde pasaba y ellos habrían jurado que se trataba de minutos. La pasión los sumergía en una dimensión sin tiempo ni espacio; sólo sus cuerpos y una cama donde yacer; el resto era fútil.

Cuando llegaba, Varzi no estaba dispuesto a compartirla con nadie. Frida apagaba el fonógrafo, recogía la mesa y se marchaba a la cocina. La casa volvía a sumirse en el silencio de costumbre; no obstante, algo en el ambiente les recordaba las noches tumultuosas del burdel de La Boca. Carlo colocaba la púa sobre el disco de pasta y un tango comenzaba a sonar. La tomaba por la cintura y le decía al oído que la había echado de menos el día entero.

Micaela bailaba libremente, despojada de miedos. Ya no le temía al roce de sus manos, ni a su pierna entre las suyas, ni a la respiración excitada que le golpeaba el rostro. Los momentos de represión habían quedado atrás; ahora hacía lo que quería. Y, aunque la música continuaba con su sonido lastimero y cayengue en el fonógrafo, el baile duraba poco, y, si no fuera por la negativa de Micaela, Carlo la habría tomado en el piso de la sala.

Las noches de Varzi no le pertenecían, tampoco tenía derecho a indagarlo o a sentirse contrariada, sabía que no valía de nada atormentarse, las reglas del juego eran claras y ella debía aceptarlas. Con todo, la idea de Varzi en sus burdeles, rodeado por mujeres ávidas y desprejuiciadas que habrían dado cualquier cosa por bailar el tango con él, la atribulaba hasta las lágrimas. Ahora comprendía los celos de Sonia.

Carlo, acostado boca abajo en la cama, recibía complacido las caricias de Micaela.

—¿Por qué suspiras? —quiso saber la joven.

Varzi se dio vuelta, acomodó la cabeza sobre la almohada y estiró los brazos hasta rozarle las mejillas.

—¿Qué te pasa? —insistió la joven.

—Estoy contento. Más que contento, estoy feliz.

El corazón de Micaela dio un respingo y una alegría inefable le inundó el pecho. Complacida y halagada, segura de ser la causa de la felicidad de su amante, se preparó para escuchar la confesión que, por fin, le haría.

—¿Qué te hace tan feliz? —preguntó.

—Hoy por la mañana recibí un telegrama de la señora Bennet…

—¿La señora Bennet? —interrumpió Micaela, sin ocultar la desilusión.

—La institutriz de mi hermana. ¿Te acordás que te conté?

Micaela apenas asintió y Carlo prosiguió rebosante.

—El telegrama dice que mi hermana ya tuvo el bebé. ¡Un varón! ¡Estoy que no puedo de la felicidad!

Micaela miró a Carlo largo y tendido, sin poder evitar que la turbación se convirtiera en resentimiento: ella nada tenía que ver con su estado de ánimo.

—¿No me vas a preguntar nada? Después de todo, también se trata de tu sobrino. La señora Bennet dice que tu hermano lo va a anotar con su apellido y que, hasta el momento, Gioacchina no ha puesto reparos. ¿Acaso no te interesa?

—No… ¡Sí!… Quiero decir… ¡Claro que me interesa! ¡Cómo no! Mi primer sobrino. Me alegra mucho.

Aunque continuó ensayando frases cortas, acompañadas por exclamaciones y sonrisas fingidas, la desilusión no la abandonó, y la desilusión se mezcló con la culpa por no haberse alegrado con el nacimiento del hijo de Gastón María. Trató de mantener buen talante al preguntarle los detalles y, mientras lo hacía, abandonaba la cama y comenzaba a vestirse. A Varzi, enfrascado en su relato, no parecía importarle. Que se va a llamar Francisco, que es sanito, que de seguro se parece a mí, que esto, que aquello. Micaela lo miró de reojo y pensó que, en otra ocasión, le habría rogado que se quedara; ahora, en cambio, le alcanzaba la ropa interior y los zapatos.

Dejó la casa de San Telmo humillada y deprimida. El coche la aguardaba en la acera y subió sin mirar atrás. Carlo la observó partir desde la ventana con un gesto sombrío que le amargaba el semblante.

Micaela intentó tranquilizarse, aunque sus ideas no la ayudaban. Junto a Carlo Varzi vivía los mejores momentos, más allá de otros oscuros y confusos que daban vida a la pregunta que tanto la angustiaba y que se repetía con una insistencia irritante: ¿Qué significaba ella para Varzi? ¿Un rato en la cama? Un rato deseable, apetecible, sí, pero nada más; un rato similar a tantos otros compartidos con mujeres más acordes a sus exigencias. Golpeó la ventanilla del automóvil al darse cuenta de que estaba enamorándose de él. Varzi, en cambio, nunca había hablado de amor. Llegó a la casa de su padre y se escabulló por la zona de servicio.

—¡Micaela! —La voz de Moreschi la detuvo en el descansa de la escalera—. Quiero hablar contigo.

Pasaron a la sala de música. Micaela casi arrastraba los pies, sin ánimos para discutir temas relacionados con los ensayos, La traviata, el Colón y esas lides.

—Quiero hablarte del señor Varzi, si es que puedo llamarlo señor.

La tomó por sorpresa. Dejó el sillón y se encaminó a la ventana.

—Hace tantos años que estamos juntos, querida, que creo tener el derecho de hablarte sobre este tema. Además de ser mi pupila, yo te quiero como a una hija. Eres una joven encantadora, pura y buena, además de talentosa e inteligente. ¿Cómo no iba a llegar a quererte como te quiero?

—Maestro —exclamó Micaela, conmovida—. Gracias. Yo…

—Déjame seguir. Para mí no es fácil hablar de esto y creo que para ti no es fácil escucharlo de mis labios.

Con la mirada en el suelo y las manos tomadas, Micaela volvió a sentarse.

—He visto a los hombres más adinerados, encumbrados y cultos de Europa caer rendidos a tus pies. Y he visto también cómo los has rechazado. No puedo comprender, entonces, el motivo que te lleva a mantener una relación con un hombre tan bajo, sin moral ni honor.

Micaela levantó la mirada e intentó rebatir el ataque de Moreschi, pero no encontró palabras.

—Te lo ruego —continuó Alessandro—, dime si… —La puerta se abrió.

—¡Oh, discúlpeme, maestro! —se excusó Cheia—. Pensé que no había nadie en la sala.

—Pase, Cheia, por favor. Es importante que usted participe en esta conversación. Como te decía —prosiguió Moreschi—, dime si ese hombre te obliga a ser… Bueno… Tú sabes.

—¿Su amante? —sugirió ella—. No, él no me obliga. Soy su amante por voluntad propia.

—¡Cómo puede ser posible, Micaela! —explotó Cheia—. ¡Un hombre como él, de lo peor! Me quedo con el Jesús en la boca cada vez que vas a su casa. No hay más que deshonra en tus encuentros con él. Ese hombre no tiene moral. Ese hombre pone tu vida en peligro en cada ocasión. Te lleva a cometer un gran pecado.

—No, no es cierto —refutó Micaela, y se puso de pie—. Aquí, en esta misma casa, hay más deshonra e indecencia que en lo de Varzi. Aquí me rodean más peligros que cuando estoy con él.

—¡Micaela, qué decís! —se escandalizó la negra Cheia—. ¡No te permito!

—¿Que no me permitís? —dijo, increíblemente segura de sí—. Exceptuándote a vos y al maestro, en esta casa se vive con hipocresía y falsedad.

Cheia necesitó tomar asiento. Moreschi terció al pedirle a Micaela que se tranquilizara y explicara la naturaleza de su acusación.

—Creo que todo está claro, maestro. De todas maneras, me voy a explicar. ¿Podría llamar usted honorable y decente a mi hermano? ¿A mi hermano, que engatusó y dejó embarazada a una joven inocente a la que después abandonó a su suerte? Sin olvidarnos, por supuesto, del numerito que se mandó cuando, a la rastra, quiso obligarla a practicarse un aborto.

—¡Micaela! —se exasperó Cheia—. ¡Callate!

—No, mamá. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. ¿Podría usted llamar decente a Otilia, una mujer que sólo vive para las apariencias, que para lo único que le importan sus amistades y relaciones es para sacarles provecho? ¿Una mujer ambiciosa, sin escrúpulos, que se casó con mi padre por dinero y posición? No me mires con esa cara, mamá Cheia, o tendré que considerarte hipócrita y mentirosa a vos también. Y, por favor, no me hagan hablar de mis tíos y tías; embusteros y aprovechados. El peor de todos: tío monseñor. ¡Viejo inquisidor!

En este punto, Cheia se hizo la señal de la cruz y comenzó a llorar. Moreschi intentó calmarla, en vano. Micaela continuó la arenga sin cuidado de las lágrimas de su nana.

—Quizá piensan que el hecho de llevar apellidos «patricios» y tener dinero los exime de ser indecentes y amorales. ¡Yo digo que no! Es más, ser así, ricos y cultos, nos impone obligaciones. Hemos sido beneficiados con muchas cosas materiales y espirituales, debemos devolverle al mundo parte de lo que hemos recibido. En cambio, aquí sólo encuentro ambición desmedida y falta de caridad. Por ejemplo, no veo que mi padre, como senador, haga nada por las personas que viven en la parte sur de la ciudad, hacinados, hambrientos y enfermos. Veo niños flacos, esmirriados, sin zapatos ni ropa decente. ¡Niños que trabajan desde muy pequeños! Y el senador se debate con la oposición por un trozo más de poder. ¡Mientras la gente muere de hambre!

—Si esa gente, la de la parte sur de la ciudad, es tan pobre —opinó Cheia—, debe de ser porque se lo merece.

—No puedo creer que vos me digas esto, mamá Cheia. ¡Vos, que fuiste pobre como las ratas! ¡Vos, que padeciste la falta de todo!

—Micaela, querida, por favor, cálmate —pidió Moreschi—. Ven, siéntate y toma un respiro. Lo que dices es cierto y muy sabio, pero el ser humano es así, ambicioso y malvado, falso y egoísta. No podemos hacer nada para cambiarlo. Nunca estarás a resguardo de esas cosas. Son propias de la naturaleza del hombre. ¿Qué podemos hacer? Pero Carlo Varzi es, además, un hombre peligroso, capaz de matar. Tengo miedo de que te haga daño. Tengo miedo de que te mate.

Micaela rió en forma afectada, y pasmó a Cheia y a Moreschi.

—¿Tienen miedo de que Varzi me haga daño? ¿De que me mate?

—¡Micaela, basta, no te rías! —ordenó Cheia—. ¿Qué tenés para decirnos en su defensa? No te olvides que acuchilló a tu hermano y casi lo mata.

—Sabes muy bien que lo hizo para defender a Gioacchina. Además, no tenía intenciones de matarlo, sólo atemorizarlo.

—¡Ah, bueno, me dejas más tranquila! —repuso Cheia, sarcástica—. Espero que, cuando te toque a vos, también tenga intenciones de herirte y no de matarte.

—No creas —retomó Micaela—. A veces hiere con toda la intención de matar, como lo hizo con el asqueroso de Miguens.

Moreschi y Cheia la miraron confundidos.

—No corro ningún peligro con Carlo Varzi, quédense tranquilos —aseguró, más sosegada—. El me cuida y me defiende. Como aquella noche en la que Miguens me encontró en el Carmesí. Parece que era habitué. Sepan que al «buen hombre» le gustaban las prácticas violentas con las prostitutas. Ya había maltratado a varias de las muchachas, y por eso Carlo le tenía prohibido el acceso a cualquiera de sus burdeles. Esa noche se coló y me vio en el salón. Me siguió hasta el camerino e intentó violarme.

—¡Dios Santo! —irrumpió Cheia.

—Por favor —retomó Micaela, con la vista baja—, no me pidan detalles. Cada día intento olvidar esos momentos. Me llenan de asco y vergüenza. Carlo me lo quitó de encima antes de que… Me lo quitó de encima a tiempo. El muy cínico lo atacó con un cuchillo que llevaba escondido. Carlo estaba desarmado. Se defendió con unas tijeras y pelearon. ¡Fue espantoso! —Se tomó la cara y sollozó unos instantes—. El resto no lo recuerdo. Me desvanecí.

Sobrevino un silencio. Cheia y Moreschi no sabían qué hacer o decir. El relato, sórdido, casi inverosímil, los había excedido, quitándoles toda posibilidad de reacción. Al ver que su pupila se disponía a abandonar la sala de música, Alessandro retomó su idea original: separarla de Carlo Varzi como fuera.

—Nada te habría sucedido si no hubieses estado en esa maldita pocilga, el Carmesí.

—¡Claro! —secundó Cheia.

—¿No te has preguntado qué sucedería si la prensa se enterase de que la divina Four anda con un amoral de La Boca? ¿Nunca se te cruzó esa idea por la cabeza? ¿No te das cuenta de que sería el fin de tu carrera? No puedes continuar con él —remató el hombre.

«¿Continuar con él?», repitió Micaela para sí. Los miró con tristeza y les sonrió con resignación antes de dejar la habitación.

—Está completamente enamorada de ese maldito —se lamentó Cheia.

Micaela subió la escalera corriendo, entró en su dormitorio y se arrojó en la cama. «¿Continuar con él?», repitió. Lloró amargamente porque sabía que se trataba de una locura. No pasaría mucho y Varzi la sacaría de su vida. Ella era una de tantas. ¡Maldito el momento en que se sintió su mujer! Para ella, su mujer significaba su única mujer, y sabía que un hombre como él jamás tendría sólo a una. Su ser sexual, su machismo avasallante, su entorno abyecto, lo empujarían siempre al fango, y, por más que lo había defendido frente a Moreschi y a Cheia, Varzi no distaba mucho de la descripción que su maestro le había espetado.

Al día siguiente, la noticia de que el automóvil de Carlo la esperaba en la otra cuadra le hizo olvidar la mala noche y las atormentadas reflexiones, especialmente porque no solían encontrarse los martes.

—¿Estás seguro de que es el automóvil del señor Varzi? —preguntó a Pascualito, sin molestarse en ocultar la ansiedad.

—Sí, señorita. El mismo Cabecita está al volante.

En camino a San Telmo, Cabecita le dijo con voz congestionada que había sucedido algo espantoso en el Carmesí y Micaela se alteró al pensar que tenía que ver con Carlo.

—Quédate tranquila, Marlene. Al Napo no le pasó nada. Se trata de la Polaquita. ¡Pobre Polaca! —exclamó.

—¡No me tengas en ascuas, Cabecita, y decime qué pasó!

—El «mocha lenguas», eso pasó.

Un frío le recorrió la columna vertebral y la piel se le erizó.

—¿Cómo que el «mocha lenguas»? —balbuceó.

—Anoche mató a Polaquita. La degolló y le cortó la lengua.

—¡No, Dios mío!

Cabecita completó el relato con detalles escalofriantes. A pesar de que las muchachas de Varzi tenían prohibido dejar los burdeles junto a los clientes, Polaquita había desobedecido. Según Mabel, hacía tiempo que la joven deseaba abandonar esa vida. Otra de las muchachas contó que Polaquita tenía un cliente secreto que le había prometido sacarla del burdel y hacerla su esposa. Nadie lo había visto. La condición impuesta había sido la completa discreción. Polaquita lo hacía ingresar al local de incógnito y, rápidamente, lo atendía en una de las habitaciones de la planta baja. La noche pasada la habían hallado muerta en el cuartucho de un conventillo no muy alejado del Carmesí.

—Y como siempre, la lengua que no aparece por ningún lado —agregó Cabecita—. ¡No te imaginas cómo está el Napo! ¡Está que se lo lleva el diablo! Se la agarró con nosotros. A las chicas les dio un sermón de cura. A Tuli no sé qué le dijo que lo hizo llorar. Hasta Cacciaguida la ligó. A mí casi me mata porque dice que anoche no estuve atento y dejé que Polaquita se escapara. Después me gritó que fuera a buscarte y que, hasta encontrarte, no volviera. Menos mal que te encontré, Marlene. Espero que no te dé un sermón a vos también.

Micaela le preguntó si la policía tenía alguna pista.

—¡Qué va! La cana está perdida. No saben para dónde rajar. Varzi se conectó con los capos, los de la plana mayor, ¿sabes?, y están tratando de averiguar algo.

En ese punto, Micaela recordó a Mudo. Quizá Varzi convivía con el asesino y no se daba cuenta. Le sobrevino un pánico atroz.

—¡Pobre Polaca! —retomó Cabecita—. ¿Sabes, Marlene? El muy hijo de puta antes de matarla le puso una peluca negra y le pintó un lunar cerca de la boca.

—Sabía lo de la peluca pero, ¿un lunar negro?

—Parece que lo hace con todas. Peluca negra y lunar cerca de la boca. Después las degüella y les corta la lengua.

En casa de Varzi, la recibió una de las domésticas que le informó que Frida había salido, y Micaela prefirió esperar a Carlo en la recámara. La intimidad que encontró en el dormitorio la tranquilizó; de todas formas, se sorprendió al caer en la cuenta de que nunca había sobrepasado los lindes de la cama o de la tina del baño. No tenía idea de qué había en el ropero, ni en los cajones del escritorio, ni en el botiquín del baño. Ansiaba habituarse a sus cosas, quería conocer su ropa, sus elementos de tocador, sus papeles. Abrió un cajón del guardarropa y encontró la foto de Gioacchina. La observó un buen rato, y se culpó nuevamente por los sentimientos infames que había experimentado el día anterior. Se admiró del candor de su semblante y de la dulzura de sus ojos tan bonitos. Ella era lo único que Varzi amaba. Intentó disipar la rabia y los celos sin éxito, y otra vez enfrentó la disputa que tan abatida la había dejado la tarde anterior. Cerró el cajón y se dirigió al tocador a refrescarse.

Se aventuró en el botiquín ávida de curiosidad: una brocha con mango de marfil y una navaja haciendo juego, una loción de lavanda que reconoció como la que impregnaba las sábanas y su ropa, un frasco con untura blanca y otro con gomina Brancato. Olió las toallas y el conocido aroma la colmó.

Escuchó un ruido en la habitación y supo que se trataba de él. Le tomó unos instantes serenarse.

—¡Estabas aquí! —se sorprendió Varzi—. Me dijo Cabecita que te había traído. Pensé que estabas con Frida, en la cocina.

—Frida no está, salió.

Micaela no comentó nada más, cerró la puerta del baño y se sentó sobre la cama. Varzi la miraba con seriedad mientras se quitaba el saco y el pañuelo de seda.

—Vení acá —ordenó, y ella se acercó con prontitud.

La rodeó con sus brazos y la apretujó contra él. La besó repetidamente, en los labios, en la frente, en los ojos, en las mejillas, le mesó el cabello, le acarició la espalda, le hundió el rostro en el cuello, y volvió a besarla y a abrazarla hasta cortarle el respiro.

—¿Qué pasa, Carlo?

—Nada pasa. Quiero tenerte cerca de mí. Así, bien cerca. Que nadie te lastime. Quiero protegerte de todo y de todos.

Las palabras de su amante la reconfortaron como nada, e intentó armar con ellas lo más parecido a una declaración de amor. Emocionada, le pidió que la hiciera suya.

Pasaba el tiempo y Carlo no le comentaba acerca del asesinato de Polaquita.

—Cabecita me contó lo del «mocha lenguas» —esbozó, insegura.

Carlo lanzó un gruñido y dejó de acariciarla.

—Ya me parecía que ese otario no iba a contenerse.

—De todas formas, me habría enterado por el diario —coligió.

—No, este asesinato no va a salir en el diario. Ya lo arreglé.

Micaela se inmutó al vislumbrar por primera vez sus influencias y dominio.

—¿Supiste algo más? —continuó—. ¿La policía descubrió algo? —Carlo negó con la cabeza y ensayó una mueca de fastidio—. No querés hablar del tema, ¿verdad?

—No quiero desperdiciar el tiempo que estoy con vos hablando del asesinato. Basta.

—Tengo miedo —confesó Micaela.

—¿De qué tenés miedo? —Carlo la abrazó y la besó—. Vos no tenés que tener miedo de nada. Yo te cuido.

—No, no tengo miedo por mí. Tengo miedo por vos. De que algo te pase.

—¿Miedo por mí?

—¿Dónde estuvo Mudo anoche? —arremetió, sin preámbulos, y Carlo levantó las cejas—. ¿Por qué pones esa cara? ¿Qué tiene de malo querer saber dónde estuvo Mudo anoche?

—¡Por Dios, Marlene! ¿Qué idea se te metió en la cabeza? Mudo estuvo conmigo toda la noche, no se separó de mí un instante.

—¿Seguro?

—¡Por supuesto que estoy seguro! —exclamó, harto de un interrogatorio al que no estaba acostumbrado—. Además, Mudo es la persona en la que más confío, mi hombre más fiel.

—Ah. La persona en la que más confías… Y en mí, Carlo, ¿confías en mí?

—¡Qué rara estás hoy! ¡Qué bicho te picó! Vos sos una mina. En las minas no confío. Siempre se termina sufriendo si se confía en una mina. Ustedes son todas unas felonas.

Micaela le dio la espalda, dolida por la respuesta. Dejó pasar unos instantes y, luego, sin volverse, le preguntó por qué la había mandado buscar si no solían verse ese día.

—Estás preguntona hoy. Te prefiero callada, como de costumbre. ¿Por qué crees que te mandé buscar? Porque estaba desesperado por verte. No aguantaba más. —Le besó la espalda y le acarició los glúteos desnudos—. ¡Ah, Dios mío! El día entero imaginé este cuerpo junto al mío.

Cerró los ojos y dejó de respirar cuando las manos de Carlo se deslizaron por la curva de su cintura. El poder que tenía sobre ella era inconmensurable, conseguía borrar con una simple caricia los temores e inseguridades que la agobiaban cuando se hallaba lejos de él.

—Me pregunto si habrá existido alguna vez amor más grande que el de Abelardo y Eloísa —comentó Micaela, al borde de la rendición.

—No sé quiénes habrán sido esos dos —empezó Carlo, en tono jocoso—, el tal Abelardo y la tal Eloísa. Lo que sí sé es que no existió ni existirá el deseo que siente mi Abelardo por tu Eloísa. —Y le rozó apenas el vello del pubis.

Micaela rió divertida y volvió a mirarlo.