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En medio del caos que siguió a la explosión, Soraya invocó el poder de sus credenciales como agente de la CIA. Los edificios cercanos (imponentes edificios ministeriales) habían sufrido daños superficiales y su estructura no corría peligro. La calle, en cambio, era un desastre. Un enorme agujero se había abierto en el suelo. A él habían caído, como un meteoro en llamas, los restos carbonizados de la limusina. Por suerte a aquella hora de la noche no había transeúntes en los alrededores.

La zona había sido acordonada. Docenas de coches de policía, camiones de bomberos, ambulancias y diversos efectivos de emergencias se habían desplazado a sus inmediaciones. La electricidad se había cortado en un radio de dos kilómetros y medio cuadrados, y las calles vecinas estaban sin agua: las cañerías se habían roto.

Después de que Tyrone y ella declararan ante la policía, Soraya vio llegar a Rob Batt y a Bill Hunter, jefe del departamento de seguridad, para hacerse cargo de la situación. Al verla, Batt le indicó con la cabeza que se quedara allí mientras hablaba con el capitán de policía que se hallaba nominalmente a cargo de la situación.

—Todo este rollo oficial me pone más nervioso que a un cura una gonorrea —dijo Tyrone.

Soraya se rio.

—No te preocupes. Yo estoy aquí para defenderte.

El chico soltó un bufido desdeñoso, pero ella notó que procuraba no alejarse de su lado.

Las cuadrillas de obras públicas trasladaban sus equipos de un lado a otro y se hablaban a voces; los vehículos se detenían, y ellos parecían envueltos en una densa red de sonidos.

Un helicóptero de la televisión sobrevolaba el lugar donde ellos estaban. Poco después, se le unió otro. Varios aviones de la Fuerza Aérea pasaron rugiendo, con las armas cargadas. Giraron sus alerones y desaparecieron en medio del límpido azul del cielo.

Había niebla en Nueva York la mañana en que Bourne llegó a las puertas de los Cloisters. Las cruzó sosteniendo junto al pecho la urna de bronce que contenía los restos de Martin Lindros. Había mandado una docena de rosas rojas a Moira y, al llamarle ella poco después, descubrió que era así como Martin había querido despedirse de ella.

Bourne nunca había visto a Moira. Martin sólo le había hablado de ella una vez, estando muy, muy borrachos.

Veía ahora su delgada y esbelta silueta recortada en la niebla, con el cabello oscuro revuelto alrededor de la cara. Estaba donde le había dicho que estaría, delante de un árbol que extendía sus ramas por los sillares de piedra del muro de un edificio. Había estado en el extranjero, en viaje de negocios. Había llegado a casa, le dijo, apenas unas horas antes de recibir su llamada. Al parecer, ya había llorado en privado.

Tenía los ojos secos cuando le saludó con una inclinación de cabeza y echó a andar junto a él hacia el parapeto sur. Había árboles bajo ellos. Bourne vio a su derecha la lisa superficie del río Hudson. Parecía inerme y descolorido, como la piel de una serpiente a punto de mudar.

—Cada uno de nosotros le conocía de distinta manera —dijo Moira cautelosamente, como si temiera desvelar en exceso su relación con Martin.

—Si es que puede conocerse a una persona —contestó Bourne.

Ella tenía hinchados los párpados inferiores. Sin duda llevaba varios días llorando. Su rostro era fuerte, de rasgos afilados, y los ojos eran de color marrón oscuro, bien separados y denotaban inteligencia. Poseía una rara serenidad, como si viviera en paz consigo misma. Habría sido buena para Martin, pensó Bourne.

Quitó la tapa de la urna. Dentro había una bolsa de plástico llena de polvo carbónico: la materia de la vida. Moira se sirvió de sus largos y finos dedos para abrir la bolsa. Juntos levantaron la urna por encima del parapeto, la volcaron y vieron flotar el polvo gris hasta fundirse con la niebla.

Moira contempló las formas indistintas de la naturaleza que se alzaban bajo ellos.

—Lo que importa es que los dos le queríamos.

Bourne supuso que aquélla era la elegía perfecta: la única que podía brindarles una suerte de paz a los tres.

FIN