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Jakob Silver y su hermano volvieron de cenar a esa hora en la que cierta melancolía despoja de vida las calles e incluso ciudades como Washington parecen desiertas, o solitarias, al menos. Al entrar en la silenciosa opulencia del hotel Constitution, en la esquina noreste de la Veinte con F. Thomas, el recepcionista de guardia, pasó a toda prisa entre las columnas de mármol acanalado y cruzó la enorme y lujosa alfombra para salir a su encuentro.

Tenía buenos motivos para apresurarse. Al registrarse en el hotel, Lev Silver, el hermano de Jakob, le había hecho entrega de un flamante billete de cien dólares, lo mismo que a los demás recepcionistas. Thomas dedujo de ello que aquellos judíos de Ámsterdam, dedicados al comercio de diamantes, eran ricos. Había que tratarlos con esmero y respeto extremos, como convenía a su elevada posición.

Thomas, un hombre menudo y apocado, de manos siempre sudorosas, notó que Jakob tenía la cara colorada por la euforia. Su trabajo consistía en anticiparse a los deseos de los clientes VIP.

—Señor Silver, me llamo Thomas. Es un placer conocerle, señor —dijo—. ¿Quiere que le traiga algo?

—Pues sí, Thomas —contestó Jakob Silver—. Una botella de su mejor champán.

—Y dígale a ese pakistaní —añadió Lev Silver—, ¿cómo se llama…?

—Omar, señor Silver.

—Ah, sí, Omar. Me cae simpático. Dígale que suba el champán.

—Muy bien. —Thomas hizo prácticamente una reverencia doblándose por la cintura—. Enseguida, señor Silver.

Se alejó con prisa mientras los hermanos Silver entraban en el ascensor, un cubículo acolchado que los condujo en silencio hasta la quinta planta, reservada a los clientes de mayor rango.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó Lev Silver.

Y Jakob Silver respondió:

—Ha funcionado a la perfección.

Al llegar a su suite, se quitó el abrigo y la chaqueta, entró directamente en el cuarto de baño y encendió la luz. Oyó que a su espalda, en el cuarto de estar, se encendía el televisor. Se despojó de la camisa manchada de sudor.

En el cuarto de baño de mármol rosa todo estaba preparado.

Desnudo hasta la cintura, Jakob Silver se inclinó sobre el lavabo de mármol y se sacó los ojos dorados. Era alto, poseía la complexión de un ex jugador de rugby y estaba tan en forma como un deportista olímpico: el vientre plano como una tabla de lavar, los hombros musculosos, los miembros fornidos. Mientras cerraba la funda de plástico en la que había depositado con todo cuidado las lentes de contacto doradas, se miró al espejo. Reflejada en éste alcanzó a ver parte de la suite decorada en tonos plata y crema. Oyó el zumbido atenuado de la CNN. Después otro canal, primero Fox News y luego MSNBC.

—Nada. —La vibrante voz de tenor de Muta ibn Aziz surgió de la otra habitación. El propio Muta ibn Aziz había elegido su seudónimo: Lev—. En ningún canal de noticias.

—Ni lo habrá —dijo Jakob Silver—. La CIA es extremadamente eficaz a la hora de manipular a la prensa.

Muta ibn Aziz apareció en el espejo; apoyó una mano en el marco de la puerta del cuarto de baño; la otra, en cambio, la dejó a su espalda, fuera de la vista de Jakob. De cabello y ojos oscuros, facciones semíticas clásicas y dueño de una determinación feroz e inextinguible, era el hermano menor de Abbud ibn Aziz.

Arrastró una silla y la dejó frente al váter. Tras mirarse en el espejo, dijo:

—Parecemos desnudos sin la barba.

—Estamos en América. —Hizo un gesto cortante con la cabeza—. Vuelve dentro.

Solo de nuevo, Jakob Silver se permitió pensar como Fadi. Se había deshecho de la identidad de Hiram Cevik en cuanto Muta y él salieron del Hummer negro. Al saltar a la acera, Muta había dejado en el asiento delantero la Beretta semiautomática, con su siniestro silenciador M9SD, tal como le habían ordenado. Había dado en el blanco. Pero Fadi nunca había puesto en duda su puntería.

Se habían perdido de vista mientras el Hummer aceleraba de nuevo, habían doblado una esquina y subido rápidamente por la calle Veinte, hasta la F, donde habían desaparecido como espectros en la fachada cálidamente iluminada del hotel.

Entre tanto, a menos de dos kilómetros de allí, Ahmad, con su cargamento de explosivos C-4 embutido en el hueco delantero inferior del habitáculo del Hummer, se convertía en un mártir, se hallaba ya en el paraíso. Un héroe para su familia, para su pueblo.

—Tu objetivo es liquidar a tantos como puedas —le había dicho Fadi cuando Ahmad se ofreció voluntario para el martirio. En realidad, habían sido muchos los voluntarios, con muy pocas diferencias entre sí. Todos eran absolutamente fiables. Fadi había elegido a Ahmad porque era su primo. Uno entre muchos, sí, pero Fadi le debía a su tío un pequeño favor, que con aquella decisión quedaba saldado.

Fadi se metió los dedos en la boca y extrajo de ella las fundas de porcelana que había usado para ensanchar la mandíbula de Hiram Cevik. Lavó las fundas con agua y jabón y las guardó en un maletín duro de los que usaban los comerciantes para transportar joyas y piedras preciosas. Muta había tenido la delicadeza de colocarlo en el ancho borde de la bañera, para que todo estuviera al alcance de la mano: un laberinto de pequeñas bandejas y compartimentos llenos de todo tipo de útiles de maquillaje teatral, cremas desmaquilladoras, pegamento para postizos, pelucas, lentes de contacto de colores y diversas prótesis para nariz, barbilla, dientes y orejas.

Impregnó con crema un trozo grande de algodón y se quitó metódicamente el maquillaje de la cara, el cuello y las manos. Su piel natural, oscurecida por el sol, fue apareciendo por franjas, una década más joven, hasta que el Fadi al que conocía estuvo otra vez de una pieza. Un breve rato sin disfraz, precioso como una joya, en medio del campo enemigo. Luego Muta ibn Aziz y él se irían, elevándose entre las nubes hacia su siguiente destino.

Se secó la cara y las manos con una toalla y salió al cuarto de estar de la suite, donde Muta estaba viendo Los Soprano en la HBO.

—Me repugna esa tal Carmela, la mujer del jefe —dijo.

—Es natural. ¡Mira sus brazos desnudos!

Carmela estaba de pie ante la puerta abierta de su enorme y obscena casa, viendo cómo su enorme y obsceno marido montaba en su enorme y obsceno Cadillac Escalade.

—Y su hija practica el sexo antes de casarse. ¿Por qué no la mata Tony, como dicta la ley? Una muerte por honor, para que su honra y la de su familia no se vean arrastradas por el fango. —Muta ibn Aziz se acercó al televisor y lo apagó, asqueado.

—Nosotros nos esforzamos por inculcar a nuestras mujeres las enseñanzas de Mahoma y el Corán, para que la verdadera fe sea su guía —dijo Fadi—. Esa norteamericana es una infiel. No tiene nada, no es nada.

Llamaron discretamente a la puerta.

—Omar —dijo Muta—. Déjame a mí.

Fadi asintió en silencio antes de volver al cuarto de baño.

Muta cruzó la mullida moqueta y abrió la puerta para que entrara Omar. Era un hombre alto, de espaldas anchas y no más de cuarenta años, con la cabeza afeitada, una sonrisa pronta y tendencia a contar chistes absurdos. Llevaba al hombro una bandeja de plata cargada con una botella metida en una enorme cubitera, dos copas y un plato de fruta recién cortada. Muta se dijo que Omar llenaba el vano de la puerta igual que Fadi: ambos eran de la misma altura y pesaban aproximadamente lo mismo.

—Su champán —dijo Omar innecesariamente. Cruzó la habitación y dejó su carga sobre la superficie de cristal de la mesa de cóctel. El hielo emitió un trémulo siseo cuando sacó la botella.

—Ya la abro yo —dijo Muta, quitándole la pesada botella de champán.

Cuando Omar sacó la carpetilla forrada de cuero con la cuenta para que la firmara, Muta gritó:

—¡Jakob, el champán está aquí! ¡Tienes que firmar!

—Dile a Omar que pase al cuarto de baño.

Omar miró al otro, extrañado.

—Adelante. —Muta ibn Aziz sonrió, encantador—. Te aseguro que no muerde.

Sosteniendo la carpetilla de cuero delante de sí como una ofrenda, Omar se dirigió hacia el sonido de la voz de Fadi.

Muta volvió a dejar la botella en su lecho de hielo picado. Desconocía el sabor del champán y no tenía el menor interés en probarlo. Cuando oyó un golpe repentino procedente del cuarto de baño, volvió a encender el televisor con el mando a distancia y subió el volumen. Fue cambiando de canal porque Los Soprano habían acabado, y se detuvo al reconocer la cara de Jack Nicholson. La voz del actor llenó la habitación.

«¡Aquí está Johnny!» —gritó Nicholson a través de la grieta que había abierto a hachazos en la puerta del cuarto de baño.

Omar estaba atado a una silla en el interior de la bañera, con las manos sujetas a la espalda. Miraba a Fadi con los grandes ojos castaños empañados. Tenía en la mandíbula un feo hematoma que empezaba a inflamarse.

—Usted no es judío —dijo en urdu—. Es musulmán.

Fadi no le hizo caso; siguió a lo suyo, que en ese momento era la muerte.

—Es musulmán, como yo —repitió Omar. Para su absoluta sorpresa, no estaba asustado. Parecía hallarse en una especie de estado onírico, como si estuviera predestinado a aquel encuentro desde el momento de su nacimiento—. ¿Cómo puede hacer algo así?

—Dentro de un momento serás un mártir de la causa —contestó Fadi en urdu, una lengua que su padre le había hecho aprender de niño—. ¿De qué te quejas?

—Esa causa —dijo Omar con calma— es suya. No mía. El islam es una religión pacífica, y sin embargo aquí están, librando una guerra terrible y sangrienta que destroza familias y generaciones enteras.

—Los terroristas norteamericanos no nos dejan elección. Chupan de la teta de nuestro petróleo, pero no se conforman con eso. Quieren poseerla. Así que inventan mentiras y se sirven de ellas para invadir nuestra tierra. El presidente norteamericano asegura, falsamente, desde luego, que su dios le ha hablado. Los norteamericanos han resucitado la era de las Cruzadas. Lideran a los infieles del mundo entero: Europa les sigue allá donde vayan, de buena gana o a regañadientes. Estados Unidos es como un motor colosal que rueda por el mundo; sus ciudadanos machacan todo lo que encuentran hasta reducirlo a mierda que siempre parece la misma. Si no los detenemos, acabarán con nosotros. Eso es lo que se proponen. Estamos acorralados. Nos han empujado contra nuestra voluntad a esta guerra de supervivencia. Nos han despojado sistemáticamente de nuestro poder, de nuestra dignidad. Y ahora quieren ocupar todo Oriente Próximo.

—Habla con un odio espantoso.

—Obsequio de los norteamericanos. Lo limpia a uno de toda la corrupción de Occidente.

—Y yo le digo que, mientras sigan centrándose en el odio, están sentenciados. Su odio les ha vuelto ciegos a cualquier posibilidad que no sea la que ustedes mismos han creado.

Un estremecimiento de rabia apenas contenida atravesó a Fadi.

—¡Yo no he creado nada! Yo defiendo lo que hay que defender. ¿Es que no ves que nuestro modo de vida está en juego?

—Son ustedes quienes no lo ven. Hay otra salida.

Fadi echó la cabeza hacia atrás; su voz sonó corrosiva.

—Ah, sí, me has abierto los ojos, Omar. Voy a renunciar a mi gente, a mi tradición. Me volveré como tú, un criado al servicio de los decadentes caprichos de norteamericanos malcriados, siempre a merced de las migajas que dejan sobre la mesa.

—Usted sólo ve lo que quiere ver. —Omar tenía una expresión triste—. Sólo tiene que fijarse en el ejemplo israelí para darse cuenta de lo que puede hacerse con esfuerzo y…

—Los israelíes tienen tras ellos el dinero y el poder militar de Estados Unidos —le siseó Omar a la cara—. Y también tienen la bomba atómica.

—Claro, eso es lo que usted ve. Pero hay israelíes que tienen el Nobel de física, de economía, de química, de literatura; galardonados por sus descubrimientos en computación cuántica, termodinámica de los agujeros negros, teoría de cuerdas… Y había israelíes entre los fundadores de Packard Bell, de Oracle, de SanDisk, de Akamai, de Mercury Interactive, de Check Point, de Amdocs, de ICQ…

—Estás diciendo estupideces —le interrumpió Fadi desdeñosamente.

—Para usted, sí. Porque lo único que sabe hacer es destruir. Esas personas han creado una vida para sí mismos, para sus hijos y para los hijos de sus hijos. Ése es el modelo que hay que seguir. Mire en su interior, ayude a su pueblo, edúquelo, permítale que llegue a ser algo.

—Estás loco —replicó Fadi con furia—. Nunca. Se acabó. Punto y final. —Su mano hendió el aire. Sostenía un cuchillo reluciente.

Echando un último vistazo a la sonrisa maníaca de Nicholson, Muta ibn Aziz siguió a Omar al cuarto de baño, cuyo grotesco mármol rosa le recordaba el color de la carne desollada. Allí estaba el pakistaní, sentado en la silla que había colocado en la bañera. Y allí estaba también Fadi, inclinado, observando su cara como si quisiera memorizarla. En sus últimos estertores, Omar había volcado de una patada el maletín del maquillaje. Por todas partes había frasquitos, postizos y botes rotos. Aunque ya poco importaba.

—Qué triste parece, arrellanado ahí, en la silla —comentó Muta.

—La tristeza ya no puede alcanzarlo —dijo Fadi—. Está más allá del placer y del dolor.

Muta miró los ojos vidriosos de Omar, las pupilas fijas y dilatadas por la muerte.

—Le has roto el cuello. Qué precisión.

Fadi se sentó en el borde de la bañera. Tras vacilar un momento, Muta recogió del suelo una cortadora de pelo eléctrica. Fadi había fijado un espejo a la pared del fondo de la bañera mediante ventosas. Clavó la mirada en él, atento a cada movimiento, cuando Muta comenzó a cortarle el pelo.

Una vez acabada la tarea, Fadi se levantó. Se miró al espejo de encima del lavabo y volvió a mirar a Omar. Se puso de perfil y Muta movió la cabeza de Omar para que viera aquel mismo lado. Luego la volvió hacia el otro.

—Un poco más por aquí —Fadi señaló un punto en lo alto de su cuero cabelludo—, donde Omar ya estaba calvo.

Cuando se dio por satisfecho, comenzó a fabricarse la nariz de Omar, sus dientes ligeramente salidos, los lóbulos alargados de sus orejas.

Juntos despojaron a Omar del uniforme, los calcetines y los zapatos. Fadi no se olvidó de la ropa interior; fue lo que primero se puso. La idea era conseguir una autenticidad total.

La ilaha ill allah. —Muta sonrió—. Pareces un criado pakistaní de la cabeza a los pies.

Fadi asintió.

—Entonces ha llegado la hora.

Al cruzar la suite, recogió la bandeja que había llevado Omar. Fuera, en el pasillo, tomó el ascensor de servicio hasta el sótano. Sacó un pequeño monitor portátil y abrió los planos del hotel. Tardó menos de tres minutos en localizar el cuarto que albergaba los paneles electrónicos que controlaban la calefacción y el aire acondicionado, la electricidad y el sistema de aspersores. Entró, quitó la tapa al panel de los aspersores y cambió de posición los cables de la quinta planta. El código de color parecería el correcto si alguien lo comprobaba, pero los cables estaban ahora cortocircuitados: los aspersores de la quinta planta habían quedado inoperativos.

Regresó a la quinta planta siguiendo el mismo camino. Al encontrarse con una camarera que entró en el ascensor de servicio en la segunda planta, probó a imitar la voz de Omar. La camarera se bajó en el cuarto piso sin sospechar nada.

Al volver a la suite de los Silver, entró en el cuarto de baño. Sacó del cajón de abajo del maletín un pequeño pulverizador y dos recipientes metálicos de bisulfuro de carbono. Vació uno de ellos en el amplio regazo de Omar. El olor a huevos podridos impregnó enseguida el aire. De vuelta en el cuarto de estar, vació el otro recipiente justo debajo de la ventana, junto al bajo de las gruesas cortinas. Acto seguido, roció las cortinas con una sustancia que convertiría la tela ignífuga en inflamable.

En el saloncito, preguntó:

—¿Tienes todo lo necesario?

—No he olvidado nada, Fadi.

Éste volvió a entrar en el cuarto de baño y encendió la sustancia inflamable que había derramado en el regazo de Omar. El intenso calor del fuego que generaría la sustancia no dejaría prácticamente ni rastro de él: ni un solo hueso reconocible, ni un pedacito de carne. Mientras Muta le observaba, prendió fuego al bajo de las cortinas del cuarto de estar; luego salieron juntos de la suite. Se separaron casi inmediatamente: Muta ibn Aziz se dirigió a la escalera y Fadi de nuevo al ascensor de servicio. Dos minutos después salía por la entrada lateral: Omar se había tomado un descanso para fumar un cigarrillo. Cuarenta y tres segundos más tarde Muta se reunió con él.

Acababan de dejar la calle Veinte y habían tomado la H, protegidos por la mole de uno de los edificios de la Universidad George Washington, cuando, con un rugido atronador, el fuego reventó una ventana de la quinta planta y empezó a calcinar por completo las tres habitaciones de la suite de los hermanos Silver.

Bajaron tranquilamente por la calle entre gritos, llantos y el gemido creciente de las sirenas. Una llamarada roja y parpadeante se elevaba en medio de la noche: la luz sobrecogedora de la calamidad y la muerte.

Fadi y Muta ibn Aziz la conocían bien.

A años luz del lujo y el terrorismo internacional, el distrito noreste abundaba en calamidades de cosecha propia, surgidas de la pobreza, el sometimiento y el rencor de los desposeídos: ingredientes de la existencia cuya toxicidad Fadi y Muta ibn Aziz conocían de primera mano.

Las bandas controlaban gran parte del territorio; los fuertes, los faltos de escrúpulos, se nutrían del tráfico de drogas y las apuestas ilegales. Las feroces escaramuzas entre pandillas, los tiroteos desde coches, los incendios provocados eran cosa de cada noche. No había ni un solo agente de a pie en la policía metropolitana que se aventurara en aquellas calles sin refuerzos armados. Y lo mismo podía decirse de los coches patrulla, ocupados sin excepción por dos agentes; a veces, en noches particularmente sangrientas, o cuando había luna llena, por tres o cuatro.

Bourne y Soraya atravesaban velozmente la noche por aquellas calles de mala muerte cuando él se fijó por segunda vez en un Camaro negro que iba tras ellos.

—Nos vienen siguiendo —dijo por encima del hombro.

Soraya no se molestó en mirar atrás.

—Son de Tifón.

—¿Cómo lo sabe?

Por encima del suspiro del viento, Bourne oyó claramente el chasquido metálico de una navaja automática. Luego sintió el filo de la hoja en su garganta.

—Pare —le dijo ella al oído.

—Está loca. Aparte ese cuchillo.

Ella le clavó la hoja en la piel.

—Haga lo que le digo.

—No haga esto, Soraya.

—Es usted quien tiene que pensar en lo que ha hecho.

—No sé a qué…

Ella le dio un golpe en la espalda con el arranque de la mano.

—¡Pare ya, maldita sea!

Él aminoró la marcha, obediente. El Camaro negro se acercó rugiendo por la izquierda con intención de cerrarle el paso contra la acera. Soraya se dio cuenta, satisfecha, y en ese mismo instante Bourne clavó el pulgar en el nervio de la cara interna de su muñeca. Ella abrió la mano involuntariamente, la navaja automática cayó y él la cogió por el mango, la cerró y se la guardó en la chaqueta.

Siguiendo el procedimiento al pie de la letra, el Camaro se había desviado hacia la acera y estaba justo delante de él. La puerta del copiloto se abrió mientras el coche oscilaba aún sobre sus amortiguadores y un agente armado salió de un salto. Bourne torció el manillar y el motor de la motocicleta chilló cuando giró a la derecha y, cruzando un trozo de césped quemado, se metió por un estrecho callejón entre dos casas.

Oyó gritos tras él, una puerta se cerró de golpe y el Camaro rugió enfurecido, pero no sirvió de nada. El callejón era tan estrecho que el coche no podía seguirles. Tal vez intentaran cortarle el paso por el otro lado, pero Bourne también tenía respuesta para eso. Conocía bien aquella parte de Washington, y habría apostado algo a que ellos no.

Tenía que ocuparse de Soraya, por otro lado. Le había quitado la navaja, pero ella podía usar todavía diversas partes de su cuerpo como arma. Lo hizo con economía de movimientos y eficiencia de ejecución. Le hundió las rodillas en los riñones, le dio repetidos codazos en las costillas y hasta intentó sacarle un ojo con el pulgar, en revancha por lo que le había pasado al pobre Tim Hytner.

Bourne aguantó todos sus ataques con adusto estoicismo, apartándola como podía mientras la moto cruzaba velozmente la callejuela entre las sucias paredes de los edificios. Cubos de basura y borrachos comatosos eran los obstáculos más frecuentes que tenía que esquivar, pero no los únicos.

Entonces aparecieron tres chicos al fondo del callejón. Dos de ellos llevaban bates de béisbol que blandían con amenazadora delectación. El tercero, situado justo detrás de ellos, levantó una pistola mientras la moto se acercaba.

—¡Agárrese! —le gritó Bourne a Soraya. Sintió que le rodeaba con fuerza la cintura y se echó hacia atrás, cambiando bruscamente su centro de gravedad al tiempo que revolucionaba el motor. El morro de la moto se levantó del suelo. Se abalanzaron hacia los matones como un león rampante. Bourne oyó un disparo, pero el costado de la moto les resguardaba. Luego se encontraron en medio de ellos. Le quitó el bate al chico de su izquierda, golpeó con él la muñeca del tercero y la pistola salió volando.

Escaparon a toda velocidad por la boca del callejón. Inclinado hacia delante, Bourne controló la moto justo a tiempo de virar bruscamente hacia la derecha y enfilar una calle repleta de basura y perros callejeros, que aullaron al paso estruendoso de la Harley.

—Ya podemos enderezarnos… —dijo Bourne.

Pero no acabó. Soraya había cruzado el brazo sobre su tráquea y empezaba a ejercer sobre ella una presión letal.