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El cuartel general de la CIA, situado en la calle 23 Noroeste, aparecía señalado en los planos de la ciudad como perteneciente al Departamento de Agricultura. Para reforzar esta ilusión, se hallaba rodeado por impecables praderas de césped salpicadas aquí y allá por árboles ornamentales y divididas por sinuosos senderos de gravilla. El edificio era, en sí mismo, tan anodino como podía serlo en una ciudad consagrada a la grandeza de la arquitectura monumental norteamericana. Lindaba por el norte con el enorme complejo que albergaba el Departamento de Estado y la Oficina de Medicina y Cirugía Navales, y por el este con la Academia Nacional de Ciencias. El despacho del director tenía vistas al sombrío monumento a los veteranos de Vietnam y a un pedazo del blanco y resplandeciente monumento a Lincoln.
Anne Held no había exagerado. Bourne tuvo que pasar por no menos de tres controles de seguridad antes de que le franquearan las puertas del vestíbulo interior. Dichos controles tuvieron lugar en el vestíbulo público, acorazado a prueba de bombas y balas, el cual era, de hecho, un búnker. Escondidas detrás de las columnas y las planchas de mármol decorativo, había paredes de hormigón armado de medio metro de grosor, reforzadas por una malla de varillas de acero y cinchas trenzadas. No había cristales que pudieran romperse, y el alumbrado y los circuitos eléctricos se hallaban bien protegidos. En el primer control le pidieron que repitiera una contraseña que cambiaba tres veces al día; en el segundo, tuvo que someterse a un escáner dactilar. En el tercero, acercó el ojo derecho a la lente de una máquina de color negro mate y aire siniestro que tomó una fotografía de su retina y la comparó digitalmente con la que tenía en su archivo. Aquella nueva barrera de seguridad tecnológica era crucial, porque ya era posible falsificar huellas dactilares con parches de silicona que se adherían a las yemas de los dedos. Bourne lo sabía por experiencia: él mismo lo había hecho varias veces.
Había otro control justo antes de llegar a los ascensores, y otro (aleatorio, conforme a las normas del Código Mesa) a la entrada de las oficinas de dirección, en la quinta planta.
Cuando por fin consiguió cruzar la gruesa puerta blindada y revestida de madera de palisandro, Bourne vio enseguida a Anne Held. La acompañaba (cosa poco frecuente) un hombre de cara lechosa cuya musculatura se adivinaba bajo la chaqueta del traje.
Anne esbozó una sonrisilla tensa.
—He visto al director hace un momento. Parece diez años más viejo.
—No he venido por él —contestó Bourne—. Martin Lindros es la única persona de la CIA que me preocupa y en la que confío. ¿Dónde está?
—Lleva tres semanas en servicio activo, haciendo sólo Dios sabe qué. —Anne iba tan impecablemente vestida como siempre, con un traje de Armani gris oscuro, una blusa de seda rojo fuego y unos Manolo Blahnik con tacones de siete centímetros y medio—. Pero me apostaría cualquier cosa a que todo este jaleo se debe a los informes que ha recibido hoy el director.
El hombre de cara lechosa los acompañó sin decir palabra pasillo tras pasillo (un laberinto deliberadamente confuso a través del cual se guiaba a los visitantes por una ruta distinta cada vez), hasta que llegaron a la puerta del sanctasanctórum del director. Allí el escolta se hizo a un lado, pero no se marchó. Otro indicio del Código Mesa, pensó Bourne mientras sonreía levemente al ojo minúsculo de la cámara de seguridad.
Un momento después oyó el chasquido de la cerradura electrónica al abrirse por control remoto.
El director estaba al fondo de un despacho tan ancho como un campo de fútbol. Llevaba en una mano una carpetilla y en la otra un cigarrillo encendido con el que desafiaba la prohibición de fumar que las leyes federales imponían sobre el edificio. ¿Cuándo había vuelto a fumar?, se preguntó Bourne. A su lado había otro hombre: alto, fornido, de cara larga y ceñuda, cabello claro cortado a cepillo y aire de peligrosa quietud.
—Ah, por fin ha llegado. —El Viejo avanzó hacia Bourne y los tacones de sus zapatos hechos a mano repiquetearon suavemente sobre el suelo de madera bruñida. Iba encorvado, con los hombros levantados al nivel de las orejas, como si intentara defenderse del mal tiempo. Los focos del exterior le iluminaron al acercarse; llevaba impresas en la cara, como blancos fogonazos, imágenes fugaces de sus pasadas hazañas.
Parecía viejo y cansado, las mejillas agrietadas como la ladera de un monte, los ojos hundidos en las cuencas y, bajo ellos, la carne tumefacta y amarillenta: el cabo de una vela consumida en exceso. Se llevó el cigarrillo a los labios hepáticos para dejar claro que no pensaba estrecharle la mano.
El otro le había seguido sin apretar el paso, con evidente premeditación.
—Bourne, éste es Matthew Lerner, mi nuevo subdirector. Lerner, Bourne.
Se estrecharon las manos brevemente.
—Pensaba que el subdirector de la CIA era Martin —le dijo Bourne a Lerner, desconcertado.
—Es complicado. Hemos…
—Lerner le informará de todo en cuanto acabe esta reunión —les interrumpió el Viejo.
—Puede que no sea necesario. —Bourne frunció el ceño, inquieto de pronto—. ¿Qué pasa con Martin?
El director titubeó. La antigua antipatía seguía allí: nunca desaparecería. Bourne lo sabía y lo aceptaba como algo irremediable. Estaba claro que la situación era lo bastante grave como para empujar al Viejo a hacer algo que había jurado no hacer jamás: pedir ayuda a Jason Bourne. El director de la CIA era, por otro lado, un pragmático de pura cepa. Había que serlo para mantenerse tanto tiempo en el puesto de director. Se había vuelto inmune a las situaciones espinosas y a menudo moralmente ambiguas. Aquél era, sencillamente, el mundo en el que se movía. Ahora necesitaba a Bourne, y eso le enfurecía.
—Martin Lindros desapareció hace casi siete días. —De pronto parecía más menudo, como si el traje estuviera a punto de caérsele.
Bourne se quedó paralizado. Con razón no había tenido noticias de Martin.
—¿Qué ha pasado?
El Viejo encendió otro cigarrillo con la llama del anterior y aplastó la colilla en un cenicero de cristal esmerilado. Le temblaba ligeramente la mano.
—Martin estaba cumpliendo una misión en Etiopía.
—¿Qué hacía operando sobre el terreno? —preguntó Bourne.
—Lo mismo pregunté yo —dijo Lerner—. Pero esta misión era la niña de sus ojos.
—Su gente había captado un aumento repentino de conversaciones en ciertas frecuencias terroristas. —El director introdujo humo en sus pulmones y lo expelió con un leve siseo—. Sus analistas son expertos a la hora de diferenciar lo que es auténtico de la desinformación que vuelve locas a las divisiones contraterroristas de otras agencias, que se pasan la vida gritando que viene el lobo.
Sus ojos se clavaron en los de Bourne.
—Nos proporcionó pruebas creíbles de que esas conversaciones eran auténticas; de que se está preparando un ataque inminente contra una de las tres principales ciudades de Estados Unidos: Washington, Nueva York o Los Ángeles. Y lo que es peor aún: ese ataque implica una bomba atómica.
El director cogió un paquete de un aparador cercano y se lo pasó a Bourne.
Bourne lo abrió. Dentro había un objeto metálico, pequeño y de forma oblonga.
—¿Sabe qué es? —preguntó Lerner como si le retara.
—Un TSG, un interruptor de alto voltaje. Se usa en la industria para encender motores de enorme potencia. —Bourne levantó la vista—. Y también para detonar armas nucleares.
—Exacto. Sobre todo, éste. —El director tenía una expresión agria cuando le pasó una carpeta con la etiqueta «SPD» («Sólo para el director»). Contenía una hoja de especificaciones extremadamente detallada sobre aquel dispositivo en particular—. Los interruptores de alto voltaje suelen usar gases, aire, argón, oxígeno, SF6, o una combinación de ellos, para transmitir la corriente. Éste utiliza un material sólido.
—Está diseñado para ser empleado una sola vez.
—Exacto. Lo cual descarta su uso industrial.
Bourne deslizó el TSG entre sus dedos.
—Entonces sólo puede usarse en un artefacto nuclear.
—Un artefacto nuclear en manos de terroristas —dijo Lerner con una mirada sombría.
El director recuperó el TSG y lo tocó con un dedo nudoso y retorcido.
—Martin estaba siguiendo la pista de un cargamento ilegal de estos TSG que le condujo a las montañas del noroeste de Etiopía, desde donde creía que una, célula terrorista los estaba transfiriendo a otro lugar.
—¿Con destino?
—Desconocido —contestó el director.
Bourne estaba profundamente alterado, pero prefirió guardarse aquella sensación.
—Está bien. Oigamos los detalles.
—Hace seis días, a las diecisiete treinta y dos hora local, Martin y el equipo Escorpión Uno, formado por cinco hombres, aterrizaron en un helicóptero cerca de la cumbre de la ladera norte del Ras Dashén. —Lerner pasó una hoja de papel cebolla—. Aquí están las coordenadas exactas.
—El Ras Dashén es el pico más alto de la cordillera de Simien —terció el director dirigiéndose a Bourne—. Usted ha estado allí. Y además habla el idioma de las tribus locales.
Lerner continuó:
—A las dieciocho cero cuatro hora local, perdimos contacto por radio con Escorpión Uno. A las diez cero seis, hora estándar de la costa este, ordené a Escorpión Dos dirigirse a esas coordenadas. —Recogió la hoja de papel cebolla que había dado a Bourne—. A las diez cuarenta y seis de esta mañana recibimos un mensaje de Ken Jeffries, el comandante de Escorpión Dos. La unidad encontró los restos calcinados del Chinook en una pequeña plataforma, en las coordenadas correctas.
—Ése fue el último informe que recibimos de Escorpión Dos —dijo el director—. Desde entonces, no hemos sabido nada de Lindros ni de los demás.
—Escorpión Tres se encuentra en Yibuti y está listo para actuar —dijo Lerner, pasando limpiamente por alto la cara de fastidio del Viejo.
Pero Bourne no le prestaba atención: estaba barajando posibilidades mentalmente, lo cual le ayudaba a dejar de lado su preocupación por la suerte que podía haber corrido su amigo.
—Pueden haber pasado dos cosas —dijo con firmeza—. O Martin está muerto, o le han capturado y está siendo sometido a interrogatorio intensivo. Está claro que no procede enviar un equipo.
—Las unidades Escorpión están formadas por algunos de nuestros mejores y más brillantes agentes de campo, hombres curtidos en Somalia, Irak y Afganistán —puntualizó Lerner—. Necesitará su potencia de fuego, créame.
—La potencia de fuego de dos unidades Escorpión no ha servido para solventar la situación en el Ras Dashén. O voy solo, o no voy.
Había hablado con toda claridad, pero el nuevo subdirector no estaba dispuesto a aceptar sus condiciones.
—Lo que para usted es flexibilidad, Bourne, para la organización es una irresponsabilidad y un riesgo inaceptable para quienes le rodean.
—Oiga, son ustedes los que me han llamado. Ustedes quienes me están pidiendo un favor.
—Está bien, olvídese de Escorpión Tres —dijo el Viejo—. Sé que usted trabaja solo.
Lerner cerró la carpeta.
—A cambio, tendrá a su disposición todos los informes de inteligencia, toda la logística y el apoyo que necesite.
El director dio un paso hacia Bourne.
—Sé que no dejará pasar la oportunidad de ir en busca de su amigo.
—En eso tiene razón. —Bourne caminó con calma hacia la puerta—. Haga lo que se le antoje con sus subordinados. Yo iré a buscar a Martin sin su ayuda.
—Espere. —La voz del Viejo resonó en el enorme despacho. Había en ella una nota parecida al silbato de un tren al pasar por un paisaje lúgubre y desierto. Una mezcla venenosa de tristeza y cinismo—. Espere, cabrón.
Bourne tardó en volverse.
El director le miraba con agria hostilidad.
—No entiendo por qué le aguanta Martin Lindros. —Se acercó con aire marcial a la ventana, las manos unidas a la espalda, y se quedó mirando el césped inmaculado y, más allá, el monumento a los veteranos de Vietnam. Al volverse clavó en Bourne una mirada implacable—. Su arrogancia me pone enfermo.
Bourne le sostuvo la mirada en silencio.
—Está bien, nada de ataduras —dijo hoscamente el director. La rabia apenas contenida le hacía temblar—. Lerner se encargará de que tenga todo lo que necesite. Pero se lo advierto: más le vale traer de vuelta a Martin Lindros.