6
Kim Lovett estaba cansada. Quería irse a casa y estar con el que era su marido desde hacía seis meses. Él era nuevo en la ciudad y hacía tan poco tiempo que habían estrenado vida en común que aún no se había resignado a la aplastante separación que les imponía el trabajo de su esposa.
Kim siempre estaba cansada. La Unidad de Investigación de Incendios de Washington no sabía de días laborables, ni de horarios normales. De ahí que los agentes como Kim (los listos, los que tenían experiencia y sabían lo que hacían) tuvieran guardias comparables a las de un cirujano de urgencias en una zona de guerra.
Kim había recibido la llamada del Departamento de Bomberos mientras se tomaba un breve respiro en el penoso trabajo de cumplimentar el papeleo de un puñado de investigaciones sobre siniestros provocados, uno de los escasos momentos desde hacía semanas en que se había permitido el lujo de pensar en su marido: en sus anchos hombros, sus brazos fornidos, o el olor de su cuerpo desnudo. Su ensoñación no duró mucho. Había recogido su equipo e iba camino del hotel Constitution.
Puso la sirena al salir. No tardó más de siete minutos en llegar de la avenida Vermont con la calle Once a la esquina noreste de la Veinte con F. El hotel estaba rodeado de coches de policía y camiones de bomberos, pero el fuego estaba ya controlado. El agua chorreaba por la fachada desde la herida abierta en un extremo de la quinta planta. Las ambulancias se habían ido ya, y la escena tenía ese aire crispado y quebradizo, secuela de los rescoldos y del refluir de la adrenalina, que con tanta precisión le había descrito su padre.
El jefe O’Grady estaba esperándola. Kim salió del coche, mostrando su identificación, cruzó la barrera policial.
—Lovett —masculló O’Grady. Era un hombre grande y robusto, de pelo cano, corto pero rebelde, y orejas del tamaño y la forma de una gruesa loncha de lomo de cerdo. Sus ojos tristes y acuosos la observaban con cautela. Pensaba, como la mayoría, que en el Departamento de Bomberos de Washington sobraban las mujeres.
—¿Qué tenemos?
—Explosión e incendio. —O’Grady levantó la barbilla hacia el boquete abierto en la fachada.
—¿Algún muerto o herido entre los nuestros?
—No, pero gracias por preguntar. —O’Grady se limpió la frente con una toalla de papel sucia—. Pero hay un muerto. Probablemente el ocupante de la suite, aunque por los pedacitos que he encontrado puedo decirte ya que será imposible identificarlo. La policía dice además que falta un empleado del hotel. Para semejante despliegue de fuegos artificiales, hemos tenido suerte.
—Has dicho que el muerto es probablemente el huésped.
—Exacto. El fuego ha sido demasiado intenso para ser natural, y nos ha costado un huevo apagarlo. Por eso te ha llamado la UII.
—¿Alguna idea de qué causó la explosión? —preguntó ella.
—Bueno, la puta caldera no ha sido, desde luego —respondió secamente el jefe de bomberos. Se acercó a ella. Desprendía en oleadas un olor a goma quemada y cenizas. Cuando volvió a hablar, su voz sonó baja, acuciante—. Tienes más o menos una hora antes de que la policía se lo entregue todo a Seguridad Nacional. Y ya sabes lo que pasa cuando esos chicos empiezan a revolver el lugar de un incendio.
—Entendido. —Kim asintió.
—De acuerdo. Anda, sube. El detective Overton te está esperando.
Se alejó con su paso bamboleante, ligeramente patizambo.
El vestíbulo estaba lleno de policías y bomberos que iban de un lado para otro. Los policías hacían preguntas al personal y a los huéspedes, apiñados en rincones distintos como facciones enemigas. Los bomberos se atareaban arrastrando su equipo por la alfombra ennegrecida y el suelo de mármol. Olía a angustia y a frustración, como un vagón de metro parado en hora punta.
Kim tomó el ascensor y al bajarse en la quinta planta vio un pasillo achicharrado y ruinoso, completamente desierto, salvo por ella. A la entrada de la suite se encontró con Overton, un detective de espalda encorvada y cara larga y afligida que miraba sus notas entornando los ojos.
—¿Qué ha pasado? —dijo después de presentarse—. ¿Alguna idea?
—Posiblemente. —El detective Overton abrió una libreta—. Los ocupantes de la suite eran Jakob y Lev Silver. Hermanos. Comerciantes de diamantes de Ámsterdam. Llegaron a eso de las siete cuarenta y cinco. Lo sabemos porque hablaron un momento con un conserje… —Pasó una hoja—. Un tal Thomas. Uno de ellos pidió una botella de champán para celebrar no sé qué. Después de eso, Thomas no volvió a verlos. Asegura que no salieron del hotel.
Entraron en la suite.
—¿Puede decirme qué causó la explosión?
—Para eso estoy aquí. —Kim se puso unos guantes de látex y empezó a trabajar. Pasó veinte minutos buscando el epicentro de la deflagración y siguiendo las pistas a partir de ese punto. Normalmente tomaba muestras de la moqueta: si se había usado un acelerante, era muy probable que fuera un líquido con base de hidrocarburo y altamente inflamable, como aguarrás, acetona, nafta o algo parecido. Dos indicios reveladores: el líquido habría calado en la moqueta, e incluso en la lámina que se ponía debajo. Hacía, además, lo que se conocía comúnmente como «espacio de cabeza» (abreviatura de «técnica de cromatografía de gases por espacio de cabeza»), que detectaba los rastros de gases liberados al incendiarse el acelerante. Dado que cada compuesto gaseoso dejaba una huella única, el espacio de cabeza determinaría no sólo si se había empleado un acelerante, sino también cuál de ellos en concreto.
Allí, sin embargo, el fuego había sido de tal intensidad que había desintegrado la moqueta y la lámina del suelo. No era de extrañar que a O’Grady y a sus hombres les hubiera costado apagarlo.
Examinó cada fragmento de metal, cada astilla de madera, cada fibra de tejido y cada montón de cenizas. Abrió su maletín y sometió a diversos análisis muestras de todos los desechos. Guardó cuidadosamente el resto de las muestras en recipientes de cristal, los selló con tapas herméticas y los colocó en el interior del maletín forrado de goma espuma.
—Puedo decirle ya que no hay duda de que se usó un acelerante —dijo mientras seguía recogiendo pruebas—. No sabré cuál con exactitud hasta que llegue al laboratorio, pero una cosa está clara: no fue un acelerante de los de andar por casa. Este calor, este nivel de destrucción…
El detective Overton la interrumpió.
—Pero la explosión…
—No hay residuos de explosivos —contestó ella—. Los acelerantes tienen puntos álgidos de ignición que a menudo causan explosiones por sí mismos. Pero no estaré segura hasta que haga pruebas en el laboratorio.
Para entonces, había ido ampliando progresivamente el radio de sus pesquisas en tomo al punto de deflagración. De pronto se puso en cuclillas y dijo:
—¿Se sabe ya por qué no funcionaron los aspersores?
Overton hojeó sus notas.
—Se da la casualidad de que funcionaron en todos los pisos del hotel, menos en éste. Cuando bajamos al sótano, descubrimos que habían trucado el sistema. Tuve que llamar a un electricista para averiguar cómo, pero el caso es que los aspersores de esta planta estaban desconectados.
—Así que fue todo premeditado.
—Jakob y Lev Silver eran judíos. El camarero que les trajo la botella de champán, el empleado que ha desaparecido, es pakistaní. Así que me veo obligado a dejar esto en manos de Seguridad Nacional.
Ella levantó la mirada de su tarea.
—¿Cree que ese camarero es un terrorista?
Overton se encogió de hombros.
—Yo diría que se trata de un ajuste de cuentas contra los Silver, pero preferiría tenerlo claro antes de que lleguen los de Seguridad Nacional.
Ella sacudió la cabeza.
—Es un montaje demasiado sofisticado para ser un atentado terrorista.
—Los diamantes son para siempre.
Kim se levantó.
—Vamos a ver el cuerpo.
—Lo que queda no se parece mucho a un cuerpo.
Llevó a Kim al cuarto de baño y ambos miraron los trozos de hueso carbonizado dispersos por la bañera de porcelana.
—Ni siquiera un esqueleto. —Lovett asintió para sí misma. Giró en redondo—. O Jakob o Lev Silver, eso está claro. Pero ¿dónde está el otro hermano?
—Podría haber quedado reducido a cenizas, ¿no?
—Con esta temperatura, es muy posible —dijo Kim—. Tardaré días, o quizá semanas en revisar los restos en busca de cenizas humanas. Y puede que no encuentre nada.
Sabía que Overton había registrado por completo la suite, pero aun así echó un vistazo a todos los rincones y recovecos.
Overton miró su reloj con nerviosismo cuando volvieron al cuarto de baño.
—¿Va a tardar mucho? Se me está agotando el tiempo.
Kim se metió en la bañera, con los trozos de hueso carbonizado.
—¿Qué tiene contra Seguridad Nacional?
—Nada, es sólo que… —Se encogió de hombros—. He intentado ingresar en el cuerpo cinco veces. Y me han rechazado las cinco. Así que ésta es la mía. Si les demuestro lo que soy capaz de hacer, la próxima vez tendrán que aceptarme.
Ella se movía muy lentamente con su equipo.
—Aquí hay acelerante —dijo—, igual que en la otra habitación. Verá, la porcelana, que se fabrica a temperaturas muy elevadas, lo tolera mejor que cualquier otro material, incluso que algunos metales. —Se agachó—. Los acelerantes son muy densos, así que suelen calar. Por eso los buscamos en la lámina de debajo de la moqueta o entre las grietas de la tarima. Aquí, el acelerante habrá calado hasta la parte de abajo de la bañera. Y en el desagüe.
Sondeó el desagüe, penetrando cada vez más abajo con cada bastoncillo que sacaba del maletín. De pronto se detuvo. Sacó el bastoncillo, lo metió en una bolsa y lo guardó. Después alumbró el agujero con una pequeña linterna de mano.
—Vaya, ¿qué tenemos aquí?
Metió unas pinzas de punta afilada en el desagüe. Las sacó un momento después. Entre sus puntas de acero había algo que a ambos les resultaba familiar.
El detective Overton se inclinó sobre la bañera.
—Un par de dientes de uno de los hermanos Silver.
Kim los observaba dándoles vueltas a la luz fría y penetrante de la linterna.
—Quizá —comentó con el ceño fruncido. O quizá no, pensó.
La casa de color verde oliva situada junto a la calle Siete Noreste se parecía mucho a sus vecinas: era sucia, desvencijada y le urgía un porche nuevo. El esqueleto de la casa de su derecha estaba todavía más o menos en pie, pero el resto se había consumido hacía tiempo en un incendio. La ruinosa grada de la derecha estaba ocupada por una pandilla de adolescentes electrizados por el hip-hop que un destartalado radiocasete portátil emitía a volumen atronador. Los alumbraba la luz zumbona de una farola necesitada de reparación urgente.
Los adolescentes se levantaron al unísono de la grada cuando la moto se detuvo junto a la acera, frente a la casa verde oliva, pero Bourne los alejó con un gesto mientras Soraya y él se apeaban lentamente.
Haciendo caso omiso de la pernera rajada de su pantalón y de la sangre que la empapaba, saludó al más alto de los chicos haciendo entrechocar los nudillos de sus puños.
—¿Cómo va eso, Tyrone?
—Vamos tirando —dijo el muchacho—. Ya sabes.
—Ésta es Soraya Moore.
Tyrone la miró detenidamente de arriba abajo con sus grandes ojos negros.
—Deron se va a cabrear. Tendrías que haber venido solo.
—Eso déjamelo a mí —dijo Bourne—. Yo me las arreglaré con Deron.
En ese momento se abrió la puerta de la casa verde oliva y un hombre alto, delgado y guapo, con la piel de un suave color cacao salió al porche.
—Jason, ¿qué coño…? —Deron frunció el ceño al bajar del porche y avanzar hacia ellos. Vestía vaqueros y camisa de loneta azul con las mangas enrolladas para dejar al aire los antebrazos. Parecía inmune al frío—. Ya conoces las normas. Tú mismo las hiciste, con mi padre. Aquí sólo vienes tú.
Bourne se interpuso entre Soraya y Deron.
—Dispongo de algo más de dos horas para tomar un vuelo a Londres —dijo en voz baja—. Estoy con el agua al cuello. Necesito su ayuda tanto como la tuya.
Deron se acercó con paso largo y lánguido. Soraya vio que llevaba un revólver en la mano. Y no uno corriente, sino un Magnum 357.
Mientras Soraya daba involuntariamente un paso atrás, Deron dijo con finísimo acento británico:
—«Ah, ¿hay alguien cerca? Venid a mí, amigo o enemigo, y decidme quién ha vencido, si York o Warwick. ¿Por qué lo pregunto? Mi cuerpo destrozado responde a esta pregunta. Mi sangre, mi flaqueza, mi corazón doliente lo demuestran: he de entregar mi cuerpo a la tierra y, con mi muerte, la victoria a mi enemigo».
Soraya contestó:
—«Ved quién es. Y acabada ahora la batalla, tratadlo bien, sea amigo o enemigo».
—Veo que conoces a Shakespeare —comentó Deron.
—Enrique VI, tercera parte, una de mis preferidas en la escuela.
—Pero ¿de veras ha acabado la batalla?
—Enséñale el nanotransmisor —dijo Bourne.
Ella le entregó el pequeño estuche ovalado.
Deron se guardó la Magnum en la cinturilla de los vaqueros, estiró sus largos y delicados dedos de cirujano, o de carterista, y abrió el estuche.
—Ah. —Sus ojos se iluminaron al levantar el dispositivo de seguimiento para estudiarlo.
—La nueva correa de la CIA —le informó Bourne—. Me la ha quitado ella.
—Diseñada por la DARPA —corroboró Deron. Casi parecía relamerse de gusto. Nada le gustaba más que la tecnología punta.
Deron no era ni cirujano ni carterista, le explicó Bourne a Soraya mientras le seguían al interior de la casa verde oliva. Era uno de los mejores falsificadores del mundo. Los Vermeer eran su especialidad (tenía especial talento para la luz), pero en realidad podía reproducir prácticamente cualquier cosa, y a menudo lo hacía a cambio de estipendios astronómicos. Sus clientes aseguraban que valía la pena pagar tanto por su trabajo. Y Deron se preciaba de tener siempre contenta a su clientela.
Los condujo al interior de la casa y cerró tras ellos. El estruendo inesperado de la puerta sorprendió a Soraya. Aquélla no era una puerta corriente, aunque desde fuera lo pareciera. Desde aquel lado, el revestimiento metálico reflejaba la cálida luz de una lámpara.
Soraya miró asombrada a su alrededor. Justo delante tenía una escalera curva de roble macizo, y a su izquierda un pasillo. A su derecha había un amplio cuarto de estar. Los suelos de tarima bruñida estaban cubiertos con lujosas alfombras persas, y en las paredes colgaban obras de los grandes maestros de la pintura: Rembrandt, Vermeer, Van Gogh, Monet, Degas, y muchos más. Eran todas falsas, claro. ¿O no? Soraya las miró atentamente, y aunque no era una experta, le parecieron magníficas. Estaba segura de que, de haberlas visto en un museo o una sala de subastas, no habría dudado de su autenticidad. Aguzó un poco más la vista. Claro que quizás algunas fueran originales.
Al darse la vuelta, vio que Deron había estrechado a Bourne en un cálido abrazo.
—No había tenido ocasión de darte las gracias por venir al entierro —dijo Bourne—. Significó mucho para mí. Sé lo ocupado que estás.
—Mi querido amigo, hay cosas en la vida más importantes que el comercio —dijo Deron con una sonrisa triste—, por urgente o lucrativo que sea. —Apartó a Bourne—. Pero primero hay que ocuparse de esa pierna. Arriba, la primera puerta a la derecha. Ya conoces la rutina. Aséate un poco. También hay ropa nueva arriba. —Sonrió—. En Deron’s tenemos siempre lo más selecto.
Soraya siguió a Deron por un pasillo pintado de esmalte amarillo y a través de una enorme cocina, hasta un cuarto que antaño debía de haber sido el lavadero o la despensa de la casa. Había allí una serie de armarios altos hasta la cintura, rematados por una encimera revestida de zinc sobre la cual se veían varios ordenadores y montones de aparatos electrónicos desconocidos para ella.
—Sé lo que anda buscando Jason —dijo Deron como si Soraya hubiera dejado de existir. Y comenzó a abrir metódicamente armarios y cajones, sacando un objeto aquí y un puñado de cosas allá.
Soraya, que miraba por encima de su hombro, se sorprendió al ver narices, orejas y dientes. Alargó el brazo, cogió una nariz y le dio la vuelta.
—No te preocupes —dijo Deron—. Están hechas de látex y porcelana. —Cogió lo que parecía un trozo de puente dental—. Pero parecen auténticas, ¿no crees? —Le enseñó un borde de la dentadura—. Hay pocas diferencias entre esta prótesis y una real, salvo aquí, en el interior. Las auténticas tienen una pequeña hendidura para encajar en los dientes tallados. Ésta, como ves, es sólo una funda de porcelana diseñada para encajar en dientes normales.
Soraya no pudo refrenarse: se puso la nariz de látex, y Deron se echó a reír. Luego rebuscó en otro cajón y le pasó un modelo mucho más pequeño. Le quedaba mejor. Para hacerle una demostración, se la pegó con pegamento para postizos.
—Naturalmente, en la vida real se usaría otro tipo de adhesivo, y maquillaje para ocultar los bordes de la prótesis.
—¿Y no hay problema si sudas o…, no sé, si nadas, quizá?
—Esto no es maquillaje Chanel —dijo Deron, riendo—. Una vez aplicado, se necesita un disolvente especial para quitarlo.
Bourne volvió cuando Soraya se estaba quitando la nariz postiza. Se había limpiado y vendado la herida de la pierna, y llevaba camisa y pantalones nuevos.
—Soraya, tenemos que hablar —dijo.
Ella le siguió a la cocina, donde se detuvieron junto a un inmenso frigorífico de acero inoxidable, en la pared más alejada del laboratorio de Deron.
Bourne se volvió hacia ella.
—¿Ha pasado un rato agradable con Deron en mi ausencia?
—¿Se refiere a si ha intentado sonsacarme?
—Supongo que quiere saber si yo le he pedido que lo hiciera.
—Exacto.
—La verdad es que no.
Ella manifestó su asentimiento.
—No lo ha hecho. —Se quedó esperando.
—No hay forma buena de abordar este asunto. —Bourne escudriñó su cara—. ¿Tim y usted estaban muy unidos?
Ella volvió un momento la cabeza, se mordió el labio.
—¿Qué le importa eso? Para usted, es un traidor.
—Escúcheme, Soraya, o soy yo, o es Tim Hytner. Y yo sé que no soy yo.
La expresión de la cara de Soraya era premeditadamente hostil.
—Entonces dígame por qué sacó a Cevik a la calle.
—Quería que saboreara un rato la libertad que ya no tenía.
—¿Ah, sí? No le creo.
Bourne arrugó el ceño. No era la primera vez desde la muerte de Marie que se preguntaba si aquel último trauma había dañado de algún modo su capacidad de juicio.
—Me temo que es la verdad.
—Qué más da que yo le crea o no —replicó ella—. ¿Cómo cree que va a sentarle al Viejo?
—¿Y eso qué importa? El Viejo odia a quienes no se someten a las normas.
Ella se miró las botas, meneó la cabeza. Respiró hondo y exhaló.
—Yo propuse a Tim para Tifón, y ahora está muerto.
Bourne guardó silencio. Era un luchador, ¿qué esperaba ella? ¿Lágrimas y arrepentimiento? No, pero ¿acaso iba a morirse si mostraba una pizca de emoción? Entonces se acordó de la reciente muerte de su esposa, y enseguida se avergonzó.
Se aclaró la garganta, pero no logró disipar sus emociones.
—Estudiamos juntos. Era uno de esos chicos de los que se ríen las chicas.
—¿Usted no?
—Yo no era como las otras. Sabía que era dulce y vulnerable. Intuía algo. —Se encogió de hombros—. Le gustaba hablar de su infancia. Había nacido en el campo, en Nebraska. Para mí, era como oír hablar de otro país.
—No estaba hecho para Tifón —dijo Bourne sin rodeos.
—No estaba hecho para este oficio, eso es verdad —dijo ella con la misma franqueza.
Él se metió las manos en los bolsillos.
—Bueno, ¿y ahora qué hacemos?
Ella se sobresaltó, como si la hubiera pinchado con la punta de su navaja automática.
—¿Qué?
—Nos hemos salvado mutuamente la vida y usted ha tratado de matarme dos veces. El caso es que no nos fiamos el uno del otro.
Los grandes ojos de Soraya, humedecidos por lágrimas incipientes, se clavaron en los suyos.
—Yo le he dicho lo del nanotransmisor y usted me ha traído a casa de Deron. ¿Cómo define usted la confianza?
Bourne dijo:
—Le hicieron fotos a Cevik cuando le detuvieron.
Ella asintió, esperando a que cayera el hacha. ¿Qué iba a pedirle Bourne ahora? ¿Qué quería ella de él exactamente? Lo sabía, desde luego, pero era demasiado penoso reconocérselo a sí misma, cuanto más a él.
—Está bien, llame a Tifón. Dígales que manden las fotos a su móvil. —Bourne echó a andar por el pasillo, y ella le siguió paso por paso—. Luego dígales que manden también el código que Hytner descifró.
—Olvida usted que la CIA sigue cerrada a cal y canto. Y eso incluye la transmisión de datos.
—Puede conseguirme lo que quiero, Soraya. Tengo fe en usted.
Aquella mirada curiosa apareció de nuevo en sus ojos un momento y se desvaneció luego como si nunca hubiera existido. Ya tenía a Tifón al teléfono cuando entraron en el taller de Deron, una habitación en forma de ele hecha a partir de la antigua cocina y la despensa. Su estudio estaba arriba, en la habitación más luminosa de la casa. En cuanto al propio Deron, estaba inclinado sobre una mesa, estudiando el nanotransmisor.
Nadie en Tifón, salvo el director, tenía autorización para enviar datos sensibles durante el estado de alerta. Soraya comprendió que tendría que buscar en otra parte lo que necesitaba Bourne.
Oyó la voz de Anne Held y se identificó.
—Oye, Anne, necesito tu ayuda.
—¿De veras? Ni siquiera vas a decirme dónde estás.
—Eso no importa. No estoy en peligro.
—Bueno, menos mal. ¿Por qué ha dejado de transmitir la retícula?
—No lo sé. —Soraya procuró que no se le quebrara la voz—. Puede que esté defectuosa.
—Puesto que sigues con Bourne, no creo que sea muy difícil averiguarlo.
—¿Estás loca? No puedo acercarme tanto a él.
—Y sin embargo necesitas un favor. Dime.
Soraya se lo explicó.
Silencio.
—Por qué será que nunca pides nada fácil.
—Lo fácil puedo pedírselo a otras personas.
—Tienes razón. —Y luego—. Si me pillan…
—Anne, creo que tenemos una pista sobre Cevik, pero necesitamos esa información.
—Está bien —dijo Anne—. Pero a cambio tienes que averiguar qué le ha pasado a ese nanotransmisor. Tengo que decirle al Viejo algo que le satisfaga. Quiere sangre y prefiero asegurarme de que no sea la mía.
Soraya se quedó pensando un momento, pero no se le ocurrió otra alternativa. Tendría que volver a llamar a Anne para contarle algo más concreto, más plausible.
—Muy bien. Ya se me ocurrirá algo.
—De acuerdo. Por cierto, yo que tú me andaría con ojo con el nuevo subdirector. No le gusta mucho Lindros, ni Tifón.
—Gracias, Anne. Muchísimas gracias.
—Ya está —dijo Soraya—. Me han cargado los datos.
Bourne cogió su móvil y se lo pasó a Deron, que se apartó de su nuevo juguete para enchufar el teléfono a su red informática y descargar los archivos.
La cara de Cevik apareció en uno de los muchos monitores. —Todo tuyo—. Deron volvió a estudiar el nanotransmisor.
Bourne se sentó en una silla de oficina y estuvo largo rato observando las fotografías. Sentía a Soraya inclinada sobre su hombro izquierdo. Notaba… ¿qué? El espectro de un recuerdo. Se frotó las sienes, intentando obligarse a recordar, pero aquel hilillo de luz se disipó en las tinieblas. Volvió a escudriñar la cara de Cevik con cierto desasosiego.
Había algo en ella (no un rasgo concreto, sino una impresión general) que flotaba en su memoria como la sombra de un pez bajo la superficie de un lago. Aumentó cada zona de su rostro por separado, una tras otra: la boca, la nariz, la frente, las sienes, las orejas. Pero sólo consiguió hundir más aún aquel recuerdo sensorial en los recovecos más recónditos de su mente. Luego llegó a los ojos: aquellos ojos dorados. Había algo en el izquierdo. Al aumentarlo, vio un pequeño arco de luz en el borde exterior del iris. Volvió a aumentarlo, pero falló la resolución y la imagen comenzó a emborronarse. Disminuyó la imagen hasta que aquel arco de luz volvió a verse con nitidez. Era minúsculo. Podía no ser nada: un reflejo de las luces de la celda. Pero ¿por qué estaba en el borde del iris? Si fuera un reflejo del iris, la luz estaría un poco más cerca del centro, donde el glóbulo ocular sobresalía más y donde, por tanto, era más probable que captara la luz. Aquello estaba al borde, donde…
Bourne se rió en silencio.
En ese momento sonó el teléfono de Soraya. Bourne la oyó hablar un momento. Luego ella dijo:
—Los informes preliminares indican que el Hummer estaba repleto de C-4.
Bourne se volvió hacia ella.
—Por eso no respondían.
—Cevik y sus amigos eran terroristas suicidas.
—Puede que no. —Bourne se volvió hacia la foto y señaló el minúsculo arco de luz—. ¿Ve eso? Es el reflejo del borde de una lente de contacto, porque sobresale ligeramente de la superficie del iris y capta la luz. Ahora mire esto. ¿Ve esa motita dorada que se mete en el borde izquierdo de la pupila? La única respuesta es que Cevik llevara lentillas de colores.
Miró la cara de Soraya.
—¿Para qué iba a disfrazarse Cevik? ¿O no era Cevik? —Esperó su respuesta—. ¿Soraya?
—Estoy pensando.
—El disfraz, la meticulosa preparación, el atentado premeditado…
—En la selva —dijo ella—, sólo un camaleón distingue a otro camaleón.
—Sí —dijo Bourne, mirando la fotografía—. Creo que tenemos a Fadi delante de nuestras narices.
Otro silencio, éste más corto. Bourne casi podía oír el cerebro de Soraya funcionando a marchas forzadas.
—Entonces, cabe la posibilidad de que Cevik no muriera en la explosión —dijo ella por fin.
—Yo diría que no. —Bourne pensó un momento—. No tuvo mucho tiempo para salir del Hummer. Sólo lo perdí de vista cuando estaba arrancando la moto. O sea, antes del cruce de la Veintitrés con Constitution.
—Puede que hubiera otro coche esperándole.
—Compruébelo, pero, francamente, lo dudo —dijo Bourne. Ahora entendía por qué había usado Fadi un coche tan llamativo como el Hummer. Quería que el personal de la CIA lo siguiera y que, al final, acabara rodeándolo. Quería hacer el mayor daño posible—. Es imposible que pudiera saber de antemano dónde iba a poder saltar.
Soraya estuvo de acuerdo.
—Haré que lo comprueben desde el punto en que el Hummer recogió a Fadi. —Ya había empezado a llamar a Tifón—. Voy a ordenar que un par de equipos empiecen a peinar la zona inmediatamente. —Dio instrucciones, se quedó escuchando un momento, muy seria, y luego colgó—. Jason, debo decirle que se ha armado un buen lío. El director se ha puesto furioso por lo de Cevik. Le culpa a usted.
—Naturalmente. —Bourne sacudió la cabeza—. Si no fuera por Martin, no querría saber nada de la CIA, ni de Tifón. Pero Martin es amigo mío. Creyó en mí, luchó por mí cuando la agencia quiso eliminarme. No pienso darle la espalda. Pero juro que ésta es mi última misión para la CIA.
Para Martin Lindros, las sombras cobraron la forma de nubes que reflejaban las aguas quietas del lago. Notaba una vaga sensación de dolor: como si un dentista estuviera taladrando una muela sólo anestesiada en parte. El dolor, en el confín del horizonte, no lograba perturbarle. Estaba demasiado concentrado en la trucha del extremo del sedal. Recogió sedal, levantó la caña hasta que se combó como un arco y volvió a recoger sedal. Tal y como le había enseñado su padre. Ése era el modo de sacar a un pez del agua, por vigorosa que fuera su lucha. Con paciencia y disciplina, podía pescarse cualquier pez que hubiera picado el anzuelo.
Las sombras parecían amontonarse justo encima de él, tapando el sol. El frío creciente le obligó a concentrarse aún más en la trucha.
Su padre le había enseñado muchas otras cosas, además de a pescar. Hombre de singular talento, Oscar Lindros había fundado Vaultline y la había convertido en una de las mayores empresas de seguridad privada del mundo. Sus clientes eran las multinacionales cuyo personal se veía obligado a frecuentar por negocios zonas peligrosas del mundo. Y Oscar Lindros o alguno de los agentes a los que entrenaba personalmente estaban allí para protegerles.
Cuando se inclinaba sobre la borda del barco, Lindros veía relucir como plata el lomo irisado de la trucha. Era grande, sí. Más grande que cualquier otra que hubiera pescado. A pesar de lo mucho que se movía, veía su cabeza triangular, el abrir y cerrar de su boca huesuda. Levantó la caña y la trucha salió a medias del agua, salpicándole de gotas de agua.
Martin Lindros había aspirado muy tempranamente a ser un espía. Ni que decir tiene que este deseo hizo las delicias de su padre. Y así fue como Oscar Lindros se propuso enseñar a su hijo todo lo que sabía sobre el oficio de la clandestinidad. Entre esas enseñanzas despuntaba por encima de las demás el cómo sobrevivir a cualquier forma de encarcelamiento o tortura. Todo estaba en la mente, le decía Oscar a su hijo. Había que entrenar la mente para que se retirara del mundo exterior. Y luego había que entrenarla para que se alejara de esas partes del cerebro que transmitían el dolor. Para ello era preciso evocar un momento y un lugar y hacerlos reales: tan reales como podía percibirse con los cinco sentidos. Había que ir a aquel lugar, y había que quedarse allí mientras fuera necesario. Si no, o tu voluntad se quebraba o te volvías loco.
Allí era donde estaba Martin Lindros, donde había estado desde que fue apresado por Duyya y conducido al lugar donde su cuerpo yacía y sangraba entre espasmos.
Allá en el lago, Lindros sacó por fin la trucha. El pez brincaba y boqueaba en el suelo del barco, sus ojos fijos en él mientras se agrisaban. Inclinándose, extrajo el anzuelo de púas del duro cartílago que rodeaba la boca de la trucha. ¿Cuántos peces había pescado desde que estaba en el lago? Era imposible saberlo, porque después no se quedaban mucho tiempo por allí: una vez desenganchados del anzuelo, no le servían de nada.
Cebó el anzuelo y arrojó el sedal. Tenía que seguir adelante, tenía que continuar pescando. Si no, el dolor, un difuso cúmulo de nubes en el horizonte, se precipitaría sobre él con la furia de un huracán.
Sentado en la sección business-class del vuelo nocturno a Londres, Bourne encendió la señal de «NO MOLESTEN» y sacó la Sony PS3 con memoria ampliada y pantalla de alta definición que le había dado Deron. Tenía el disco duro cargado con un puñado de nuevos juguetes ideados por el propio Deron, cuya verdadera pasión no era la falsificación de cuadros (con la que pagaba las facturas), sino inventar chismes miniaturizados. De ahí su interés por la retícula, que Bourne llevaba guardada a buen recaudo en su estuche.
Deron le había procurado tres pasaportes, a los que había que sumar el pasaporte diplomático de la CIA. Bourne tenía un aspecto completamente distinto en cada una de las fotos que Deron tenía en sus archivos. Bourne llevaba maquillaje, lentillas de colores y otras cosas semejantes, junto con una de las pistolas de última generación de Deron, hecha de plástico envuelto en goma. Según Deron, las balas de goma forradas de kevlar podían tumbar a un elefante furioso si se disparaban al lugar preciso.
Bourne abrió la foto de Hiram Cevik. Fadi. ¿Qué otras identidades había asumido aquel conspirador a lo largo de los años? Parecía probable que las cámaras de vigilancia y los circuitos cerrados de televisión hubieran grabado su imagen en lugares públicos, sin duda con un aspecto distinto cada vez. Bourne había aconsejado a Soraya que revisara todas las cintas y fotografías fijas que tuvieran disponibles de los lugares donde Duyya había perpetrado atentados, justo antes y después de los ataques, y que comparara las caras que encontrara con aquella fotografía de Cevik, a pesar de que tenía pocas esperanzas de que fuera a encontrar algo. A él también le habían grabado muchas veces a lo largo de los años, y no le preocupaba porque en cada una de esas ocasiones el Camaleón había asumido una apariencia distinta. Nadie podría haber encontrado similitudes: él mismo se había encargado de ello. Y también Fadi, el otro camaleón.
Estuvo largo rato mirando la foto. Y aunque intentó resistirse, el cansancio se apoderó de él y se quedó dormido.
Marie se acerca a él en un lugar con viejas acacias y calles empedradas. El aire está impregnado de un intenso olor mineral, como el del mar embravecido. Una brisa húmeda le levanta el pelo de alrededor de las orejas y lo agita a su espalda como una bandera.
Él le habla.
—Puedes conseguir lo que quiero. Tengo fe en ti.
Hay miedo en los ojos de Marie, pero también valor y determinación. Hará lo que le pide, aunque corra peligro, y él lo sabe. Él se despide inclinando la cabeza y ella se desvanece…
Se encuentra en la misma calle de altísimas acacias que ha evocado antes. Tiene delante de sí el agua negra. Y entonces desciende, flota por el aire como si se lanzara en paracaídas. Corre con todas sus fuerzas por una playa, de noche. A su izquierda hay una oscura hilera de quioscos. Lleva… lleva algo en los brazos. No, algo no. Una persona. Hay sangre por todas partes, y sus venas palpitan. Una cara pálida, unos ojos cerrados, una mejilla apoyada sobre su brazo izquierdo. Corre por la playa, sintiéndose horriblemente expuesto. Ha quebrantado el pacto que tiene consigo mismo, y van a morir todos por ello: él y la persona que llevaba en los brazos…, la joven cubierta de sangre. Ella le dice algo, pero él no la oye. Alguien corre detrás de él, y entonces surge la idea, clara como la luna colgada del cielo: «Nos han traicionado…».
Cuando Matthew Lerner entró en el despacho exterior de las oficinas de dirección de la CIA, Anne Held tardó un momento en levantar la vista. No estaba trabajando en nada especial. En nada, de hecho, que exigiera su atención, y sin embargo era importante que Lerner pensara lo contrario. En su fuero interno, Anne comparaba el despacho exterior del Viejo con un foso alrededor de un castillo, y a sí misma con el carnívoro de enormes dientes que nadaba en él.
Cuando consideró que Lerner había esperado suficiente, miró hacia arriba y sonrió con calma.
—Ha dicho que el director quiere verme.
—En realidad, soy yo quien quería verle. —Anne se levantó y se pasó las manos por los muslos para alisar las arrugas que pudieran haberse hecho en su falda mientras estaba sentada. Sus uñas perfectamente arregladas despedían una luz nacarada—. ¿Le apetece un café? —añadió mientras cruzaba el despacho.
Lerner enarcó las cejas.
—Creía que los ingleses preferían el té.
Ella le abrió la puerta para que pasara.
—Una de las muchas ideas equivocadas que tiene sobre mí.
En el ascensor metalizado que llevaba a la cafetería de la CIA se hizo el silencio. Anne miraba fijamente hacia delante mientras Lerner intentaba sin duda deducir de qué iba todo aquello.
La cafetería era muy distinta a las de las demás agencias gubernamentales. Reinaba en ella una atmósfera sigilosa, y sus suelos estaban cubiertos de una gruesa capa de moqueta en tono azul presidencial. Las paredes eran blancas; los bancos y las sillas, de cuero rojo. El techo estaba formado por una serie de paneles acústicos que amortiguaban cualquier sonido, y especialmente las voces. Los camareros, provistos de chaleco, se deslizaban con destreza y sigilo por los amplios pasillos abiertos entre las mesas. En resumidas cuentas, el comedor de la CIA parecía, más que una cafetería institucional, un club masculino.
El encargado reconoció enseguida a Anne y les condujo a la mesa redonda del director, situada en un rincón y rodeada casi por completo por un banco de respaldo alto. Lerner y ella tomaron asiento, se sirvió el café y les dejaron discretamente a solas.
Lerner removió el azúcar de su taza un momento.
—Bueno, ¿de qué se trata?
Ella bebió un sorbo de café solo, retuvo el líquido dentro de la boca como si fuera un buen vino y luego, satisfecha, tragó y dejó la taza sobre la mesa.
—Bebe, Matthew. Es café etíope de primera calidad. Fuerte y delicioso.
—Otra nueva norma que he instituido, señorita Held. Se acabaron los tuteos.
—El problema de algunos cafés fuertes —dijo ella, haciendo oídos sordos— es que pueden ser muy ácidos. Y demasiada acidez es contraproducente, altera todo el aparato digestivo. Puede incluso abrirte un agujero en el estómago. Cuando eso ocurre, hay que expulsar el café.
Lerner se recostó en el asiento.
—¿A qué viene todo esto? —Sabía que no estaba hablando del café.
Ella dejó que sus ojos se posaran un momento en la cara de Lerner.
—¿Le nombraron subdirector de la CIA hace cuánto, seis meses? Los cambios son difíciles para todo el mundo. Pero hay ciertos protocolos que no pueden…
—Vaya al grano.
Ella bebió otro sorbo de café.
—Desprestigiar a Martin Lindros no es buena idea, Matthew.
—¿Ah, no? ¿Y qué le hace tan especial?
—Si llevara más tiempo a este nivel, no tendría que preguntarlo.
—¿Por qué estamos hablando de Lindros? Lo más probable es que esté muerto.
—Eso no lo sabemos —contestó Anne secamente.
—En cualquier caso, no estamos hablando de las competencias de Lindros, ¿verdad, señorita Held?
Ella se sonrojó, a su pesar.
—No tenía motivos para reducir mi nivel de autorización.
—No sé a qué se cree que le da derecho su puesto, pero se equivoca. Sigue siendo personal de apoyo.
—Soy la mano derecha del director. Si él necesita información, yo se la consigo.
—Voy a trasladar a Reilly, del Departamento de Operaciones. A partir de ahora, él se encargará de recabar la información que necesite el director. —Lerner suspiró—. Veo que pone mala cara. No se tome estos cambios como algo personal. Es el procedimiento operativo habitual. Además, si recibe trato de favor, el resto del personal de apoyo empezará a resentirse. El resentimiento engendra desconfianza, y eso no podemos tolerarlo. —Apartó su taza de café—. Lo crea o no, señorita Held, la CIA está agonizando. Agoniza desde hace años. Necesita urgentemente un purgante. Y eso soy yo.
—Martin Lindros recibió el encargo de remodelar la agencia —contestó ella en tono glacial.
—Lindros es la debilidad del Viejo. Sus métodos no son los adecuados. Los míos, sí. —Sonrió al levantarse—. Ah, otra cosa. No vuelva a engañarme. El personal de apoyo no es quién para hacer perder el tiempo al subdirector con cafés y opiniones propias.
En su laboratorio de la sede de la UII en la avenida Vermont, Kim Lovett se hallaba en el punto decisivo de sus análisis. Tenía que extraer de sus frascos herméticos el material que había recogido en la suite de la quinta planta del hotel Constitution y someterlo a una cromatografía de gases por espacio de cabeza. La teoría era ésta: dado que todos los acelerantes de la combustión conocidos eran hidrocarburos líquidos altamente volátiles, los gases que desprendían estos compuestos químicos permanecían en el lugar del siniestro a menudo durante horas. La idea era captar los gases en el «espacio de cabeza» situado justo encima del material sólido impregnado de acelerante: trozos de madera carbonizada, fibras de moqueta o filamentos de yeso que había extraído sirviéndose de una pinza de dentista. Hacía luego un cromatograma de cada uno de los gases conforme a su punto de ebullición característico. De este modo obtenía una huella del acelerante que podía identificarse.
Kim insertó una larga aguja en las tapas de los recipientes, extrajo el gas que se había formado por encima del material sólido y lo inyectó en el cilindro del cromatógrafo gaseoso sin exponerlo al aire. Se aseguró de que los parámetros eran los adecuados y pulsó a continuación el interruptor que daría comienzo al proceso de disgregación y análisis del gas.
Estaba anotando la fecha, la hora y el número de muestra cuando oyó que la puerta del laboratorio se abría y, al volverse, vio entrar al detective Overton. Llevaba puesto un abrigo gris niebla e iba con dos tazas de café en las manos. Dejó una delante de ella. Kim le dio las gracias.
Parecía más taciturno que antes.
—¿Algo nuevo?
Ella saboreó la dulce quemazón del café al pasar por su boca y su garganta.
—Dentro de un momento sabremos qué acelerante usaron.
—¿De qué va a servirme eso?
—Creía que iba a dejar el caso en manos de Seguridad Nacional.
—Valientes cabrones. Esta mañana se presentaron dos agentes en el despacho de mi capitán y le exigieron mis notas —dijo Overton—. No es que no me lo esperara. Por eso hice dos copias, porque pienso resolver este caso y restregárselo por la cara.
Sonó un pitido.
—Vamos allá. —Kim se volvió—. Los resultados están listos. —Miró el registro del cromatógrafo—. Bisulfuro de carbono. —Hizo un gesto afirmativo—. Qué interesante. Este tipo de acelerante no suele verse en un incendio provocado.
—Entonces, ¿por qué lo eligieron?
—Buena pregunta. Supongo que porque alcanza mayor temperatura y tiene un límite de explosividad del cincuenta por ciento, mucho más alto que otros acelerantes. —Volvió a girarse—. Recuerde que encontré acelerante en dos sitios: en el cuarto de baño y debajo de las ventanas. Eso me llamó la atención, y ahora sé por qué. El cromatógrafo ha arrojado dos resultados distintos. En el cuarto de baño, sólo se usó bisulfuro de carbono. Pero en el otro sitio, cerca de las ventanas del cuarto de estar, encontré también otra sustancia mucho más compleja e infrecuente.
—¿Cuál?
—No se trata de un explosivo. Es algo mucho más raro. Tuve que hacer algunas comprobaciones, pero descubrí que es un compuesto de hidrocarburos que neutraliza la acción de los materiales ignífugos. Eso explica por qué se incendiaron las cortinas y por qué la explosión reventó las ventanas. Si el oxígeno alimentaba las llamas y los aspersores estaban desactivados, era prácticamente seguro que lograrían hacer al mayor daño posible en un tiempo mínimo.
—Por eso no quedó nada, ni siquiera un esqueleto intacto o unos dientes con los que identificar el cuerpo. —Overton se rascó la barbilla azulada por un despunte de barba—. Lo tenían todo pensado, ¿eh?
—Puede que no todo. —Kim levantó los dos dientes de porcelana que había extraído del desagüe de la bañera. Les había quitado la capa de ceniza y ahora relucían en un tono marfil.
—Tiene razón —dijo Overton—. Estamos tratando de averiguar a través de Ámsterdam si Jakob o Lev Silver llevaban un puente dental. Al menos así tendríamos una identificación clara.
—Bueno, el caso es —dijo Kim— que no estoy nada segura de que esto sea un puente dental.
Overton se lo quitó de la mano y lo observó bajo el fluorescente. No vio nada fuera de lo normal.
—¿Qué va a ser, si no?
—Tengo que ir a ver a una amiga mía. Puede que ella pueda decírnoslo.
—¿Ah, sí? ¿A qué se dedica?
Kim le miró.
—Es espía.
Bourne viajó de Londres a Addis Abeba y desde allí a Yibuti. Descansó muy poco; durmió aún menos. Estaba demasiado ocupado estudiando los informes que le había proporcionado Soraya acerca de los movimientos conocidos de Lindros. Desgraciadamente, faltaban los detalles. Lo cual no era de extrañar. Lindros estaba siguiendo el rastro de la red terrorista más sanguinaria del mundo. Cualquier tipo de comunicación habría resultado extremadamente difícil y habría puesto en peligro la seguridad.
Cuando no estaba memorizando datos, Bourne revisaba las imágenes que Anne Held había enviado al móvil de Soraya y que ahora estaban en la memoria de la PS3 y especialmente el intento de Tim Hytner de descifrar el código que Tifón había confiscado a Hiram Cevik. Tenía dudas respecto al código: ¿era auténtico, o un falso mensaje que Duyya había puesto allí por el motivo que fuese para que Tifón lo encontrara y lo descodificara? Un pasmoso laberinto de duplicidades se abría ante él. A partir de allí, cualquier paso que diera entrañaría peligro. Una sola conjetura falsa podía sepultarle como un pozo de arenas movedizas.
Fue entonces cuando Bourne comprendió que se enfrentaba a un enemigo de inteligencia y voluntad fuera de lo corriente: una mente criminal capaz de rivalizar con Carlos, su antigua bestia negra.
Cerró los ojos un momento y el recuerdo de Marie le asaltó de inmediato. Ella había sido siempre su roca; ella había sido siempre quien le había ayudado a superar los tormentos del pasado. Pero Marie había muerto. La sentía desvanecerse cada día que pasaba. Intentaba aferrarse a ella, pero la personalidad de Bourne era implacable: no le permitía pararse en sentimentalismos, demorarse en la tristeza y la desesperación. Todas esas emociones habitaban en él, pero sólo eran sombras mantenidas a raya por la extraordinaria concentración de Bourne y su inapelable impulso de resolver mortíferos rompecabezas que nadie más podía abordar. Sabía, naturalmente, de dónde procedía aquella singular capacidad; lo sabía ya antes de que el doctor Sunderland se lo resumiera de forma tan sucinta: lo que le movía era el ardiente deseo de desentrañar el enigma de su identidad.
En Yibuti le esperaba un helicóptero de la CIA con el depósito lleno y listo para despegar. Cruzó corriendo la pista mojada bajo un cielo furioso, lleno de nubes amoratadas, y subió al helicóptero entre un viento húmedo y turbulento. Era por la mañana, tres días después de salir de Washington. Notaba los miembros agarrotados y los músculos tensos. Tenía ganas de acción y le desagradaba la idea de pasar una hora en vuelo hasta el Ras Dashén.
Le sirvieron el desayuno en una bandeja metálica y lo engulló mientras despegaba el helicóptero. Pero estaba tan absorto que no saboreaba ni veía nada. Repasaba por enésima vez el código de Fadi viéndolo como un todo, porque siguiendo la vía algorítmica elegida por Tim Hytner no había llegado a ninguna parte. Si, en efecto, Fadi había persuadido a Hytner (y no se le ocurría ninguna otra explicación lógica), Hytner no tenía incentivos para descifrar el código. Por eso había querido ver el código y el trabajo del agente muerto. Si el trabajo de Hytner le parecía una estafa, podría demostrar su culpabilidad. Pero, naturalmente, eso no resolvía la cuestión de si el código contenía datos reales o desinformación destinada a confundir y apartar de su rastro a Tifón.
Por desgracia, no se hallaba más cerca de resolver el algoritmo del código, ni de saber si Hytner iba por buen camino. Había pasado, sin embargo, dos noches de agitación, llenas no de sueños, sino de recuerdos fragmentarios. Le decepcionaba que el tratamiento del doctor Sunderland hubiera tenido efectos tan poco duraderos, pero no podía decir que no se lo hubieran advertido. Mucho peor era, aun así, aquella sensación de catástrofe inminente. Todos aquellos recuerdos descabalados giraban en torno a los altos árboles, el olor mineral del agua y su huida desesperada a través de la arena. Desesperada no sólo para él, sino también para otra persona. Había quebrantado una de sus reglas elementales y ahora iba a pagar por ello. Algo había desencadenado aquella serie de visiones inconexas, y tenía la clara sospecha de que el detonante era la clave para comprender todo lo que le había sucedido anteriormente. Era enloquecedor no tener acceso a su pasado (o tenerlo limitado, en el mejor de los casos). Su vida era una pizarra en blanco: cada día era como el de su nacimiento. Se le negaba el saber, un saber esencial. ¿Cómo iba a empezar a conocerse a sí mismo si le habían arrebatado su pasado?
El helicóptero, que volaba por debajo de la gruesa capa de nubes, viró hacia el noroeste camino de la cordillera de Simien. Cuando acabó de desayunar, Bourne se puso el mono de frío extremo y las botas de nieve especiales, provistas de suelas extragruesas tachonadas con puntas metálicas para agarrarse al hielo y el terreno rocoso.
Mientras miraba por la ventanilla curva volvió a ensimismarse, esta vez pensando en su amigo Martin Lindros. Lo había conocido después del asesinato de su antiguo mentor, Alex Conklin. Lindros era el único que le había respaldado, el único que había creído en él cuando el Viejo lanzó en su contra una sanción de alcance mundial. Desde entonces, había sido su único apoyo leal en la CIA. Bourne se armó de valor. Fuera lo que fuese lo que le hubiera ocurrido a Lindros (estuviera vivo o muerto), estaba decidido a llevarle a casa.
Poco más de una hora después llegó a la ladera norte del Ras Dashén. El brillo del sol afilaba las sombras como cuchillas en la falda de la montaña, que parecía elevarse en un caracoleante mar de nubes entre las cuales, de cuando en cuando, se veía planear a los buitres llevados por las corrientes térmicas.
Bourne estaba justo detrás del hombro derecho de Davis, el joven piloto, cuando éste señaló hacia abajo. Allí estaban los restos de los dos Chinooks, sepultados en nieve recién caída, manchados de negro y con la chapa retorcida y echada hacia atrás como por efecto de un gigantesco abrelatas manejado por un demonio enloquecido.
—Parece obra de misiles tierra-aire —dijo Davis.
Así pues, Soraya tenía razón. Aquel tipo de material bélico era tan costoso que sólo podía sufragarse mediante una alianza con el crimen organizado. Bourne aguzó la vista mientras se acercaban.
—Pero hay una diferencia. El de la izquierda…
—Por las marcas que quedan, el que llevaba a Escorpión Uno.
—Mira los rotores. A ése le dispararon cuando estaba a punto de despegar. El segundo se estrelló contra el suelo con mucha más fuerza. Debieron de atacarlo cuando se disponía a aterrizar.
Davis asintió.
—Exacto. Nuestros contrincantes están bien armados, desde luego. Cosa rara por estos lares.
Bourne no podía estar más de acuerdo.
Tomó unos prismáticos y le dijo a Davis que rodeara la zona. En cuanto enfocó el lugar de los hechos, se apoderó de él una intensa sensación de haber vivido ya aquel instante. Había estado antes en aquella parte del Ras Dashén, estaba seguro de ello. Pero ¿cuándo? ¿Y por qué? Sabía, por ejemplo, dónde buscar enemigos ocultos. Mientras daba instrucciones al piloto, escudriñó cada rincón y cada grieta, cada sombra de los alrededores del punto de aterrizaje.
Sabía también que el Ras Dashén, el pico más alto de la cordillera de Simien, pertenecía a Amhara, una de las nueve divisiones étnicas que formaban Etiopía. Sus pobladores sumaban el treinta por ciento de la población del país. El amárico era el idioma oficial de Etiopía. Era, de hecho, la segunda lengua semítica más hablada del mundo, después del árabe.
Bourne estaba familiarizado con las tribus de las montañas de Amhara. Ninguna de ellas tenía medios (ni económicos ni técnicos) para causar daños de tal sofisticación.
—Quien fuera ya no está aquí. Aterriza.
Davis posó el helicóptero justo al norte de los helicópteros siniestrados. El aparato patinó un poco de lado sobre el hielo que se extendía bajo la capa de nieve reciente, pero Davis consiguió controlarlo. En cuanto estuvieron en tierra firme, le pasó a Bourne el teléfono satélite Thuraya. Algo más grande que un móvil corriente, era el único que funcionaba en aquel terreno montañoso, adonde no llegaba la señal GSM.
—Quédate aquí —dijo Bourne cuando el piloto comenzó a desabrocharse el cinturón de seguridad—. Espérame, pase lo que pase. Te llamaré cada dos horas. Si pasan seis horas sin que dé señales de vida, márchate.
—No puedo hacer eso, señor. Nunca he dejado a un hombre en tierra.
—Esta vez es distinto. —Bourne le agarró del hombro—. No vayas en mi busca bajo ninguna circunstancia, ¿entendido?
Davis parecía descontento.
—Sí, señor. —Cogió un fusil de asalto y abrió la puerta del helicóptero. El aire helado se abrió paso a empujones.
—¿Quieres tener algo que hacer? Cubre la entrada de esa cueva. Si ves moverse o salir algo raro, dispara primero. Las preguntas las haremos después.
Bourne saltó del helicóptero. Hacía un frío polar. Las cumbres del Ras Dashén no eran lugar para estar en invierno. La capa de nieve era bastante gruesa, pero tan seca que el viento constante la empujaba formando altas dunas de proporciones saharianas. En otras zonas había barrido por completo la meseta, dejando al descubierto calveros de hierba quemada y rocas dispersas a intervalos irregulares, como los dientes podridos de un viejo.
A pesar de que había hecho un reconocimiento visual de 360 grados desde el aire, Bourne avanzó con cautela hacia los restos de los dos Chinooks. Le inquietaba especialmente la cueva. Podía depararle buenas noticias (supervivientes heridos de alguno de los ataques) o malas noticias; es decir, miembros de la célula terrorista que había eliminado a las dos unidades Escorpión.
Al llegar junto a los helicópteros vio cuerpos en su interior: únicamente esqueletos carbonizados y trozos de cabello chamuscado. Se resistió al impulso de inspeccionar las carcasas en busca de algún indicio de Lindros. Lo primero era asegurar la zona.
Llegó a la cueva sin contratiempos. El viento, que se deslizaba sinuoso entre los nudillos de las rocas, lanzó un alarido penetrante y fantasmal que sonó como si estuvieran torturando a alguien. La boca de la cueva le miraba con sorna, desafiándole a entrar. Se apoyó un momento en la gélida pared de roca y respiró hondo varias veces, metódicamente. Luego saltó rodando hacia la oscuridad.
Encendió una potente linterna y dirigió su rayo hacia los nichos y los rincones donde podía esconderse alguien al acecho. No vio a nadie. Se puso en pie, dio un paso y se detuvo de repente con las aletas de la nariz hinchadas.
Una vez, en Egipto, un contacto local le había llevado por un laberinto subterráneo. Allí le había asaltado un olor extraño, al mismo tiempo dulce y picante, completamente desconocido para él. Al preguntar por aquel olor, su guía había encendido una linterna a pilas durante unos diez segundos y Bourne había visto los cuerpos que se secaban a la espera de sepultura, con la piel ennegrecida y tensa como cuero.
«Ese olor —le había dicho su contacto al apagar la linterna— es el de la carne humana cuando todos los fluidos se han evaporado».
Así olía la cueva excavada en la cara norte del Ras Dashén. A carne humana desecada y a algo más: un hedor nauseabundo a descomposición, estancado en el fondo de la cueva como los gases de un cenagal.
Avanzó moviendo a un lado y a otro la potente luz de la linterna. Oyó un fuerte crujido bajo sus pies. Movió la linterna y descubrió que el suelo estaba cubierto de huesos de pájaros, de animales y de humanos por igual. Siguió adelante, hasta que vio que algo sobresalía del lecho de roca. Había un cadáver sentado al fondo, con la espalda pegada a la pared.
Se agachó hasta que sus ojos quedaron al nivel de la cabeza. O de lo que quedaba de ella. En el centro de la cara se había abierto un boquete que había ido vertiendo hacia fuera su veneno como un volcán que escupiera lava, borrando primero la nariz y luego los ojos y las mejillas, arrancando la piel y carcomiendo la carne de debajo. Incluso había ya partes del cráneo (el hueso mismo) agujereadas y hendidas por la misma fuerza que había devorado los tejidos más blandos.
Con el corazón golpeándole violentamente las costillas, Bourne se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Había visto antes aquel tipo de necrosis. Sólo había una cosa que pudiera causarla: la radiactividad.
Aquello resolvía muchos interrogantes: ¿qué había impulsado a Martin Lindros a volver a la acción de forma tan repentina, y por qué aquella zona era lo bastante importante como para estar defendida con misiles tierra-aire y sabía Dios qué otro armamento? Se le cayó el alma a los pies. Para proteger aquel secreto alucinante, habría sido preciso matar a todos los miembros de Escorpión Uno y Dos, incluido Martin. Por aquella ruta no sólo se traficaba con detonadores de alto voltaje: alguien tenía en su poder mineral de uranio. Eso era lo que había matado a aquella persona: el veneno radiactivo de una fuga en el contenedor de uranio que transportaba. Por sí mismo, el mineral de óxido de uranio o torta amarilla no significaba gran cosa: era barato, bastante fácil de obtener e imposible de refinar en uranio altamente enriquecido a no ser que se dispusiera de instalaciones de más de un kilómetro cuadrado y cuatro plantas de altura, por no hablar de un capital prácticamente ilimitado.
Además, la torta amarilla no habría dejado aquel rastro radiactivo. No, no cabía duda de que lo que había conseguido Duyya era polvo de dióxido de uranio, sólo a un paso del uranio enriquecido empleado en la fabricación de armas nucleares. La pregunta que se hacía Bourne era la misma que debía de haber empujado a Lindros a ponerse en peligro de forma tan precipitada: ¿para qué quería una organización terrorista dióxido de uranio y detonadores de alto voltaje, a no ser que tuviera en alguna parte una planta con personal y medios suficientes para fabricar bombas atómicas?
Lo cual sólo podía significar una cosa: Duyya era mucho más potente de lo que sospechaba Tifón. Se hallaba en el centro de una red nuclear clandestina de alcance internacional. Una red parecida se había desmantelado en 2004, cuando el científico pakistaní Abdul Qadir Jan reconoció haber vendido tecnología nuclear a Irán, Libia y Corea del Norte. Ahora, aquel fantasma aterrador había sido devuelto a la vida.
Aturdido por aquella revelación, Bourne se levantó y salió de la cueva caminando hacia atrás. Se volvió, respiró hondo varias veces a pesar de que el viento se clavaba en sus pulmones como un cuchillo y se estremeció. Indicó a Davis con una seña que todo estaba despejado y se dirigió al lugar donde estaban los helicópteros siniestrados. Su mente no dejaba de zumbar. La amenaza para Estados Unidos que había detectado Tifón no sólo era auténtica, sino de un alcance y unas consecuencias absolutamente devastadoras.
Se acordó del detonador de un solo uso: la prueba fehaciente de la última investigación de Martin Lindros. Si no lograba detener a Fadi, una gran ciudad estadounidense sería atacada con armas nucleares.