30      

—¿Por qué lo hacen? —preguntó Martin Lindros en excelente ruso.

Tendido boca arriba en la enfermería de Miran Shah, miraba la cara magullada de Katya Stepanova Vdova, la bellísima y joven esposa del doctor Veintrop.

—¿Por qué hacen qué? —dijo ella cansinamente mientras limpiaba con bastante torpeza los arañazos de su garganta. Después de que Veintrop le hiciera dejar su carrera de modelo de revista masculina, se había formado para ser enfermera.

—Los científicos que hay aquí: tu marido, Senarz, Andursky… ¿Por qué prestan sus servicios a Fadi?

Hablando de Andursky, el cirujano plástico que había rehecho la cara de Karim usando su ojo, Lindros se preguntó: ¿Por qué no me atiende él, en vez de esta aficionada tan torpe? Apenas se había hecho la pregunta cuando supo la respuesta: ya no era de ninguna utilidad para Fadi, ni para su hermano.

—Son humanos —respondió Katya—. Lo que significa que son débiles. Fadi encuentra sus debilidades y las utiliza en su contra. En el caso de Senarz, era el dinero. En el de Andursky, los chicos.

—¿Y Veintrop?

Ella hizo una mueca.

—Ay, mi marido… Se cree que lo hace por nobleza, que le han forzado a trabajar para Duyya porque Fadi le amenaza con hacerme daño. Pero se engaña, claro. La verdad es que lo hace por recuperar su orgullo. El hermano de Fadi le despidió de IVT con acusaciones falsas. Mi marido necesita trabajar. Ésa es su debilidad.

Se echó hacia atrás, las manos sobre el regazo.

—¿Cree que no sé lo mal que se me da esto? Pero Costin se empeña, ¿sabe? Así que ¿tengo elección?

—Claro que la tienes, Katya. Todo el mundo la tiene. Sólo tienes que verla. —Miró a los dos guardias apostados junto a la puerta de la enfermería. Estaban hablando en voz baja—. ¿No quieres salir de aquí?

—¿Y Costin?

—Veintrop ha acabado el trabajo que estaba haciendo para Fadi. Una chica lista como tú debería saber que ahora es un lastre.

—¡Eso no es cierto! —exclamó ella.

—Katya, todos tenemos la capacidad de engañarnos. Por eso nos metemos en líos. Fíjate en tu marido, sin ir más lejos.

Se quedó muy quieta, observándole con una mirada extraña.

—También tenemos la capacidad de cambiar, Katya. Sólo hace falta descubrir qué tenemos que hacer para seguir adelante, para sobrevivir.

Ella desvió la mirada un momento, como hace la gente cuando tiene miedo, cuando ha tomado una decisión, pero necesita aliento.

—¿Quién te ha hecho eso, Katya? —preguntó él en voz baja.

Volvió a mirarlo de pronto, y Lindros vio acechar en sus ojos la sombra de su miedo.

—Fadi. Fadi y el otro. Para convencer a Costin de que completara la bomba nuclear.

—Eso no tiene sentido —dijo Lindros—. Si Veintrop sabía que Fadi te tenía en su poder, debería haberle bastado con eso.

Katya se mordió el labio, mantuvo los ojos fijos en su tarea. Acabó y se levantó.

—¿Por qué no me contestas, Katya?

No miró hacia atrás al salir de la enfermería.

Parada bajo la gélida lluvia, en la esquina de la calle Ocho con la L Noreste, Anne Held notaba la Smith & Wesson compacta que llevaba en el bolsillo derecho de la gabardina como si fuera una horrible deformidad que acabaran de diagnosticarle.

Sabía que sería capaz de arriesgarlo todo, de hacer lo que fuese para librarse de la sensación de que ya no había lugar para ella en ninguna parte, de que estaba vacía por dentro. Lo único que podía hacer era demostrar de nuevo su valía. Si mataba a Soraya, Yamil volvería a recibirla con los brazos abiertos. Y ella recuperaría su lugar en el mundo.

Se subió el cuello de la gabardina para defenderse del viento cargado de lluvia y empezó a caminar. Debería haberle dado miedo aquel barrio (a la policía se lo daba), pero curiosamente no era así. Claro que tal vez no fuera tan extraño. No le quedaba nada que perder.

Dobló la esquina de la calle Siete. ¿Qué estaba buscando? ¿De qué pistas podía deducir que había acertado, que era allí donde Soraya había ido a esconderse? Pasó un coche, y luego otro. Caras negras, hispanas, hostiles, desconocidas la miraban fijamente al paso de los vehículos. Un conductor sonrió, le sacó la lengua en un gesto obsceno. Ella metió la mano en el bolsillo de la gabardina y agarró la Smith & Wesson.

Mientras caminaba iba observando las casas: ruinosas, desvencijadas, achicharradas por la pobreza, por el abandono y las llamas. En sus jardincillos delanteros se amontonaban basuras y escombros, como si la calle estuviera habitada por traperos que hubieran sacado a la venta sus lastimosas mercancías. Un hedor a basura podrida y orines, a derrota y desesperación, emponzoñaba el aire. De cuando en cuando, algún perro famélico le enseñaba al pasar sus dientes amarillos.

Era como una persona en trance de ahogarse que se agarra a lo único que puede impedir que se hunda. Notaba la palma sudorosa de la mano pegada al mango de la pistola. Pensó vagamente que por fin iban a servirle para algo las muchas horas que había pasado en la galería de tiro de la CIA. Oía la voz grave y enérgica del instructor de tiro corrigiendo su postura o su agarre mientras volvía a cargar la Smith & Wesson reglamentaria.

Pensó de nuevo en su hermana Joyce y recordó el dolor de su niñez compartida. Pero sin duda también había habido alegría, ¿no?, las noches que compartían la cama y se contaban historias de fantasmas, a ver cuál de las dos gritaba antes de miedo. Se sentía ahora como un fantasma, vagando a la deriva por un mundo en el que sólo podía aparecerse en espectro. Cruzó la calle, dejó atrás un descampado lleno de hierbajos que le llegaban a la cintura, tenaces incluso en invierno. Neumáticos gastados como la tez de un viejo, botellas de plástico vacías, jeringuillas, condones y teléfonos móviles usados, un calcetín rojo sin puntera. Y un brazo cortado.

Se sobresaltó. El corazón le golpeaba con violencia las costillas. Era sólo el brazo de un maniquí. Pero el latido de su corazón no aflojó. Se quedó mirando con morbosa fascinación aquel brazo amputado. Era como el futuro malogrado de Joyce, tirado en una escombrera repleta de maleza muerta. ¿Qué distinguía el futuro de su hermana de su propio presente? Se preguntó. Hacía mucho tiempo que no lloraba. Ahora le parecía que ya no sabía hacerlo.

El día se había sumido en la tumba de la noche, la lluvia helada se había convertido en niebla pegajosa. La humedad parecía condensarse en su pelo, en el dorso de sus manos. De vez en cuando, una sirena alzaba su lamento sólo para sumirse de nuevo en un inquieto silencio.

Oyó refunfuñar tras ella un motor. Se detuvo con el corazón acelerado, esperando a que pasara el coche. Al ver que no pasaba, echó a andar de nuevo, más aprisa. El vehículo salió de entre la niebla y se mantuvo tras ella.

De pronto, Anne dio media vuelta y, sin apartar la mano de la Smith & Wesson, caminó hacia el coche. Éste se detuvo. Por la ventanilla bajada del conductor apareció una cara larga y marchita, del color de un zapato de cuero viejo, peluda y gris en su mitad inferior.

—Pareces perdida —dijo el hombre con la voz enronquecida por una vida entera de nicotina y alquitrán—. Taxi pirata. —Se tocó la gorra de béisbol—. Me ha parecido que necesitas que te lleven. Hay una pandilla al final de la calle que se está relamiendo de verte.

—Sé arreglármelas sola. —El miedo súbito hacía que pareciera estar a la defensiva.

El taxista la miró con cara de pena.

—De acuerdo.

Cuando se disponía a arrancar, Anne dijo:

—¡Espera! —Se pasó la mano por la frente húmeda. Se sentía como si de pronto le hubiera subido la fiebre. ¿A quién pretendía engañar? No tenía fuerzas para disparar a Soraya, y menos aún para matarla.

Agarró el tirador de la puerta trasera, montó en el taxi furtivo y dio su dirección al conductor. No quería volver a la sede de la CIA. No podía enfrentarse a Yamil, ni al Viejo. Se preguntaba si podría volver a mirarlos a la cara alguna vez.

Notó entonces que el taxista se había vuelto y estaba observando su cara.

—¿Qué pasa? —preguntó con excesiva suspicacia.

El taxista refunfuñó:

—Eres un bombón.

Anne optó por mantener la templanza, sacó un puñado de billetes y los agitó delante de su cara.

—¿Vas a llevarme o no?

El hombre se chupó los labios, puso el coche en marcha.

Cuando por fin arrancó, Anne se inclinó hacia delante.

—Sólo para que lo sepas —le advirtió—, tengo un arma.

—Yo también, hermana. —El canoso taxista la miró con malicia—. Yo también.

El director se encontró con Luther LaValle en el Thistle, un restaurante de moda entre la calle Diecinueve y la Q Noroeste. Le había pedido a Anne que le reservara una mesa porque, cuando hablara con LaValle, prefería que fuera rodeado de bulliciosos comensales.

El zar de espionaje del Pentágono ya estaba sentado a la mesa cuando el Viejo salió de la densa niebla invernal y penetró en el estruendo del restaurante. Vestido con traje azul marino, tiesa camisa blanca y corbata de corte marcial a rayas azules y rojas, sujeta por un alfiler de esmalte con la bandera americana, LaValle parecía fuera de lugar rodeado de hombres y mujeres de una generación posterior.

Su torso de boxeador inflaba el traje como el de un forzudo. Parecía Bruce Banner a punto de convertirse en Hulk. Esbozando una fina sonrisa, dejó su whisky con soda para estrechar mecánicamente la mano que le ofrecía el director.

El Viejo ocupó una silla frente a él.

—Te agradezco que hayas accedido a verme con tantas prisas, Luther.

LaValle extendió sus manos brutales, de dedos chatos.

—¿Qué tomas?

—Un Oban —le dijo el director al camarero que había aparecido junto a él—. Que sea doble, con un cubito de hielo, pero sólo si es grande.

El camarero asintió levemente con la cabeza y desapareció entre la gente.

—Para los licores fuertes, conviene que los cubitos de hielo sean grandes —le explicó el director a su compañero—. Tardan más en derretirse.

LaValle no dijo nada, aunque le miraba con expectación. Cuando llegó el whisky escocés, ambos levantaron sus copas y bebieron.

—Esta noche el tráfico está imposible —comentó el director.

—Es por la niebla —respondió su interlocutor vagamente.

—¿Cuándo fue la última vez que nos vimos así?

—¿Sabes qué?, no me acuerdo.

Ambos parecían estar hablando con la joven pareja sentada en la mesa de al lado. Sus palabras neutras se alzaban entre ellos como peones, sacrificados ya sobre el campo de batalla. El camarero volvió con las cartas. Las abrieron, pidieron y volvieron a quedarse solos.

El director sacó un dosier de su delgado maletín y lo puso sobre la mesa sin abrirlo. Apoyó pesadamente las palmas de las manos sobre él.

—Supongo que te habrás enterado de lo de esa camioneta que perdió el control frente al museo Corcoran.

—¿Un accidente de tráfico? —LaValle se encogió de hombros—. ¿Sabes cuántos hay en Washington cada hora?

—Éste es distinto —contestó el Viejo—. Esa camioneta intentaba atropellar a uno de los míos.

LaValle bebió un sorbito de su whisky con soda. El Viejo pensó que bebía como una señora.

—¿A quién?

—A Anne Held, mi ayudante. Martin Lindros estaba con ella. Fue él quien la salvó.

LaValle se inclinó, sacó otro dosier. Tenía en la tapa el sello del Pentágono. Lo abrió y, sin decir palabra, le dio la vuelta y lo deslizó sobre la mesa.

Mientras el Viejo empezaba a leer, dijo:

—Hay alguien dentro de tu cuartel general que manda y recibe mensajes periódicos.

El Viejo estaba asombrado en más de un sentido.

—¿Desde cuándo controla el Pentágono las comunicaciones de la CIA? Eso es violar gravemente el protocolo entre agencias, maldita sea.

—Lo ordené yo, con el visto bueno del presidente. Lo creímos necesario. Cuando el secretario Halliday se enteró de que había un topo dentro de la CIA…

—A través de su esbirro, Matthew Lerner —dijo el director con vehemencia—. Halliday no es quién para meterse en mis asuntos. Y el presidente está recibiendo informes erróneos a mis espaldas.

—Fue por el bien de la agencia.

Un nubarrón de indignación cruzó la cara del director.

—¿Insinúas que ya no sé qué le conviene a la CIA?

LaValle estiró un dedo.

—Escúchame. Esa señal electrónica aprovecha las ondas portadoras de la CIA. Está codificada. No hemos podido descifrarla. Además, no sabemos de quién proceden esos mensajes, pero por las fechas está claro que no pudo ser Hytner, el agente al que identificaste como el topo. Hytner ya estaba muerto.

El Viejo apartó el dosier del Pentágono y abrió el suyo.

—Me ocuparé de esa filtración, si es que es eso —dijo. Lo más probable era que aquellos idiotas hubieran captado las comunicaciones clandestinas de Tifón con algún agente encubierto del extranjero. Como era lógico, el departamento de operaciones secretas de Martin no se servía de los canales normales de la CIA—. Y tú te ocuparás del secretario de Defensa.

—¿Cómo dices? —LaValle pareció desconcertado por primera vez desde que se habían sentado.

—Esa camioneta de la que te he hablado, la que intentó atropellar a Anne Held…

—Para serte sincero, el secretario Halliday me dijo que sospechaba que Anne Held era el topo de…

Les llevaron los aperitivos: enormes gambas rosas bañadas en salsa de cóctel de color rojo sangre.

Antes de que LaValle pudiera empuñar su pequeño tenedor, el director le tendió una hoja de papel que había arrancado del informe de Martin Lindros.

—La camioneta que estuvo a punto de matar a Anne la conducía el difunto Jon Mueller. —Esperó un segundo—. Conoces a Mueller, Luther, no finjas lo contrario. Estaba en Seguridad Nacional, pero le entrenó la Agencia Nacional de Seguridad. Conocía a Matthew Lerner. De hecho, salían juntos a beber y se iban por ahí de putas. Eran ambos esbirros de Halliday.

—¿Tienes pruebas materiales? —preguntó LaValle suavemente.

El Viejo estaba esperando la pregunta.

—Ya sabes la respuesta. Pero tengo suficiente para abrir una investigación. Ingresos inexplicables en la cuenta bancaria de Mueller, un Lamborghini que Lerner no podía permitirse, viajes a Las Vegas en los que ambos gastaban dinero a mansalva… La arrogancia engendra estupidez. Es un axioma que se pierde en la noche de los tiempos. —Recogió la hoja de papel—. Te aseguro que, cuando la investigación llegue al Senado, no sólo caerá Halliday; caerán también todos los que le rodean.

Cruzó los brazos.

—Francamente, no me apetece que se desencadene un escándalo de esas proporciones. Sólo ayudaría a nuestros enemigos exteriores. —Cogió una gamba—. Pero esta vez el secretario se ha pasado de la raya. Se cree que puede hacer lo que se le antoje, incluso sancionar un asesinato sirviéndose de hombres que trabajan para nuestro Gobierno.

Se detuvo un momento para dejar que sus palabras calaran. Cuando el zar de espionaje del Pentágono le miró a los ojos, añadió:

—Se acabó. No puedo pasar por alto un acto tan desleal y tan temerario. Y creo que tú tampoco.

Muta ibn Aziz contemplaba, absorto en sus cavilaciones, el fulgor negro azulado del cielo más allá de la ventanilla de plexiglás del avión. Allá abajo se extendía la piel tersa del mar Caspio, tapada de vez en cuando por jirones de nubes del color de las alas de una gaviota.

Él habitaba un oscuro rincón de Duyya y cumplía la humillante tarea de correveidile mientras su hermano disfrutaba del favor de Fadi y se solazaba en su luz. Y todo por culpa de lo ocurrido en Odesa, de la mentira que habían contado a Fadi y a Karim y a la que Abbud le había prohibido poner remedio. Decía que debía guardar silencio por el bien de Fadi, pero al contemplar la situación con distancia Muta ibn Aziz se daba cuenta de que aquello no era más que otra mentira tejida por su hermano. Si Abbud se empeñaba en ocultar la verdad sobre la muerte de Sarah ibn Ashef, era únicamente por su propio bien, para consolidar su poder dentro de Duyya.

Muta se irguió y vio aparecer una oscura mancha de tierra. Miró su reloj. Justo a tiempo. Poniéndose en pie, se estiró y vaciló un momento. Pensó en el hombre que pilotaba el avión. Sabía que no era el verdadero piloto: no le había hecho la señal convenida al salir del bosque. ¿Quién era entonces? Un agente de la CIA, desde luego. Jason Bourne, probablemente. Sin embargo, tres horas antes había recibido en el móvil un mensaje de texto informándole de que Bourne había muerto, según un testigo presencial y el rastreador electrónico, que ahora su cuerpo yacía en el fondo del mar Negro.

Pero ¿y si el testigo presencial mentía? ¿Y si Bourne había descubierto el dispositivo de seguimiento y lo había arrojado al mar? ¿Quién podía ser el piloto sino Jason Bourne, el Camaleón?

Avanzó por el pasillo central, hasta la cabina de mando. El piloto mantuvo la mirada fija en las rectas filas de instrumentos que tenía delante.

—Estamos llegando al espacio aéreo de Irán —anunció Muta—. Éste es el código que tienes que enviar por radio.

Bourne asintió.

Muta se quedó allí, con las piernas ligeramente separadas, mirándole la nuca. Sacó su Korovin TK.

—Transmite el código —ordenó.

Bourne no le hizo caso. Siguió pilotando el avión hacia el espacio aéreo de Irán.

Muta ibn Aziz dio un paso adelante, le puso el cañón de la Korovin en la base del cráneo.

—Transmite el código inmediatamente.

—¿O qué? —preguntó Bourne—. ¿Me pegarás un tiro? ¿Sabes pilotar un Sovereign?

Muta no sabía, claro: por eso había subido a bordo con el impostor. Justo en ese instante la radio emitió un chirrido.

Una voz atenuada por la transmisión electrónica dijo en farsi:

—Salām aleikom. Esmetān chī st?

Bourne cogió el micro.

Salām aleikom —respondió.

Esmetān chī st? —preguntó la voz. ¿Su nombre?

—¿Estás loco? —preguntó Muta—. Dale el código de una vez.

Esmetān chī st! —repitió la voz de la radio. Ya no era una pregunta—. Esmetān chī st! —Era una orden.

Muta temblaba de rabia y terror.

—¡Dales el código, maldita sea, o nos borran del mapa!