Libro primero
1
—¿Cuándo empezaron a asaltarle esos recuerdos, señor Bourne? —preguntó el doctor Sunderland.
Incapaz de estarse quieto, Jason Bourne se paseaba por la cómoda y acogedora habitación, más parecida al despacho de una casa que a la consulta de un médico. Paredes pintadas de color crema, revestimiento de caoba, un rancio escritorio de madera oscura con las patas rematadas por garras, dos sillas y un pequeño sofá. Detrás del escritorio del doctor Sunderland, cubrían la pared sus muchos diplomas y una impresionante hilera de premios internacionales por la creación de protocolos terapéuticos tanto en el campo de la psicología como en el de la psicofarmacología, relacionados todos ellos con su especialidad: la memoria. Bourne los observó atentamente, y luego vio la foto en un marco de madera, sobre la mesa del doctor.
—¿Cómo se llama? —dijo Bourne—. Su esposa.
—Katya —dijo el doctor Sunderland tras un leve titubeo.
Los psiquiatras siempre se resistían a dar cualquier información personal sobre sí mismos o sus familias. Pero en este caso…, pensó Bourne.
Katya estaba enfundada en un traje de esquí. Llevaba en la cabeza un gorro de lana de rayas, con un pompón en la coronilla. Era rubia y muy guapa. Había algo en ella que daba la impresión de que se sentía a gusto delante de la cámara. Sonreía al objetivo, con el sol en los ojos. Las arrugas de las comisuras de sus ojos la hacían parecer singularmente vulnerable.
Bourne sintió aflorar las lágrimas. En otro tiempo habría pensado que eran las lágrimas de David Webb. Pero aquellas dos personalidades en conflicto (David Webb y Jason Bourne, el día y la noche de su espíritu) se habían fundido por fin. Si bien David Webb, antaño profesor de lingüística de la Universidad de Georgetown, se sumía cada vez más en las sombras, también era cierto que había logrado suavizar las tendencias más paranoicas y antisociales de Bourne, quien no podía vivir en la normalidad del mundo de Webb, del mismo modo que Webb no podía sobrevivir en el feroz y opaco mundo de Bourne.
La voz del doctor Sunderland se introdujo en sus pensamientos.
—Siéntese, por favor, señor Bourne.
El interpelado así lo hizo. Era en cierto modo un alivio olvidarse de la foto.
El rostro del doctor adoptó una expresión de compasión sincera.
—Esos recuerdos, señor Bourne, empezaron, imagino, tras la muerte de su esposa. Un trauma de ese calibre habrá…
—No, no fue entonces —se apresuró a decir Bourne. Pero era mentira. Las esquirlas de aquellos recuerdos habían aflorado la noche en que vio a Marie. Le despertaron bruscamente: pesadillas palpables, incluso al resplandor de las luces que encendió entonces.
Sangre. Sangre en las manos, sangre cubriéndole el pecho. Sangre en la cara de la mujer que lleva en brazos. ¡Marie! No, no es Marie. Es otra, la suave línea de su cuello blanco entre los regueros de sangre. Su vida se derrama sobre él, gotea sobre el empedrado de la calle mientras corre. Atraviesa jadeando la noche helada. ¿Dónde está? ¿Por qué corre? Santo cielo, ¿quién es ella?
Se levantó y, aunque era de madrugada, se vistió y salió a correr con todas sus fuerzas por la campiña canadiense, hasta que empezó a dolerle el costado. La luna blanca como un hueso le seguía, lo mismo que las astillas ensangrentadas de aquellos recuerdos. No pudo dejarlas atrás.
Ahora estaba mintiendo a aquel médico. ¿Y por qué no? No se fiaba de él, a pesar de que se lo había recomendado su amigo Martin Lindros, el subdirector de la CIA. Lindros había sacado el nombre de Sunderland de una lista que le había proporcionado la oficina del director. No hizo falta que Bourne se lo preguntara: para verificar su hipótesis, le bastó con ver el nombre de Anne Held en el margen inferior de cada página. Anne Held era la ayudante del director, su férrea mano derecha.
—¿Señor Bourne? —insistió el doctor Sunderland.
No sirvió de nada. Veía la cara de Marie, pálida y sin vida, sentía la presencia de Lindros a su lado mientras escuchaba el inglés con acento francófono del forense canadiense:
—La neumonía vírica se había extendido demasiado, no pudimos salvarla. Consuélese pensando que no sufrió. Se quedó dormida y no se despertó. —El forense apartó la mirada de la muerta para fijarla en su desolado marido y en el amigo de éste—. Si hubiera vuelto antes de esquiar…
Bourne se mordió el labio.
—Estaba cuidando de nuestros hijos. Jamie se había torcido un tobillo en el último descenso. Alison estaba muy asustada.
—¿No buscó un médico? Suponga que el tobillo hubiera estado dislocado… o roto.
—Usted no lo entiende. Mi mujer… toda su familia es de campo, son rancheros, gente recia. Marie estaba acostumbrada a valerse sola en el monte desde muy pequeña. No le daba ningún miedo.
—A veces —dijo el forense—, es bueno tener un poco de miedo.
—¡Usted no tiene derecho a juzgarla! —gritó Bourne, dolorido y rabioso.
—Pasa usted demasiado tiempo con los muertos —le dijo Lindros al forense en tono de reproche—. Tiene que mejorar sus habilidades sociales.
—Les pido disculpas.
Bourne contuvo el aliento y, volviéndose hacia Lindros, dijo:
—Me llamó por teléfono, pensaba que sólo era un resfriado.
—Una conclusión muy natural —dijo su amigo—. En todo caso, es evidente que estaba pensando en sus hijos.
—Entonces, señor Bourne, ¿cuándo empezaron esos fogonazos de recuerdos?
Había una clara nota de acento rumano en el inglés del doctor Sunderland. Con su frente ancha y despejada, su robusta mandíbula y su nariz prominente, Sunderland era un hombre en el que uno podía confiar fácilmente, un hombre al que confesarse. Llevaba gafas de montura metálica y el pelo engominado y peinado hacia atrás con un estilo extrañamente anticuado. No tenía PDA, ni enviaba mensajes de texto. Sobre todo, no hada varias cosas a la vez. Vestía un terno de grueso tweed escocés y pajarita de lunares blanca y roja.
—Vamos, vamos. —El doctor Sunderland inclinó su gran cabeza, que le daba el aspecto de un búho—. Perdone, pero tengo la impresión de que está… ¿Cómo lo diría…?, ocultando la verdad.
Bourne se puso alerta de inmediato.
—¿Ocultando…?
El doctor Sunderland sacó una bonita cartera de piel de cocodrilo y extrajo de ella un billete de cien dólares. Mostrándoselo, dijo:
—Le apuesto algo a que esos recuerdos comenzaron justo después de que enterrara a su esposa. Claro que la apuesta quedará invalidada si decide usted no decir la verdad.
—¿Qué es usted, un detector de mentiras humano?
El doctor Sunderland guardó silencio prudentemente.
—Guárdese su dinero —dijo Bourne por fin. Suspiró—. Tiene razón, claro. Los recuerdos comenzaron el día en que vi a Marie por última vez.
—¿Qué forma tomaron?
Bourne titubeó.
—La estaba mirando… en el tanatorio. Su hermana y su padre ya la habían identificado y habían ordenado que la trasladaran desde el depósito. La miré y… no la vi…
—¿Qué vio, señor Bourne? —La voz del doctor Sunderland sonaba suave, distante.
—Sangre. Vi sangre.
—¿Y?
—Pues que no había sangre. No había nada de sangre. Eran recuerdos que afloraban… sin avisar…, sin…
—Así es como sucede siempre, ¿verdad?
Bourne asintió.
—La sangre… era fresca, brillaba, parecía azulada por la luz de las farolas. Cubría aquella cara…
—¿Qué cara?
—No sé… La de una mujer…, pero no era Marie. Era… otra.
—¿Puede describirla? —preguntó el doctor Sunderland.
—Eso es lo curioso. Que no puedo. No sé quién… Y, sin embargo, la conozco. Sé que la conozco.
Se hizo un breve silencio, en el que el doctor Sunderland intercaló otra pregunta aparentemente incoherente.
—Dígame, señor Bourne, ¿qué día es hoy?
—Mis problemas de memoria no son de ese tipo.
El doctor Sunderland inclinó la cabeza.
—Conteste, hágame ese favor.
—Martes, tres de febrero.
—Han pasado cuatro meses desde el funeral, desde que comenzaron sus problemas de memoria. ¿Por qué ha esperado tanto tiempo para buscar ayuda?
Se hizo otra vez el silencio durante un rato.
—La semana pasada ocurrió una cosa —dijo Bourne por fin—. Vi… vi a un viejo amigo mío. —Alex Conklin, paseando por el casco viejo de Alexandría, donde había llevado a Jamie y Alison de excursión, la última que haría con ellos en mucho tiempo. Acababan de salir de una heladería, los niños cargados de helados de cucurucho, y allí estaba Conklin en persona. Alex Conklin: su mentor, el cerebro que se ocultaba tras la identidad de Jason Bourne. Sin Conklin, era imposible imaginar dónde estaría hoy.
El doctor Sunderland ladeó la cabeza.
—No entiendo.
—Ese amigo murió hace tres años.
—Pero usted le vio.
Bourne asintió con un gesto.
—Le llamé por su nombre y, cuando se volvió, llevaba algo en los brazos. O, mejor dicho, a alguien. A una mujer. A una mujer cubierta de sangre.
—A la suya.
—Sí. En ese momento pensé que estaba perdiendo la cabeza.
Fue entonces cuando decidió mandar fuera a los niños. Alison y Jamie estaban con la hermana y el padre de Marie en Canadá, donde la familia tenía su enorme rancho. Era lo mejor para ellos, aunque Bourne los echara terriblemente de menos. No les haría ningún bien verle así.
¿Cuántas veces, desde entonces, había soñado con los instantes que más temía? Ver la cara pálida de Marie, recoger sus efectos personales en el hospital, hallarse en la sala en penumbra del tanatorio con el director a su lado, mirando el cuerpo de Marie, su cara inmóvil, como de cera, maquillada como ella jamás se habría maquillado. Se había inclinado sobre ella, había alargado la mano y el director le había ofrecido un pañuelo que Bourne había usado para quitarle el carmín y el colorete de la cara. Luego la había besado, y el frío de sus labios le había atravesado como una corriente eléctrica. Está muerta, está muerta. Ya está, mi vida con ella ha acabado. Dejando escapar un suave gemido, había bajado la tapa del ataúd. Después se había vuelto hacia el director de la funeraria y le había dicho:
—He cambiado de idea. No quiero que el ataúd esté abierto. No quiero que nadie la vea así, y menos los niños.
—Aun así, siguió a su amigo —insistió el doctor Sunderland—. Es realmente fascinante. Teniendo en cuenta su historial, su amnesia, el trauma de la muerte de su esposa tuvo que desencadenar un recuerdo concreto. ¿Se le ocurre qué relación puede haber entre su difunto amigo y la mujer cubierta de sangre?
—No. —Pero era mentira, claro. Bourne sospechaba que estaba reviviendo una antigua misión: una a la que le mandó Alex Conklin años atrás.
El facultativo juntó las puntas de los dedos de ambas manos.
—Esos recuerdos fragmentarios puede desencadenarlos cualquier cosa, siempre y cuando sea lo bastante vívida: algo que vea, que huela o toque, como si aflorara un sueño. Sólo que para usted esos sueños son reales. Son sus recuerdos; ocurrieron de verdad. —Cogió una pluma estilográfica de oro—. No hay duda de que un trauma como el que ha sufrido ocuparía el primer lugar de esa lista. Y luego creer que ha visto a alguien a quien sabe muerto… No es de extrañar que esos recuerdos repentinos se hayan vuelto más numerosos.
Cierto, pero el aumento de esos episodios hacía mucho más insoportable su estado mental. Esa tarde, en Georgetown, había dejado solos a sus hijos. Fue solamente un momento, pero… Había quedado horrorizado. Todavía lo estaba.
Marie había muerto en un momento absurdo y terrible. Y ahora no era sólo su recuerdo el que le atormentaba, sino también el de esas calles antiguas y silenciosas que le miraban con malicia, calles conocedoras de cosas que él ignoraba, que sabían algo de él, algo que él ni siquiera podía adivinar. Sus pesadillas eran así: los recuerdos llegaban como fogonazos y él acababa bañado en sudor frío. Se quedaba tumbado en la oscuridad, convencido de que no volvería a dormirse. Inevitablemente, se dormía: caía en un sueño pesado, casi narcótico. Y cuando salía de aquel abismo se daba la vuelta, todavía entre las garras del sueño, y buscaba, como siempre, el cuerpo cálido y delicioso de Marie. Entonces todo volvía a golpearle como un mazazo, como si un tren de carga le diera de lleno en el pecho.
Marie está muerta. Muerta, se ha ido para siempre…
El ruido seco y rítmico que hacía el doctor Sunderland al escribir en su cuaderno sacó a Bourne de su oscuro trance.
—Esos recuerdos fragmentarios me están volviendo literalmente loco.
—No me sorprende. Su deseo de descubrir su pasado se ha vuelto agobiante. Algunos lo tildarían incluso de obsesivo. Yo lo haría, ciertamente. A menudo, las obsesiones privan a quienes las sufren de la capacidad de llevar lo que podríamos llamar una vida normal, aunque detesto esa expresión y la uso muy raramente. En todo caso, creo que puedo ayudarle.
El doctor Sunderland extendió sus manos, que eran largas y callosas.
—Permítame empezar por explicarle de qué índole es ese trastorno suyo. Los recuerdos se crean cuando los impulsos eléctricos hacen que las sinapsis del cerebro liberen neurotransmisores, de modo que es, digamos, como si las sinapsis dispararan. Esto crea una memoria temporal. Para que se haga permanente, debe darse un proceso llamado consolidación. No le aburriré explicándoselo con detalle. Baste decir que la consolidación requiere la síntesis de nuevas proteínas, de ahí que tarde varias horas en producirse. El proceso puede quedar bloqueado por el camino, o verse alterado por diversos motivos: un trauma grave, por ejemplo, o la pérdida de la conciencia. Eso fue lo que le pasó a usted. Mientras estaba inconsciente, su actividad cerebral anormal convirtió sus recuerdos permanentes en recuerdos temporales. Las proteínas que crean los recuerdos temporales se degradan muy rápidamente. Pasadas unas horas, o incluso unos minutos, esos recuerdos temporales desaparecen.
—Pero mis recuerdos afloran de vez en cuando.
—Eso es porque un trauma físico o emocional, o una mezcla de ambos, puede inundar muy rápidamente ciertas sinapsis con neurotransmisores, resucitando así, digamos, recuerdos previamente perdidos.
El doctor Sunderland sonrió.
—Todo esto es para ponerle sobre aviso. La idea del borrado total de los recuerdos sigue siendo cosa de ciencia ficción, aunque se esté más cerca que nunca de lograrlo. Sin embargo, tengo a mi disposición los procedimientos más novedosos y le aseguro que puedo conseguir que sus recuerdos vuelvan a aflorar por completo. Pero debe concederme dos semanas.
—Le estoy concediendo el día de hoy, doctor.
—Le recomiendo encarecidamente que…
—Hoy —dijo Bourne con más firmeza.
El doctor Sunderland estuvo observándole un rato pensativamente mientras se daba golpecitos con la pluma de oro en el labio inferior.
—Dadas las circunstancias…, creo que puedo suprimir ese recuerdo. Que no es lo mismo que borrarlo.
—Entiendo.
—Muy bien. —El doctor Sunderland se dio unas palmadas en los muslos—. Pase a la sala de reconocimiento y haré lo que pueda por ayudarle. —Levantó un largo dedo con aire de advertencia—. Supongo que no es necesario que le recuerde que la memoria es un animalillo terriblemente escurridizo.
—No, no es necesario en absoluto —dijo Bourne al tiempo que otro pálpito apenas vislumbrado se abría paso serpenteando dentro de él.
—Entonces, comprende usted que no hay garantías. Existen grandes probabilidades de que mi método funcione, pero por cuánto tiempo… —Se encogió de hombros.
Bourne asintió al levantarse y siguió al doctor Sunderland a la habitación contigua. Era algo más grande que la sala de consulta. El suelo era de linóleo moteado, como solía serlo en las consultas médicas, y junto a las paredes se alineaban, además de una encimera, diversos armarios e instrumentos de acero inoxidable. En un rincón había un pequeño lavabo bajo el cual se veía un recipiente de plástico rojo con la etiqueta «Residuos tóxicos» pegada en un lugar bien visible. El centro de la habitación estaba ocupado por lo que parecía ser un sillón de dentista singularmente mullido y futurista. Varios brazos articulados colgaban del techo, formando un estrecho círculo a su alrededor. Había también dos aparatos médicos de origen desconocido colocados sobre sendos carritos con ruedas de plástico. En conjunto, la sala tenía la apariencia eficiente y aséptica de un quirófano.
Bourne se sentó y esperó mientras el doctor Sunderland ajustaba a su gusto la altura y la inclinación del asiento. Luego adhirió las terminales de ocho sondas de uno de los carritos con ruedas en distintas zonas de la cabeza de Bourne.
—Voy a hacer dos lecturas de sus ondas cerebrales, una estando usted consciente y otra estando inconsciente. Es de suma importancia que pueda evaluar su actividad neuronal en ambos estados.
—¿Y luego qué?
—Eso depende de lo que encuentre —contestó el doctor Sunderland—. Pero el tratamiento incluirá la estimulación de ciertas sinapsis cerebrales con proteínas complejas específicas. —Bajó la mirada hacia Bourne—. Verá, la clave es la miniaturización. Ésa es una de mis especialidades. No se puede trabajar con proteínas, a ese nivel tan minúsculo, si no se es un experto en miniaturización. ¿Ha oído hablar de la nanotecnología?
Bourne le dio a entender con un gesto que sí.
—Instrumentos electrónicos fabricados a tamaño microscópico. Ordenadores diminutos, en realidad.
—Exacto. —Al doctor Sunderland le brillaron los ojos. Parecía muy satisfecho con la amplitud de conocimientos de su paciente—. Esas proteínas complejas, esos neurotransmisores, actúan igual que nanocircuitos, uniendo sinapsis y fortaleciéndolas en las zonas del cerebro a las que yo las dirija, con el fin de bloquear recuerdos o de crearlos.
De pronto, Bourne se arrancó los cables, se levantó y salió del despacho sin decir palabra. Cuando cruzó el vestíbulo a medio correr, sus zapatos repicaron suavemente sobre el suelo de mármol, como si le persiguiera un animal de múltiples patas. ¿Qué estaba haciendo, cómo se le ocurría permitir que alguien jugara con su cerebro?
Las puertas de los dos aseos estaban contiguas. Abrió de golpe la puerta en la que decía «CABALLEROS», entró apresuradamente y apoyó los brazos rígidos a ambos lados del lavabo de gres blanco. Allí, en el espejo, estaba su cara pálida y fantasmal. Vio reflejados tras él los azulejos, tan parecidos a los del tanatorio. Vio a Marie tendida, inmóvil, con las manos cruzadas sobre su plano vientre de atleta. Parecía flotar en una balsa, en un río cuyas aguas la alejaban velozmente de él.
Pegó la frente al espejo. Se abrieron las compuertas, los ojos se le inundaron y las lágrimas corrieron libremente por sus mejillas. Se acordaba de Marie tal y como era, con el pelo flotando al viento y la piel de la nuca como satén; hundiendo los brazos fuertes y morenos en el agua turbulenta cuando descendieron en canoa por el rio Snake, mientras el ancho cielo del oeste se reflejaba en sus ojos; con su vestido de tirantes negros bajo un abrigo de vellón canadiense, el día en que le pidió que se casara con él, mientras cruzaban cogidos de la mano los impávidos patios de granito de la Universidad de Georgetown, camino de una fiesta navideña; el día de su boda, el sol deslizándose tras los picos aserrados y cubiertos de nieve de las Rocosas canadienses, las manos entrelazadas con sus flamantes anillos, los labios unidos, el corazón de ambos latiendo al unísono. Se acordó de cuando dio a luz a Alison. Estaba sentada ante la máquina de coser, dos días antes de Halloween, haciendo un disfraz de pirata para Jamie, cuando rompió aguas. El parto fue largo y difícil. Al final, empezó a sangrar. Estuvo a punto de perderla entonces, y se aferró a ella con todas sus fuerzas, angustiado porque fuera a dejarle. Ahora la había perdido para siempre.
Se descubrió sollozando, incapaz de parar.
Y entonces, como una aparición llegada para atormentarle, la cara ensangrentada de aquella desconocida volvió a surgir del abismo de su memoria para tapar el recuerdo de su amada Marie. La sangre goteaba. Sus ojos le miraban sin ver. ¿Qué era lo que quería? ¿Por qué le perseguía? Se apretó las sienes con desesperación y gimió. Deseaba con toda su alma salir de aquel piso, de aquel edificio, pero sabía que no podía hacerlo. Así no, no mientras su propio cerebro siguiera atacándole.
El doctor Sunderland le estaba esperando en su despacho con los labios fruncidos, paciente como una roca.
—¿Ya?
Bourne respiró hondo y asintió inclinando la cabeza. Aquella cara ensangrentada obstruía aún sus sentidos.
—Adelante.
Se sentó en el sillón y el doctor volvió a pegarle los cables. Pulsó un interruptor del carrito móvil y empezó a manipular diales, algunos rápidamente, otros despacio, casi con cautela.
—No se ponga nervioso —le dijo suavemente—. No va a notar nada.
Bourne no notó nada, en efecto.
Cuando se dio por satisfecho, el doctor Sunderland pulsó otro interruptor y una hoja de papel continuo, muy parecida a la de un electroencefalograma, comenzó a salir por la ranura. El doctor observó el gráfico de las ondas cerebrales de Bourne.
No tomó notas, pero asintió para sí mismo, el ceño fruncido como un nubarrón que auguraba tormenta. Bourne no sabía si aquello era buena o mala señal.
—Muy bien —dijo el doctor Sunderland al fin. Apagó la máquina, apartó el carrito y lo sustituyó por el otro.
Cogió una jeringuilla de una bandeja colocada sobre su reluciente superficie metálica. Bourne vio que ya estaba cargada con un líquido transparente.
El doctor Sunderland se volvió hacia él.
—El pinchazo no va a dejarle por completo inconsciente, sólo le sumirá en un sueño profundo. Ondas delta, las más lentas del cerebro. —Respondiendo a un diestro movimiento de su pulgar, del extremo de la aguja salió un poco de líquido—. Tengo que ver si hay alguna interrupción anormal en el patrón de sus ondas delta.
Bourne asintió, y se despertó como si no hubiera pasado el tiempo.
—¿Cómo se siente? —preguntó el doctor Sunderland.
—Mejor, creo —dijo Bourne.
—Bien. —El doctor le mostró una hoja impresa—. Como sospechaba, el gráfico de sus ondas delta muestra una anomalía. —Señaló con el dedo—. Aquí, ¿lo ve? Y también aquí. —Le pasó otra hoja—. Aquí tiene el gráfico de sus ondas delta después del tratamiento. La anomalía ha disminuido notablemente. Basándonos en el resultado de las pruebas, es razonable pensar que esos recuerdos repentinos habrán desaparecido por completo dentro de unos diez días, más o menos. Aunque he de advertirle que cabe la posibilidad de que empeoren durante las próximas cuarenta y ocho horas, el tiempo que tardarán sus sinapsis en acostumbrarse al tratamiento.
El corto atardecer invernal se precipitaba hacia la noche cuando Bourne salió de la consulta del doctor en un enorme edificio de piedra caliza y estilo neogriego de la calle K. El viento helado del Potomac, con olor a fósforo y podredumbre, azotaba los faldones del abrigo alrededor de sus piernas.
Al volverse para esquivar un áspero torbellino de polvo y tierra, se vio reflejado en el escaparate de una floristería, detrás de cuyo cristal se exhibía un colorido ramo de flores, muy parecidas a las del funeral de Marie.
Luego, justo a su derecha, la puerta de la floristería se abrió y salió una mujer que llevaba en brazos un ramo envuelto en papel de regalo. Bourne notó un olor a… ¿Qué era aquel perfume que desprendía el ramo? Gardenias, eso eran. Un ramo de gardenias cuidadosamente envuelto contra el frío invernal.
De pronto, en su imaginación, llevaba en brazos a aquella mujer de su pasado ignoto y sentía su sangre cálida y palpitante en los brazos. Era más joven de lo que había creído, tenía poco más de veinte años. Sus labios se movieron, y un escalofrío recorrió la espalda de Bourne. ¡Todavía estaba viva! Sus ojos buscaron los suyos. La sangre escapaba de su boca entreabierta. Y las palabras, anegadas, se distorsionaban. Bourne se esforzaba por oírla. ¿Qué estaba diciendo? ¿Intentaba decirle algo? ¿Quién era?
Con otra ráfaga de viento arenoso regresó al frío atardecer de Washington. Aquella horrible imagen se había desvanecido. ¿Era el olor de las gardenias lo que la había hecho aflorar de su interior? ¿Había alguna relación?
Dio media vuelta, dispuesto a regresar a la consulta, a pesar de que el doctor Sunderland le había advertido que quizás aquellas visiones siguieran atormentándole a corto plazo. Sonó su teléfono móvil. Pensó un momento en ignorar la llamada. Luego abrió el teléfono y se lo acercó al oído.
Le sorprendió descubrir que era Anne Held, la ayudante del director de la CIA. Se formó una imagen mental de una morena alta y delgada, de unos veinticinco años, facciones clásicas, labios de pitiminí y gélidos ojos grises.
—Hola, señor Bourne. El director desea verle. —Tenía acento centroatlántico: a medio camino entre Gran Bretaña, donde había nacido, y Estados Unidos, su país de adopción.
—No me apetece verle —respondió Bourne con frialdad.
Anne Held suspiró, armándose claramente de valor.
—Señor Bourne, aparte del propio Martin Lindros, nadie conoce mejor que yo su hostilidad hacia el Viejo y hacia la CIA en general. Y bien sabe Dios que tiene motivos de sobra: le han utilizado incontables veces como tapadera, y luego se aseguraron de que cortara todo vínculo con ellos. Pero esta vez tiene que venir.
—Es usted muy elocuente. Pero ni toda la elocuencia del mundo conseguiría hacerme cambiar de opinión. Si el director de la CIA tiene algo que decirme, que lo haga a través de Martin.
—Es de Martin Lindros de quien necesita hablarle el director.
Bourne se dio cuenta de que apretaba el teléfono con todas sus fuerzas. Su voz sonó fría como el hielo cuando preguntó:
—¿Qué pasa con Martin?
—Ésa es la cuestión. No lo sé. Nadie lo sabe, excepto el Viejo. Lleva encerrado en Comunicaciones desde antes de comer. Ni siquiera yo le he visto. Me llamó hace tres minutos para ordenarme que le hiciera venir.
—¿Eso dijo?
—Sus palabras exactas fueron: «Sé lo unidos que están Bourne y Lindros. Por eso le necesito». Señor Bourne, se lo ruego, venga. Tenemos un Código Mesa.
«Código Mesa» era como llamaban en la CIA a una emergencia de Nivel Uno.
Mientras esperaba el taxi que había pedido, Bourne tuvo tiempo de pensar en Martin Lindros.
¿Cuántas veces, a lo largo de los tres años anteriores, había hablado con Martin del doloroso asunto de su amnesia? Con Lindros, el subdirector de la CIA, el confidente más improbable. ¿Quién habría imaginado que acabarían siendo amigos? Bourne no, desde luego: hacía casi tres años, cuando Lindros se presentó en el despacho que Webb tenía en la facultad, sus sospechas y su paranoia volvieron a primer plano. Se convenció de que Lindros estaba allí para intentar reclutarle de nuevo como agente de la CIA. No era una idea tan descabellada. A fin de cuentas, Lindros estaba utilizando su poder recién adquirido para remodelar la CIA y convertirla en una organización más ligera y transparente, con la experiencia necesaria para afrontar el peligro planetario que suponía el fundamentalismo islámico radical.
Un cambio semejante habría sido impensable cinco años antes, cuando el Viejo gobernaba la agencia con mano de hierro. Pero ahora el director era un viejo de verdad: de facto, no sólo de nombre. Se decía que estaba perdiendo facultades; que había llegado el momento de que se retirara honorablemente, antes de que le despidieran. Bourne deseaba que así fuera, pero era probable que aquel rumor lo hubiera puesto en circulación el propio Viejo para hacer salir a los enemigos que sabía escondidos entre la maleza del cinturón de carreteras que rodeaba Washington. Aquel viejo cabrón era muy astuto, y estaba mejor relacionado con la red de amiguismos que formaba los cimientos de Washington que cualquier otra persona que Bourne hubiera conocido.
El taxi rojo y blanco se detuvo junto a la acera; Bourne subió y dio la dirección al conductor. Cuando se hubo acomodado en el asiento trasero, volvió a sumirse en sus pensamientos.
Para su sorpresa, el asunto del reclutamiento no se mencionó. Durante la cena, Bourne empezó a ver a Lindros de un modo totalmente distinto a como le había conocido durante el tiempo que estuvieron juntos en activo. El mismo hecho de querer cambiar la CIA desde dentro le había convertido en un solitario dentro de la organización. Contaba con la confianza absoluta e inamovible del Viejo, que veía en él una especie de versión rejuvenecida de sí mismo, pero el jefe de los siete directorios también le temía porque Lindros tenía el futuro de la organización en la palma de su mano.
Lindros tenía una novia llamada Moira. Aparte de eso, no se le conocía ninguna otra relación. Y sentía especial empatía por la situación de Bourne.
—Tú no recuerdas tu vida —le dijo la primera de las muchas veces que hablaron—. Yo no tengo vida que recordar.
Quizá lo que los atraía inconscientemente fuera el daño profundo y permanente que habían sufrido ambos. De sus carencias compartidas surgieron la amistad y la confianza.
Por fin, hacía una semana, Bourne pidió la baja médica en Georgetown. Llamó a Lindros, pero su amigo no estaba disponible. Nadie quiso decirle dónde estaba. Echaba de menos el análisis lógico y cuidadoso que Lindros hacía de su estado mental, cada vez menos racional. Y ahora su amigo se hallaba en el centro de un misterio que había hecho que la CIA, en estado de emergencia, se cerrara a cal y canto.
Nada más recibir confirmación de que, en efecto, Jason Bourne había salido del edificio, Costin Veintrop (el hombre que se hacía llamar doctor Sunderland) recogió rápidamente su equipo y lo guardó con esmero en el bolsillo exterior acolchado de un maletín de cuero negro. Sacó a continuación un ordenador portátil de uno de los dos compartimentos principales del maletín y lo encendió. No era un ordenador corriente; lo había adaptado el propio Veintrop, que, aparte de estudiar la memoria humana, era un experto en miniaturización. Enchufó una cámara digital de alta definición al puerto firewire y abrió cuatro fotografías ampliadas de la sala del laboratorio tomadas desde distintos ángulos. Comparándolas con el escenario que tenía delante, se aseguró de que todo estuviera tal y como lo había encontrado al entrar en el despacho quince minutos antes de que llegara Bourne. Hecho esto, apagó las luces y entró en la sala de consulta.
Recogió las fotografías que había colocado allí, deteniéndose un momento a mirar a la mujer a la que había identificado como su esposa. Era, en efecto, Katya, su Katya, su esposa báltica. Su candorosa sinceridad le había ayudado a venderse ante Bourne. Veintrop era hombre que creía en la verosimilitud. Por eso había usado la fotografía de su mujer y no la de una desconocida. Cuando hacía suya una leyenda (cuando asumía una nueva identidad), le parecía de vital importancia mezclar en ella fragmentos de cosas en las que creía. Sobre todo, tratándose de un hombre con la experiencia de Jason Bourne. En todo caso, la foto de Katya había surtido el efecto deseado sobre Bourne. Pero, por desgracia, también había servido para recordarle a Veintrop dónde estaba Katya y por qué no podía verla. Sus dedos se cerraron un momento, con tanta fuerza que se le transparentaron los nudillos.
Se espabiló bruscamente. Ya estaba bien de mórbida autocompasión; tenía cosas que hacer. Colocó el ordenador en una esquina de la mesa del verdadero doctor Sunderland y abrió las fotografías ampliadas que había hecho de la habitación. Al igual que un momento antes, las estudió con sumo cuidado para asegurarse de que todo estuviera tal y como lo había encontrado. Era esencial que no quedara ni rastro de su paso por allí.
Sonó su teléfono móvil GSM cuatribanda y se lo acercó al oído.
—Ya está —dijo en rumano. Podría haber empleado el árabe, la lengua materna de su jefe, pero ambos habían decidido que sería menos molesto usar el rumano.
—¿Satisfecho? —Era una voz distinta, algo más grave y áspera que la voz atractiva e imperiosa del hombre que le había contratado, una voz perteneciente a alguien acostumbrado a exhortar a seguidores rabiosos.
—Sí, desde luego. He afinado y perfeccionado el procedimiento con los sujetos de estudio que me proporcionaron. Todo lo que contrataron está colocado en su sitio.
—Pronto lo comprobaremos. —Un leve y soterrado tono de ansiedad agriaba la nota de impaciencia dominante.
—Tenga fe, amigo mío —dijo Veintrop, y cortó la comunicación.
Volviendo a su tarea, recogió el ordenador, la cámara digital y el conector firewire y acto seguido se puso el abrigo de tweed y el sombrero de fieltro. Con el maletín en una mano, miró a su alrededor por última vez con rigurosa minuciosidad. En el trabajo altamente especializado que hacía no había sitio para el error.
Satisfecho, pulsó el interruptor de la luz y salió de la oficina en perfecta oscuridad. En el pasillo miró su reloj: eran las 16:46. Llevaba tres minutos de retraso, pero seguía dentro del marco temporal que le había concedido su jefe. Era martes, 3 de febrero, tal y como había dicho Bourne. Los martes, el doctor Sunderland no tenía consulta.