3
Lerner condujo a Bourne fuera de la suite del director, por el pasillo, hasta su despacho. Se sentó detrás de su mesa. Al darse cuenta de que Bourne prefería quedarse de pie, se recostó en el asiento.
—Lo que me dispongo a decirle no puede salir de esta habitación bajo ningún concepto. El Viejo ha nombrado a Martin director de una agencia de operaciones secretas cuyo nombre en clave es Tifón, encargada exclusivamente de la lucha contra grupos terroristas del integrismo islámico.
Bourne recordaba que Tifón era un nombre sacado de la mitología griega: el de las cien cabezas, el temible padre de la mortífera Hidra.
—Ya tenemos un Centro Contraterrorista.
—En CCT no saben nada de Tifón —dijo Lerner—. De hecho, dentro de la propia CIA sólo lo saben los absolutamente imprescindibles.
—Entonces Tifón es una operación doblemente secreta.
Lerner asintió.
—Sé lo que está pensando: que no había algo así desde la operación Treadstone. Pero hay razones de peso. Ciertos aspectos de Tifón son, digamos, extremadamente polémicos en lo que respecta a poderosos elementos reaccionarios dentro de la administración y el Congreso.
Frunció los labios.
—Iré al grano. Lindros ha levantado Tifón desde los cimientos. No es una división, es una agencia en sí misma. Él se empeñó en prescindir de ataduras burocráticas. Es, además, de ámbito mundial por necesidad: Lindros ya tiene gente en Londres, París, Estambul, Dubái, Arabia Saudí, y en tres lugares del Cuerno de África. Y tiene intención de infiltrar a sus agentes en células terroristas a fin de destruir sus redes desde el interior.
—Infiltración —dijo Bourne. Así pues, a eso se refería Martin al decirle que, a excepción del director, estaba completamente solo dentro de la CIA—. Es el santo grial del contraterrorismo, pero de momento nadie ha sido capaz de acercarse a ese objetivo.
—Porque tienen muy pocos musulmanes y todavía menos arabistas trabajando para ellos. Sólo treinta y tres de los doce mil agentes del FBI tienen conocimientos limitados de árabe, y ninguno de ellos trabaja en los departamentos que investigan el terrorismo dentro de nuestras fronteras. Y por un buen motivo. Todavía hay miembros importantes de la administración reacios a utilizar a musulmanes y arabistas occidentales; sencillamente, no se fían de ellos.
—Lo cual demuestra su estupidez y su cortedad de miras —dijo Bourne.
—Esa gente existe, sin embargo, y Lindros ha estado reclutándola en secreto. —Lerner se levantó—. Pero basta de orientaciones generales. Su siguiente parada, creo, es la propia operación Tifón.
Por ser una agencia contraterrorista doblemente secreta, Tifón tenía su sede en los abismos. El subsótano del edificio de la CIA había sido remodelado por una empresa de construcción a cuyos trabajadores se había investigado minuciosamente antes de hacerles firmar un acuerdo de confidencialidad que les aseguraba una condena de veinte años en una prisión federal de máxima seguridad si cometían el error de romper su silencio, ya fuera por avaricia o por simple estupidez. Los suministros que antes ocupaban el subsótano habían sido trasladados a un edificio contiguo.
Al salir de las oficinas de dirección, Bourne se pasó un momento por el despacho de Anne Held. Pertrechado con los nombres de los dos agentes que habían escuchado la conversación que había impulsado a Martin Lindros a cruzar medio mundo siguiendo la pista de un cargamento de TSG, Bourne tomó el ascensor privado que unía directamente el piso de dirección con el subsótano.
Cuando el ascensor se detuvo suspirando, una pantalla de cristal líquido situada a la izquierda de la puerta se activó y un ojo electrónico escudriñó el pequeño octógono negro que Anne Held le había prendido en la solapa de la chaqueta. Llevaba grabado un número visible únicamente para el escáner. Sólo entonces se abrieron las puertas de acero.
Martin Lindros había ideado el subsótano fundamentalmente como una sala de proporciones gigantescas llena de puestos de trabajo móviles, cada uno de ellos provisto de una gruesa trenza de cables electrónicos que ascendía en espiral hasta el techo. Las trenzas estaban insertas en raíles para que pudieran desplazarse junto con las mesas cuando el personal fuera reubicado al pasar de una misión a otra. Bourne vio al fondo una serie de salas de reuniones separadas de la sala principal por paneles alternos de cristal esmerilado y acero.
Como correspondía a un organismo bautizado en honor de un monstruo de doscientos ojos, la oficina de Tifón estaba repleta de monitores. Las paredes eran, de hecho, un mosaico de pantallas de plasma extraplanas sobre las que se desplegaba una mareante panoplia de imágenes digitales: gráficos tomado por satélite, panorámicas grabadas por circuitos cerrados de televisión en espacios públicos y lugares de tránsito como aeropuertos, terminales de autobuses, estaciones de tren, esquinas entre dos calles, cruces de carreteras serpenteantes, líneas de ferrocarril suburbano y andenes subterráneos de todo el mundo (Bourne reconoció los metros de Nueva York, Londres, París y Moscú). Gentes de todo pelaje, etnia y religión caminaban de un lado a otro o vagaban sin rumbo fijo, se paraban indecisas, remoloneaban, fumaban, subían y bajaban de vagones, hablaban entre sí, se ignoraban, enchufaban sus iPod, compraban, comían a la carrera, se besaban, se abrazaban, cambiaban improperios, se ensimismaban con los móviles pegados a la oreja o accedían a su correo electrónico o miraban porno, caminaban con los hombros caídos, se encorvaban, borrachas o drogadas, se azoraban con su primera cita, se escondían, refunfuñaban para sus adentros… Un caos de vídeos sin editar entre los que los analistas debían encontrar patrones concretos, indicios digitales, señales de advertencia electrónicas.
Lerner debía de haber alertado a los agentes de su llegada, porque Bourne vio que una joven de físico impresionante, cuya edad calculó en unos treinta y cinco años, se apartaba de una pantalla y se dirigía hacia él. Enseguida comprendió que aquella mujer era o había sido una agente de campo. Sus pasos no eran ni muy largos ni muy cortos, ni demasiado rápidos ni demasiado lentos. Eran, por resumirlo en una palabra, anónimos. Los andares de un individuo eran tan distintivos como sus huellas dactilares, de ahí que fueran también uno de los mejores modos de distinguir a un adversario entre una multitud de viandantes, incluso aunque su disfraz fuera de primerísima clase.
Tenía una cara al mismo tiempo fuerte y orgullosa, el mascarón de proa de un hermoso barco que surcaba mares en cuyas aguas habrían zozobrado navíos de inferior calidad. Sus ojos grandes, de un azul profundo, parecían incrustados como gemas en su tez de color canela y facciones árabes.
—Usted debe de ser Soraya Moore —dijo Bourne—, la agente encargada del caso.
Ella mostró un momento su sonrisa y la ocultó rápidamente tras una nube de desconcierto y abrupta frialdad.
—Así es, señor Bourne. Por aquí.
Le condujo a través del enorme hervidero de la estancia principal, hasta la segunda sala de reuniones empezando por la izquierda. Abrió la puerta de cristal esmerilado y le miró pasar con aquella misma extraña curiosidad. Claro que teniendo en cuenta su relación a menudo hostil con la CIA tal vez no fuera tan extraña, a fin de cuentas.
Dentro había un hombre más joven que Soraya. Era de estatura media y complexión atlética, cabello rubicundo y piel clara. Estaba sentado ante una mesa ovalada de cristal, trabajando con un ordenador portátil en cuya pantalla se desplegaba lo que parecía ser un crucigrama de extraordinaria dificultad.
Sólo levantó la vista cuando Soraya carraspeó.
—Tim Hytner —dijo sin levantarse.
Al tomar asiento entre los dos agentes, Bourne descubrió que el crucigrama que Hytner intentaba resolver era en realidad un código cifrado, y muy sofisticado.
—Dispongo de algo más de cinco horas antes de que salga mi vuelo a Londres —anunció Bourne—. Díganme lo que necesito saber sobre los TSG.
—Junto con los materiales fisibles, los TSG se encuentran entre los artículos más restringidos del mundo —comenzó a explicar Hytner—. Para ser precisos, hay dos mil seiscientos cuarenta y uno, según el censo oficial del Gobierno.
—Entonces la información que impulsó a Lindros a embarcarse en una misión sobre el terreno se refería a una transferencia de TSG.
Hytner se había puesto de nuevo a intentar descifrar el código, y fue Soraya quien tomó la palabra.
—Todo empezó en Sudáfrica. En Ciudad del Cabo, en concreto.
—¿Por qué allí? —preguntó Bourne.
—Durante la época del apartheid, el país se convirtió en un nido de contrabandistas, en buena medida por necesidad. —Soraya hablaba rápidamente, con eficacia, pero con inconfundible objetividad—. Ahora que Sudáfrica figura en nuestra «lista blanca», los fabricantes estadounidenses no tienen problemas para exportar allí sus TSG.
—Que luego se pierden —terció Hytner sin levantar la vista de las letras de la pantalla.
—Eso es. —Soraya expresó su acuerdo—. Los contrabandistas son más difíciles de erradicar que las cucarachas. Como podrá imaginar, sigue habiendo toda una red que opera desde Ciudad del Cabo, y últimamente con medios muy sofisticados.
—¿De dónde procedía la información? —preguntó Bourne.
Soraya hojeó unos papeles impresos por ordenador, sin mirarle.
—Los contrabandistas se comunican por teléfono móvil. Usan «tostadoras», teléfonos baratos con tarjeta de prepago que pueden comprarse en cualquier superficie comercial. Los utilizan desde un solo día a una semana, quizá, si consiguen hacerse con otra tarjeta SIM. Luego los tiran y usan otro.
—Es prácticamente imposible seguirles la pista, aunque cueste creerlo. —Hytner estaba tenso. Estaba haciendo un ímprobo esfuerzo por descifrar el código—. Pero hay una forma.
—Siempre la hay —dijo Bourne.
—Sobre todo si tu tío trabaja en la compañía telefónica. —Hytner lanzó una rápida sonrisa a Soraya.
Ella mantuvo su actitud glacial.
—El tío Kingsley emigró a Ciudad del Cabo hace treinta años. Decía que Londres era demasiado sombrío para su gusto. Necesitaba un sitio que todavía ofreciera grandes oportunidades. —Se encogió de hombros—. El caso es que tuvimos suerte. Captamos una conversación relativa a ese cargamento en particular. La trascripción está en la segunda página. El jefe de los contrabandistas le dice a uno de sus hombres que el cargamento no puede seguir los canales habituales.
Bourne notó que Hytner le miraba con curiosidad.
—Y lo que tenía de especial ese cargamento «perdido» —dijo Bourne— es que coincidía con una amenaza concreta para Estados Unidos.
—Eso y el hecho de que teníamos al contrabandista en nuestro poder —dijo Hytner.
Bourne pasó el dedo por la segunda hoja de la trascripción.
—¿Convenía detenerle? Cabe la posibilidad de que hayan puesto sobre aviso a su cliente.
Soraya negó con la cabeza.
—No, eso es improbable. Esa gente usa un contacto una sola vez; luego pasa a otro.
—Entonces saben quién había comprado los TSG.
—Digamos que tenemos fundadas sospechas. Por eso Lindros quiso ir personalmente.
—¿Ha oído hablar de Duyya? —preguntó Hytner.
Bourne recapacitó.
—A Duyya se le atribuyen no menos de doce atentados en Jordania y Arabia Saudí, el más reciente el mes pasado, cuando una bomba mató a noventa y cinco personas en la gran mezquita de Khanaqin, ciento cuarenta y cuatro kilómetros al noreste de Bagdad. Si no recuerdo mal, también se le atribuye el asesinato de dos miembros de la familia real saudí, del ministro de Asuntos Exteriores jordano y del jefe de Seguridad Nacional iraquí.
Soraya volvió a coger la trascripción.
—Parece mentira, ¿verdad?, que un solo grupo pueda atribuirse tantos ataques. Pero es cierto. Todos los atentados tienen un nexo en común: los saudíes. En esa mezquita se estaba celebrando una reunión de negocios secreta a la que asistieron emisarios saudíes de alto nivel. El ministro de Asuntos Exteriores jordano era amigo personal de la familia real, y el jefe de Seguridad iraquí apoyaba públicamente a Estados Unidos.
—Estoy al tanto de la información desclasificada —dijo Bourne—. Fueron todos atentados muy sofisticados y extremadamente bien organizados. La mayoría no incluyó terroristas suicidas y no se ha detenido a ninguno de los autores materiales. ¿Quién es el líder de Duyya?
Soraya volvió a guardar la trascripción en su carpeta.
—Se hace llamar Fadi.
—Fadi. El redentor, en árabe —dijo Bourne—. Sin duda un seudónimo.
—Lo cierto es que no sabemos nada de él, ni siquiera su verdadero nombre —dijo Hytner amargamente.
—Sabemos algunas cosas —dijo Bourne—. Para empezar, los ataques de Duyya están tan bien coordinados y son tan sofisticados que podemos suponer sin temor a equivocarnos que Fadi se educó en el mundo occidental, o bien que tiene mucho contacto con él. En segundo lugar, el grupo dispone habitualmente de armamento moderno que no suele asociarse con grupos terroristas árabes o fundamentalistas islámicos.
Soraya suscribió el comentario.
—En eso estamos todos de acuerdo. Duyya forma parte de esa nueva generación de organizaciones terroristas que ha unido fuerzas con el crimen organizado y los narcotraficantes del sur de Asia y Latinoamérica.
—En mi opinión —intervino Hytner—, si el subdirector Lindros consiguió que el Viejo aprobara Tifón tan rápidamente, fue porque le dijo que nuestro primer cometido sería averiguar quién es Fadi, hacerle salir de su escondite y acabar con él de una vez por todas. —Levantó la vista—. Duyya se vuelve cada año más fuerte y más influyente entre los extremistas islámicos. Nuestros informes señalan que acuden a Fadi en número sin precedentes.
—Aun así, hoy por hoy ninguna agencia ha sido capaz de descubrir dónde tiene su base, ni siquiera nosotros —dijo Soraya.
—Claro que nos hemos organizado hace muy poco tiempo —añadió Hytner.
—¿Se han puesto en contacto con los servicios secretos saudíes? —preguntó Bourne.
Soraya rió con amargura.
—Uno de nuestros informadores jura que los servicios secretos saudíes están siguiendo una pista sobre Duyya. Éstos lo niegan.
Hytner levantó la mirada.
—También niegan que se les están agotando las reservas de petróleo.
Soraya cerró sus carpetas y las amontonó cuidadosamente.
—Sé que hay compañeros que le llaman el Camaleón por su habilidad legendaria para disfrazarse —dijo dirigiéndose a Bourne—. Pero Fadi, sea quien sea, es un verdadero camaleón. Aunque tenemos datos que corroboran que no sólo planea los atentados, sino que también participa activamente en muchos de ellos, no tenemos ni una sola foto suya.
—Ni siquiera un retrato robot —dijo Hytner con evidente fastidio.
Bourne arrugó el ceño.
—¿Qué les hace pensar que fue Duyya quien le compró los TSG a ese proveedor?
—Sabemos que nos está ocultando información vital. —Hytner señaló la pantalla de su ordenador—. Encontramos este código en uno de los botones de su camisa. Duyya es la única organización terrorista que conocemos que utiliza códigos con este nivel de sofisticación.
—Quiero interrogarle.
—Soraya es la agente al mando —dijo Hytner—. Tendrá que pedírselo a ella.
Bourne se volvió hacia la agente.
Ella vaciló sólo un momento. Luego se levantó y señaló hacia la puerta.
—¿Vamos?
Bourne se levantó.
—Tim, sáqueme una copia impresa del código, denos quince minutos y luego reúnase con nosotros.
Hytner levantó la cabeza y entornó los ojos como si Bourne le deslumbrara.
—Dentro de quince minutos no habré acabado ni de lejos.
—Sí, claro que sí. —Bourne abrió la puerta—. O eso aparentará, al menos.
A las celdas de detención se llegaba a través de un corto y empinado tramo de escaleras de acero perforado. En contraste con la sala de mandos de la operación Tifón, inundada de luz, el espacio allí era escaso, oscuro y agobiante, como si los cimientos de Washington se resistieran a ceder más terreno.
Bourne detuvo a Soraya al final de la escalera.
—¿La he ofendido en algo?
Soraya le miró un momento como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
—Se llama Hiram Cevik —dijo, ignorando manifiestamente la pregunta de Bourne—. Cincuenta y un años, casado, tres hijos. Es de ascendencia turca, pero se trasladó a Ucrania a los dieciocho años. Lleva veintitrés años en Ciudad del Cabo. Es dueño de una empresa de importación y exportación. El negocio es legal en su mayor parte, pero al parecer, de vez en cuando, el señor Cevik se dedica a otras actividades. —Se encogió de hombros—. Puede que su querida tenga debilidad por los diamantes, o quizá sea que a él le gusta apostar por Internet.
—Es tan difícil llegar a fin de mes hoy en día —dijo Bourne.
Soraya pareció tener ganas de echarse a reír, pero no lo hizo.
—Yo rara vez actúo conforme al reglamento —dijo él—. Pero, haga lo que haga, diga lo que diga, sígame la corriente. ¿Está claro?
Ella le miró un momento a los ojos. ¿Qué estaba buscando? Se preguntó Bourne. ¿Qué le pasaba?
—Estoy al corriente de sus métodos —dijo en tono gélido.
Cevik estaba apoyado en una pared de su celda, fumando un cigarrillo. Al ver acercarse a Bourne con Soraya, exhaló una nube de humo y dijo:
—¿Es la caballería o el inquisidor?
Bourne le observó mientras Soraya abría la puerta de la celda.
—El inquisidor, entonces. —Cevik tiró la colilla y la pisó con el talón—. Debo advertirle que mi esposa sabe que juego… y que tengo una amante.
—No estoy aquí para chantajearle. —Bourne entró en la celda. Sentía a Soraya a su espalda como si formara parte de él. Empezó a cosquillearle el cuero cabelludo. Soraya tenía un arma y estaba dispuesta a utilizarla contra el prisionero antes de que la situación se les escapara de las manos. Era una perfeccionista: Bourne tenía esa sensación.
Cevik se apartó de la pared y se quedó parado con las manos junto a los costados y los dedos ligeramente curvados. Era alto, tenía los hombros anchos de un ex jugador de rugby y ojos amarillos de gato.
—Así pues, a juzgar por su excelente forma física, finalmente va a ser coacción física.
Bourne paseó la mirada por la celda para hacerse una idea de lo que era estar encerrado allí. Un destello de algo recordado sólo a medias, una sensación de mareo en la boca del estómago.
—Con eso no conseguiría nada. —Habló para sustraerse de aquella sensación.
—Cierto.
No era un farol. Aquella sencilla afirmación le dijo más sobre Cevik que una hora de vigoroso interrogatorio. Bourne volvió a fijar la mirada en el surafricano.
—¿Cómo resolver este dilema? —Estiró las manos—. Usted necesita salir de aquí. Y yo necesito información. Es así de sencillo.
Cevik dejó que una risa suave escapara de sus labios.
—Si fuera así de sencillo, hace tiempo no estaría aquí, amigo mío.
—Me llamo Jason Bourne. Ahora está hablando conmigo. No soy ni su carcelero, ni su adversario. —Hizo una pausa—. A menos que usted quiera que lo sea.
—Dudo que me gustara —respondió Cevik—. He oído hablar de usted.
Bourne señaló con la cabeza.
—Acompáñeme a dar un paseo.
—No es buena idea. —Soraya se interpuso entre ellos y el mundo exterior.
Bourne le hizo un gesto cortante con la mano.
Ella le ignoró de forma deliberada.
—Esto infringe gravemente las normas de seguridad.
—Se lo advertí antes —dijo él—. Apártese.
Soraya se acercó el teléfono móvil al oído cuando Cevik y él pasaron por su lado. Pero no era al Viejo a quien llamaba, sino a Tim Hytner.
Aunque era de noche, los focos convertían el césped y sus senderos en plateados oasis entre las sombras de múltiples brazos de los árboles desnudos. Bourne caminaba junto a Cevik. Soraya Moore los seguía a cinco pasos de distancia, como un aya sumisa, con expresión de reproche y la mano apoyada sobre la funda de la pistola.
Allá abajo, en las profundidades del edificio, Bourne se había sentido asaltado por un impulso repentino, desencadenado por el vislumbre de un recuerdo: una técnica de interrogatorio utilizada con sujetos particularmente resistentes a los métodos habituales de tortura y privación sensorial. De pronto se convenció de que, si Cevik saboreaba el aire libre, si salía a la intemperie tras pasar días encerrado en aquel agujero, comprendería lo mucho que tenía que ganar si respondía con franqueza a sus preguntas. Y cuánto tenía que perder.
—¿A quién le vendió los TSG? —preguntó.
—Ya se lo he dicho a la de ahí atrás. No lo sé. Sólo era una voz por teléfono.
Bourne se mostró escéptico.
—¿Suele vender este tipo de mercancía por teléfono?
—Por cinco millones, sí.
Verosímil, pero ¿cierto?
—¿Hombre o mujer? —preguntó Bourne.
—Hombre.
—¿Acento?
—Británico, ya se lo dije a ellos.
—Esfuércese un poco más.
—¿Qué pasa, es que no me cree?
—Le estoy pidiendo que vuelva a pensar, que se esfuerce un poco más. Tómese un momento y luego dígame lo que recuerde.
—Nada, yo… —Cevik se detuvo entre las sombras entrecruzadas de un manzano silvestre en flor—. Espere. Quizá, sólo quizá, la voz tenía un dejo, algo más exótico, de Europa del Este, tal vez.
—Usted vivió varios años en Ucrania, ¿no?
—Me ha pillado. —Cevik torció el gesto—. Quiero decir que posiblemente era eslavo. Tenía un dejo de… Puede que fuera del sur de Ucrania. En Odesa, en la costa norte del mar Negro, donde he pasado algún tiempo, el dialecto es un poco distinto, ¿sabe?
Bourne lo sabía, naturalmente, pero no dijo nada. Contaba para sus adentros los minutos que faltaban para que Tim Hytner llegara con el código «descifrado».
—Sigue usted mintiéndome —dijo—. Tuvo que ver al comprador cuando fue a recoger los TSG.
—Pues no le vi. La transacción se hizo sin que hubiera nadie presente.
—¿Por una llamada telefónica? Vamos, Cevik.
—Es la verdad. Ese tipo me dijo una hora concreta y un lugar concreto. Dejé la mitad del cargamento y regresé una hora después para recoger la mitad del dinero. Al día siguiente completamos la transacción. No vi a nadie, y créame si le digo que malditas las ganas que tenía de verlos.
Plausible, de nuevo. Y un plan muy astuto, pensó Bourne. Si era cierto.
—Los seres humanos son curiosos por naturaleza.
—Puede que sí —reconoció Cevik con una inclinación de cabeza—. Pero yo no tengo ganas de morir. Ese hombre… su gente estaba vigilando el lugar de la transacción. Me habrían pegado un tiro. Usted lo sabe, Bourne. Sabe cómo son esas cosas.
Cevik sacó un cigarrillo sacudiendo la cajetilla, se lo ofreció a Bourne y luego se lo puso entre los labios. Lo encendió con un librillo de cerillas casi vacío. Al ver hacia dónde miraba Bourne, dijo:
—No hay nada que quemar en el agujero, así que dejaron que me lo quedara.
Bourne oyó un eco en su cabeza, como si una voz le hablara desde muy lejos.
—Eso era antes, y esto es ahora —dijo, quitándole las cerillas.
Cevik, que no intentó resistirse, introdujo el humo en sus pulmones y lo dejó escapar con un leve siseo mientras más allá del foso de hierba se oía el ruido de los coches al pasar.
Nada que quemar en el agujero. Aquellas palabras rebotaban en la cabeza de Bourne como si su cerebro fuera una máquina de pinball.
—Dígame, señor Bourne, ¿alguna vez ha estado en prisión?
Nada que quemar en el agujero. La frase, una vez evocada, siguió repitiéndose incansablemente, impidiéndole pensar.
Con un gruñido casi de dolor, empujó suavemente a Cevik y siguieron andando. Bourne quería verle a la luz. Con el rabillo del ojo, vio que Tim Hytner se acercaba hacia ellos con paso rápido.
—¿Sabe lo que es que te priven de la libertad? —Cevik se quitó una hebra de tabaco del labio—. Vivir toda la vida en la pobreza. Ser pobre es como ver pornografía: cuando empiezas, no hay forma de dejarlo. Es adictiva, ¿comprende usted?, esa vida sin esperanza. ¿No está de acuerdo?
A Bourne le dolía la cabeza, cada palabra que se repetía caía como un mazazo sobre su cerebro. Haciendo un ímprobo esfuerzo, se dio cuenta de que Cevik sólo intentaba recuperar hasta cierto punto el control. Era una norma básica que el interrogador jamás contestara a una pregunta. En cuanto lo hacía, perdía su poder absoluto.
Bourne frunció el ceño. Quería decir algo. Pero ¿qué era?
—No se confunda. Le tenemos donde queremos.
—¿A mí? —Cevik arqueó las cejas—. Yo no soy nada, un emisario, nada más. Es al comprador al que tienen que encontrar. ¿Para qué me quieren a mí?
—Sabemos que puede conducimos al comprador.
—No, no puedo. Ya se lo he dicho…
Hytner se acercaba entre sombras negras y luz vidriosa. ¿Qué hacía allí? A Bourne le dolía tanto la cabeza que apenas se acordaba. Cuando creía tenerlo, se le escapaba como un pez, y luego reaparecía.
—El código, Cevik. Lo hemos descifrado.
Justo a tiempo, Hytner se acercó y le entregó el papel, pero Bourne estaba tan concentrado en los pitidos de su cabeza que casi lo dejó caer.
—Me ha costado —dijo Hytner, un poco jadeante—. Pero por fin he dado con ello. El decimoquinto algoritmo que he probado ha resultado ser…
Lo que estaba diciendo se convirtió en un alarido de sorpresa y dolor cuando Cevik incrustó la llama de su cigarrillo en el ojo izquierdo de Hytner. Al mismo tiempo giró al agente y, colocándole delante de sí, le sujetó con el brazo izquierdo por el cuello.
—Den un solo paso —dijo con voz baja y gutural—, y le parto el cuello.
—De ésta no se escapa, Cevik. —Soraya lanzó una rápida mirada a Bourne y avanzó con el brazo del arma extendido y la otra mano bajo la culata. Apuntaba a Cevik sin quitarle ojo. Esperando el momento preciso—. Usted no quiere morir. Piense en su mujer y en sus tres hijos.
Bourne parecía aturdido, como si hubiera recibido un mazazo. Al verlo, Cevik enseñó los dientes.
—Piense en los cinco millones.
Los ojos dorados de Cevik volaron un momento hacia ella. Pero ya había empezado a alejarse, con su escudo humano pegado al pecho, sangrando.
—No tiene dónde ir —dijo Soraya en tono extremadamente razonable—. Hay muchos agentes a nuestro alrededor. Y tiene que cargar con Hytner.
—Estoy pensando en los cinco millones. —Seguía apartándose de ellos, alejándose del resplandor de las luces de sodio. Se dirigía hacia la calle Veintitrés, más allá de la cual se alzaba la Academia Nacional de Ciencias.
Allí había más gente (turistas, sobre todo) para obstaculizar la persecución de los agentes.
—Se acabaron las cárceles para mí. Ni un día más.
Nada que quemar en el agujero. Bourne tenía ganas de gritar. Y entonces una súbita explosión de recuerdos borró incluso aquellas palabras de Cevik: corría por viejas calles adoquinadas y un viento áspero y mineral se introducía en sus fosas nasales. De pronto, el peso que llevaba en brazos le parecía insoportable. Miraba hacia abajo y veía a Marie… ¡No, era la desconocida de la cara ensangrentada! Había sangre por todas partes, manaba de ella a raudales, a pesar de que se esforzaba por detener la hemorragia…
—No sea idiota —le estaba diciendo Soraya a Cevik—. ¿Ciudad del Cabo? No podrá esconderse de nosotros. Ni allí, ni en ninguna otra parte.
Cevik ladeó la cabeza.
—Pero mire lo que le he hecho.
—Está herido, no muerto —dijo ella entre dientes—. Suéltelo.
—Cuando me entregue su pistola —replicó Cevik con una sonrisa irónica—. ¿No? ¿Lo ve? Para usted ya estoy muerto, ¿no es cierto, Bourne?
Éste parecía estar saliendo muy lentamente de su pesadilla. Vio que Cevik salía a la calle Veintitrés y que Hytner intentaba no apartarse de la acera y resbalaba por el bordillo como un niño recalcitrante.
Justo cuando Bourne se abalanzaba hacia él, Cevik les arrojó a Hytner.
Entonces ocurrió todo al mismo tiempo. Hytner se tambaleó penosamente. Un Hummer negro que se acercaba hizo chirriar sus frenos. Justo detrás, un tráiler cargado con motos Harley-Davidson nuevas dio un bandazo para evitar la colisión. Mientras hacía resonar su claxon, estuvo a punto de golpear a un Lexus rojo cuyo conductor, aterrorizado, dio un volantazo y chocó con otros dos coches. Durante la primera fracción de un segundo, pareció que Hytner había tropezado con el bordillo y se caía, pero luego un hilillo de sangre brotó de su pecho y se volvió, empujado por el impacto de la bala.
—¡Dios mío! —gimió Soraya.
El Hummer se había detenido y oscilaba sobre sus amortiguadores. Su ventanilla delantera estaba entreabierta, y por un instante se vislumbró el feo brillo de un silenciador. Soraya consiguió disparar dos veces antes de que los balazos les obligaran a echarse al suelo buscando refugio. La puerta trasera del Hummer se abrió de pronto y Cevik se metió dentro. El vehículo arrancó a toda velocidad antes de que le diera tiempo a cerrar la puerta.
Soraya levantó su arma, corrió hacia su compañero y apoyó la cabeza de Hytner en su regazo.
Mientras oía en el recuerdo el eco del disparo, Bourne se sintió liberado de una prisión de terciopelo en la que todo era tenue y mullido. Saltó sobre Soraya y el cuerpo acurrucado de Hytner y corrió por la calle Veintitrés con un ojo en el Hummer y otro en el tráiler. El conductor del camión se había recuperado y cambió de marcha con un estruendo metálico. Bourne corrió hacia la parte trasera del camión, se agarró a la cadena que cruzaba la rampa levantada y se encaramó al tráiler.
Su mente funcionaba a mil por hora cuando se subió a la plataforma en la que las motocicletas iban fijas al suelo con tensores. La llama mortecina en la oscuridad, el resplandor de la cerilla: Cevik había encendido un cigarrillo con un doble propósito. Primero, procurarse un arma, desde luego. Y segundo hacer una señal. El Hummer negro les estaba esperando, preparado. La huida de Cevik había sido cuidadosamente preparada.
Pero ¿por quién? ¿Y cómo podían saber dónde iba a estar y cuándo?
Aquél no era momento de obtener respuestas. Bourne vio el Hummer justo delante. No circulaba a toda velocidad, ni avanzaba zigzagueando entre el tráfico: su conductor creía haber escapado limpiamente con sus pasajeros a bordo.
Bourne desató la motocicleta más cerca del extremo trasero de la rampa del remolque y montó en ella. ¿Dónde estaban las llaves? Se inclinó hacia delante y, haciendo pantalla para defenderla del viento, encendió una cerilla del librillo que le había dado Cevik. La llama duró sólo un momento, pero Bourne tuvo tiempo de ver las llaves pegadas con cinta adhesiva a un lado del reluciente carenado negro.
Metió la llave en el contacto y encendió la Twin Cam 88B. Revolucionando el motor, desplazó el peso del cuerpo hacia atrás. La parte delantera de la moto se levantó al arrancar, despegándose del borde trasero del remolque.
Mientras volaba aún en caída libre, los coches de detrás frenaron de golpe y sus morros cambiaron bruscamente de dirección. Bourne tocó el pavimento y se inclinó hacia delante al rebotar la Harley, que se puso en movimiento nada más tocar ambas ruedas el asfalto. En medio del alboroto de los chirridos de las llantas, Bourne viró en redondo y salió a toda velocidad en persecución del Hummer.
Pasados unos instantes interminables y angustiosos, lo vio avanzar por la plaza atestada de tráfico en la que la Veintitrés se cruzaba con la avenida Constitution, en dirección sur, hacia el monumento a Lincoln. Su silueta resultaba inconfundible. Bourne aceleró, se metió en la intersección con el semáforo en ámbar y cruzó la calle zigzagueando entre una nueva andanada de chirridos y pitidos furiosos.
Pisaba los talones al Hummer cuando éste siguió la calle hacia la derecha, describiendo un cuarto de círculo en tomo al monumento iluminado, tan lentamente que Bourne consiguió acortar casi por completo la distancia que los separaba. Mientras el Hummer enfilaba la rampa que llevaba al puente Arlington, Bourne aceleró y tocó el parachoques trasero por el lado derecho. El Hummer se sacudió la maniobra de la moto como un elefante que espantara una mosca. Antes de que Bourne pudiera rezagarse, el conductor pisó el freno. La moto chocó con el enorme parachoques del Hummer y viró con brusquedad hacia el quitamiedos y el negro Potomac, allá abajo. Un Volkswagen que se acercaba pitó estrepitosamente y estuvo a punto de rematar lo que había empezado el Hummer, pero en el último instante Bourne logró recuperar el control de la moto. Dando un bandazo, se apartó del Volkswagen y volvió a introducirse serpeando entre el tráfico mientras el Hummer aceleraba.
Oyó por encima de él un zumbido característico y al mirar hacia arriba vio un negro insecto de ojos brillantes: un helicóptero de la CIA. Soraya había vuelto a echar mano del teléfono móvil.
Como si le hubiera leído el pensamiento, su móvil sonó en ese momento. Al contestar oyó el tono grave de su voz.
—Estoy justo encima de usted. Hay una rotonda en medio de Columbia Island, justo delante. Más vale que se asegure de que el Hummer llega hasta allí.
Bourne adelantó a un monovolumen.
—¿Hytner va a sobrevivir?
—Tim está muerto por su culpa, hijo de puta.
El helicóptero aterrizó en la rotonda de la isla y el ruido infernal disminuyó bruscamente cuando el piloto apagó el motor. El Hummer negro siguió avanzando como si nada. Bourne, que se había abierto paso entre los últimos coches que lo separaban de su presa, se acercó de nuevo al vehículo.
Vio que Soraya y otros dos agentes de la CIA salían de la cabina del helicóptero con cascos antidisturbios en la cabeza y fusiles en las manos. Viró súbitamente y se colocó junto al Hummer. Levantó el codo y golpeó la ventanilla del conductor.
—¡Pare! —gritó—. ¡Pare en la rotonda o le matarán!
Sobre el Potomac apareció otro helicóptero que viró velozmente hacia ellos. Refuerzos de la CIA.
El Hummer no daba muestras de aminorar la velocidad. Sin apartar los ojos de la carretera, Bourne echó al brazo hacia atrás y abrió la maleta de la moto. Hurgó en ella y encontró una llave inglesa. Sabía que sólo tendría una oportunidad. Calculó trayectoria y velocidad y arrojó la llave. Cayó delante de la rueda trasera izquierda. La rueda pasó por encima girando a toda velocidad y proyectó la llave, incrustándola violentamente en el mecanismo de tracción trasero.
El Hummer empezó a sacudirse de inmediato, lo que sólo consiguió introducir más aún la llave en los engranajes de la rueda. Entonces algo, posiblemente un eje, se rompió, y el Hummer perdió velocidad y comenzó a girar sobre sí mismo sin apenas control. Impulsado por su propia inercia, pasó por encima del bordillo de la rotonda y se detuvo. Su motor hacía tictac como un reloj.
Soraya y los demás agentes se desplegaron y avanzaron hacia el Hummer con las armas en alto, apuntando hacia el conductor. Cuando estuvo lo bastante cerca, Soraya disparó a las ruedas delanteras. Otro agente hizo lo mismo con las de atrás. El Hummer no iría a ninguna parte hasta que una grúa de la CIA se lo llevara al cuartel general para someterlo a pruebas forenses.
—¡Venga! —gritó Soraya—. ¡Salgan todos del vehículo! ¡Salgan inmediatamente!
Mientras los agentes cerraban el círculo en torno al Hummer, Bourne vio que llevaban chalecos antibalas. Después de la muerte de Hytner, Soraya no pensaba correr ningún riesgo.
Estaban a diez metros del Hummer cuando Bourne sintió que empezaba a cosquillearle el cuero cabelludo. Había algo raro en aquella escena, pero no sabía decir qué era. Volvió a mirar; todo parecía en orden: el objetivo estaba rodeado, los agentes se acercaban, el segundo helicóptero permanecía suspendido en el aire y el nivel de ruido aumentaba exponencialmente.
Entonces se dio cuenta.
Dios mío, pensó, y giró con brusquedad el acelerador del manillar. Gritó, pero con el estruendo de los helicópteros y de la moto los agentes no le oyeron. Soraya se había adelantado; iba acercándose a la puerta del conductor mientras los otros se quedaban atrás, desplegados para cubrirla con fuego cruzado si era necesario.
La puesta en escena parecía correcta, perfecta incluso, pero no lo era.
Bourne se inclinó hacia delante cuando la motocicleta comenzó a cruzar la rotonda a toda velocidad. Tenía que recorrer cien metros para quedar justo a la izquierda del reluciente flanco del Hummer. Apartó la mano derecha del manillar y comenzó a hacer gestos frenéticos a los agentes, pero estaban concentrados en su objetivo.
Aceleró el motor, cuyo rugido profundo y gutural se oyó por fin sobre la densa vibración del helicóptero suspendido en el aire. Uno de los agentes le vio acercarse, le vio gesticular. Llamó al otro, que vio pasar a Bourne rugiendo junto al Hummer.
La puesta en escena parecía sacada directamente de un manual de la CIA, pero algo fallaba, porque el motor del Hummer hacía tictac como si se estuviera enfriando, cuando en realidad estaba en marcha. Imposible.
Soraya estaba a menos de cinco metros del objetivo, tensa y semiencorvada. Abrió mucho los ojos al ver a Bourne. Luego él se abalanzó sobre ella.
Estirando el brazo derecho, la cogió en vilo y la montó tras él mientras se alejaba a toda velocidad. Otro de los agentes se había arrojado al suelo y alertó al segundo helicóptero, que se elevó bruscamente hacia el cielo estrellado y se alejó bamboleándose.
El tictac que había oído Bourne no procedía del motor. Era el ruido de un detonador.
La explosión destrozó el Hummer, convirtiendo sus piezas en metralla humeante cuyos chirridos se oían tras ellos. Con la motocicleta acelerada al máximo, Bourne sintió que Soraya se abrazaba a él. Al inclinarse sobre el manillar, la sintió amoldarse a su espalda y notó la suave presión de sus pechos. El viento aullaba incandescente; el cielo anaranjado se cubrió de pronto de un humo negro y grasiento. A su alrededor, por todas partes, caían chirriando fragmentos metálicos que se clavaban en el suelo, chocaban contra el asfalto y se hundían en el río apagándose con un chisporroteo.
Con Soraya Moore aferrada a él, Jason Bourne penetró a toda velocidad en el resplandor de la ciudad cargada de monumentos.