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Cuatro minutos y un segundo. Ése era el tiempo que le quedaba, según la cuenta del temporizador auxiliar.
Cerró los ojos, intentó recordar las manos de Veintrop moviéndose sobre el temporizador. Veía cada uno de los gestos que había hecho el doctor, cada giro de la muñeca, cada flexión de los dedos. No había necesitado herramientas. Había seis cables: rojo, blanco, negro, amarillo, azul y verde.
Recordó dónde estaban conectados en el temporizador principal y en qué orden los había desconectado Veintrop. El cable negro lo había empalmado dos veces: primero a la terminal en la que estaba conectado el extremo del cable blanco, y luego a la del rojo.
Recordar lo que había hecho el científico no era problema. Bourne vio, sin embargo, que aunque el temporizador auxiliar tenía, como el primero, seis cables de distintos colores, los dos temporizadores eran físicamente distintos. Como consecuencia de ello, las terminales a las que estaban conectados los cables se hallaban en distinto sitio.
Sacó su móvil y llamó a Feyd al Saud con la esperanza de que consiguiera que Veintrop le dijera cómo desactivar el segundo temporizador. No hubo respuesta. A Bourne no le sorprendió. En las montañas de Miran Shah la cobertura era un desastre. Aun así, valía la pena intentarlo.
3:01.
Veintrop había empezado con el cable azul y había seguido con el verde. Bourne cogió con las puntas de los dedos el cable azul, pero vaciló cuando se disponía a desconectarlo de su terminal. ¿Por qué, se dijo, iba a desactivarse de la misma forma el segundo temporizador? Aquella ingeniosa trampa era obra de Veintrop. El temporizador auxiliar entraría en juego sólo si se desactivaba el principal. Así pues, no tenía sentido diseñarlo de modo que pudiera desactivarse de la misma manera.
Apartó las manos del dispositivo.
2:01.
La cuestión no era cómo desactivar el temporizador, sino cómo funcionaba la retorcida mente de Veintrop. Si el principal había dejado de funcionar, ello presuponía que quien lo había desactivado conocía el orden preciso en el que debían desconectarse los cables. En el temporizador auxiliar, el orden podía ser el inverso, o incluso podía ser tan aleatorio que sería casi imposible dar con la combinación adecuada sin detonar inadvertidamente el artefacto nuclear.
1:19.
La hora de las conjeturas había pasado. Tenía que tomar una decisión, y debía ser la correcta. Decidió invertir el orden. Cogió el cable rojo y estaba a punto de desconectarlo cuando distinguió algo. Inclinándose, observó el segundo temporizador desde otro ángulo. Al apartar los cables de colores, descubrió que estaba conectado al cuerpo principal del artefacto de manera completamente distinta a la del temporizador principal.
0:49.
Sacó el temporizador principal de donde estaba encastrado para ver mejor lo que había debajo. Lo desconectó del detonador, al que lo unía un solo cable. Ahora veía claramente el segundo temporizador. Estaba colocado directamente sobre el detonador. El problema era que no veía por dónde estaban unidos.
0:27.
Apartó los cables con cuidado de no desconectar ninguno. Sirviéndose de una uña, levantó el borde derecho del temporizador auxiliar y lo separó del detonador. Nada.
0:18.
Introdujo la uña bajo el borde izquierdo. No se movió. Tiró con más fuerza y lo levantó lentamente. Allí debajo vio el cable enroscado como una minúscula serpiente. Lo tocó con el dedo, lo movió ligeramente y, como una serpiente, se desenroscó. Bourne no daba crédito.
¡El cable no estaba conectado al detonador!
0:10.
Oyó la voz del doctor Veintrop.
«Estaba prisionero —había dicho—. Usted no lo entiende, yo…».
Bourne no le había dejado acabar. El problema era, de nuevo, cómo resolver el acertijo que planteaba la mente de Veintrop. El doctor disfrutaba con los juegos mentales: sus investigaciones lo demostraban. Si Fadi le había retenido contra su voluntad, si había utilizado a Katya en su contra, el científico habría intentado vengarse de él.
Bourne cogió el temporizador principal y observó el cable que colgaba de él. El aislante estaba intacto, pero los hilos de cobre de su extremo parecían sueltos. Bourne los desprendió sin esfuerzo: sólo tenían un par de centímetros de largo. El cable era un engaño. Apartó las manos del dispositivo, se echó hacia atrás y miró cómo la pantalla del temporizador descontaba los últimos segundos. El corazón le latía dolorosamente en el pecho. Si se equivocaba…
0:00.
Pero no se había equivocado. No ocurrió nada. No hubo explosión, ni holocausto nuclear. Sólo silencio. Veintrop había logrado vengarse de sus captores. Había desactivado en secreto la bomba delante de las narices de Fadi.
Bourne se echó a reír. Veintrop se había visto obligado a instalar correctamente el temporizador principal, pero en el caso del auxiliar se las había ingeniado para engañar a Fadi y a los demás científicos de Duyya. Cerró el maletín y se levantó con él en la mano. Aún se reía cuando salió del edificio.