5
—¡Maldito sea, maldito sea, maldito sea! —mascullaba Soraya como si fuera la salmodia de un exorcista.
Bourne apenas la oía. Estaba muy ocupado intentando mantenerse con vida. La moto circulaba por la calle a cien kilómetros por hora y en sentido contrario. Logró esquivar de un bandazo a un viejo Ford que hizo sonar su claxon mientras una voz ronca les gritaba obscenidades. Pero al hacerlo rozó a un Lincoln Continental parado al ralentí junto a la acera, al otro lado de la calle. La moto golpeó el parachoques delantero del Lincoln y rebotó, dejando en él una larga abolladura. La tráquea de Bourne, bloqueada casi por completo por la llave de Soraya, apenas dejaba entrar aire en sus pulmones. En la periferia de su visión comenzaron a brillar estrellas; iba a desmayarse en fracciones de segundo.
Aun así, alcanzó a ver que el Lincoln se ponía en marcha y que, cambiando con brusquedad de sentido, salía en persecución de la moto que había abollado su parachoques. Delante, un camión avanzaba pesadamente hacia él, ocupando casi toda la calle.
El Lincoln dio un acelerón y se puso a su lado, su ventanilla tintada de negro se abrió y un negro de cara redonda les miró con furia mientras soltaba una sarta de exabruptos. Luego asomó por la ventanilla el morro voraz de una escopeta de cañones recortados.
—¡Para que aprendas, hijoputa!
Antes de que el negro con cara de luna tuviera tiempo de apretar el gatillo, Soraya alzó la pierna izquierda y golpeó con la punta de la bota el cañón de la escopeta, levantándola bruscamente hacia arriba. La explosión restalló en las copas de los árboles que bordeaban la calle. Bourne aprovechó la ocasión: aceleró al máximo y enfiló la calle a toda velocidad, derecho hacia el enorme camión. El conductor se asustó al ver su maniobra suicida y dio un volantazo al tiempo que cambiaba de marcha y pisaba el freno. El camión profirió un alarido de protesta y viró de manera brusca, cruzándose en medio de la calle.
Al ver acercarse la muerte a velocidad de vértigo, Soraya gritó en árabe. Soltó el cuello de Bourne y volvió a abrazarse a su cintura. Él tosió, se llenó los pulmones doloridos de un aire dulce e, inclinándose del todo hacia su derecha, apagó el motor un segundo antes de que se estrellaran contra el camión.
El grito de Soraya se cortó en seco. La moto volcó entre una lluvia de chispas y sangre: la pierna derecha de Bourne se desolló contra el asfalto cuando se deslizaron entre los ejes del camión.
Al salir al otro lado, Bourne encendió de nuevo el motor y aprovechó la inercia y el peso de sus cuerpos para enderezar la motocicleta.
Demasiado aturdida para reanudar de inmediato sus ataques, Soraya dijo:
—Pare, por favor, pare.
Bourne no le hizo caso. Sabía adonde se dirigía.
El director de la CIA se había reunido con Matthew Lerner para que le explicara con detalle la huida de Hiram Cevik y sus espectaculares consecuencias.
—Dejando a Hytner aparte —dijo Lerner—, los daños han sido leves. Dos agentes con cortes y abrasiones, uno de ellos con una conmoción cerebral causada por la explosión. Y otra agente desaparecida. El pájaro posado —añadió refiriéndose al helicóptero— sufrió desperfectos de poca importancia y el que estaba en el aire salió intacto.
—Era una zona pública —dijo el Viejo—. Fue una auténtica chapuza, joder.
—¿Cómo coño se le ocurrió a Bourne sacar a Cevik al aire libre?
El director levantó la mirada hacia el retrato del presidente que colgaba en una de las paredes de la sala de reuniones. En la otra pared había un retrato del anterior director. Sólo cuelgan tu retrato cuando ya te han dejado en la estacada, pensó con amargura. Los años se habían amontonado sobre él, y algunos días (como ése) sentía que el reloj de arena iba enterrándole grano a grano, despacio, pero sin pausa. Un Atlas con la espalda encorvada.
Revolvió unos papeles y acercó uno a la luz.
—Ha llamado el jefe de la policía metropolitana, y también el puto FBI. —Clavó los ojos en los de Lerner—. ¿Sabe qué querían, Matthew? Querían saber si podían ayudar. ¿Qué le parece? ¿Tiene algo mejor? Pues yo sí.
»Me ha llamado el presidente para preguntar qué coño está pasando, si nos estaban atacando los terroristas y tenía que largarse a Oz. —Otro nombre para la Sede Oculta del Poder, el escondite desde el que el presidente y su equipo gobernarían el país en caso de desatarse una emergencia en toda regla—. Le dije que estaba todo bajo control. Ahora yo le hago la misma pregunta, y más vale que me responda lo que quiero oír.
—Al final, volvemos a Bourne —dijo Lerner mientras leía el informe redactado a toda prisa que el jefe de su equipo le había puesto en las manos momentos antes de empezar la reunión—. Claro que desde hace algún tiempo la historia de la CIA está repleta de desastres y cagadas que siempre tienen su origen en Jason Bourne.
—Lamento tener que decírselo, pero todo este embrollo habría podido evitarse si hubiera dejado a Lindros aquí, en el cuartel general. Sé que anteriormente fue agente en activo, pero de eso hace ya bastante tiempo. Las preocupaciones burocráticas embotan muy pronto el instinto animal. Lindros ya tenía un chiringuito del que ocuparse. ¿Quién va a llevarlo ahora si está muerto? Si se ha armado este lío, es porque Tifón carece de dirección.
—Todo eso es cierto, maldita sea. No debí dejarme convencer por Martin. Y luego un desastre tras otro en el Ras Dashén. En fin, al menos esta vez Bourne no se esfumará sin dejar rastro.
Lerner sacudió la cabeza.
—Me pregunto si bastará con eso.
—¿Qué quiere decir?
—Es más que probable que Bourne tuviera algo que ver con la fuga de Cevik.
El Viejo frunció las cejas.
—¿Puede probarlo?
—Estoy en ello —contestó Lerner—. Pero es lo más lógico. La huida estaba planeada de antemano. Lo único que necesitaba la gente de Cevik era sacarlo de la jaula, y Bourne se encargó de ello con toda eficacia. No hay nadie más eficiente que él, eso ya lo sabemos.
El Viejo dio una palmada en la mesa.
—Si está detrás de la fuga de Cevik, juro que le arranco la piel a tiras.
—Yo me ocuparé de Bourne.
—Paciencia, Matthew. De momento, le necesitamos. Tenemos que recuperar a Martin Lindros, y Bourne es nuestra única esperanza. Después de las debidas deliberaciones, el Departamento de Operaciones mandó al equipo Escorpión Dos en busca de Escorpión Uno, y los perdimos a ambos.
—Ya se lo he dicho, con mis contactos podría reunir una pequeña unidad…
—De mercenarios, ex agentes de la Agencia Nacional de Seguridad que se han pasado al sector privado. —El director sacudió la cabeza—. Eso está descartado. No puedo dar el visto bueno a un grupo de mercenarios, hombres a los que no conozco y que no están bajo mi mando, para una misión tan delicada.
—Pero Bourne… Maldita sea, usted conoce sus antecedentes, y ahora la historia se está repitiendo. Hace lo que se le antoja cuando le conviene, y a los demás que les jodan.
—Todo lo que dice es cierto. Personalmente, desprecio a ese individuo. Representa todo lo que me enseñaron a temer como una amenaza para un organismo como la CIA. Pero si de algo estoy seguro es de su lealtad hacia los hombres con los que crea un vínculo. Martin es uno de ellos. Si alguien puede encontrarle y sacarle de donde esté, es Bourne.
En ese momento se abrió la puerta y Anne Held asomó la cabeza.
—Señor, tenemos un problema interno. Mi autorización ha sido desactivada. He llamado a Seguridad Electrónica y me han dicho que no es un error.
—Es cierto, Anne. Forma parte del plan de reorganización de Matthew. A su modo de ver, no necesita usted una autorización de máxima seguridad para hacer el trabajo que le doy.
—Pero, señor…
—El personal administrativo tiene unas prioridades de acceso —dijo Lerner—. Y el personal de operaciones, otras. Lisa y llanamente, sin ambigüedades. —La miró—. ¿Algún otro problema, señorita Held?
Anne estaba furiosa. Miró al Viejo, pero enseguida se dio cuenta de que no podía esperar ninguna ayuda por ese lado. Vio su silencio, su complicidad, como una traición al vínculo que tanto se había esforzado por forjar con él. Se sentía impelida a defenderse, pero sabía que aquél no era el momento ni el lugar.
Se disponía a cerrar la puerta cuando tras ella apareció un mensajero del Departamento de Operaciones. Se giró, cogió la hoja de papel que le ofrecía y se volvió de nuevo hacia ellos.
—Acabamos de recibir noticias de la agente desaparecida —dijo.
El humor del director se había ensombrecido notablemente durante los minutos anteriores.
—¿Quién es? —preguntó con aspereza.
—Soraya Moore —le dijo Anne.
—Ya lo ve —dijo Lerner secamente—. Otra agente sustraída a mi jurisdicción. ¿Cómo voy a hacer mi trabajo si gente a la que no controlo se esfuma sin dejar rastro? Esto es responsabilidad directa de Lindros, señor. Si me concediera el control sobre Tifón, al menos hasta que encontremos a Lindros o se confirme su muerte…
—Soraya está con Bourne —le dijo Anne Held a su jefe antes de que Lerner pudiera continuar.
—¡Maldita sea! —estalló el director—. ¿Cómo coño es posible?
—Por lo visto, nadie lo sabe —dijo Arme.
El director se había levantado y tenía la cara enrojecida de rabia.
—Matthew, creo que Tifón necesita un director en funciones. A partir de este momento, es usted. Adelante, acabe con esto de una puta vez.
—Pare la moto —le dijo Soraya al oído.
Bourne sacudió la cabeza.
—Todavía estamos muy cerca del…
—Ahora. —Le puso en la garganta la hoja de un cuchillo—. Hablo en serio.
Bourne tomó una calle lateral, acercó la moto a la acera y la apoyó en la pata de cabra. Se bajaron ambos y entonces él se volvió hacia ella.
—¿De qué coño va todo esto?
Los ojos de Soraya brillaban, llenos de furia apenas reprimida.
—Hijo de puta, ha matado a Tim.
—¿Qué? ¿Cómo puede pensar siquiera que…?
—Le dijo a la gente de Cevik dónde iba a estar.
—Está loca.
—¿Sí? Fue idea suya sacarle del pabellón de las celdas. Intenté detenerle, pero…
—Yo no mandé matar a Hytner.
—Entonces, ¿por qué se quedó parado mientras le disparaban?
Bourne no respondió, porque no tenía respuesta. Recordaba que en aquel momento había sentido un pitido y que (se rascó la frente) un intenso dolor de cabeza se había apoderado de él, debilitándole. Soraya tenía razón. La huida de Cevik, la muerte de Hytner… ¿Cómo había permitido que ocurriera todo aquello?
—La huida de Cevik estaba meticulosamente planeada y cronometrada. Pero ¿cómo? —decía Soraya—. ¿Cómo sabía su gente dónde estaba? ¿Cómo podían saberlo si no se lo dijo usted? —Sacudió la cabeza—. Debería haber hecho caso a las historias que se cuentan sobre usted. Sólo había dos hombres en toda la CIA a los que podía embaucar: uno está muerto y el otro desaparecido. Está claro que no es de fiar.
Haciendo un esfuerzo, Bourne logró concentrarse.
—Hay otra posibilidad.
—No me venga con ésas.
—No llamé a nadie mientras estábamos en las celdas, o fuera…
—Pudo hacer señas con las manos, o cualquier otra cosa.
—Acierta con el método, pero se equivoca con el mensajero. ¿Se acuerda de que Cevik encendió una cerilla?
—¿Cómo voy a olvidarlo? —replicó ella agriamente.
—Ésa fue la señal para el Hummer que esperaba.
—Ésa es la cuestión: que el Hummer ya estaba esperando. Y usted lo sabía porque lo había preparado todo.
—Si lo hubiera preparado yo, ¿cree que le estaría contando todo esto? ¡Piense, Soraya! Usted llamó a Hytner para decirle que íbamos a salir. Fue Hytner quien llamó a la gente de Cevik.
Ella soltó una risa áspera y burlona.
—¿Y por eso la gente de Cevik le pegó un tiro? ¿Por qué demonios iban a hacer eso?
—Para cubrirse las espaldas. Muerto Hytner, no habría peligro de que le cogieran y les delatara.
Ella meneó la cabeza tercamente.
—Conocía a Tim desde hacía mucho tiempo. No era un traidor.
—Ésos suelen ser los culpables, Soraya.
—¡Cállese!
—Puede que no lo fuera voluntariamente. Puede que le tuvieran pillado de alguna manera.
—No diga ni una sola cosa más en contra de Tim. —Blandió la navaja—. Sólo intenta salvar el pellejo.
—Mire, tiene toda la razón en que la huida de Cevik estaba planeada de antemano. Pero yo no sabía dónde le tenían encerrado. Ni siquiera sabía que habían detenido a alguien hasta que usted misma me lo dijo diez minutos antes de llevarme a ver a Cevik.
Soraya se quedó inmóvil. Le lanzó una mirada extraña. La misma que le había lanzado al verle por primera vez en el centro de operaciones de Tifón.
—Si fuera su enemigo, ¿para qué iba a salvarla de la explosión?
Un leve escalofrío recorrió a Soraya.
—No pretendo tener todas las respuestas…
Bourne se encogió de hombros.
—Si tan claro lo tiene, tal vez no debería confundirla diciéndole la verdad.
Ella respiró hondo, las aletas de su nariz se hincharon.
—No sé qué creer. Desde que llegó a Tifón…
Bourne alargó el brazo y la desarmó sin que la chica pudiera reaccionar. Soraya le miró con los ojos muy abiertos mientras él daba la vuelta a la navaja y se la ofrecía por la empuñadura.
—Si fuera su enemigo…
Ella se quedó mirando la navaja un rato; luego miró a Bourne, la cogió y volvió a guardarla en la riñonera de neopreno.
—Bien, así que no es el enemigo. Pero tampoco lo era Tim. Tiene que haber otra explicación.
—Entonces la encontraremos juntos —dijo él—. Yo tengo que limpiar mi nombre y usted el de Hytner.
—Deme su mano derecha —le dijo ella.
Agarró la muñeca de Bourne y le hizo volver la palma hacia arriba. Con la otra mano, puso la hoja de la navaja sobre la yema de su dedo índice.
—No se mueva.
Deslizó hábilmente la hoja hacia delante, pasándola por la piel. En lugar de hacer brotar la sangre, extrajo un minúsculo óvalo de tejido traslúcido, tan fino que Bourne no sintió nada.
—Aquí está. —Lo levantó al resplandor parpadeante de una farola para que Bourne lo viera—. Lo llamamos «retícula». Una nanoetiqueta electrónica, según los chicos de la DARPA. —Se refería a la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa, una rama del Departamento de Defensa—. Utiliza nanotecnología: servidores microscópicos. Por eso le localicé tan rápidamente con el helicóptero.
Bourne se había preguntado fugazmente cómo le había encontrado tan pronto el helicóptero, pero había supuesto que era la inconfundible silueta del Hummer lo que habían divisado. Se quedó pensando un momento. De pronto recordaba con nitidez la mirada curiosa que le había lanzado Tim Hytner al pasarle la trascripción de la conversación telefónica de Cevik: así era como le habían puesto el transmisor.
—¡Cabrones! —Miró a Soraya mientras ella metía el nanotransmisor en un pequeño estuche de plástico ovalado y cerraba la tapa—. Iban a seguirme hasta el Ras Dashén, ¿verdad?
Ella se lo confirmó.
—Órdenes del director.
—Y eso que prometió dejarme a mi aire —dijo Bourne amargamente.
—Ahora está libre.
Él asintió.
—Gracias.
—¿Y si me devuelve el favor?
—¿Cómo?
—Déjeme ayudarle.
Bourne sacudió la cabeza.
—Si me conociera mejor, sabría que trabajo solo.
Soraya le miró como si fuera a decir algo; luego cambió de idea.
—Mire, está con el agua al cuello y usted lo sabe. Va a necesitar a alguien dentro de la CIA. Alguien en quien pueda confiar completamente. —Dio un paso hacia la motocicleta—. Porque sabe tan bien como yo que el Viejo se las arreglará para joderle la vida de mil formas distintas.