Capítulo 26
LLEGASTE EN EL MOMENTO ADECUADO
Inary
Llevaba toda la mañana en la tienda de Logan (me había pedido que le ayudara de vez en cuando y vi la oportunidad de poder estar más cerca de él y echarle un ojo). Mi hermano se había ausentado durante más de una hora por un misterioso encargo que tenía que hacer en el pueblo y en cuanto regresó se fue hacia el almacén sin decir una palabra.
Mi preocupación por él no había decaído en lo más mínimo. Más bien todo lo contrario. Me tenía muy inquieta. ¿Pero que podía hacer para aliviar un poco su tristeza?
Supuse que estar a su lado. Era lo único que de verdad podía hacer.
Suspiré y miré afuera. Era un día soleado pero frío; desde la ventana podía ver un fragmento del tentador cielo azul y las colinas que parecían llamarme. Quería salir, disfrutar de los rayos de aquel sol helado y…
La puerta se abrió de repente y la estancia se llenó con el suave sonido de las campanillas que colgaban por encima de ella.
—¿Tenéis botas de agua? —preguntó una voz femenina.
Me volví para ver quién había decidido entrar en la tienda e ir tan directa al grano sin saludar siquiera. Frente a mí había una mujer con el ceño fruncido que sostenía una bota de agua de un rojo intenso en la mano. De manera instintiva bajé la vista hacia sus pies; iba descalza, con las uñas pintadas de turquesa. Debí de quedarme con la boca abierta, porque la mujer dijo con cara de pocos amigos:
—Estaba haciendo fotos en el lago, me caí y mi cámara ahora se está dando un buen baño.
Ahí fue cuando me percaté de que su pelo largo, del color del chocolate, estaba empapado y que temblaba de la cabeza a los pies. Claro, por eso estaba de tan mal humor.
—Lo siento. Las cámaras no son nada baratas —dijo Logan desde el almacén.
—No, no lo son. Bueno, he perdido una bota. Necesito un nuevo par… —Miró alrededor. Tenía acento de la costa oeste. Seguro que era de Glasgow.
—Sin prob… —empezó Logan, entonces salió del almacén—… blema.
La había visto. No pude reprimir una sonrisa cuando contemplé la expresión de Logan. La estaba mirando fijamente porque estaba descalza y empapada, porque era preciosa y porque allí de pie parecía una ninfa recién salida del lago.
Mi hermano tosió. Y volvió a toser. Cuando se recuperó, añadió:
—¿Necesitas secarte? Vivo cerca de aquí. Mi hermana… —Me señaló con el dedo—… puede acompañarte —murmuró para que no pensara que era un pervertido intentando engatusarla para llevarla a su casa.
Asentí con vehemencia. (Sí, la hermana estaba deseosa de llevar a la misteriosa mujer a su hogar para que se secara.)
Ella sonrió y su rostro se iluminó un poco, suavizando su ceño.
—Sois muy amables, gracias… Pero estoy bien. Me alojo aquí al lado, en el Green Hat. Como la tienda me pillaba de paso quise pararme para poder ponerme algo en los pies. Me duelen. Y tengo frío.
Ahora fue el turno de Logan de quedarse boquiabierto.
—¿Has venido caminando descalza desde el lago?
—En realidad con una sola bota —contestó la mujer alzando la bota roja que había sobrevivido al incidente—. Ha sido bastante humillante. —Puso los ojos en blanco.
—Seguro que nadie se ha dado cuenta —repuso mi hermano con su habitual tono serio.
Que él no se diera cuenta no significaba que el resto del mundo no lo hiciera.
—Oh, sí, seguro que nadie se ha fijado en la turista que iba caminando por la calle con una sola bota y chorreando —ironizó. Sus labios empezaron a esbozar una sonrisa.
Justo lo mismo que yo había pensado.
—¿Qué número necesitas? —preguntó Logan, al tiempo que volvía a desaparecer en el almacén.
—¡El treinta y ocho! —gritó ella.
—Vamos a ver. Anda, mira. Tengo un par rojo, como las tuyas. Aquí las tienes. —La mujer extendió la mano para quitarle las botas pero Logan las dejó sobre el mostrador. (¡Cómo iba a correr el riesgo de que sus dedos se tocaran!) Conocía a mi hermano como la palma de mi mano.
—Son perfectas, gracias. ¿Qué te debo?
—No te preocupes por eso. Has tenido un mal día. Solo llévatelas.
Ella negó con la cabeza y empezó a hurgar en la bolsa que llevaba colgada al hombro.
—No puedo aceptarlo…
—Bueno, no voy a dejar que me pagues, así que no te queda otra que aceptar —dijo sin más.
—Vaya, ¡gracias! No sé qué decir. Mira, como todavía tengo la derecha y solo necesito la izquierda… —Se detuvo un instante y se echó a reír—. ¡No, no tiene sentido!
—Salvo que viniera un pirata. Ya sabes, uno con una pata de palo… —¿Mi hermano gastando una broma? Le miré. Fingía estar examinando una abolladura invisible en el mostrador.
«Ella le gusta», pensé.
—Bueno, ¡uno nunca sabe! —La mujer volvió a reírse—. En serio, gracias.
—Has perdido tu cámara. Si yo hubiera perdido la mía estaría destrozado.
Le ofrecí el taburete donde estaba sentada y ella lo aceptó susurrándome un «Gracias».
—¡Espera! Toma —dijo Logan mientras tomaba un par de calcetines secos de una cesta y se los lanzaba.
¡Venga ya! ¿Lanzarle ropa? Ni que la mujer fuera a contagiarle una enfermedad mortal.
—¡Oh, gracias! Los míos están empapados —replicó ella. Se metió una mano en el bolsillo y sacó lo que una vez fueron un par de calcetines a rayas, ahora convertidos en una bola de lana llena de barro, y se puso los calcetines secos y las botas.
Me encantaba su esmalte de uñas. Me prometí comprarme ese mismo tono en cuanto encontrara el valor suficiente para ir de compras a Kinnear.
—¿Has hecho tú estas fotos? —preguntó la mujer a Logan mientras contemplaba las hileras de imágenes enmarcadas que adornaban las paredes de la tienda.
—Sí.
—¡Entonces eres fotógrafo! —exclamó. Parecía que acabara de encontrar a otro miembro de una sociedad ultra secreta.
—Bueno, no de manera profesional…
—¡Me encanta esta! —Se refería a mi foto favorita: Glen Avich durante un día muy soleado en el que también nevó, como el típico paisaje de las bolas de cristal—. Es preciosa.
—Gracias —repuso mi hermano con timidez. Tenía las mejillas rojas—. Seguro que estás acostumbrada a ver fotos mejores que esta todos los días…
—No. —Sonrió ella.
—¿No qué?
—Que no te subestimes.
Logan le devolvió la sonrisa un tanto avergonzado. Aquella mujer tenía la habilidad de leer su mente al instante.
—Por cierto, me llamo Aisling.
—Aisling —repitió él como si saboreara cada sílaba—. Yo soy Logan. Y esta es mi hermana, Inary. No puede hablar.
Muy bien, Logan. Tan directo como siempre. Sonreí y le ofrecí una mano. Aisling me la estrechó con fuerza. Su piel era cálida.
Me gustaba.
—Encantada de conoceros. Y muchas gracias por el detalle —dijo, agitando un pie. Luego miró a Logan a los ojos y esbozó una sonrisa deslumbrante.
—No es nada… Entonces, ¿estás aquí por trabajo?
—Sí, soy reportera gráfica. Estoy tomando algunas fotos de la excavación. Vivo en Aberdeen, pero soy de Dublín. —Otra vez mi instinto infalible para los acentos—. Ah, por cierto, me gustaría mucho tener una copia de esa foto. ¿Las vendes?
—Sí… Esa la tengo para exposición, pero me tienen que llegar un par de copias pronto.
—Te doy mi teléfono, llámame cuando las tengas. Me quedaré por aquí un tiempo —informó con una sonrisa capaz de derretir el hielo. Se acercó al mostrador y le ofrecí mi bolígrafo y un trozo de papel para que apuntara su número—. No se te olvide —insistió. En cuanto terminó de escribir le pasó el papel.
—Claro —señaló mi hermano, clavando el papel en el corcho que había detrás del mostrador.
«No lo hará», pensé con tristeza mientras la observaba marcharse de la tienda y caminar por la calle con sus nuevas botas rojas dando un toque de color al sobrio pavimento gris.