Capítulo 20

REMEDIOS

Inary

El tablet[1] de la tía Mhairi estaba divino, como todo lo que ella hacía. Mientras bebía una taza de té, tomé un segundo trozo. Estábamos sentadas a la mesa de su cocina con un cuaderno lleno de fragmentos de conversaciones junto a mi taza.

Pensé que tía Mhairi podría saber quién era Mary. Por las ropas y estilo de peinado que llevaba cada vez que la veía supuse que había vivido en Glen Avich entre finales del siglo XIX y principios del XX, la misma época que la abuela de mi tía, o lo que era lo mismo, la generación de mi bisabuela. Tal vez a mi tía le contaron algo de aquella época cuando era pequeña. Con un poco de suerte, hasta puede que conociera la historia de Mary. Así que ahí estaba, intentando averiguar algo sobre ella, pero evitando explicar por qué me interesaba. Tía Mhairi no sabía lo de mi don; era la hermana de mi padre y la videncia no afectaba a esa rama de la familia.

Desvié la conversación hasta la casa de mis padres; necesitaba unos arreglos en el techo, era una casa antigua, había pertenecido a nuestra familia durante generaciones… Ahí estaba la oportunidad perfecta.

«¿Sabes si alguna vez vivió allí una tal Mary?»

—¿Mary? Déjame pensar. Bueno, puede ser…, es una casa antigua y Mary era un nombre muy común en esos tiempos. ¿Por qué lo preguntas?

Usé la excusa que tenía preparada.

«Estoy buscando información para una novela.»

—Oh, para una novela, ¡eso está muy bien! —Se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz y removió su té.

Escribí a toda prisa.

«¿Conoces alguna historia sobre alguna Mary que viviera en Glen Avich cuando tu abuela era joven?»

—Bueno, no creo que pueda serte de mucha ayuda, cariño. Mi abuela murió cuando yo era muy pequeña y tu abuelo tampoco hablaba mucho de su infancia. ¿Por qué no echas un vistazo al Archivo Histórico de Kinnear? Sheila Ramsay habla muy bien de él y ya sabes que es una experta en árboles genealógicos y esas cosas. —Asentí. Era una buena idea—. Y ahora, Inary, querida, escucha. No te lo tomes a mal, pero hay algo que quiero decirte respecto al asunto de tu voz…

Solté un suspiro. ¿Otro remedio? Porque todo el mundo parecía tener uno… ¡y los había probado todos! Leche con miel, té de menta, alternar agua helada con agua casi hirviendo, aplicar compresas calientes sobre el pecho o ponerme una bolsa de hielo sobre la garganta, anchoas… Sí, anchoas. Por lo visto eran estupendas para los cantantes que querían conservar en buen estado sus cuerdas vocales. Puede que si recuperaba la voz decidiera convertirme en cantante… pero, por ahora, lo único que las anchoas habían conseguido era que nuestro frigorífico apestara y que yo me bebiera casi cuatro litros de agua.

Forcé una sonrisa y esperé a que tía Mhairi soltara su sugerencia. ¿Tal vez tomar polvo de tritón en una noche de luna llena?

—Bueno, verás, Maggie y Liz, ya sabes, mis amigas —Oh, sí, las expertas en funerales— creen que tal vez debas beber del pozo de St. Colman. Se supone que obra milagros…

Me reí.

«¡Se supone que ayuda a que las mujeres se queden embarazadas!»

—Sí, sí, lo sé, pero tu caso es especial. Seguro que St. Colman sabe lo que necesitas. De buena gana le preguntaría al padre McCroury a ver qué opina, pero ya sabes que no le gusta todo este asunto del pozo y que la gente vaya a beber.

Con la suerte que tenía, si bebía de sus aguas podía continuar muda… pero embarazada.

«Gracias. Di a Maggie y a Liz que lo pensaré», escribí antes de ponerme de pie para marcharme.

—¿Ya te vas? Espera a que te dé un poco de tablet para Logan.

Tomé obedientemente el trozo de dulce envuelto con cuidado en papel de aluminio y di un abrazo a mi tía. Aquella mujer era lo más parecido a una madre que me quedaba. A su manera, un poco torpe, intentaba cuidarnos; le estaba tan agradecida por ello. Mi tía me devolvió el abrazo y murmuró un «mi querida, querida, Inary»; supe que estaba pensando en todo lo que habíamos perdido.

«Gracias», articulé.

—No te preocupes, cariño… Y piensa en lo que te he dicho del agua del pozo. Uno nunca sabe…

Contuve una sonrisa y asentí. Siempre sería mejor que las anchoas.

En cuanto salí de la casa me vi envuelta por la luz lila del anochecer y el suave aroma del agua. Cuando vi la fina neblina que se estaba aglutinando sobre el lago quise irme a casa lo antes posible. No me gustaba estar cerca de lago nunca, mucho menos cuando había niebla.

Me apresuré a alejarme de la casa de mi tía y hasta que no dejé atrás el lago no suspiré aliviada. Mientras caminaba me quedé pensando en Mary. Una fría brisa azotaba mi pelo y la noche empezaba a caer. Deseaba de todo corazón que volviera a visitarme pronto para continuar observándola y conocer un poco más de su historia.

Por mucho que llamaba a Emily, no podía verla. Por alguna razón, había sido Mary la que había acudido, así que no me quedaba más remedio que aceptar las cosas tal y como habían venido y vivir con la nostalgia constante por la falta de mi hermana y la curiosidad que me despertaban los secretos de Mary. Mientras cruzaba el puente sobre el río Avich me di cuenta de que había venido a mí por alguna razón. Estaba claro que no se trataba de una aparición momentánea que brillara a través del discurrir del tiempo como un reflejo sobre el agua. Me apoyé sobre la barandilla y contemplé el agua que fluía bajo mis pies. Me habían despojado de tantas cosas importantes en mi vida: mis padres, mi hermana, mi voz… Mary era algo a lo que podía aferrarme.

* * *

Al acercarme a casa, vi que había alguien esperando en la puerta. Un hombre. Era alto, delgado, con el pelo de color caramelo. De pronto se dio la vuelta y pude ver su rostro. Taylor.

Me detuve en seco y consideré la posibilidad de darme la vuelta e irme antes de que se percatara de mi presencia, pero era demasiado tarde.

—¡Inary! —exclamó con una gran sonrisa. No pude evitar devolvérsela. Parecía tan… despreocupado. Su rostro era tan alegre y luminoso como un cielo azul—. ¡Hola!, pasaba por aquí y…

«Hola», articulé yo.

—Hola… Vaya, hola, Taylor —nos saludó Logan—. ¿Te apetece una taza de café? Aunque me veo en la obligación de avisarte antes: Inary ha hecho una tarta. Y tiene un sabor… Bueno, ya sabes lo que dicen, lo que no mata engorda —dijo mi hermano sacando del frigorífico el tiramisú que yo había preparado.

Qué gracioso. Era cierto que me había quedado un poco líquido, pero no estaba mal. Lo único era que había que comerlo con cuchara, en vez de tenedor, nada más. Había comprado por Internet un libro de cocina de una conocida chef británica y estaba probando una a una sus recetas. O como diría mi hermano, estaba «masacrando» sus recetas.

—Sí a la tarta, por favor. Pero no al café. No bebo cafeína.

«¿Cómo consigues mantenerte despierto?», escribí a toda prisa. Yo era adicta al café. Si no me bebía por lo menos tres tazas por la mañana no era persona.

—Pues, en realidad, ahora tengo mucha más energía que cuando tomaba café —sentenció con vehemencia, como si estuviera anunciando un producto milagroso.

Sonreí para mis adentros.

—Entonces te serviré una copa —repuso Logan antes de sacar dos vasos de un armario. Se me cayó el alma a los pies.

—Te lo agradezco, pero no. No un lunes por la noche. —Taylor se rio alzando las manos. Logan vaciló pero terminó sirviéndose un vaso.

—Entonces no me queda otra que beber solo —reconoció mi hermano con un encogimiento de hombros.

Taylor probó un trozo de tarta.

—Mmm… Inary… está un poco…

—¡Asquerosa! —interrumpió Logan.

—¡No, por supuesto que no! Está buena. Es la consistencia… podría estar… un poco más… —No terminó la frase.

Fui directa a otro armario y le pasé un paquete de galletas.

Estuvimos hablando durante un rato sobre productos de senderismo, pero pronto perdí el hilo de la conversación y mi cabeza viajó a otro lugar. Me quedé pensando en la noche anterior. En Mary. En Emily.

—¿… qué me dices entonces?

Me di cuenta de que Taylor acababa de preguntarme algo y no tenía ni idea de qué responderle.

Fruncí el ceño, negué con la cabeza y articulé un «lo siento» a la vez que me sonrojaba.

—Te preguntaba si te gustaría venir mañana conmigo y ver la excavación. Ya sabes, el lugar donde hallamos el crannog. En otras palabras, que si quieres venir a mi oficina. —Se echó a reír.

¿De verdad tenía otra opción que no fuera aceptar la invitación? A menos que intentara explicarle que le tenía pavor al lago. No podía contarle por qué sentía tal terror, por supuesto, tendría que inventarme alguna excusa como no saber nadar o tener alguna fobia al agua (en realidad era una nadadora excelente y no tenía fobia a nada; bueno sí, a los caimanes después de ver un documental cuando era pequeña, pero en Escocia no es que hubiera muchos). Era tan humillante tener que decir que no sabía nadar, habiendo nacido y crecido a escasos metros del lago…

Tal vez había llegado la hora de superar ese miedo. Al fin y al cabo ya habían pasado trece años.

Asentí con la cabeza.

—¡Estupendo! —Pasó una mano por su espeso y ondulado cabello. Un gesto que me hizo percibir una leve, casi inexistente timidez que nunca imaginé poseería alguien con una personalidad tan contundente.

—¿Seguro que no queréis tomar nada, chicos? —preguntó Logan.

Negué con la cabeza y me puse una mano en la frente, fingiendo un dolor de cabeza. «Olvídate de la escritura, Inary, con tanta actuación al final terminarás ganándote la vida como actriz.»

—¿Te encuentras bien? —quiso saber mi hermano.

«Me duele un poco la cabeza, nada importante», escribí. Después me despedí de Taylor con un gesto de la mano y corrí escaleras arriba hasta mi habitación.

Bien, parecía que al final iría al lago con Taylor. Ya me estaba arrepintiendo de haber aceptado, pero era demasiado tarde. De todos modos no quería seguir pensando en estadounidenses o fantasmas del pasado, así que me puse las gafas y me senté frente al portátil. Llevaba todo el día mentalizándome de que iba a volver a escribir. Aunque no tenía ni idea sobre qué después de haber terminado con Cassandra como lo hice (lo que me aliviaba y al mismo tiempo deprimía). Lo que sí tenía claro era que debía intentarlo. Llevaba poco tiempo sin escribir, pero ya lo echaba de menos.

No recuerdo con exactitud cuándo empecé a escribir; supongo que llevaba toda la vida haciéndolo en notas, en cuadernos, en el ordenador de mi padre antes de tener uno propio. Cuando no escribía era porque estaba leyendo cualquier libro que cayera en mis manos. Devoraba las palabras. También encontraba tiempo para salir y divertirme —Logan era el solitario de la familia—, pero siempre regresaba a mis libros. Los libros eran mi hogar.

Escribí un montón de historias y poemas que nadie llegó a leer, excepto Emily. Como editora, yo tenía constancia de la cantidad de personas que escribían y enviaban sus manuscritos a las editoriales para que los valoraran. La mayoría de las veces eran rechazados. Muy, muy pocos veían publicados sus trabajos; la mayor parte tenían que lidiar con la decepción y, aun así, seguían intentándolo una y otra vez. Admiraba a esas personas porque, a diferencia de mí, tenían coraje. Yo nunca enseñé mis historias a nadie del sector; ni siquiera a Rowan o al resto del equipo de Rosewood. «Porque no son lo suficientemente buenas», solía decirme una voz en mi cabeza. Y aunque en el fondo me dolía, siempre la creí. Nunca confié en que lo que estuviera escribiendo en ese momento estuviera listo para ser publicado. Lo siguiente lo estaría, pero no eso. Nunca estaba satisfecha.

Ahora que Emily se había ido, ¿quién leería mis historias? Era curioso observar las facetas que podía adoptar el dolor; se asemejaban a un prisma que proyectaba sobre la vida de uno los arcos iris nacidos de las lágrimas. Tuve que contenerme para no romper a llorar.

Ya había tenido suficiente. Encendí el portátil y abrí un documento de Word.

Me quedé mirando la pantalla durante unos minutos.

Después me levanté, me sacudí el pelo, volví a sentarme y me quedé mirando la pantalla otro rato.

Volví a levantarme y ordené el cajón de la ropa interior. Escribí unas pocas palabras —un posible título y argumento— y las borré.

Miré a mi alrededor. Tenía que poner una lavadora. También necesitaba organizar mi estantería. Y depilarme. Y… ¡esas telarañas no podían seguir ahí! De pronto había desarrollado un inusual y enfermizo interés por las tareas del hogar.

Suspiré. Estaba empezando a dolerme la cabeza de verdad. La pantalla estaba muy blanca y muy vacía, al igual que mi mente. Miré el reloj. Llevaba cuarenta minutos delante del portátil y solo había escrito dos palabras: «Capítulo 1». Nada más. Lo siguiente sería: «Era una noche oscura y tormentosa».

Agotada por no haber hecho nada, cerré el portátil. Esperaba que Mary no se presentara porque en ese momento era incapaz de hacer frente a ningún encuentro sobrenatural. Esa noche, el mundo de los vivos ya era bastante complicado por sí solo.