Capítulo 22
AGUAS NEGRAS
Inary
Era justo como la recordaba. Tenía la piel blanca e hinchada por el agua. Sus ojos eran negros y vacíos y tenía el pelo largo y con algas enredadas en él.
Era una niña. Una criatura perdida.
La primera vez que la vi, el día que perdí mi don, yo también era una niña.
«Llévame a casa», susurró una vez más. El sonido de su voz salió de mi cabeza y reverberó en todo mi interior, en mi corazón y en mis huesos. Estaba flotando frente a mí, con la cara tan cerca que casi presionaba la mía, y sus pequeñas manos de uñas azuladas tocaban mis mejillas. Las tenía mojadas y muy frías. Miré directamente a sus ojos y me zambullí en ellos… Me zambullí en la nada.
«Escúchame», rogó.
De repente, hizo una especie de salto mortal hacia atrás y se fundió de nuevo con el lago. Su pelo se disolvió en aquellas aguas negras, su rostro perdió forma y su cuerpo volvió a transformarse en líquido. Durante un instante volvió a ser una sombra blanca flotando en el agua y después desapareció.
Yo también caí hacia atrás, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Aunque todo se volvió oscuro durante unos segundos, recuperé el conocimiento de inmediato. Tenía los brazos de Taylor alrededor de mí, pero estaba tan aturdida y desorientada que, en mi confusión, debí de pensar que el espíritu de aquella niña se había apoderado de mí, como lo hizo cuando estaba en el bote de mi padre, y quería arrastrarme al lago. Tuve un ataque de pánico y me liberé de Taylor con tal fuerza que lo que más temía ocurrió. Me precipité desde el borde la plataforma.
En cuanto el agua me envolvió fui incapaz de respirar. Estaba demasiado aterrorizada para abrir los ojos, no fuera a ser que volviera a ver a la niña. Mi cuerpo estaba abrumado por el terror. Lo único que quería era aire, oxígeno, necesitaba respirar. Desesperada, agité brazos y piernas. Me quemaba la piel del frío que tenía. Abrí la boca por instinto, pero lo único que recibí fue un chorro de agua corriendo por mi garganta hasta llegarme a los pulmones. A medida que el instinto de supervivencia tomaba el control de mi ser, abrí los ojos. Ahí estaba ella, flotando en las turbias aguas y extendiendo sus brazos hacia mí. Cuando nuestros ojos se encontraron creí que ya estaba muerta.
Solo unos segundos después, aunque a mí me parecieron una eternidad, sentí los brazos de Taylor agarrándome de nuevo.
Lo siguiente que supe fue que estaba en la orilla, escupiendo agua y tosiendo con tanta violencia que pensé que me estallarían los pulmones. Entonces un recuerdo me asaltó: «Ahogarse no es tan malo». Entendí al instante de dónde procedía aquella reflexión; no de mi conciencia, desde luego. Era la niña, cuyos pensamientos seguían proyectándose cada vez más débiles en mi cabeza. Me llevé las manos a la cara y dejé que Taylor me sostuviera, deseando que el vínculo con aquella criatura se rompiera de forma definitiva. La niña estaba tan asustada, tan perdida. No podía soportar su dolor.
Debería haberlo sabido. Desde luego no había sido ninguna estupidez evitar el lago durante tantos años. Esa pobre alma en pena había venido a buscarme, igual que hizo hacía trece años… Entonces lo comprendí, después de tantos años. Estaba intentando llamar mi atención, hablar conmigo. Y al igual que antes, me había rogado que la llevara a casa.
El problema era que no podía ayudarla, porque no tenía de idea de cómo responder a su súplica.
* * *
Estaba sentada frente a la estufa de gas, todavía tiritando, y llevando nada más que un suéter enorme de la isla Fair que algún compañero de Taylor se había dejado en la caravana y un par de medias largas de lana. Seguía teniendo frío, pero la estufa era potente y notaba cómo iba entrando en calor poco a poco a medida que se me secaba el pelo. Taylor, que también se había cambiado de ropa y ahora llevaba una camiseta negra y unos pantalones de algodón, me pasó una taza de café con una caricatura de Nessie, el monstruo del lago Ness. Me di cuenta de que era una de las tazas que se vendían en la tienda de Peggy. Nosotros también tuvimos un par de ellas. Qué curioso, los pequeños detalles que puede uno llegar a percibir cuando su cabeza está hecha un lío, como la mía en ese momento.
Respiré hondo. Ahora que mis dedos se cerraban alrededor de una taza humeante, lejos del agua, por fin empezaba a sentirme bien.
—¿Mejor? —preguntó Taylor.
Asentí y le miré a la cara. Parecía más joven de lo que era en realidad y… sincero. Sí, parecía sincero. Una persona sin complicaciones. Gracias a Dios que estaba conmigo. Si hubiera estado sola, quién sabe lo que habría pasado. Volví a estremecerme y él se dio cuenta.
—Entrarás en calor en un minuto. ¡Esta estufa es tan potente que podrías asar un jabalí en ella! —Y se rio.
Bebí un sorbo de café. Tenía un sabor repugnante.
—Es achicoria. Se trata de una fantástica alternativa al café, ¡sin nada de cafeína!
Intenté sonreír y tomé otro sorbo. No quería parecer una desagradecida, la verdad.
Taylor se puso serio.
—¿Qué te ha pasado ahí fuera, Inary? Parecías… aterrorizada. Intenté moverte pero estabas tan rígida. Y entonces, cuando te caíste al agua, quise ayudarte pero me rechazaste. —Se tocó la cara con aire ausente. Por primera vez me percaté de que tenía un moretón justo debajo del ojo izquierdo. Un moretón bastante feo. Debió de hacérselo cuando…
¡Oh, Dios mío!
¡Se lo había hecho yo!
Me llevé las manos a la boca, mirando horrorizada la magulladura.
—¿Qué pasa? Ah, ¿es por esto? No te preocupes. No me duele mucho. Si lo dejo cerrado.
«¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!», articulé una y otra vez. Rocé con los dedos el contorno de la contusión. «Lo siento.»
—Te juro por… por la vida de Rover que no me duele nada.
Alcé ambas cejas. ¿Rover no era el perro que tuvo cuando era pequeño? A esas alturas debía de estar muerto. No tenía mucho sentido jurar por la vida de un animal ya fallecido.
—En serio. No fue culpa tuya. Estabas muy alterada. Lo cierto es que fue bastante aterrador. Cuando te caíste al agua, durante un segundo, no pude verte. Como si tuvieras algo encima de ti… Algo que te cubriera. —Bajé la vista hacia mi taza—. Dime qué pasó, Inary —dijo con suavidad.
Me encogí de hombros y mostré las palmas de las manos, haciéndole entender que no podía. El cuaderno que había llevado conmigo estaba en el bolsillo de mi abrigo, destrozado o empapado como todo lo demás. Buscarlo sería una pérdida de tiempo, lo cual me proporcionaba la excusa perfecta.
—Lo siento, se me olvidó… —Se tocó la garganta, avergonzado. Sonreí y negué con la cabeza. No me importaba. Taylor era fantástico. Estaba convencida de que me había salvado la vida. Y como muestra de agradecimiento yo le había dejado un ojo morado.
Miré en las profundidades de sus honestos ojos azul claro y me pregunté si podía contarle lo que de verdad había pasado. Hablarle de mi visión… De la niña del lago.
¿Podía? No. Imposible.
Mucha gente de Glen Avich sabía que el don de la videncia corría por la sangre de los McCrimmon y algunas familias emparentadas. Pero solo seis personas conocían la verdadera extensión de mi don (y cuatro de ellas estaban muertas): mis padres, mi abuela, Emily, Logan y Lewis. Nadie más. Nadie podía imaginarse que aquel don que teníamos las mujeres de mi familia era mucho más que algún que otro sueño premonitorio o sentir alguna presencia paranormal de vez en cuando. Sí, era mucho más potente, más vívido. Más real. Y según mi abuela ninguno en las últimas generaciones había tenido el alcance del mío. Por eso se quedó atónita cuando lo perdí tan de repente. Sin embargo, nunca le conté —ni a ella ni a nadie— lo de la niña del lago.
De lo que siempre me arrepentí fue de contárselo a Lewis. Lo lamenté desde el primer instante, tan pronto como vi la expresión que puso cuando se dio cuenta de que no estaba bromeando. Se lo dije en un momento de debilidad, uno de esos momentos de intimidad en que quise que lo supiera todo de mí. Al principio creyó que le estaba tomando el pelo, pero en cuanto se percató de que lo decía en serio se asustó. Me dijo que nunca se lo mencionara a sus padres (no se me hubiera ocurrido en la vida) porque no me querrían de nuevo en su casa. Como si mi don fuera algo demoníaco, relacionado con la brujería, algo malo por naturaleza cuando, en realidad, era como un sexto sentido. Ni bueno ni malo, solo una parte más de mí, como lo había sido de otras mujeres de mi familia.
—¿Inary? —preguntó Taylor con voz suave, sacándome de mis ensoñaciones—. Espera. Tengo que tener… en alguna parte… —Miró a su alrededor hasta que dio con un montón de hojas impresas con lo que parecían gráficos y un bolígrafo azul sin capuchón—. Aquí tienes. —Me ofreció una hoja y el bolígrafo—. Puedes escribir aquí.
Vaya.
¿Qué excusa podía darle para lo que había sucedido hoy?
—Quieres un poco más de achicoria.
No, por favor, no más de ese caldo marrón. Negué con la cabeza con tanta vehemencia que llegué a marearme durante un segundo.
Me detuve a pensar mientras apoyaba la punta del bolígrafo sobre el papel y me mordía los labios. ¿Qué tal un «en ocasiones veo muertos»? Sonreí para mí de una forma un tanto histérica.
—¿Qué te hace tanta gracia? —susurró Taylor. Sus ojos ya no me miraban divertidos sino preocupados. Estaba sentado muy cerca de mí, con el brazo rozando mi pierna desnuda. Fuera estaba anocheciendo, y la luz en el interior de la caravana era gris y opaca, preludio de la oscuridad que estaba por llegar. El fuego iluminaba la cara de Taylor proyectando un resplandor naranja, como si fuera una ventana en una casa a oscuras.
—Siento haberte pedido que vinieras al lago. Te vi preocupada con el agua y debería haberte escuchado. Siento haberte obligado a venir a ver la excavación…
Volví a negar con la cabeza, con más fuerza aún si cabe, y apoyé una mano sobre su brazo. No podía soportar la idea de que se sintiera responsable de algo de lo que no tenía la culpa. Era yo la que debería haberme negado a ir.
Habían pasado tantas cosas… Tenía frío, seguía temblando y tenía un batiburrillo de pensamientos en la cabeza. Me puse de pie. En ese momento, lo único que quería era irme a casa.
* * *
Entré en casa confusa. Los pensamientos sobre la niña del lago se mezclaban en mi cabeza de forma desordenada, no dejándome discernir con claridad.
Aquellos ojos vacíos.
Sus palabras de súplica.
Las aguas negras.
«Llévame a casa.»
Pero entonces algo en la mesa de la cocina me sacó de ese estado de aturdimiento. Se trataba de un pequeño paquete atado con una cuerda. Al lado había una nota escrita por Logan que decía: «Te ha llegado esto». No necesitaba abrirlo para saber de quién era.
Dentro del paquete había una figura cubierta por capas y capas de papel de burbujas y un objeto plano envuelto en papel de seda lila, atado con rafia. Arranqué el papel de burbujas y me encontré con una porcelana exquisita con la forma de un búho de color azul y blanco y con una bandera danesa pegada. A continuación desenvolví el otro regalo y descubrí un cuaderno púrpura con una cubierta suave y tersa.
Búho número dos y algo que te puede servir hasta que recuperes la voz.
A.
P. D. Como habrás adivinado, estoy en Copenhague.
Ahora tenía dos búhos, uno al lado del otro sobre mi escritorio. Me alegraba que el búho polaco tuviera otro que le hiciera compañía.
Había tenido un día muy largo lleno de acontecimientos. Era hora de hablar con Lesley. Mi amiga ni siquiera se había enterado de lo que había pasado entre Álex y yo… y necesitaba saber si él le había contado algo. Quizás aquello me daría alguna señal de qué pensaba él de lo nuestro, porque en ese momento nuestra relación estaba hecha tal lío que no lograba encontrarle sentido a nada.
De: Inary@gmail.com
Para: LesleyGayle@aldebaran.co.uk
Hola, Lesley:
No sabes lo que me gustaría poder llamarte y hablar contigo. Por aquí todo va bien, por así decirlo. Las cosas entre Logan y yo parecen ir un poco mejor. Al menos ha dejado de atacarme constantemente, lo que ayuda bastante. Lo que de verdad me preocupa es que él no lo está llevando tan bien como parece. Intento echarle un ojo y esconderle todas las botellas que encuentro, pero no está funcionando. No hace más que sentarse y beber. Me encantaría preguntarle a Emily qué hacer, qué decirle. Mi hermana siempre sabía cómo tratarle. Cómo levantarle el ánimo cuando se ponía de mal humor. No quiero ni imaginarme qué pasaría si ahora mismo no estuviera aquí, Lesley.
¿Vendrás a verme? Si puedes, claro. Sé que ya estuviste en el funeral y que son muchos kilómetros, pero me da miedo marcharme de Glen Avich sin haber recuperado la voz. Además, tampoco quiero dejar a Logan. Si no puedes, lo entiendo… Sé que te estoy pidiendo mucho.
Álex me envió un cuaderno púrpura. Escribo en vez de hablar, lo que en cierto modo me ayuda. Al menos puedo comunicarme.
Tengo que contarte… Pasó algo entre Álex y yo antes de venir aquí. No debería haber sucedido y ahora no sé cómo lidiar con ello. Es demasiado. Le dije que fue un error y le hice mucho daño. ¿Te ha mencionado algo al respecto?
Pensé que era mejor que no hablásemos durante un tiempo, pero aquí todo ha sido tan doloroso y horrible que le escribí un mensaje y hemos retomado el contacto.
Bueno, ven a visitarme si puedes. Estoy deseando oír tu voz y ver tu cara.
Besos.
Inary
De: LesleyGayle@aldebaran.co.uk
Para: Inary@gmail.com
Oh, Inary. Tú y Álex, ¡madre mía! No, él tampoco me ha mencionado nada, pero sí que noté que estaba un poco raro.
Creí que era porque te habías ido.
Me encantaría ir a verte. Déjame que lo organice todo en el trabajo e iré para allá en cuanto pueda. Te aviso en cuanto sepa algo.
Cuídate.
Lesley