Capítulo 11
HIELO Y CHOCOLATE
Álex
Una noche, hace tres años, un poco antes de Navidad, llevé a Inary a patinar. Apenas llevaba unos meses viviendo en Londres y estaba esperando el momento adecuado para pedirle oficialmente que saliera conmigo.
En esa época Londres estaba precioso. Todo brillaba. «Todo.» El hielo brillaba, el museo resplandecía por las luces y los ojos de Inary también irradiaban un brillo especial. Era perfecto. Nos pusimos los patines, la cabeza de Inary se balanceaba de arriba abajo con su gorro azul. Me puse de pie y le ofrecí la mano; sentí la suya, pequeña y delicada, sobre la mía. Empecé a moverme despacio, asegurándome que no se cayera.
—¡Eres muy bueno! ¡No es justo! —Inary se agarró a mí como si le fuera la vida en ello.
—Patinar es como montar en bici. En cuanto aprendes cómo hacerlo, ya no se te olvida. De pequeño, iba cada diciembre a patinar a una pista de hielo en Edimburgo. ¿Has estado alguna vez?
—No, pero siempre… ¡Ay! —Perdió el equilibrio e hizo un pequeño baile para intentar no darse un porrazo. La ayudé a erguirse—. Gracias —dijo. Se aferró a mí en busca de refugio contra unos expertos patinadores que pasaron a toda velocidad delante de nosotros. La tomé de la cintura y empezamos a deslizarnos de nuevo por la pista con cuidado—. Siempre he querido ir de compras en Navidad a Edimburgo… aunque nunca lo he conseguido. No ha habido manera.
—Es espectacular. Edimburgo es una ciudad magnífica en cualquier estación del año, pero en Navidades es increíble. Las luces, la noria girando, las gaitas sonando de fondo…
—Que pueden dejarte sordo si te acercas demasiado…
—¡Cierto! ¿Te gustaría que fuéramos un año de estos?
—Me encantaría, Emily podría venir también… Mi hermana. Le haría muy feliz —repuso ella. Sonrió y se deslizó con determinación, frunciendo el ceño en señal de concentración mientras ponía un patín delante del otro.
—¿Mayor o pequeña?
—Pequeña. También tengo un hermano mayor que yo. Logan, ¿y tú?
—Tengo tres hermanas.
—Vaya, el único varón de la familia. ¿Debería compadecerte o en realidad es una ventaja?
—Es una ventaja. Me cuidan como tres gallinas cluecas, aunque dicen que soy el favorito de mi madre y que para ella nunca hago nada mal.
—¡Igual que Logan! —Inary se rio.
—¿Te lo estás pasando bien?
—¡De fábula! —replicó y se soltó de mi mano. Al principio fue vacilante, pero después se fue soltando poco a poco, mientras se reía con esa forma tan característica suya—. ¡Mira! ¡Lo estoy logrando! —Era como una niña aprendiendo a montar en bici.
—¡Muy bien! —No dejé de mirar su gorro azul entre un montón de sombreros y gorros de todo tipo y formas—. ¡Sigue así!
—¡Oh, oh…! ¡Álex! —Se estaba tambaleando.
La alcancé lo más rápido que pude y la sujeté de la mano con fuerza para que no volviera a perder el equilibrio.
—Eres muy fuerte —bromeó ella con ojos brillantes.
—Ese es el mejor cumplido que puedes hacerme. Mi abuela siempre me decía lo mismo.
Continuamos patinando. Inary cada vez se volvía más osada. Estaba haciendo un trabajo estupendo hasta que una niña pequeña cambió de repente de dirección y tuvo que frenar en seco para no chocar contra ella; al final terminó en el suelo.
—¡Ay!
—¡Uf!, eso ha debido de dolerte. —Hice una mueca y le agarré de ambas manos para ponerla de pie de nuevo.
—Sí que ha dolido, pero no me arrepiento de nada —declaró con dramatismo—. Ha merecido la pena romperme uno o dos huesos para disfrutar de este momento. ¿Sabes lo que me apetecería ahora?
«¿Un beso?», deseé, pero no lo dije en voz alta.
—¿Una taza de chocolate caliente con malvaviscos?
Volvió a reír.
—¿Cómo lo has sabido?
—Porque sí. —Sonreí de oreja a oreja.
Terminamos en una cafetería, cerca de Oxford Circus, llena de compradores navideños que intentaban dar un respiro a sus cansados pies. Las paredes estaban llenas de lucecitas plateadas como si se tratara de la casa de Santa Claus, y de fondo se oía música navideña. Nuestros gorros, guantes y bufandas descansaban en una silla junto a nosotros en un montón de colores diversos. En la mesa teníamos dos tazas humeantes de chocolate caliente; Inary tenía las mejillas rojas, al igual que la punta de la nariz, por la hora de patinaje sobre la pista de hielo.
De acuerdo, había llegado la hora. Solo tenía que preguntárselo. «¿Te gustaría que saliéramos a cenar? ¿Solo nosotros dos?»
Tomé una profunda bocanada de aire para infundirme coraje.
—Me preguntaba si…
—Oh, ¡mira esas luces! Adoro Londres en invierno —dijo ella—. Es todo brillos y luces. Glen Avich es tan oscuro y silencioso en esta época del año.
Maldición. ¡Había perdido mi oportunidad!
—Bueno, la oscuridad y el silencio también tienen su toque de belleza —repliqué—. ¿Crees que terminarás volviendo? —Esperé por la respuesta con el corazón en un puño. No quería que se fuera a ninguna parte.
—No lo sé. Aunque echo mucho de menos Escocia. Nunca pensé que me iría de allí. Pero entonces… pasó todo aquello. —Miró hacia otro lado—. ¿Y tú? ¿Regresarás?
—No estoy seguro. También echo de menos Escocia, pero… no sé si me gustaría volver.
—Tus padres viven en Edimburgo, ¿verdad?
—Sí, y también mis hermanas.
—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí solo en Londres? —Se rio—. Puede que lo mismo que yo.
—¿Por qué? ¿Qué estás haciendo tú? —Le devolví la sonrisa.
—Olvidar —repuso. Tomó con la cuchara un poco del cacao que coronaba el chocolate y se la llevó a la boca—. Mmm… Está delicioso.
—¿Qué? Me refiero a qué es lo que quieres olvidar. Lo siento, no quería meterme en tus asuntos…
—No, no te preocupes. Quiero olvidarme de alguien. —Se encogió de hombros.
—Oh… Lo siento. —Rogué en silencio que aquel tipo desapareciera de una vez por todas de su vida.
—Es mejor así. Todo aquello me enseñó algo. Ahora solo quiero seguir con mi vida. —Suspiró y sonrió con ironía—. He pasado página. Nunca más, lo digo en serio. —Vaya—. Perdona, no era mi intención deprimirte. ¿Estás saliendo con alguien? —Ladeó la cabeza.
—No, ahora mismo no. Estaba, pero lo dejamos. —Tomé un buen sorbo de chocolate que me quemó un poco los labios. Mejor no decirle que gran parte de la culpa de que rompiera con Gaby fue en realidad haberla conocido.
—¿Por qué te mudaste a Londres?
—En un primer momento por trabajo. Pero me encanta esta ciudad. En noviembre se cumplieron los cinco años que llevo viviendo aquí.
—No has perdido el acento.
—Ni quiero.
—Yo tampoco —dijo y se echó a reír—. Ahora mismo me pondría a cantar…
—¿Alguna canción sentimental en plan Missing Caledonia?
—Esa o la que habla de la nariz del reno de Santa Claus.
Entonces pensé, «¿qué demonios?, voy a preguntárselo». ¿Qué era lo peor que podía pasar? Que me dijera: «No, ya te he dicho que no quiero volver a estar con nadie». Si no lo intentaba, me quedaría con la duda para toda la vida.
—Inary, estaba pensando que… Tal vez podríamos salir a cenar alguna noche…
—¡Claro! ¿Por qué no esta noche?
—Oh, sí… Sí… Estupendo… Puedo reservar mesa en algún sitio…
—Lesley llegará en cualquier momento. Me ha dicho que le apetecía comida india…
Con Lesley. Claro.
Y como si de una señal del destino se tratara, justo en ese instante nos interrumpió una voz que conocía a la perfección.
—¡Hola! ¿Qué tal se os ha dado el patinaje? —Se trataba de Lesley, cargada de bolsas con sus compras navideñas. Se dejó caer en una silla de nuestra mesa—. ¡Necesito urgentemente una taza de té!
Me di por vencido y me recosté sobre la silla.
«No ha podido ir mejor», pensé con sorna.
—¡Hola! Voy a pedirte una —se ofreció Inary, levantándose de la silla.
Miré a Lesley y esbocé una sonrisa automática, carente de expresión. Era la primera vez desde que conocía a mi amiga que no me alegraba de verla.
—¡Hace un frío de mil demonios fuera! Por cierto, seguro que te alegra saber que tu regalo de Navidad está en una de estas bolsas, ¿pero en cuál? —bromeó. Volví a mirarla e intenté sonreír con más ganas—. ¿Álex?
—¿Sí?
—¿Va todo bien? —Lesley enarcó una ceja.
—Sí, ¿por qué?
—Inary me envió un mensaje diciendo que estabais aquí. Como me encontraba cerca, en la esquina de la tienda de velas, pensé que… ¿Te importa que haya venido?
Debió de haberse dado cuenta por mi expresión. Me sentí fatal e intenté recobrar la compostura.
—¡Por supuesto que no! Perdona. ¿Tienes hambre? ¿Quieres algo de comer?
—Vaya, vaya… —Sus labios esbozaron una lenta sonrisa.
—Vaya, vaya, ¿qué? —pregunté.
Sus ojos brillaron y su sonrisa se hizo más amplia.
—Te gusta, ¿verdad? En plan romántico. Inary —susurró, dándose la vuelta para comprobar que no nos estuviera oyendo. Después se inclinó sobre mí—. ¡Oh, Dios mío!
—Sí, bueno…
—¡Oh, Dios mío! —repitió un poco más alto. Estaba encantada—. ¡Justo como lo planeé!
—¿Que lo planeaste? —empecé. No me lo podía creer. Mis hermanas, Gary, Kamau, y ahora Lesley. ¿Acaso llevaba un «buscando a mi media naranja» escrito en la frente? ¿Por qué todo el mundo intentaba encontrarme una novia?
—¡Aquí tienes! —Inary había regresado. Dejó la taza humeante frente a Lesley—. Con esto entrarás en calor enseguida. También te he pedido un trozo de tarta. ¿Qué pasa? —preguntó, mirándonos a ambos.
—Nada —se apresuró a responder Lesley—. Álex me estaba diciendo lo mucho que le gusta patinar. ¿Lo habéis pasado bien?
—Sí —asentí. Estaba convencido de que tenía las mejillas rojas como si fuera un niño de diez años al que le habían sentado al lado de la chica que le gustaba.
—¡Sí! ¡A partir de hoy a mí también me encanta patinar! —declaró Inary. A continuación bebió un sorbo de su chocolate.
—Tienes que sacar a Inary más a menudo —dijo Lesley, colocándose las trenzas—. Se os ve tan felices juntos.