Diciembre 1.999

 

 

Laura había quedado con José Manuel en su casa, ella había cogido el coche de su padre y había ido a buscarlo.

Había estado dándole vueltas toda la noche, tenía que ayudar a Jose, no sabía cómo, pero seguro que serviría de ayuda. Se levantó muy temprano y llamó a José Manuel, quién cogió el teléfono completamente dormido hasta que entendió lo que se proponía hacer ella, entonces se despertó de repente por la locura que tenía metida entre ceja y ceja su amiga.

En el coche, José Manuel intentó hacerla entrar en razón, lo que tenía claro es que no la iba a dejar sola, pero tenía que convencerla para que fuera razonable y diera marcha atrás. El problema es que cuando ella se obcecaba con algo era difícil que cambiara de opinión, o más que difícil, imposible. José Manuel ya le había repetido el mismo razonamiento una y otra vez, pero no pensaba callarse hasta que su amiga entendiera que lo que tenía en mente no era una buena idea.

- Laura, no ves que más que ayudar lo que vamos a hacer es molestar. Jose en vez de estar a lo que tiene que estar, va a estar pendiente de ti, de nosotros. No ves que de esa forma es muy posible que algo salga mal y que lo maten. Sería culpa tuya. - Hizo una pausa, era una locura. - Por Dios, que es una operación policial. ¡Qué pintamos allí!

Laura iba escuchándole e iba dándose cuenta que tenía razón, cómo se le podía haber ocurrido hacer una barbaridad como la que estaba a punto de hacer.

- Tienes razón, no sé en qué estaba pensando. - José Manuel respiró aliviado, por fin había entrado en razón. - Bueno, vale, no estaba pensando. Pero ya que estamos aquí, qué te parece si desayunamos algo en un bar y nos vamos luego derechitos a la Facultad. Ayer dejé a mis amigas tiradas en medio de una práctica. - José Manuel asintió y ella aparcó en el primer sitio que encontró. No eran ni las ocho de la mañana, así que iban con tiempo.

Anduvieron unos metros y se toparon con un bar abierto al que pasaron. Cuando entraron, descubrieron un local muy pequeño, con una barra en la que había una mujer enorme que los observaba. Había dos mesas a la derecha de la puerta y a la izquierda un par de máquinas tragaperras.

- ¿Servís desayunos? - Preguntó José Manuel.

- Sí, claro, lo que no arreglamos son ruedas. - La mujer rió de su propio chiste. Ellos se acercaron a la barra pero no vieron nada de bollería, de hecho, no había nada de nada.

- ¿Qué tenéis? - Esta vez fue Laura la que preguntó.

- ¿Qué queréis? - Parecía que no iba a ser fácil desayunar en ese local.

- Yo quiero un café con leche y porras. - Pidió José Manuel.

- No nos quedan. - Dijo la mujer.

- A mí me gustaría café con leche y barrita con tomate. - Pidió Laura.

- No tenemos.

Laura no pudo evitarlo, se echó a reír, no podía parar de reír, lo que hizo que José Manuel se contagiara y también se echó a reír.

- ¿Es la cámara oculta? ¿No cree que es más fácil que nos diga qué es lo que tiene? - Preguntó Laura mientras se seguía riendo. A la mujer no le hizo ninguna gracia y los echó de su bar, muy seria y enfadada.

Ellos se fueron doblados por la risa, no podían parar. Había sido una situación tan absurda y ridícula que no les podía entrar en la cabeza que hubiera sido real. Aún seguían riéndose, cuando al girar la esquina a ver si encontraban otro bar para desayunar, se chocaron literalmente con el Bulldog. Cuando levantaron la cabeza para pedir perdón, no se podían creer a quienes tenían delante. Detrás del Bulldog iban el Chino y el Dardo. El Chino sonrió.

- ¿Sabes que hemos quedado con tu novio dentro de un rato? - Laura no sabía qué decir y el Chino estaba mirándola, esperando una contestación.

- Ahhh. - No sabía qué era mejor, si confirmar que lo sabía o negarlo y mentir, así que prefirió no decir nada.

- Creo que va a ser más interesante si os venís con nosotros. - Les dijo. Laura estaba asustada y enfadada consigo misma por haber ido hasta allí y haber traído consigo a su amigo. Por un lado Jose iba a matarla, y por otro lado podía entorpecer una operación policial. Si hubiese podido, en ese momento se hubiera puesto a darse de cabezazos contra la pared por su estupidez.

- Es que nosotros ahora íbamos a la Facultad. - Laura miró el reloj. - Se nos está haciendo muy tarde.

- Muy tarde, si. - Confirmó José Manuel que empezaba a estar asustado.

- ¿Os vamos a tener que llevar por la fuerza? - El Chino parecía divertido, y sus amigos, todo lo contrario, parecía como si  quisieran lanzarse sobre ellos y degollarlos. Ambos movieron la cabeza con un gesto de negación. - Eso me parecía.

Todos se pusieron a andar en dirección a la nave. Laura sólo podía pensar que si salía viva de ésta, Jose la iba a matar. En qué estaría pensando cuando decidió ir, menos mal que José Manuel hizo de conciencia, y que mala suerte encontrarse con el Chino. No podía haber ocurrido todo eso en menos de quince minutos. Era absurdo. Esa mañana no tenía que haberse levantado de la cama. Seguía dándole vueltas a todo eso, cuando oyó la voz de Jose.

- ¡¡¡Laura!!! - Más que enfadado, estaba sorprendido. Ya habían llegado, estaban en la entrada del local en el que solían encontrarse todos. Pero cuando lo miró se dio cuenta que también estaba muy enfadado, quizás muriera ahí mismo fulminada por su mirada. Jose miró al Chino y le dijo. - ¿Te importa si hablo con ella? - El Chino los miraba divertido.

- Claro que no. Pero dentro. - Todos pasaron al interior.

- Estos son los compradores. - Jose, antes de hablar con Laura, decidió hacer las presentaciones. Señaló a Gutiérrez y Ramírez. - Son los hermanos Robles, Elena y Álvaro. Y su tío, Don Oscar Robles. - Laura se fijó por primera vez en ellos. Gutiérrez era tan guapa como le había dicho Jose, llevaba un vestido negro ajustado muy elegante y un abrigo rojo con el cuello en suave piel negra, ella supuso que sería piel de conejo, un bonito bolso a juego con los zapatos, un maquillaje muy suave y el pelo en un trabajado recogido, parecía una persona que se movía en un ambiente sofisticado y de mucho dinero, desde luego a ella le pareció que daba el pego. Ramírez y Carlos, que se hacía pasar por Don Oscar Robles, llevaban un elegante traje gris, se diferenciaban en que Álvaro llevaba un abrigo también gris y Carlos lo llevaba negro, además, Carlos llevaba un pañuelo alrededor del cuello que le daba un toque muy elegante, le recordaba a un conde o alguien con titulo nobiliario que salía en la televisión de vez en cuando.

Aún los estaba observando cuando notó que la agarraban con fuerza del brazo y se la llevaban al fondo de la nave.

- ¿Se puede saber qué coño haces aquí? - Cada segundo que pasaba Jose se cabreaba aún más, si eso podía ser posible. Laura por su parte respiró tres veces y le contó toda la verdad desde el principio.

- Pues pensé que sería de ayuda y me vine con José Manuel, que obviamente me convenció de que estaba haciendo la mayor estupidez que había hecho en mi vida, me di cuenta que tenía razón. Fue muy convincente, ¿sabes? Tenía grandes argumentos de peso y yo no tenía nada con qué rebatirlos. Así que como te decía, me hizo entrar en razón. El caso, es que como era muy temprano para ir a la Facultad, decidimos desayunar. En el bar en el que entramos no tenían de nada, y eso que la camarera decía que había de todo, bueno, no decía exactamente eso, pero, bueno, si, esto no importa, ¿verdad? El caso es que salimos y al girar una esquina nos chocamos con el Chino, el Bulldog y el Dardo. Te juro que no sé de dónde salieron, si los hubiéramos visto nos hubiésemos dado la vuelta, pero ya no fue posible, y aunque les dijimos que nos íbamos a clase, nos convencieron amablemente para asistir a esta cita que tenían programada con vosotros. Te juro que nosotros no queríamos venir. - Laura por fin paró de hablar, había hablado de carrerilla, a toda prisa y sin respirar. Jose no sabía que le sorprendía más, la historia o que no se hubiera ahogado al contarla. Era tan absurda que sabía que era verdad. Se echó a reír a carcajada limpia. Laura no se esperaba eso, llevaba mirando su anillo y girándolo en el dedo desde que empezó a contar la historia, le daba miedo mirar a Jose a los ojos, esos ojos que la estarían fulminando, sin embargo, cuando lo miró, no paraba de reír.

Miró al otro lado de la nave donde se encontraban el resto y vio que todos estaban tan sorprendidos como ella, excepto el Chino que estaba sonriendo. Supuso que todos habían oído la historia que acababa de contar. Parecía ser que al Chino también le había hecho gracia, aunque ella no entendía dónde le veían la gracia.

Cuando Jose volvió a recordar dónde estaban y volvió a sentirse preocupado por Laura, se calmó. Pero sabía que ya nada se podía hacer, por alguna razón el Chino al encontrarla había decidido traerla, quizás el plan no estaba saliendo tan bien como pensaban inicialmente, quizás no confiaban en él como creía.

Bueno, por lo menos eso haría que no se confiara. La acercó hacia sí y le dijo al oído. - De acuerdo, ya estás aquí y no se puede hacer nada, así que quédate a mi lado y estate quietecita. “El cementerio está lleno de héroes”. - Ella asintió. Esa frase estaba segura que la había oído en alguna película, pero no recordaba en cuál, esperaba que fuera una película con final feliz.

- ¿Listos? - Preguntó el Dardo. Jose asintió. Entonces, el Bulldog les lanzó a todos ellos unos pequeños sacos negros. - Seguidnos.

En un lateral de la pared había una puerta en la que Laura no había reparado nunca, estaba oculta detrás de una cortina, siempre había pensado que ahí detrás no había nada. El Dardo pasó por ella y el resto lo siguió. Aparecieron en un garaje cubierto en dónde únicamente había una furgoneta negra, a Laura le recordó la del Equipo A, aunque sin la franja roja y probablemente más grande. Les hicieron subir a todos al interior de la furgoneta, pero antes les cachearon para comprobar que no llevaban ni micros ni armas. Cuando el Dardo fue a coger la bolsa de deporte que Jose llevaba en la mano, donde llevaba el dinero para la compra, éste le agarró la muñeca deteniéndole y negó con la cabeza. Si la abrían estaban perdidos, ya les habían dado todo el dinero que tenían incautado en comisaría, así que lo que habían hecho era recortar  papeles y montar paquetes con ellos. Era muy arriesgado, pero la idea era no llegar tan lejos en la compra, no llegar a mostrar el dinero, tenían que detenerlos antes. El Dardo palpó la bolsa para comprobar que sólo hubiera dinero, y eso fue lo que le pareció, por lo que el Chino le hizo un gesto al Dardo para que continuara y dejara la bolsa en paz.

Todos estaban ya sentados en la parte de atrás de la furgoneta cuando el Bulldog les indicó que se pusieran en la cabeza el saquito negro que les había pasado hacía un momento.

Jose tenía a Laura sentada a su derecha, le dio la mano para que se tranquilizara, ella se la cogió y la apretó tanto que temió que le hubiera roto algún hueso, él se acercó a donde calculaba que estaba su cabeza. - Tranquila. - La oyó respirar profundamente varias veces y notó que bajó la presión sobre su mano.

Aunque no se habían percatado, cuando salieron del garaje, un coche salió detrás de la furgoneta y la siguió unas cuantas calles, informando en cada momento a todo el equipo por donde iban. Cuando el Dardo, que era el que iba conduciendo, se dio cuenta que había un coche que llevaba algunas calles detrás de él, vio como giraba por una calle perpendicular y desaparecía de su vista, dejándolo más tranquilo.

Justo en ese momento, un taxi giraba para colocarse detrás de ellos, lo mismo que el coche anterior, los siguió unas cuantas calles hasta que otro coche se puso a seguirlos en su lugar y el taxi desapareció.

Así estuvieron hasta que entraron en la M-30, donde se unieron a la persecución cuatro coches más, además del que ya estaba detrás de ellos. De esta forma, estuvieron mezclándose con el tráfico los cinco coches, sin que nadie en la furgoneta se diera cuenta que los estaban siguiendo.

Como esperaban, el punto de destino era el almacén que habían encontrado el día anterior, donde los geos, la policía del aeropuerto y la policía de comisaría estaban ya en sus puestos, ocultos por toda la zona.

La furgoneta entró dentro del almacén, donde paró. Les dijeron que bajaran.

Cuando se pudieron quitar el saco que llevaban en la cabeza comprobaron que la nave en la que se encontraban debía de medir unos cinco mil metros cuadrados, era enorme. Laura lo calculó comparándolo con un terreno que tenían sus padres en el pueblo con huertas, árboles frutales y demás, que tenía ese tamaño. De hecho, era muy probable que incluso fuera algo más grande.

Jose miró a Gutiérrez para que le confirmara que era la misma nave del día anterior, cosa que ella hizo con un leve movimiento de cabeza.

En ambos laterales había varias filas de sacos, que Jose supuso que sería la harina de palmiste, donde esperaban que estuviera la cocaína mezclada.

En medio había mesas largas con balanzas de precisión, probetas y diferentes instrumentos de laboratorio, además de cubos y grandes bidones al lado de las mesas. También había un montón de gente trabajando, yendo de un lado para otro.

Al fondo apareció un hombre alto, con una cicatriz en la ceja y con unos fríos ojos azules, vestido todo de negro que se acercaba a ellos. Laura supuso que ese sería el Coyote, su mirada era cruel, sintió un escalofrío. Le acompañaba un hombre bajito, medio calvo, con grandes gafas y una bata blanca.

- Les presento al Coyote, mi jefe, y al Químico, quién se ocupa de que este laboratorio funcione correctamente. - El Chino les presentó a Jose y a los demás.

El Coyote los miró a todos con atención, uno a uno, sopesándolos, intentando saber si realmente eran quienes decían ser, pero no vio nada que le hiciera sospechar. Había buscado información sobre la familia Robles y había encontrado alguna referente a la cantidad de dinero que tenían, además de moverse entre lo más selecto de la jet set en Puerto Banús y Marbella. Desde luego, si todo iba como la seda con ellos, podría meterse en ese mercado, lo que le reportaría mucho dinero y mucho más poder. De repente, se fijó en la morena de ojos azules que estaba callada y mirando al laboratorio bastante sorprendida.

- ¿Te gusta lo que ves? - Laura no se había dado cuenta que el Coyote se dirigía a ella, sin embargo todos observaban su reacción. Cuando notó el silencio que se había hecho, se giró para ver qué ocurría y vio que todos la miraban. Jose fue a hablar por ella, pero ella se adelantó, le daba la sensación que si no contestaba ella misma, el Coyote se sentiría ofendido.

- Es impresionante. - Sonó muy tranquila. - ¿Cómo funciona? - Se atrevió a preguntar. Al Coyote le hizo gracia su osadía.

- La cocaína nos llega mezclada con harina de palmiste, que es una sustancia vegetal utilizada en piensos animales. - Con un gesto de la mano hizo que Laura se acercara al laboratorio y la guió. El resto se unió detrás de ellos. Jose no quitaba el ojo de encima a Laura y a lo que pasaba a su alrededor. - Para sacar la droga de la harina es necesario un proceso químico del que se ocupa él. - Señaló al hombre de bata blanca que les acompañaba. El Químico asintió con la cabeza dirigiéndose a Laura a modo de presentación.

- También somos capaces de extraer el alcaloide de la hoja de coca, del que se obtiene la droga. - Dijo el Químico orgulloso de sí mismo.

En ese momento entraron dos personas más a la nave por la entrada que quedaba justo detrás de la furgoneta. Cuando Jose se fijó a ver quién era, se sorprendió que fueran Quique y Edu. Así que sabían más de lo que les contaban, desde luego no daban el perfil, pensó asombrado.

Cuando Laura los vio, le asustó que reconocieran a Elena, si era así estaban perdidos. Se unieron al grupo y saludaron, pero se quedaron apartados y no dieron muestra de reconocerla, por lo que se sintió más tranquila.

- Una clase muy interesante. Pero nosotros estamos aquí por otro motivo. - El que habló fue Jose. El Coyote se dio la vuelta y lo observó, hizo un ligero movimiento de cabeza, y por la puerta entró un hombre bajito y moreno que llevaba un carrito de transporte en el cuál había una gran caja de cartón. Cuando llegó al lado del Coyote, dejó la caja, se dio media vuelta y se fue sin decir palabra.

- Tienes toda la razón. Nuestra reunión debería llevarnos a un negocio muy lucrativo para ambas partes. - Todos sonrieron, Laura pensó que sólo les faltaba frotarse las manos. Los únicos que no cuadraban en ese decorado eran ella y José Manuel, se maldijo de nuevo por haberle metido en este lío. Él estaba en un lateral contemplando todo lo que había a su alrededor con curiosidad. El Coyote abrió la caja y Jose se acercó a comprobar la calidad de la droga.

Laura contempló cómo dejaba un poco de cocaína encima de un trozo de papel de plata y la quemaba poco a poco, generando un olor muy agradable, le llamó la atención que la droga al ser quemada pareciera caramelo y que desapareciera dejando completamente limpio el papel de plata. Parecía que Jose sabía perfectamente lo que hacía, bueno, seguramente no sólo lo parecía, pensó ella.

- Muy pura. - Confirmó, indicándoselo a los supuestos compradores de Marbella, los Robles. Los tres asintieron y sonrieron encantados.

- Perdona, ¿nos conocemos? - Edu se acercó a Elena. Todos se quedaron observando la escena y lo peor de todo fue que ella se quedó pálida. - Sí, eres tú. Nunca olvido una sonrisa. - Se giró hacia el Coyote. - Es de la pasma.

Laura se agachó y se metió debajo de la mesa que tenía más cerca. Por lo que vio, el resto ya tenía un arma en la mano y se apuntaban entre ellos, ella no sabía de dónde las habían sacado, puesto que unos momentos antes los habían cacheado, al único que no localizó fue a José Manuel.

- El edificio está rodeado, creo que lo más razonable es que tiréis las armas y os entreguéis. - Jose estaba de pie delante de la mesa bajo la que ella estaba escondida, supuso que la había visto ocultarse ahí y se había puesto delante para protegerla. Ella apenas veía nada entre sus piernas, al único que atisbaba era al Coyote que no tenía pinta de tener intención de entregarse.

En ese momento se oyó una explosión a su espalda, se giró y vio cómo José Manuel volaba literalmente y caía sobre los sacos  de harina del lateral contrario al que se encontraba ella.

A partir de ahí todo fueron gritos y desorden. Podía oír a la gente que estaba trabajando intentando salir de la nave, a la vez que gritaba asustada por el fuego que se empezaba a propagar con facilidad debido a todos los productos químicos existentes en las mesas. También oyó cómo geos y demás policía, que estaban esperando en el exterior, iba entrando al almacén sacando a la gente.  

Ella se puso a correr sin mirar atrás, buscando el lugar dónde había caído José Manuel. Oía disparos, pero no se molestó en mirar qué estaba ocurriendo. Cuando se detuvo al lado de su amigo, vio que José Manuel estaba vivo, pero con graves quemaduras por casi todo su cuerpo. Inmediatamente sintió a Jose a su lado.

- ¿Qué has hecho? - Laura fue a cogerle la mano pero se detuvo al ver que la tenía en carne viva, no quería lastimarlo. Con cuidado le puso su cabeza apoyada en su brazo para que estuviera más cómodo y respirase mejor.

- Ha sido fácil, las sustancias químicas con las que estaban trabajando son inflamables. - Hizo una pausa, le costaba hablar. - Lo que no sabía era la cantidad que se necesitaba, quizás me he pasado.- Laura le acariciaba la parte de la cara que no tenía quemada y el pelo, mientras él hablaba sin dejar de toser.

- Sí, creo que te has pasado un poco. Como siempre haciendo las cosas a lo grande. - A Laura se le caían las lágrimas por las mejillas. Veía que su amigo se moría. Oía como Jose, detrás de ella, solicitaba una ambulancia con urgencia. - No te preocupes, ya verás como te vas a poner bien, viene una ambulancia de camino. En unos días estarás conmigo celebrando el Fin de Año. Tu fiesta favorita. - Intentaba sonreír mientras le hablaba, pero no podía dejar de llorar. 

- Laura, tú siempre tan positiva. Por favor, prométeme una cosa. - Ella asintió con los ojos empañados por las lágrimas.- No cambies, me oyes, nunca cambies. - Hizo una pausa, fue a acariciarle la cara, pero en cuanto la tocó hizo una mueca de dolor. Volvió a dejar el brazo donde lo tenía.

- José Manuel, perdóname. Tú no deberías de estar aquí.

- Shhh. - José Manuel le pedía que se callara, quería despedirse y decirle la verdad, iba a ser su última oportunidad. - No ha sido culpa tuya, por favor, no te sientas culpable, estoy aquí porque he querido. - Seguía tosiendo mucho mientras hablaba. - Laura, quiero que sepas algo que nunca me he atrevido a decirte. Te quiero.

- Yo también te quiero. - Le dijo entre sollozos mientras le daba un tierno beso en los labios. Él le sonrió con dulzura.

- Gracias. - Fue lo último que dijo. Laura apoyó su cabeza sobre la de él y se puso a llorar desconsoladamente. Detrás, Jose contemplaba la escena impotente.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando llegó un hombre con bata blanca, ella supuso que sería un enfermero o un médico, ya le daba igual, ella sabía que estaba muerto, no necesitaba que nadie se lo confirmase. Se acercó a José Manuel para comprobarle el pulso y negó con la cabeza, no había pulso.

Laura dejó la cabeza de José Manuel apoyada en uno de los sacos, intentando dejarle lo más cómodo posible, le pasó la mano por encima de los ojos para cerrarle los párpados, parecía como si estuviera dormido. Se fue a levantar, pero las piernas no le respondieron y casi se cae al suelo, Jose la retuvo y la sacó de allí en brazos. Ella agarrada a su cuello no dejaba de llorar.

- Nos ha salvado a todos. - Le dijo suavemente. Ella lo sabía, pero en ese momento no podía dejar de pensar en la frase que le había dicho Jose un rato antes “El cementerio está lleno de héroes”.

Los bomberos ya habían apagado el fuego. La policía se llevaba a los detenidos a grandes furgones que había fuera. Las ambulancias salían a toda prisa llevándose a los heridos, por el fuego o por los disparos, indistintamente. Jose echó un vistazo y vio a Carlos que se llevaba al Chino a uno de los coches, Álvaro por su parte llevaba esposado al Coyote, mientras que Elena se llevaba a Edu.

 

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