Fábula trágica del galán asesino
Su bofetada me inflamó el carrillo
cuando intenté besar su cutis fino.
El bien que ella me dio lo hallé dañino,
incluso me aplastó más de un barrillo.
Siendo persona honrada me hice pillo
y por su amor —veréis— también cretino.
Mi masculina voz fue dulce trino,
mi único alimento el solomillo
y mi bebida aceite de ricino.
Lucí en mi oreja izquierda un vil zarcillo,
el color de mi piel se hizo cetrino
y consumí algún que otro cigarrillo.
Hizo aflorar mi instinto de asesino
y un bello día le clavé un cuchillo.