—Su amigo ha cumplido su parte del contrato, tenemos a casi todos los terroristas allí abajo y el Secretario de Estado me pide que le transmita las felicitaciones del Gobierno —anunció el caballero sentándose ante el Juez de Instrucción que ordenaba sumarios en el pequeño gabinete de la comisaría, mientras los francotiradores especiales abandonaban el tejado y las camionetas del ejército recogían a los militares en el portón—. He traído una botellita de whisky para celebrarlo, ¿le apetece?

Dos vasos de vodka finlandés que he robado del armario del viejo, ¿a la salud de quién vamos a bebérnosla? dijo el Hombre, tumbado en el césped, quitándole la tapa con los dientes. Esta vez me he salvado por un pelo de que me internasen en Abrantes, mi abuela se conmovió a último momento y deja que me quede en Lisboa con la condición de que no suspenda ningún año más en el liceo.

—Promete, promete, pero yo ya estoy hasta aquí con sus promesas —se lamentó el abuelo en busca de la boquilla de carey en los bolsillos del chaleco—. Lo que puedo asegurar es que no le doy más el gusto, Matilde, si el pequeño suspende lo meto de recadero en la compañía y se acabaron los estudios, será chupatintas toda la vida.

—Con uno o dos que le den clases particulares se resuelve el problema en un instante —decidió la abuela—. Como ganan poco, los profesores se pasan la vida faltando y regañando a los pequeños.

—Gracias, he dejado de beber hace muchos años —se disculpó el Juez de Instrucción sonriendo al caballero, mudando la posición de los teléfonos en la mesita que flanqueaba el escritorio—. Que yo recuerde, por otra parte, sólo me emborraché en una ocasión, siendo muchacho.

Unas ganas locas de morir, una sensación de desmayo, un dolor de cabeza horrible, una náusea inmensa, mareos que ondulaban los arriates y los árboles del jardín, el invernadero, desenfocado, alejándose y acercándose, el Hombre, muerto de risa, canturreando fados, llenando los vasos y derramando alcohol en las flores, y yo pensando, aterrado, No me mantengo en pie, cómo vuelvo ahora a casa, mi madre me da una zurra con el zueco si me ve entrar borracho.

—Casi todos en la cárcel y sin ninguna complicación, un éxito total —se alegró el caballero alzando la botella en un brindis universal—, como ve no había razones para asustarse. Sólo su amigo y la novia se han librado, pero según el teniente de la Brigada en menos de un par de horas los tendremos también en chirona, quédese tranquilo.

—Un colegio en la provincia, qué horror, más arriba de Alverca toda la gente huele mal —se escandalizó la abuela acercando el cigarrillo al mechero de su marido, con la revista de moda en las rodillas—. ¿Te gustaría ver a tu nieto en una cochambre de colegio, Fernando?

—No voy al internado, no voy a Abrantes, me quedo en Lisboa contigo —se alegró el Hombre rompiendo tallos con los brazos—. Bébete un trago más, maricón, que esta noche nos vamos de putas a las Pedralvas.

—No es ninguna cochambre, es un colegio espléndido, muy limpio, mi hermano fue allí y fíjate en el puestazo que tiene en el banco —protestó el abuelo, con la boquilla entre los colmillos, jugando con una plegadera—. Pero no se hable más de eso, se acabó, a fin de año se verá el resultado.

—Antonio no ha sido detenido, ¿y eso? —se extrañó el Juez de Instrucción mirando de reojo al caballero, desconfiado—. ¿Cómo un cuarentón que no sabe poner un pie delante de otro sin tropezar ha burlado a una compañía de fusileros entrenados en la guerrilla urbana y que tienen la mitad de los años de él?

—Un colegio en Abrantes ni lo pienses, nunca he oído una idea tan tonta, ¿te has fijado en la cara de débil mental de tu hermano, por casualidad? —se burló la abuela pasando una página de la revista—. Este vestido no es feo, el martes se lo mostraré a Cristina.

—Ocurre, los fusileros se olvidaron de la pensión y fue por allí por donde ellos salieron —dijo el caballero mostrándole al Juez un mapa rayado con trazos de varios colores, y dibujando con el dedo un trayecto sinuoso entre los rectángulos de las fincas—. Claro que se castigará a los responsables pero me da la impresión, y disculpe si me equivoco, de que el señor doctor casi se ha puesto contento al saber que su amigo se había pirado.

—¿No tienes ganas de vomitar también? —tartajeó el Hombre, de bruces encima de las flores, limpiándose el mentón y la boca con la manga—. El vodka sin duda está malo, el alcohol no me hace normalmente ningún efecto.

—Por lo menos parece más inteligente que los anormales de tu familia —se irritó el abuelo, de espaldas, observando la Estrada de Benfica desde la ventana—, por lo menos no vive a costa mía como tus cuñados.

—¿Contento, yo? —se sonrojó el Ilustrísimo sumergiendo el lápiz en el tintero, confundido—, ¿por qué demonios habría de estar contento, oiga? Y deje de llamarlo mi amigo que paso de amistades así.

Ahora vomitaban los dos, lado a lado, en la orla del césped, cayendo sobre las flores, ensuciándose de tierra, sosteniéndose en un tronco de cedro para desplomarse de nuevo mirando con las órbitas ciegas los bojes que iban y venían, el palomar sin lugar fijo, el gallinero que bailaba en torno de ellos como un remolino vertiginoso. Si mi madre me llama para que la ayude con el maíz ni siquiera seré capaz de responderle, pensó el Juez de Instrucción, despavorido, con la frente en el hombro del Hombre, me quedo aquí descompuesto como la perra de mi padre hasta que nos descubran mañana por la mañana en medio de un charco de tripas, cubiertos de escarabajos y hormigas, en medio de los agapantos destrozados. ¿Contento, yo? dijo él al caballero secando el lápiz en el faldón de la camisa, ¿contento yo, dice? Para su información me parecerá una vergüenza si no le meten veinte años.

—Parásito, ja, ja —respondió la abuela comparando la tonalidad de su esmalte de uñas con la del frasquito de un anuncio—. Mira, si ser parásito es no ser hijo de un droguero basto como tú, tengo un gran orgullo de mi familia. Por lo menos no precisan que les enseñen a coger el tenedor ni hacen gestos con los cubiertos: esas cosas que vienen de cuna, ¿entiendes?

—¿Cuándo se pasará esto, Zé, cuándo se me calmará el dolor de estómago? —preguntó el Hombre hundido en la hierba agarrado al muslo del Juez—. Quiero que me lleven deprisa al hospital, quiero un comprimido para ponerme bueno.

—Cazar a su amigo y a la novia es una cuestión de tiempo, inevitablemente caerán por aquí —lo tranquilizó el caballero mostrando con el anular otro punto del mapa—. Y si sale vivo de ésta, cosa que dudo, no se libra de treinta años de cárcel.

Mi madre, pensó el Ilustrísimo observando, espantado, la mancha de tinta de la camisa y cavilando si se iría con jabón y agua caliente, encontró a la perra, ya muerta, enjambrada de moscardas, en el pomar, con el vientre desgarrado por el espigón de alambre de una trampa para los mirlos, y mi padre instalado a su vera con el hocico de la mastina en su pecho, balanceando una copa de orujo al ritmo del violín de la vivienda deshecha, que desafinaba sólo para él un arrobamiento dramático de tangos.

—Tú coges el tenedor como se debe —asintió el abuelo, siempre de espaldas, interesadísimo en las viviendas con jardincitos murados de la Estrada de Benfica—, pero soy yo, con el dinero del droguero, quien les pone la manduca en el plato para que la niña exhiba ante toda la gente la educación que le dieron y gaste el resto del día en peluqueros o haciendo compras.

—Siéntate ahí, en ese ladrillo, y oye —propuso el guardés ordenando silencio, con un dedo en los labios, a la mujer que lo miraba de pie, entre lágrimas, retorciendo el borde del delantal—. ¿Conoces una música más bonita que ésta, dime?

—¿Salir vivo? —preguntó el Ilustrísimo cogiendo un expediente al azar y hundiendo las gafas y la nariz en las páginas sin conseguir leer los autos—. Eso lo dice para impresionar, caramba, no hay ninguna razón para que no salga vivo, ¿no?

—No me toques, suéltame, déjame un rato panza arriba hasta que se me pase el mareo —pidió el Hombre al Juez de Instrucción mirando, con náuseas, las nubes encajadas en las ramas del cedro y los pájaros que nadaban en sus hojas—. Si nos ponemos mejor esta noche vamos a las Pedralvas como príncipes, le he afanado dinero a la vieja de la cartera.

—Lo de salir vivo debo decírselo —explicó el caballero plegando el mapa y sepultándolo en el bolsillo de la chaqueta—. Hay accidentes que ocurren, comprenda, hay imponderables, hay sujetos que se descuidan, que se precipitan, que se pierden con los gatillos. Y además su amigo ya no nos sirve para nada, al contrario, suponga que cambia de idea y se pone a contarles todo a los camaradas. Yo no tengo ganas de que me metan un tiro en la espalda y me imagino que el señor doctor tampoco. Odio la violencia pero hay momentos en que la solución es cortar por lo sano, ¿no cree?

—Detente —gritó el guardés a la mujer con movimientos amplios de borracho—. Si vuelves a acercarte a mi perro te meto la escarda entre los ojos. Ve a darle el maíz a los palomos y deja que el animalito descanse, que buena falta le hace.

—Si lo desterramos a Venezuela o a Brasil como le dijimos, a una de esas pequeñas ciudades perdidas en el Amazonas —sugirió el Juez de Instrucción, abriendo y cerrando el expediente—, los colegas no tienen necesidad de encontrarlo, nadie corre riesgos, y se hacen innecesarios más tiros. No me apetece nada quedarme con su muerte en la conciencia.

—Si no fueses tú sería otro, ¿qué me dices? —preguntó la abuela a las espaldas que se inclinaban hacia la Estrada de Benfica y hacia el bosque en la Avenida Grao Vasco, con sus árboles enormes, sus estanques misteriosos y sus tórtolas de abanico—. Y otro que sobre todo me tratase como a una señora en lugar de un ordinario como tú.

—¿Se han acabado los vómitos, Zé, se ha ido el malestar? —se preocupó el Hombre, apoyado en el codo, mirando al Ilustrísimo que se oprimía el vientre con ambas manos, apoyándose en el cedro, dando un puntapié a la botella con el talón inseguro—. Esta noche nos desquitaremos en las Pedralvas, llamamos a todas las putas a la casa de la Zarolha, ponemos la radio al máximo y elegimos dos cada uno, será la mayor fiesta del mundo.

—Prefiero actuar sobre seguro —afirmó el caballero dando una palmada en el bolsillo del mapa—, prefiero no dejar a ningún cabrón suelto detrás de mí. Quiero poder entrar y salir de casa, pasear los domingos con la familia, conversar con los amigos, visitar de vez en cuando, en Estefanía, a una mocita que yo me sé, sin imaginar que en cada coche estacionado se oculta una banda de tipos con ametralladoras dispuestos a acribillarme. Comprendo sus sentimientos, señor doctor, de la misma forma que ha de comprender que no me gusta la idea de acabar tirado en un callejón cualquiera, perdiendo sangre, con una manta de hule del servicio de ambulancia encima.

—Vete a la mierda —replicaron de inmediato las espaldas a las que fascinaba la fluctuación de tejados de la Rua Emilia das Neves, con sus afeites, sus arbustos, sus pequeñas chimeneas de juguete, sus trepadoras amarillas y azules.

Fue imposible convencer a mi padre de que la perra había muerto, pensó el Ilustrísimo acordándose del guardés en su ladrillo, acariciando la cabeza de la mastina, blandiendo la escarpa contra mi madre, contra mí, contra el chófer uniformado del Señor Profesor que le recomendaba, sin atreverse a avanzar, Calma Óscar, calma Óscar, deja ese chisme que acabarás mutilando a alguien, contra la cocinera, contra las criadas que lo miraban de lejos desde el parral, salpicadas de reflejos y de luces, con los racimos de uvas que sustituían los rizos de la frente. Fue imposible convencer a mi padre, que había terminado la copa y exigía a toda costa más orujo, de que un animal erizado de moscardas y con los intestinos fuera ya no respiraba. El chófer, con gorra y uniforme de botones de metal, trajo bebida de la taberna a fin de dar peso a los argumentos, la cocinera le ofreció un plato de guisantes para el día siguiente, las criadas gemían de terror bajo las parras, y mi padre, con la escarda suspendida, nos seguía uno a uno silbando la música del violín, que aumentaba y desaparecía como el ámbar de las velas por una corriente de aire.

—Calma Óscar —aconsejó el chófer, pequeñito y frenético, con zapatos puntiagudos—, tienes aquí la gasolina, ¿qué más quieres?

Se sentía la inquietud de las gallinas y el hambre de los palomos que viajaban entre el palomar y la casa grande, se sentían las vacilaciones de la rueda del molino tanteando el viento, se sentían los primeros colores turbios de la tarde y el barrio de la Brandoa brillando en la oscuridad, y se sentía a mi padre aceptando el aguardiente, ordenando con severidad a la perra muerta que no se levantase, que continuase inmóvil, que no ladrase a los pájaros de la noche, e insultándonos por descuidar a los animales domésticos, por desinteresarnos de los pavos, por quedarnos allí, como tontos, en el pomar, molestando a la perra en lugar de aliviarlo de trabajo.

—Bebe otro trago, Óscar —lo animó el chófer que colgaba la gorra de una rama y se remangaba la camisa como para un trabajo de fuerza, guiñando un párpado astuto y mostrándole a mi padre cinco dedos de orujo—. La perra sólo está un poco enferma, se le pasa enseguida, se echa un sueñecito y se pone bien.

—Fuera granujas, fuera holgazanes —se desgañitó mi padre, desequilibrado, limpiando las cercanías con la escarda. Y el Juez de Instrucción, sin atreverse a mirar al caballero, pensó Le hicieron falta seis tragos para desplomarse al fin sobre la mastina, y esa noche lo internaron por primera vez en el hospital.

—Se ha quedado frito —dijo la cocinera levantando con miedo la muñeca inerte de mi padre—, ahora dormirá la mona unos tres días.

—Por las buenas o por las malas quítale la escarda —pidió el chófer al Ilustrísimo—, que no creo en borrachos ni en gitanos. El problema es transportarlo a casa y acostarlo en la cama, ¿quién se decide a cogerlo?

Los frutos del pomar reverberaban en la oscuridad, candelabros sin rumbo paseaban en los estores de la vivienda, la constelación de la Brandoa temblaba más allá del volumen de la pocilga. El conductor, la cocinera, mi madre y yo, pensó el Ilustrísimo, los cuatro resbalando entre raíces, en bocas de riego, en piedras, en arbustos, en ladrillos olvidados, llevamos hacia abajo a mi padre que respiraba vahos de alambique, lo acostamos en la cama que mi madre cubrió con el mantel de la cena para que no le manchase las sábanas con el barro de las botas, y pasado un cuarto de hora, después de enterrar a la perra en lo que fuera una huerta de cebollas y se transformaba poco a poco en una maraña de pasto, el chófer apareció acompañado por el empleado de la farmacia cuyo bigotito filiforme parecía dibujado a lápiz en el labio superior, quien, mirando de soslayo las piernas de las criadas, examinó las pupilas de mi padre con una linterna adecuada, palpó la carótida para comprobar el latir de la sangre, martilló los reflejos de las rodillas con el filo de la mano, sonrió a la cocinera limpiándose las encías con la lengua, y anunció a mi madre, despertando con la linterna elipses más claras en las paredes de la casa, Yo creo que es fiambre, ha estirado la pata, si quieren llévenlo al Sao José por tranquilidad de conciencia, es necesario un médico que certifique el óbito.

—Le dije que lo metía en un avión a Brasil, el tipo me tomo en serio y fue con ese acuerdo como colaboró con nosotros —dijo el Ilustrísimo enfrentando por primera vez al caballero—. Le aseguré que su situación se resolvería sin problemas y si sus matones lo despachan, en legítima defensa o con cualquier otra disculpa, no le quepa duda que armo un escándalo tremendo en los periódicos.

—¿Muerto? —se admiró el chófer pegando la oreja a la boca del guardés, enderezándose y dando saltos, con los zapatos puntiagudos, hacia el empleado de la farmacia que escudriñaba con la linterna el ceño celoso de la cocinera y los pechos de las criadas—. Tiene gracia, he visto cantidad de muertos cuando trabajaba en la Beneficencia pero éste es el primero que ronca.

—Nos cambiamos de ropa, nos damos una ducha fría, y después de cenar nos largamos a las Pedralvas, de punta en blanco —propuso el Hombre, arrimado al cedro, intentando mantenerse sobre la gelatina de los tobillos, de las rodillas. La cabeza le dolía como una herida abierta, los intestinos se dirían listos a expulsar un erizo por el ano, el rostro del Juez de Instrucción lo miraba, desenfocado, desde una empalizada de narcisos—. Yo estoy estupendamente bien, sería capaz de ir corriendo hasta Leiria.

—Ni un periódico publicaría una palabra, señor doctor, ojalá estén a bien con nosotros —replicó el caballero con una sonrisa amable, sin ofenderse, estudiando, con las piernas cruzadas, el tejido de los pantalones—. Estas cosas no pueden mirarse de una manera personal, tenemos que aprender a dejar de lado los sentimientos y a considerarlas con una perspectiva de Estado. Le prometimos Brasil a su amigo porque nos hacía falta su colaboración y los tres sabíamos que Brasil era mentira, y los tres sabíamos que destruida la Organización el Hombre caería forzosamente arrastrado por la corriente, porque si no lo matábamos nosotros vendría un alemán o un español a concluir la faena después de conseguir la información que quisiera.

—Hay días en los que me das vergüenza —se entristeció la abuela abismada en un artículo sobre cosméticos que eliminaban los defectos de las nalgas con un mes de fricciones—. Tu lenguaje de carretero me duele, no existe nada tan obsceno como un viejo ordinario.

—No es un ronquido, son los pulmones que se vacían —dijo el empleado de la farmacia intentando recuperar su prestigio frente a las criadas—, en el momento en que se da el estertor el aire produce ese ruidito en la tráquea y enseguida, pumba, los difuntos empiezan a pudrirse a toda marcha.

—Anda, Zé, levántate —se impacientó el Hombre, reteniendo una arcada, con el Juez de Instrucción que se arrastraba entre los agapantos, raspándose las mejillas con los tallos rotos—. Tenemos cincuenta tías que nos esperan, ¿qué más quieres?

—Decidios —dijo fastidiada la cocinera observando alternativamente al chófer y al empleado de la farmacia que teorizaba, con la linterna en la mano, acerca de cadáveres, ante las criadas atónitas—. ¿En qué quedamos, el hombre ha muerto o no ha muerto?

—En ese orden de cosas se lo cargan a él y a mí, es más seguro —concluyó el Ilustrísimo apilando el expediente sobre los restantes, sonándose con una lentitud interminable—. Por razones de Estado el Gobierno se queda mucho más tranquilo sin testigos incómodos.

Pero no se decidían, pensó el Juez de Instrucción, el empleado de la farmacia, impresionado con la muchacha de las habitaciones, jurando Ha muerto, basta ver el color de la piel, basta verle el cuello, en menos de una hora soltará un tufo de letrina, y el chófer que insistía Si los muertos roncan, vaya, entonces los cementerios producen un ruido de garaje, ambos discutiendo a gritos por encima de la cama donde mi padre cambiaba de posición, sobresaltándose como se sobresaltan los animales en sus siestas, ambos irritándose delante de mi madre y de mí, apoyados en la pared bajo un calendario parado en marzo de mil novecientos veintiséis, donde una chica de pelo rizado y bañador inconcebible nos sonreía, muy feliz, desde el manillar de una bicicleta de modelo antiguo, ambos chillando mientras la higuera, protegida por la cornisa de la casa, frotaba las hojas en el postigo del cuarto, el de la farmacia perorando sobre la descomposición de los finados y el chófer sacudiendo a mi padre y solicitándole, furibundo, Abre los ojos, compadre, muéstrale a ese pelma que estás vivo, y esto hasta que la cocinera, que saliera arrastrando las chinelas y proclamando No soporto a los locos, qué mal he hecho a Dios para que me toquen idiotas en suerte, volvía con el Señor Profesor, una camilla y tres enfermeros, y el Señor Profesor dijo No exageren, lo que él tiene es una cogorza de ordago, y pidió a los enfermeros que cargasen a mi padre hacia la ambulancia en el patio, una furgoneta con una lámpara en el tejadillo y la sirena conectada, la cual, al atravesar el portón, deshizo el farolito en uno de los pilares, y en la tarde siguiente visitamos a mi padre en el hospital, un pabellón entre plátanos con treinta o cuarenta o sesenta enfermos translúcidos y delgados, separados por mesas de noche esmaltadas. Mi padre, con una bolsa de suero que corría hacia el brazo y la dentadura postiza en la mano libre, permaneció con el mentón hacia el techo entrechocando las muelas de plástico, y sólo habló en el momento en que nos fueron a decir Son las seis y nos dirigíamos de regreso a los plátanos, para preguntarle a mi madre si no se había olvidado de darle la medicina de las lombrices a la perra.

—Qué idea la suya, señor doctor, ¿quién se cree que somos? —se disgustó el caballero alzando una palma consternada—. El único objetivo es poner punto final a esta historia y ordenarla lo más pronto posible, que como debe imaginar no nos faltan estorbos. Además usted siempre nos puede hacer falta, ¿verdad?, no todos los magistrados comprenden el bien público y colaboran con nosotros: se aferran a los códigos y a la estupidez del secreto de sumario y perjudican a una comunidad entera.

—Zé —dijo de pronto la mujer del guardés desde la zona del Palomar—, ven a ayudarme con el maíz, Zé.

—Tienes razón, soy viejo, pero mañana por la mañana comienzo a estirarme la piel y a transformarme en una momia cómica como tú —declaró el abuelo abandonando la ventana Para apagar el cigarrillo—. ¿Te has mirado la cara al espejo, te has fijado en que te pareces a una desenterrada viva con más silicona que carne acolchándote los huesos?

—Seguro que lo consigues, es muy fácil, mira cómo llego yo a la acacia en un instante —lo estimuló el Hombre, tambaleándose como un ganso, hacia el árbol del arriate siguiente, y tropezando desvalido con el desnivel del césped—. Afírmate en tus piernas deprisa, que tu madre anda por los gallineros y te está llamando.

—Si lo matan no me callaré —alertó el Juez de Instrucción plegando el pañuelo para que el caballero no desconfiase de su pánico—. Tiene que haber alguien que no tenga miedo y se interese por esto en el extranjero, y tarde o temprano las personas de aquí sabrán lo que el Gobierno mandó hacer aunque no les importe la ejecución del Hombre o la mía y continúen votándolos a ustedes.

—Ejecución, qué palabra, si no lo conociese juraría que le gustan los dramones brasileños —protestó el caballero, riendo y atándose un zapato—. Yo hablándole en nombre de la cordura, mencionando la hipótesis de una pequeña operación de limpieza, y el señor doctor, qué manía, llevando las cosas a lo trágico. Pasados unos meses, pasado este período agitado, nos bebemos unos tragos por ahí, en un bar simpático, y apuesto a que me dará la razón, ya verá.

—Ahora suelta la acacia y vuelve al cedro —dijo el Hombre, sentado en el arriate de los agapantos, intentando acallar al erizo que le desgarraba las tripas con la acidez de las púas—. Puede ser que ahora no te caigas ninguna vez al suelo, puede ser que no te aplastes la jeta en la grava.

—¿Cómo podía yo saber que él no tenía práctica, Señor Profesor? —se disculpó el chófer, en el patio, mientras la sirena y la lámpara de la ambulancia se desvanecían en la noche—. Quien trabaja todo el día con pastillas, vendajes y lavativas tiene la obligación de haber estudiado y de estar al tanto de los difuntos, creo yo.

—No te preocupes por la mastina —dijo la mujer del guardés, inmóvil al pie de la cama, vestida de domingo, con el bolso de charol que la Señora le regalara en Navidad encajado como una cuña bajo el brazo—. Antes de venir al hospital le hice tragar una cucharada.