—La semana antes de que me detuvieras vendí más de la mitad de lo que había en la casa —dijo el Hombre al Juez de Instrucción a quien un copo olvidado de espuma de afeitar se le adhería al ángulo de la oreja—, y si no me hubiesen encerrado ya sólo quedaría la cama y el fogón de la cocina Mi idea era juntar un dinerillo y ponerme al fresco lo más deprisa posible.
—Se sentía acuciado —explicó el Juez—, la Organización se multiplicaba en asaltos a bancos, ráfagas de tiros a éste o a aquel otro, cargas de dinamita en el vestíbulo de los ministerios, reuniones políticas, señas y contraseñas, panfletos, amenazas, y él perdido, sin entender, en medio de ímpetus revolucionarios, con un rifle ametralladora inútil balanceándosele en el hombro
—La dueña del hogar de ancianos —dijo el Hombre rascándose el codo en el respaldo de la silla—, tenía un hermano establecido con un restaurante en Vigo, y pensamos que el colega nos ayudaría si nos aparecíamos con alguna pasta para reforzar el negocio Yo me dejaba crecer la barba, me ponía gafas, nos cambiábamos de nombre, y tal vez mientras tanto, con el tiempo, las bombas acabarían.
—O unos tipos encapuchados saldrían corriendo de un automóvil de matrícula francesa —sugirió el caballero con pausa cautelosa—, irrumpirían a empujones en el restaurante, derribando mesas, volcando soperas, asustando a los clientes, harían estallar con granadas, en menos de un fósforo, la cocina, la barra, los comensales, los empleados, y su amiguito y la mujer rodarían en la alfombra en medio de una masa de sangre, mezclada con astillas y pedazos de adornos de madera. Esa caterva es capaz de todo, ya se sabe.
—Tienes un poco de jabón en la oreja —dijo el Hombre señalando la espuma que hervía, helada, en el ángulo del mentón del Juez—. Parece una enfermedad de la piel, si las mecanógrafas de la policía te ven echarán a correr a gritos por temor al contagio.
Pero el Ilustrísimo, sordo, imaginaba Vigo, una ciudad lúgubre, una tarde lluviosa, hileras de farolas encendidas, una primera planta de arrabal, tres fulanos de gabardina y manos en los bolsillos subiendo la escalera, tocando el timbre, esperando, el Hombre, en camiseta, comentando a lo lejos No me digas que encontraste la tienda de comestibles cerrada, abriendo la puerta, sonriente, con un sacacorchos y una botella de rosé en los dedos, retrayéndose de inmediato uno o dos metros, con la boca muy abierta, presa de pánico, imaginó una sala pequeña con un juego de sofás color malva y una mesita baja, uno de los fulanos agarró con fuerza el cogote del Hombre, un sopapo, un rodillazo, varios sopapos, el Hombre, a gatas en el suelo, con los labios rajados, dando fe con sollozos, palpándose las encías, No he denunciado a nadie, un zapato se le acercó a la cara y le deshizo la ceja, le cegó el ojo izquierdo, le fracturó el pómulo, una bota se hundió entre sus muslos, un hilo de alambre, retirado con presteza del bolsillo, le trituraba los cartílagos de la garganta, el rostro del Hombre se fue despojando de expresión, los músculos se aflojaron, las personas dejaron de luchar, los fulanos empujaron el cuerpo hacia el balcón encristalado, colocaron el sacacorchos y la botella en la mesita baja, y se sentaron, muy tranquilos, en los sofás color malva, a esperar a la mujer.
—Y después —añadió el caballero, didáctico, representando con gestos un árbol—, tienen ramificaciones en todas partes, el señor doctor ni se imagina, en el País Vasco, en Cataluña, en Alemania, en Irlanda, se ayudan unos a otros, se conocen, se reúnen, se protegen, intercambian bazucas y favores.
Individuos parduscos, pensó el Magistrado, grandes, apenas lavados, hirsutos, desembarcados en el aeropuerto con mochila de turista a sus espaldas, escondidos en Campo de Ourique comiendo latas de conserva y aceitando culatas, acompañados por muchachas con trenzas y falda estampada llena de arrugas que se paseaban en la ciudad, mapa en ristre, calzadas de gladiadores romanos.
—Escribimos una carta a Vigo —dijo el Hombre—, estábamos en espera de la respuesta y yo ponía anuncios en el periódico para librarme del piano, del fregaplatos, de los aparadores, de los relojes de pared, de los cuadros. Nunca pensé que hubiese tanta gente que negociara con trastos, desde los sexagenarios dignos, con chaquetón y perla en la corbata, de las empresas de subasta, a los chatarreros de gorra que se bamboleaban de cómoda en cómoda rascándose la ingle, sobre la tela, con las uñas largas.
—Por ejemplo, fíjese —adelantó el caballero dibujando flechas aclaratorias en un bloc—, si su compinche se escapase, un suponer, a Italia o a Francia, los de aquí mandarían recado por teléfono y los de allí despacharían el asunto en nombre, claro, del internacionalismo proletario. Este grupo ya se ha cargado a una media docena de revolucionarios extranjeros que decidieron colaborar con la policía y aparecieron muertos, semanas después, en esas aglomeraciones de turistas del Algarve.
—Quienes se encargaban de ese tipo de trabajos —protestó el Hombre tocándose con la pulpa del meñique una ampolla de la cabeza—, eran el Artista y el Estudiante, yo me limité a acompañarlos una vez a Lagos a fin de saldar cuentas con un holandés cualquiera, que había soplado secretos a quien no debía y se creía a salvo, en agosto, él, su mujer y un hijo pequeño, en medio de la confusión de los bañistas de la playa. Montamos una tienda en la zona de acampada, desde donde por la noche se entreveía el mar y las luces de los barcos de pesca anclados en la nada, pusimos la ciudad patas arriba y apenas cinco días tardamos en dar con su rastro, alojado con su familia en una pensión del centro, rodeada de carteles de discotecas y de bares.
Al Hombre le gustaba Lagos, le gustaban el olor de la cal, las palmeras y el agua de Lagos, las travesías de casas antiguas pulidas por el viento de Marruecos, le gustaban las olas que se reflejaban hasta en las paredes más ásperas y la carraca de los insectos de las tinieblas, y obedecía a disgusto las órdenes del Artista que lo quería vigilando al holandés el tiempo entero, tomando notas, comprobando hábitos, confirmando horarios, mientras el Estudiante llamaba a voz en cuello, desde una cabina, a los camaradas belgas, pidiendo consejo en un francés de cuarta, y la esposa del holandés, una mora enigmática, se tostaba al sol, de bruces en una estera africana.
—Después de la cena —dijo el Hombre inclinándose hacia un lado en busca de fósforos—, nos juntábamos con una lámpara de petróleo en la tienda, hinchados de mordeduras de mosquitos, confabulando planes, ideas, estrategias, sugerencias, y nos dormíamos, exhaustos, en los muslos unos de otros, a medida que grandes mariposas verdes o listadas en plata, desprendidas de las ramas resinosas de los pinos, se consumían, chillando, en pequeñas llamaradas de quitina, en la chimenea del quinqué, y los faroles de los barcos se deslizaban a tierra a nuestro encuentro.
—Y os mandaron entonces, ignoro de dónde, cinco kilos de trotil para meter en el coche que los pobres diablos habían alquilado en Lisboa —dijo el Juez de Instrucción mostrando un sumario con el gesto con que los toreros exhiben el estoque al público—, y uno de vosotros puso el explosivo debajo del eje delantero, y uno de vosotros le dio a la palanca cuando los holandeses, en traje de baño, guardaron la sombrilla, los manteles y la cesta del almuerzo en el maletero del automóvil y se instalaron en los asientos, en medio del aparcamiento abarrotado, para regresar a la pensión, y se deduce, por lo que consta, que nunca se vio tamaño pandemonio en Lagos, por encima de treinta heridos gimientes, cadáveres desmembrados, metales por todas partes, un cráter enorme humeando, un guarda fiscal, sin gorra, con la camisa rasgada, apuntando el arma, perdido, atropellado por personas que huían, a una amalgama de chapas y un neumático despachurrado que aún giraba, sobresaltándose en medio de leves explosiones espasmódicas.
—Y sólo en Lisboa supimos que nos habíamos equivocado de hombre, unos pocos días después el Sacerdote nos comunicó, embarullado con las disculpas oficiales del Movimiento, que el auténtico traidor se encontraba en realidad, solo, en Peniche, metido en un impermeable de hule —se quejó el Hombre meneando la cabeza incrédula—, y nos retrataron entonces a un tipo en cuclillas muy encima del sifón de las olas, entretenido en clavar el cebo en el anclote del anzuelo.
—De cualquier modo —recordó el caballero abriendo los brazos como quien llega a la conclusión de una evidencia sin remedio—, los socios de su amiguito corrigieron la pifia y la Judicial encontró al pescador, con la garganta cortada, comprimido entre dos ángulos del barranco, con una de las piernas flotando en el agua, escuchando el murmullo del cielo con las órbitas huecas. Y no era holandés, era vasco, y no se había chivado con nadie porque siempre trabajó en la Interpol.
—Con que entonces sólo Lagos, idiota —rezongó el Ilustrísimo, con vértigo en las pupilas, dando un puñetazo en el escritorio con su manita de gorrión—. ¿Con que entonces sólo Lagos, sólo el Algarve, con que entonces sólo las palmeras, y la cal, y el viento de Marruecos, y el carajo? Y el vasco de Peniche, coño, el tío de la pesca, el de la tráquea reventada, ¿fuiste tú o fui yo?
—Los bomberos se las vieron moradas para llevarlo a la ambulancia, tenían miedo de patinar en el musgo, de resbalar en las escarpas, de precipitarse, en una caída de diez o quince metros, a las entrañas del mar, les daba miedo la espuma que saltaba como abanico en la caliza, las propias voces que zigzagueaban de pared a pared, los gusanos que comían el pecho del difunto, los faros de la ambulancia guiñando reflejos azulados.
Los compañeros de infancia —sentenció el caballero, muy solemne— con el tiempo se van volviendo las personas más difíciles de comprender que yo conozco.
Y el juez de Instrucción pensó en los hombres con casco en las rocas, semejantes a arañuelas mancas, en un foco iluminando un óvalo de espuma sin reposo, en el silbido de la bajamar en los guijarros, pensó en un cuerpo hinchado, al que se le pegaban conchas, subiendo oscilante, amarrado por los sobacos, en el extremo de una cuerda, imaginó la camilla, la manta por encima, las tiras de lona en los tobillos y en el pecho, cuatro o cinco mirones congelados ocultos con capuchas y bufandas, la ambulancia que se alejaba por una vereda de jaras y pedernales cargando consigo el cadáver descompuesto, mientras el Delegado de Salud, el Cabo de la Guardia y el maestro jubilado que descubriera el cadáver cuando andaba por aquellos lados en las grutas, batían el bosque rastrero a pie, camino del Citroen de la policía.
—Hablaron conmigo, en una de las reuniones, para ir a Peniche —dijo el Hombre despacio, como si contase las palabras, apartando la silla de los puñetazos—. El Sacerdote insistió una hora con argumentos libertarios, el Estudiante me acusó de desviación burguesa, el Artista farfulló desde la cocina algo que no entendí bien acerca de concesiones y de traición, y yo, a ellos, que no podía, que no conseguía, que ya me bastaba Lagos y toda esa mortandad, que si querían me diesen otra misión cualquiera pero sin bombas ni tiros, que tomaba píldoras para dormir, que era un manojo de nervios, que la idea de equivocarnos de nuevo me hacía temblar hasta los dientes, hecho un trapo. Y el Sacerdote Qué trapo, puñetas, qué trapo, esa manía del sufrimiento individual es una noción capitalista destinada a socavar el legítimo deseo de cambio de los obreros, de la campesinos y de las masas oprimidas, acaba con esas mariconerías, agarra una caja de granadas y muévete.
—A pesar de todo, en realidad no se movió —corroboró el caballero siguiendo las líneas del cuaderno con el lápiz—, el Artista furioso, intentó golpearlo otra vez, el Estudiante juró que lo denunciaría en una carta anónima, la sesión ordinaria del Comité Central lo amonestó con severidad, y el Banquero lo llamó aparte para reprenderlo en voz baja, en una cueva de Alfama, Contamos contigo, la confianza de los camaradas es la misma pero tienes que disciplinarte y controlar la lengua, Antunes, y a medida que el revolucionario hablaba el Hombre, inclinado en la ventana, iba observando los tejados que bajaban hasta el río, el hervidero de abanicos en los palomares, el barro del margen con embarcaciones menudas en el espejo canceroso de los limos, pensando Lo escucho y no lo escucho, conozco este discurso mil veces reiterado y lo olvido enseguida, veo los anónimos, múltiples ruidos de la ciudad, porque los ruidos se ven, y el camino de agua de partida poblado de canoas, y lo que me apetece y nadie adivina es irme por él rumbo a la infancia hasta tumbarme, con un cigarrillo en los dedos, al lado del hijo del guardés en los bancales de Benfica, mirando las aspas del molino que se mueven sin prisa por encima de las acacias.
—No viajé con ellos —cuchicheó el Hombre, avergonzado, enrollándose en el dedo mayor una punta de la chaqueta—, pero eché una semana de vacaciones en el empleo, le avisé al Banquero que le daba la razón, que le pedía disculpas, que puedes quedarte tranquilo que me corrijo, que estaba dispuesto a la autocrítica, que iba fuera unos días, con su bendición, a despejar la mente y leer a Marx, y a la mañana siguiente, con gafas oscuras en la nariz, escondido en la gabardina y en el sombrero de mi abuelo, bajé del autobús de línea, en Peniche, en un aterrizaje opresivo de neblina soplada por los vientos sin clemencia del mar, alquilé una habitación en una casita que una austriaca excéntrica, con una pipa entre los dientes, había transformado en hotel, con un único cuarto de baño en cada piso y retratos de emperadores bigotudos, en calesas, en los rellanos de alfombras trenzadas, decorados con tiestos de mármol con rododendros y dalias.
La austriaca, contó el Hombre, paseaba en bicicleta por la villa, de compras, dándose humos de comodoro con un cestito de mimbre en el volante, y al cenar, debido a la débil luz descarnada de los apliques, se tropezaba con una decena de boxers extendidos aquí y allá en la alfombra árabe roída, de la que se desprendía el tufo amoniacal de los meados de perro. Con gafas oscuras, oculto tras la gabardina y el sombrero, yo salía de mañana y por la tarde, oblicuo como un espía, a rondar en círculos concéntricos, de oveja, desde las primeras casas hasta la playa y las escarpas del mar, buscando en las raras siluetas que la lluvia desvaría el bamboleo del Estudiante y el perfil del Artista, surgidos de repente de un café con un paquete de dinamita bajo el brazo, y acababa regresando al hotel, chorreando, empujando perros con las botas de goma mojadas, para calentarme en una chimenea de marco de loza esmaltada en la que se consumía sin calor, en una llamarada verde, una pequeña cruz de ramas de cerezo.
—Sabemos hoy de fuente segura que no encontró a nadie, por lo menos en ese punto, señor doctor, no nos está mintiendo —dijo el caballero con el lápiz al aire, siguiendo los párrafos del cuaderno—. Lo que nunca entendimos, allí en la Brigada, es qué habría hecho de haberlos visto, a mí nadie me saca de la cabeza que quería calmar su conciencia, poder dormir sin comprimidos, borrar de la memoria los gritos de Lagos, prevenir al vasco que huyese, y al pescador, asombradísimo, sin entender nada, mirándole la toilette lunática y sus gafas de inválido en el duro clima de nácar del otoño, ensordecido por los bramidos de las gaviotas.
—Te aseguro que sólo vi al pájaro después de que los tipos lo mataran —juró el Hombre al Juez de Instrucción que había abandonado sus débiles golpes, y ordenaba el filo de las carpetas siguiendo el reborde del escritorio—. La austriaca habló durante la comida de un extranjero degollado por vagabundos en las peñas, y yo, nerviosísimo, no acabé la sopa, pisé a uno de los boxers que reaccionó enseguida, en su siesta, para morderme los tobillos, subí al cuarto, deprisa, para ponerme mis ropas de carnaval, colgadas de la única percha de un armario de hojalata entre un lavabo de esmalte y un grabado inglés con caballos, y corrí hacia la cima de los barrancos, debajo de un paraguas idéntico a un murciélago roto, pero te aseguro que sólo distinguí los humos del océano que crecían hacia mí en volutas estiradas, automóviles de la Judicial, plantados al azar en las jaras, una ambulancia en torno de la cual se fatigaban individuos de mono desenrollando una cuerda, grandes pájaros furibundos desapareciendo y reapareciendo entre protestas alteradas, y la bruma aprisionada en pequeñas gotas en los arbustos, disipando los contornos de los agentes, con fusil al hombro, que nos impedían avanzar.
—Exacto —asintió el caballero cerrando el cuaderno y guardando el lápiz en una especie de estuche que desapareció, con el mismo movimiento, en las profundidades de la chaqueta—. Como mucho su querido divisó a la víctima de lejos, ya en la camilla, evaporándose en la comba de la ambulancia, como mucho vio a uno o dos funcionarios de la Brigada rastreando entre los sauces llorones en busca de huellas, de objetos olvidados, de indicios. ¿Es verdad, a propósito de indicios, lo que pasó con la callista simpática del edificio de enfrente? No me diga que dio un portazo y emigró.
A la mañana siguiente, sin viento, que resplandecía con un sol inesperado, después de una noche evacuando los intestinos, con arcadas, mareado de vómitos, en un cuarto de baño arcaico con una infantería de hormigas que marchaban por los azulejos, el Hombre tomó el autocar de Lisboa en el terraplén donde lo dejara, con árboles lavados por las lluvias recientes, con gotas del tamaño de manzanas que temblaban, irisadas, en las ramas, y palomos que atildaban su cola en la cresta de los tejados. El mar se había reducido a un secreto inocente que parecía crecer en el interior de las orejas como el tañir distraído de los sueños, la austriaca, con guantes de cuero, cortaba las vainas de los arbustos con la tijera de podar. En Benfíca, adonde llegó en taxi guardando las gafas en un saco, una camioneta estacionada en el patio le llevaba los muebles a un almacén cualquiera, el guardés, inseguro en la cima de una escalera, clavaba en el muro los apoyos de alambre de una trepadora futura. Las habitaciones desiertas, ahora gigantesca por la ausencia de muebles, le ampliaban la tos con reverberaciones de mina. El teléfono se estremeció en el asiento de una silla, calló, sonó de nuevo y volvió a enmudecer, definitivo. El Hombre pensó que sería el Banquero o alguien en lugar de él que le seguía los pasos, o los celos siempre despiertos de la mujer de los viejos, envidiosa de todo, diluyendo las frases en una blandura feroz, y acabó bajo el plátano, apoyado en la red de los periquitos del jardín, tirándoles casquijos para trastornarles su sosiego.
—Ajá, conque entonces en Vigo, trabajando de cocinero en el restaurancito del cuñado —se rió el Juez de Instrucción, con una burla crispada, con una de esas carcajadas cortas que son el preludio de las iras—. Tú en Vigo comiendo gazpacho, entregado a la buena vida, olvidándote de los desgraciados de Lagos y del pescador de Peniche, con un rastro de asesinatos inútiles de aquí a Galicia, y tu padre que se pudra y se muera de hambre tocando música en la vivienda abandonada, ¿no? Te pirabas de mala manera y ¿quién se hacía cargo de tu viejo, pedazo de animal? Suponte que abría la puerta e invitaba a entrar a mendigos.
Gitanos amontonados en lonas en el huerto, aventando hogueras con abanicos trenzados, un burro leproso pastando en los arbustos, niños descalzos, con el culo al aire, entretenidos con juguetes de caña, lisiados que arrellanaban las chepas en los sofás deshechos, pordioseros de escalinata de iglesia, con la boina en la mano, decenas de medallitas sujetas a la solapa de la chaqueta, beborroteando alcohol de farmacia en frascos de jarabe para la tos, la mujer que bracea tardes enteras en una buhardilla de la Avenida Grao Vasco, exhibiendo los pechos a los pequeños en babi de la escuela y, pensó el Ilustrísimo, alarmado, cerrando los párpados con fuerza como otrora, en la Beira, cuando conjuraba horribles pesadillas, viniendo del fondo de la memoria en un pandemonio de nieve y de aullidos de lobos, el loco en harapos que atravesaba el pasillo luchando contra las tempestades del invierno, irguiéndose entre bramidos que las fachadas de granito astillaban en fragmentos de mica:
—Yo soy Don Juan, emperador de todos los reinos del mundo.
—No, en serio, oiga, ¿qué se habrá hecho de la muchacha? —insistió el caballero, intrigado, señalando con el labio la ventana de la callista, a la izquierda de un canalón, apagada y con los estores bajados como los ojos de los muertos—. Tal vez, fíjese casó o se mudó de casa y ahora trabaja, a porcentaje, en una peluquería de la Baixa.
El Hombre se sirvió más café y a pesar de haber olvidado el azúcar se quedó moviendo la cucharilla, un tiempo inmenso, en el vaso de plástico que se consumía en los dedos y hacía las veces de taza. Era aún de noche, las cuatro o las cinco como mucho, el halo de las farolas de la calle iba a agonizar al despacho, el mecanógrafo sustituía la página con el mentón en el teclado de la máquina, la sirena de las ambulancias se había vuelto más rara, el cuerpo le dolía del camastro de la prisión. Le apetecía una cama decente, sábanas lavadas, una funda almidonada, la certeza de un silencio calmo a su alrededor, sin goznes que chirriasen ni carraspeos pegados a su oreja que lo despertasen de repente, con sobresalto. Le apetecía acercarse al alféizar alto, con un tiesto de geranios, desprovistos de olor, que ocultaban el jardín, y permanecer mucho tiempo frente al cielo de junio mirando los rosales y los cabrahigos de la quinta, cerca del corral de los cerdos.
—No era nada de eso ¿lo ves? —mintió el Hombre al Juez de Instrucción comprobando, con la punta del meñique, la temperatura del café—. Metía a mi padre en el automóvil, aunque hiciese falta atarle pies y manos y llenarle la boca de pañuelos, y lo llevaba con nosotros a Vigo debajo de una montaña de maletas. Seguro que encontraba por ahí un caserón en ruinas, con crías de gatos vagabundos, un pedazo de matorral y una cerca derrumbada, para que el viejo se entretuviera de vez en cuando con sus valses idiotas.