¿No sería mejor suavizar los interrogatorios, cambiarlo de celda, alimentarlo como se debe, no seguir despertándolo a cualquier hora de la noche, dejarlo en paz por unos días? sugirió el Juez aturdido, probando la resistencia de un botón que se desprendía de la camisa. Con tanto apremio el fulano está cada vez más delgado, más confuso, mezcla la infancia con el presente y su vida con la de los demás, estoy siempre temiendo que se ponga a delirar. Y si el tío enloquece, ¿me puede decir para qué nos sirve?

—¿Te acuerdas de cuando tu abuela apareció muerta —se animó el Hombre—, ahorcada en el manzano por encima de una escalera caída en el huerto, y que casi chocamos con los zapatos, colgados de una rama como frutas maduras? ¿Te acuerdas de las medias tejidas que usaba, te acuerdas que nos quedamos no sé cuánto tiempo mirándola, con la mastina de la quinta lamiéndonos las piernas, antes de llamar a tus padres? Teníamos miedo de que el dueño del mono apareciese en el velatorio y se quejase de nosotros por tirarle al mico latas de conserva vacías y envases de raticida, teníamos miedo de que la finada se instalase en la vivienda de la música, poblada de difuntos que nos lanzaban adioses demorados por detrás del barniz de los marcos. Si soñaba con ellos descuidaba la vejiga durante el sueño, me despertaba rehogando amoníaco en las sábanas mojadas y la cocinera amenazaba con sujetarme el pájaro con una pinza de la ropa para que no le germinase el relleno de los colchones.

El guardés, venido del establo de los cerdos, posó el cubo del lavado, enterró la pala en el suelo, y armó un cigarrillo, en silencio, observando las órbitas azules y la lengua morada del cadáver, ya impregnado del olor de los limoneros, anocheciendo despacito como anochecen los árboles, en medio de un murmullo de voces y de mochuelos, mientras la mujer salía de casa al trote, con las manos en la cabeza, a gritos. Alguien, de puntillas, cortó la cuerda con navaja, alguien trajo una manta para cubrir el cuerpo, y así la llevaron, en medio de una procesión de sollozos, hacia el diván de un cuartito abuhardillado, nauseabundo de velas, donde formas oscuras, arrimadas a las paredes, se sonaban de disgusto con pañuelos bordados. El guardés se quedó un tiempo enorme con nosotros, con ganas de beber vino, ahuyentando con las botas las caricias de la mastina, y tú y yo, sentados en el saliente de una raíz, veíamos a través de las berzas un alboroto de chales y de delantales de criada junto a la puerta, el patético frenesí inútil de la tristeza, la costurera que traía una botella de madroño a tu padre, el líquido escurriéndosele por el mentón, por los relieves del cuello, por la garganta, por la pechera de la camisa, hasta desaparecer en los pelos del tórax, evaporado, dos señores de negro que iban hacia la puerta transportando el ataúd, y tu padre, indiferente a la perra que ahora le gruñía, caminó al tuntún en el pomar con el cubo del lavado en la mano, pisó las tomateras, tropezó con los alambres que separaban las nabizas, cayó en el canal de cemento del agua, y al acercarnos a él lo encontramos de bruces ante el perejil, sangrando del labio y de la frente, cantando siempre, con los dientes bien visibles, en medio de una inmensa alegría.

—Ah, qué fuertes son las amistades que uno tiene de muchacho —dijo el caballero, con el ceño fruncido, abriendo en vuelo de milano los brazos resignados—. Aún hoy, pasados tantos años cuando voy a Boliqueime entro en la pastelería y me demoro la tarde entera en conversar con el dueño sobre nuestro profesor de la escuela.

Después de la cena los abuelos del Hombre le mandaron cambiarse de ropa y peinarse, le prestaron una corbata y lo escoltaron a la barraca del guardés donde sólo las hileras de las flores irradiaban en las tinieblas la claridad fija de los estambres. En el interior del palomar se sentía el rumor de un batir de alas sin motivo, y en los gallineros se adivinaba el movimiento de anémonas de los animales que se zafan de la angustia del insomnio. Se olía el menstruo de las gatas en los arbustos y el musgo del plátano en el cielo que no había. Rodearon el invernadero y sus plantas monstruosas sudando despacio, se agacharon bajo un arco de muro, la nariz mojada de la mastina apareció olisqueándolos, y allí estaba la casita, con las ventanas iluminadas, pegada a la jaula de los pastores alemanes, con un racimo de parientes consternados que fumaban a la puerta.

—¿Se ha fijado en qué tontería? —dijo el caballero, indignado, entrelazando los dedos en la nuca—. Voy una semana por año al Algarve a visitar a la familia y acabo gastándola en compartir con un individuo calvo saudades de afluentes y de sierras.

—Uno casi nunca se ocupa de tales pequeñeces —protestó el Ilustrísimo con una vocecita disgustada—, a mí me gusta hablar de esas travesuras de chavales. El problema es que si lo exprimimos mucho el infeliz se deshace, y sin testigo cómo nos manejamos, dígame.

—¿Y del velatorio? —preguntó el Hombre al Juez de Instrucción, adelantando el cuello, contento con los recuerdos—. ¿Te acuerdas del velatorio, Zé?

Los parientes que fumaban se alejaron, ceremoniosos, empujándose unos a otros en las penumbras, ciertamente vestidos de rigor, con bolitas de naftalina aún en los bolsillos, con el traje de los regocijos y las desdichas, y nosotros bajamos a una salita en la cual roncaba un frigorífico antiguo con una morsa de conchas y un cestito de gardenias de baquelita encima, además de bancos, del hornillo de petróleo en una lámina de pizarra, del desagüe barroso de la pila, de una sirena de alambre entre las cajas de papel de un vasar alto, de más parientes, enmascarados de domingo, comiendo pastelillos, bebiendo a toda hora, enjugándose las mejillas con la manga, saludándonos, hinchados de alcohol, con reverencias infinitas, de cavernas exiguas hacia la derecha y hacia la izquierda donde se sospechaban jergones, ropa por lavar, bacinillas, un pasillo muy estrecho con niños que jugaban en el suelo, un paralítico, con un rosario al cuello, amparado en las muletas, y, pasando un recodo con un retrete roto, un cuarto con una cama de metal en el centro, rebosante de camelias, dos manos atadas al ombligo por un rosario de cristal, una multitud de pabilos consumiéndose, goteando pus, sobre una cómoda coja, e incontables rostros de mujer, con pañuelo atado a la garganta, ondulando con una palidez sofocante.

—¿Por qué lo ocurrido en la infancia permanece tan vivo en nosotros? —inquirió el caballero haciendo girar la alianza en el dedo, indiferente a los argumentos del Juez de Instrucción—. Conozco de memoria las piedrecitas del patio de la escuela y en cambio se me fue de la cabeza lo que sucedió después.

—Nunca había visto a mi padre borracho como esa noche —dijo el Ilustrísimo, estirado en la silla, mirando el pasado con un gesto vago—. Él de rodillas, silbando y vomitando encima del cadáver, y yo que sólo pensaba Si llega el dueño del mono estoy perdido.

La abuela del Hombre, despintada y sin joyas, besó a la mujer del guardés que expresaba su pesar, a gritos, en un sofá, asistida por comadres que le alimentaban las náuseas con licores y galletas, saludó a cinco o seis personas más al azar y se retrajo, con el misal abierto, en un rincón del cuarto donde le ofrecieron un sillón con pedazos de periódico que cubrían los rasgones, mientras el abuelo, muy digno, con bufanda de seda en los hombros y luto en la solapa, andando por la espesura del humo y de los olores de las camelias, avanzó hacia el guardés que se apoyaba como en un alféizar en los muslos de la difunta, y ahogaba el llanto de los asistentes desgañitándose, con una cantilena interminable, contentísimo, con una botella bajo el brazo.

—Lo que más me impresionó en aquella confusión fue el rumor de la trepadora de fuera —dijo el Hombre al Juez de Instrucción, mirando a su alrededor en busca de velas, de flores y de semblantes luctuosos en el despacho de la policía, temiendo que la mastina le lamiese los dedos con su satisfacción efusiva. El rumor de las hojas de la trepadora que se alzaba desde la ventana en los intersticios del silencio, el rumor continuo de las plantas y de los árboles de la quinta, el rumor del barro del pozo, el fatigado rumor de los mínimos insectos bajo la tierra, vibrantes sus antenas, agitándose, llamándonos.

—Suavizar los interrogatorios, cambiarlo de celda, mejorarle la comida, ni hablar —dijo el caballero con el mismo tono leve con que se refería a los viajes al sur, a la pastelería de Boliqueime y al colega con quien compartiera, años atrás, las dificultades de la gramática—. Tenemos poquísimo tiempo por delante, señor doctor, si por mí fuera trabajaba con el pájaro veinticuatro horas por día, arreglaba todo con él en un instante y lo soltaba deprisa, antes de que sus compinches lo echaran en falta. Cada minuto cuenta, entiende, se trata de una cuestión de rapidez, los mismos servicios sospechan que tienen su casa vigilada, no hay semana en que los superiores no me fastidien con impaciencias y telefonazos, A ver cuándo es que sale el tipo, hombre, a ver cuándo resuelves esa gaita.

—La trepadora —hizo eco el Juez de Instrucción como una concha marina habituada a la pulsación de las olas—. A veces me ocurría despertar, alarmado, perseguido por racimos de pétalos lilas que atravesaban sibilando la masa de los cristales, y yacía con los ojos cerrados, hasta la madrugada, intentando descifrar lo que decían. Y en Miratejo me levanto de la cama y me siento en el despacho, sin encender ninguna lámpara, mirando los estores con la esperanza de que los racimos aparezcan con la aurora y se mezan entre los alambres de la ropa, desperezando sus adioses de pulpo.

—Ellos me fastidian a mí y yo lo fastidio a usted, es simple —explicó el caballero probándose la alianza en el medio— Y vea de evitar que su amigo pierda la cabeza porque la responsabilidad es suya.

—¿Está servido, patrón? —dijo el guardés al abuelo del Hombre extendiéndole la botella.

La hermana menor del Ilustrísimo intentó quitar el vino de manos de su padre, que la amenazó de inmediato con el puño cerrado, babeándose, una muchacha ocupada en encender los cirios apagados dijo Disculpe, señor profesor, es la tristeza, Y qué quieres tú que haga ahora que vivo solo en una casa vacía, preguntó el Hombre al Juez de Instrucción, imaginando toses y pasos que no existen en las habitaciones desiertas, inventando primos y criadas, agasajándome con las sonrisas de los álbumes, viendo los péndulos de los relojes de pared decirme no, a no ser encerrarme en mi cuarto con el teléfono que no suena nunca y una barrica de ginebra, y beber a sorbos acompasados hasta no distinguir el polvo sobre los muebles, las pilas de revistas en el suelo, el montón de chaquetas detrás de la puerta, hasta no distinguir sino el silbido del guardés que escandaliza a los abuelos, escandaliza al velatorio, y una botella en el aire que ofrece el madroño a la desesperación de los vivos.

—Cambiarlo de celda y dejarlo dormir ya serviría de algo —propuso el Magistrado, con la palma en la oreja, atento al susurro de la trepadora—. Si el tío se vuelve loco, la culpa no es nuestra, probablemente nunca estuvo bien de la cabeza.

—Si le funcionase bien, no se metería en follones —asintió el caballero con voz gruesa—, pero lo hecho hecho está, así que todo lo que podamos decir es puro blablá para ocupar a los tontos. Deme lo que precisamos, señor doctor, deme resultados prácticos y si no quiere Suiza ni Brasil no hay problema, lo nombramos juez de cámara en un santiamén.

—¿Te has puesto a pensar —dijo el Hombre—, en la duración de los domingos en aquel caserón enorme, en el futuro enrarecido, inmovilizado en las consolas y en los bargueños chinos como un carguero en arrecifes de playa, en el lunes más lejano que el primer asombro de chaval? Jugaba al chaquete contra mí mismo y perdía, intentaba un solitario y me aburría enseguida, los libros me agobiaban, compraba el periódico y no lo leía, paseaba por el jardín después de la lluvia, entre los narcisos, insultando al invierno, abrí la jaula de los periquitos y ninguno de ellos escapó, me encerraba en el cuarto de baño a las seis a tomar las píldoras para dormir, sentado en el bidé, frente al espejo, observando mis colmillos de Drácula, y con dos dedos de ginebra encima de las pastillas me iba desenfocando a mí mismo. Fue una suerte que la Organización colocase a la dueña del hogar de ancianos en mi grupo.

—Apuesto a que nunca ha probado un madroño como éste, patrón —afirmó el padre del Ilustrísimo deshojando los crisantemos de la muerta—. No se preocupe que tengo nueve frascas más escondidas en el corral de las gallinas.

Intentó levantarse, cayó de rodillas y se perdió en un discurso rezongón, sin nexo, furioso con los llantos y los cirios, de la misma manera que yo me ofendía, dijo el Hombre al Juez de Instrucción, con mi soledad en medio de anaqueles amortajados en salas sin luz porque las lámparas se apagaban una a una, las porcelanas se agrietaban en las vitrinas, las cisternas sin reparar no me arrastraban el alma al Tajo, las bombonas de gas se acumulaban en la despensa, el calentador explotaba, un tubo roto difundía manchas de vitíligo en la marquesina, y yo miraba desde la ventana la Estrada de Benfica, los candiles del zaguán de las viviendas de enfrente y los mártires de mosaico de las fachadas. La mujer de la Casa de Reposo tenía diecisiete años más que yo, usaba pendientes, se teñía el pelo de violeta, había sido ayudante de masajista en Amora, se había entusiasmado por venganza con el internacionalismo proletario después de ser engañada, durante varios meses, por el canto de sirena de un arquitecto mulato, y me obligaba a cambiarme de camisa de vez en cuando, a comer pescado, a enderezarme la corbata, a prometerle que dejaría la ginebra, la única persona, en tanto tiempo, que se acercó a mí con cariño.

—¿Quién es la muchacha, cómo encontraste a un ángel así? —se apresuró el Juez de Instrucción haciéndole señas al mecanógrafo—. Una ayudante de masajista, Antunes, lo único que te faltaba.

—Además de eso no vale la pena plantearse el problema del cambio de celda —carraspeó el caballero consultando la agenda—. El sábado, a más tardar, quiero al pájaro fuera, no se olvide de que el tiempo juega en contra nuestra.

—Vive en la propia clínica —dijo el Hombre-Junto al estadio del Sporting. Los días de fútbol los paseos se llenan de automóviles, de vendedores de baratijas y de banderines de clubes, de tiendas de pepitos, altramuces y cerveza tibia, de taquillas improvisadas, de hinchas con bufandas de color y el transistor pegado al oído como una venda, y durante los partidos, aun en el cuarto de ella que era de cortinas pesadas, escuchábamos los aplausos, los silbidos, las desilusiones colectivas, las incitaciones, el clamor profundo de los goles.

Un pariente cualquiera agarró por la cintura al guardés, que agitaba en protesta los brazos, y lo arrastró hacia la quinta donde sólo se distinguían las órbitas preocupadas del mico, además de las lechugas, en la espesura de la noche. Las órbitas del mico y las ventanas de la colina de la Brandoa, inalcanzables como estrellas que un cielo denso de nubes ocultaba y descubría.

—Un madroño como ése —balaba el guardés, haciendo equilibrio, tirado, rumbo a un escalón de piedra, por varias manos compasivas—. Un madroño como ése no se siente en la lengua.

—El sábado —ordenó el caballero guardando su agenda en los pantalones—, se suelta al terrorista y comenzamos el baile. El señor doctor va a funcionar como contacto de él y nuestro, los planes y las informaciones pasan por usted.

—Háblame de cosas concretas —exigió el Ilustrísimo—, una clínica en Alvalade es un dato muy vago. Así de repente, sin esfuerzo, me acuerdo enseguida de media docena por lo menos.

—Es una planta baja por detrás del estadio —detalló el Hombre—, sé ir allí pero no sé el número de bloque, hay que girar después de la Churrasqueira y se ve un letrero pequeño a unos cincuenta metros, al lado de un taller de neumáticos. La madrina de ella, después de enviudar, tuvo la idea de la Casa de Reposo, cuartos con tres y cuatro camas y una decena de viejos flaquísimos que se orinaban en la colcha, criadas que les ponían la chata entre las piernas y un vapor de fritos en la cocina, que oxidaba los cobres del fogón.

—La ahijada —dijo el Juez de Instrucción al caballero—, heredó el negocio de los moribundos y les aumentó la agonía, puede leer los datos de la propietaria sobre los enfermos, desmenuzados en este cuaderno. Cincuenta y seis años, imagínese, y se viste como una adolescente de dieciocho, faldas cortas, escotes, la tira de collares y de pulseras, el pelo suelto por la espalda, y el oso no ve otra cosa fuera de ella.

Depositaron al guardés donde se inicia el parral y el padre del Magistrado se libró de la botella y fue andando, con el cinturón flojo y la chaqueta torcida, por el túnel de las parras, hacia el establo de los cerdos y las ventanas de la Brandoa, con la perra que bailaba a su alrededor, divertida. Tal vez consiguiese distinguir los árboles del pomar, tal vez lograse ver los pedazos de cuerda de la ahorcada atados con un nudo al manzano grande, que reverdecía, rama a rama, con frutos minúsculos. Los cerdos roncaban junto al muro, con el hocico atento, percibiendo las tinieblas de la quinta con sus pestañas albinas. Eran diez u once, un macho, una hembra joven, otra con el vientre dilatado, a punto de parir, con las tetas gordas y duras, y el Hombre y el Juez de Instrucción no se atrevían a mover los goznes de la cancela, temerosos de los suspiros casi humanos, del volumen de los cuerpos y de las encías afiladas, de los morros que lamían el suelo de cemento en busca de cáscaras perdidas.

—A propósito —dijo de súbito el Hombre, atizada su curiosidad infantil—. Después de que mis abuelos me echaron, ¿apareció el dueño del mono en el velatorio?

El guardés cogió una escoba de alambre del cuartucho de las herramientas, fatigándose en medio de un ruido de metales al derribar rastrillos y tijeras, y se arrimó a la pocilga, con las pupilas bizcas, abrazado a las rejas de una divisoria porque se le aflojaban las piernas, el corazón latía desacompasado, los pulmones se despojaban de aire, y el cuerpo se escurría a lo largo de los huesos, como el de las serpientes, en un desnudamiento lento de la piel. Las ventanas de los edificios de la Brandoa, sitiados por tiendas de gitanos y construcciones de pobres, surgían en la mancha de las nubes a punto de romperse en llagas de agua que alcanzaban la Pontinha con relámpagos de fotógrafo. Las plantas de la huerta, trémulas, se humedecían con una esperanza de lluvia, los olmos se inclinaban bajo una brisa ocre, la tierra olía a pelo mojado y a azufre.

—Fuera, cabrones, fuera —vociferó el guardés descorriendo el cerrojo, dando puntapiés a la cancela, echando a los animales, que se dispersaron por el parral, con la escoba de alambre—. Quiero que todos estén allí abajo, cantando y bebiendo madroño, en el funeral de mi madre.