7 - Relaciones públicas
El águila solitaria notaba muy alto sobre las marismas a primera hora de la mañana. Osciló ante una ráfaga de viento procedente del océano y giró hacia el norte a lo largo de la costa. Muy por debajo, empezando en las arenas blancas y marrón claro junto al océano y continuando a través de la colección de islas, ríos y ensenadas que se extendían durante kilómetros hacia el horizonte occidental, un complejo intermitente de diversos edificios conectados por caminos pavimentados rompía la tierra herbosa y pantanosa. Setenta y cinco años antes, el Espacio-puerto Kennedy era una de la media docena de localizaciones en la Tierra donde los viajeros podían desembarcar de sus trenes de alta velocidad y sus aviones para tomar una lanzadera a una de las estaciones espaciales BOT (Baja Órbita Terrestre). Pero el Gran Caos había convertido el espaciopuerto en un recuerdo fantasmal de una cultura en su tiempo floreciente. Sus puertas y pasillos conectados llevaban años abandonados entre la hierba, las aves acuáticas, los reptiles y los ubicuos insectos de Florida central.
En los 2160, después de unos veinte años de completa atrofia, el espaciopuerto había sido reactivado gradualmente. Primero fue usado como aeropuerto, y luego había evolucionado de nuevo a un centro de transporte general que servía a la costa atlántica de Florida. Cuando se iniciaron de nuevo los lanzamientos espaciales a mediados de los 2170, resultó natural que las viejas pistas de lanzamiento del Kennedy fueran empleadas otra vez. En diciembre de 2199, más de la mitad del viejo espaciopuerto había sido reacondicionado para ocuparse del creciente tráfico entre la Tierra y el espacio.
Desde una de las ventanas de su oficina transitoria, Valeri Borzov contemplaba el gracioso deslizar de la magnífica águila de vuelta a su nido en la copa de uno de los pocos árboles altos del centro. Le encantaban las aves. Se sentía fascinado por ellas desde hacía años, empezando en su primera juventud en China. En su más vivido y recurrente sueño el general Borzov vivía en un sorprendente planeta donde los cielos estaban llenos de criaturas voladoras. Aún podía recordar que preguntó a su padre si había habido algunos biots voladores dentro de la primera nave espacial Rama. Y luego sentirse agudamente decepcionado por la respuesta.
El general Borzov oyó el sonido de un enorme vehículo de transporte y miró por la ventana que daba al oeste. Al otro lado del camino, frente a las dependencias de las pruebas, el módulo de propulsión que sería utilizado por las dos naves Newton emergía del complejo de pruebas sobre una gigantesca plataforma de múltiples ruedas. El módulo reparado, enviado de vuelta a la zona de subsistemas de pruebas debido a un problema con su controlador iónico, sería situado aquella tarde dentro de una lanzadera de carga y transferido a las dependencias de ensamblaje de naves en la estación espacial BAT-2. Todos los ejercicios de simulación para los cosmonautas, sin embargo, eran realizados en BAT-3 con el equipo de repuesto. Los cosmonautas utilizarían solamente los sistemas de vuelo reales en BAT-2 durante la última semana antes del lanzamiento.
En el lado sur del edificio, un autobús eléctrico se detuvo fuera de las oficinas y descargó un puñado de personas. Uno de los pasajeros era una mujer rubia que llevaba una blusa amarilla de manga larga con rayas negras verticales y unos pantalones de seda negra. Caminó con sencilla gracia en dirección a la entrada del edificio. El general Borzov la admiró desde la distancia, recordándose que Francesca había sido una modelo de éxito antes de convertirse en periodista de televisión. Se preguntó qué era lo que deseaba y por qué había insistido en verlo en privado antes de los exámenes médicos de aquella mañana.
Un minuto más tarde la saludó en la puerta de su oficina.
—Buenos días, signora Sabatini —dijo.
—¿Siempre tan formal, general? —respondió ella con una risa—. ¿Aunque sólo estemos los dos? Usted y los dos japoneses son los únicos miembros del equipo que se niegan a llamarme Francesca. —Observé que él la miraba de una forma extraña. Bajó la vista a su ropa para ver si había algo malo en ellas—. ¿Qué ocurre? —preguntó, al cabo de una momentánea vacilación.
—Debe de ser su blusa —respondió el general Borzov con un sobresalto—. Sólo por un momento tuve la clara impresión de que era usted un tigre agazapado para saltar sobre un indefenso antílope o una gacela. Quizá sea cosa de la edad. O tal vez mi mente esté empezando a hacerme malas jugadas. —La invitó a entrar en su oficina.
—Algunos hombres me han dicho antes que me parecía a un gato. Pero nunca a un tigre. —Francesca se sentó en la silla al lado del escritorio del general. Maulló con una sonrisa irónica. —Sólo soy una inofensiva gatita casera.
—No creo eso ni por un momento —rió Borzov—. Pueden utilizarse muchos adjetivos para describirla, Francesca, pero inofensiva nunca será uno de ellos. —De pronto adoptó una actitud muy profesional. —Ahora, ¿qué puedo hacer por usted? Dijo que tenía algo muy importante que hablar conmigo que no podía esperar.
Francesca extrajo una larga hoja de papel de su maletín blando y se la tendió al general Borzov.
—Esto es el programa de prensa para el proyecto —dijo—. Hasta ayer no lo revisé con detalle con la oficina de información pública y las cadenas mundiales de televisión. Observe que, de las entrevistas en profundidad con los cosmonautas, sólo cinco han sido completadas. Originalmente estaban previstas otras cuatro para este mes. Pero observe también que, cuando usted añadió esos tres días extras de simulación a la próxima tanda de ejercicios, eliminó el tiempo que había sido previsto para entrevistar a Wakefield y a Turgeniev.
Hizo una momentánea pausa para asegurarse de que él la estaba siguiendo.
—Todavía podemos atrapar a Turgeniev el próximo sábado, y grabaremos a los O'Toole la Nochebuena en Boston. Pero tanto Richard como Irina dicen que ahora no tienen tiempo para sus entrevistas. Además, seguimos teniendo un antiguo problema: ni usted ni Nicole han sido programados todavía...
—Usted insistió en una reunión a las siete y treinta de esta mañana para discutir este programa de prensa —interrumpió Borzov, reflejando claramente en su voz la importancia más que relativa que concedía a tales actividades.
—Entre otras cosas —respondió Francesca con voz tranquila. Ignoró la crítica implícita en el comentario del hombre—. De los participantes en esta misión —prosiguió—, los sondeos muestran que el público deposita su mayor interés en usted, yo, Nicole des Jardins y David Brown. Hasta ahora, he sido incapaz de conseguir de usted una fecha para su entrevista personal, y Madame des Jardins dice que ella "no tiene la menor intención" de realizar una. Las cadenas no se sienten felices. Mi cobertura prelanzamiento va a quedar incompleta. Necesito algo de ayuda por su parte.
Francesca miró directamente al general Borzov.
—Le estoy pidiendo que cancele la simulación adicional, que establezca un momento definido para su entrevista personal, y que hable con Nicole apoyándome.
El general frunció el entrecejo. Estaba a la vez fastidiado e irritado por la presunción de Francesca. Iba a decirle que los programas de entrevistas publicitarias personales no ocupaban ningún lugar alto en su lista de prioridades. Pero algo lo retuvo. Tanto su sexto sentido como toda una vida de experiencia en tratar con la gente le aconsejaron que vacilase, que había más en aquella conversación de lo que había oído hasta ese momento. Temporizó cambiando de tema.
—Incidentalmente, debo decirle que cada vez me siento más preocupado acerca de la magnitud de esa fiesta de fin de año que sus amigos del gobierno y de la coalición comercial italianos están preparando. Sé que aceptamos al principio de nuestro entrenamiento que participaríamos, como grupo, en esa función social. Pero no tenía ni idea de que iba a ser presentada como "la fiesta del siglo", como fue llamada la semana pasada por una de esas revistas norteamericanas que se ocupan de las personalidades. Usted que conoce a toda esa gente, ¿no puede hacer nada para frenar un poco esa celebración?
—La gala era otro de los puntos de mi agenda —respondió Francesca, evitando cuidadosamente el impacto del comentario—. Aquí también necesito su ayuda. Cuatro de los cosmonautas Newton dicen ahora que no tienen intención de asistir, y dos o tres más han sugerido que tal vez tengan otros compromisos..., pese a que todos llegamos a un acuerdo en mareo respecto de la fiesta. Takagishi y Yamanaka desean celebrar las fiestas con sus familias en Japón, y Richard Wakefield me dice que ha hecho reservas para ir a practicar escafandrismo en las islas Caimán. Y luego está de nuevo esa mujer francesa, que simplemente dice que no va a asistir y se niega a ofrecer ningún tipo de explicación.
Borzov no pudo reprimir una sonrisa.
—¿Por qué tiene tantas dificultades con Nicole des Jardins? Pensé que, puesto que ambas son mujeres, podría hablar con ella más fácilmente que con los demás.
—Se muestra enteramente en contra del papel de la prensa en esta misión. Me lo ha dicho varias veces. Y es muy testaruda acerca de su intimidad. —Francesca se encogió de hombros. —Pero el público se siente completamente fascinado con ella. Después de todo, no sólo es doctora y lingüista y una antigua campeona olímpica, sino que también es hija de un famoso novelista y la madre de una hija de catorce años, pese a no haberse casado nunca...
Valeri Borzov estaba consultando su reloj.
—Sólo para mi información —interrumpió—, ¿cuántos otros asuntos tiene en su agenda, como lo llama usted? Tenemos que estar en el auditorio dentro de diez minutos.
—Le brindó una sonrisa. —Y me veo obligado a recordarle que Madame des Jardins se salió hoy de su rutina para acomodarse a su petición de cobertura de prensa para esa reunión.
Francesca estudió al general Borzov durante varios segundos. Creo que ahora está preparado, pensó para sí misma. Y, a menos que lo haya juzgado mal, comprenderá de inmediato. Sacó un pequeño cubo de su maletín y se lo tendió por encima del escritorio.
—Éste es el único otro punto de mi agenda —dijo. El comandante en jefe del Proyecto Newton pareció desconcertado. Hizo girar el cubo entre sus manos.
—Un periodista independiente nos lo vendió —dijo Francesca en un tono muy serio—. Se nos ha asegurado que era la única copia existente.
Hizo una momentánea pausa mientras Borzov cargaba el cubo en el lugar apropiado del ordenador de su escritorio. Palideció visiblemente cuando el primer vídeo del cubo apareció en el monitor. Contempló los salvajes desvaríos de su hija Natacha durante unos quince segundos.
—Deseaba mantener esto fuera de las manos de la prensa sensacionalista —añadió suavemente Francesca.
—¿Cuánto dura la cinta? —preguntó en voz baja el general Borzov.
—Casi media hora —respondió ella—. Yo soy la única que la ha visto entera.
El general Borzov dejó escapar un suspiro. Ése era el momento que su esposa Petra había temido desde que se hizo oficial que él iba a ser el comandante en jefe del Proyecto Newton. El director del instituto en Sverdlovsk había prometido que ningún periodista tendría acceso a su hija. Ahora, ahí había una videocinta con una entrevista de treinta minutos con ella. Petra se sentiría mortificada.
Miró por la ventana. Estaba evaluando mentalmente lo que le ocurriría a la misión si la esquizofrenia aguda de su hija era exhibida ante el público. Sería embarazoso, concedió, pero la misión no se vería perjudicada de ninguna manera seria... Miró a Francesca. Odiaba hacer tratos. Y no estaba seguro de que la propia Francesca no hubiera encargado la entrevista con Natacha. De todos modos...
Borzov se relajó y forzó una sonrisa.
—Supongo que debo darle las gracias —dijo—, pero, de algún modo, no me parece apropiado. —Hizo una breve pausa. —Aunque supongo que se espera que demuestre cierta gratitud.
Todo bien por ahora, pensó Francesca. Era demasiado lista para decir nada en aquellos momentos.
—Muy bien —siguió el general tras un largo silencio—. Cancelaré la simulación extra. Hay otros que también se han quejado al respecto. —Hizo dar vueltas el cubo entre sus manos. —Y Petra y yo acudiremos pronto a Roma, como usted sugirió en una ocasión, para la entrevista personal. Recordaré mañana a todos los cosmonautas lo de la fiesta de fin de año, y les diré que es su deber asistir. Pero ni yo ni nadie puede exigirle a Nicole des Jardins que hable con usted de nada excepto de su trabajo. —Se puso bruscamente de pie. —Ya es hora de que acudamos a esa reunión de biometría.
Francesca se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.
—Gracias, Valeri —dijo.