12 - Ramanes y Romanos
—Bien, ¿qué piensas? —Nicole des Jardins se puso de pie y se volvió lentamente frente a la cámara al lado del monitor. Llevaba un ajustado vestido blanco hecho con una de las nuevas telas elásticas. Le llegaba justo debajo de sus rodillas, y las mangas largas tenían una franja negra desde el hombro hasta la muñeca. El ancho cinturón negro azabache hacía juego tanto con la franja como con su pelo y sus zapatos de tacón alto. Llevaba el pelo recogido por una peineta en la parte de atrás de la cabeza y luego dejado caer libremente hasta casi la cintura. La única joya era un brazalete rígido de oro con tres hileras de pequeños diamantes en su muñeca izquierda.
—Estás espléndida, mamá —le respondió su hija Geneviéve desde la pantalla—. Nunca te había visto vestida así y con el pelo suelto. ¿Qué le ha pasado a tu overol habitual? —La muchacha de catorce años sonrió.
—¿Y cuándo empieza la fiesta?
—A las nueve y media —respondió Nicole—. Una hora muy a la moda. Probablemente no se servirá la cena hasta una hora más tarde. Voy a comer algo en la habitación del hotel antes de salir para no morirme de hambre.
—Mamá, no olvides tu promesa. La semana pasada Aujourd' hui dijo que mi cantante favorito, Julien LeClerc, sería definitivamente una de las atracciones de la fiesta. ¡Tienes que decirle que tu hija piensa que es absolutamente divino!
Nicole le sonrió.
—Lo haré, querida. Aunque probablemente sea mal interpretada. Por lo que he oído, tu Monsieur LeClerc piensa que todas las mujeres del mundo están enamoradas de él. — Hizo una momentánea pausa.
—¿Dónde está tu abuelo? Pensé que habías dicho que se reuniría contigo en unos pocos minutos.
—Aquí estoy. —El rostro amistoso y surcado de arrugas del padre de Nicole apareció en la pantalla al lado de su nieta. —Estaba terminando una sección de mi novela sobre Pedro Abelardo. No esperaba que llamaras tan pronto. —Pierre des Jardins tenía ahora sesenta y seis años. Durante muchos años había sido un conocido novelista histórico, pero desde la temprana muerte de su esposa se veía bendecido además con la fama y la fortuna. —¡Tienes un aspecto maravilloso! —exclamó, tras contemplar a su hija en su traje de noche—. ¿Has comprado este vestido en Roma?
—En realidad, papá —dijo Nicole, dando de nuevo una vuelta para que su padre pudiera verlo completamente—, lo compré para la boda de Francoise hace tres años. Pero, por supuesto, nunca tuve oportunidad de llevarlo. ¿No crees que es demasiado sencillo?
—En absoluto —respondió Pierre—. De hecho, creo que es perfecto para este tipo de ocasiones. Si es como las grandes fêtes a las que acostumbraba a asistir yo, en las que cada mujer se presentaba luciendo sus ropas más extravagantes y caras y llenas de joyas, te destacarás con tu "sencillo" blanco y negro. Particularmente con el pelo peinado así. Estás perfecta.
—Gracias —dijo Nicole—. Aunque sé que son tus prejuicios los que te hacen hablar así, me gusta oír tus cumplidos. —Miró a su padre y a su hija, sus únicos dos compañeros íntimos durante los últimos siete años. —En realidad, me siento sorprendentemente ansiosa. No creo que esté tan nerviosa el día que nos encontremos con Rama. A menudo me siento fuera de mi elemento en las grandes fiestas como esta, y esta noche tengo una peculiar sensación de presentimiento que no puedo explicar. ¿Recuerdas, papá, la forma en que me sentí el día antes de que muriera nuestro perro cuando era niña?
El rostro de su padre se puso serio.
—Quizá será mejor que te quedes en el hotel. Demasiadas de tus premoniciones han resultado ser exactas en el pasado. Recuerdo que me dijiste que algo iba mal con tu madre dos días antes de que recibiéramos aquel mensaje...
—No es una sensación tan intensa —se apresuró a decir Nicole—. Y, además, ¿qué podría decir como excusa? Todo el mundo me espera, en especial la prensa, según Francesca Sabatini. Todavía está irritada conmigo porque me niego a sostener una entrevista personal con ella.
—Entonces supongo que debes ir. Pero intenta divertirte un poco. No te tomes las cosas demasiado en serio esta noche.
—Y recuerda decirle hola a Julien LeClerc por mí —añadió Geneviéve.
—Los extrañaré a los dos cuando llegue la medianoche —dijo Nicole—. Será la primera vez que esté lejos de ustedes en la noche de fin de año desde 2149. —Nicole hizo una breve pausa, recordando sus celebraciones familiares todos juntos. —Ya saben que los quiero mucho.
—Yo también te quiero, mamá —exclamó Geneviéve. Pierre hizo un saludo de despedida con la mano.
Nicole apagó el videófono y miró su reloj. Eran las ocho. Todavía tenía una hora antes de reunirse con su chofer en el vestíbulo. Fue al terminal de ordenador para pedir algo de comer. Con unas pocas órdenes encargó un bol de minestrone y una botella pequeña de agua mineral. El monitor del ordenador le respondió que recibiría ambas cosas dentro de unos dieciséis a diecinueve minutos.
Realmente estoy muy tensa esta noche, pensó mientras hojeaba la revista Italia y aguardaba la comida. El artículo principal era una entrevista con Francesca Sabatini. El artículo llenaba diez páginas enteras, y mostraba como unas veinte fotografías distintas de la bella signora. El entrevistador hablaba con Francesca acerca de sus dos proyectos de documentales de gran éxito (el primero sobre el amor moderno y el segundo sobre las drogas), observando, en medio de algunas preguntas acerca de la serie sobre fármacos y drogas, el hecho de que Francesca fumaba repetidamente cigarrillos durante la conversación.
Nicole hojeó apresuradamente el artículo, observando mientras leía aquí y allá que había en Francesca facetas que nunca había tomado en consideración. Pero, ¿qué la motiva?, se preguntó. ¿Qué es lo que desea? Ya casi al final de la entrevista, el entrevistador le preguntaba a Francesca su opinión sobre las otras dos mujeres del equipo Newton.
—Tengo la sensación de que en realidad soy la única mujer en la misión —respondía Francesca. Nicole se detuvo a leer el resto del párrafo. —La piloto rusa Turgeniev piensa y actúa como un hombre, y la princesa francoafricana Nicole des Jardins ha reprimido voluntariamente su femineidad, lo cual es muy triste, porque hubiera podido ser una mujer encantadora.
Nicole sólo se sintió ligeramente irritada por el atrevido comentario de Francesca. Más bien se sintió divertida. Notó una breve oleada competitiva en su interior, pero luego se regañó a sí misma por aquella reacción infantil. Le hablaré a Francesca de este artículo en su momento adecuado, pensó con una sonrisa. ¿Quién sabe? Quizás incluso le pregunte si seducir a hombres casados la califica a ella como femenina.
Los cuarenta minutos de camino desde el hotel hasta la fiesta en la Villa Adriani, localizada en las afueras de los suburbios romanos, no lejos del complejo turístico del Tívoli, transcurrieron en un silencio total. El otro pasajero en el coche de Nicole era Hiro Yamanaka, el más taciturno de todos los cosmonautas. En su entrevista para la televisión dos meses antes con Yamanaka, una frustrada Francesca Sabatini, tras diez minutos de respuestas monosilábicas o de dos y tres palabras a todas sus preguntas, le había preguntado a Hiro si eran ciertos los rumores de que él era un androide.
—¿Qué? —inquirió Hiro Yamanaka.
—¿Es usted un androide? —repitió Francesca con una maligna sonrisa.
—No —respondió el piloto japonés, y sus rasgos permanecieron absolutamente inexpresivos mientras la cámara trazaba un zoom sobre su rostro.
Cuando el coche salió de la carretera principal entre Roma y Tívoli para recorrer el último kilómetro hasta la Villa Adriani, el tráfico se volvió congestionado. El avance fue muy lento, no sólo debido a los muchos coches que llevaban gente a la fiesta, sino también por los centenares de curiosos y paparazzi que se alineaban a lo largo de la estrecha carretera.
Nicole inspiró profundamente cuando el automóvil entró finalmente en un camino circular y se detuvo. Al otro lado de sus ventanillas coloreadas pudo ver una nube de fotógrafos y periodistas, preparados para saltar sobre cualquiera que saliese del coche.
La portezuela se abrió automáticamente y ella salió lentamente, envuelta en su abrigo de gamuza negra y cuidando de no torcerse los tacones.
—¿Quién es ésa? —oyó preguntar a una voz.
—Franco, aquí, rápido... es la cosmonauta des Jardins.
Hubo una dispersión de aplausos y el flash de muchas cámaras. Un caballero italiano de aspecto agradable avanzó y tomó a Nicole de la mano. La gente se apiñó alrededor, varios micrófonos fueron colocados delante de su rostro, y pareció como si le lanzaran un centenar de preguntas y peticiones simultáneas en cuatro o cinco idiomas distintos.
—¿Por qué ha rechazado usted todas las entrevistas personales?
—Por favor, ábrase el abrigo para que podamos ver su traje.
—¿La respetan los demás cosmonautas como médico?
—Un momento. Por favor sonría.
—¿Cuál es su opinión acerca de Francesca Sabatini?
Nicole no dijo nada mientras los hombres de seguridad hacían retroceder a la multitud y la conducían hasta un cochecito eléctrico con toldo. El cochecito, con capacidad para cuatro pasajeros, subió lentamente una larga y suave colina, dejando a la multitud atrás, mientras una agradable mujer italiana de unos veinticinco años explicaba en inglés a Nicole e Hiro Yamanaka lo que veían alrededor. Adriano, que había gobernado el Imperio Romano entre los años 117 y 138 a.C., había construido aquella inmensa villa para su propio placer, les informó. Aquella obra maestra de la arquitectura representaba una mezcla de todos los estilos de edificación que Adriano había visto en sus muchos viajes a las distantes provincias del Imperio, y había sido diseñada por el propio Emperador sobre ciento veinte hectáreas de llanura a los pies de las colinas tiburtinas.
El cochecito pasó junto al antiguo grupo de edificios que, al parecer, formaban parte integrante de las festividades de la velada. Las iluminadas ruinas reflejaban sólo una vaga sugerencia de su anterior gloria, puesto que en su mayor parte los techos habían desaparecido, las estatuas decorativas habían sido todas retiradas, y los ásperos muros de piedra estaban desprovistos de todo adorno. Pero cuando el cochecito pasó junto a las ruinas del Canope, un monumento edificado en torno de una piscina rectangular al estilo egipcio (había quince o dieciséis edificios en el complejo, Nicole había perdido la cuenta), surgió en forma definitiva una sensación general de la enorme extensión de la villa.
Este hombre murió hace más de dos mil años, pensó Nicole, recordando la historia. Uno de los hombres más inteligentes que jamás viviera. Soldado, administrador, lingüista. Sonrió cuando recordó la historia de Antínoo. Solitario la mayor parte de su vida. Excepto una breve y consumidora pasión que terminó en tragedia.
El cochecito se detuvo al final de un corto camino. La guía terminó su monólogo.
—Para honrar la gran Pax Romana, una extensa época de paz mundial hace dos milenios, el gobierno italiano, ayudado por generosas donaciones de las corporaciones relacionadas bajo la estatua que ven ahí a su derecha, decidió en 2189 construir una perfecta réplica del Teatro Marítimo de Adriano. Tal vez recuerden que pasamos junto a las ruinas del original al inicio del camino. La meta del proyecto de reconstrucción era mostrar lo que podía ser el visitar una parte de esta villa durante la vida del Emperador. El edificio fue terminado en 2193, y desde entonces ha sido utilizado para acontecimientos oficiales.
Los invitados eran recibidos por jóvenes italianos formalmente vestidos, uniformemente altos y apuestos, que los escoltaban a lo largo del camino hasta y a través del Salón de los Filósofos y, finalmente, al Teatro Marítimo. Allá había una breve comprobación de seguridad en la auténtica entrada, y luego los invitados eran libres de vagabundear como les pareciera.
Nicole se sintió encantada con el edificio. Su forma era básicamente circular, de unos cuarenta metros de diámetro. Un anillo de agua separaba una isla interior, sobre la que se levantaba una amplia casa con cinco habitaciones y un patio de respetable tamaño, desde el amplio pórtico con sus columnas acanaladas. No había techo encima del agua en la parte interior del pórtico, y el cielo abierto daba a todo el teatro una maravillosa sensación de libertad. Los invitados se mezclaban, hablaban y bebían en torno del edificio; sofisticados camareros robot rodaban de un lado para el otro llevando grandes bandejas de champagne, vino y otras bebidas alcohólicas. A través de los dos pequeños puentes que conectaban la isla con su casa y patio al pórtico y al resto del edificio, Nicole pudo ver una docena de personas, todas vestidas de blanco, preparando el bufé.
Una robusta mujer rubia y su diminuto y jocoso marido, un hombre calvo con anteojos pasados de moda, se acercaron rápidamente a Nicole desde unos diez metros de distancia. Nicole se preparó para el inminente asalto dando un pequeño sorbo al cóctel de champagne y casis que le había sido entregado por un extrañamente insistente robot unos pocos minutos antes.
—Oh, Madame des Jardins —dijo el hombre, agitando la mano hacia ella y cortándole cualquier huida con gran rapidez—. Tenemos que hablar con usted. Mi esposa es una de sus mayores fans. —Se situó al lado de Nicole e hizo un gesto hacia su esposa. —Ven, Cecilia —gritó—. Ya la tengo.
Nicole inspiró profundamente y forzó una amplia sonrisa. Va a ser una de esas veladas, se dijo.
Al fin, pensó Nicole, quizá disponga de unos pocos minutos de paz y tranquilidad. Estaba sentada a solas, con la espalda deliberadamente vuelta hacia la puerta, ante una mesita pequeña en un rincón. La habitación se hallaba en la parte de atrás de la casa, en el centro del Teatro Marítimo. Nicole terminó los últimos bocados dé su comida y los ayudó a bajar con un poco de vino.
Suspiró, intentando sin éxito recordar incluso la mitad de la gente con la que se había encontrado durante la última media hora. Se había convertido en una especie de apreciada fotografía, pasada de mano en mano y alabada por todo el mundo. Había sido abrazada, besada, pellizcada, niñeada (tanto por hombres como por mujeres), e incluso un rico naviero sueco le había hecho proposiciones, invitándola a pasar unos días en su "castillo" de las afueras de Goteborg. Nicole apenas había dicho una palabra a alguno de ellos. Le dolía el rostro de mantener una educada sonrisa, y estaba un poco mareada por el vino y los cócteles de champagne.
—Bueno, al menos estoy vivo y respiro —oyó a sus espaldas una voz familiar—. Creo que la dama de traje blanco no es otra que mi compañera cosmonauta, la princesa de hielo en persona, Madame Nicole des Jardins. —Nicole se volvió y vio a Richard Wakefield que avanzaba tambaleante hacia ella. Chocó contra una mesa, consiguió estabilizarse con ayuda de una silla, y casi cayó sobre su regazo. —Lo siento —sonrió, consiguiendo sentarse a su lado—. Me temo que he bebido demasiado gin-tonic. —Dio un largo trago del vaso que milagrosamente había conservado sin derramarlo en su mano derecha. —Y ahora —dijo con un guiño—, si no le importa, voy a cabecear antes del espectáculo de los delfines.
Nicole se echó a reír cuando la cabeza de Richard golpeó contra la mesa de madera con un ruido sordo y fingió inconsciencia. Al cabo de un momento, se inclinó sobre el y tiró hacia arriba de uno de sus párpados.
—Si no le importa, camarada, no puede sumirse en la inconsciencia antes de explicarme qué es eso del espectáculo de los delfines.
Richard se sentó erguido con un gran esfuerzo y empezó a hacer girar los ojos.
—¿Quiere decir que no lo sabe? ¿Usted, que siempre sabe todos los programas y todos los procedimientos? Eso es imposible. Nicole terminó su vino.
—En serio, Wakefield. ¿De qué está hablando? Richard abrió una de las pequeñas ventanas y metió un brazo por ella, señalando hacia la piscina de agua que rodeaba la casa.
—El gran doctor Luigi Bardolini está aquí con sus delfines inteligentes. Francesca va a presentarlo dentro de unos quince minutos. —Miró a Nicole con loco abandono. —El doctor Bardolini —exclamó— va a demostrar, aquí y esta noche, que sus delfines pueden superar los exámenes de entrada en la universidad.
Nicole se echó hacia atrás y miró cautelosamente a su colega. Está realmente borracho, pensó. Quizá se sienta tan fuera de lugar como yo.
Richard estaba mirando ahora intensamente por la ventana.
—Esta fiesta es realmente un zoo, ¿no? —dijo Nicole tras un largo silencio—. ¿Dónde han encontrado...?
—Eso es —la interrumpió bruscamente Wakefield, dándole a la mesa un triunfal puñetazo—. Por eso este lugar me ha parecido familiar desde el momento en que entré en él. —Miró a Nicole, que lo observaba como si hubiera perdido la razón. —Es una Rama en miniatura, ¿no lo ve? —Se puso de pie de un salto, incapaz de contener su felicidad ante su descubrimiento. —El agua que rodea esta casa es el Mar Cilíndrico, los pórticos representan la Planicie Central, y nosotros, encantadora dama, estamos sentados en la ciudad de Nueva York.
Nicole empezaba a comprender, pero no podía mantenerse a la altura de los pensamientos de Richard Wakefield.
—¿Y qué prueba esa similitud de diseño? —conjeturó él en voz alta—. ¿Qué significa que los arquitectos humanos de hace dos mil años construyeran un teatro con algunos de los mismos principios guía de diseño que los utilizados en la nave ramana? ¿Similitud de naturaleza? ¿Similitud de cultura? Absolutamente no.
Se detuvo, sin darse cuenta de que Nicole lo miraba con fijeza.
—Matemáticas —dijo enfáticamente. Una expresión interrogativa le dijo que ella seguía sin acabar de comprenderlo. —Matemáticas —repitió, sorprendentemente lúcido de pronto—. Ésa es la clave. Casi con toda seguridad los ramanes no eran como nosotros, y evidentemente evolucionaron en un mundo muy distinto de la Tierra. Pero debían comprender las mismas matemáticas que los romanos.
Su rostro se iluminó.
—Ja —exclamó de nuevo, haciendo que Nicole se sobresaltara. Parecía complacido consigo mismo. —Ramanes y romanos. De eso se trata esta noche. Y de un cierto nivel de desarrollo entre este Homo sapiens de los tiempos modernos.
Nicole sacudió la cabeza mientras Richard exultaba de alegría ante su ingenio.
—¿Lo comprende, mi encantadora dama? —dijo él, extendiendo la mano para ayudarla a levantarse de su silla—. Entonces quizás usted y yo debamos ir a ver el espectáculo de los delfines, y yo le hablaré a usted de los ramanes aquí y de los romanos allí, de calabazas y de reyes, de esto y de aquello y de la cera para lacres, y de si los cerdos tienen alas.