54 - Héroe una vez...
Michael O'Toole no pudo dormir. Dio vueltas en su cama, conectó su música favorita, y repitió una y otra vez el ave María y el padrenuestro. Nada sirvió. Deseaba una distracción, algo que le hiciera olvidar sus responsabilidades y le concediera a su alma algo de descanso.
PROCEDAN CON TRINIDAD, se dijo finalmente, enfocándose en la auténtica causa de su inquietud. ¿Qué significaba exactamente aquello? Usar las carretillas elevadoras teleoperadas, abrir los contenedores, extraer las armas (eran aproximadamente del tamaño de heladeras grandes), comprobar todos los subsistemas, poner las bombas en una vaina, llevarlas hasta la escotilla de Rama, trasbordarlas al pesado montacargas...
¿Y qué más?, pensó. Una cosa más. No tomaría mucho más de un minuto para cada arma, pero era con mucho lo más importante. Cada bomba poseía un par de pequeños teclados numéricos redundantes en uno de sus lados. Él y el almirante Heilmann tendrían que utilizar esos teclados para introducir una secuencia especial de dígitos, un código de confirmación, antes que las armas pudieran ser activadas. Sin esos códigos, las bombas permanecerían absolutamente durmientes, para siempre.
Los debates originales acerca de si incluir o no armas nucleares en el limitado manifiesto de pertrechos de la Operación Newton habían resonado por todos los corredores del cuartel general militar del Consejo de Gobiernos en Amsterdam durante varias semanas. La votación que siguió fue muy igualada. Se decidió que las Newton llevarían las armas nucleares, pero, para aliviar la preocupación general, se decidió también incluir rigurosas medidas de seguridad que las protegieran contra cualquier uso no deseado.
Durante esas mismas reuniones, los altos mandos militares del Consejo de Gobiernos evitaron las protestas del público situando una clasificación de supersecreto en el hecho de que las Newton transportaban bombas nucleares a su cita con Rama. Ni siquiera a los miembros civiles del equipo Newton se les habló de la existencia de las armas.
El grupo de trabajo secreto del Procedimiento de Seguridad Trinidad se reunió siete veces en cuatro lugares distintos del mundo antes del despegue de las Newton. Para hacer el proceso de despliegue inmune a filtraciones electrónicas no deseadas, fue elegida la acción manual como método de activación para las armas nucleares. Así, ningún lunático de la Tierra o aterrado cosmonauta del Proyecto Newton podría desencadenar el proceso con una simple orden electrónica. El jefe de estado del Consejo de Gobiernos, un brillante pero desapasionado ordenancista llamado Kazuo Norimoto, expresó su preocupación de que, sin la capacidad del mando electrónico, la operación militar dependiera excesivamente de los seres humanos seleccionados para la misión. Sin embargo, fue persuadido de que era mucho mejor depender de los oficiales militares del Proyecto Newton que preocuparse acerca de cualquier terrorista o fanático que pudiera apoderarse del código de activación.
Pero, ¿y si uno de los oficiales militares Newton se veía dominado por el pánico?
¿Cómo podía protegerse el sistema contra un acto unilateral de agresión nuclear por parte de un miembro del equipo? Cuando se completaron todas las discusiones, el sistema de seguridad resultante fue relativamente sencillo. Habría tres oficiales militares en el equipo. Cada uno de ellos dispondría de un código de activación conocido sólo por él. La introducción manual de dos de las tres largas secuencias numéricas armaría los dispositivos nucleares. El sistema quedaba así protegido a la vez contra un oficial recalcitrante o uno asustado. Sonaba como un sistema a prueba de errores.
Pero nuestra situación actual no fue nunca considerada en el análisis de contingencias, pensó O'Toole mientras permanecía tendido en su cama. En el caso de cualquier acción peligrosa, militar o civil, se suponía que cada uno de nosotros designara a alguien alternativo para aprender nuestro código. Pero, ¿quién podía prever que una apendicectomia fuera peligrosa? El código de Valeri murió con él. Lo cual significa que el sistema necesita ahora a dos de dos.
O'Toole rodó sobre su estómago y hundió el rostro contra la almohada. Ahora comprendía claramente por qué seguía todavía despierto. Sí no introduzco mi código, esas bombas no pueden ser utilizadas. Recordó una comida en la nave militar, con Valeri Borzov y Otto Heilmann, durante el crucero de placer hacia Rama.
—Es un conjunto perfecto de equilibrio y control —bromeó el general soviético—, y probablemente jugó un papel importante en nuestra selección individual. Otto apretaría el disparador a la menor provocación, y usted, Michael, agonizaría en sus dudas sobre la moralidad aunque su vida estuviera amenazada. Yo soy el que deshace el nudo.
Pero estás muerto, Valeri, se dijo el general O'Toole, y a nosotros se nos ha ordenado que activemos las bombas. Se levantó de la cama y se dirigió a su escritorio. Como había hecho durante toda su vida cuando se enfrentaba a una decisión difícil, O'Toole tomó un pequeño bloc de notas electrónico de su bolsillo e hizo dos cortas listas, una resumiendo las razones para seguir las órdenes de destruir Rama y la otra presentando los argumentos en contra. No tenía razones estrictamente lógicas para oponerse a la orden de destrucción... el gigantesco vehículo era probablemente una máquina desprovista de vida, sus tres colegas estaban casi con toda seguridad muertos, y había una amenaza en absoluto trivial suspendida sobre la Tierra. Pero, pese a todo, O'Toole dudaba. Había algo acerca de cometer un acto tan flagrantemente hostil que ofendía su sensibilidad.
Volvió a su cama y se tendió de espaldas. Querido Dios, rezó, mirando fijamente al cielo, ¿cómo puedo saber lo que es correcto en esta situación? Por favor, muéstrame el camino.
Sólo treinta segundos después de la alarma matutina, Otto Heilmann oyó una suave llamada a su puerta. El general O'Toole entró unos instantes más tarde. El norteamericano estaba ya vestido.
—Se ha levantado temprano, Michael —dijo el almirante, tanteando en busca de su café de la mañana, que hacía ya cinco minutos estaba calentándose automáticamente.
—Deseaba hablar con usted —dijo O'Toole con voz agradable. Aguardó cortésmente a que Heilmann encontrara su café. ¿De qué se trata? —preguntó el almirante.
—Quiero que desconvoque la reunión de esta mañana.
—¿Por qué? Necesitamos algo de ayuda del resto del equipo, como hablamos usted y yo ayer por la noche. Cuanto más tiempo aguardemos para empezar, más posibilidades tenemos de retrasar nuestra partida.
—Todavía no estoy preparado —dijo O'Toole. El entrecejo del almirante Heilmann se frunció. Dio un largo sorbo a su café y estudió a su compañero.
—Entiendo —dijo suavemente—. ¿Y qué otra cosa necesitamos antes de que esté usted preparado?
—Quiero hablar con alguien, el general Norimoto quizá, para comprender por qué destruimos Rama. Sé que usted y yo hablamos de ello ayer, pero deseo oír las razones de la persona que ha dado la orden.
—Es deber de un oficial militar seguir las órdenes. Formular preguntas puede ser considerado como una infracción disciplinaria...
—Comprendo todo eso, Otto —interrumpió O'Toole—, pero no nos hallamos en una situación de batalla. No me estoy negando a cumplir una orden. Simplemente deseo asegurarme... —Su voz murió, y O'Toole miró a la distancia.
—¿Asegurarse de qué? —preguntó Heilmann. O'Toole inspiró profundamente.
—Asegurarme de que hago lo correcto.
Fue concertada una videoconferencia con Norimoto, y la reunión del equipo Newton fue aplazada. Puesto que era medianoche en Amsterdam, pasó cierto tiempo antes que la trasmisión codificada pudiera ser traducida y presentada al jefe de estado mayor del Consejo de Gobiernos. A su manera típica, el general Norimoto pidió entonces varias horas más para preparar su respuesta, a fin de poder obtener el "consenso del estado mayor" acerca de lo que iba a decirle a O'Toole.
El general y el almirante Heilmann estaban sentados juntos en el centro de control de la Newton militar cuando llegó la trasmisión de Norimoto. El general Norimoto iba vestido con todas sus galas militares. No sonrió cuando saludó a los oficiales de la Newton. Se puso los anteojos y leyó un texto preparado.
—"General O'Toole, hemos estudiado atentamente las preguntas contenidas en su última trasmisión. Todas sus preocupaciones estaban incluidas en la lista de probabilidades que fue discutida aquí en la Tierra antes que llegáramos a la decisión de seguir adelante con Trinidad. Bajo las disposiciones únicas contenidas en los protocolos operativos del CG-AIE, usted y el resto del personal militar de la misión Newton forman parte temporariamente de mi estado mayor especial; en consecuencia, yo soy su oficial al mando. El mensaje que le fue trasmitido tiene que ser considerado como una orden."
El general Norimoto consiguió esbozar el asomo de una sonrisa.
—"De todos modos —siguió leyendo—, debido al significado de la acción contenida en la orden y su evidente preocupación acerca de sus repercusiones, hemos preparado tres declaraciones resumen que deberían ayudarle a comprender nuestra decisión:
"Uno. No sabemos si Rama es hostil o amistosa. No tenemos forma de obtener datos adicionales para resolver el asunto.
"Dos. Rama avanza hacia la Tierra. Puede impactar con nuestro planeta natal, emprender una acción hostil una vez que esté en nuestras inmediaciones, o realizar actividades benéficas que no podemos definir.
"Tres. Activando Trinidad cuando Rama esté aún a diez o más días de distancia, podemos garantizar la seguridad del planeta, independientemente de las intenciones o futuras acciones de Rama."
El general hizo una brevísima pausa.
—Eso es todo —concluyó—. Procedan con Trinidad. La pantalla quedó vacía.
—¿Está satisfecho? —preguntó el almirante Heilmann.
—Supongo que sí —suspiró O'Toole—. No he oído nada nuevo, peto tampoco debía esperarlo.
El almirante Heilmann consultó su reloj.
—Hemos malgastado casi todo un día —dijo—. ¿Reunimos al equipo después de cenar?
—Mejor no —respondió O'Toole—. Este episodio me ha agotado, y apenas he dormido esta última noche. Preferiría aguardar hasta mañana por la mañana.
—De acuerdo —dijo Heilmann tras una pausa. Se puso de pie y apoyó una mano sobre el hombro de O'Toole—. Será lo primero que hagamos después de desayunar.
Por la mañana, el general O'Toole no asistió a la prevista reunión del equipo. Telefoneó a Heilmann y le pidió al almirante que procediera sin él. La excusa de O'Toole fue que había sufrido "dolores estomacales" toda la noche. Dudaba de que el almirante Heilmann creyera en su explicación, pero en realidad no le importaba.
O'Toole observó y escuchó la reunión por el televisor de su habitación, sin interrumpir ni decir nada en ningún momento. Ninguno de los demás cosmonautas pareció particularmente sorprendido de que la Newton transportara un arsenal nuclear. Heilmann hizo un concienzudo trabajo explicando lo que había que hacer. Requirió la ayuda de Yamanaka y Tabori, tal como él y O'Toole habían acordado, y delineó una secuencia de actividades que concluirían con las armas desplegadas dentro de Rama en setenta y dos horas. Eso dejaría al equipo otros tres días para prepararse para la partida.
—¿Cuándo detonarán las bombas? —preguntó nerviosamente Janos Tabori, una vez que el almirante Heilmann hubo terminado.
—Serán fijadas para estallar sesenta horas después de nuestra partida prevista. Según los modelos analíticos, deberíamos estar fuera del campo de los restos en doce horas, pero por seguridad hemos especificado en nuestro procedimiento que las armas no estallen a menos que nosotros estemos a veinticuatro horas de distancia... Si nuestra partida se ve retrasada por alguna crisis, siempre podemos reescribir la secuencia de detonación por medio de una orden electrónica.
—Eso es tranquilizador —observó Janos.
—¿Alguna otra pregunta?
—Sólo una —dijo Janos—. Mientras estemos dentro de Rama poniendo esas cosas en sus localizaciones correspondientes, supongo que estará bien que echemos un vistazo en busca de nuestro amigos perdidos. En caso de que estén vagando por ahí...
—La secuencia de tiempo es muy ajustada, cosmonauta Tabori —respondió el almirante—, y el despliegue en sí, dentro de la estructura, sólo tomará unas pocas horas. Desgraciadamente, debido a los retrasos en el inicio del proceso, situaremos las armas en sus posiciones designadas durante el tiempo en que Rama esté a oscuras.
Estupendo, pensó O'Toole en su habitación. Eso es otra cosa de la que se me puede culpar. De todos modos, tuvo la sensación de que en líneas generales el almirante Heilmann había manejado muy bien la reunión. Ha sido un detalle que Otto no haya dicho nada acerca del código, se dijo O'Toole. Probablemente imagina que yo colaboraré. Y probablemente está en lo cierto.
Cuando O'Toole despertó de un corto sueño, ya había pasado la hora de la comida y tenía un hambre terrible. No había nadie en el comedor excepto Francesca Sabatini; estaba terminando su café y estudiando alguna especie de datos de ingeniería en el monitor de su ordenador.
—¿Se encuentra mejor, Michael? —preguntó al verlo. Asintió con la cabeza.
—¿Qué está leyendo? —preguntó.
—Es el manual ejecutivo del software —respondió Francesca—, David está muy preocupado de que, sin Wakefield, ni siquiera podamos saber si el software de la Newton funciona adecuadamente o no. Estoy aprendiendo a leer el output de diagnóstico del autotest.
—Vaya —silbó O'Toole—. Eso es más bien fuerte para una periodista.
—En realidad no es tan complicado —rió Francesca—. Y es extremadamente lógico. Quizá mi próxima carrera sea la de ingeniero.
O'Toole se preparó un bocadillo, tomó un tetrabrik de leche y se unió a Francesca en la mesa. Ella apoyó una mano sobre su antebrazo.
—Hablando de próximas carreras, Michael, ¿ha pensado usted ya en la suya? Él la miró interrogativamente.
—¿De qué está hablando?
—Me siento atrapada en el habitual dilema profesional, mi querido amigo. Mis deberes como periodista se hallan en conflicto directo con mis sentimientos.
O'Toole dejó de masticar.
—¿Heilmann se lo ha dicho? Ella asintió.
—No soy estúpida, Michael. Lo habría descubierto más pronto o más tarde. Y ésta es una gran, gran historia. Quizás una de las más grandes de la misión. ¿No puede imaginar el anticipo de las noticias de la tarde: "General norteamericano se niega a seguir las órdenes de destruir Rama. Sintonícenos a las cinco"?
El general se puso a la defensiva.
—No me he negado. El procedimiento de Trinidad no me exige que introduzca mi código hasta después que las armas estén fuera de los contenedores...— ...y listas para ser introducidas en las vainas —completó Francesca—. Lo cual es dentro de unas dieciocho horas. Mañana por la mañana es lo más aproximado que puedo imaginar... Tengo intención de estar a mano para registrar el acontecimiento histórico. — Se levantó de la mesa. —Y, Michael, en caso de que se lo esté preguntando, no he mencionado su llamada a Norimoto en ninguno de mis informes. Puede que me refiera a su conversación con él en mis memorias, pero no voy a publicarlas al menos hasta dentro de cinco años.
Francesca se dio la vuelta y miró directamente a los ojos de O'Toole.
—Va usted a convertirse en un héroe internacional de la noche a la mañana, amigo mío. Espero que haya considerado cuidadosamente todas las ramificaciones de su decisión.