29 - La caza
El helicóptero hizo descender muy lentamente el todo terreno hacia el suelo.
—¿Cuánto más lejos? —preguntó Janos Tabori por el comunicador.
—Unos diez metros —respondió Richard Wakefield desde abajo. Estaba de pie en un punto a un centenar de metros al sur del borde del Mar Cilíndrico. Sobre él, el todo terreno colgaba al extremo de dos largos cables. —Vaya con cuidado y déjelo caer suavemente. Hay algunos componentes electrónicos delicados en el chasis.
Hiro Yamanaka controló el helicóptero en su más cerrado bucle de control de altitud mientras Janos extendía electrónicamente los cables centímetro a centímetro.
—Contacto —exclamó Wakefield—. En las ruedas traseras. Las delanteras necesitan bajar otro metro.
Francesca Sabatini corrió hasta un lado del todo terreno para registrar aquel histórico contacto en el Hemicilindro Sur de Rama. Cincuenta metros más lejos del risco, en las inmediaciones de una cabaña que servía como cuartel general provisional, el resto de los cosmonautas se preparaba para la inminente caza. Irina Turgeniev comprobaba la instalación del cable trampa en el segundo helicóptero. David Brown, sólo a unos pocos metros de la cabaña, hablaba por la radio con el almirante Heilmann apostado en el campamento Beta. Los dos hombres estaban revisando los detalles del plan de captura. Wilson, Takagishi y des Jardins contemplaban la conclusión de la operación de aterrizaje del todo terreno.
—Ahora sabemos quién es realmente el jefe en este equipo —dijo Reggie Wilson a sus compañeros. Señaló al doctor Brown. —Esta maldita caza es más parecida a una operación militar que ninguna otra cosa que haya hecho hasta ahora, pero nuestro científico principal está a cargo de ella y nuestro oficial de más alto rango está manejando los teléfonos. —Escupió al suelo. —Cristo, ¿tenemos suficiente equipo aquí? Dos helicópteros, un todo terreno, tres clases distintas de jaulas... sin mencionar varias cajas grandes de mierda eléctrica y mecánica. Esos pobres bastardos de cangrejos no tienen ninguna posibilidad.
El doctor Takagishi se llevó los binoculares láser a los ojos. Halló rápidamente el blanco. A medio kilómetro al este, los cangrejos biots se acercaban de nuevo al borde del acantilado. Nada había cambiado en sus movimientos.
—Necesitamos todo el equipo debido a las inseguridades —dijo Takagishi con voz suave—. Nadie sabe realmente lo que va a ocurrir.
—Espero que se apaguen las luces —rió Wilson.
—Estamos preparados para eso —intervino tensamente David Brown mientras se acercaba a los otros tres cosmonautas—. Los caparazones de los cangrejos han sido rociados con un material ligeramente fluorescente, y disponemos de gran cantidad de antorchas. Mientras ustedes se quejaban de la duración de nuestra última reunión, nosotros estábamos ultimando los planes de contingencia. —Miró truculentamente a su compatriota. —¿Sabe, Wilson?, podría intentar usted...
—Atención atención —le interrumpió la voz de Otto Heilmann—. Noticias. Noticias candentes. Acabo de recibir información de O'Toole de que la INN transmitirá en directo lo que le enviamos, empezando dentro de veinte minutos.
—Buen trabajo —respondió Brown—. Por entonces deberíamos estar preparados. Veo que Wakefield se encamina hacia aquí con el todo terreno. —Consultó su reloj. —Y los cangrejos deberán dar la vuelta de nuevo dentro de unos segundos. Incidentalmente, Otto, ¿usted sigue estando en desacuerdo con mi sugerencia de tenderle una trampa al biot de cabecera?
—Sí, David, lo siento. Creo que es un riesgo innecesario. Lo poco que sabemos sugiere que el cangrejo de cabeza es el que tiene mayores capacidades. ¿Por que correr el riesgo? Cualquier biot será un tesoro increíble si podemos llevarlo de vuelta a la Tierra, en particular si aún sigue operativo. Podemos preocuparnos por el líder una vez que tengamos ya uno en el saco.
—Entonces supongo que los votos están contra mí en esto. Los doctores y Tabori también están de acuerdo con usted. Lo mismo que el general O'Toole. Procederemos con el plan B. El blanco biot será el número cuatro, el último biot de la derecha según nos acercamos por detrás.
El todo terreno que llevaba Wakefield y Sabatini llegó a la zona de la cabaña casi al mismo tiempo que el helicóptero.
—Buen trabajo, amigos —dijo el doctor Brown mientras Tabori y Yamanaka saltaban fuera del helicóptero—. Tómese un corto respiro, Janos. Luego vaya y asegúrese de que Turgeniev y el cable trampa están preparados para empezar. Lo quiero en el aire dentro de cinco minutos.
"Bien —continuó, volviéndose hacia los demás—, esto es todo. Wilson, Takagishi y des Jardins en el todo terreno con Wakefield. Francesca, usted vendrá conmigo en el segundo helicóptero con Hiro.
Nicole se echó a andar hacia el todo terreno, pero Francesca la interceptó.
—¿Ha usado usted alguna vez una de éstas? Le mostró una videocámara del tamaño de un libro de bolsillo.
—Una vez —respondió Nicole, estudiando la cámara en la mano de Francesca—, hará unos once o doce años. Grabé una de las operaciones de cerebro del doctor Delon. Supongo...
—Mire —interrumpió Francesca—, me iría bien un poco de ayuda. Lo siento si no le he hablado de esto antes, pero no sabía... De todos modos, necesito otra cámara, una en el suelo, especialmente ahora que estamos en directo en la INN. No estoy pidiendo milagros. Usted es la única que...
—¿Qué hay de Reggie? —respondió Nicole—. Es otro periodista.
—Reggie no ayudará —dijo rápidamente Francesca. El doctor Brown la llamó para que subiera al helicóptero—. ¿Lo hará usted, Nicole? Por favor. ¿O debo pedírselo a algún otro?
¿Por qué no? El pensamiento cruzó como un relámpago por la mente de Nicole. No tengo ninguna otra cosa que hacer a menos que se produzca alguna emergencia.
—De acuerdo —respondió.
—Un millón de gracias —exclamó Francesca mientras le tendía la cámara y echaba a correr hacia el helicóptero que la aguardaba.
—Bien, bien —dijo Reggie Wilson cuando Nicole se acercó al todo terreno con la cámara en la mano—. Veo que nuestra doctora residente ha sido reclutada por la periodista número uno. Espero que le haya pedido al menos el salario mínimo.
—No digas tonterías, Reggie —respondió Nicole—. No me importa ayudar a los demás cuando no tengo nada específico que hacer.
Wakefield puso en marcha el todo terreno y empezó a conducir hacia el este, hacia los biots. El cuartel general había sido establecido intencionalmente en la zona ya "limpiada" por los cangrejos. El suelo compactado permitía que el avance del todo terreno fuera muy rápido. Estuvieron a un centenar de metros de los biots en menos de tres minutos. Sobre sus cabezas, los dos helicópteros trazaban círculos en torno de los cangrejos. A Wilson le recordaron unos buitres revoloteando sobe un animal moribundo.
—¿Qué es lo que desea que haga exactamente? —preguntó Nicole a Francesca por el trasmisor del todo terreno.
—Intente moverse de forma paralela a los biots —respondió Francesca—. Probablemente podrá correr a su lado, al menos por algún tiempo. El momento más importante es cuando Janos intente cerrar el cable trampa.
—Aquí estamos todos preparados —anunció Tabori unos segundos más tarde—. Esperamos la orden.
—¿Estamos en el aire? —preguntó Brown a Francesca. Ella asintió con la cabeza. — De acuerdo —le dijo a Janos—. Adelante.
De uno de los helicópteros descendió un largo y grueso cable rematado con lo que parecía ser un cesto invertido.
—Janos intentará centrar el cable trampa sobre el biot que hemos tomado como blanco —explicó Wakefield a Nicole—, y dejará que los lados se deslicen de forma natural sobre los costados del caparazón. Luego incrementará la tensión por debajo y alzará al biot del suelo. Lo meteremos en una jaula una vez que regresemos al campamento Beta.
—Veamos qué aspecto tienen desde aquí abajo —oyó Nicole que decía Francesca. El todo terreno estaba ahora al lado mismo de los biots. Nicole bajó y echó a correr al lado de ellos. Al principio se sintió asustada. Por alguna razón, no había esperado que fueran tan grandes o su aspecto tan extraño. Su brillo metálico le recordaba el frío exterior de muchos de los nuevos edificios de París. Mientras corría paralela a ellos sobre el suelo compactado, los biots estaban a tan sólo dos metros. Con el encuadre y el enfoque automáticos de la cámara, no le resultaba difícil tomar las imágenes adecuadas.
—No se sitúe delante de ellos —le advirtió el doctor Takagishi. No necesitaba preocuparse por ello. Nicole no había olvidado lo que le habían hecho a aquel montón de metal.
—Sus imágenes son realmente buenas —retumbó la voz de Francesca en el receptor del todo terreno—. Nicole, intente llegar hasta el biot de la cabeza y luego vaya retrocediendo poco a poco, dejando que la cámara haga un barrido de todas las filas. — Aguardó mientras Nicole se situaba paralelamente al frente de los biots. —Huau. Esto es soberbio. Ahora sé por qué trajimos con nosotros a una campeona olímpica.
En sus primeros dos intentos el cable trampa de Janos falló. Sin embargo, al tercero, aterrizó perfectamente sobre el lomo del cangrejo número cuatro. Los bordes de la red, o cesto, se abrieron hasta más allá de los límites del caparazón. Nicole estaba empezando a sudar. Llevaba corriendo ya cuatro minutos.
—A partir de ahora —le dijo Francesca desde el helicóptero—, céntrese solamente en el cangrejo que es nuestro blanco. Acérquese a él tanto como pueda.
Nicole redujo a un metro su distancia del biot más cercano. Casi resbaló y estuvo a punto de caer una vez, y un frío estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Si cayera delante de su camino, pensó, me convertirían en carne picada. Su cámara estaba clavada en el cangrejo de retaguardia a la derecha mientras Janos tensaba los cables.
—¡Ahora! —gritó el hombre. La trampa, con el biot encerrado en ella, empezó a alzarse del suelo. A partir de entonces todo ocurrió muy aprisa. El biot atrapado usó sus pinzas como tijeras para cortar uno de los cables metálicos que formaban la red de la trampa. Los otros cinco biots se detuvieron brevemente, durante quizás un segundo, y luego atacaron de inmediato la trampa con sus pinzas, todos ellos. La red metálica quedó completamente destrozada, y el biot liberado, en menos de cinco segundos.
Nicole se sintió abrumada por lo que estaba viendo. Pese a su martilleante corazón, siguió filmando. El biot de cabecera se sentó entonces sobre el suelo. Los otros cinco lo rodearon en un círculo extremadamente apretado. Cada uno de los biots unió una pinza al cangrejo del centro y la otra a su vecino de la derecha. La formación estuvo terminada en menos de otros cinco segundos. Los biots permanecieron completamente inmóviles, formando una apretada piña.
Francesca fue la primera en hablar.
—Absolutamente increíble —exclamó, excitada—. Acabamos de conseguir que a todos los seres humanos de la Tierra se les pongan los pelos de punta.
Nicole sintió la presencia de Richard Wakefield a su lado.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Richard.
—Creo que sí —dijo ella. Todavía estaba temblando. Los dos miraron a los biots. No se apreciaba ningún movimiento.
—Están discutiendo la jugada —dijo Reggie Wilson desde el todo terreno—. Por ahora, la puntuación es: Biots 7, Humanos 0.
—Puesto que está usted tan convencido de que no hay ningún peligro, acepto seguir adelante. Pero debo confesar que me siento nervioso acerca de efectuar otro intento. Evidentemente, esas cosas se comunican entre sí. Y no creo que deseen ser capturadas.
—Otto, Otto —replicó el doctor Brown—. Este procedimiento no es más que un refinamiento más directo de lo que intentamos la primera vez. El conjunto de la trampa se adherirá al caparazón del cangrejo y envolverá apretadamente sus delgados cables en torno de todo su cuerpo. Los otros biots no podrán usar sus pinzas. No habrá sitio entre los cables y el caparazón.
—Almirante Heilmann, aquí el doctor Takagishi. —Había una clara preocupación en su voz mientras hablaba a través del comunicador. —Debo dejar constancia de mi más enérgica objeción a seguir con esta caza. Ya hemos visto lo poco que comprendemos de esas criaturas. Como Wakefield ha dicho, nuestro intento de atrapar a una de ellas ha desencadenado a todas luces sus respuestas implícitas de protección. No tenemos ni idea de cómo van a reaccionar a continuación.
—Todos comprendemos eso, doctor Takagishi —cortó David Brown antes que Heilmann pudiera responder—. Pero hay factores atenuantes que pasan por encima de las incertidumbres. En primer lugar, como ha señalado Francesca, toda la Tierra está esperando ver si vamos de nuevo contra los biots. Ya ha oído lo que dijo Jean-Claude Revoir hace veinte minutos... ya hemos hecho más por la exploración del espacio que lo que hizo nadie desde los cosmonautas originales soviéticos y norteamericanos allá en el siglo XX. En segundo lugar, estamos preparados para completar la caza ahora. Si abandonamos el intento y regresamos con todo nuestro equipo a Beta, habremos malgastado una enorme cantidad de tiempo y esfuerzos. Finalmente, no hay ningún peligro evidente. ¿Por qué insiste usted en lanzar esas lúgubres predicciones? Todo lo que hemos visto hacer a los biots ha sido reaccionar con alguna especie de actividad autodefensiva.
—Profesor Brown —el eminente erudito japonés intentó una última llamada a la razón—, por favor mire alrededor. Intente imaginar las capacidades de las criaturas que construyeron este sorprendente vehículo. Intente apreciar la posibilidad de que quizá, sólo quizá, lo que estamos intentando hacer pueda ser considerado como un acto hostil que, en consecuencia, sea comunicado de algún modo a la inteligencia que sea que dirige esta nave espacial. Suponga que, como resultado de ello, nosotros, como representantes de la especie humana, nos estemos condenando no sólo a nosotros mismos, sino también, en algún sentido más amplio, a todos nuestros semejantes...
—Tonterías —bufó David Brown—. ¿Cómo puede alguien acusarme alguna vez a mi de alocadas especulaciones...? —Rió estentóreamente. —Esto es absurdo. Las pruebas más abrumadoras indican que esta Rama tiene la misma función y finalidad que su predecesora, y es completamente indiferente a nuestra existencia. El hecho de que una simple subfamilia de robots se una cuando se vea amenazada no tiene ningún significado en particular. —Miró a todos los demás. —Digo que ya basta de hablar, Otto. A menos que usted objete algo, vamos a seguir con la captura de un biot.
Hubo una corta vacilación desde el otro lado del Mar Cilíndrico. Luego, los cosmonautas oyeron la respuesta afirmativa del almirante Heilmann.
—Adelante, David. Pero no corra riesgos innecesarios.
—¿Cree usted que estamos realmente en peligro? —preguntó Hiro Yamanaka al doctor Takagishi mientras la nueva táctica de captura era revisada por Brown, Tabori y Wakefield. El piloto japonés estaba contemplando en la distancia las enormes estructuras del cuenco Sur, pensando, quizá por primera vez, en la vulnerabilidad de su posición.
—Probablemente no —respondió su compatriota—. Pero es una locura tomar tales...
—Locura es la palabra perfecta para ello —interrumpió Reggie Wilson—. Usted y yo somos los dos únicos oponentes que hemos expresado nuestra opinión respecto de proseguir con esta estupidez. Pero nuestras objeciones han sonado a locura e incluso a cobardía. Personalmente, deseo que una de esas malditas cosas desafíe al estimado doctor Brown a un duelo. O, mejor aún que un rayo parta contra nosotros de una de esas espiras de ahí arriba.
Señaló hacia los grandes cuernos que Yamanaka había estado contemplando antes. La voz de Wilson cambió, y hubo un tono de miedo en ella.
—Estamos yendo más allá de nuestras posibilidades aquí, puedo captarlo en el aire. Hemos sido advertidos del peligro por potencias que ninguno de nosotros puede empezar a comprender. Pero ignoramos esas advertencias.
Nicole se apartó de sus colegas y contempló la animada reunión de planificación que tenía lugar a quince metros de ella. Los ingenieros Wakefield y Tabori estaban disfrutando realmente del desafío de vencer a los biots. Nicole se preguntó si Rama no estaría enviándoles realmente algún tipo de advertencia. Tonterías, se dijo, repitiendo la expresión de David Brown. Se estremeció involuntariamente mientras recordaba los escasos segundos que habían necesitado los cangrejos para destrozar la trampa metálica. Estoy reaccionando excesivamente. Y también Wilson. No hay ninguna razón para tener miedo.
Sin embargo, mientras se volvía de nuevo y miraba a través de los binoculares para estudiar la formación de biots a medio kilómetro de distancia, hubo en ella un miedo palpable que no pudo eliminar. Los seis cangrejos no se habían movido en casi dos horas. Seguían aún apiñados en su formación original. ¿Qué es lo que pretendes realmente, Rama?, se preguntó por enésima vez. Su siguiente pregunta la sobresaltó. Nunca la había verbalizado antes. ¿Y cuántos de nosotros vamos a regresar a la Tierra para contar tu historia?
Para el segundo intento de captura, Francesca deseaba estar en el suelo al lado de los biots. Como antes, Turgeniev y Tabori estaban arriba en el primer helicóptero con el equipo más importante. Brown, Yamanaka y Wakefield estaban en el otro helicóptero. El doctor Brown había invitado a Wakefield a que le proporcionara sus consejos en directo; Francesca había persuadido por supuesto a Richard de que tomara algunas imágenes aéreas para ella como complemento de las imágenes automáticas del sistema del helicóptero.
Reggie Wilson condujo en el todo terreno a los cosmonautas de tierra hasta el emplazamiento donde estaban los biots.
—Éste es un buen trabajo para mí —dijo mientras se acercaban a la localización de los cangrejos alienígenas—. Chofer. —Alzó la vista hacia el distante techo de Rama. —¿Se dan cuenta, amigos? Soy versátil. Puedo hacer muchas cosas. —Miró a Francesca a su lado en el asiento delantero. —Por cierto, señora Sabatini, ¿tiene usted intención de agradecerle a Nicole el espectacular trabajo que hizo? Fueron sus imágenes de acción desde el suelo las que capturaron la atención de toda la audiencia en su última trasmisión.
Francesca estaba atareada comprobando todo su equipo vídeo, y al principio ignoró el comentario de Reggie. Cuando éste repitió su observación, respondió, sin alzar la vista:—¿Puedo recordarle al señor Wilson que no necesito sus consejos no solicitados acerca de cómo llevar mis asuntos?
—Hubo un tiempo —murmuró Reggie para sí mismo, sacudiendo la cabeza— en que las cosas eran muy diferentes. —Miró a Francesca. No había ninguna indicación de que estuviera escuchando siquiera. —Por aquel entonces yo todavía creía en el amor —dijo con voz ligeramente más alta—. Antes de que conociera la traición. O la ambición y su egoísmo.
Hizo girar bruscamente el volante del todo terreno hacia la izquierda, y se detuvo con un violento frenazo a unos cuarenta metros al oeste de los biots. Francesca bajó sin una palabra. Al cabo de tres segundos estaba hablando con David Brown y Richard Wakefield por la radio acerca de la cobertura de vídeo en la captura. El siempre educado doctor Takagishi dio las gracias a Reggie Wilson por conducir el todo terreno.
—¡Ahí vamos! —gritó Tabori desde arriba. Situó en posición el colgante nexo para el segundo intento. El nexo era una esfera redonda y pesada de unos veinte centímetros de diámetro, con una docena de pequeños agujeros o indentaciones en su superficie. Fue descendida lentamente sobre el centro del caparazón de uno de los biots exteriores. A continuación, Tabori trasmitió una sucesión de órdenes desde el flotante helicóptero al procesador en el nexo, ordenando la extensión de la masa de hilos metálicos enrollados en la parte superior del interior de la esfera. Los cangrejos no se movieron en absoluto cuando los hilos envolvieron apretadamente al biot tomado como blanco.
—¿Qué opina usted, inspector? —preguntó Janos a Richard Wakefield en el otro helicóptero.
Richard comprobó el extraño aparato. El grueso cable estaba unido a una recia polea en la parte de atrás del helicóptero. Quince metros más abajo, la bola metálica se había asentado sobre la espalda del biot tomado como blanco, y unos delgados filamentos se habían extendido desde el interior de la bola en torno de la parte superior e inferior del caparazón.
—Parece bien —respondió Richard—. Ahora sólo queda una pregunta. ¿Es el helicóptero más potente que su abrazo colectivo?
David Brown ordenó a Irina Turgeniev alzar la presa. Incrementó lentamente la velocidad de las palas e intentó ascender. La débil flaccidez en el cable desapareció, pero los biots apenas se movieran.
—O son muy pesados, o se sujetan al suelo de alguna forma —dijo Richard—. Déles un tirón brusco.
La repentina sacudida en el cable alzó momentáneamente toda la formación de biots en el aire. El helicóptero se agitó mientras la masa de biots colgaba a dos o tres metros del suelo. Los dos cangrejos no unidos al cangrejo tomado como blanco fueron los primeros en desprenderse, cayendo en un inmóvil montón unos segundos después de alzarse en el aire. Los otros tres permanecieron unidos durante diez segundos antes de desprender finalmente sus pinzas de su compañero y caer también al suelo. Hubo gritos unánimes de alegría y felicitaciones mientras el helicóptero ascendía más alto en el cielo.
Francesca estaba filmando la secuencia de la captura desde una distancia de unos diez metros. Después que los últimos tres biots, incluido el líder, hubieron soltado sus pinzas del cangrejo tomado como blanco y caído al suelo ramano, se inclinó hacia atrás para grabar el helicóptero mientras se encaminaba hacia las orillas del Mar Cilíndrico con su presa. Necesitó dos o tres segundos para darse cuenta de que todo el mundo le estaba gritando algo.
El biot líder y sus dos últimos compañeros no habían quedado inmóviles cuando golpearon el suelo. Aunque ligeramente dañados, estaban activos y en movimiento unos instantes después de su aterrizaje. Mientras Francesca filmaba la partida del helicóptero, el biot de cabecera captó su presencia y se lanzó hacia ella. Los otros dos lo siguieron apenas a un paso de distancia.
Estaba sólo a cuatro metros cuando Francesca, aún filmando, comprendió finalmente que ella era ahora la presa. Se volvió en redondo y echó a correr.
—¡Corra hacia el lado! —gritó Richard Wakefield por el comunicador—. ¡Ellos sólo pueden ir en línea recta!
Francesca zigzagueó, pero los biots continuaron siguiéndola. Su estallido original de adrenalina le permitió ampliar la distancia que la separaba de los cangrejos a diez metros. Pero mientras empezaba a cansarse, los infatigables biots empezaron a acercarse de nuevo. Resbaló y estuvo a punto de caer. Cuando consiguió recobrar su paso, el biot de cabecera estaba a no más de tres metros de ella.
Reggie Wilson había corrido hacia el todo terreno tan pronto como resultó claro que los biots estaban persiguiendo a Francesca. Una vez en los controles del vehículo, se encaminó hacia ella a toda velocidad. Su intención original era recogerla y alejarla del camino del asalto de los biots. Sin embargo, estaban demasiado cerca de ella, así que decidió lanzarse desde un lado contra los tres cangrejos. Hubo un resonar de metal contra metal cuando el ligero vehículo embistió contra los biots. El plan de Reggie funcionó. El impulso del choque arrojó a Reggie y los cangrejos varios metros hacia un lado. La amenaza contra Francesca había sido desviada.
Pero los biots no habían quedado incapacitados. Muy lejos de ello. Pese al hecho de que uno de los cangrejos perseguidores había perdido una pata y el biot de cabecera tenía una pinza ligeramente dañada, al cabo de unos segundos los tres se habían lanzado y estaban trabajando sobre el todo terreno. Empezaron corlando la estructura metálica a trozos con sus pinzas, y luego utilizaron su temible colección de sondas y limas para desgarrar los trozos a piezas aún más pequeñas.
Reggie quedó momentáneamente atontado por el impacto del vehículo contra los biots. Los cangrejos alienígenas habían sido más pesados de lo que había anticipado, y los daños en el todo terreno eran graves. Tan pronto como se dio cuenta de que los biots aún seguían activos, intentó saltar fuera del vehículo. Pero no pudo. Sus piernas habían quedado aprisionadas bajo el hundido tablero de mandos.
Su absoluto terror no duró más de diez segundos. No había nada que nadie pudiera hacer. Los aterrorizados gritos de Reggie Wilson resonaron en la inmensidad de Rama mientras los biots lo hacían pedazos exactamente igual que si formara parte del todo terreno. Lo hicieron de una forma rápida y sistemática. Tanto Francesca como la cámara automática del helicóptero filmaron los últimos segundos de su vida. Las imágenes fueron trasmitidas en directo a la Tierra.