53 - Trinidad
Cuando Richard Wakefield abandonó la Newton para volver al interior de Rama, el general O'Toole fue el último miembro del equipo en decirle adiós. El general aguardó pacientemente mientras los otros cosmonautas terminaban sus conversaciones con Richard.
—¿Está seguro de que desea hacer esto? —le dijo Janos Tabori a su amigo británico—. Usted sabe que el comité en pleno va a declarar Rama fuera de límites dentro de unas horas.
—Por aquel entonces —le sonrió Richard a Janos— yo ya estaré camino de Beta. Técnicamente no habré violado su orden.
—Eso es una tontería —intercaló tensamente el almirante Heilmann—. El doctor Brown y yo nos hallamos a cargo de esta misión. Los dos le hemos dicho que se quede a bordo de la Newton.
—Y yo les he respondido varias veces —dijo firmemente Richard— que dejé algunos artículos personales dentro de Rama y que son importantes para mí. Además, ustedes saben tan bien como yo que no tenemos absolutamente nada que hacer durante los próximos dos días. Una vez que sea tomada definitivamente la decisión de abortar la misión, todas las principales actividades previstas estarán sobre el terreno. Se nos dirá cuándo empaquetar las cosas y regresar a la Tierra.
—Le recuerdo una vez más —respondió Otto Heilmann— que considero que lo que está haciendo usted es un acto de insubordinación. Cuando regresemos a la Tierra, tengo intención de presentar...
—Ahórrese todo esto, ¿quiere, Otto? —interrumpió Richard. No había rencor en su tono. Ajustó su traje espacial y empezó a ponerse el casco. Como siempre, Francesca estaba grabando la escena en su videocámara. Había permanecido extrañamente silenciosa desde su conversación privada con Richard hacía una hora. Parecía alejada de los demás, como si su mente estuviera en algún otro sitio.
El general O'Toole se dirigió hacia Richard y le tendió la mano.
—No hemos pasado mucho tiempo juntos, Wakefield —dijo—, pero he admirado su trabajo. Buena suerte ahí dentro. No corra ningún riesgo innecesario.
Richard se sintió sorprendido por la cálida sonrisa del general. Había esperado que el oficial militar norteamericano intentara convencerlo de que abandonara su idea.
—El interior de Rama es algo magnífico, general —le contestó—. Como una combinación del Gran Cañón, los Alpes y las Pirámides, todo a la vez.
—Ya hemos perdido cuatro miembros —respondió O'Toole—. Quiero verlo de vuelta aquí sano y salvo. Dios lo bendiga.
Richard terminó de estrechar la mano del general, se puso el casco y se dirigió hacia la esclusa. Unos momentos más tarde, cuando Wakefield hubo desaparecido, el almirante Heilmann criticó el comportamiento del general O'Toole.
—Usted me ha decepcionado, Michael —dijo—. Su cálida despedida a ese joven hace pensar casi que aprueba usted realmente su acción.
O'Toole se enfrentó al almirante alemán.
—Wakefield tiene valor, Otto —dijo—. Y también convicción. No teme ni a los ramanes ni a un proceso disciplinario de la AIE. Admiro ese tipo de confianza en uno mismo.
—Tonterías —dijo Heilmann—. Wakefield no es más que un escolar arrogante y atrevido. ¿Sabe usted lo que dejó ahí dentro? Un par de esos estúpidos robots shakesperianos. Simplemente, no le gusta recibir órdenes. Desea hacer siempre su propia voluntad.
—Eso lo hace muy parecido al resto de nosotros —observó Francesca. El lugar quedó en silencio por unos instantes. —Richard es muy listo —añadió en tono muy bajo—. Probablemente tiene buenas razones que ninguno de nosotros comprende para volver al interior de Rama.
—Simplemente espero que vuelva antes que se haga oscuro de nuevo, como ha prometido —terció Janos—. No estoy seguro de poder soportar la pérdida de otro amigo.
Los cosmonautas salieron al pasillo.
—¿Dónde está el doctor Brown?. —preguntó Janos a Francesca mientras caminaba a su lado.
—Está con Yamanaka y Turgeniev. Han estado revisando los cometidos posibles de los miembros del equipo durante el viaje de vuelta a casa. Dada la escasez de efectivos, va a ser necesario que cada uno se ocupe de varias especialidades antes de partir. — Francesca se echó a reír. —Incluso me ha preguntado a mí si podía hacer de auxiliar del ingeniero de navegación. ¿Puede imaginarlo?
—No me resulta muy difícil —respondió Janos—. Probablemente usted es capaz de aprender todo lo necesario.
Heilmann y O'Toole avanzaban tras ellos también por el corredor. Cuando alcanzaron la sala que conducía a los aposentos privados del equipo, el general O'Toole se despidió.
—Sólo un momento —dijo Otto Heilmann—. Necesito hablar con usted de otra cosa. Ese maldito asunto de Wakefield casi me hizo olvidarla. ¿Puede acompañarme a mi oficina durante una hora más o menos?
—Esencialmente —dijo Otto Heilmann, señalando el criptograma sin desmodular en el monitor—, esto es un cambio importante en el procedimiento Trinidad. No es sorprendente. Ahora que sabemos mucho más sobre Rama, usted podía esperar que el desarrollo fuera algo distinto.
—Pero nunca anticipamos el utilizar las cinco armas —respondió O'Toole—. El par extra fue cargado a bordo solamente para prevenir fallas. Tanto megatonelaje puede evaporar Rama.
—Ésa es la intención —dijo Heilmann. Se reclinó en su asiento y sonrió. —Sólo entre nosotros, creo que hay mucha presión acumulándose ahí abajo. El sentimiento del general entre los altos mandos es que las capacidades de Rama fueron enormemente subvaloradas inicialmente.
—Pero, ¿por qué desean poner las dos armas más grandes en el pasadizo de trasbordo? Seguro que una bomba de un solo megatón cumpliría con el resultado deseado.
—¿Y si por alguna razón no estallara? Tiene que haber un repuesto.
—Heilmann se inclinó ansiosamente hacia delante sobre su escritorio.
—Creo que este cambio en el procedimiento define claramente la estrategia. Las dos en el extremo asegurarán que la integridad estructural del vehículo resulte absolutamente destruida... eso es esencial para garantizar que sea imposible para Rama maniobrar de nuevo después de la explosión. Las otras tres bombas estarán repartidas en el interior para asegurarnos de que ninguna parte de Rama quede a salvo. Es igualmente importante que las explosiones den como resultado un cambio de velocidad suficiente para que todas las piezas resultantes fallen en su impacto contra la Tierra.
El general O'Toole construyó una imagen mental de la gigantesca nave espacial siendo aniquilada por cinco bombas nucleares. No era una imagen agradable. En una ocasión, quince años antes, él y otros veinte miembros del Consejo de Gobiernos habían volado hasta el sur del Pacífico para contemplar la explosión de un arma de cien kilotones. El personal de ingeniería de sistemas del Consejo de Gobiernos había convencido a los líderes políticos, y a la prensa mundial, de que era necesaria un prueba nuclear "cada veinte años o algo así" para asegurarse de que las viejas armas pudieran dispararse con efectividad en una emergencia. O'Toole y su grupo observaron la demostración, ostensiblemente para averiguar todo lo posible acerca de los efectos de las armas nucleares.
El general O'Toole estaba profundamente sumido en sus pensamientos, recordando el horrorizado hormigueo en su espina dorsal ante aquella bola de fuego que se alzaba en el tranquilo cielo del Pacífico Sur. No fue consciente de que el almirante Heilmann le había hecho una pregunta.
—Lo siento, Otto —dijo—. Estaba pensando en otra cosa.
—Le pregunté cuánto tiempo puede ser necesario para conseguir la aprobación para Trinidad.
—¿Quiere decir en nuestro caso? —preguntó incrédulo O'Toole.
—Por supuesto —respondió Heilmann.
—No puedo imaginarlo. Las armas fueron incluidas en la misión, evidentemente, tan sólo para protegernos contra acciones abiertamente hostiles por parte de los ramanes. Recuerdo incluso el escenario base... un ataque no provocado contra la Tierra de la nave espacial alienígena, utilizando armas de alta tecnología más allá de las capacidades de nuestras defensas. La actual situación es completamente distinta.
El almirante alemán estudió a su colega norteamericano.
—Nadie pensó nunca en que la nave espacial Rama adoptara un rumbo de colisión contra la Tierra —dijo—. Si no alterara su trayectoria, va a perforar un enorme agujero en la superficie y a levantar tanto polvo que las temperaturas descenderán en todo el mundo durante varios años... Al menos, eso es lo que dicen los científicos.
—Pero eso es ridículo —argumentó O'Toole—. Usted ha oído todas las discusiones que se han producido durante la conferencia. Ninguna persona racional cree realmente que Rama vaya a golpear la Tierra.
—El impacto es sólo uno de los varios escenarios de desastre. ¿Qué haría usted si fuera el jefe del estado mayor? Destruir Rama ahora es una solución segura. Nadie pierde.
Visiblemente alterado por la conversación, Michael O'Toole se disculpó y se dirigió a su habitación. Por primera vez en toda su asociación con la misión Newton, pensó que se le podía ordenar realmente que utilizara su código de seguridad para activar las armas. Nunca antes, ni por un momento, se le había ocurrido que las bombas en sus contenedores metálicos en la parte de atrás de la nave militar fueran nada más que un paliativo para los temores de los políticos civiles.
Sentado ante la terminal de ordenador de su habitación, el preocupado O'Toole recordó las palabras de Armando Urbina, el activista para la paz mexicano que había abogado por el desmantelamiento total del arsenal nuclear del Consejo de Gobiernos.
—Como hemos visto en Roma y Damasco —había dicho el señor Urbina—, si las armas existen, pueden ser utilizadas. Sólo si no hay armas podemos garantizar que los seres humanos nunca volverán a sufrir el horror de la devastación nuclear.
Richard Wakefield no regresó antes de la noche ramana. Puesto que la estación de comunicaciones en Beta había resultado inutilizada por el huracán (la Newton había monitorizado el deshielo del Mar Cilíndrico y el inicio del vendaval a través de la telemetría trasmitida por Beta antes de ser silenciada), Richard se había salido del radio de comunicaciones cuando estaba a medio camino cruzando la Planicie Central. Su última trasmisión a Janos Tabori, que se había ofrecido como voluntario para enlace, había sido típica de Wakefield. Mientras la señal desde el interior de Rama se iba debilitando, Janos, con tono alegre, le había preguntado a Richard cómo deseaba ser recordado por sus "fans" en caso de que fuera "tragado por el Gran Devorador Galáctico".
—Dígales que he amado Rama no sabiamente, sino demasiado —gritó Richard en su comunicador.
—¿Qué es eso? —había exclamado Otto Heilmann, desconcertado el almirante había acudido en busca de Janos para discutir un problema de ingeniería de la Newton.
—La ha matado —dijo Heilmann, intentando sin éxito captar de nuevo la señal.
—¿Quién ha matado... de qué está hablando?
—No importa —respondió Janos, girando su silla y flotando en el aire—. Ahora, ¿qué puedo hacer por usted, Herr almirante?
El no regreso de Richard no fue considerado como algo serio hasta varias horas después del siguiente día en Rama. Los cosmonautas de la Newton estaban convencidos la noche anterior de que Wakefield se había visto absorbido por alguna tarea ("probablemente arreglando la estación de comunicaciones de Beta", había sugerido Janos), había perdido el sentido del tiempo, y decidido no emprender la vuelta solitario en la oscuridad. Pero cuando no regresó por la mañana, una sensación de lúgubre pesimismo empezó a teñir las conversaciones.
—No sé por qué no lo admitimos —dijo de pronto Irina Turgeniev durante un período de tranquilidad a la hora de comer—. Wakefield tampoco va a volver. Sea lo que fuere lo que atrapó a Takagishi y a des Jardins, lo ha atrapado también a él.
—Eso es ridículo, Irina —respondió acaloradamente Janos.
—Da —observó ella—. Eso es lo que siempre ha dicho usted. Desde el principio, cuando el general Borzov fue cortado en pedazos. Luego, fue un accidente que el cangrejo biot atacara a Wilson. La cosmonauta des Jardins desaparece en un callejón...
—Coincidencias —exclamó Janos—, ¡todo coincidencias!
—Usted es estúpido, Janos —le gritó de vuelta Irina—. Usted confía en todo y en todos. Deberíamos hacer volar en pedazos esta maldita cosa antes de que haga más...
—Alto, alto, los dos —dijo con voz fuerte David Brown, mientras los dos colegas de la Europa Oriental seguían discutiendo.
—De acuerdo, tranquilos —añadió el general O'Toole—. Todos estamos un poco tensos. No hay ninguna necesidad de que nos peleemos.
—¿Va a ir alguien en busca de Richard? —preguntó el emotivo Janos, a nadie en particular.
—¿Quién sería lo bastante loco...? —empezó a responder Irina.
—No —interrumpió el almirante Heilmann firmemente—. Le dije a Wakefield que su visita no era autorizada y que no íbamos a ir tras él en ninguna circunstancia. Además, el doctor Brown y los dos pilotos me dijeron que apenas pueden hacer volver a las dos naves a la Tierra con la energía que les queda... y su análisis suponía que Wakefield estaba con nosotros. No podemos correr más riesgos.
Hubo un largo y sombrío silencio en la mesa del comedor.
—Tenía intención de decírselo a todo el mundo cuando acabáramos de comer —dijo entonces David Brown, poniéndose de pie al lado de su silla—, pero me parece que a este grupo le sentará bien alguna buena noticia en este momento. Hace una hora recibimos nuestras órdenes. Partiremos para la Tierra a 1—14 días, dentro de un poco más de una semana a partir de ahora. Entre este momento y entonces entrenaremos al personal en todas sus tareas auxiliares, descansaremos para el viaje a casa, y nos aseguraremos de que lodos los sistemas de ingeniería de la Newton funcionan correctamente.
Los cosmonautas Turgeniev, Yamanaka y Sabatini expresaron su aprobación.
—Si vamos a marcharnos sin volver a Rama —preguntó Janos—, ¿por qué aguardar tanto tiempo? Seguro que podemos prepararnos perfectamente en tres o cuatro días.
—Tal como lo entiendo —respondió el doctor Brown—, nuestros dos colegas militares tienen que realizar una tarea especial que les ocupará la mayor parte de su tiempo, y algo del nuestro, durante la mayor parte de los próximos tres días. —Miró a Otto Heilmann. —¿Quiere decírselo?
El almirante Heilmann se puso de pie.
—Primero necesito discutir los detalles con el general O'Toole —dijo con voz resonante—. Se lo explicaremos a todo el mundo por la mañana.
O'Toole no necesitó que Otto Heilmann le mostrara el mensaje que acababa de recibir hacía tan sólo veinte minutos. Sabía lo que decía. De acuerdo con el procedimiento, eran sólo tres palabras:
Procedan con Trinidad.