41 - Un auténtico amigo

Nicole no tenía la menor idea de qué la esperaba. No sintió ningún miedo cuando avanzó y miró por el agujero en el suelo. La curiosidad era su sentimiento dominante. La preocupó momentáneamente que su equipo de rescate llegara mientras ella estaba bajo el suelo, pero se convenció a sí misma de que en este caso regresarían más tarde.

La cubierta rectangular era grande, de unos diez metros de largo por seis de ancho. Cuando el ave vio que Nicole la seguía, voló al interior del agujero y aguardó en el tercer reborde. Nicole se agachó junto a la abertura y miró a sus profundidades. Pudo ver algunas luces cerca y otras más que parpadeaban en la distancia allá abajo. No pudo estimar exactamente hasta qué profundidad descendía el corredor, pero evidentemente era más de veinte o treinta metros.

El descenso no resultaba fácil para las especies no voladoras. El corredor vertical era esencialmente un amplio agujero con una serie de anchos rebordes a lo largo de sus lados. Cada uno de esos rebordes tenía exactamente el mismo tamaño, unos cinco metros de largo por un metro de ancho, y estaban separados los unos de los otros por unos dos metros verticales. Nicole tenía que ir con mucho cuidado.

Toda la luz que iluminaba el corredor vertical procedía de la abertura a la plaza y de algunas linternas que colgaban de las paredes cada cuatro rebordes a lo largo del descenso. Las linternas estaban encerradas en envolturas transparentes que parecían muy delgadas y como de papel. Cada linterna contenía una pequeña y ardiente llama, junto con alguna sustancia líquida que Nicole supuso que era combustible.

El amigo o amiga, probablemente amiga, con cuerpo de terciopelo la aguardó pacientemente a lo largo de todo el descenso, siempre permaneciendo tres rebordes más abajo. Nicole tuvo la sensación de que, si alguna vez resbalara, el ave la atraparía en el aire, pero no sintió el menor deseo de comprobar su hipótesis. Su mente funcionaba a toda velocidad. Había decidido ya que las criaturas, definitivamente, no eran biots. Eso significaba que eran una especie alienígena de algún tipo. Pero no pueden ser los ramanes, razonó. Su nivel de desarrollo tecnológico es totalmente inconsistente con esta nave espacial.

De sus cursos de historia recordó a los pobres y primitivos mayas hallados en México por los conquistadores. Los españoles habían considerado imposible que los antepasados de aquella gente ignorante y empobrecida hubieran podido construir unos centros ceremoniales tan impresionantes. ¿Puede haber ocurrido algo así aquí?, se preguntó. ¿Es posible que estas extrañas aves sean todo lo que queda de la especie dominante que construyó este vehículo?

A unos veinte metros por debajo de la superficie, Nicole oyó lo que sonaba como correr de agua. El sonido se incrementó a medida que descendía hacia un reborde que era en realidad una extensión de un túnel horizontal que conducía hacia detrás de ella. Al otro lado del corredor vertical Nicole pudo ver un túnel similar que iba en dirección opuesta, también paralelo a la superficie.

Su ave guía estaba, como siempre, tres rebordes más abajo. Nicole señaló hacia el túnel a sus espaldas. La criatura alzó el vuelo para acercarse a ella y gravitó sistemáticamente sobre cada uno de los dos rebordes inmediatamente inferiores al de Nicole, dejando perfectamente claro que esperaba que Nicole siguiera bajando.

Nicole no estaba dispuesta a dejarse vencer tan fácilmente. Tornó su cantimplora e hizo ademán de beber. Luego señaló tras ella, al oscuro túnel. El ave pareció dudar, como si meditara su decisión, y luego echó a volar por encima de la cabeza de Nicole hacia la oscuridad. Cuarenta segundos más tarde Nicole vio una luz en la distancia que crecía a medida que se acercaba a ella. El ave regresó, sujetando una gran antorcha en una de sus garras.

Nicole siguió al ave a lo largo de unos quince metros. Llegaron a una habitación que se abría a la izquierda del túnel y que contenía una amplia cisterna llena de agua. Un chorro de agua dulce caía a la cisterna de una tubería embutida en la pared. Nicole extrajo su espectómetro de masas y probó el líquido. Era virtualmente H2O pura; no había presente ningún componente químico más allá de una parte en un millón. Recordando los buenos modales, Nicole formó un cuenco con las manos y bebió del chorro que caía. Era increíblemente deliciosa.

Cuando terminó de beber, siguió andando hacia el fondo del túnel en la misma dirección. El ave pareció presa de un profundo frenesí, hasta que Nicole invirtió la dirección y regresó al corredor vertical principal. Cuando reanudó su descenso, observó que la iluminación ambiental había descendido considerablemente. Miró hacia arriba. La abertura a la plaza de Nueva York se había cerrado. Espero que eso no signifique que voy a quedarme aquí para siempre, pensó.

Veinte metros más abajo de la superficie, otro par de túneles horizontales corrían perpendiculares al corredor principal. A este segundo nivel, el ave aterciopelada, sujetando todavía la antorcha, condujo a Nicole por uno de los túneles horizontales a lo largo de quizás unos doscientos metros. Siguió al pájaro hasta una larga sala circular con techo alto. El ave utilizó su antorcha para iluminar varías linternas en las paredes que rodeaban la habitación. Luego desapareció. Estuvo fuera durante casi una hora. Nicole permaneció sentada tan pacientemente como le fue posible, al principio mirando en tomo de la negra estancia, que le recordaba una cueva o gruta. No había decoraciones. Finalmente empezó a concentrarse en cómo informar a las aves que estaba lista para marcharse.

Cuando su amiga aterciopelada volvió finalmente, trajo cuatro asociados. Nicole los oyó agitar sus alas en el pasillo y charlar intermitentemente. Su compañero (que Nicole supuso que era una pareja de algún tipo) y dos criaturas más de piel como de linóleo entraron primero. Se posaron y avanzaron torpemente hasta acercarse mucho a Nicole para realizar un examen visual. Después de que se sentaran en el lado opuesto de la estancia, otra criatura de cuerpo aterciopelado, ésta marrón en vez de negra, entró finalmente. Llevaba un pequeño melón maná entre sus garras.

El melón fue colocado delante de Nicole. Todas las aves observaron expectantes. Nicole cortó limpiamente una sección de una octava parte del melón con su escalpelo, lo inclinó hacia arriba para beber un pequeño trago del líquido verdoso de su centro, y luego entregó el resto del melón a sus anfitriones. Éstos parlotearon apreciativamente, admirando la precisión del corte mientras se pasaban el melón unos a otros.

Nicole miró mientras las aves comían. Compartieron el melón entre ellas, y al poco tiempo ya no quedaba nada. Las dos aves aterciopeladas eran sorprendentemente hábiles y delicadas con sus garras, ensuciando tan poco como era posible y sin dejar ningún resto. Las aves más grandes eran más torpes; su forma de comer le recordó a Nicole los animales terrestres. Como Nicole, ninguna de las aves comió la cubierta exterior del melón maná.

Cuando terminó la comida, las aves, que no habían hablado en absoluto mientras se alimentaban, formaron un círculo durante varios segundos. El círculo se deshizo después que la aterciopelada marrón parloteara algo que a Nicole le sonó como una canción. Una a una, le echaron una nueva mirada de cerca y luego desaparecieron por la puerta.

Nicole permaneció sentada y se preguntó qué ocurriría a continuación. Las aves habían dejado las luces encendidas en el comedor (o sala de banquetes, o lo que fuera), pero el corredor estaba completamente a oscuras. Evidentemente querían que se quedara donde estaba, al menos por el momento. Había transcurrido mucho tiempo desde que Nicole había dormido por última vez, y se sentía agradablemente satisfecha después de la comida. Oh, bueno, se dijo, acurrucándose en el suelo tras un corto debate consigo misma, quizá dormir un poco me refresque.

En su sueño oyó a alguien decir su nombre, pero sonaba muy lejos. Tuvo que tenderse para oír la voz. Despertó con un sobresalto e intentó recordar dónde estaba. Escuchó atentamente, pero no oyó nada. Cuando comprobó su reloj, supo que había dormido durante cuatro horas. Será mejor que salga de aquí, pensó. Pronto será oscuro, y no deseo perderme la posibilidad de ser rescatada.

Salió al pasillo y encendió su pequeña linterna. Alcanzó el corredor vertical en menos de un minuto. Inmediatamente empezó a subir por los rebordes. Justo debajo de donde se había detenido durante su descenso para beber un poco de agua, Nicole oyó un extraño ruido sobre su cabeza. Se detuvo para recobrar el aliento. Se inclinó ligeramente hacia el boqueante agujero y lanzó la luz hacia arriba, en dirección al sonido. Algo grande se movía hacía uno y otro lado en la porción del primer nivel que sobresalía del corredor vertical.

Nicole trepó cautelosamente hasta el reborde directamente debajo del nuevo fenómeno y se acurrucó en él. Fuera lo que fuese, cubría cada centímetro cuadrado del reborde frente a la entrada del túnel una vez cada cinco segundos. No había ninguna forma en que Nicole pudiera evitarlo. No podía izarse y luego trepar al siguiente reborde en menos de cinco segundos.

Se dirigió a un extremo de su reborde y escuchó atentamente el sonido sobre su cabeza. Cuando la cosa se volvió y se fue en dirección opuesta, Nicole alzó la cabeza por encima del borde del siguiente nivel. El objeto se movía rápidamente sobre orugas, y desde atrás tenía todo el aspecto de un tanque. Sólo pudo echarle una breve mirada, porque la parte superior del tanque giró rápidamente sobre sí misma al otro lado mientras se preparaba para desandar el camino.

Una cosa es segura, se dijo Nicole mientras se acurrucaba en el reborde de abajo. Ese tanque es alguna especie de centinela. Se preguntó si tendría algún tipo de sensores — ciertamente, no había ofrecido ninguna indicación de haberla oído—, pero decidió que no podía permitirse el lujo de descubrirlo. No sería un buen guardia si no pudiera al menos ver un intruso.

Descendió de nuevo lentamente hasta el nivel del comedor. Se sentía agudamente decepcionada y ahora furiosa consigo misma por haberse metido en aquel nido de aves. Seguía sin tener sentido que las aves pudieran estar reteniéndola allí como cautiva. Después de todo, ¿no la había invitado la criatura a aquella visita después que Nicole le salvó la vida?

Nicole estaba desconcertada también por el tanque centinela. Su existencia era desconcertante, y completamente inconsistente con el nivel de desarrollo técnico de todo lo demás en aquel lugar. ¿Cuál era su finalidad? ¿De dónde había salido? Curioso y curioso, pensó.

Cuando estuvo de vuelta en el segundo nivel subterráneo, Nicole miró alrededor para ver si había alguna otra forma en que pudiera salir de allí. Había un conjunto idéntico de rebordes en el lado opuesto del corredor vertical. Si pudiera saltar al otro lado, quizá...

Antes de considerar seriamente aquel plan, tenía que decidir si había o no un tanque, o un centinela equivalente, custodiando el túnel horizontal opuesto en el primer nivel. No podía decirlo desde donde se hallaba ahora, así que, riñéndose por su estupidez, volvió a subir los rebordes de su lado para conseguir una buena vista al otro lado del corredor. Tuvo suerte. El reborde frente a ella en el túnel opuesto estaba vacío.

Cuando llegó de nuevo al segundo nivel subterráneo, Nicole estaba agotada de todo aquel trepar. Miró al otro lado del corredor y a las luces en el abismo debajo de ella. Si caía, era la muerte segura. Sabía juzgar bien las distancias, y calculó que habría unos cuatro metros desde el reborde frente a su túnel al del lado opuesto. Cuatro metros, meditó, cuatro y medio como máximo. Dejando un poco de margen por ambos lados, necesito un salto de cinco metros para cruzarlo. Con el overol de vuelo y la mochila.

Recordó una tarde de domingo en Beauvois cuatro años antes, cuando Geneviéve tenía diez años y tanto madre como hija contemplaban las Olimpíadas de 2196 por la televisión.

—¿Todavía puedes saltar mucho, mamá? —le había preguntado la niña, que tenía dificultades en imaginar a su madre como una campeona olímpica.

Pierre la había animado a que llevara a Geneviéve al campo de atletismo adyacente a la escuela secundaria en Luynes. Estaba sin entrenamiento en el triple salto, pero después de treinta minutos de calentamiento y prácticas Nicole consiguió saltar seis metros y medio. Geneviéve no se mostró demasiado impresionada.

—Mamá —dijo mientras volvían en bicicleta a casa por entre los verdes campos—, la hermana mayor de Danielle puede saltar casi lo mismo, y sólo es una estudiante universitaria.

El recuerdo de Geneviéve despertó una profunda tristeza en Nicole. Ansiaba oír de nuevo la voz de su hija, ayudarla con su pelo, salir a navegar con ella en su pequeño estanque privado junto al Bresme. Nunca valoramos lo que tenemos, pensó, hasta que ya no está alrededor de nosotros.

Regresó por el túnel hasta el lugar donde la habían conducido las aves. No intentaría el salto. Era demasiado peligroso. Si resbalara...

—Nicole des Jardins, ¿dónde demonios está usted? —Nicole se inmovilizó por completo en el momento en que oyó la llamada, muy débil, muy lejana. ¿Era su imaginación?. —Nicole —oyó de nuevo. Era definitivamente la voz de Richard Wakefield. Corrió de vuelta hacia el pozo vertical y se puso a gritar. No, pensó rápidamente, eso las despertará. No me tomará más de cinco minutos. Puedo saltar...

La adrenalina bombeó en su cuerpo a un ritmo increíble. Tomó impulso y saltó por encima del abismo con impulso más que suficiente. Trepó por los rebordes a una terrible velocidad. Cuando ya casi estaba en la parte superior, oyó a Wakefield llamarla de nuevo.

—¡Estoy aquí, Richard, debajo de usted! —gritó—. ¡Debajo de la plaza! Nicole alcanzó el reborde superior y empezó a empujar la cubierta. No se movió.

—Mierda —gritó mientras el desconcertado Richard iba de un lado para otro en las inmediaciones—. Richard, venga hacia aquí. Allá donde pueda oír mi voz. Golpee en el suelo.

Richard empezó a golpear con fuerza la cubierta. Estuvieron gritándose el uno al otro. El ruido era ensordecedor. Desde muy abajo Nicole oyó aletear. Apenas salieron al corredor, las aves empezaron a chillar y a parlotear.

—Ayúdenme —les gritó Nicole cuando se le acercaron. Señaló hacia la cubierta, sobre su cabeza. —Mi amigo está ahí fuera.

Richard siguió golpeando. Sólo las dos aves que habían hallado originalmente a Nicole en su pozo habían subido hasta donde estaba ella ahora. Flotaron alrededor de ella, aleteando y parloteando a las otras cinco que estaban un nivel más abajo. Las criaturas estaban al parecer discutiendo, porque el ave de terciopelo negro extendió dos veces el cuello hacia abajo, hacia sus asociados, y emitió terribles chillidos.

La cubierta se abrió bruscamente. Richard tuvo que saltar hacia un lado para no caer. Cuando miró al agujero vio a Nicole y a dos gigantescas criaturas como pájaros, una de las cuales voló directamente junto a él mientras Nicole se arrastraba fuera de la abertura.

—¡Santísimo cielo! —exclamó, siguiendo con la mirada el vuelo del ave. Nicole se sentía abrumada por la alegría. Corrió a los brazos de Wakefield.

—Richard, oh Richard —dijo—. Me alegra tanto verlo. Él sonrió mientras le devolvía el abrazo.

—Si hubiera sabido que iba a ser recibido así —dijo—, habría venido antes.