60 - Regreso a Rama

No puedo creer que esté haciendo esto, se dijo Nicole mientras cargaba su último trasbordador de pertrechos al montacargas en la parte superior de la escalera Beta. Estaba oscuro dentro de Rama. El haz de su linterna brillaba en el negro vacío.

El sueño había sido tan increíblemente vivido que Nicole se había sentido completamente desorientada durante más de cinco minutos después de despertar. Incluso ahora, casi dos horas más tarde, cuando cerraba los ojos, podía ver perfectamente el rostro de Ornen y oír su mágica voz, entonar las palabras. Espero que Richard no se despierte antes que yo me haya ido, pensó. No hay forma alguna en que pueda comprender nunca.

Regresó al trasbordador e hizo un último viaje a través del casco hacia la Newton. Durante treinta minutos había estado redactando mentalmente su adiós, pero ahora había llegado el momento. Nicole se sentía aprensiva, "Querido Michael y queridísimo Richard", empezaría, "esta noche he tenido el sueño más apremiante de mi vida. El viejo jefe senoufo Omeh se me apareció y me dijo que mi destino estaba en Rama."

Nicole cruzó la esclusa de aire y entró en el centro de control. Se sentó frente a la cámara y carraspeó. Esto es ridículo, pensó, justo antes de encender las luces. Debo de estar loca. Pero el poder de la imagen de Omeh en su mente calmó todas sus dudas de último minuto. Momentos más tarde siguió con sus observaciones finales a sus amigos:

—No hay ninguna forma en que pueda resumir en este corto adiós la importancia de Omeh y mis antecedentes africanos en mi vida: Michael, Richard puede decirle algo acerca de las historias senoufo mientras los dos vuelan de regreso a la Tierra. Baste decir que nunca he sido engañada por el viejo chaman. Sé muy bien que las voces de un sueño no tienen sustancia y que la mayor parte de las veces son creaciones del propio subconsciente, pero pese a todo he decidido seguir las instrucciones que me dio Omeh.

"Tengo intención de hacer todo lo posible para comunicarle a Rama que hay misiles nucleares en camino contra ella. No sé exactamente cómo lo conseguiré, pero tengo algunas horas para planear mientras ensamblo el bote de vela para cruzar el Mar Cilíndrico. Recuerdo, Richard, nuestra conversación acerca de los mandos del teclado que pueden conducir a la jerarquía superior...

"Me resulta extremadamente difícil decir adiós de este modo, y soy agudamente consciente de que esto es un pobre sustituto de un abrazo final. Pero si ustedes dos estuvieran despiertos, jamás me permitirían volver al interior de Rama... Te quiero, Richard, no lo dudes ni por un momento. Sé que es improbable, pero quizás algún día, de algún modo, nos unamos de nuevo en algún otro lugar. Te prometo que, si sobrevivo, daré a luz a nuestro hijo. Nunca dejaré de hablarle de la inteligencia, el ingenio y la sensibilidad de su padre.

"Tengo una última petición. Si resulta que cualquiera de los dos alcanza sano y salvo la Tierra y yo nunca regreso a ella, por favor explíquenle a Geneviéve lo que me ocurrió. Cuéntenle toda la historia, acerca del sueño, el frasquito y la visión, y el Poro cuando yo era una niña. Y díganle que la he querido con todo mi corazón.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas cuando terminó su mensaje. Se puso de pie y rebobinó la cinta. La hizo pasar durante un minuto, para asegurarse de que la había grabado adecuadamente, y luego se dirigió a la esclusa. Dios mío, pensó, mientras se ponía el casco, voy a hacerlo realmente.

Durante el fantasmagórico descenso de Nicole en el telesilla en medio de la oscuridad, sintió fuertes recelos acerca de su decisión de regresar. Sólo fue su suprema autodisciplina la que le permitió alejar de sí los temores que la asaltaban. Mientras subía al todo terreno y empezaba a conducir hacia el Mar Cilíndrico, pensó acerca de cómo se comunicaría con la inteligencia que gobernaba Rama. Definitivamente usaré imágenes, se dijo, y siempre que sea posible el exacto lenguaje de la ciencia. Eso al menos he aprendido de Richard.

Pensar en Richard reavivó sus ansiedades. Él pensará que lo he abandonado, se preocupó. ¿Y cómo puedo esperar que piense otra cosa? Nicole recordó los deprimentes primeros días de su embarazo de Geneviéve y lo muy solitaria que se había sentido, sin tener a nadie con quien poder compartir sus sentimientos. De nuevo sintió el fuerte anhelo de dar media vuelta y abandonar Rama. Su introspección se vio rota por la espectacular llegada de la luz. El amanecer había vuelto a Rama. Como antes, Nicole se sintió hipnotizada por la visión que la rodeaba. No hay nada como esto en ninguna otra parte del universo.

Cuando alcanzó lo que había sido el campamento Beta, lo primero que hizo fue buscar y desempaquetar el gran bote de vela. Estaba almacenado al fondo de un gran contenedor. Se hallaba en buen estado. Trabajar en el ensamblaje del bote impidió que pensara demasiado en su decisión de abandonar la Newton. El ensamblaje mecánico no era su fuerte. Casi desesperó en una ocasión cuando tuvo que volver a desmontar toda una parte que le había tomado diez minutos unir. El ejercicio recordó varias frustrantes Nochebuenas en Beauvois, cuando ella y Pierre trabajaban casi toda la noche para montar los nuevos juguetes de Geneviéve. Debería de haber una ley que obligara a vender sólo juguetes ya montados, murmuró riendo mientras luchaba con las instrucciones de montaje del bote.

Nicole arrastró el casco del bote por las escaleras hasta colocarlo cerca del agua. Luego montó las principales subestructuras arriba en el acantilado, donde la luz era, más fuerte. Estaba tan enfrascada en su trabajo que no oyó los pasos hasta que estuvieron a tan sólo dos o tres metros de distancia. Cuando Nicole, que estaba trabajando de rodillas, se volvió hacia su derecha y vio algo que se le aproximaba ya muy cerca, se sintió absolutamente aterrada.

Unos momentos más tarde, ella y Richard se besaban y abrazaban.

—O'Toole viene también —dijo él, sentándose al lado de Nicole y empezando inmediatamente a trabajar en el bote—. Al principio, cuando le expliqué que no me marchaba sin ti, que cualquier vida que pudiera llevar en la Tierra no significaría nada si tú no estabas conmigo, me dijo que tanto tú como yo estábamos locos. Pero una vez que hablamos y le expliqué que creía que disponíamos de una decente probabilidad de advertir a los ramanes, decidió que prefería pasar sus últimas horas con nosotros que correr el riesgo de una muerte solitaria y dolorosa en la vaina.

—Pero pensé que habías dicho que el viaje sería seguro para un solo pasajero.

—Eso no está completamente claro. El software cargado en la vaina es una pesadilla. Por la programación puede decirse que todo se hizo muy apresuradamente. ¿Y cómo pudo ser comprobado de forma adecuada? Yendo solo, O'Toole tal vez hubiera tenido más posibilidades que nosotros dos juntos... Pero recuerda, tendría que enfrentarse a serios problemas cuando llegara a la Tierra. Ese consejo de guerra no sería una cosa intrascendente.

—No creo que Michael le tenga miedo a un consejo de guerra. Puede que deseara ahorrarle sufrimientos a su familia, pero...

Un grito desde la distancia interrumpió su conversación. El general O'Toole agitaba un brazo hacia ellos desde un todo terreno que se acercaba.

—Pero no lo entiendo —dijo Nicole—. ¿Cómo ha llegado aquí tan rápido? Tú no viniste caminando, ¿verdad?

Richard se echó a reír.

—Por supuesto que no. Dejé una radiobaliza en el fondo del telesilla. Después que llegué a Beta y vi que habías tomado el bote; envié el todo terreno de vuelta en automático.

—Eso fue valiente por tu parte —dijo Nicole—. ¿Y si yo hubiera partido ya durante el tiempo extra que te tomó hallarme a pie?

Richard miró por encima del acantilado al casco del bote cerca del agua.

—En realidad, te las has arreglado mucho mejor de lo que esperaba —dijo con una cierta ironía en la voz—. Hubieras podido terminar en una o dos horas más.

Sujetó las manos de Nicole cuando ésta intentó golpearlo.

El general O'Toole era el único marinero con experiencia de los tres. Después que alcanzaron el punto medio de su camino, relegó a Richard a que sostuviera un remo como una posible arma en caso de que el par de tiburones biots cuyas sombras habían visto alrededor se decidieran a atacar.

—Esto no es Marblehead o el Cabo —dijo mientras miraba a Nueva York—, pero definitivamente es una interesante navegación.

Durante el viaje Richard intentó, sin éxito, convencer a una nerviosa Nicole de que era muy improbable que los tiburones biots los molestaran.

—Después de todo —dijo—, no molestaron en absoluto a los botes durante la primera expedición a Rama. Debieron volcarme a mí debido a algo especial en el diseño de nuestras nuevas motoras.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Nicole, mirando incómoda hacia las sombras grises en el agua a su lado—. Y, si no van a atacarnos, ¿por qué llevan siguiéndonos tanto tiempo?

—Somos una curiosidad, eso es todo —respondió Richard. De todos modos, tensó todos los músculos cuando una de las sombras viró repentinamente hacia el bote. Desapareció bajo ellos y se reunió con su compañera al otro lado. —¿Lo ves? —dijo, relajando la presión sobre el remo—. Ya te dije que no había nada de qué preocuparse.

Amarraron el bote al lado de Nueva York antes de subir por la escalera más cercana. Puesto que el general O'Toole nunca había estado en Nueva York y se sentía naturalmente muy curioso acerca de todo lo que veía, Richard pasó adelante para empezar a trabajar con el ordenador mientras Nicole brindaba a O'Toole el más breve de los tours turísticos por el camino.

Cuando Nicole y el general alcanzaron la Sala Blanca, Richard ya tenía algunos progresos de los que informar.

—Mi hipótesis era correcta —indicó, sólo segundos después que los otros dos se reunieran con él—. Estoy completamente seguro de que ahora he conseguido el acceso a toda la lista de sensores. Tienen que disponer de radar o su equivalente a bordo. Mientras intento localizarlo, ¿por qué ustedes dos no desarrollan un diagrama de flujo acerca de cómo comunicar nuestra advertencia? Recuerden, háganlo simple. Probablemente no tendremos más de veinticuatro horas antes que lleguen los primeros misiles.

Veinticuatro horas, se dijo Nicole. Un día más. Miró a Richard enfrascado en su teclado, y al general O'Toole, que contemplaba algunos de los objetos negros esparcidos aún por los rincones. Los momentáneos sentimientos de cariño hacia los dos hombres se vieron rápidamente truncados por una brusca erupción de miedo. La realidad de su situación la abrumó. ¿Vamos a morir todos mañana?, se preguntó.