47 - Matrices progresivas
—Nunca, nunca en toda mi vida —le dijo Nicole a Richard— había visto nada que me aterrara tanto.
Los dos cosmonautas estaban sentados con la espalda contra la pared de uno de los rascacielos que rodeaban la plaza occidental. Ambos respiraban aún pesadamente, agotados por su frenética escapatoria. Nicole bebió un largo sorbo de agua.
—Apenas había empezado a relajarme —prosiguió—. No oía nada más excepto sus pasos detrás de mí. Decidí detenerme en el museo y aguardar a que me alcanzara. Todavía no se me había ocurrido que habíamos tomado el "otro" túnel.
"Debió resultar evidente, por supuesto, ya que la abertura estaba en el otro lado. Pero en aquellos momentos yo no pensaba lógicamente. Sea como fuere, entré en la habitación, las luces se encendieron... y allí estaba, a no más de tres metros frente a mí. Pensé que se me paraba el corazón.., Richard recordó a Nicole corriendo a refugiarse en sus brazos en el túnel y sollozando inconteniblemente durante varios segundos: —Es Takagishi... disecado como un ciervo o un tigre... en la abertura de la derecha — le dijo, entre temblores y estremecimientos. Después de recobrar el control, los dos juntos siguieron por el túnel. Dentro de la sala, de pie, erguido justo al otro lado de la entrada, Richard vio con un impresionado estremecimiento al cosmonauta del Proyecto Newton Shigeru Takagishi. Iba vestido con su overol de vuelo y tenía exactamente el mismo aspecto que cuando lo habían visto por última vez en el campamento Beta. Su rostro estaba congelado en una agradable sonrisa y sus brazos colgaban a los lados.
—¿Qué demonios? —exclamó Richard, parpadeando dos veces, con su curiosidad sólo un poco más intensa que su terror. Nicole había apartado los ojos. Aunque lo había visto antes, el Takagishi disecado parecía demasiado vivo y real para ella.
Sólo habían permanecido durante un minuto en la amplia sala. La taxidermia alienígena había hecho maravillas también en un ave con un ala rota que colgaba del techo al lado de Takagishi. Contra la pared, detrás del científico japonés, estaba la cabaña de Richard y Nicole que había desaparecido el día antes. El tablero electrónico hexagonal de la estación científica portátil estaba en el suelo junto a los pies de Takagishi, no lejos de un modelo a escala de un bulldozer biot. Otras réplicas biot estaban esparcidas por toda la habitación.
Richard empezaba a estudiar la variada colección de biots de la sala cuando oyeron débilmente el familiar sonido arrastrante desde el túnel por el que habían venido. No perdieron más tiempo. Su huida por el túnel y subiendo las rampas se vio interrumpida tan sólo por una breve parada en la cisterna para volver a llenar su cantimploras con agua fresca.
—El doctor Takagishi era un hombre gentil y sensible —le dijo Nicole a Richard—, con un apasionado interés hacia su trabajo. Justo antes del despegue lo visité en Japón, y me dijo que la ambición de su vida había sido siempre explorar una segunda nave espacial Rama.
—Es una vergüenza que haya tenido que sufrir una muerte tan desagradable — respondió hoscamente Richard—. Supongo que la octoaraña, o una de sus amigas, debió de arrastrarlo hasta aquí abajo casi inmediatamente para una visita al taxidermista. Seguro que no perdieron ningún tiempo exhibiéndolo.
—¿Sabe una cosa?, no creo que lo mataran —declaró Nicole—. Quizá sea irremediablemente ingenua, pero no veo ninguna prueba de juego sucio en su... su estatua.
—¿Cree que simplemente lo mataron de un susto? —gruñó Richard sarcásticamente.
—Sí, Al menos, es posible. —Pasó los siguientes cinco minutos explicándole el problema cardíaco de Takagishi.
—Me sorprende usted, Nicole —murmuró Richard tras escuchar atentamente sus palabras—. Siempre la juzgué mal. Pensé que era la señorita Estricta y Decorosa, siempre actuando según las reglas. Nunca le concedí el crédito de poseer una mente propia. Sin mencionar un fuerte rasgo de compasión.
—En este caso, no estoy segura de que sea algo bueno. Si me hubiera atenido estrictamente a las reglas, ahora Takagishi estaría vivo con su familia en Kyoto.
—Y se habría perdido la experiencia más singular de su vida... lo cual me lleva a una interesante cuestión, mi querida doctora. Seguro que es usted consciente, mientras permanecemos sentados aquí, de que las posibilidades no nos favorecen. Es muy probable que ambos muramos sin volver a ver otro rostro humano. ¿Cómo se siente al respecto? ¿Dónde encaja su muerte, o cualquier muerte, si lo prefiere, en su esquema general de las cosas?
Nicole miró a Richard. Se sintió sorprendida por el tenor de su pregunta. Intentó sin éxito leer la expresión en su rostro.
—No tengo miedo, si es eso lo que quiere decir —respondió cuidadosamente—. Como médica, he pensado a menudo en la muerte. Y, por supuesto, puesto que mi madre murió cuando yo era muy pequeña, incluso de niña me vi obligada a enfrentarme a algunas perspectivas sobre el tema.
Hizo una breve pausa.
—Por lo que a mí respecta, sé que me gustaría seguir con vida hasta que Genevieve fuera mayor... a fin de poder ser la abuela de sus hijos. Pero simplemente seguir con vida no es lo más importante. La vida debe tener la cualidad de ser valiosa para algo. Y tener la cualidad de sentirnos dispuestos a correr algunos riesgos... No me estoy centrando mucho en el tema, ¿verdad?
Richard sonrió.
—No —dijo—, pero me gusta su deriva general. Ha mencionado usted la palabra clave. Cualidad... ¿Ha pensado alguna vez en el suicidio? —preguntó de pronto.
—No —respondió Nicole, sacudiendo la cabeza—. Nunca. Siempre ha habido demasiadas cosas por las que vivir. —Tiene que haber alguna razón para esta pregunta, pensó, —¿Y usted? —dijo, tras un corto silencio—. ¿Pensó alguna vez en el suicidio durante sus problemas con su padre?
—Sorprendentemente, no —respondió él—. Las palizas de mi padre nunca me hicieron perder mis ansias por vivir. Había demasiado que aprender. Y yo sabía que me haría más fuerte que él y que finalmente podría tomar mis propias decisiones. —Hizo una larga pausa antes de proseguir: —Pero hubo un período en mi vida en el que sí pensé seriamente en el suicidio. Mi dolor y mi furia fueron tan grandes que no creí que pudiera soportarlos.
Guardó silencio, encerrado en sus pensamientos. Nicole aguardó pacientemente. Al final, deslizó su brazo bajo el de él.
—Bien, amigo mío —dijo con voz animada—, puede contármelo algún día. Ninguno de los dos está acostumbrado a compartir nuestros más profundos secretos. Quizás aprendamos con el tiempo. Voy a empezar diciéndole por qué creo que no vamos a morir, y por qué creo que lo primero que deberíamos hacer sería explorar la zona en torno de la plaza occidental.
Nicole nunca le había contado nada a nadie, ni siquiera a su padre, su "viaje" durante el Poro. Antes de terminar de contarle la historia a Richard, no sólo le había relatado lo que le había ocurrido a los siete años en el Poro, sino también la historia de la visita de Omeh a Roma, las profecías senoufo acerca de la "mujer sin compañero" que dispersa su progenie "entre las estrellas", y los detalles de su visión después de beber el Trasquilo en el fondo del pozo.
Richard fue incapaz de decir nada. El conjunto de aquellas historias era tan extraño a su mente matemática que ni siquiera sabía cómo reaccionar. Miró a Nicole con sorpresa y maravilla. Finalmente, azorado por su silencio, empezó a hablar.
—No sé qué decir...
Nicole llevó sus dedos a los labios de él.
—No necesita decir nada —indicó—. Puedo leer su reacción en su rostro. Podemos hablar de ello mañana, después que haya tenido algo de tiempo para pensar en lo que he dicho.
Nicole bostezó y consultó su reloj. Extrajo su saco de dormir de su mochila y lo desenrolló en el suelo.
—Estoy agotada —declaró—. No hay nada como un poco de terror para producir una fatiga instantánea. Volveremos a vernos dentro de cuatro horas.
—Llevamos hora y media explorando —dijo impacientemente Richard—. Mire este mapa. No hay ningún lugar dentro de un radio de quinientos metros del centro de la plaza donde no hayamos estado al menos un par de veces.
—Entonces estamos haciendo algo mal —respondió Nicole—. Había tres fuentes de calor en mi visión. —Richard frunció el entrecejo. —O seamos lógicos, si lo prefiere. ¿Por qué debería haber tres plazas y sólo dos entradas a un mundo subterráneo? Usted mismo dijo que los ramanes siempre siguen un plan razonable.
Estaban de pie frente a un dodecaedro que miraba hacia la plaza oriental.
—Y otra cosa —gruñó Richard, casi para sí mismo—, ¿cuál es el propósito de estos malditos poliedros? Hay uno en cada sector, y los tres más grandes están en las plazas... Espere un momento —dijo, mientras sus ojos iban de una de las doce caras del dodecaedro a un rascacielos en el lado opuesto. Luego su cabeza recorrió rápidamente toda la plaza. —¿Es posible? —murmuró—. No —se respondió a sí mismo—, tiene que ser imposible.
Se dio cuenta de que Nicole lo estaba mirando fijamente.
—Tengo una idea —dijo excitadamente—. Puede que sea completamente loca...
¿Recuerda al doctor Bardolini y sus matrices progresivas? ¿Con los delfines? ¿Y si los ramanes hubieran dejado también un esquema aquí en Nueva York de sutiles diferencias que cambian de plaza en plaza y de sección en sección? Mire... no es algo más loco que sus visiones.
Richard estaba ya de rodillas en el suelo, trabajando con sus mapas de Nueva York.
—¿Puedo usar también su ordenador? —le dijo a Nicole unos momentos más tarde—. Eso acelerará el proceso.
Durante horas, Richard Wakefield estuvo sentado delante de los dos ordenadores, murmurando para sí mismo e intentando resolver el rompecabezas de Nueva York. Cuando hizo una pausa para comer algo ante la insistencia de Nicole, le explicó a ésta que la localización del tercer agujero al subsuelo sólo podía ser determinada si comprendía exhaustivamente las relaciones geométricas entre los poliedros, las tres plazas, y todos los rascacielos inmediatamente opuestos a las caras principales de los poliedros en cada uno de los nueve sectores. Dos horas antes de que se hiciera de nuevo oscuro Richard corrió apresuradamente a una sección adyacente para obtener unos datos extras que no había registrado todavía en sus mapas por ordenador.
Ni siquiera cuando se apagaron las luces dejó de trabajar. Nicole durmió la primera parte de la noche de quince horas. Cuando despertó después de cinco horas, Richard aún seguía trabajando febrilmente en su proyecto. Ni siquiera oyó carraspear a Nicole. Ésta se levantó en silencio y apoyó ambas manos en sus hombros.
—Tiene que dormir un poco, Richard —dijo suavemente.
—Ya casi lo he conseguido —dijo él. Ella vio las bolsas bajo sus ojos cuando se volvió para mirarla. —No más de otra hora.
Nicole regresó a su saco de dormir. Cuando Richard la despertó más tarde, estaba lleno de entusiasmo.
—¿No quiere saberlo? —le dijo con una sonrisa—. Hay tres soluciones posibles, cada una consistente con todos los esquemas. —Caminó de un lado para otro durante casi un minuto. —¿Podemos ir a comprobarlo ahora? —dijo, casi suplicante—. No creo que pueda dormir hasta que lo descubra.
Ninguna de las tres soluciones para la localización de la tercera entrada estaba cerca de la plaza. La primera estaba a más de un kilómetro de distancia, en el borde de Nueva York opuesto al Hemicilindro Norte. No encontraron nada allí. Luego caminaron otros quince minutos en la oscuridad hasta la segunda localización posible, un lugar muy cerca de la esquina sudeste de la ciudad.
Richard y Nicole recorrieron la calle indicada y hallaron la cubierta en el lugar exacto que Richard había predicho.
—¡Aleluya! —exclamó éste, extendiendo su saco de dormir junto a la cubierta—. Hurra por las matemáticas.
Hurra por Omeh, pensó Nicole. Ya no tenía sueño, pero no se sentía ansiosa de explorar por sí misma ningún nuevo territorio en la oscuridad. ¿Qué viene primero?, se preguntó mientras permanecía tendida, despierta, en su saco. ¿La intuición o las matemáticas? ¿Usamos modelos para ayudarnos a descubrir la verdad? ¿O sabemos la verdad primero, y luego desarrollamos las matemáticas para explicarla?
Se levantaron al amanecer.
—Los días siguen siendo cada vez más cortos —mencionó Richard a Nicole—. Pero la suma del tiempo diurno y del nocturno sigue estando establecida en cuarenta y seis horas, cuatro minutos y catorce segundos.
—¿Cuánto tiempo queda antes de que alcancemos la Tierra? —preguntó Nicole mientras metía su saco de dormir en su bolsa protectora.
—Veinte días y tres horas —respondió él tras consultar su ordenador—. ¿Está preparada para otra aventura? Ella asintió.
—Supongo que también sabrá dónde hallar el panel que abre esta cubierta.
—No —dijo él confiadamente—, pero apuesto a que no será difícil de hallar. Y, una vez que hallemos esto, la apertura del nido de las aves será un juego de niños, porque habremos descubierto el esquema.
Diez minutos más tarde, Richard apretaba una placa de metal y la tercera cubierta se abría. El descenso en ese tercer agujero se efectuaba por una amplia escalera interrumpida por ocasionales descansillos. Utilizaron sus linternas para descubrir el camino, puesto que ninguna luz iluminó su descenso.
La sala del agua estaba en el mismo lugar que en los otros dos reinos subterráneos. No hubo ningún sonido en los túneles horizontales que partían de la escalera central en ninguno de los dos niveles principales.
—No creo que nadie viva aquí —dijo Richard.
—Al menos todavía no —respondió Nicole.