7
Habían dejado atrás los grandes pinares. Los volcanes parecían dormitar bajo el tenue resplandor de la luna, y la carretera, recta en ese tramo, los llevaba de regreso a casa tras una jornada trepidante.
Poco antes del anochecer, los especialistas en plagas habían logrado izar una oruga elevadora con una plataforma a la altura del panal. Desde allí, enfundados en sus gruesos trajes protectores, con máscaras y armados con sopletes, habían abierto fuego al unísono. El sonido de los lanzallamas se había prolongado durante varios minutos como el coro de un réquiem abrasador. Las avispas habían quedado calcinadas junto a las ramas que acogían su nido. Todo había ardido a la vez en aquella macabra pira funeraria.
Iria conducía concentrada, sin dar síntomas de cansancio. Aunque habían pasado todo el día fuera, su rostro seguía igual de fresco que por la mañana.
—En tu diario se van a quedar impresionados cuando les entregues el reportaje gráfico —dijo con voz alegre.
Gabriel prefirió no desengañarla. Tal como estaba la empresa, nadie iba a dar saltos de entusiasmo, pero como el domingo era el único día en que la edición impresa se vendía bien, al menos el reportaje tendría una amplia difusión.
—Estoy seguro de que las fotos de «acción bélica» contra el avispero les van a encantar, pero me pregunto si no se podría haber acabado con ellas sin carbonizar el árbol.
Ella asintió con la vista fija en la carretera.
—En Galicia inyectan pesticidas dentro de la colmena y sellan las salidas con espuma de poliuretano. Al cabo de pocos minutos están todas muertas, y se puede retirar el panal sin causar daño alguno al árbol.
—¿Y por qué no se ha empleado aquí el mismo método? —preguntó él con extrañeza.
Iria miró de reojo por el retrovisor. Un camión cisterna estaba a punto de rebasarlos por el carril de la izquierda a más de cien kilómetros por hora.
—Las avispas asiáticas están asentadas en Galicia desde hace mucho tiempo, por lo que los agentes forestales tienen más experiencia y están mejor preparados —explicó mientras sujetaba con firmeza el volante—. Esta era la primera vez que se actuaba aquí con un nido tan colosal, y no han querido correr ningún riesgo.
El camión cisterna se incorporó con brusquedad a su carril tras haberles adelantado. Iria redujo la marcha con la palma de su mano derecha. Sus uñas, cortas y bien cuidadas, estaban pintadas de un color rosa tan pálido que parecían translúcidas.
—Aunque hoy hemos ganado una batalla destruyendo un nido, acabaremos perdiendo la guerra si no empleamos especies mutadas genéticamente contra las invasoras —prosiguió frunciendo el ceño—. En el País Vasco y en Galicia las avispas asesinas se han multiplicado por diez en los últimos años. Comienza a ser frecuente incluso encontrar nidos de avispas en algunos núcleos urbanos. Los apicultores están desesperados. Sus abejas son ahora una especie en peligro de extinción y las cosechas agrícolas se han reducido de forma drástica a causa de la falta de polinización.
—Hay algo que aún me parece más alarmante… —apuntó Gabriel— y es que las abejas están desapareciendo hasta de lugares donde no hay ni rastro de avispas asiáticas.
—Cierto, es lo que se conoce como Colapso de las Colonias. Empezó hace años en América y se está extendiendo por todo el planeta. ¡Es increíble! Solo en Santa Coloma de Farners, los apicultores encontraron muertas a más de dos millones de abejas el pasado mes de junio. No hay una explicación definitiva.
Unas gotas de lluvia empañaron el cristal delantero. Iria pulsó el botón del limpiaparabrisas y esperó a que se aclarara el vidrio frontal antes de continuar:
—En mi opinión, esas abejas murieron por estar expuestas a los pesticidas de los campos vecinos. En China, regiones enteras se han quedado sin abejas por culpa de los insecticidas más empleados en el mundo: los neonicotinoides. Estoy convencida de que esos agentes químicos derivados de la nicotina alteran el comportamiento de su delicado organismo.
—¿Y por qué no prohíben estos productos de una vez?
—El Reino Unido se opone a que Europa impida la comercialización de esos pesticidas, y Estados Unidos lo apoya. Les importa un pimiento que todos los estudios independientes hayan alertado sobre la catástrofe a la que nos enfrentamos. Las pruebas son tan concluyentes que a finales de año la Unión Europea suspenderá el uso de algunos neonicoitinoides. Pero de momento los agricultores todavía los pueden utilizar a discreción en sus cultivos…
Los labios de Gabriel dibujaron una sonrisa sarcástica.
—No se por qué, pero me huelo que las multinacionales anglosajonas deben de fabricar la mayor parte de esa mierda con la que fumigan los campos.
—Así es —dijo Iria, mientras trazaba una larga curva manteniendo constante su prudente velocidad de crucero—. El problema es que salvar a las abejas supondría renunciar a uno de los negocios más boyantes del sector químico.
Gabriel meneó la cabeza con disgusto. Conocía muy bien cómo funcionaban los lobbies de presión anglosajones y lo difícil que les resultaba a los políticos resistirse a sus encantos.
Ambos se quedaron callados. En la radio sonaba una canción extrañamente delicada y melancólica. Sus notas iban calando con lentitud, como si fuera una prolongación de la suave lluvia que había empezado a caer.
Along another street
I’ll hear my lonely feet
And I’ll step to the falsest of freedoms
To an old story
To that old sadness
To that hole in time
Dance me to the end of the world
Dance me to the end
Cuando la canción llegó a su fin, Gabriel sintió que la música había establecido un puente capaz de unir sus silencios con los de Iria. Como si ambos hubieran sintonizado una frecuencia secreta a la que nadie más tuviera acceso.