III

Transcurrieron los días. Richard y Sandra los pasaban al aire libre, olvidada la cosecha, sin entrar en la casa más que para beber interminables vasos de agua. El sol requemaba sus cuerpos cada vez más amarillos, el fresco aire nocturno los enfriaba brevemente antes de que volviera el sol, describiendo un arco a través del cielo... siempre más aprisa.

Stephen mejoraba rápidamente. Permanecía tendido, sin pedir nada, aceptando sorbos de agua a intervalos frecuentes, pero su cuerpo se iba llenando y sus miembros adquirían fortaleza.

Una extraña euforia poseía a la familia sobre la hierba. Ninguno de los tres se movía apenas: cada uno de ellos iba descubriendo que casi no necesitaban respirar. Los lentos pensamientos de Richard se concentraban cada vez más en su sensación de voluptuoso bienestar, con exclusión de todo concepto abstracto. Un día en que el sol era especialmente cálido y agradable después de una noche muy fría que había dejado sus cuerpos salpicados de gotas de rocío como diamantes, Richard había empezado a decirle algo a Sandra y ésta se había vuelto hacia él para escuchar. Richard había pronunciado un par de palabras antes de darse cuenta de que sus palabras carecían ya de importancia... y de que de todos modos volvía a ser de noche y el fresco rocío no tardaría en caer.

Sus pies habían mejorado mucho. No estaban ya en carne viva ni le dolían, a pesar de que los zarcillos seguían allí, como un millar de hilos blancos brotando de las plantas.

Richard tuvo consciencia de un vago anhelo que era incapaz de expresar con palabras, y miró a Sandra, la cual le devolvió la mirada. Y Richard supo que le había comprendido.

Pero ahora no podía obligar a su cuerpo a moverse para que le llevara al interior de la casa para beber agua, de modo que permaneció tumbado notando que aumentaba su deseo de beber. Y luego, lentamente, penetró en él el conocimiento de que existía otro modo mejor de satisfacer su sed.

Stephen fue el primero en moverse. Su mente infantil no estaba mediatizada por la costumbre de muchos años y, en consecuencia, podía adaptarse con más facilidad a las nuevas circunstancias. Rodó lentamente hacia el borde de su manta mientras sus padres le contemplaban. Su pequeño cuerpo, ahora sobre la hierba, asumió una posición fetal y, con las rodillas pegadas a la barbilla rodó de nuevo, arrodillándose y finalmente quedándose agachado, con los pies pegados al suelo y sus cortos brazos rodeando sus rodillas.

El instinto se despertó también en Richard. Se incorporó lentamente hasta que sus pies se apoyaron completamente en el suelo. Al principio se sintió inseguro. Pero cuando los zarcillos de sus pies absorbieron la humedad del suelo y el líquido ascendió a su cuerpo, satisfaciendo la necesidad que le había apremiado durante los últimos días, se sintió invadido por una sensación de profundo bienestar.

Enfrente de él, Sandra, también de pie, le miraba tranquilamente.

Al cabo de un largo rato Richard cerró los ojos. Su último recuerdo consciente fue el del viento en los cabellos de Sandra, y conservó aquel recuerdo mientras se deslizaba apaciblemente en la semisoñolienta inmortalidad de Jade.

Lentamente, muy lentamente, adquirió consciencia de que estaba tendido en posición horizontal entre un par de sábanas, y de que llevaba un pijama. Se sentía cansado, mortalmente cansado, pero algo en su sistema le impulsaba a una vigilia artificial, cuando lo único que deseaba era dormir.

—Despierte, Richard.

La voz resonó a su alrededor, tan próxima que podía haber estado dentro de su propio cerebro. La voz, lo mismo que el impulso para que se mantuviera despierto, era artificial. No brotaba a través de alguna volición de su propia conciencia; llegaba hasta él, mecánica y metálica, desde una fuente exterior. Richard no quería la voz, de modo que conservó los ojos cerrados y deseó que se alejara. Pero, paulatinamente, la fuerza de su propia voluntad se intensificó, a medida que su estado de vigilia se hacía más definido. Se encontró a sí mismo odiando la voz con una violencia que le impedía seguir durmiendo. Abrió los ojos.

—Despierte, Richard.

La voz procedía de una especie de caja próxima a sus ojos. Richard la contempló fijamente, encontrándola vagamente familiar, con los dos carretes de cinta girando en la parte superior.

Por último se dio cuenta de que estaba tendido de costado y mirando un magnetófono colocado sobre la mesilla de noche, al lado de la cama. Extendió su campo de visión y vio paredes blancas y un techo y una puerta que oscilaban extrañamente. Encima de él colgaba una botella llena de un líquido oscuro. Sangre. De la botella colgaba a su vez un delgado tubo que desaparecía debajo de las mantas de su cama. Mientras contemplaba la botella, el nivel de la sangre descendió rápidamente, hasta que la botella quedó vacía. Richard cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, la botella estaba de nuevo llena. Bruscamente, la habitación quedó a oscuras y no pudo ver nada más.

Cuando volvieron a encenderse las luces, poco después, el magnetófono había cambiado de posición. La voz que brotaba de él también había cambiado ligeramente.

—Me alegro de que se haya despertado. En primer lugar, quiero que sepa que su esposa y su hijo se encuentran perfectamente. Está usted en el Centro de Rehabilitación de la Tierra, y le hablo a través de esta máquina porque en estos momentos no comprende usted el lenguaje normal. Soy el doctor Svenson, y de cuando en cuando me siento a su lado, en la silla que verá al lado de la cama.

Richard vio la silla y vio también que estaba en movimiento casi continuo. De cuando en cuando le parecía distinguir una figura semitransparente sentada en ella.

—No puedo verle bien —dijo Richard, dirigiéndose al fantasma.

Un lento temor empezaba a inundarle, arrancándole de su letargo.

—Eso se debe a que no estoy siempre aquí —replicó el magnetófono—. El tiempo se ha acelerado para usted. Cuando usted habla, tengo que volver a pasar sus palabras a gran velocidad, luego grabar mi respuesta y pasársela lentamente... aunque supongo que no nota usted el retraso.

—¿Cuánto tiempo hace que estoy tendido aquí?

Se sentía completamente desconectado de la humanidad, terriblemente solo.

—No mucho, de acuerdo con su idea del tiempo —respondió evasivamente la voz—. Esas cosas son relativas. Ha pasado usted por un mal trance. Ahora se encuentra bajo tratamiento intensivo y durante algún tiempo se sentirá muy débil. Ha tenido usted suerte. Ha sido tratado a tiempo. Otros no fueron tan afortunados... Buenas tardes, Mr. Roberts (débilmente) Buenas tardes, doctor. ¿Cómo están los pacientes (de nuevo en voz alta) Se recuperan muy bien.

El magnetófono parecía estar sosteniendo una conversación consigo mismo.

Luego, la voz cambió y Richard reconoció el tono jovial del padre de Sandra.

—¿Cómo te sientes, Richard? Menos mal que se nos ocurrió haceros una visita en ese maldito planeta. Os encontramos a tiempo. Nos quedamos de piedra, desde luego, al veros allí de pie como estatuas... Siempre dije que aquel lugar tenía algo raro. De todos modos, os sacamos de allí rápidamente. Y hemos presentado una querella contra la Compañía de Explotación. Les ha sentado como un tiro...

Richard dejó de escuchar.

Durante el resto de mi vida tendré que oír que nos ha salvado la vida, a Sandra, al niño y a mí...

Experimentó un súbito anhelo de encontrarse de nuevo en Jade, tumbado al sol con Sandra y Stephen, sin ningún problema. Sus sentidos volvieron a captar la voz de su suegro.

—...un gran fraude. La gente compraba sus granjas sin saber que el planeta no era apto para la vida animal. Siempre he dicho que hay que mirar donde se pisa...

Afortunadamente, volvió a resonar la voz del Dr. Svenson, y Richard, que había vuelto a sumirse en un estado de apatía, realizó un gran esfuerzo para comunicarse con él.

—¿Qué tenía Jade de malo? —inquirió.

—¿Ha oído lo que ha dicho su suegro, que el planeta no es apto para la vida animal? Es verdad, y la Compañía de Explotación debió darse cuenta inmediatamente, al no encontrar ningún animal en el curso de sus primeros reconocimientos. Yo no soy bio-ecólogo, pero me han dicho que el problema de Jade tiene algo que ver con la rígida composición de las moléculas orgánicas básicas, las cuales no se desintegran al ser ingeridas por el sistema humano. De modo que al ingerir esas moléculas en forma de alimento, las células del cuerpo humano son reemplazadas gradualmente por células típicas de Jade, de composición fundamentalmente vegetal. Los movimientos del cuerpo humano se hacen más lentos, lo mismo que las ideas, en tanto que las máquinas parecen moverse con excesiva rapidez. El proceso se acelera rápidamente. Pero el efecto más interesante se produce en la fase final, cuando la alimentación tiene lugar por fotosíntesis. Llega un momento en que la nutrición se obtiene exclusivamente de los rayos solares. Entonces empieza a cambiar la estructura del cuerpo, y aparecen raíces en los pies, exigiendo ser enterradas en suelo húmedo...

Richard luchó con sus rígidos músculos, tratando de moverse.

—Quiero ver a mi esposa y a mi hijo —murmuró débilmente.

—¡Estupendo! —dijo el doctor Svenson—. No deje de pensar, no deje de hablar. Y, sobre todo, procure moverse. Nosotros no podemos someterle a unos ejercicios adecuados, debido al estado de sus músculos: sólo usted puede ayudarse a sí mismo. Lo único que podemos hacer es mantener en movimiento su corriente sanguínea, y administrarle anticoagulantes en dosis masivas. ¿Quiere ver a su esposa y a su hijo? Vuélvase. Sin ayuda de nadie.

Richard hizo girar su cuerpo pulgada a pulgada, hasta quedar boca arriba. A continuación volvió, lentamente la cabeza, luchando contra la rigidez de los músculos del cuello. Al cabo de un espacio de tiempo que le pareció interminable, vio a Sandra que le miraba desde la cama contigua.

—Hola, Dick —susurró Sandra, esforzándose por sonreír.

Y Richard la comprendió sin necesidad de una máquina de traducción. Habló con ella y ya no se sintió solo. Llegó la noche y pasó. Y pasaron otras en rápida sucesión, y los cabellos de Sandra volvían a ser castaños y el color amarillento se estaba borrando de su piel.

Al contemplarla tendida en la cama de hierro de la habitación rectangular, Richard recordó claramente la última vez que la había visto, de pie, en frente de él, en Jade, con Stephen agachado a sus pies, inmóvil. Veía de nuevo la esbelta forma de su cuerpo, la serena e inmutable expresión de su rostro, el ocasional ondear de sus cabellos agitados por la brisa... y el doloroso recuerdo de aquella escena intemporal le hizo experimentar la sensación de que había perdido algo.

Pero más allá del verde sedoso de los cabellos de Sandra pudo ver los cuatro árboles que se erguían delante de la casa contigua a la suya. Y entonces supo a ciencia cierta lo que había sido de los McGowan.

Y la encantadora sonrisa en el rostro de Sandra mientras yacía en el lecho del hospital le dijo que la inmortalidad tenía sus inconvenientes.