III
Había cometido un error. Nunca debió mencionar que escuchaba a las estrellas. La entrevista había discurrido bien hasta aquel momento. Thorne no le había creído, desde luego, pero estaba intrigado, le habría escuchado más y habría efectuado algunas investigaciones por su cuenta.
La culpa la tenía su obsesión por el ser de la piedra. El pasado no era nada: lo importante era el ser que estaba en la piedra, y para hablar de ello, para explicar cómo sabía que estaba allí, tenía que contar que escuchaba a las estrellas.
Debió contener su lengua, se dijo Daniels a sí mismo. Pero se había encontrado con un hombre que, a pesar de sus dudas, le había escuchado sin reírse; y, en su gratitud, Daniels había hablado más de la cuenta.
La mecha de la lámpara de petróleo instalada sobre la mesa de la cocina reflejaba las corrientes de aire que penetraban por las rendijas de las ventanas. Se había levantado un fuerte viento que sacudía la casa con sus soplos racheados. En uno de los ángulos de la habitación el fuego crepitaba amistosamente en el hogar, en respuesta al viento que barría la parte superior de la chimenea.
Thorne había mencionado a un neuropsiquiatra, recordó Daniels, y quizás era ese el tipo de hombre al cual debió acudir. Tal vez antes de tratar de interesar a alguien en lo que él podía ver u oír, debería realizar un esfuerzo para descubrir por qué y cómo podía oír y ver aquellas cosas. Un hombre que estudiaba el funcionamiento del cerebro y de la mente podía aportar nuevas respuestas... si es que existían respuestas que dar.
¿Era posible que el golpe que había recibido en el cerebro hubiese desarrollado en él nuevas capacidades, poniendo de manifiesto facultades latentes que tal vez llegarían a desarrollarse en el hombre por la vía evolutiva en el curso de los próximos milenios?
Era una explicación, poco racional, pero posible. Sin embargo, un experto en la materia podría tener alguna otra explicación...
Daniels apartó su silla de la mesa y se acercó a la estufa. Levantó la tapadera y vio que la leña se había consumido, dejando un ardiente rescoldo. Metió un par de leños dentro y tapó la estufa, diciéndose a sí mismo que un día tendría que poner el horno en estado de funcionamiento.
A continuación se dirigió hacia el porche, mirando hacia las colinas. El viento soplaba del norte, silbando alrededor de las esquinas de la casa y resonando en las hondonadas que descendían hasta el río, pero el cielo estaba claro, recién barrido por el viento y tachonado de estrellas parpadeantes.
Alzando la mirada a las estrellas, Daniels se preguntó qué podrían estar diciendo, pero no trató de escuchar. Escuchar a las estrellas exigía un gran esfuerzo y una intensa concentración. Las había escuchado por primera vez una noche como aquella, de pie allí en el porche y preguntándose qué podrían estar diciendo, preguntándose si las estrellas hablaban entre sí. Una idea absurda, lo sabía, tan idealmente absurda como la creencia de un niño en Santa Claus. Pero escuchó y oyó, y aunque quedó asombrado no cabía duda de que en alguna parte otros seres estaban conversando. No con palabras, desde luego, sino con algo (pensamientos, quizás) tan evidente como las palabras. Y no era todo comprensible —en realidad, la mayor parte resultaba incomprensible—, posiblemente porque no estaba capacitado para comprender. Se comparó a sí mismo con un aborigen australiano escuchando la conversación de un par de físicos nucleares discutiendo una nueva teoría.
Poco después de aquello, mientras exploraba la cueva de Cat Den Point, había captado el primer indicio del ser enterrado en la piedra. Tal vez, pensó, si no hubiese escuchado a las estrellas, si no hubiese sabido que podía escuchar a las estrellas, si no hubiese educado su mente en la escucha, no hubiera oído al ser enterrado en la piedra.
Se quedó mirando a las estrellas y escuchando al viento al otro lado del río, en la carretera que discurría sobre las lejanas colinas, captó el leve resplandor de los faros de un automóvil que avanzaba a través de la oscuridad nocturna. El viento amainó por un instante, como reuniendo fuerzas para soplar con más intensidad, y durante aquella breve pausa Daniels oyó otro sonido: el sonido de un hacha golpeando madera. Escuchó atentamente y el sonido llegó de nuevo, aunque tan mezclado con el del viento que no pudo estar seguro de su dirección.
Se habría equivocado, pensó. Nadie podía estar al aire libre y cortando leña en una noche como aquella. Los cazadores de mapaches podían ser la respuesta. Los cazadores de mapaches derriban a veces un árbol para capturar un ejemplar oculto entre las ramas. Algo poco deportivo, muy propio de Ben Adams y de sus hijos. Pero aquella no era noche para cazar mapaches. El viento no permitía a los perros localizar el rastro. Las noches tranquilas eran las mejores para la caza del mapache. Y nadie sería tan estúpido como para cortar un árbol en una noche de viento, sabiendo que una ráfaga podía hacerlo caer sobre los que lo cortaban.
Daniels tendió de nuevo el oído, pero el viento volvía a soplar con más fuerza, si cabe, ahogando con sus rugidos cualquier otro sonido.
El día siguiente amaneció tranquilo y gris. El viento no era más que un leve susurro. Daniels se había despertado una vez durante la noche para oír cómo el viento aullaba lúgubremente en las hondonadas que descendían hasta el río. Pero cuando volvió a despertar todo estaba tranquilo y el alba griseaba en las ventanas. Una vez vestido y fuera de la casa, encontró un paisaje apacible: el cielo nublado, el aire fresco, la atmósfera como recién lavada... El follaje otoñal que vestía las colinas tenía ahora un brillo más intenso incluso que a la luz del sol.
Después de desayunar, Daniels se encaminó a las colinas. Mientras descendía la ladera en dirección a la primera hondonada, se encontró a sí mismo deseando que no se produjera el cambio geológico. Sabía que la raíz del fenómeno se encontraba en su cerebro, pero desconocía el mecanismo que ponía en marcha su nueva capacidad. Desde luego, el fenómeno era fortuito e involuntario. Daniels no ejercía ningún control sobre él; ningún control consciente, al menos. A veces había tratado de utilizarlo, de provocar el cambio geológico... y siempre había fracasado. O no sabía manejarlo adecuadamente, o era realmente fortuito.
Confiaba en que hoy su capacidad no ejercitaría su opción, ya que deseaba andar por las colinas que habían asumido uno de sus aspectos más atractivos, llenas de suave melancolía, con todas sus asperezas suavizadas por lo agrisado de la atmósfera, con los árboles erguidos silenciosamente como viejos y pacientes amigos esperando su llegada, con las hojas muertas apagando el rumor de las pisadas...
Descendió a la hondonada y se sentó sobre un tronco caído al lado de un arroyo cantarín. Allí, en mayo, habían florecido las caléndulas, y las laderas de las colinas habían estado cubiertas de tréboles dorados. Pero ahora habían desaparecido. El invierno estaba muy próximo.
En este lugar, pensó Daniels, un hombre andaba con los fantasmas de una estación. Así había ocurrido durante un millón de años, o más, aunque no siempre. Durante muchos millones de años, aquellas colinas y todo el mundo habían gozado de un verano perpetuo. Y quizás diez mil años antes, una pared de hielo de una milla de altura había llegado muy cerca, lo bastante cerca quizás como para poder ser vista desde el lugar en que ahora se levantaba la casa de Daniels; pero incluso entonces, aunque la temperatura fuese más baja, se habían sucedido las estaciones.
Poniéndose en pie, Daniels reanudó su descenso, siguiendo el angosto sendero practicado por las vacas en una época en que abundaban en la región. Daniels se maravilló, como se maravillaba siempre que pisaba uno de aquellos senderos, del sentido de la ingeniería que revelan las vacas al escoger un terreno sobre el cual abrirán un camino.
Se detuvo un poco más allá del enorme chaparro blanco que se erguía en un recodo del camino, para echar una mirada a la capuchina gigante que había venido observando a través de los años. Su caperuza verde-púrpura había emblanquecido por completo, dejando únicamente el racimo de frutos escarlata que en los duros meses que se avecinaban servirían de alimento a los pájaros.
A medida que el sendero se prolongaba, se hundía más profundamente entre las colinas, y aquí el silencio se hacía más intenso y las sombras grises se espesaban hasta convertir el lugar en un mundo casi cerrado.
Allí, al otro lado del lecho del arroyo, estaba la caverna. Su buche amarillo se abría debajo de un retorcido cedro. Allí, en primavera, él había contemplado los juegos de las crías de zorro. Desde muy lejos llegaba el graznido de los patos en la hondonada del río. Y en la empinada ladera de la colina se abría la Cat Den Point, la caverna labrada por la lenta acción del viento y del tiempo en la roca del acantilado.
Pero algo era anormal.
De pie sobre el sendero y mirando hacia la colina, Daniels captó la anormalidad, aunque al principio no supo exactamente en qué consistía. La fachada del acantilado era visible ahora, y faltaba algo en ella. Súbitamente, Daniels se dio cuenta de que el árbol ya no estaba allí: el árbol que durante años habían utilizado los gatos monteses para trepar hasta la cueva después de una noche de merodeo, y que más tarde habían aprovechado los humanos que, como él mismo, querían asomarse a la guarida del gato montes. Los animales, desde luego, ya no estaban allí: hacía muchos años que no estaban allí. En la época de la colonización habían sido cazados hasta casi el exterminio, debido a que en ocasiones exhibieron la mala costumbre de devorar una oveja. Pero la evidencia de que habían ocupado la cueva podía ser encontrada aún por cualquiera que se tomara el trabajo de echar una mirada a ella. Cerca de la entrada, huesos y cráneos de pequeños mamíferos daban fe del alimento que los gatos monteses habían procurado a sus crías.
El árbol era viejo y retorcido y había permanecido allí, quizás, por espacio de varios siglos, sin que a nadie pudiera ocurrírsele cortarlo, ya que no tenía ningún valor como madera, retorcido como estaba. Y en cualquier caso hubiese resultado imposible sacarlo de allí. Sin embargo, la noche anterior, cuando se había asomado al porche, a Daniels le había parecido oír, mezclado con el aullido del viento, el sonido de un hacha contra la madera... y hoy el árbol había desaparecido.
Sin dar crédito a sus ojos, trepó por la ladera tan aprisa como pudo. En algunos lugares, la ladera era tan empinada que formaba un ángulo de casi cuarenta y cinco grados, y Daniels tenía que avanzar sobre sus manos y rodillas, poseído por un ilógico temor de que en todo aquello hubiera algo más que la simple desaparición de un árbol.
Ya que era en la cueva del gato montes donde podía oírse al ser enterrado en la piedra.
Podía recordar la primera vez que había oído al ser, y aquel día no había dado crédito a sus sentidos. Ya que había estado seguro de que el sonido procedía de su propia imaginación, había nacido de sus paseos con los dinosaurios y su escuchar a las estrellas. No había sucedido la primera vez que trepó al árbol para alcanzar la cueva-que-era-una-guarida. Antes estuvo allí varias veces, encontrando una perversa satisfacción al descubrir tan inesperado refugio. Se sentaría en el borde rocoso que discurría por delante de la cueva, contemplando la capa de follaje que cubría la ladera de la colina, permitiendo divisar el remanso que formaba el río en la parte llana de la hondonada. El río no era visible desde allí: para verlo, había que subir a una altura superior.
A Daniels le gustaban la cueva y el borde rocoso porque le proporcionaban aislamiento, un lugar apartado del mundo, donde él podía contemplar una diminuta parcela de aquel mismo mundo pero nadie podía verle a él. Esta sensación de apartamiento del mundo había atraído a los gatos monteses, se dijo Daniels a sí mismo. Y aquí, para ellos, no sólo había aislamiento, sino también seguridad. Y especialmente seguridad para sus crías. El único modo de llegar a la cueva era trepando por el árbol.
Daniels había oído al ser por primera vez cuando se había arrastrado hasta la parte más profunda de la cueva para maravillarse ante los pequeños montones de huesos y los roídos cráneos que sirvieron de festín a las crías de gato montes, tal vez un siglo antes. Acuclillándose donde en otro tiempo se habían acuclillado los gatitos monteses, había notado que la presencia ascendía hasta él desde la profundidad rocosa, muy por debajo del lugar donde se encontraba. Sólo la presencia, al principio, sólo el conocimiento de que allá abajo había algo. Al principio se había mostrado escéptico; más tarde llegó a creer; y con el tiempo, la creencia se había convertido en absoluta certeza.
No podía recordar ninguna palabra, desde luego, ya que nunca había oído ningún sonido real. Pero la inteligencia y el conocimiento llegaron deslizándose a través de su cuerpo, a través de sus dedos posados sobre el suelo de roca de la cueva, a través de sus rodillas, que también se apretaban contra la roca. Lo absorbió sin oír, y cuanto más absorbía más convencido estaba de que en las profundidades de la piedra caliza, enterrada en una de las capas, estaba atrapada una inteligencia. Y finalmente llegó el momento en que pudo captar fragmentos de pensamientos: algo vivo y sensible enquistado en la roca.
Al oírlo, no comprendió nada. Aquella misma falta de comprensión resultaba significativa. De haber comprendido, podría haber atribuido su descubrimiento a su imaginación. Tal como habían sucedido las cosas, Daniels no poseía ningún conocimiento que pudiera haber servido de trampolín para imaginar todo aquello. Tenía conciencia de unas enmarañadas relaciones vitales que carecían de sentido, que no podían ser comprendidas, pero que yacían en diminutos y complicados fragmentos de afrentosa (aunque sencilla) información que ninguna mente humana podía aceptar del todo. Y Daniels llegó a conocer la vacía concavidad de distancias tan vastas que la mente ni siquiera se atrevía a imaginar, y el desnudo vacío en el cual debían extenderse aquellas distancias. Ni siquiera cuando escuchaba a las estrellas había experimentado tales devastadores conceptos del otro-donde-y-cuando. Había otra información, retazos y fragmentos que Daniels intuía levemente que podían encajar en el conocimiento del género humano. Pero nunca encontró los suficientes para descubrir las ranuras adecuadas para su inserción en la masa del conocimiento del género humano. La mayor parte de lo que captaba estaba, sin embargo, más allá de su capacidad de comprensión, y quizás más allá de la capacidad de comprensión de cualquier humano. Pero, incluso así, su mente lo captaría y lo retendría en toda su incomprensibilidad, para mezclarlo con sus pensamientos humanos.
Ellos —o ello— no trataban de hablar con él, Daniels lo sabía. indudablemente, ellos —o ello— ignoraban que existiera una cosa llamada hombre. Pero si el ser —o los seres: a Daniels le resultaba más fácil utilizar el singular— estaba pensando, sencillamente, o hablaba consigo mismo en su soledad... o trataba de comunicarse con alguien que no era Daniels, era algo que él no podía determinar.
Pensando en ello, sentado en el borde rocoso delante de la cueva, había tratado de hacer lógico su hallazgo, de descubrir un modo de explicar la presencia del ser. Y aunque no podía estar seguro de ello —en realidad, no disponía de ningún dato en apoyo de su creencia—, llegó a pensar que en una remota era geológica, cuando sobre aquella región se extendía un mar poco profundo, una nave procedente del espacio había caído en el mar para quedar profundamente enterrada en el fango que los milenios posteriores habían endurecido hasta convertirlo en piedra caliza. De modo que la nave había quedado atrapada y continuaba allí. Se daba cuenta de los fallos que tenía su razonamiento: entre otras cosas, la presión necesaria para el endurecimiento de la piedra habría sido tan grande como para aplastar cualquier nave, a menos de que estuviera construida con algún material fuera del alcance de la tecnología del hombre.
¿Un accidente, se preguntaba, o un modo de ocultarse? ¿Atrapado, o un plan premeditado? Daniels no disponía de ningún medio para averiguarlo, y todas las especulaciones resultaban absurdas, ya que tenían que apoyarse en suposiciones desprovistas de toda base.
Subiendo a gatas por la ladera de la colina, llegó finalmente al punto desde el cual pudo ver que, efectivamente, el árbol había sido cortado. Había caído ladera abajo por espacio de unos treinta pies, hasta que sus ramas se engancharon con los troncos de otros árboles. El tocón, con su madera blanca brillando en la atmósfera grisácea, revelaba que había sido atacado con un hacha, para rematar la tarea con una sierra. Junto al tocón veíanse unos montoncitos de serrín parduzco. Una sierra manejada por dos hombres, pensó Daniels.
Desde donde se encontraba, la colina descendía en un brusco ángulo, pero delante de él, al otro lado del tocón, había un curioso montículo que destacaba en la lisa ladera. En una época remota, probablemente, grandes masas de piedra se habían desprendido de la fachada del acantilado para amontonarse en su base y quedar tapadas con el paso del tiempo por la maleza del bosque. En la cima del montículo crecían unos abedules: sus blanquecinos troncos semejaban fantasmas junto a lo oscuro de los otros árboles.
Cortar el árbol, volvió a decirse Daniels a sí mismo, había sido algo inútil y absurdo. El árbol no tenía ningún valor especial y sólo servía como camino para llegar a la cueva. ¿Sabría alguien, se preguntó, que él lo utilizaba para alcanzar la cueva y lo habría cortado maliciosamente? ¿O habría alguien, quizás, ocultado algo en la cueva y había cortado el árbol para que nadie pudiese llegar hasta ella?
Pero, ¿quién podía tenerle tanta antipatía como para salir de noche, en medio de un furioso viento, trabajando a la luz de una linterna, arriesgando su vida, para cortar el árbol? ¿Ben Adams? Ben estaba resentido porque Daniels no le permitía cazar en sus tierras, pero esto no era motivo suficiente para que se hubiera tomado tantas molestias.
La otra alternativa —la de que algo oculto en la cueva hubiese provocado la destrucción del árbol— parecía más probable, aunque el hecho mismo de cortar el árbol había de servir para llamar la atención sobre el lugar.
Daniels sacudió la cabeza, intrigado. Luego se le ocurrió un medio para encontrar algunas respuestas. El día era joven aún y él no tenía otra cosa que hacer.
Empezó a trepar por la colina, dirigiéndose hacia su granero para recoger un trozo de cuerda.