NADIE VIVE EN LA BURTON STREET

Gregory Benford

Greg Benford llamó la atención y se ganó numerosos elogios con uno de sus primeros relatos, Más profundo que la oscuridad, el cual utilizó como base de una novela del mismo título, publicada el año pasado por Ace Books. Aquí nos ofrece una breve y vigorosa viñeta de nuestro posible futuro.

Estaba de pie junto a uno de nuestros puestos de mando provisionales, escarbándome los dientes después de desayunar y hablando con Joe Murphy cuando nos llegó el primer parte de Disturbios Domésticos.

Hacía un mes que la primavera había perdido su floración y ahora era verano: cálido, pegajoso, la clase de tiempo que le deja a uno con una media luna de sudor en los sobacos antes de que haya tenido ocasión de terminar su café con leche matutino. Un verano como éste significa siempre más problemas. Éste parecía el peor que he visto desde que estoy en la Fuerza.

Sabíamos que estaban en la zona, avanzando hacia nosotros. Nuestro equipo de comunicaciones no había parado un minuto durante la última media hora, obteniendo datos sobre su dirección, solicitando instrucciones a las computadoras acerca del mejor modo de manejarlos cuando llegaran aquí.

Miré hacia abajo. Al final de la calle había un grupo de tiendas semipermanentes y el buzón de correos. El buzón me molesta: no debería estar allí.

Desde el otro extremo de la Burton Street me llegaba el rumor apagado de la multitud.

De modo que cuando nos estábamos preparando, Joe empezó a rezongar acerca de no sé qué pagos del Snocar. Yo le escuchaba con un oído, y con el otro atendía a los ruidos de la multitud.

—Y no es sólo eso —dijo Joe—. Es la vecindad, y la escuela y todo lo que hay a mi alrededor.

—Todo el mundo está equivocado, menos Murphy, ¿eh? —dije, sonriendo.

—No es eso. Me conoces lo suficiente para saber que no es eso. Lo que pasa es que nadie va a ninguna parte. Sí, todos tenemos empleos, pero la mayoría de ellos son simples pretextos para mantenernos ocupados.

—Para obtener un verdadero trabajo son precisos una serie de conocimientos —dije, hablando en serio. Me gusta mi empleo, y es mejor que la mayoría, pero no vamos a engañarnos a nosotros mismos pretendiendo que desempeñamos una tarea altamente especializada. Joe y yo somos unos tipos vulgares.

—De todos modos, la cosa te ha dado muy de repente —añadí—. siempre te has tomado las cosas con mucha calma.

Joe se encogió de hombros.

—Es posible. Pero mi mujer no para de decirme que tenemos que mudarnos de barrio y que tendría que ganar más dinero. Desde hace una temporada le ha dado por pelearse con los vecinos.

Joe parecía un poco avergonzado de sus propias palabras.

—¿Más dinero? Diablo, tienes todo lo que necesitas, todos lo tenemos. Hay muchas personas en peores condiciones que tú. Mira a todos esos piojosos africanos, viviendo prácticamente de la nada.

Me disponía a seguir hablando, a incordiar a Joe diciéndole que he sido más listo que él al no casarme, pero me interrumpí. Ya he dicho que durante todo aquel tiempo uno de mis oídos estaba pendiente de la multitud. Siempre puedo decir cuándo un grupo ha cambiado de dirección como una manada de lobos que ha salido de caza, y cuando se produjo aquel extraño silencio y duró alrededor de cinco segundos, supe que se encaminaban hacia nosotros.

—¡Scott! —le aullé a nuestro hombre de comunicaciones—. Haz una última llamada y cierra el contacto.

Murphy dejó de hablarme de sus problemas y escuchó a la multitud durante un minuto, como no la había escuchado antes, y luego echó a correr hacia los AnCops que hacíamos apostado en el camión, abajo. Todos estaban preparados, pero a Joe le gusta hacer una revisión final y tal vez tener la oportunidad de leer cualesquiera instrucciones que Scott reciba en el último momento.

Tiré el mondadientes y eché una última mirada a mis goznes de volumen constante para asegurarme de que el plastiform a prueba de balas encajaba adecuadamente y no dejaría pasar nada a través de él. Scott llegó con los diagnósticos de la HQ. La compilación de la computadora era clara y desorientadora, como siempre. Tomé nota de los índices aproximados que había recogido de la multitud que se dirigía hacia nosotros. Los mejores indicios —y eso es todo lo que uno obtiene, amigos, un indicio— señalaban un montón de Trastornos Psíquicos y Prejuicios Raciales. También había un número bastante elevado de Parados. En la ciudad teníamos una cantidad cada vez mayor de Parados, y a la Fuerza le resultaba muy difícil manejarlos. Solían estar lo bastante locos como para escupir. Y lo rompían todo.

Garabateé un OK en el margen y se lo devolví a Scott. No podía entretenerme leyéndolo todo: hasta mis oídos llegaban ahora gritos individuales y ruidos de cristales rotos. Eché hacia abajo el visor de mí casco y puse en marcha mi audio exterior. Iba a asarme de calor, pero no soy tan zoquete como para cargar con un acondicionador de aire encima del resto de mi equipo.

Eché una mirada a la calle en el preciso instante en que un grupo de un centenar de personas, aproximadamente, doblaba la esquina dos manzanas más abajo, extendiéndose como una sucia ola gris. Me asomé por encima del borde del edificio y advertí a Murphy para que empezara con tres AnCops. Tuve que extender tres dedos para que me entendiera, porque el ruido de la multitud se había hecho muy intenso. Consulté mi reloj. Diablo, no eran aún las nueve de la mañana.

Scott descendió por la escalera que habíamos adosado al edificio. Yo bajé detrás de él. No era un buen observatorio, desde luego: se ofrecía un blanco demasiado bueno. Recogimos a Murphy, que llevaba nuestros tableros de control. Los tres cruzamos la avenida y nos dejamos caer detrás de una corta valla para echar una mirada a la calle.

La mayoría de ellos estaban gritando a pleno pulmón, como si nunca les faltase el aire, agitando lo que tenían a mano y disolviéndose gradualmente en unidades más pequeñas. Los más rápidos acababan de llegar a los primeros edificios.

Un negro muy alto se acercó trotando hacia nosotros, moviéndose como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Se paró delante de una barbería, arrojó rápidamente algo a través del escaparate y ¡bum! Las llamas lamieron la parte superior del escaparate, extendiéndose con rapidez.

Un anciano recogió algunas piedras y empezó a arrojarlas metódicamente a través de los escaparates más pequeños de las tiendas contiguas. Una ama de casa, andando con dificultad a causa de sus altos tacones, blandía un pesado martillo. Entró en la barbería, pero al parecer no encontró nada que mereciera su atención ya que volvió a salir inmediatamente. El negro sonrió y señaló el cilindro-emblema de la barbería a uno de los lados del escaparate, todavía girando, y la mujer le propinó un martillazo que envió cristales rotos a diez metros de distancia.

Me volví y miré a Murphy.

—¿Todo a punto?

Joe asintió.

—Todo a punto.

La agencia de viajes contigua a la barbería tenía las paredes de hormigón, de modo que no podían incendiarla. Cinco hombres se lanzaron contra la puerta, y al tercer intento consiguieron derribarla. Unos instantes después un enorme cartel anunciador salió volando por una de las ventanas que daban a la calle, seguido por una pata de sillón. Probablemente hacían todo lo que podían, pero sin herramientas adecuadas encontraban dificultades para romper los muebles.

—De acuerdo —dije—. Vamos a soltar los primeros AnCops.

El acre olor del humo llegaba hasta nosotros, pero mis filtradores de aire cuidarían de eliminarlo. Sin embargo, no servían para eliminar el sudor humano, y yo iba a pasar el día entero encerrado dentro de mi equipo.

Nuestro primer carro dobló la esquina, avanzando a una velocidad excesiva. Miré a Murphy, que controlaba el carro, pero estaba demasiado ocupado tratando de eludir a la gente agrupada en la calle. No cabía duda de que el estado de Joe no era normal. Algo le impedía concentrarse en su tarea.

Estaba convencido de que el carro iba a volcar y a provocar un barullo, pero por fortuna se mantuvo en la vertical lo suficiente para que el conductor pisara el freno a fondo. El largo chirrido de los neumáticos sobre el asfalto hizo volver las cabezas de casi todos los componentes de la multitud, y antes de que el carro se parase del todo empezaron a avanzar hacia el vehículo. Murphy pulsó otra tecla y el AnCop sentado junto al conductor empezó a disparar contra un individuo que estaba en la acera tratando de encender un cóctel Molotov. El AnCop utilizaba algo que sonaba como un rifle de repetición. El individuo le miró por espacio de un segundo antes de desaparecer en el interior de una ferretería.

El carro empezó a recogerlo todo: ladrillos, muebles rotos, mercancías de las tiendas. Algo pesado hizo añicos el parabrisas y el conductor se apartó demasiado tarde para evitar que su mano izquierda quedara aplastada por una botella. Una figura apareció en lo alto de la ferretería —parecía el individuo de la acera— y tomó impulso para lanzar algo a la calle.

Se oyó un ruido de cristales rotos y un rojo círculo de llamas brotó delante mismo del carro, envolviéndolo al mismo tiempo en una nube de humo. Murphy tendría que operar a ciegas: el carro se había hecho invisible.

Un mozalbete con un pesado rifle salió de un portal, agachado como en una película del Oeste. Disparó dos veces, con mucha rapidez y mucha puntería, contra la ventanilla del carro. El patrullero se disponía a apearse del carro y uno de los disparos le alcanzó en pleno rostro, derribándole sobre el asfalto.

Una mancha rojiza se formó alrededor de su cabeza, aumentó rápidamente de tamaño y discurrió hacia la alcantarilla. Resonaron unos gritos de júbilo y el mozalbete corrió hacia el cadáver, se inclinó y le arrancó la chapa que llevaba prendida al pecho. Elevándola por encima de su cabeza, gritó: «¡Un recuerdo!» Estallaron unas risotadas.

Miré a Murphy de nuevo y él me miró a mí; le hice una seña para que avisara a los bomberos, pasando el control a mi tablero. Scott estaba ocupado hablando a su grabadora, tomando notas para el informe posterior. Cuando Murphy se acercó a él, interrumpió su tarea y conectó la radio para llamar a las unidades contra incendios.

Para entonces, la mayor parte de la Burton Street estaba ardiendo. Todo lo que se veía tenía un tinte anaranjado. La multitud estaba avanzando hacia nosotros, perdido ya su interés por los AnCops, pero ya lo habíamos previsto así. Los bomberos no tardaron en presentarse. Llevaban una manguera normal, ya que se trataba de un grupo de tamaño medio y no podíamos utilizar un coche-bomba y todos los extras. Pero llevaban los habituales uniformes rojos. Desde lejos, nadie hubiese dicho que no eran bomberos de verdad.

Sus cintas de subrutina habían vuelto a embrollarse. En vez de apuntar a la barbería o a cualquier otra tienda que estuviera ardiendo, volvieron la manguera hacia una papelería que nadie había tocado aún. Eran tres. La multitud se había parado un momento para ver lo que pasaba.

Cuando el agua salió disparada de la manguera, rompió el cristal del escaparate de la papelería y empezó a inundar el interior de la tienda, los bomberos compusieron el cuadro más cómico que imaginarse pueda. La multitud rió, como era de esperar, y observé que la mayoría de sus componentes se alejaban en dirección a otra zona.

Sin embargo, al cabo de un par de minutos las risas se interrumpieron. Un individuo que por su aspecto tenía que haber nacido loco, cogió un hacha de alguna parte y la descargó sobre la manguera. No la alcanzó en el primer intento pero la gente se arremolinó para ver lo que iba a pasar, y supongo que el individuo se creyó en la obligación de seguir adelante. Incluso bajo presión, una manguera del servicio contra incendios no resulta fácil de cortar. Pero el individuo insistió, y a la cuarta tentativa consiguió lo que se proponía: un chorro de agua brotó con fuerza de la abertura practicada por el hacha —tuve la impresión de que resultaría difícil de reparar— y casi se estrelló contra la Cara de aquel individuo.

La multitud volvió a reír, ya que el tipo del hacha saltó precipitadamente hacia atrás, muy asustado. Desde luego, un chorro de agua estrellándose contra la cara a aquella velocidad no es cosa de broma.

El bombero que sostenía la manguera a poca distancia de allí no había prestado ninguna atención a lo sucedido, porque no estaba programado para hacerlo, de modo que cuando el individuo se repuso del susto se acercó al bombero y le golpeó en la espalda con el hacha.

La cosa se estaba calentando. No consideré oportuno modificar el programa, de modo que al cabo de unos instantes todos los bomberos habían quedado fuera de servicio. Una anciana —probablemente con la salud quebrantada— pidió prestada el hacha un momento para separar los brazos y las piernas del tronco de un bombero. Luego, con aire satisfecho, se alejó con el resto de la multitud.

Me incorporé, alcé mi visera y les contemplé mientras descendían calle abajo. Tomé mi lanzagranadas y lo cargué con un cartucho de gas de baja presión, para darles prisa.

El viento soplaba lateralmente, de modo que el gas se esparció en gran parte por las calles laterales. Era mejor así: me evitaría alguna reclamación de alguien que de otro modo podía haber quedado expuesto por demasiado tiempo a los efectos del gas.

Scott estaba ocupado enviando órdenes a fin de que el turno de la tarde contara con el correspondiente repuesto de AnCops y de bomberos, pero esto no sería problema. Y los daños habían sido mínimos, teniendo en cuenta la magnitud que podían haber alcanzado.

—¿Puedo avisar a la brigadilla? —inquirió Murphy.

—Desde luego. Ese grupo no volverá. Tenían ya aspecto de cansancio.

Se dirigían a la zona de Horton, tres manzanas más allá.

Un camión llegó a la avenida y de él descendieron dos individuos vestidos con un mono que empezaron a recoger los androides, apagando los fuegos al mismo tiempo. Al cabo de una hora lo habían dejado todo en orden, incluso la barbería prefabricada.

—Es absurdo —dijo Murphy.

—¿Eh?

—Todo este jaleo —agitó una mano, recorriendo con ella la Burton Street—. Construir todo esto para que esos individuos puedan volver a destrozarlo parece un despilfarro.

—¿Un despilfarro? —dije—. Es la mejor inversión que hayas podido ver. ¿Cuántas personas había en el último grupo... doscientas? Cada una de ellas va a quedarse quieta semanas enteras, vanagloriándose de haber liquidado a un polizonte o haberle pegado fuego a un edificio.

—De acuerdo, de acuerdo. Si sirve para algo, supongo que el precio es rentable.

—¡Lo es! Lo sabes perfectamente. Si no lo fuera, no se aplicaría el sistema. Esos individuos acuden a la computadora-psiquiatra para que determine la clase de acción que necesitan para contrarrestar las agresiones psíquicas de que han sido objeto. Y todo este jaleo, que dices tú, representa para ellos una liberación.

—No sé... Los Consejeros dicen que las computadoras-psiquiatras, las exploraciones mentales y las drogas son una in...

—¿Invasión de intimidad?

—Sí —dijo Murphy hoscamente.

—¿Intimidad? ¡Las computadoras-psiquiatras sirven a la salud pública! ¡Forman parte del bienestar social! No hay que acudir a un individuo que le cobra a uno una fortuna por hacerle tender en un diván y hablar con él. El gobierno proporciona un remedio mejor. ¡Y gratuitamente!

Murphy me miró de un modo muy raro.

—Desde luego. Tendré que hacerme una revisión un día de estos. Tal vez sea lo que necesito.

Procuré quitarle hierro al asunto.

—Bueno, yo no lo haría, Joe. El hecho de que un hombre se deje dominar por sus preocupaciones de cuando en cuando no significa que necesite ayuda profesional. No te dejes impresionar. Olvídalo.

Joe estaba perfectamente, pero incluso un tipo como yo, que nunca he estado casado, tiene sus momentos de depresión. A Joe le empujaba su mujer, la cual no se sentía satisfecha con lo que tenía.

Era un error, desde luego. Los tipos como Joe no pueden ir a ninguna otra parte. Desconocen las computadoras, la automación. No pueden hacer carrera en el Ejército. La presión de su esposa era un mal asunto para él.

Los superiores como yo se supone que deben interesarse por el personal a sus órdenes. Pero el problema no era Joe.

Tomé nota mentalmente de que debía enviar a la mujer de Joe a la computadora-psiquiatra.

—De acuerdo —dijo Murphy, quitándose el casco—. Voy a preparar los AnCops para el turno siguiente.

Le contemplé mientras se alejaba. Era un buen chico. Me disgustaría perderle.

Eché a andar hacia nuestro centro permanente de operaciones para informar. Al cabo de unos instantes decidí que lo mejor sería incluir también a Joe en la revisión, por si las moscas. No quiero que nadie pueda llamarme la atención por un descuido.

Joe será más feliz, trabajará mejor. Yo me siento mucho mejor desde que pasé por la computadora-psiquiatra. Ahora tengo un buen empleo, trabajando en un servicio público, que permite a la gente liberarse de sus complejos agresivos.

Di la vuelta a la esquina al final de la calle, pensando en ir a echar un trago, y vi el buzón de correos. Siempre me fijo en él porque parece fuera de lugar.

En la Burton Street se supone que todo ha de ser completamente realista, pero colocar un buzón de correos resulta un poco absurdo.

¿A quién se le ocurriría prenderle fuego a un buzón de hierro como ese? Nadie se liberaría de un complejo agresivo con ello.

Y, desde luego, no sirve para nada.

Porque en la Burton Street no vive nadie.