II
Javan dijo:
—¿cuántos minutos más tarde?
—Allí están las luces de la Base Submarina.
Demerest no supo localizarlas, de momento. No sabía a dónde mirar. Unos seres luminiscentes habían pasado por delante de las ventanillas, a cierta distancia, y con los focos apagados Demerest había creído que eran la primera señal de la Base Submarina. Ahora no veía nada.
—Allá abajo —dijo Javan, sin señalar; estaba ocupado, frenando el descenso del batiscafo.
Demerest pudo oír el lejano suspiro de los chorros de agua recalentada por la combustión de los motores.
Javan estaba dejando caer también una parte del lastre, diciendo:
—Antes utilizábamos bolas de acero y las dejábamos caer por medio de controles electromagnéticos. Gastábamos hasta cincuenta toneladas de ellas en cada viaje. Los conservadores no veían con buenos ojos que sembráramos el suelo del océano de bolas de acero oxidables, de modo que recurrimos a los nódulos de metal que son extraídos posteriormente desde el bajío continental. Los revestimos de una capa de hierro para que puedan ser manipulados electromagnéticamente, y de este modo no queda nada en el fondo del océano. Y resulta mucho más barato, también. Pero cuando tengamos nuestros batiscafos realmente nucleares, no necesitaremos ningún lastre.
Demerest apenas le oía. Ahora, la Base Submarina era perfectamente visible. Javan había encendido de nuevo los focos y debajo de ellos se hallaba el fangoso suelo del Foso portorriqueño. Reposando sobre aquel suelo como un racimo de perlas igualmente fangosas se alzaba el conglomerado esférico de la Base Submarina.
Cada unidad era una esfera semejante a la que llevaba a Demerest hacia el contacto, pero mucho mayor. A medida que la Base Submarina se extendía, se añadían nuevas esferas.
Y sólo están a cinco millas de casa, no a un cuarto de millón.
—¿Cómo vamos a salir? —inquirió Demerest.
El batiscafo había establecido contacto. Demerest había oído el sonido de metal contra metal, pero inmediatamente después y durante varios minutos el único sonido que se había percibido era una especie de roce mientras Javan permanecía inclinado sobre sus instrumentos.
—No se preocupe por eso —respondió finalmente Javan—. No hay problema. La demora se debe a que tengo que asegurarme de que encajamos perfectamente. Los instrumentos nos dirán cuándo quedamos unidos a la puerta de entrada.
—¿Se abre inmediatamente?
—Se abriría en seguida si hubiese aire al otro lado. Pero lo que hay es agua de mar, y tiene que ser evacuada. Entonces entraremos.
Demerest tomó buena nota de esto.
—¿Por qué agua de mar? —inquirió—. Si es una cámara reguladora de la presión, ¿por qué no la mantienen llena de aire?
—Me dijeron que es una cuestión de seguridad —dijo.
Javan—. Su especialidad. Esta puerta es el punto más débil de todo el sistema, porque se abre y se cierra: tiene goznes, tiene costuras... ¿Sabe lo que significa eso?
—Desde luego —murmuró Demerest.
Veía un fallo lógico aquí, lo cual representaba una posibilidad para él... aunque más tarde.
Inquirió:
—¿Por qué esperamos ahora?
—La cámara está siendo vaciada. Expulsan el agua.
—¿Por medio de aire?
—Ni pensarlo. No pueden permitirse derrochar el aire de ese modo. Se necesitarían mil atmósferas para vaciar la cámara y llenarla de aire de la misma densidad. Lo hacen a base de vapor.
—Comprendo.
Javan dijo:
—Se calienta el agua. Ninguna presión del mundo puede evitar que el agua se convierta en vapor a una temperatura de menos de 374 grados. Y el vapor expulsa el agua de mar a través de una válvula unidireccional.
—Otro punto débil —dijo Demerest.
—Supongo que sí. Pero nunca ha fallado. Ahora está siendo expulsada el agua de la cámara. Cuando el vapor caliente empieza a burbujear en la válvula, el proceso se interrumpe automáticamente y la cámara queda llena de vapor recalentado.
—¿Y luego?
—Luego tenemos todo un océano para enfriarlo. La temperatura desciende y el vapor se condensa. Una vez condensado, puede introducirse aire a la presión de una atmósfera. Y luego se abre la puerta.
—¿Cuánto tiempo tendremos que esperar?
—No mucho. Si se produjera alguna anomalía, sonarían las sirenas. Al menos, eso dicen. Yo no las he oído nunca.
Siguió un breve silencio. Luego se oyó un repentino chasquido y una sacudida simultánea.
Javan dijo:
—Lo siento. Debí advertírselo. Estoy tan acostumbrado a ello, que me olvidé. Cuando se abre la puerta, una presión de un millar de atmósferas al otro lado nos empuja contra el metal de la Base Submarina. Ninguna fuerza electromagnética puede sujetarnos lo suficiente como para evitar esa última oscilación de una centésima de pulgada.
Demerest exhaló un suspiro de alivio.
—¿Todo va bien? —inquirió.
—Las paredes no crujen, si se refiere a eso. Pero el sonido resulta inquietante, ¿verdad? Suena mucho peor cuando salgo y la cámara vuelve a llenarse. No lo olvide.
No lo olvidaré... aunque no creo que vuelva a salir de aquí.
Inquirió:
—¿Vamos a pasar ahora?
—Sí.
La abertura en la pared del batiscafo era pequeña y redonda: más pequeña aún que aquella por la cual habían entrado en el batiscafo. Javan se deslizó por ella trabajosamente, murmurando que siempre le hacía sentirse como el tapón de una botella.
Demerest no había sonreído ni una sola vez desde que entró en el batiscafo. Y ahora tampoco sonrió, en realidad, aunque las comisuras de su boca se fruncieron ligeramente al pensar que para un delgado hombre lunar no habría problemas.
Pasó a través de la abertura, ayudado por Javan que le agarró fuertemente por las muñecas.
Javan dijo:
—Esto está muy oscuro. Los cables de la luz habrían significado una debilidad adicional. Pero los focos se inventaron para estos casos.
Demerest se encontró en una pared perforada; su metálica superficie de acero inoxidable tenía un brillo opaco. Y a través de las perforaciones pudo ver la ondulante superficie del agua.
Dijo:
—La cámara no ha sido vaciada.
—Desde luego. Cuando se utiliza el vapor, no puede expulsarse todo. Para obtener la presión necesaria para el vaciado hay que comprimir el vapor hasta que alcance una tercera parte cíe la densidad del agua líquida. Cuando se condensa, una tercera parte de la cámara queda llena de agua, aunque su presión es sólo de una atmósfera. Vamos, Mr. Demerest.
El rostro de John Bergen no era completamente desconocido para Demerest. El reconocimiento fue inmediato. Bergen, que llevaba diez años ostentando la jefatura de la Base Submarina, era un rostro familiar en las pantallas de TV de la Tierra... tan familiar como el de los personajes de Luna City.
Demerest había visto al jefe de la Base Submarina en imagen normal y en tres dimensiones, en blanco y negro y en color. Verle al natural no era ninguna sorpresa.
Al igual que Javan, Bergen era bajo y robusto, de estructura distinta a la tradicional fisiología lunar. Era mucho más rubio que Javan y su rostro tenía una notable asimetría.
No era guapo. Ningún hombre lunar le tendría por tal. Pero luego Bergen sonrió y de él emanó una evidente cordialidad mientras extendía una mano robusta.
Dijo:
—Me alegro mucho de que esté aquí. No podemos ofrecerle nada que se parezca al lujo. Ni siquiera podemos declarar el día festivo en su honor, pero lo hacemos en espíritu. ¡Bienvenido!
—Gracias —dijo Demerest en voz baja.
No sonrió. Estaba en frente del enemigo y lo sabía. Seguramente que Bergen lo sabía también. Su sonrisa era pura hipocresía.
Y en aquel momento resonó un chasquido ensordecedor y la cámara retembló. Demerest saltó hacia atrás y se apoyó contra la pared.
Bergen no se movió.
Se limitó a decir:
—Siempre que el batiscafo se despega de nosotros ocurre esto. Javan debió advertírselo.
Demerest esperó a que se aquietaran los latidos de su corazón.
—Javan me advirtió —dijo—. Pero a pesar de todo me ha cogido de sorpresa.
Bergen dijo:
—Bueno, no volverá a ocurrir en una temporada. No recibimos muchas visitas, ¿sabe? No estamos equipados para ofrecer una cómoda hospitalidad a los políticos que creen que un viaje a la Base Submarina resultaría conveniente para sus carreras. Pero el caso de usted es muy distinto, desde luego.
¿Lo es?
Le había resultado muy difícil obtener la autorización para realizar el viaje. Sus superiores de Luna City no habían aprobado la idea inmediatamente. Y cuando consiguió convencerles, había tropezado con la resistencia de la Base Submarina a recibirle.
Sólo la insistencia había hecho posible su visita.
Bergen dijo:
—Supongo que en Luna City también tendrán sus problemas en este sentido.
Demerest dijo:
—Sus políticos no se muestran tan ansiosos por realizar un viaje de medio millón de millas como para recorrer las diez millas que le separan de la Base Submarina.
—Desde luego —convino Bergen—. Viajar a la luna resulta mucho más caro. Hasta cierto punto, éste es el primer encuentro del espacio interior con el exterior. Que yo sepa, ningún hombre del océano ha ido nunca a la Luna, y usted es el primer habitante de la Luna que visita una Base Submarina. Ningún habitante de la Luna ha estado siquiera en alguna de las instalaciones del bajío continental.
—Entonces, puede decirse que éste es un encuentro histórico —declaró Demerest, sin conseguir disimular del todo el sarcasmo de su voz.
Pero Bergen no pareció darse cuenta.
Se remangó la camisa como para subrayar su actitud de confiada intimidad (¿o el hecho de que estaba muy ocupado, de modo que no disponía de demasiado tiempo para atender a los visitantes?), y preguntó:
—¿Quiere usted tomar un poco de café? Supongo que ya habrá comido... ¿Desea descansar antes de que le enseñe todo esto? ¿Necesita lavarse?
Por un instante, la curiosidad picó a Demerest; aunque no era una curiosidad monda y lironda. Todo lo relacionado con la Base Submarina podía ser importante.
Habló cuidadosamente.
—¿Cómo están aquí las instalaciones sanitarias?
—Más o menos como en la Luna, supongo. Podemos evacuar si queremos o si necesitamos hacerlo. El hombre tiene fama de ensuciar su entorno, pero en el caso de esta Base, siendo única, lo que evacuamos no produce ningún perjuicio. Añade materia orgánica al medio, simplemente.
Demerest tomó buena nota de aquello, también. Si evacuaban materia, tenían que existir mecanismos de evacuación. Su funcionamiento podía ser interesante y él, en su calidad de jefe de un servicio de seguridad mecánica, tenía derecho a demostrar interés.
—Se lo agradezco mucho —dijo—, pero de momento no necesito nada. Si está ocupado...
—Aquí siempre estamos ocupados, pero en cierto sentido yo soy el que menos lo está. Echaremos un vistazo por ahí. Tenemos más de cincuenta unidades, todas tan grandes como ésta, y algunas mayores.
Demerest miró a su alrededor. Vio ángulos en todas partes, pero más allá de los muebles y de los instrumentos detectó la inevitable pared exterior esférica. ¡Cincuenta unidades!
—Construidas con el esfuerzo de toda una generación —añadió Bergen—. La unidad en la que ahora nos encontramos es la más antigua y se ha hablado de reemplazarla por otra. Algunos de los hombres dicen que estamos preparados para las unidades de la segunda generación, pero yo no estoy seguro. Sería muy caro —aquí todo resulta muy caro—, y sacarle dinero al Consejo del Proyecto Planetario es siempre una experiencia deprimente.
Demerest notó que su rostro se contraía de rabia. Lo que Bergen acababa de decir era una verdad como un templo. Y probablemente estaba enterado de las dificultades que Luna City había tenido con el CPP.
—Confieso que soy un poco conservador —continuó Bergen—. Ésta es la primera unidad submarina que se construyó, en condiciones muy difíciles. Y le tengo cariño. Ahora estamos aquí cincuenta personas, la mayoría de ellas por turnos de seis meses. Por mi parte, en los últimos dieciocho meses sólo he pasado dos semanas en tierra firme.
Hizo una seña a Demerest para que le siguiera y abrió una puerta corrediza que daba acceso a la unidad contigua. Demerest se paró a examinar la abertura. No pudo detectar ninguna costura entre las unidades adyacentes.
Bergen se dio cuenta y dijo:
—Cuando añadimos unidades las soldamos a presión como si se tratara de una sola pieza de metal y luego las reforzamos. No podemos exponernos, como usted comprenderá. Me han dicho que es usted el jefe de los servicios de seguridad mecánica...
Demerest le interrumpió.
—Sí —dijo—. En la Luna admiramos su historial de seguridad.
Bergen se encogió de hombros.
—Hemos tenido suerte. A propósito, lamento mucho el fatal accidente...
Demerest le interrumpió de nuevo.
—No hablemos de eso.
Estaba llegando a la conclusión de que Bergen era un hombre voluble por naturaleza... a menos de que deseara ahogarle con un torrente de palabras y librarse de él.
—Las unidades —dijo Bergen— están dispuestas en una cadena muy ramificada: tridimensional, en realidad. Tenemos un mapa que puedo mostrarle si está interesado. La mayor parte de las unidades de los extremos corresponden a viviendas. Para garantizar un poco de intimidad. Las unidades de trabajo tienden a ser también pasillos, lo cual es una de las desventajas de tener que vivir aquí.
Bergen hizo un gesto con la mano.
—Ésta es nuestra biblioteca, mejor dicho, parte de ella. No es muy extensa. Pero contiene todos nuestros archivos cuidadosamente clasificados y en microfilmes, de modo que en su clase es la mayor del mundo. Y disponemos de una computadora que nos permite localizar rápidamente cualquier dato que necesitamos. Colecciona, selecciona, coordina, pesa... Tenemos otra biblioteca con volúmenes impresos. Pero sólo para distraernos.
Una voz interrumpió el torrente de palabras de Bergen.
—¿John? ¿Puedo pasar?
Demerest se sobresaltó: la voz había resonado detrás de él.
Bergen dijo:
—Annette, ahora iba a buscarte. Te presento a Stephen Demerest, de Luna City. Mr. Demerest, permítame que le presente a mi esposa, Annette.
Demerest murmuró, casi maquinalmente:
—Encantado de conocerla, Mrs. Bergen.
Annette Bergen tenía poco más de treinta años. Iba peinada sencillamente y no llevaba ningún maquillaje. Atractiva, no hermosa, pensó vagamente Demerest. Pero sus ojos no se apartaron de la cintura de la mujer.
Ella se encogió de hombros.
—Sí, estoy embarazada, Mr. Demerest. De siete meses.
—Disculpe —murmuró Demerest—. Ha sido una impertinencia por mi parte. No he querido...
Se interrumpió. No había esperado encontrar mujeres en la Base, aunque el piloto del ferry le había dicho que la esposa de Bergen estaba con él.
Annette Bergen permaneció silenciosa y Demerest tartamudeó al preguntar:
—¿Cuántas mujeres hay en la Base Submarina, Mr. Bergen?
—En estos momentos, nueve —dijo Bergen—. Todas casadas. Desde luego, éste no es el lugar más a propósito para tener un hijo...
Annette dijo fríamente:
—¿Por qué no? Una de dos: esto va a ser un hogar para la humanidad, o no va a serlo. En el primer caso, tendremos hijos aquí, eso es todo. Yo quiero un hijo nacido en la Base Submarina. En Luna City han nacido niños, ¿no es cierto, Mr. Demerest?
Demerest respiró profundamente.
—Yo nací en Luna City, Mrs. Bergen.
—Lo sabía perfectamente —murmuró Bergen.
—Y tiene usted casi treinta años, ¿no? —dijo Annette.
—Veintinueve, exactamente —dijo Demerest.
—Lo sabía perfectamente, también —dijo Bergen, sonriendo—. Puede apostar a que revisó todos los datos acerca de usted cuando se enteró de que iba a venir.
—Eso no importa —dijo Annette—. Lo importante es que durante veintinueve años, como mínimo, han nacido niños en Luna City, y no ha nacido ningún niño en la Base Submarina.
—Luna City, querida —dijo Bergen—, se estableció hace mucho tiempo. Tiene más de medio siglo de antigüedad, en tanto que nosotros no hemos cumplido aún los veinte años.
—Veinte años es más que suficiente. Un niño sólo tarda nueve meses en nacer.
Demerest inquirió:
—¿Hay niños en la Base?
—No —dijo Bergen—. Algún día, quizás.
—Dentro de dos meses habrá uno —dijo Annette Bergen.