I.

Los problemas que nos turban en las horas de vigilia, en ocasiones se introducen en los sueños de los hombres. Justo antes de despertarse, los sueños de Steve Harrison concernían al misterioso diagrama que llevaba semanas estudiando… la imagen, la carta que la acompañaba, y las crípticas palabras en la parte inferior, garabateadas por la mano de un hombre muerto. En su sueño, una débil familiaridad comenzaba a hacerse evidente; parecía estar a punto de descubrir algún tipo de conexión, que susurraba a espaldas de su consciencia…

Entonces, el caos se sucedió, como el desplome de un castillo de naipes, y se despertó. Se sentó en el lecho, mirando a su alrededor, mientras sus entrenados instintos se ponían al instante a trabajar para decirle dónde se encontraba, y qué estaba haciendo allí. La luz de la luna penetraba por entre las ventanas embarrotadas, tiñendo de plata el suelo alfombrado, pero las esquinas estaban preñadas de sombras densas, a lo largo de las paredes de paneles de roble, con sus tapices de terciopelo negro, espaciados de forma regular. Y, en la esquina más oscura de la habitación, algo se movió.

—¿Quién está ahí? —preguntó Harrison con voz ronca.

No hubo respuesta alguna de la sombría figura que casi parecía mezclarse con la penumbra. Pero era tangible. El detective creyó vislumbrar un atisbo de un óvalo muy pálido que podría haber sido una cara.

Algo rayano al pánico hizo presa en él. Sacando su pistola del 45 de debajo de la almohada, apretó el gatillo, pero sólo logró que se escuchara un chasquido apagado.

Con una imprecación, saltó del lecho, con los músculos tensos para combatir hasta la muerte… y, al hacerlo, escuchó un impacto blando, como el de un cuchillo de trinchar sobre un filete. Lo acompañó un gruñido y un suspiro silbante. La misteriosa figura se desplomó de cabeza, como un muñeco, y yació con los brazos extendidos. Un rayo de luna cayó sobre sus manos, que se contraían de forma convulsiva.

Más allá, Harrison creyó ver una sombra de movimiento en la penumbra y en la pared, pero no estaba seguro.

Jurando entre dientes, se abalanzó sobre el interruptor de la luz. Un fútil click fue su única recompensa. No había electricidad. Recordó la linterna que llevaba en el maletín, y no tardó en sacarla. El haz de luz reveló una estancia aparentemente vacía excepto por él mismo y la figura que yacía boca abajo e inerte cerca de la pared más alejada, envuelta en un creciente charco de sangre.

Antes de acercarse, Harrison enfocó la linterna sobre las paredes, formadas por paneles de roble oscurecido por la edad y tapices de terciopelo, antes de descansar un momento sobre la puerta. Gruñó. Aún seguía cerrada con el pestillo de estilo anticuado que había asegurado antes de irse a dormir. Evidentemente, el visitante no había entrado por ahí.

Caminó hasta la ventana y se asomó al exterior. Al bajar la mirada, observó una pared desnuda de quince metros de alto, sin cornisas ni ornamentos. El Caserón Tannernoe estaba construido como un castillo medieval, o, al menos según la concepción de un castillo que tenía el constructor.

—Nadie puede haber alcanzado esta ventana desde abajo —musitó el detective—. No, a no ser que tuviera alas, o contara con una escalera…

Guardó silencio de repente. A lo lejos, los pinos que bordeaban el caserón se agitaban en silencio bajo la luz de la luna. Sus sombras trazaban patrones de ébano sobre el estrecho jardín, y Harrison, al mirar en esa dirección, creyó distinguir un atisbo de movimiento en la oscuridad. Una procesión de formas silenciosas… quizás media docena de ellas… emergieron de entre los pinos, dirigiéndose hacia la mansión.

Harrison parpadeó, y las formas desaparecieron. Juró en voz baja y continuó mirando, pero no detectó más movimiento. De hecho, se llegó a preguntar si de verdad había llegado a ver algo la primera vez; sabía que la luz de la luna solía jugar malas pasadas a los ojos.

Pero ahora no había tiempo para preocuparse por eso. Girándose hacia el interior de la habitación, se arrodilló junto a la postrada figura del intruso. Era un hombre chato y de complexión robusta. Calzaba unas sandalias extrañamente puntiagudas y vestía una especie de casaca de seda negra, anegada ahora de sangre. Un amplio tajo le desgarraba la vestimenta entre ambos hombros, revelando una herida que arrancó un gruñido al detective.

Tras alzar la cabeza del hombre, volvió a gruñir. Había una herida más pequeña en el pecho, y, además, reconoció el rostro que le miraba sin verle. Se trataba de un sirviente del hombre que hacía las veces de anfitrión, el propietario del Caserón Tannernoe.

—¡Es Gutchluk Khan, el Chakhar! —musitó Harrison— ¿Qué diablos estaba haciendo aquí? Eh… ¿qué es esto?

Se agachó para recoger algo: un cordel de seda, redondo, y de tacto particularmente afilado. Un gélido escalofrío recorrió su columna vertebral.

—¡Una soga de estrangulador! —susurró— Entró aquí para matarme. Pero ¿por qué? ¿Es él la amenaza oculta? ¿Es a su propio criado a quién teme Absolom Tannernoe?

Dudó un instante, mientras la incertidumbre se arrastraba por su mente. El descubrimiento de la identidad del muerto le provocó una inquietud que le hizo dudar en si avisar a su anfitrión, algo que habría hecho si las circunstancias hubieran sido otras. Cuando Absolom Tannernoe se puso en contacto con el robusto detective y le rogó que se quedara unos días en el caserón para protegerle de cierta amenaza intangible, había señalado que su inmóvil ayuda de cámara y criado para todo, Gutchluk Khan, era la única persona en la que confiaba.

Con una sensación de incomodidad, Harrison examinó la pared frente a la que había estado el Chakhar justo antes de caer fulminado. Estaba seguro de que, en algún lugar de esa pared, debía de haber un panel secreto, por el que habían entrado tanto Gutchluk como su asesino, y por el que este último había escapado.

Volviéndose de nuevo hacia el cadáver, Harrison se encogió de hombros al examinar la herida. Evidentemente, el arma empleada había sido un cuchillo de inusual tamaño, manejado con una fuerza casi increíble… tanto como para perforar con la hoja de acero no sólo la carne y los músculos, sino también los huesos. La herida de la espalda era tan ancha como la mano de un hombre; las costillas y la columna habían sido seccionadas; y, por delante, el pecho había sido atravesado. La muerte debía de haber sido instantánea.

¿Qué hombre del Caserón Tannernoe era capaz de atestar semejante golpe? Ciertamente no Absolom Tannernoe. Y, desde su llegada la mañana anterior, el detective no había visto más que al propietario de la casa y al criado Chakhar.

Tannernoe se había mostrado muy insistente en que algún peligro le amenazaba, pero había sido vago al explicar su naturaleza. La idea de Harrison de actuar de guardaespaldas se limitaba a quedarse de guardia por la noche, y a tener a punto su revólver del 45, bien cargado. Tannernoe, no obstante, había insistido en que ocupara la habitación de la torre, que había sido preparada para él. Había sido muy insistente, de hecho. Había mantenido que la mera presencia del detective en el caserón ya era protección suficiente.

Una fea sospecha empezó a crecer en la mente de Harrison, rechazada tan sólo por resultar demasiado infundada e irracional.

Entonces recordó algo más.

Abriendo por la mitad su revólver, extrajo el tambor y examinó los cartuchos. Uno de ellos mostraba la marca del percutor. Por medio de los dientes y de una uña, extrajo la bala y vertió en su mano el contenido de la cápsula del cartucho. Las diminutas partículas brillaron a la tenue luz.

—¡Limaduras de latón! —exclamó suavemente—. ¡Son balas de fogueo… rellenas de metal en polvo para tener el peso apropiado! Alguien me ha cambiado la munición… Pero ¿quién…?

Tomó asiento en silencio, sopesando en la mano los inútiles cartuchos, mientras una expresión sombría se apoderaba de su recio rostro. Steve Harrison era, por naturaleza y elección, un luchador de fuertes brazos. Rara vez llevaba armas de fuego; generalmente las guardaba en la maleta. Esos cartuchos falsos habían sido colocados en su revólver después de que entrara en el caserón Tannernoe, y, a menos que el caserón cobijara gente desconocida, tan sólo un hombre había podido tener la oportunidad de hacer el cambio. No había perdido de vista la bolsa en la que viajaba el revólver hasta que lo sacó y se lo colocó en la cartuchera… excepto unos minutos.

El enigmático Gutchluk le había guiado brevemente por los terrenos exteriores a la casa, después de lo cual había decidido llevar encima el revólver. Durante ese tiempo, sólo Absolom Tannernoe había estado en la casa.

—Me cambió los cartuchos —musitó Harrison—. Pero ¿por qué? Y entonces, ¿quién mató a Gutchluk? ¿Se ocultará alguien en esta casa… alguien de quién el viejo Tannernoe no sabe nada? Pero, de ser así… ¿por qué Gutchluk entró a matarme?

Sus conjeturas fueron interrumpidas por una suave llamada a la puerta. Se puso en pie, y aferró el revólver como si fuera un arma contundente. Escuchó un susurro débil…

Era la voz de Absolom Tannernoe.

—¡Gutchluk! ¿Por qué te retrasas? —la voz era como el siseo de una serpiente— ¿Está muerto? ¿Por qué no me respondes? He estado abajo, esperando a que me trajeras el cuaderno de notas. ¿Lo tienes? ¿Lo ha escondido? Sé que lo lleva consigo… ¡Ahhh!

La voz se interrumpió, deviniendo en un jadeo apagado, como si una mano hubiera tapado la boca del que hablaba. Se escuchó el sonido de algo que se arrastraba, mezclado con agudos gemidos. Alguien… presumiblemente Tannernoe… Estaba siendo arrastrado a la fuerza hacia el vestíbulo de abajo, y, al descender las escaleras, sus pies rebotaban sobre la alfombra de los escalones.

Con una gran zancada, el detective alcanzó la puerta y descorrió el pestillo. Se asomó a una oscuridad absoluta, frente a la que no se atrevió a encender su linterna. Había alguien por debajo de él… seguramente por la intrincada escalera que había en el extremo del pasillo… y escuchó ruidos apagados, que sonaban como un murmullo de voces.

Siguió aquellos sonidos, caminando tan suavemente como una pantera, a pesar de su volumen. Mientras avanzaba, repasó en su memoria las palabras que Absolom Tannernoe había susurrado.

La evidencia de una trampa resultaba inconfundible, y, obviamente, la razón clara era el cuaderno de notas. De forma instintiva, Harrison tocó un pequeño paquete plano que llevaba por dentro de la camisa… se había acostado completamente vestido, excepto por los zapatos. Ese paquete plano era el único cuaderno de notas de cierta importancia que había poseído jamás.

Lo había cogido del cadáver de cierto personaje turbio, conocido como Josef La Tour, un afamado chantajista, y sospechoso de estafa y de robo internacional. En las páginas de su cuaderno aparecían muchos nombres, así como una serie de hechos notables relacionados con dichos nombres… ¡Una verdadera Agenda del Demonio! Pero el nombre de Absolom Tannernoe no aparecía en aquellas páginas. ¿Por qué desearía tanto el excéntrico viajero conseguir ese libro… hasta el extremo de cometer un asesinato para asegurarse su posesión?

Llegó a la escalera de la torre y comenzó a bajar con sigilo, tanteando su camino, y agarrando su pistola del 45 como si fuera una porra. Desde algún lugar, por debajo, como el alarido de un demonio, le llegó un agudo chillido de dolor. Jurando entre dientes, el detective descendió el resto de las escaleras lo más deprisa que se atrevió… ¡y, casi al llegar abajo, colisionó en plena oscuridad con alguien que subía desde abajo!

La reacción de Harrison fue tan instintiva como inmediata; se echó hacia atrás, justo cuando la punta de un cuchillo invisible se extendía hacia su pecho en una puñalada asesina. La hoja perforó su camisa, se quedó atrapada un momento, y luego se liberó con un sonido de ropa desgarrada.

La sangre del detective se quedó helada al pensar en el frío acero deslizándose por sus entrañas. Tirando su linterna, logró cerrar la mano alrededor de una garganta peluda que se materializó de entre la oscuridad, y luego golpeó cruelmente con el arma que llevaba en la otra mano. La pesada culata de nogal impactó contra algo sólido, logrando un agudo gemido de dolor. El invisible cuchillo cayó sobre la alfombrada escalera, y Harrison lo apartó de una patada.

Comenzó entonces una contienda feroz, cuando el oponente del detective cargó como si fuera un toro rabioso, agarrando la muñeca de la mano que sostenía el arma, y deteniendo el siguiente golpe del revólver. Unos dedos como garras se clavaron en su garganta, y Harrison, desesperado, bajó la mandíbula para proteger su laringe. La lucha les hacía avanzar y retroceder en silencio, salvo por los jadeos, su respiración y las pisadas de sus pies sobre la alfombra.

El oponente de Harrison parecía ser tan corpulento como el propio detective… una robusta masa de músculos, tensos como cables de acero. Al hombre de la ley le costó recuperar el equilibrio, pero sabía que una caída por aquellas escaleras podría atraer la atención del resto de la casa; y esa era una situación que deseaba evitar.

Mientras combatían cuerpo a cuerpo, Harrison notó una barba enmarañada junto a su barbilla. El extraño boqueaba insultos en un dialecto extranjero… sirio o algo parecido, según reconoció el detective. Sabía un poco de sirio, porque había seguido a varios sospechosos hasta el pequeño vecindario sirio de River Street en más de una ocasión.

Con un estallido de dolor, la cadera de Harrison recibió un fuerte rodillazo que había estado destinado a su garganta. Frustrado en su intento de asegurarse una presa letal sobre la garganta de Harrison, el extraño soltó de repente el cuello de Steve e intentó arañarle los ojos. El detective echó hacia atrás la cabeza, y el rostro le ardió allí donde se habían clavado las uñas del otro.

Aquel ataque brutal espoleó a Harrison para pasar a la acción. Con un terrorífico impulso de sus hombros, liberó su muñeca derecha de la presa del extraño. Una mueca espasmódica contorsionó su rostro en la oscuridad mientras empuñaba de forma salvaje el revólver del 45, intentando usarlo para descalabrar a su oponente. Su primer intento se estrelló contra un hombro musculoso, y otro más rozó la oreja del extraño, arrancándole un chillido apagado. El siguiente, de algún modo más atinado, aterrizó sobre el cráneo del hombre.

Harrison sintió que el extraño se apartaba de él… ya había soltado la garganta del hombre, para poder apoyarse contra la pared. El hombre barbado comenzaba a descender por la escalera, alejándose de la amenaza de la improvisada porra del detective. Empleada con toda la fuerza que Harrison era capaz de reunir, el revólver era un arma de contacto tan letal como una maza medieval.

Volvió a dejarlo caer, y luego otra vez más, y aquel segundo golpe se enterró de un modo desagradable en lo más profundo de un hueso. El detective estaba seguro de que había golpeado al otro en el cráneo. Golpeó de nuevo, volviendo a sentir cómo la culata quebraba los huesos, y Harrison escuchó que su oponente profería un gemido bajo y se desplomaba sobre el rellano de la escalera.

Jadeando como un perro moribundo, el detective retrocedió contra la pared. Extendió un pie con cautela, y pateó en las costillas a su asaltante, pero no hubo respuesta. El hombre respiraba de manera irregular. No estaba muerto. Pero Harrison supuso que había recibido suficiente castigo como para, al menos, mantenerle quieto un buen rato.

El detective se pasó la mano por la cara. Unas pocas gotas de sangre manaban del lugar en el que las uñas del hombre barbado se habían clavado en la piel. Aparte de eso, no parecía que hubiera sufrido ningún daño.

Tanteando a ciegas, Harrison encontró su linterna, que aún funcionaba. No logró encontrar el cuchillo de su oponente, y no se sentía inclinado a perder más tiempo intentando recuperarlo. Durante un largo rato, el detective se quedó inmóvil, mientras sus músculos dejaban de temblar debido al fiero combate. Luego, inspirando profundamente, pasó junto a la inerte figura del hombre barbado y continuó el descenso.