23
El inspector jefe Chen se despertó con una resaca persistente.
Tras incorporarse en la cama, se presionó la sien con un dedo mientras miraba por la ventana. El lago aún parecía envuelto en neblina. De vez en cuando se oía a un pájaro solitario trinar entre los árboles.
En lugar de esperar a que le llevaran el desayuno a su habitación, Chen se levantó y se preparó una cafetera bien cargada. El día anterior había sido muy agitado, recordó mientras probaba un sorbo del café recién hecho.
Poco después de separarse en el bosquecillo de bambúes, Huang volvió a la casa con un par de agentes de la policía local para llevarse a Mi. En lugar de dirigirse luego a toda prisa a la empresa química, Huang telefoneó a sus compañeros de brigada y les pidió que retuvieran a Fu en la oficina. Dado que éste no podía volver a su piso, Huang decidió examinarlo a fondo pese a no tener aún la orden de registro. Aquella decisión repentina de Huang le fue de gran ayuda a Chen. Mi no había dejado de gemir, llorar y gritar con la cara bañada en lágrimas, pero aún no había dicho nada que resultara relevante para la investigación.
Chen suspiró aliviado cuando se la llevaron esposada, aunque la tranquilidad le duró muy poco: el inspector jefe no tardó en recibir un aluvión de llamadas de Seguridad Interna, el Departamento de Policía de Wuxi, el gobierno municipal de Wuxi y la prensa local. No todos parecieron alegrarse del sorprendente giro que había tomado la investigación.
Las llamadas tenían una única cosa en común: todos se quejaron de que el inspector jefe Chen no se hubiera puesto en contacto con ellos antes, pese a que él les había asegurado que sólo quería pasar unas vacaciones tranquilas en Wuxi.
Ni siquiera al propio Chen le sonaron convincentes las justificaciones que dio. Después de todo, la detención de Mi se había producido en su casa, por lo que se sintió obligado a proporcionar alguna que otra explicación. Todo el asunto se estaba convirtiendo en un auténtico quebradero de cabeza.
Para su sorpresa, Wanyi, uno de los cuadros más altos del Partido en Wuxi, lo llamó al centro. Wanyi parecía impresionado por su conexión con el camarada secretario Zhao y le comunicó su intención de invitarlo al cabo de dos días en nombre del gobierno municipal. Chen se vio obligado a darle largas, con la excusa de que esperaba instrucciones del camarada secretario Zhao.
Cuando apenas había acabado de hablar con Wanyi, el director Qiao irrumpió en la estancia y se empeñó en arrastrarlo hasta una cena de celebración, pese a desconocer casi todo lo que había sucedido recientemente. Chen accedió de buena gana, pues la cena le proporcionaría una excusa aceptable para desconectar el móvil. Los empleados del centro se habían mostrado tan solícitos que era lo mínimo que podía hacer para agradecerles sus atenciones. Además, ya no tenía de qué ocuparse. La policía de Wuxi se había hecho cargo del caso, y, pese a verse acribillado a llamadas oficiales, la única llamada a la que quería contestar era la que no esperaba recibir. El móvil de Shanshan seguía desconectado.
La cena resultó ser muy agradable. Por una vez, Chen consiguió relajarse y se comportó como un auténtico turista: comió, bebió y disfrutó del momento. Era consciente de que sus vacaciones en Wuxi habían tocado a su fin. Qiao y sus colegas rivalizaron para brindar en su honor durante el banquete. Querían agradecerle que el centro volviera a aparecer en los titulares, aunque fuera en la prensa local.
Por consiguiente, ya era de madrugada cuando Chen volvió a su habitación, con paso vacilante y los síntomas inequívocos de una migraña. No había recibido ningún mensaje de Shanshan cuando examinó el teléfono por última vez antes de acostarse.
Ahora, aquejado de una terrible resaca y con los ojos entrecerrados para evitar la cegadora luz, Chen pensó que no tenía ningún motivo para quejarse. Se recordó a sí mismo, mientras bebía de un trago el café solo, que le esperaba otro día ajetreado. No podía permitirse un respiro para recuperar fuerzas, como haría un auténtico cuadro destacado del Partido.
El inspector jefe encendió el móvil y revisó los mensajes que había recibido. Seguía sin noticias de Shanshan, aunque tenía muchos mensajes de los cuadros locales y varios de Huang, a quien decidió no devolver las llamadas por el momento. El oficial seguía muy ocupado resolviendo los últimos flecos del caso con sus compañeros, y Chen, como había explicado tantas veces ya, estaba de vacaciones.
Cuando acababa de beberse la primera taza de café, alguien llamó a la puerta. El visitante inesperado que aguardaba en la entrada era Tian Zhonghua, un hombre robusto de cejas grises y mandíbula cuadrada que rondaría la cincuentena. Tian era el jefe del Departamento de Policía de Wuxi, al que Chen conocía por haber coincidido con él en algunos congresos.
—Debería habernos informado de sus vacaciones en Wuxi, Chen —le recriminó Tian entrando en el recibidor sin esperar a que el inspector jefe lo invitara a pasar—. ¿Cómo pudo venir aquí sin decir nada y ponerse a investigar en secreto un caso con el oficial Huang?
—No se enfade conmigo, comisario jefe Tian. Huang es amigo del subinspector Yu, por eso nos pusimos en contacto. Vine a Wuxi porque alguien insistió en que me tomara estas vacaciones, y, como aquí no tenía nada que hacer, no puede evitar comentar el caso con Huang. Suyo es el mérito por haberlo cerrado con éxito.
Puede que Huang no hubiera podido adjudicarse todo el mérito, por lo que Chen decidió no hablar más de la cuenta.
—Yo lo entiendo, inspector jefe Chen, pero Seguridad Interna no. Están seguros de que yo estaba al tanto de su investigación desde el principio.
—Lo siento, Tian. Me disculpo por ello. Pero, por favor, cuénteme las últimas novedades del caso.
—Ya los hemos detenido. Sólo es cuestión de tiempo para que Fu y Mi confiesen de pleno.
—¿Y qué hay de Jiang?
—Lo han absuelto de la acusación de asesinato, pero la de chantaje sigue en pie. No hay más remedio, Seguridad Interna se ha empeñado en ello. Aunque todavía no lo habían acusado oficialmente de asesinato, mucha gente sabía ya que estaba detenido. Si permitimos que Jiang salga impune, lo más seguro es que les sople a los medios occidentales que lo han perseguido por su lucha en defensa del medio ambiente —explicó Tian. Luego añadió, como de pasada—: Además, sí que chantajeó a algunas personas, y debería ser castigado por ello.
—Francamente, no creo que las declaraciones en su contra sean demasiado fiables. Las hicieron personas que intentaban proteger sus intereses comerciales. Es algo que debería tenerse en cuenta.
—Como jefe de la policía de Wuxi, ya lo he investigado. Cierto, es su palabra contra la de sus acusadores. Sin embargo, no cabe duda de que algunos le pagaron cantidades elevadas para que los asesorara. Tenemos pruebas de esos pagos, que él no niega. Así que me parece justificado llegar a la conclusión de que se trataba de chantajes. Recuerde que, además del dinero obtenido por los artículos que vendió a los medios occidentales, Jiang no recibió otros ingresos durante varios años. Los motivos económicos suelen ser los más comunes, y también los más poderosos.
»Además, no se puede negar que Jiang es un provocador nato. Los chinos deberían ser capaces de distinguir entre lo que resulta apropiado comentar con los de dentro y lo que se puede hablar con los de fuera, pero eso Jiang no parece entenderlo. Pese a no tener ninguna titulación como experto en asuntos medioambientales, ha levantado un revuelo tremendo del que sólo se han beneficiado el propio Jiang y los medios extranjeros. ¿Qué sentido tiene provocar tantos escándalos de forma irresponsable? Según un periódico estadounidense, algunos políticos incluso lo han propuesto como posible candidato para un Premio Nobel. ¿Por qué? La respuesta es muy obvia, como imaginará. Todo esto deteriora la imagen de nuestro Gobierno. Esperemos que así aprenda la lección.
—Pero los problemas que Jiang ha sacado a la luz no dejan de ser problemas reales que no podemos permitirnos ignorar, comisario jefe Tian.
—Ya nos estamos ocupando de esos problemas, camarada inspector jefe Chen. La reforma económica china está obteniendo un éxito sin precedentes, pero puede que nos lleve algún tiempo solucionar los distintos problemas que van surgiendo. Pregunte a la gente de Wuxi si sus vidas han mejorado en los últimos veinte años, no creo que deba esperar demasiado a que le respondan.
Continuar discutiendo con Tian sería inútil. Su rango como cuadro era mucho más alto que el de Chen, y éste acababa de afirmar que estaba en Wuxi de vacaciones. No tenía ningún derecho a cuestionar la forma en que la policía local se ocupaba de la investigación, así que dejaron de hablar de los factores políticos que subyacían tras el caso de asesinato, como si hubieran llegado a un acuerdo tácito. «Lo que no puede decirse debe confinarse al silencio.»
Poco después de marcharse Tian, Chen recibió una llamada del oficial Huang.
—He estado llamándole muchas veces desde ayer, jefe, pero tenía el móvil apagado.
—Lo siento, estaba tan agobiado por las llamadas oficiales que lo apagué. De todos modos, ahora la investigación depende de usted y de sus compañeros. ¿Cómo va todo con Fu y con Mi? —preguntó Chen sin poder contenerse.
—Mi sigue histérica, pero comienza a ceder. No se preocupe por ello —respondió Huang con una risita tranquilizadora—. Mis compañeros ya están interrogando a Fu y yo he vuelto a su piso, esta vez con una orden de registro oficial. Ayer lo examiné todo a fondo, pero no encontré ninguna copia del plan de reestructuración.
—Puede que la destruyera —apuntó Chen después de hacer una pausa—, pero creo que la respuesta es otra.
—¿Cuál?
—Hay dos posibles explicaciones de lo que sucedió en el despacho de Liu aquella noche. Una de ellas es que Fu hubiera planeado matar a Liu desde el principio, pero la otra es que no tomara esa decisión hasta que llegó al piso. Si el asesinato no fue premeditado, el asesino debió de coger algún objeto que estaba en el piso para usarlo como arma mortal y después se lo llevó.
—¿El arma homicida que aún no ha aparecido? Sí, usted mencionó algunos objetos posibles cuando estábamos en el escenario del crimen. Déjeme buscarlo en mi cuaderno…
—Después de nuestra conversación en el escenario del crimen —siguió diciendo Chen sin esperar a que Huang lo comprobara—, examiné la foto de Liu y su hijo tomada el verano pasado. Al fondo se ven nueve estatuillas. Cada estatuilla es un premio anual que se entrega al final del año, pero en las fotografías que sacaron sus compañeros de brigada la semana pasada sigue habiendo sólo nueve estatuillas. Eso podría significar que a Liu no le concedieron una el año pasado, pero hablé con su hijo anteayer y éste mencionó que debería haber diez estatuillas, porque la empresa había ganado el premio diez años seguidos. Varios meses después de que les sacaran esa foto, Liu le confirmó a Wenliang que había ganado otra estatuilla.
—¡Ah! Está en el cuaderno. Nueve estatuillas —confirmó Huang, repasando sus notas—. Así que falta una estatuilla, de eso no hay duda, y pesan muchísimo…
—Pero Fu podría haberla tirado en otro sitio. No podemos descartar esa posibilidad, Huang.
—Empezaré de nuevo. La estatuilla es más alta que una botella de cerveza. La habitación de Fu no es demasiado grande, no más que la habitación de una vivienda colectiva —explicó Huang. Tras hacer una pausa, cambió de tema repentinamente—. ¡Ah! Casi me olvido. Shanshan se puso en contacto conmigo para pedirme ayuda, jefe. Me pidió permiso para poder ver a Jiang antes de que lo metan en la cárcel. Va contra el reglamento, pero me dijo que usted y ella se conocen.
—Es cierto, y desde luego que puede ayudarla. No veo que eso tenga nada de malo. Usted puede organizar el encuentro, ¿verdad?
—Entonces, ¿le parece bien? —preguntó Huang, sin tratar de ocultar siquiera la sorpresa en su voz.
—No es asunto mío, depende del Departamento de Policía de Wuxi, pero no veo ninguna razón por la que no deba permitírsele visitarlo.
—Ya he pensado en ello, jefe. Lo trasladarán mañana. Podría hacer que el coche de la policía aparque un momento frente a comisaría mientras voy a comprar un paquete de cigarrillos en una tienda cercana. Shanshan podría dirigirse al coche y hablar con Jiang a través de la ventanilla durante un par de minutos. Creo que es todo lo que puedo hacer.
—Me parece bien —respondió Chen. Sabía por qué le había pedido permiso Huang, y no le sorprendió la mirada de extrañeza que le dirigió el joven policía.
—Bueno, pues…
—¿Cuándo, Huang?
—¿Cómo dice?
—¿Cuándo se encontrará Shanshan con él?
—Hacia el mediodía. A esa hora el coche de la policía saldrá de comisaría.
—Ayúdela, Huang. Hágalo como si me hiciera un favor a mí.
El móvil comenzó a sonar.
—Lo siento, tengo otra llamada. Me pondré en contacto con usted más tarde —dijo Chen, antes de ver que la llamada entrante era del camarada secretario Zhao desde Pekín.
—No se ha relajado casi nada durante sus vacaciones, camarada inspector jefe Chen.
—Ya me conoce, camarada secretario Zhao. No puedo olvidarme nunca de que soy policía, pero he disfrutado mucho de estas vacaciones en el centro.
—Me han llegado algunas quejas sobre la investigación secreta que ha llevado a cabo en Wuxi. He respondido a todos los que se quejaban que usted no tiene por qué contarle a nadie lo que hace, y que, de hecho, si ha estado investigando algunos asuntos es porque yo se lo había pedido.
Una vez más, Chen tenía que agradecerle a Zhao su apoyo. Podría ser una buena oportunidad, pensó, para mencionarle las cuestiones medioambientales al influyente alto cargo del Partido.
—Quería comentarle algo. Siguiendo sus instrucciones, he estado muy al tanto de cualquier problema que pudiera surgir en la gran reforma china. El Centro Recreativo para Cuadros del Partido se halla junto al célebre lago Tai, que ahora está terriblemente contaminado. He centrado mi investigación en cuestiones medioambientales. Me da la impresión de que este problema no afecta sólo a un lago en particular, ni a una empresa determinada. La contaminación está tan extendida que ahora supone un problema para todo el país. En cierto modo, está afectando al desarrollo de China, porque el crecimiento económico basado en el PIB se produce a expensas del medio ambiente. Esto no puede seguir así, camarada secretario Zhao. Nuestra economía debería basarse en un desarrollo sostenible.
A continuación Chen hizo una exposición detallada de su informe, valiéndose de todos los datos que había obtenido —principalmente gracias a Shanshan— en los últimos días. Zhao escuchaba sin interrumpir. Hacia el final de su explicación, Chen añadió con cautela:
—En el transcurso de la investigación, me he visto involucrado por casualidad en un caso relacionado con cuestiones medioambientales.
—Ya sabía que acabaría mencionándolo, camarada inspector jefe Chen. Explíquemelo, pero no tiene que darme todos los detalles. No soy policía.
Chen informó a Zhao acerca del caso antes de hacerle su petición.
—Han declarado inocente a Jiang de la acusación de asesinato, pero lo condenarán de todos modos. He visto con mis propios ojos los terribles daños causados por la contaminación. No deberían castigar a un activista medioambiental por intentar solucionar estos problemas.
—Me complace saber que le preocupan los asuntos medioambientales, camarada inspector jefe Chen —dijo Zhao con voz clara. La conexión telefónica desde Pekín era muy buena—. No vamos a dejarles un lago contaminado a nuestros hijos. Y nuestra economía debería seguir un patrón de desarrollo sostenible, de eso no hay duda. Estoy totalmente de acuerdo con este enfoque. Celebraremos una reunión del Politburó aquí la semana que viene. Estoy jubilado, pero aun así asistiré y sacaré el tema. Envíeme su informe lo antes posible, puede que use algunos de esos datos.
»En cuanto a Jiang, yo no puedo inmiscuirme en casos concretos, como bien sabe. Un cuadro emergente como usted debería adoptar una perspectiva más amplia y no centrarse en un solo caso, ni en una sola persona. Ha demostrado ser un inspector de policía eficiente y también un miembro concienzudo del Partido, pero no debería pasar por alto la opinión de las autoridades locales. Puede que tengan sus razones para preocuparse.
—Pero…
—No hay peros que valgan, camarada inspector jefe Chen. Le espera mucho trabajo en Shanghai. Y yo, como miembro jubilado del Partido, también tengo mis responsabilidades.
Era una señal inequívoca de que la conversación había llegado a su fin, al igual que las vacaciones del inspector jefe en Wuxi.
A lo lejos, Chen oyó los graznidos de un ganso salvaje que volaba en solitario sobre el lago.
No tenía sentido permanecer más tiempo en el centro. Había hecho cuanto había podido y ahora debía acabar el informe para el camarada secretario Zhao. Con todo, aún le quedaban algunos asuntos por resolver.
Tenía que ver a Shanshan antes de irse. La muchacha lo había estado evitando desde la otra noche, pero Chen quería despedirse de ella y asegurarle que volvería. ¿Qué más podía decirle? No lo sabía. Aún no le había revelado que era policía, alguien que trabajaba dentro del sistema y para el sistema, pero probablemente Shanshan ya lo había adivinado.
Volvió al dormitorio y permaneció allí de pie un rato, con la mano sobre el marco de la ventana que daba al lago. Un barco de vela solitario navegaba junto a un islote rodeado de lo que parecían ser lentejas de agua blancas. Miró qué hora era y tomó una determinación.
No había traído demasiado equipaje, por lo que en menos de quince minutos ya estaba listo. Le echó otro vistazo a la habitación vacía, se acabó el minúsculo termo con la medicina a base de hierbas y salió con su pequeña maleta en la mano.
En recepción devolvió la llave a la misma recepcionista que le había dado la bienvenida el día de su llegada. La mujer le sonrió con admiración en la mirada, y cuando estaba a punto de decirle algo, llegó el director Qiao a toda prisa.
—No, no puede irse tan pronto, inspector jefe Chen —le rogó Qiao, con expresión sincera—. Sólo ha pasado una semana aquí.
—Le agradezco de verdad todo lo que ha hecho por mí, director Qiao, pero tengo que irme. Y, entre nosotros, le diré por qué. Debo acabar un informe que el camarada secretario Zhao necesita para una reunión importante en Pekín. El centro es un sitio fantástico, pero con todo este revuelo por culpa del asesinato ya no puedo concentrarme en el informe.
—Lo comprendo, pero al menos déjeme invitarlo a un banquete de despedida.
Los interrumpió un muchacho que se acercó a ellos nervioso, con un sobre en la mano.
—¿Es usted el señor Chen?
—El mismo.
—Esta carta es para usted. Confidencial. Tiene que firmarme el recibo de entrega especial.
Era un nuevo tipo de negocio en las ciudades chinas. En lugar de hacer sus envíos por correo postal, mucha gente contrataba un servicio de mensajería para los envíos urbanos. Bastaba una llamada telefónica para que entregaran una carta o un paquete en un par de horas. Para ello sólo era preciso disponer de una bicicleta o de una motocicleta. Chen no tenía ni idea de quién podía haber contratado el envío especial.
—Gracias. —Firmó en un impreso y cogió la carta. A continuación se volvió hacia Qiao sin abrirla—. Volveré lo antes posible, director Qiao. Permítame que me reserve su invitación para más adelante.
—Entonces permita usted que el coche del centro lo lleve hasta la estación.
—Acepto su ofrecimiento con mucho gusto, director Qiao.
Al salir del centro, Chen vio que lo esperaba una reluciente limusina negra. El conductor de la limusina, un hombre bajo de mediana edad y calvicie incipiente, preguntó con tono respetuoso:
—¿A la estación de ferrocarril, señor?
—No, vayamos primero a la comisaría de Wuxi.