5
El centro de vacaciones era un sitio bastante agradable, después de todo.
Chen dio un paseo por las instalaciones a primera hora de la mañana del jueves y empezó a hacerse una idea más cabal de su trazado. El emplazamiento decía mucho del complejo. Lo que fuera originalmente una enorme zona del parque situada junto al lago se había acabado convirtiendo en el Centro Recreativo para Cuadros de Wuxi. Allí, los cuadros veteranos podían disfrutar del lago con tranquilidad sin tener que mezclarse con la multitud de ruidosos turistas.
Otros huéspedes del centro también paseaban ociosamente. Todos ellos debían de llevar una vida muy distinta en otro lugar, ya se tratara de una capital de provincias o de una ciudad grande, cada uno poderoso y privilegiado a su manera. Sin embargo, vestidos con el pijama de rayas azules y blancas del centro de vacaciones, podían permanecer en el anonimato.
No obstante, incluso aquí existía una especie de jerarquía reconocible. En los dos edificios grises de varias plantas situados cerca de la entrada, las habitaciones se asemejaban a las de un hotel: pese a ser bastante agradables y contar todas ellas con una pequeña terraza, probablemente no estaban destinadas a los cuadros más altos. Por otra parte, cerca del centro del complejo se alzaba otro edificio, cuyas terrazas, de gran tamaño, indicaban que las habitaciones debían de ser mucho más amplias. Chen levantó la mirada y vio a un hombre de pelo blanco que salía a una terraza de la tercera planta. El hombre se desperezó y lo saludó con la cabeza. Chen le devolvió el saludo y continuó andando.
Poco después vio una casa de té construida acorde con el estilo arquitectónico tradicional. Era muy parecida a la del parque, pero ésta se alzaba entre el follaje sobre una altiplanicie, junto a un edificio de estilo moderno. Desde lejos, pudo ver a varios ancianos sentados en el exterior junto a la balaustrada de piedra blanca, bebiendo té, hablando y partiendo pepitas de sandía.
Podría ser un buen lugar donde sentarse y examinar el informe preliminar que el oficial Huang le había enviado por fax aquella mañana, pensó. El inspector jefe aún no había decidido si debía involucrarse activamente en la investigación.
Le sorprendió ver una escalera mecánica impermeable que ascendía por la colina y conducía directamente a la casa de té. No fue tanto la tecnología de la escalera lo que le sorprendió, como el hecho de que estuviera instalada en la pendiente. Cualquier persona incapaz de subir por la escalera de piedra que quedaba cerca de allí podía usar el ascensor del edificio contiguo a la casa de té.
Chen dio media vuelta y se dirigió a la clínica anexa al centro. Según el folleto, la clínica proporcionaba cómodos chequeos médicos a los cuadros de alto rango. Chen no creía tener problemas de salud, pero ya que estaba allí, decidió visitar a un médico especializado en medicina china tradicional.
La experiencia de Chen en la clínica resultó ser muy distinta a la del hospital de Shanghai, donde normalmente tenía que hacer cola durante un buen rato para resolver innumerables trámites burocráticos. Aquí las enfermeras se desvivieron por él, por no mencionar el equipamiento de última generación importado para todos esos cuadros de alto rango.
El doctor le tomó el pulso, le examinó la lengua, le tomó la tensión y le comunicó un diagnóstico salpicado de jerga profesional con su fuerte acento anhui.
—Ha estado trabajando demasiado y ha quemado el yin de su organismo, así que tanto el qi como la sangre se encuentran en horas bajas, mientras que el yang está ligeramente alto. Hay bastante desequilibrio, pero no puedo destacar nada en concreto; es un poco de todo. —El médico garabateó una receta y añadió con expresión pensativa—: Sigue soltero, ¿verdad?
Chen creyó adivinar lo que insinuaba el médico: según la teoría médica tradicional china, las personas alcanzan el equilibrio entre el yin y el yang a través del matrimonio. Para un hombre de su edad, el celibato continuado no podía ser sano. El anciano doctor de Wuxi sería un aliado ideal de su madre, pensó Chen divertido, porque ésta se quejaba continuamente de que el inspector jefe no estuviera dispuesto a sentar la cabeza.
La receta especificaba que la medicina debía prepararse cada día, y que debía tomarse mientras aún estuviera caliente. El farmacéutico de la clínica le aseguró que no tenía inconveniente en preparársela: el director Qiao le había dado instrucciones precisas para que proporcionara a Chen todo lo que éste pudiera necesitar.
Tras salir de la clínica, en lugar de volver a su casa en el centro, Chen siguió andando. En cierto modo lo incomodaba el hecho de recibir un trato especial porque allí todos suponían que era un cuadro destacado. Se había fijado en que algunos de los ancianos lo miraban con curiosidad. No parecía probable que lo hubieran reconocido, pero, debido a su edad, llamaba la atención en un lugar como aquél.
Chen atajó por un pequeño claro en el que no había casi nadie, y luego subió un tramo de escaleras de piedra. Acabó en la parte trasera del centro, donde descubrió un sendero que serpenteaba colina abajo. Siguió el sendero, que estaba salpicado de flores silvestres, y al cabo de un par de recodos llegó a la alambrada que separaba el complejo del lago. Entre los dos discurría un camino desierto.
El inspector jefe se encaramó a una roca situada junto a la ladera de la colina y sacó el fax. Este no parecía aportar ningún dato realmente nuevo o distinto de lo que Huang ya le había contado. Después de leerlo un par de veces, se preguntó cómo podría participar en la investigación sin dejar de permanecer en un segundo plano. No creía que fuera buena idea visitar el escenario del crimen, ni interrogar a cualquier posible sospechoso. No obstante, una charla informal con personas de las que no sospechara la policía local no tendría por qué suponer un problema. Quizás una visita a la señora Liu, a la que no consideraba especialmente sospechosa, aunque le intrigaba su decisión de viajar a Shanghai nada más enterarse de que su marido no volvería a casa aquella noche. En el peor de los casos, podría contarle algo sobre Liu.
Otra posible fuente de información sería Shanshan, por supuesto. En esa conversación, mejor no revelar que era un poli. Chen sacó el móvil, pero no marcó ningún número. En el fondo se sentía incómodo por no haberle confesado a Shanshan que era un inspector jefe, pero se tranquilizó a sí mismo diciéndose que lo hacía por una buena razón. Y se preguntó si las llamadas amenazadoras que Shanshan había estado recibiendo guardarían relación con el caso.
A continuación subrayó varias frases del fax. Había otros puntos que quizá mereciera la pena investigar más a fondo. La hora del asesinato, para empezar. Chen garabateó un par de palabras en uno de los márgenes del fax, aunque no se le había ocurrido aún ninguna hipótesis.
Entonces, para su sorpresa, sintió que lo invadía el cansancio y se frotó los ojos. Aún era temprano. Se preguntó si el diagnóstico del médico habría tenido en él un efecto psicosomático.
Levantó la vista al tiempo que movía la cabeza a uno y otro lado. Un poco más al norte, se fijó en que habían dejado la puerta de una valla con el pestillo descorrido, cosa que probablemente no se apreciaría desde el exterior. Alguien podía haberse olvidado de cerrar la puerta al salir. Se levantó para echar un vistazo a su alrededor, creyendo estar cerca de la zona turística denominada en su mapa «Islote del azor cubierto de escarcha».
Cuando empezó a volver sobre sus pasos, el sosiego lo envolvió de forma inesperada. Pensó en algunos versos de poemas de la dinastía Tang:
Sólo el sonido
de un minúsculo piñón al caer
se oye aquí,
en las colinas apartadas…
Allí, solitario, debes de yacer despierto, pensando.
Intentó ridiculizarse a sí mismo para despojarse de la melancolía que se había apoderado de él. El poema Tang se refería a una escena nocturna en las montañas. Además, ¿quién podría ser «el solitario»?
Poco después de volver a su casa en el centro, una joven enfermera apareció con la medicina recién preparada en un pequeño termo.
—Será mejor que se la beba deprisa —le dijo la enfermera con una amable sonrisa—. Las dosis calientes recién preparadas tienen un efecto muchísimo mayor. Le traeremos otra por la tarde.
Después, cuando se enjuagaba la boca para quitarse el gusto amargo de las hierbas, Chen recibió una llamada del director Qiao.
—Hoy ha de almorzar con nosotros, inspector jefe Chen.
—No tiene por qué invitarme, director Qiao. Ya ha hecho demasiado por mí.
—Es que nos gustaría consultarle algo durante el almuerzo.
—¿Sobre qué?
—Hasta ahora el Estado ha financiado el centro, pero estamos considerando la posibilidad de hacer algunos cambios. A diferencia de los hospitales, nosotros no tenemos ningún modo de recaudar dinero, así que estamos pensando en abrir una parte del centro al público. El servicio a los cuadros del Partido como usted seguirá siendo nuestra prioridad, desde luego. Sin embargo, nuestra clínica, dada su ubicación, podría suponer una atractiva alternativa para los turistas, especialmente para los de Shanghai. Podrían alojarse aquí como si se alojaran en un hotel tranquilo y agradable, y, de paso, hacerse un chequeo médico con todas las comodidades. Así que usted sería la persona más indicada para transmitir este mensaje a la jerarquía de Shanghai.
Puede que el director tuviera razón, pensó Chen. El centro era enorme, pero quedaban muchos alojamientos vacíos. De noche, al mirar por la ventana, Chen había visto edificios con un número considerable de ventanas apagadas. Durante los últimos años, a ciertas instituciones de gestión estatal, como los hospitales, no les había quedado más remedio que cobrar a sus pacientes tarifas cada vez más elevadas, además de recibir de ellos numerosos «sobres rojos». Sin embargo, el centro de vacaciones no estaba en condiciones de hacer lo mismo, y tenía que subsistir con los limitados fondos que recibía del Estado.
Pero todo aquello no era asunto suyo. El inspector jefe Chen no había venido a Wuxi para hablar de negocios. Aun así, el director Qiao parecía sincero, y Chen no podía rechazar su invitación sin resultar descortés.
Finalmente, con el regusto amargo de la medicina a base de hierbas aún en la lengua, accedió a asistir a un almuerzo tardío.
Como todavía faltaba más de una hora para el almuerzo, se sentó en el estudio frente al portátil e intentó encontrar una conexión a internet. Pese a la hoja de instrucciones que halló junto al ordenador, no consiguió conectarse. Era un portátil importado, cargado con software chino. Al menos podía intentar escribir algo. Se encorvó sobre el teclado, pero al cabo de unos minutos aún no se le había ocurrido nada.
Llevó el portátil al salón y se sentó cerca del ventanal, desde donde podía ver el lago. Pensó en el poema que había empezado el día anterior, acerca de la identidad de uno en las interpretaciones de los demás. La imagen de Shanshan caminando por la orilla del lago a su lado comenzó a inmiscuirse en sus pensamientos. ¿Qué clase de hombre debía de ser en la interpretación que Shanshan habría hecho de él o en la imaginación de la muchacha?
El teléfono que reposaba sobre la mesa comenzó a sonar. Chen descolgó el auricular, escuchó a la telefonista decir algo ininteligible y luego oyó la voz del tío Wang, que la interrumpía, presa de la agitación.
—Sé que está de vacaciones en el centro, señor Chen, pero tenía que llamarlo. Shanshan tiene problemas.
—¡Vaya! ¿Qué ha sucedido?
—Esta mañana ha pasado por aquí, como siempre, para meter su almuerzo en mi nevera, pero antes de entrar un par de desconocidos con muy mala pinta han salido de la nada, le han cerrado el paso y la han obligado a meterse en un coche que esperaba fuera. Después la he llamado a su trabajo, pero alguien me ha dicho que mantuviera la boca cerrada, porque la han detenido para interrogarla.
—¡No me diga! ¿Sabe por qué?
—Tuvo una especie de discusión con Liu, su jefe. Es todo lo que sé. Ahora que Liu está muerto, seguro que sospechan de ella.
—¿Sólo por discutir por cuestiones de trabajo? Es indignante. ¿Tienen alguna prueba?
—Ni idea, pero Shanshan es incapaz de hacer algo así. La conozco bien, señor Chen. Desde que era una niña.
—Lo investigaré, tío Wang. No se preocupe. Mientras tanto, si se le ocurre algo más, llámeme. Este es mi número de móvil… —Chen hizo una pausa y cambió de opinión—. No, iré yo al restaurante a verlo. Quédese donde está.
Debía de haber sonado como un poli, pensó Chen al colgar.
Y lo cierto era que estaba preparándose para actuar como tal, pese a que no había transcurrido ni un día desde que le asegurara al oficial Huang que el asesinato no era asunto suyo, y que sólo preguntaba por curiosidad, ya que se aburría durante las vacaciones.
Su cambio de actitud se debía a ella. Al menos eso tuvo que admitirlo.
A continuación le dejó un breve mensaje al director Qiao en la oficina del centro disculpándose por no poder asistir al almuerzo, y luego salió a toda prisa de allí.
El camino era tan bonito como antes, pero el inspector jefe no estaba de humor para comportarse como un turista. Apenas tardó diez minutos en llegar al restaurante.
—Se encuentra en apuros, lo sé —repetía una y otra vez el tío Wang—. Sabía desde hace tiempo que esto iba a pasar. Shanshan se interpuso en su camino.
—¿En el camino de quién?
—Es la responsable de protección medioambiental de la empresa, un trabajo que la convierte en una piedra en el zapato de los poderosos. No le iría tan mal si no se tomara su trabajo tan en serio, pero se lo toma. Además, no sólo era Liu el que le ponía las cosas difíciles, también sus subordinados. Shanshan me lo contó. Es una de las razones por las que viene a comer aquí. Allí ni siquiera la dejan almorzar en paz.
Chen pensó de nuevo en las llamadas que Shanshan había estado recibiendo. Pero ¿podía la presión, por insoportable que fuera, llevar a una chica joven y entusiasta como Shanshan a cometer un asesinato?
—Tiene que ayudarla, señor Chen. Es una buena chica. Además, ella lo admira mucho.
Al parecer, el tío Wang concedía demasiada importancia a su relación con Shanshan. Por otra parte, ¿le habría dicho ella al tío Wang algo acerca de Chen después de que se despidieran frente al transbordador?
Sin embargo, salvo mencionar la presión a la que estaba sometida Shanshan en su trabajo, el anciano no pudo aportarle nada nuevo o que resultara útil. ¿Cómo pensaba actuar el inspector jefe Chen?
En circunstancias normales intentaría ponerse en contacto con la policía local. Quizá no pusieran demasiadas objeciones, aunque se mostraran comprensiblemente reacios a que Chen se involucrara en el caso. Dada la proximidad entre Wuxi y Shanghai, podrían surgir más ocasiones para colaborar juntos. Asimismo, el ascendiente de Chen entre los altos cargos de Pekín podría resultarle útil a la policía de Wuxi.
No obstante, si Seguridad Interna merodeaba en un segundo plano, las cosas serían muy distintas.
Chen cogió el móvil y marcó el número del oficial Huang.
—Necesito hablar con usted, Huang.
—Claro que sí, jefe. ¿Dónde?
—Bueno… —titubeó Chen, consciente de que el tío Wang lo observaba detenidamente. No era aconsejable hablar en presencia del anciano. Al levantar la mirada vio una barbería en la acera de enfrente, con el típico poste giratorio de rayas rojas, azules y blancas—. Venga a una barbería de la calle Wuyou, al sur de la terminal del autobús uno. Nos encontraremos allí.
Chen se despidió del tío Wang y cruzó la calle. La barbería tenía un nombre muy refinado: SALÓN DE PELUQUERÍA WUYU.
Una chica enfundada en una combinación con la espalda descubierta salió a toda prisa a recibirlo.
—Bienvenido, jefe. Me llamo Jade Verde.
Se dio cuenta de que había cometido un error nada más ver cómo se le marcaban los pezones a la muchacha a través de la fina tela cuando lo tomó de la mano y prácticamente lo arrastró hasta el interior del local. En la actualidad, un gran número de supuestas peluquerías no eran más que una tapadera tras la que se ofrecían diversos servicios sexuales. Había visto muchos establecimientos similares en Shanghai, por lo que tendría que habérselo imaginado.
En el salón de peluquería vio a varias chicas más. Una de ellas llevaba un corpiño dudo de seda roja bordado con un par de patos mandarines, mientras que otra sólo llevaba puesto un sujetador de encaje negro. Todas lo miraron con curiosidad: no parecía el típico cliente de un local como ése, supuso Chen.
Jade Verde lo condujo hasta una habitación interior iluminada tenuemente con un único fluorescente y, nada más sentarse él en un sillón reclinable de cuero, comenzó a enumerarle la lista de servicios disponibles.
—Proporcionamos todo tipo de servicios, jefe. Masaje tailandés, lavado de pies, masaje japonés, aplicación de aceites en la espalda o en todo el cuerpo, lavado de pelo… Basta con que me diga qué es lo que más le apetece.
—Sólo quiero cortarme el pelo.
—No, aquí no cortamos el pelo, sólo lo lavamos. Lavados sin prisas, lujosos, exquisitos. Lo relajará completamente, se lo garantizo.
—Adelante —aceptó Chen con resignación. Era demasiado tarde para echarse atrás. Huang ya estaría de camino.
El sillón reclinable de cuero diseñado para lavar el pelo a los clientes le permitía tumbarse casi por completo, con la cabeza sobresaliendo bajo el grifo. Jade Verde le aplicó el champú con parsimonia, frotándole y masajeándole la cabeza y presionándole las sienes con los dedos. Puede que contara con algún tipo de formación, pensó Chen mientras la muchacha se inclinaba sobre él, con los pechos casi saliéndosele de la combinación.
A la luz del fluorescente, Chen se fijó en el sarpullido de color rojo intenso que Jade Verde tenía en los brazos y en los hombros desnudos.
—¡Vaya! Es un ataque de alergia, ¿no? —preguntó Chen con un escalofrío involuntario.
—No se preocupe. Le pasa a mucha gente de esta zona. Algunos están mucho peor que yo. Es por culpa del agua del lago, ¿sabe? Le echan un montón de residuos industriales.
Las palabras de Jade Verde constituían una nueva confirmación del gravísimo problema de contaminación por el que la gente estaba pagando un precio terrible.
—Déjeme que también le frote los hombros, jefe. Los tiene muy tensos. Debe de haber trabajado mucho, relájese —sugirió la chica mientras empezaba a darle un masaje.
Sin embargo, antes de que Chen pudiera responder, Jade Verde ya había empezado a acariciarle la entrepierna con los dedos.
—Déjeme frotarle también a su hermanito.
—¿Qué quiere decir?
—Seguro que disfrutará, y además me hará un favor. Por lavarle el pelo sólo gano diez yuanes, pero por frotarle el hermanito gano sesenta.
Chen iba a protestar cuando la chica empezó a desabrocharle el cinturón, pero entonces irrumpió Huang en la habitación. Al no ver a Chen, que tenía el pelo cubierto de espuma y la cara medio tapada por una toalla, Huang empezó a llamarlo a gritos.
—¡Inspector jefe Chen!
Se armó un gran revuelo en el salón, y todas las chicas lo miraron atónitas. Jade Verde, completamente aturdida al ver a Huang con su uniforme policial, levantó las dos manos como si fuera a entregarse.
—Estoy aquí. No se preocupe, oficial Huang —dijo Chen, secándose el pelo con una toalla—. Vámonos.
Chen pagó la tarifa estipulada en la lista de precios fijada a la pared. Jade Verde no dejaba de darle las gracias, ruborizada y con el cabello alborotado. No le pareció tan caro como había previsto, pero quizá la moderación en el precio se debiera a la presencia del oficial Huang.
Mientras salían del salón, Chen vio que Huang había venido en un coche de policía.
El tío Wang servía a un cliente en una de las mesas de la terraza y no había otra mesa exterior donde poder sentarse a hablar sin que les oyeran, por lo que Chen siguió a Huang hasta el interior del coche. Una vez dentro, no tardó ni un minuto en preguntar por Shanshan.
—Sus compañeros han detenido a Shanshan, ¿verdad?
—Está muy al tanto de todas las novedades, jefe —comentó Huang, y le ofreció un cigarrillo—. La investigación sigue ahora un nuevo enfoque, se centra en las personas que le guardaban rencor a Liu. Han detenido a Shanshan porque discutía a menudo con su jefe. Según Mi, Liu había mencionado su intención de despedirla, así que Shanshan podría tener un motivo. También la oyeron amenazar a Liu aproximadamente una semana antes de que lo asesinaran. Shanshan le dijo que pagaría un precio terrible. Al menos dos personas de la empresa lo oyeron.
—Tengo razones para creer que discutía con Liu por cuestiones relacionadas con su trabajo, y que le advertía acerca de las consecuencias de la contaminación industrial. Sospecho que no amenazó a Liu personalmente. ¿Quién la oyó amenazarlo?
—Mi y Zhou Qiang, el director de ventas, quien la llamó «maldita entrometida». Es cierto que les cae mal a algunos de los empleados de la empresa.
—¿Y qué hay de su coartada?
—No tiene coartada. Dijo que aquella noche estaba sola en la habitación de su vivienda colectiva, viendo la tele y leyendo, y que luego, hacia las diez, se fue a la cama.
—Casi todos los vecinos de la vivienda colectiva habrían respondido algo parecido. Un número considerable de ellos son solteros, y Wuxi no es una ciudad que ofrezca muchas diversiones por la noche.
—Wuxi no es Shanghai, lo sé —admitió Huang—. Pero el asesino es alguien a quien Liu conocía. Como sospechamos desde un principio, quien mató a Liu sabía dónde iba a pasar la noche.
—Pero otros empleados de la empresa también conocen el despacho particular de Liu, no es ningún secreto. Como usted mencionó ayer, Mi, su secretaria, sabía mejor que nadie dónde se encontraba Liu en cada momento. Y la señora Liu también.
—Eso es cierto.
—Lo más lógico es que Liu les hubiera contado a sus allegados los planes que tenía para aquella noche. Dada la animadversión existente entre Shanshan y Liu, ¿cómo podría haber sabido ella dónde estaría su jefe?
—¿Cómo? No tengo respuesta a esa pregunta.
—Además, dados los problemas que existían entre los dos, hay algo que no me cabe en la cabeza. Aunque Shanshan le hubiera hecho una visita inesperada aquella noche, no me puedo imaginar por qué Liu la habría dejado entrar en su piso, para luego permitir que le asestara un golpe mortal sin resistirse. —Chen hizo una pausa antes de continuar—. No, no creo que deba permanecer detenida sin pruebas ni testigos.
—Entiendo su punto de vista, jefe. Al ser amiga suya, puede que le haya contado cosas que nosotros no sabemos.
—El que sea o no amiga mía no viene al caso. De hecho, como le dije, sólo hace dos días que la conozco —replicó Chen, preguntándose si Huang lo creería—. Como policías que somos, nosotros mismos debemos saber lo que podemos y lo que no podemos hacer.
—No podría estar más de acuerdo. Usted es un hombre de principios. Yo no la habría detenido, pero soy el miembro más joven de la brigada; no me escucharían. Por no mencionar que los agentes de Seguridad Interna están detrás de todo esto y han respaldado la decisión.
Puede que aquello fuera cierto, pensó Chen, pero aún confiaba en que Huang intentara ponerla en libertad.
—Hay algo raro en este caso, Huang. Para empezar, la hora del asesinato. Tuvo lugar justo antes de que se publicara la OPV de la empresa, y en medio de la continuada controversia sobre sus vertidos tóxicos —dijo Chen con tono pausado—. Estoy atrapado aquí en unas vacaciones que casi me he visto obligado a aceptar, como le he contado, y la verdad es que no tengo nada que hacer en el centro. Creo que podríamos investigar este caso juntos, usted y yo.
—¿Quiere decir que podemos trabajar en un caso juntos? Eso sería fantástico, inspector jefe Chen. ¡Investigar bajo su supervisión! Llevo soñando con esta oportunidad desde hace muchísimo tiempo.
—No, no es mi caso. Ni es el momento de actuar abiertamente. Se supone que no soy policía mientras esté en Wuxi. Tenemos que asegurarnos bien de eso. —Luego, Chen añadió, con cierta ironía—: Ya sé que le gustan los relatos de Sherlock Holmes. ¿Recuerda que a veces él permanece en un segundo plano y deja actuar a la policía?
—Sí, lo hace en varios relatos, inspector jefe Chen.
—Ninguno de sus compañeros debería saber que estoy trabajando con usted.
—Como prefiera.
—Pero al trabajar en un caso, ya sea en un segundo o en un primer plano, hay algunas cosas que suelo hacer y otras que no haría nunca.
—Entiendo.
—Para empezar, no quiero solucionar un caso si eso implica detener e interrogar a la gente sin justificación.
—Se refiere a…
Huang dejó la frase inacabada, con un dejo de vacilación en la voz.
Chen sabía por qué vacilaba el joven policía, así que decidió darle otro empujón.
—Sinceramente, me sorprendió cuando me dijeron que viniera a Wuxi a pasar unos días de vacaciones que no necesito. Pero el camarada secretario Zhao debe de tener sus razones.
No mentía, aunque, para el joven policía, el comentario dejaba entrever que habían enviado aquí al inspector jefe en una misión sumamente confidencial; una misión de la que ni siquiera el propio Chen conocía los detalles.
—Conocí de forma casual a Shanshan —continuó explicando Chen después de hacer una pausa efectista— por algo que mencionó el camarada secretario Zhao. Había leído un artículo escrito por ella, un texto relacionado con la protección medioambiental, y quería que yo investigara los nuevos problemas de la reforma china —explicó Chen, pensando que no era una mentira demasiado descabellada—. Estoy a punto de escribir un informe sobre el desarrollo económico sostenible, un tipo de desarrollo que no daña al medio ambiente. No es en absoluto mi campo, pero no podía decirle que no al camarada secretario.
—No es de extrañar que la conociera tan deprisa —dijo Huang, impresionado—. Le agradezco de verdad la confianza que ha depositado en mí, inspector jefe Chen. Comprendo que es un asunto altamente confidencial. Haré cuanto esté en mi mano.
—Proporcióneme toda la información adicional que tenga sobre el caso. En concreto, si se conoce ya el informe definitivo sobre la autopsia.
—Sí, le conseguiré una copia.
—No le mencione mi nombre a nadie, y tampoco mencione a Zhao —añadió Chen apresuradamente, mientras abría la puerta del coche—. Se trata de una situación muy delicada, pero usted es más que capaz de juzgar cómo enfrentarse a ella.
—Claro, seguiré sus instrucciones.
—Entonces pongámonos a trabajar, oficial Huang —dijo Chen—. Pronto le hablaré del primer paso que vamos a dar, pero mientras tanto voy a escribir un informe sobre este asunto para enviarlo a Pekín.