20

Chen llegó a la casa de la señora Liu y llamó al timbre.

Un joven larguirucho le abrió la puerta. El muchacho llevaba una camisa blanca de estilo chino, con caracteres negros impresos por todo el tejido. Tendría veintipocos años y parecía un estudiante universitario.

—Está en la iglesia, y no creo que vuelva hasta esta tarde. ¿Por qué la busca?

—Entonces, ¿tú eres su hijo Wenliang?

—Sí, soy Wenliang.

—Encantado de conocerte, Wenliang. Me llamo Chen —se presentó el inspector jefe, y sacó dos tarjetas de visita: una que lo identificaba como inspector jefe, y otra proporcionada por la Asociación de Escritores—. Te he reconocido porque salías en una foto junto a tu padre. Ya que tu madre no está en casa, podría aprovechar para hablar contigo.

—¡Caramba, usted es un inspector jefe de Shanghai! —exclamó Wenliang, mientras comenzaba a examinar la segunda tarjeta—. ¡Y además es poeta!

El muchacho condujo a Chen hasta el salón, donde Huang y él habían hablado con la señora Liu hacía unos días. El único cambio que observó en la habitación fue la nueva fotografía en color de la familia Liu colgada de la pared, en la que Wenliang posaba entre sus padres. Tanto Liu como su esposa sonreían a la cámara.

—¿Té o café?

—Té, gracias —respondió Chen—. Estoy de vacaciones en Wuxi, y ahora ayudo a investigar la muerte de tu padre. En el transcurso de la investigación oí hablar de ti y de tus prácticas en la empresa el año pasado. ¿Hay alguna cosa que, en tu opinión, pueda ayudarnos en nuestro trabajo?

—¿Qué quiere saber, inspector jefe Chen?

—Para empezar, ¿por qué hacías prácticas en una empresa química? Estás estudiando literatura en la Universidad de Pekín, ¿no es así?

—Mi padre tenía planes para después de mi graduación.

—¿Qué clase de planes?

—Quería que trabajara en la empresa. Según él, había creado un puesto a mi medida, y mis prácticas formaban parte de dicho plan. Creo que, con el tiempo, mi padre quería que lo sucediera. Como hombre típico de su generación, ansiaba que su familia siguiera al frente del negocio. Me lo recalcó varias veces.

—¿Y cómo pensaba conseguirlo? Por lo que sé, en una gran empresa estatal los nombramientos de los cuadros, particularmente para un puesto como el de tu padre, los deciden los altos cargos del Partido —dijo Chen, y añadió—: Y la empresa seguirá siendo estatal, incluso después de la OPV.

—Yo le hice la misma pregunta, pero, según él, todo es posible cuando se tienen contactos, y él tenía muchos contactos en el gobierno municipal, e incluso más arriba. Evidentemente, no iba a sucederle de la noche a la mañana.

—Ya veo. No me extraña que tuviera en su despacho particular esa foto en la que salís los dos. Es la única foto que recuerdo haber visto allí.

—¿De qué foto habla?

—De la de vosotros dos de pie frente a la librería, delante de una hilera de estatuillas relucientes. Os la tomaron durante tus prácticas, creo.

Chen abrió el maletín, sacó un montón de fotografías y eligió una de ellas.

—¡Ah, ésa! Sí, es del verano pasado. Mi padre estaba muy orgulloso de los logros de la empresa, ganaban una estatuilla un año tras otro. Las tenía todas en la estantería de su despacho.

Al observar la imagen de las relucientes estatuillas, Chen cayó en la cuenta de que algo no cuadraba. Había fotografiado la foto enmarcada porque era la única que tenía de Liu. Según su experiencia, las fotografías a veces ayudaban a establecer una especie de vínculo entre el investigador y la víctima. Ya la había examinado varias veces en su habitación del centro.

—¿No le dieron otra —preguntó Chen— a finales del año pasado?

—Claro que sí, pero ¿por qué lo pregunta?

En lugar de responder, Chen sacó algunas de las fotografías tomadas por la policía y las colocó junto a las que él había sacado. En todas ellas aparecían las estatuillas. Chen las contó: había nueve.

—Mi padre insistió en que posáramos frente a las estatuillas —explicó Wenliang lanzando una mirada a la fotografía en la que aparecía junto a Liu—. Las alineó todas en el estante.

Pero faltaba una, pensó Chen. En las fotografías del escenario del crimen debería haber diez estatuillas, incluyendo la que le habían concedido a la empresa el año anterior. Pero sólo había nueve.

—Mi padre se encargó de que les dieran a todas un baño de oro, y lo pagó con fondos especiales de la empresa reservados para ese propósito. Me llamó a finales del año pasado para contármelo. «Nos han concedido diez estatuillas seguidas bajo mi liderazgo, pero la undécima o la duodécima deberían ganarse bajo el tuyo.»

Así que faltaba la décima estatuilla del despacho particular de Liu. ¿Qué podría significar eso? No era momento de enfrascarse en especulaciones, especialmente cuando podrían resultar irrelevantes de cara a la investigación.

—¿Aún te darán ese puesto en la empresa, Wenliang?

—No lo creo. El nuevo emperador debe tener los ministros que él elija.

—Entonces, ¿qué planes tienes?

—Lo crea o no, mi auténtica pasión es la ópera de Pekín, así que estoy pensando en estudiar un máster en ese campo.

—Muy interesante —dijo Chen, consciente, de inmediato, de que era exactamente la misma respuesta que la gente le daba a él cuando se enteraban de su pasión por la poesía.

—Puede que no parezca una opción razonable en la sociedad actual, pero con el dinero que mi padre nos ha dejado, creo que me las apañaré.

—Ya entiendo. Pero, como sucede con la poesía, una carrera profesional relacionada con la ópera de Pekín será muy poco provechosa en cuanto a lo económico.

—Mi padre trabajó como un condenado durante toda su vida, pero ¿acaso pudo llevarse algo de dinero a la tumba al morir?

—Sí, ya lo entiendo. No puedes vivir sin dinero, pero tampoco puedes dedicar toda tu vida a conseguirlo.

—Además, nadie quiere que trabaje en la empresa química.

—Fu, el nuevo jefe, iba a ofrecerle un trabajo a tu madre, según tengo entendido.

—¿Qué clase de trabajo piensa ofrecerle? Algún puesto muy bajo, seguramente. No es más que un gesto vacío.

—Pero la gente que trabajaba para tu padre no parece descontenta con Fu. A Mi la ha ascendido, por ejemplo.

—No me hable de ella —replicó Wenliang con una indisimulada expresión de asco—. Es igual que en la ópera de Pekín Fuerza el ataúd. ¡Qué horror!

—¿Fuerza el ataúd?

—¿No conoce la historia de la repentina iluminación de Zhuangzi sobre la vanidad humana?

—Conozco a Zhuangzi, por supuesto. Recuerdo alguna historia sobre su iluminación. Soñaba con ser una mariposa, pero al despertarse no pudo evitar preguntarse si no sería la mariposa la que soñaba con ser él. Pero era un gran filósofo, y no tenemos que tomarnos esa historia demasiado en serio.

—Hay una versión popular de una ópera de Pekín que puede que no conozca. De hecho, es totalmente distinta. Según dicha versión, Zhuangzi tenía una esposa joven y cariñosa que era lo único de lo que no podía desprenderse, pese a su sabiduría filosófica, en este mundo lleno de polvo rojo. Un día Zhuangzi enfermó de repente, y ella juró junto a su cama que en su corazón sólo había sitio para él. Sin embargo, nada más exhalar Zhuangzi el último suspiro, su viuda empezó a buscar un nuevo amante. Tuvo la suerte de encontrarlo aquel mismo día, pero su amante también enfermó de la noche a la mañana. Según un matasanos, el enfermo sólo lograría salvarse si tomaba una medicina hecha con el corazón de alguien, así que la viuda forzó el ataúd, que aún no habían enterrado, para arrancarle el corazón a Zhuangzi. Resultó ser una prueba que éste había preparado con sus poderes sobrenaturales. Muerta de vergüenza, la mujer se suicidó y él tuvo una iluminación sobre la vanidad de la pasión humana.

Chen recordó haber escuchado una versión popular de la historia, pero era mucho menos truculenta que la que Wenliang acababa de contarle.

—Entonces, quieres decir que…

—Ya sabe lo que quiero decir. Mi no es más que una pequeña secretaria mantenida por su jefe Bolsillos Llenos —expuso Wenliang con desdén—. Así que ahora necesita a otro para que le proporcione el nivel de vida al que está acostumbrada.

—Bueno…

—Uno más joven ya esperaba entre bastidores, en la oscuridad, antes de que el viejo hiciera mutis.

—Vaya, como en Hamlet.

—Exactamente. Representaron una ópera de Pekín basada en Hamlet hace varios meses en la universidad. Es una historia universal. Mi también tenía relaciones con otro. Presencié algo cuando estuve trabajando en la oficina el verano pasado. No era asunto mío, claro está. Pero mi padre no confiaba del todo en ella, sabía a qué atenerse.

Era posible que Wenliang fuera otro narrador poco fiable, por supuesto, y que, comprensiblemente, no juzgara a Mi con imparcialidad, pensó Chen.

—¿Estás seguro de eso, Wenliang?

—Lo vi con mis propios ojos. No me lo estoy sacando de la manga, se lo aseguro —dijo el muchacho con tono exasperado—. No es ningún delito que una pequeña secretaria se entienda con el número dos a espaldas del jefe. ¿Qué podía hacer yo? No soportaba la idea de contárselo a mi padre, el cual posiblemente no me hubiera creído, y además podría haber provocado un escándalo enorme. Que al padre de uno le pongan los cuernos no es como para enorgullecerse. ¿Por qué iba a inventarme algo así?

—Eso es cierto…

Bajo la luz que entraba a raudales por la ventana, el inspector jefe pensó en todo lo que le habían contado a lo largo de los últimos días. Principalmente en detalles a los que no había prestado demasiada atención, como el episodio del hombre más joven que Liu al que vieron una noche en compañía de Mi, el espíritu de la zorra blanca. O historias como las que le habían narrado los dos bebedores del bar y como el suceso acaecido en el hotel de la calle Nanjing, que el subinspector Yu acababa de relatarle.

Ahora todas esas piezas empezaban a encajar de un modo que Chen nunca hubiera imaginado.

—Muchísimas gracias, Wenliang. Te aseguro que haremos todo lo posible para que se le haga justicia a tu…

Cuando Chen estaba a punto de acabar la frase se abrió la puerta, y la señora Liu entró en la casa con expresión contrariada.

—Vaya, de nuevo aquí, señor Chen.

—Sí. He tenido una conversación muy útil con Wenliang, señora Liu. Me gustaría hacerle una última pregunta. A principios de marzo, el señor Liu volvió de un viaje de negocios en Nanjing. Me han contado que aquella noche regresó bastante tarde, por lo que puede que la despertara al llegar a casa. ¿Recuerda algo sobre aquello?

—Sí, sí que lo recuerdo. Volvió de una reunión de negocios en Nanjing, y aquella noche llovía mucho. Tomó un taxi para venir a casa.

—¿Puede recordar la fecha?

—Fue en marzo. A principios de marzo, creo. Se disculpó por haberme despertado, y me dijo que había tenido que coger el último tren a Wuxi debido a un imprevisto en Nanjing —explicó la señora Liu con aire pensativo—. ¡Ah! Recuerdo que era la víspera del Día de la Mujer. Liu me había comprado un regalo para esa festividad, que era al día siguiente.

—Muchísimas gracias, señora Liu. Nos ha ayudado mucho. Y gracias también a ti, Wenliang. —Chen se levantó de improviso—. Pero ahora tengo que irme.