21
El oficial Huang se extrañó al oír la petición del inspector jefe Chen cuando éste lo llamó a primera hora del lunes.
—Traiga a Mi a mi casa en el centro. Inmediatamente. No tiene que darle ninguna explicación, déjeme hablar a mí. Una vez esté ella aquí, usted podrá intervenir y desempeñar su papel cuando sea oportuno.
Habían hablado con Mi una vez en su oficina. ¿Por qué necesitaba Chen hablar con ella de nuevo, y por qué en el centro de vacaciones? En el transcurso de la investigación, Chen la había mencionado un par de veces, pero nunca la había considerado sospechosa. Quizá tuviera que ver con la señora Liu, pensó Huang, pero no creyó que Mi pudiera contarles mucho más. Sería la última persona dispuesta a encubrir a la viuda.
Huang tampoco creía que Chen pudiera hacer nada para cambiar el desenlace del caso. Seguridad Interna ya había recibido el visto bueno de Pekín para seguir adelante. Con todo, Huang estaba ansioso por saber si el legendario inspector jefe sería capaz de lograr lo imposible a estas alturas, como sucedía en todas esas novelas de suspense que había traducido.
El oficial Huang se dirigió apresuradamente a la empresa química, donde Mi estaba a punto de salir de la oficina para asistir a una reunión de negocios en el centro de la ciudad. Pareció sorprenderse cuando Huang le pidió que lo acompañara, pero accedió sin protestar.
El Centro Recreativo para Cuadros no quedaba lejos, y puede que a Mi le inquietara menos ir allí que a comisaría.
No tardaron ni diez minutos en llegar al centro. Tras examinar la placa de Huang, el guarda de seguridad les hizo señas para que entraran.
La casa de color blanco se alzaba majestuosa sobre la colina, aislada de los restantes edificios, con su valla de acero inoxidable reluciente bajo la luz matinal y un guarda armado apostado frente a la puerta. Huang había oído decir que Chen gozaba de un estatus extraordinario por ser un cuadro emergente del Partido, pero aun así la casa lo impresionó. Era uno de los edificios más majestuosos del centro, y destacaba entre los otros chalets asignados a los cuadros de alto rango.
—¿Oficial Huang? —preguntó el guarda—. El camarada inspector jefe Chen lo espera dentro.
—¿El camarada inspector jefe Chen? —musitó Mi con inquietud—. ¿En esta casa?
Huang dedujo que Chen querría revelar su auténtica identidad, en lugar de hacerse pasar por un compañero de Huang.
—Es alguien muy importante —aclaró Huang sin entrar en detalles. No estaba seguro de si sus palabras surtirían el efecto deseado por Chen.
Al adentrarse en el espacioso salón, Huang vio a un hombre de cabello gris sentado junto a Chen en el sofá modular. Sobre la mesita baja de mármol que tenían delante reposaba un jarrón de cristal con un ramo de claveles.
—Les presento al camarada Qiao, el director del centro —dijo Chen sin levantarse siquiera cuando Huang y Mi entraron en el salón.
Huang sabía que Qiao era una especie de celebridad local, y había visto su foto en los periódicos. Mi debía de haber conocido a Qiao anteriormente, en circunstancias muy distintas, y no pudo ocultar su sorpresa al verlo sentado junto a Chen.
—Mi, permíteme que te presente —dijo Qiao, dirigiéndoles una sonrisa de oreja a oreja después de levantarse—. Este es el inspector jefe Chen Cao. Es un enviado especial de Pekín. El camarada secretario Zhao, director ya jubilado del Comité Central de Disciplina del Partido, hizo varias llamadas personales para organizar las vacaciones del inspector. Para nosotros es todo un honor que se aloje en nuestro centro.
La manera de hablar de Qiao resultaba desconcertante. En cuanto a rango, el de Qiao era probablemente más alto que el de Chen. El director del centro no tenía ninguna necesidad de mostrarse tan servil. Sin embargo, Chen parecía darlo por sentado.
—También es un honor para mí trabajar a sus órdenes —añadió Huang. Supuso que la escena que se desarrollaba ante sus ojos debía de estar planeada de antemano, pero no fue capaz de adivinar con qué propósito. Hasta entonces Chen había intentado pasar inadvertido. Huang había sido su único contacto en el transcurso de la investigación.
—Ya conoce al oficial Huang, Mi. No creo que hagan falta más presentaciones. —Luego, Chen añadió con tono condescendiente—: Un joven muy eficiente, es mi ayudante en Wuxi.
—¿Por qué me han traído aquí? —preguntó Mi nerviosa, y recorrió con la mirada a los presentes antes de detenerla en Qiao con expresión implorante.
Igualmente desconcertado, Qiao se revolvía incómodo en el sofá, lanzando miradas de soslayo a Chen sin saber qué decir.
—Puede irse, director Qiao —ordenó Chen con tono seco—. Por favor, encárguese de que no nos molesten.
—Por supuesto, me encargaré personalmente, inspector jefe Chen. Si necesita algo más, no dude en pedírmelo —ofreció Qiao mientras se retiraba—. El centro está a su servicio.
Chen le indicó a Huang que le acercara una silla a Mi, pero no empezó a hablar de inmediato. Sacó un cigarrillo de una pitillera de plata con sus iniciales grabadas, lo encendió y agitó repetidamente la cerilla en el aire antes de echarla en el cenicero de cristal. Huang aguardaba de pie a su lado, con la espalda tan recta como una caña de bambú.
Un silencio agobiante fue invadiendo la habitación.
—¡Ah! Siéntese usted también —indicó Chen, dando unas palmaditas en el sofá para que Huang tomara asiento.
Huang se sentó en el borde del sofá junto a Chen como un subordinado respetuoso, y no pronunció ni una sola palabra.
Finalmente, Mi no pudo soportarlo más y preguntó con tono nervioso:
—¿Qué quiere de mí?
—Bueno, no sólo soy policía, también soy poeta —dijo Chen con parsimonia, sin responder a la pregunta. A continuación le dio dos tarjetas de visita—. ¿Sabe qué? La primera vez que la vi en su empresa recordé una frase muy antigua: «Ni siquiera yo puedo evitar apiadarme de semejante belleza».
El comentario de Chen podía sonar insinuante, pero no lo era, pensó Huang. Parecía más bien una advertencia seria.
—No sé de qué me habla, inspector…
—Inspector jefe Chen —la interrumpió Huang, tras lo cual echó una mirada furtiva a las tarjetas que sostenía Mi en la mano. La primera especificaba el cargo de Chen en la policía de Shanghai, mientras que la segunda indicaba su pertenencia a la Asociación de Escritores Chinos y al Congreso del Pueblo de Shanghai.
—Mis vacaciones aquí no son más que un pretexto —explicó Chen—. Seguro que es capaz de adivinar por qué quiero hablar hoy con usted.
—Si es sobre el asesinato de Liu, ¿no han detenido ya a Jiang?
—Está muy bien informada, Mi.
—Entonces, ¿por qué quiere hablar conmigo?
—Bueno —respondió Chen despacio—, porque no quiero que una mujer joven y hermosa como usted se meta en problemas por algo que no es del todo culpa suya.
—Me he perdido, inspector jefe Chen.
—Al investigar un asesinato hay muchos detalles que parecen complicados, pero lo que hay detrás puede ser sumamente sencillo cuando se ve desde la perspectiva del asesino —explicó Chen mientras un aro de humo ascendía en espiral desde sus dedos—. Siempre se asesina por algo, ya sea dinero, poder o cualquier cosa que el criminal espere conseguir. Pero ¿qué hubiera conseguido Jiang matando a Liu? Nada. Por otra parte, hay alguien que podría beneficiarse muchísimo de su muerte.
—¿De qué habla?
Mi continuaba haciéndose la tonta, observó Huang, y él se sentía igualmente estúpido por no tener ni idea de lo que estaba insinuando Chen.
—Usted hizo varias declaraciones sobre la muerte de Liu. Y quiero recordarle, Mi, que el perjurio es un delito grave —advirtió Chen.
El inspector jefe alargó el brazo y pulsó la tecla de inicio de una minúscula grabadora que reposaba sobre la mesa de café.
—¿A qué viene esto ahora? Les he dicho la verdad y todo lo que sé a los agentes, incluyendo al agente Huang.
—Déjeme aclarárselo una vez más, Mi. Usted es responsable de lo que hizo, pero no debería responsabilizarse de lo que haya hecho otra persona. Tiene que preguntarse si merece la pena el sacrificio.
Era un diálogo intrigante. Chen presionaba como si practicara taichi, apuntando más que golpeando. Huang se preguntó si semejante estrategia funcionaría. No parecía probable que Mi fuera a derrumbarse ante un farol tan endeble.
—La gente da muchas cosas por sentadas —prosiguió Chen—. Como el agua del lago. Aún recuerdo una canción sobre lo límpida y cristalina que era aquí el agua.
—Liu hizo todo lo que pudo para reducir la contaminación —declaró Mi—. Yo trabajé muy estrechamente con él, por eso lo sé.
—Usted trabajó estrechamente con él, tanto en el despacho de la empresa como en su despacho particular, así que permítame hacerle una pregunta. Usted afirmó haber visto a Liu discutir con Jiang en su despacho de la empresa, y dio datos muy precisos sobre la fecha. Fue a principios de marzo, en la víspera del Día de la Mujer.
—Sí, eso mismo.
—En el despacho de Liu en la empresa, ¿correcto?
—Correcto. Fu también lo vio.
—Así que la policía de Wuxi se fió de su declaración, especialmente porque la corroboró su jefe actual, Fu. Después de interrogar a Jiang, quien negó haberse reunido con Liu en la empresa aquel día —dijo Chen volviéndose hacia Huang—, el agente Huang le pidió a Fu que ratificara su declaración. Según parece, ahora Fu ya no está tan seguro acerca de la fecha.
—No, no estaba nada seguro —añadió Huang, aún más perplejo que antes. Él no le había pedido a Fu que ratificara nada, y tampoco había comentado esa posibilidad con Chen.
—Pero yo lo recuerdo claramente —dijo Mi, revolviéndose nerviosa en la silla.
—Según nuestros datos, Liu estaba en una reunión de negocios en Nanjing aquel día —expuso Chen al tiempo que sacaba una carpeta sin abrirla—. No volvió hasta bien entrada la noche, prácticamente al día siguiente. Comprobamos el calendario y el sitio web de la empresa además de los registros del hotel, que mostraban que salió de allí tarde, hacia las nueve de la noche. También obtuvimos una copia del billete del tren nocturno, que la empresa le reembolsó después. Además, se lo hemos preguntado a la señora Liu. Ella también recuerda la fecha claramente, porque su marido volvió de madrugada. Llovía a cántaros, y Liu se disculpó por haberla despertado. Le había comprado un regalo para dárselo el Día de la Mujer, que era al día siguiente.
Huang parecía demasiado sorprendido para seguirle el juego a su jefe. Afortunadamente, Mi estaba tan estupefacta que ni se fijó en el oficial.
—Bueno, puede que no recordara la fecha con demasiada exactitud. Sucedió hará unos dos meses, ¿sabe? —explicó Mi sin convicción—. Pero sí que vi a Jiang discutir con Liu en su despacho.
—No, eso es mentira. Pero alguien que permanecía en un segundo plano le ordenó que hiciera esa declaración falsa, y a usted no le quedó más remedio que obedecer. Y tampoco era plenamente consciente del lío en el que se metía. En cualquier caso, usted tenía que respaldar a los altos cargos, ¿verdad? Es posible que no pudiera pensar con demasiada claridad por culpa del estrés.
—Sí, últimamente he estado ocupadísima, y muy estresa-da. Puede que no recordara bien la fecha. Fuera lo que fuera lo que Jiang hubiera hecho no era asunto mío, así que no le presté demasiada atención. Lamento el posible error, inspector jefe Chen.
—Pero se trata de un caso de asesinato, Mi. Un hombre inocente puede ser condenado a causa de su perjurio.
—No, eso no es verdad. ¿Cómo va a ser perjurio? A todos nos puede fallar la memoria, y usted lo sabe. ¿Qué quiere que haga? Como usted y el agente Huang están aquí, puedo prestar declaración otra vez. La reunión entre Jiang y Liu tuvo lugar en marzo, de eso estoy segura.
—Olvidémonos de eso por un momento y centrémonos en otra de sus declaraciones. Usted afirmó que la noche del asesinato estuvo en el despacho de la empresa, trabajando hasta muy tarde en el plan de la OPV. De eso hará una semana. ¿No le habrá fallado la memoria otra vez?
La siniestra indirecta resultaba inequívoca; Mi la captó y se puso pálida como el papel. Miró primero a Chen y luego a Huang mientras se retorcía las manos, presa del pánico e incapaz de pronunciar una sola palabra.
—Nos dijo que estuvo tan ocupada trabajando en el despacho aquella noche —prosiguió Chen— que no se marchó hasta después de las once. Estaba tan abrumada de trabajo que ni siquiera le dio tiempo de ir a la cantina de la empresa. ¿Correcto?
—Correcto —respondió Mi—. Estábamos ocupadísimos preparándonos para la OPV. Era domingo, pero varios empleados vinieron a trabajar a la oficina, incluyendo a Fu. Aquella noche estuvimos hablando y comentamos los planes comerciales de la empresa.
—Quiero recordárselo de nuevo, Mi. El perjurio es un delito grave. Tendría que pararse a pensar si merece la pena cometerlo —añadió Chen cruzando las piernas. Luego aspiró el contenido de su taza y bebió un sorbo de té con parsimonia—. Confiado dice: «Un hombre da su vida por el que lo aprecia, y una mujer se acicala para el que la ama». Pero depende de quién sea esa persona.
—Me temo que no entiendo a qué se refiere, inspector jefe Chen.
—Muy bien, entonces déjeme hacerle una pregunta. Por lo general, Liu entraba en su despacho particular a través de la puerta trasera del edificio, ¿no?
—Eso creo. Es un atajo.
—Entonces, ¿cuando usted iba allí también entraba por la puerta trasera?
—Sí, cuando debía trabajar allí con él. No tiene sentido ir por la puerta de la entrada, se tardaría al menos diez minutos más.
—Supongo que no sabe que han instalado una cámara de seguridad muy sofisticada en la puerta trasera.
—No, no lo sabía. Pero ¿por qué lo pregunta?
—La puerta trasera se cierra a las ocho, y a esa hora el guarda de seguridad se marcha y no vuelve hasta el día siguiente, como ya sabemos. Sin embargo, la cámara graba durante toda la noche a los que entran y salen por esa puerta, y no creo que usted lo supiera.
—Sí —asintió Huang, corroborando las palabras del inspector jefe. Empezaba a ver la luz por primera vez, pese a no saber nada acerca de una cámara oculta. Por lo que él sabía podía haber una, y estaba empeñado en seguirle el juego a Chen—. Esa cámara graba lo que sucede durante toda la noche, Mi.
—No sé nada de eso.
—¿Y por qué no lo sabe? Porque Liu no creía que usted tuviera que saberlo, tratándose como se trata de una pequeña secretaria. Es muy comprensible que ni siquiera se lo mencionara. Pero hemos conseguido la cinta que se grabó aquella noche, y la hemos estudiado cuidadosamente…
—Todos los que entraron y salieron por la puerta trasera aquella noche aparecen en la cinta —añadió Huang de forma apresurada.
Era obvio que Chen la tenía acorralada. Mi abrió la boca con impotencia, pero no consiguió decir nada.
—¿Le hemos refrescado la memoria, Mi?
—Han pasado muchas cosas últimamente —respondió la muchacha al fin, repitiendo lo que ya había dicho antes—. He estado tan agotada que puede que me haya fallado la memoria.
—Se supone que una jefa de administración joven y enérgica como usted debería recordar muchas cosas —continuó presionando Chen, sin concederle un respiro—. La cuestión es que las cintas de vídeo resultan admisibles como prueba en un juicio, ¿lo sabía?
—¿Quiere que se la pongamos ahora? —volvió a interrumpir Huang.
—Usted…
Mi se levantó como impulsada por un resorte antes de balancearse y desplomarse de nuevo en la silla.
Chen esperó mientras se servía una taza de té y le servía otra a Huang, sin dignarse a mirarla.
Sin embargo, Mi sólo tardó uno o dos minutos en recobrar la compostura.
—Aquella noche trabajé muchísimo, inspector jefe Chen. Puede que saliera un momento a respirar un poco de aire fresco, y que ni siquiera me haya acordado de ello. Aún no estoy segura, pero es muy posible que algo así se me haya borrado de la memoria.
—Pues ahora ha cometido perjurio repetidamente en una investigación de asesinato.
—No, sólo lo he olvidado.
—Ha firmado sus anteriores declaraciones escritas, y también tenemos su nuevo testimonio grabado aquí, en mi presencia y en la del oficial Huang. Un pequeño fallo de memoria es posible, pero ha tenido demasiados lapsus en sus dos declaraciones, es más que evidente. Depende de la policía decidir si constituyen perjurio o no. ¿No es cierto, oficial Huang?
—Si esto no es perjurio, no sé qué otra cosa podría ser —respondió Huang.
En lugar de responder de inmediato, Mi continuó mirándolos como un muñeco de nieve a medio derretir, con los ojos negros como dos bolas de carbón.
La habían sorprendido en plena mentira. Huang intentó pensar en las distintas hipótesis posibles. De todas ellas, si Mi seguía insistiendo en que se trataba de un fallo de memoria, puede que consiguiera librarse. Después de todo, que saliera por la puerta trasera del edificio no tenía por qué significar que hubiera estado en el despacho particular de Liu. Huang supuso que allí no habría ninguna cámara de seguridad. No había ni testigos ni pruebas contra ella, y Mi tampoco tenía un móvil.
Además, Seguridad Interna podría rechazar la hipótesis de que Mi y su cómplice fueran los auténticos culpables, dado que ya habían llegado a una conclusión y estaban a punto de declarar culpable a Jiang.
El silencio cayó sobre todos ellos como una pesada losa.
¿Qué pensaba hacer el inspector jefe Chen?
—Fu no estuvo en Wuxi el fin de semana, ¿verdad? —preguntó Chen de pronto, cambiando de tema.
Aquella otra pregunta dejó perplejo a Huang. ¿Por qué mencionaba Chen a Fu en un momento tan crítico?
—No, fue a una reunión de negocios en Shanghai.
—Estuvo en Shanghai, eso es verdad, pero no estoy tan seguro acerca de la reunión de negocios. Da la casualidad de que tengo varias fotografías tomadas allí el sábado pasado, es decir, anteayer.
Chen sacó un gran sobre que contenía un puñado de fotografías ampliadas. Las dos o tres primeras mostraban a Fu y a una joven saliendo de un hotel, en una calle abarrotada de gente. También había imágenes de la pareja caminando de la mano con el hotel visible al fondo, y una en la que se besaban apasionadamente, sin importarles llamar la atención de los demás viandantes. Aunque las fotografías eran de baja calidad, a Fu se le reconocía de inmediato, mientras que la muchacha era alguien a quien Huang no había visto antes. En la última fotografía que Chen sacó del sobre se veía el gran letrero situado frente al hotel.
—Fíjese en este letrero. Este hotel, por llamarlo de alguna manera, alquila habitaciones por horas —dijo Chen, y recalcó las palabras «por horas» mientras le pasaba la fotografía a Mi—. Está en la calle Nanjing. ¿Quién iría a un hotel de esa clase con Fu?
—¿Una prostituta? —aventuró Huang.
La fotografía comenzó a temblar en la mano de Mi.
—No, no es una de esas chicas que abordan a los clientes en la calle Nanjing. De eso estoy seguro, Mi. Es la prometida de Fu. El policía que patrulla su antiguo barrio en Shanghai nos lo ha confirmado. Fu ha mantenido su relación con ella en secreto ante sus colegas de la empresa. ¿Por qué haría algo semejante, Mi? Diría que usted lo sabe mejor que nadie. La cuestión es que, aquel sábado por la tarde en Shanghai, Fu y su prometida entraron a escondidas en ese hotel de mala muerte, donde pasaron más de dos horas. ¿Qué hicieron allí? Ya se lo puede imaginar. Ésta es una fotografía de los dos saliendo del hotel. Fíjese en la sonrisa de ella, tan feliz y radiante. Una empleada joven, la puede ver aquí, espera a la puerta del hotel y va gritando «Limpio, cómodo, cambiamos las sábanas después de cada cliente. Duchas calientes las veinticuatro horas. Baño al estilo pato mandarín… A un precio inigualable. Quince minutos entre las sábanas valen más de lo que cuestan».
Parecía increíble que Chen hubiera decidido reproducir las palabras de la empleada precisamente en ese momento, como si fuera un cantante de óperas de Suzhou que se hubiera dejado llevar por los detalles de la historia que estaba narrando.
—¡Qué bien explicado! —improvisó Huang.
—Para todo tiene que haber una razón, oficial Huang. Una razón que a los demás puede parecerles inexplicable, pero que resulta transparente para el hombre o la mujer implicados.
Una vez más, Chen prefirió no seguir presionando a Mi y se limitó a esparcir las fotografías sobre la mesa en forma de mosaico.
—Mírelas bien, y luego piénselo sin prisa, Mi. Nadie sabe nada de nuestra conversación. Aún no. El agente Huang es un ayudante muy leal, así que no tiene por qué preocuparse por él.
—¿Qué es lo que quiere exactamente, inspector jefe Chen?
—Todo esto debe de haber supuesto una sorpresa mayúscula para usted —dijo Chen, mirándose el reloj—. El oficial Huang y yo vamos a ir a almorzar al restaurante del centro, así que tómese su tiempo y piénselo todo muy bien. No sería aconsejable que intentara salir de aquí, pero si quiere comer algo, se lo puedo traer luego.
—Nuestro inspector jefe es un hombre muy considerado —comentó Huang.
—Creo que, cuando yo vuelva, estará dispuesta a hablar. Quizá pueda hacer algo por usted. No soportaría ver cómo castigan a una belleza por algo que no ha hecho.
El inspector jefe anotó un número en la tarjeta que le había dado antes a Mi.
—Es mi número de móvil. Llámeme en cuanto se le ocurra cualquier cosa.
Tras pasarle la tarjeta a Mi, Chen se levantó y Huang hizo otro tanto. La repentina salida para ir a almorzar supuso una nueva sorpresa para el joven policía.
Resultaba obvio que Mi ya estaba muy asustada, y podría haberse derrumbado si Chen hubiera continuado presionándola.
—Pero ¿por qué, inspector jefe Chen? —repitió Mi, incapaz de controlar un tic involuntario en la comisura de los labios.
—Usted es una mujer inteligente, Mi —respondió Chen, y se volvió antes de salir de la casa con Huang—. Use el cerebro, y descubrirá por sí sola si lo que le he dicho es verdad.