19

Cuando Chen se despertó, eran casi las nueve de la mañana.

Con la cortina aún corrida la habitación parecía envuelta en una opacidad grisácea, como si su contenido aguardara pacientemente a que rompiera el día.

Chen permaneció tumbado en la cama, aturdido por las sensaciones que lo habían embargado aquella noche, antes de volverse hacia ella y alargar el brazo para tocarla.

Pero Shanshan se había ido.

El inspector jefe se incorporó de golpe en la cama y miró la sábana arrugada.

—¡Shanshan!

El eco de su nombre resonó como un sueño en el silencio de la habitación, pero la noche que habían pasado juntos no era ningún sueño. La almohada blanca colocada contra el cabezal, aún caliente cuando Chen la tocó, conservaba el hueco dejado por su cabeza.

El inspector jefe se puso el albornoz y la buscó apresuradamente por toda la casa, pero Shanshan no estaba en ninguna parte. Cuando salió al exterior, Chen sintió un escalofrío premonitorio al ver los escalones de piedra cubiertos de pétalos caídos después del bramido del viento y de la lluvia de la noche anterior. El gorjeo de los pájaros se oía aquí y allá.

Volvió a entrar en la casa y vio una nota en el escritorio, sobre la que Shanshan había colocado su diadema de plástico negro. Se la había quitado la noche anterior mientras estaba junto a él frente a la ventana. La nota decía:

«No intentes buscarme. No sería bueno que te vieran en mi compañía. Has sido muy amable conmigo. Gracias por todo, pero tú tienes tu destino, y yo el mío.

»Shanshan».

¿A qué venía aquello? Chen estaba desconcertado. La última frase le sonaba de algo, aunque no consiguió recordar dónde la había leído antes.

Junto a la nota reposaba la abultada carpeta que Shanshan le había confiado la noche anterior. Al cogerla, le pareció muy pesada.

¿Qué haría ahora el inspector jefe Chen?

Comenzó a dar vueltas por la habitación, como si ansiara oír el eco de los pasos de Shanshan.

No conseguía entender el porqué de su aparición la noche anterior. Ni de su desaparición esa mañana. ¿Acaso estaba tan deprimida que sólo buscaba olvidarse de todo durante una noche en compañía de un hombre que la atraía?

Los brotes de sauce se divisan a través de la bruma.

Tengo el pelo alborotado,

y el pasador en forma de cigarra se ha caído al suelo.

¿Por qué iba a preocuparme

de los días que están por llegar

si tú has gozado conmigo, esta noche, al máximo?

Pero la carpeta que tenía en la mano descartaba la hipótesis de la depresión. Shanshan no iba a abandonar la causa medioambiental tan fácilmente. Quizás el haber pasado la noche con él fuera su forma de agradecerle su ayuda en la dura batalla que se avecinaba.

Sin embargo, no era momento de ponerse a especular. Chen debía decidir de inmediato qué táctica seguir. Cabía la posibilidad de olvidarse de todo el asunto, tal y como sugería Shanshan en su breve nota. No tenía por qué sentirse obligado a ayudarla. En ningún momento habían hecho planes de futuro. Él mantendría su palabra, desde luego, y se llevaría la carpeta. No era necesario apresurarse ni emprender ninguna acción específica. A la larga, desempeñar con eficacia su cometido como inspector jefe iría en interés del país y del pueblo.

Por otra parte, quizá pudiera intentar ayudarla a salir bien parada de esta crisis. Debería ser capaz de apartarla de las garras de Seguridad Interna, cuyos agentes la investigaban a causa de su relación con Jiang. La «cooperación» de Shanshan no resultaría crucial: con o sin ella, Jiang sería declarado culpable. Como último recurso, Chen podría apelar al camarada secretario Zhao, aunque era una opción que prefería evitar.

Pero también podría intentar involucrarse más en el caso, como le había prometido a Shanshan, a fin de conseguir que retiraran los cargos contra Jiang. Era un esfuerzo que el inspector jefe Chen debería hacer si Jiang resultaba ser inocente. Sin embargo, Chen se preguntó si podría hacer valer su autoridad en Wuxi: no se trataba de un simple caso de homicidio, y él no se encontraba en su terreno.

Además, si hacía cuanto estuviera en su mano por ayudar a Jiang, puede que estuviera ayudando a un rival en potencia. Tras una breve pausa, Chen descartó semejante consideración. Si abandonaba por ese motivo, no podría considerarse a sí mismo digno de Shanshan, y tampoco de ser policía.

Pero aquí carecía de autoridad. No parecía aconsejable enfrentarse a los agentes de Seguridad Interna, quienes llevaban tiempo tachándolo de agitador porque en varias ocasiones se había inmiscuido en sus casos. No tenía sentido discutir acerca de lo que constituía un secreto de Estado, ya que ellos imponían las normas en interés del Partido.

Tampoco era posible presionar a la policía de Wuxi, y no podía ni plantearse irrumpir en la investigación. Lo que le había contado a Huang sobre el camarada secretario Zhao y su «misión especial» no se sostendría de ningún modo.

—Servicio de habitaciones, señor…

La camarera entró con la bandeja del desayuno, además del termo con la medicina a base de hierbas, y le sonrió con picardía. Puede que hubiera adivinado que alguien más había dormido en su habitación aquella noche.

—Gracias —respondió Chen, y alargó el brazo para coger el termo.

Se acabó la medicina en dos o tres tragos mientras observaba cómo se marchaba la camarera. A continuación marcó el número del móvil que le había dado a Shanshan, pero estaba apagado.

Puede que no fuera muy buena idea ir a la vivienda colectiva de Shanshan, ya que probablemente Seguridad Interna la estaría vigilando. En lugar de ello, Chen decidió dirigirse al restaurante del tío Wang. Allí podría esperarla, o al menos intentar enterarse de algo más acerca de ella. Antes de salir tomó un maletín de cuero suave —obsequio del centro— y metió en su interior un puñado de fotos, así como otros documentos relacionados con el asesinato de Liu. No tenía ni idea de lo que haría durante las siguientes horas, pero siempre podía volver a revisar parte del material mientras esperaba a que ella lo llamara.

Aquella mañana, el recorrido habitual le pareció insoportablemente monótono. Fue caminando sin mirar a su alrededor, absorto en sus pensamientos. Un descapotable de color granate pasó a toda velocidad a su lado con un rugido estridente. El conductor, un joven de poco más de veinte años, lo saludó con la mano de manera despreocupada. En el asiento trasero viajaba una muchacha esbeltísima, ataviada con un vestido azul claro. La chica, que iba descalza, estaba sentada con los pies colgando sobre el borde lateral del coche. Para sorpresa de Chen, el descapotable se detuvo con un chirrido y retrocedió un par de metros. El conductor volvió la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—Mi padre también se aloja en el centro, ¿sabe? —afirmó el joven sonriendo con orgullo—. ¿Quiere que lo lleve a algún sitio?

Era un HCS: Hijo de un Cuadro Superior, o príncipe comunista. Chen sabía muy bien cómo se comportaban. Algún alto cuadro del Partido se habría traído a su familia para que pasara unos días en el centro.

—No, gracias.

—Nos alojamos en la casa contigua a la suya. El centro no está mal del todo, pero no hay muchas diversiones dentro del complejo. Es muy antiguo y está lleno de vejestorios. No nos queda más remedio que salir para divertirnos.

—Tiene razón. Quizás en otra ocasión —dijo Chen.

El inspector jefe observó cómo se alejaba el coche envuelto en una nube de polvo.

Sin duda era un desperdicio que un hombre solo ocupara una casa entera, pero, según las normas, sólo los cuadros de cierto rango tenían derecho a semejante trato. El inspector jefe Chen no era un cuadro alto, por supuesto, y si estaba allí se debía únicamente a su conexión con uno de ellos. Se preguntó hasta dónde podría llegar con la ayuda de todos sus contactos, y si en verdad quería llegar tan lejos.

Silbando, probó a llamar a Shanshan una vez más, pero la ingeniera seguía sin contestar.

Recibió una llamada cuando aún tenía el teléfono en la mano y reconoció de inmediato el número que aparecía en la pantalla: era el oficial Huang.

—Jefe, me acabo de enterar de algo —dijo Huang con un dejo extraño en la voz—. Le conté que le habían pinchado el teléfono a Shanshan debido a su relación con Jiang, ¿recuerda?

—Sí.

—Su relación con Jiang no se debía sólo a motivos de trabajo. Según Seguridad Interna, tuvo una aventura con él. Por eso apareció su nombre en una lista. No en nuestra lista, sino en la de Seguridad Interna. Le tomaron fotos saliendo a escondidas del piso de Jiang una noche, de eso hará varios meses.

Aunque Chen sabía que Shanshan y Jiang habían salido juntos, en aquel momento no supo qué decir. Cualquiera que hubiese sido su relación, se apresuró a recordarse a sí mismo, ya habían dejado de verse.

Si acaso, el dato sólo demostraba que Seguridad Interna debía de llevar mucho tiempo siguiendo a Jiang. Y quizá también a Shanshan. Chen pensó entonces en el sospechoso vendedor ambulante al que había visto un par de veces en los últimos días. Por otra parte, puede que éste estuviera más nervioso de la cuenta.

—Shanshan lo llamó hace sólo un par de días —prosiguió Huang tras esperar inútilmente algún comentario por parte del inspector jefe.

—¿De qué hablaron cuando lo llamó?

—Jiang no contestó.

—Gracias, Huang —dijo Chen—. Si hay cualquier novedad, hágamelo saber.

Sin embargo, la llamada no podría haber llegado en peor momento. ¿Cómo habría reaccionado Huang de haber sabido que Shanshan había pasado la noche en el centro con el inspector jefe?

De pronto, el estridente chirrido de una sirena atravesó la grisura del cielo matutino. Chen levantó la cabeza y vio que había llegado al restaurante destartalado. El tío Wang estaba encorvado sobre una gran cocina instalada en el exterior del establecimiento.

—Hoy llega temprano, Chen —dijo el tío Wang mientras se afanaba en encender el fuego con periódicos viejos y ramitas secas antes de echarle un cucharón lleno de bolas de carbón. Debía de haber empezado justo entonces—. No servimos desayunos. No tengo nada para usted en este momento, pero si quiere puedo calentarle un cuenco de sopa salada de alubias en el microondas.

—No se preocupe, tío Wang. Ya he desayunado. ¿Ha venido Shanshan?

—Hoy no, y además es demasiado temprano. Hoy es domingo. Ayer tampoco la vi. ¿Sabe si le pasa algo?

—No, pero yo sí que la vi anoche.

—Estoy muy preocupado por ella —dijo el tío Wang—. Y también por usted. Anteayer pasaron por aquí dos desconocidos. Me hicieron varias preguntas incriminatorias sobre Shanshan, y sobre el hombre al que habían visto con ella en los últimos días.

—¡No me diga!

—Aunque yo no les conté nada, claro.

Así que ya lo estaban investigando. Quizá fuera ingenuo por su parte creer que podía protegerla. Si Seguridad Interna descubría su relación, la joven ingeniera podría salir malparada. Y él tampoco era intocable, pese a habérselo asegurado a Shanshan. En China la política lo era todo. Sus enemigos podrían asestarle un duro golpe afirmando que su relación con ella era otro ejemplo más de su «modo de vida burgués».

Un hombre desgarbado de mediana edad pedaleó hasta ellos montado en un triciclo, con el suministro de comida de la mañana amontonado en el portacargas. El tío Wang cogió una carpa, la olió, la tiró de nuevo al portacargas y empezó a regatear con el vendedor.

Mientras Chen los observaba, su móvil volvió a sonar. Era el subinspector Yu. Al oír el ruido de fondo, Chen supuso que Yu lo llamaba de nuevo desde la calle.

Yu le hizo un resumen de su encuentro con Bai tras el oficio religioso.

—Según Bai, es posible que la señora Liu vaya hoy a la iglesia de Wuxi —explicó el subinspector.

—Parece que encuentra algo de paz en la iglesia.

—Sí, al menos eso piensa Bai. —Yu le resumió el análisis de Peiqin antes de cambiar de tema con voz excitada—. Pero ¿sabe qué, jefe? Acabo de hablar de nuevo con Wei, el poli del barrio. Reconoció a la chica que acompañaba a Fu frente a aquel hotel de mala muerte al verla en las fotos que les sacamos. No es otra que la novia de Fu, y hace mucho tiempo que salen juntos. Hay algo muy raro en todo esto. ¿Por qué actuarían con tanto secretismo?

—Puede que no sea tan extraño. Quizá Fu tuvo que acudir a escondidas a un hotel así con su novia para echar un polvo rápido, debido a su falta de privacidad en Shanghai.

No era infrecuente que dos o incluso tres generaciones de una misma familia de Shanghai se apretujaran en una sola habitación.

—Es cierto, pero, a pesar de todo, la gente siempre encuentra la manera de hacer lo que quiere hacer. Peiqin y yo compartimos piso con mis padres durante años, como sabe. Pero Peiqin asegura que ella no se gastaría ni un céntimo en algo así.

—Peiqin es muy perspicaz. Lo investigaré desde aquí —dijo Chen—. De todos modos, será mejor que guarde las fotos de los amantes. Puede que algún día tenga ocasión de venderlas por un montón de dinero.

Al cerrar el teléfono, Chen pensó que Yu se sentiría decepcionado por haberse pasado todo el fin de semana averiguando información poco útil, al menos desde una perspectiva policial.

En cuanto a la señora Liu, Chen no sabía qué otra cosa podría preguntarle. En todo caso, los nuevos datos la convertían en alguien más interesante, pero menos sospechoso. Sin embargo, no sería la primera vez que una teoría compleja del inspector jefe acabara siendo precisamente eso: una teoría, y carente de fundamento.

Entonces se puso a pensar en lo que a Yu le había parecido «muy raro» en el comportamiento de Fu el día anterior. Podría tener varias explicaciones. Para empezar, era posible que Fu fuera un zorro astuto que mantenía su relación a escondidas para así poder salir con varias chicas a la vez. Cuando lo asignaron al Departamento de Policía de Shanghai, Chen también intentó mantener en secreto su relación con su novia HCS en Pekín, aunque por razones bien distintas.

El inspector jefe decidió no darle más vueltas. No se le ocurría ninguna interpretación que resultara relevante de cara a la investigación.

—Usted no es maestro, ¿verdad? —preguntó el tío Wang, interrumpiendo sus reflexiones.

—Lo siento, acabo de recibir una llamada de Shanghai.

El anciano, que quizás había oído parte de la conversación, lo observó detenidamente.

—Shanshan puede ser muy testaruda, pero es buena chica —siguió diciendo el tío Wang con tono afligido mientras se sentaba en un banco frente a Chen y se hacía con una taza de otra mesa—. Déjeme explicarle algo sobre mi vida.

—Adelante —dijo Chen mientras se servía una taza de té y se preguntaba qué querría contarle el viejo.

Algunos portales más allá, una mujer de mediana edad con un cesto de bambú lleno de ramilletes verdes y aún húmedos de bolsa de pastor los miró con curiosidad, y luego sonrió afablemente.

—Hace años yo trabajaba de maestro en la provincia de Anhui. Durante unas vacaciones de verano vine a Wuxi y me enamoré de la ciudad. Para serle sincero, fue sobre todo por el pescado y las gambas del lago. Los tres blancos, como sabe. Así que, después de jubilarme, me trasladé aquí y abrí este restaurante. No lo hice sólo para ganar dinero. Tengo que cocinar para mí, y me gusta hacerlo de todos modos. Soy un jubilado viudo con hijos mayores en Xinjiang que ya tienen su propia vida, y simplemente quería disfrutar de los años que me quedaran con una taza de vino de arroz del sur y una fuente de pescado del lago cocido al vapor. Sin embargo, fue una decisión que nadie pareció entender.

—Pero yo sí que la entiendo, tío Wang. En la Antigüedad, un funcionario poeta echaba de menos cierto tipo de pescado que sólo se conseguía en su ciudad natal, así que dimitió para volver a su casa. Creo que se llamaba Jiying. No, su decisión no fue ningún error.

—Así que conoce la historia. Eso es estupendo.

Sopla el viento del oeste,

pero Jiying aún no ha vuelto.

»En este mundo sólo tienen sentido las cosas con las que uno disfruta. Bueno, la cuestión es que no creí estar cometiendo un error, o al menos no lo creí en aquel momento. Pero entonces el lago se fue enturbiando y el pescado y las gambas se volvieron menos frescos. Para acabar de empeorar las cosas, la ciudad se fue convirtiendo en un destino turístico cada vez más comercial. Por desgracia, es demasiado tarde para que yo pueda regresar.

Chen no dijo nada, pero se preguntó qué pretendía insinuar el anciano.

—Por eso me parece tan bien todo lo que hace Shanshan para proteger el medio ambiente —prosiguió el tío Wang, asintiendo con la cabeza—. No soy más que un pobre viejo; ahora ya no me importa nada, pero éste es un asunto que afecta a muchísima gente, a todo el mundo, podríamos decir. Shanshan cree realmente en lo que hace, sin importarle lo que otros puedan pensar. Hace falta un hombre extraordinario para que sea capaz de apreciar a alguien como ella en las circunstancias actuales.

Chen quedó muy impresionado, y no sólo por lo que el tío Wang acababa de explicarle. De un modo u otro, las personas eligen un discurso determinado, aquel que da sentido a sus vidas. Luego viven de acuerdo a dicho discurso, aunque lo que hagan quizá no tenga sentido para nadie más. Al parecer, Peiqin había dicho algo similar, por lo que Yu le acababa de explicar por teléfono.

De hecho, puede que ciertas cosas estuvieran conectadas por una red invisible. Años atrás, mientras disfrutaba del pescado del lago, el tío Wang recordó casualmente el relato sobre un erudito al que le encantaba el pescado, así que decidió trasladarse a Wuxi y abrir un pequeño restaurante en la ciudad. Podría parecer el último eslabón en la cadena de causa y efecto para el anciano, pero nadie vive aislado del resto del mundo. Luego, transcurridos varios años, debido a la crisis medioambiental en el lago Tai, Wang estableció un vínculo con Shanshan. El inspector jefe de Shanghai, que se encontraba de vacaciones forzosas en Wuxi, entró por casualidad en el restaurante del tío Wang y conoció allí a Shanshan. Tantos eslabones, misteriosamente conectados. Si sólo hubiera faltado una pieza, o si hubiera estado mal conectada, la historia habría sido muy distinta. En el budismo se dice que el picotazo de un faisán en busca de comida está predeterminado, y también resulta predeterminante.

—¿Por quién doblan las campanas? Doblan por ti…

—¿A qué se refiere?

—No es más que una cita. Estoy pensando en el desastre medioambiental en China.

Pero Chen también pensaba en el caso de asesinato.

Las distintas personas relacionadas con el caso estaban conectadas e interconectadas. Liu, la señora Liu, Mi, Jiang, Shanshan, el tío Wang, Fu y quizá muchos otros, todos formaban parte de una larga cadena de causalidad yin y yang. Determinar si dichos vínculos existían realmente podría resultarle difícil. Por ejemplo, había intentado investigar la remota posibilidad de que la señora Liu y Fu tuvieran algo en común debido a sus frecuentes viajes a Shanghai, pero resultó que no había ningún vínculo en este caso.

Sin embargo, en la investigación oficial habían conectado mal una de las piezas: la declaración de Mi sobre el encuentro y la pelea posterior entre Jiang y Liu el 7 de marzo, a menos que Shanshan intentara subvertir la investigación deliberadamente. A fin de cuentas, puede que ella fuera otra «narradora poco fiable». Pero Chen había decidido creer en la ingeniera. Y, por encima de todo, era capaz de «apreciar a alguien como ella en las circunstancias actuales», en palabras del tío Wang. Así que el inspector jefe Chen decidió comprobarlo.

Puede que la señora Liu no recordara con claridad una fecha concreta de hacía dos meses, pero sin duda recordaría la ocasión en que su marido llegó a casa a medianoche, ya que probablemente la habría despertado.

Pero ¿cómo podría dirigirse a ella? La última vez estuvo acompañado por el oficial Huang. ¿Sería eso necesario en esta ocasión? Tal y como iban las cosas, probablemente sólo era cuestión de tiempo que Seguridad Interna se enterara de su participación en el caso. Así pues, sería mejor arreglárselas solo y no meter a Huang en el asunto.

Una vez tomada esta decisión, Chen se levantó de improviso y dijo:

—Gracias, tío Wang. Me ha sido de gran ayuda, pero ahora tengo que irme. Llámeme si Shanshan viene al restaurante.

Se despidió del anciano y paró un taxi.