18

El subinspector Yu no recibió respuesta al mensaje que le había dejado a Bai hasta el domingo por la mañana.

—Sé que es una buena amiga de la señora Liu, así que me gustaría hablar con usted —dijo Yu, repitiendo el mensaje que le había dejado.

—A mí también me gustaría hablar con usted, señor Yu, pero ahora mismo me voy a la iglesia. Y tengo que ir a Nanjing esta tarde —explicó Bai—. Sin embargo, si es algo realmente urgente podríamos encontrarnos esta mañana después del oficio. Estaré en la iglesia Moore Memorial, cerca del cine de la Paz. Puede que vaya directo a la estación de ferrocarril desde allí.

Así pues, aquel domingo por la mañana Yu y Peiqin llegaron a la iglesia, bautizada con el nombre de un benefactor estadounidense a finales del siglo XVIII.

Era un edificio gótico de ladrillo pardo situado en la esquina de la calle Xizhuang, con una cruz enorme instalada en la parte superior del campanario. Quizás años atrás destacara, pero, al igual que otros edificios antiguos como el Séptimo Cielo, ahora se veía perdida entre los nuevos rascacielos modernos y ultramodernos que se alzaban a su alrededor. Con todo, la iglesia parecía haber sido remozada a fondo en los últimos años.

El oficio religioso acababa de comenzar cuando llegaron, pero aún había un número considerable de personas en el exterior, saludándose y charlando.

—He ido a este cine varias veces —dijo Peiqin—, pero nunca había entrado en la iglesia.

—Yo tampoco.

—Bueno, es mejor creer en algo que no creer en nada, pienso yo.

—¿Y tú en qué crees, Peiqin?

—No tengo ninguna teoría brillante, pero creo que matar está mal. Por eso he querido venir hoy contigo.

—Gracias.

El matrimonio entró en la iglesia, que tenía un aspecto impresionante con sus pilares rectangulares en la nave y sus vistosas balaustradas de piedra en la galería superior. Además, estaba abarrotada. Según la hoja parroquial que cogieron a la entrada, tenía cabida para unas mil personas, repartidas entre la nave y la galería.

Yu y Peiqin no consiguieron encontrar asiento, por lo que tuvieron que permanecer de pie al fondo de la iglesia. Para su sorpresa, vieron que había numerosos jóvenes. Junto a ellos, una chica de aspecto moderno rezaba con devoción sosteniendo una Biblia en las manos. Iba enfundada en un vestido veraniego amarillo, muy escotado, y llevaba el pelo teñido de rubio. Tendría unos veintipocos años.

Esperaron pacientemente a que acabara el oficio, cogidos de la mano.

En cuanto empezó a salir la multitud de feligreses de la iglesia, Yu marcó un número en su móvil.

—¿Quién es? —preguntó Bai.

—Soy Yu. Hemos hablado esta mañana. La espero cerca de la entrada.

Una mujer de mediana edad algo rechoncha se les acercó con expresión inquisitiva. Rondaría los cincuenta, con la cara redonda y gafas de montura dorada.

Algunos grupitos permanecían frente a la iglesia, conversando en voz alta. Puede que hubieran acudido para ir al cine, o que acabaran de salir de la iglesia. Algunos sostenían entradas en la mano. El tráfico retumbaba sin cesar por la calle Xizhuang.

—Este no es el sitio más adecuado para hablar —dijo Peiqin—. Vayamos al Parque del Pueblo, al otro lado de la calle.

Atravesaron el túnel subterráneo que conducía hasta el parque, que a Peiqin le pareció mucho más pequeño de lo que recordaba. Lo construyeron después de que se demoliera el hipódromo levantado por los británicos en el siglo XIX. En un principio el parque era extraordinariamente grande, pese a estar ubicado en el centro de la ciudad. Sin embargo, desde hacía algunos años muchos de los nuevos edificios habían empezado a invadir parte del terreno que antes perteneciera al parque.

Encontraron una mesa de piedra rodeada de taburetes cerca de la parte trasera del parque, desde donde se divisaba la Plaza del Pueblo.

—Estoy bastante confundida —dijo Bai nada más sentarse con ellos—. ¿Los conoce a ustedes la señora Liu?

—No, pero un amigo nuestro está intentando ayudarla en Wuxi —respondió Yu.

—¿Y qué puedo hacer yo para ayudarlos a ustedes? —preguntó Bai—. ¿O para ayudarla a ella? Liu ha muerto. Nadie puede hacer nada al respecto.

—Bueno, ciertas personas están intentando presionar para que consideren sospechosa a la señora Liu.

—¿Cómo dice? ¡Es el colmo! Acaba de perder a su marido.

—Los polis de Wuxi ya se habrán puesto en contacto con usted para que confirme su coartada —dijo Yu—. Les parece que hay algo inexplicable y sospechoso en el comportamiento de la señora Liu. La noche en que asesinaron a su marido en Wuxi ella no estaba en su casa, sino aquí, en Shanghai, con usted. ¿Podría tratarse de una coincidencia? Y les desconciertan sus frecuentes viajes a Shanghai, viajes que hacía tanto en días laborables como los fines de semana simplemente para jugar al mahjong. También saben que el matrimonio de los Liu iba muy mal desde hacía tiempo.

—Me siento algo perdida, señor Yu —dijo Bai mirando fijamente al subinspector—. Si la policía de Wuxi piensa eso, no veo cómo la van a ayudar usted o su amigo.

El subinspector sacó su placa. No había más remedio que revelarle a Bai su identidad, decidió Yu. También sacó una tarjeta de Chen.

—¡Caramba! ¡El inspector jefe Chen Cao del Departamento de Policía de Shanghai! Creo haber leído algo sobre él en los periódicos.

—Sí, es mi compañero. Es él el que está ahora en Wuxi. No ha ido en viaje oficial, pero, de todos modos, está intentando ayudar a la señora Liu. Por eso me pidió que me pusiera en contacto con usted.

—Ahora lo entiendo, subinspector Yu.

—Entonces, cuéntenos lo que sabe sobre ella —propuso Yu—. Ahora mismo le estoy hablando de manera informal, y se lo pregunto porque es amiga suya. Le aseguro que así nos ayudará a nosotros, y también a ella. Será en interés de todos. Cuando otros se pongan al frente de la investigación, las cosas marcharán de forma muy distinta.

—Gracias por su franqueza. —Entonces Bai comenzó a hablar lentamente—. Somos amigas desde la escuela secundaria. Claro que me gustaría ayudarla, aunque quizá no pueda contestar a todas sus preguntas. Pero en cuanto a sus frecuentes viajes a Shanghai, en particular los fines de semana, puedo explicarle la razón. Viene aquí para asistir al oficio religioso.

—Pero ¿no hay iglesias en Wuxi?

—Los feligreses de una iglesia son como hermanos, porque se conocen mucho desde hace años. Wuxi ya no está tan lejos hoy en día, sólo se tarda algo más de una hora en tren. Yo vivo en Minhang, y tardo casi lo mismo en venir hasta aquí. Pero hay una razón más importante: al ser la esposa de un cuadro destacado del Partido, no le parecía buena idea que la gente de Wuxi supiera que iba a la iglesia.

—No, no habría sido bueno para la carrera política de su marido que se llegara a saber que su esposa iba a la iglesia cada semana —admitió Peiqin—. Pero ¿qué hay de las partidas de mahjong?

—A la gente le gusta jugar al mahjong con los mismos compañeros con los que lleva años jugando. El mahjong no es sólo un juego, como ya sabrán. Alrededor de la mesa de mahjong la gente suele hablar mucho. Pero ella venía, principalmente, porque no quería quedarse sola en esa casa tan grande de Wuxi, imaginando lo que estuviera haciendo su marido con otra mujer.

—Entonces, ¿la señora Liu sabía lo de la aventura de su marido?

—Sí. Sufría mucho porque era demasiado orgullosa para admitirlo, o para enfrentarse a la situación.

—Para un Bolsillos Llenos como su marido tener una pequeña secretaria puede ser algo muy normal hoy en día —dijo Peiqin.

—Pero yo la conozco desde hace mucho tiempo. La suerte de una belleza es delgada como el papel. Años atrás muchos jóvenes le iban detrás en el colegio, pero de entre todos los candidatos eligió a Liu. Cuando éste empezó a triunfar en Wuxi, todos nos alegramos mucho de que ella hubiera elegido con tanto acierto. Sin embargo, las cosas de este mundo son como las flores, que sólo florecen durante un periodo muy corto. Liu no tardó en tener pequeñas secretarias, chicas de karaoke, masajistas…, aventuras de todo tipo. Después de que le asignaran el despacho particular, Liu pasaba cada vez menos tiempo en su casa. Ella estaba muy sola desde que su hijo se fue a la universidad en Pekín. ¿Qué podía hacer salvo imaginarse a su marido en la cama con otra mujer, gozando de las nubes y la lluvia del sexo? Sin embargo, hay que reconocer que, a su manera, Liu intentó portarse bien con su mujer. Juró que nunca se divorciaría de ella y dijo que su esposa era la única mujer que lo había querido, porque a todas las demás sólo les interesaba su dinero y eran capaces de hacer cualquier cosa a sus espaldas. Por eso la mantenía a lo grande, e incluso le compró un lujoso piso en Shanghai. Últimamente las cosas habían mejorado un poco entre ellos. Su hijo está a punto de graduarse en la universidad y va a volver a Wuxi, lo que hubiera podido ser otra razón para no divorciarse. Ella no le ha contado nada de esto a nadie, sólo a mí. Le preocupa demasiado guardar las apariencias, y piensa que quedaría en ridículo si en Shanghai supieran que Liu la había dejado por otra mujer.

—Podría haberse divorciado de él si era tan infeliz.

—No, no una mujer como ella que da tanta importancia a las apariencias. Eso hubiera equivalido a admitir que su matrimonio había sido un fracaso estrepitoso, y su vida tenía que seguir pareciendo una especie de cuento de hadas. Quería que otras mujeres le tuvieran envidia, y que ansiaran estar en su lugar. Por otra parte, nadie sabía lo que se ocultaba tras aquella fachada glamurosa.

—Aunque lo hubieran sabido —apuntó Peiqin—, apuesto a que algunas de ellas estarían más que dispuestas a ocupar su sitio.

—Tiene muchísima razón. ¡Es vergonzoso que los hombres sean así! En cuanto tienen éxito, empiezan a buscar a chicas de la edad de sus hijas. Es como si rejuvenecieran de la noche a la mañana. —Bai prosiguió después de hacer una breve pausa—. Ella se esforzó al máximo, eso hay que reconocérselo. El domingo pasado, después de asistir al oficio aquí, volvió a Wuxi con un tarro de lengua de cerdo sumergida en vino de la marca Wugangzai, el plato favorito de Liu. Como ya les he dicho, últimamente las cosas parecían irles mejor. Ella había planeado cenar en casa con su marido, pero Liu la telefoneó para decirle que pasaría la noche en su despacho particular. Mi amiga se disgustó tanto que vino a mi casa a última hora de la tarde. Sabía que íbamos a jugar al mahjong aquella noche.

—Una pregunta más —dijo Yu—. Ha mencionado que hace años la señora Liu tenía muchos pretendientes. Algunos aún vivirán en Shanghai. ¿Continúa alguno de ellos en contacto con ella?

—Venga, señor Yu. Ya conoce la diferencia entre los hombres y las mujeres. Los hombres de entre cuarenta y cincuenta están en la flor de la vida, especialmente los que tienen una carrera prometedora. Pero, a esa edad, las mujeres somos como una flor marchita pisoteada en el barro. Ella es demasiado orgullosa para que la compadezcan los que antes la rondaban. No, nunca se pone en contacto con ellos.

—Una pregunta algo distinta —dijo Yu sin dejar de insistir—. ¿La suele acompañar algún hombre joven en la mesa de mahjong?

—Bueno, a veces hay algunos pululando alrededor de la mesa. Al ser tan rica, no sorprende demasiado. Pero todos ellos son gentuza, intentan engatusar a una «hermanita mayor» para conseguir alguna propina. Sin embargo, ella sabe muy bien lo que pretenden.

—Así que, más que nada, viene a Shanghai en busca de un refugio donde poder aferrarse a su antigua imagen —sugirió Peiqin.

—Sí, usted lo comprende muy bien porque es mujer. —Después de mirar el reloj, Bai añadió—: Puede que jugar al mahjong la ayude a olvidar, aunque lo que la está ayudando de verdad es venir a la iglesia. Es una historia muy larga, pero me temo que ahora tengo que ir a coger el tren.

—Gracias, Bai. Todo lo que nos ha contado nos será muy útil.

A continuación, Yu y Peiqin se levantaron y observaron cómo Bai salía apresuradamente del parque.

—¿Qué te parece, Peiqin? —preguntó Yu.

—La señora Liu está obsesionada con guardar las apariencias. Puede que los demás no entiendan algunas de las cosas que hace, como los frecuentes viajes a Shanghai y las partidas de mahjong, pero son cosas que tienen mucho sentido para ella.

—¿Cuándo te convertiste en psicóloga, Peiqin?

—No soy ninguna psicóloga, ya has oído a Bai. A la señora Liu le gusta interpretar el papel de triunfadora para seguir despertando admiración y envidia entre los demás, pero con ella las cosas son distintas porque se conocen desde hace mucho tiempo. En cuanto a lo de ir a la iglesia, puede que encuentre allí el solaz que no logra encontrar en otras partes.

—Caramba, menudo análisis, Peiqin —dijo Yu sin poder reprimir un atisbo de ironía—. Puede que se lo transmita al inspector jefe Chen palabra por palabra.

—¿Sabes qué? Me alegro de que tú no seas un triunfador —dijo Peiqin, cambiando de tema—, o tendría que preocuparme como la señora Liu.

—Venga ya, Peiqin. Aunque no creo que lo que hemos averiguado ayude demasiado a nuestro inspector jefe Chen.

—Volvamos a mi antiguo barrio.

—¿Por qué?

—Tengo el presentimiento —dijo Peiqin— de que la mujer a la que Fu recogió frente a aquel hotel barato no era una chica de karaoke.