9

Como ya hiciera en otra ocasión, Chen se metió por la pintoresca callejuela y torció a la derecha en lugar de entrar en el parque. A veces dar un paseo lo ayudaba a pensar, especialmente si caminaba por una calle tranquila.

Aquella tarde la callejuela también estaba vacía, pero Chen vio algo en lo que no se había fijado antes: en el cruce, antes de llegar a la plazoleta, un letrero indicaba cómo llegar a la Escuela del Partido de la provincia de Zhejiang. Pese a no estar dentro del parque, la escuela se encontraba en la misma zona turística. Un Mercedes negro pasó a toda velocidad en aquella dirección, haciendo sonar el claxon y levantando una polvareda a su paso.

Algo más adelante, Chen se fijó en un cartel turístico que apuntaba hacia un pabellón de bambú parcialmente visible en la colina boscosa. Puede que Chen lo hubiera visto en su mapa turístico, algo con un nombre poético, pero aquella tarde no le apetecía hacer turismo.

No tardó en llegar a la plazoleta, pero esta vez no torció en dirección al restaurante del tío Wang. Siguió andando despacio, mientras volvía a pensar en el caso.

El oficial Huang no podría ayudarlo demasiado, pese a lo mucho que se había esforzado hasta entonces. Pero Chen no conocía a nadie más en la ciudad salvo a Shanshan, a la que aún no estaba dispuesto a revelar que era policía. No, una súbita revelación resultaría demasiado drástica de cara a su relación. Ella no le hablaría con tanta libertad si supiera que era un poli, de eso estaba seguro.

El inspector jefe llegó a un pequeño bar situado en la esquina de una calle estrecha. Era un local modesto y destartalado, donde los clientes podían tomar algún plato barato o simplemente beber, como en la antigua taberna de un relato de Lu Xun. En la terraza del bar había un par de mesas de madera tosca con sus respectivos bancos.

Sentados a una de las mesas había dos hombres de mediana edad encorvados sobre una solitaria botella de Erguotou, bebiendo sin moderación en pleno día. Posiblemente serían dos alcohólicos perdidos ya en sus divagaciones, pensó Chen, pero aminoró el paso al oír lo que parecía un juego de bebedores. Cada uno decía una frase para responder a lo que había dicho el otro, en un rápido intercambio de réplicas ingeniosas.

—En un cuento de hadas contado a nuestros niños hace mucho, mucho tiempo, el cielo era azul…

—El agua era transparente…

—El aire era fresco…

—En un cuento de hadas contado a nuestros niños hace mucho, mucho tiempo…, ahora bebo de mi taza…

Era muy similar a los versos encadenados, un juego al que jugaban los poetas chinos clásicos. La frase «En un cuento de hadas contado a nuestros niños hace mucho, mucho tiempo» sonaba como un estribillo. Los jugadores podían repetirla cada cuatro o cinco frases, quizá como excusa para recobrar el aliento. El que no consiguiera decir una frase paralela, similar en contexto o sintaxis a la anterior, perdía la ronda y tenía que beberse la taza. El único problema del juego surgía cuando ambos bebedores querían beber, cosa que propiciaba que perdieran a propósito.

Chen no tenía ni idea de cuándo habría empezado el juego. A juzgar por la botella medio vacía, los dos debían de llevar allí sentados bastante tiempo. A Chen no le atraía tanto la estructura del juego como su contenido. Por absurdas que sonaran, aquellas frases ofrecían comentarios satíricos y mordaces sobre la sociedad. De hecho, muchas cosas que se habían dado por sentadas hasta entonces ahora parecían poco realistas e inalcanzables, como en un cuento de hadas.

Chen se sentó a una mesa colocada junto a la de los bebedores y comenzó a tamborilear con el dedo sobre la superficie manchada de aguardiente, como si marcara el compás del juego.

Sin embargo, si decidió sentarse allí no fue sólo por el juego de la bebida. El bar no se encontraba demasiado lejos de la empresa química. Al beber, la gente a veces se iba de la lengua. Hacía algún tiempo, durante un caso que investigó en Shanghai, Chen obtuvo casualmente una información crucial de boca de un borracho, un viejo vecino al que conocía desde hacía años. Aquí, en otra ciudad y junto a dos desconocidos, dudaba que pudiera tener la misma suerte. Aun así, merecía la pena intentarlo.

Conscientes del interés de Chen en su juego, los dos hombres parecían volverse más enérgicos y efusivos a medida que intercambiaban réplicas cada vez más rápidas e ingeniosas.

—El tribunal impartía justicia…

—El médico ayudaba al paciente…

—El medicamento mataba las bacterias…

—En un cuento de hadas contado a nuestros niños hace mucho, mucho tiempo…, ahora bebo de mi taza…

Un camarero tullido salió cojeando de la cocina, se limpió las manos en un grasiento delantal gris que recordaba a un mapa descolorido y sonrió con una cara tan arrugada como un melón de invierno secado al sol.

Chen pidió una cerveza, una cabeza de pescado ahumado y media lengua de cerdo macerada en vino. En un impulso, también pidió el eperlano blanco frito con huevo. Era uno de los célebres «tres blancos» de Wuxi, el único que aún no había probado. Según los precios apuntados en la pizarra que colgaba de la descolorida pared, ninguno de esos platos costaba más de diez yuanes.

Los dos clientes de la mesa vecina debían de haber prestado mucha atención a la conversación entre Chen y el camarero, pues llegaron incluso a interrumpir su juego durante dos o tres minutos. En un lugar como ése, Chen parecería un Bolsillos Llenos. Nada más irse renqueando el camarero, los dos hombres reanudaron su juego con renovado entusiasmo.

—Una actriz no tuvo que dormir con el director para que le dieran el papel…

—El padre de un niño no tuvo que someterse a pruebas de paternidad…

—Nadie tuvo que quitarse la ropa para ser fotografiado…

—Un idiota no pudo convertirse en profesor…

—Un hombre casado no pudo tener hermanitas…

—El sexo no pudo negociarse ni venderse…

—No se fomentó el desfalco…

—Los malos fueron castigados…

—Se prohibieron los robos…

—Las ratas seguían temiendo a los gatos…

—En las barberías sólo se ofrecían cortes de pelo…

Esta vez el juego duró algo más, pero lo jugaron de forma más apresurada: ya no seguían tan estrictamente la estructura paralela, y ninguno de ellos hizo una pausa para beber de su taza.

Después de traerle a Chen los platos que había pedido y depositarlos sobre la mesa sin decir ni una palabra, el camarero volvió a meterse en la cocina.

Al levantar su taza, Chen se fijó en que la botella de la otra mesa estaba vacía. Los dos hombres contemplaban el «festín» dispuesto sobre la mesa de Chen. Uno de ellos parpadeó y le lanzó una mirada servil, mientras que el otro levantó el pulgar en un gesto exagerado. El mensaje resultaba evidente: esperaban su invitación. Chen no pudo evitar preguntarse si todos los borrachos acababan comportándose de la misma forma, demasiado alcoholizados para conservar un mínimo de autoestima o de dignidad.

El inspector jefe asintió con la cabeza y dijo:

—No he podido evitar oír algunas de sus brillantes máximas. Estoy impresionado.

—Gracias, señor. Usted es de los que saben apreciar lo bueno —dijo el más alto y delgado de los dos, sonriendo y relamiéndose—. Me llamo Zhang.

—Cuando el mundo está patas arriba, no puedes evitar sufrir si permaneces sobrio —dijo el más bajo y rechoncho, cuya nariz roja y puntiaguda parecía aún más enrojecida de la emoción—. Me llamo Li.

Nada más alzar Chen su taza para indicar que los invitaba, los hombres se levantaron de inmediato y se sentaron a su mesa, sosteniendo las dos tazas vacías.

—Soy de otra ciudad, y aquí estoy muy solo. Como dijo un antiguo poeta:

¿Cómo enfrentarse a todas las preocupaciones?

Nada mejor que el vino de Dukang.

—Bien dicho, joven.

Cuando Chen les sacó dos pares de palillos, los hombres no esperaron a que repitiera la invitación: se lanzaron sobre los platos como si estuvieran en sus casas.

—La lengua de cerdo es deliciosa —dijo Zhang, y se sirvió cerveza en su taza—, pero la cerveza está muy aguada.

Sus tacitas de porcelana parecían más apropiadas para bebidas alcohólicas de alta graduación, así que Chen pidió una botella de Erguotou, la misma marca de la botella vacía que reposaba sobre la mesa de los dos hombres. A continuación le preguntó al camarero acerca de la corvina amarilla salada, para asegurarse de que no provenía del lago.

—No, traiga sólo la botella de Erguotou —interrumpió Li como si fuera un viejo amigo de Chen—. No queremos más platos. —Antes de que el camarero volviera con la bebida, Li añadió en un susurro apresurado—: Ya sabe cómo preparan la corvina salada. Suelen rociarla con DDT para conservarla más tiempo, y con menos gasto. El otro día vi aquí que una mosca se posaba sobre un pescado salado. ¿Y sabe qué? La mosca se murió en el acto. ¡Imagínese lo venenoso que sería!

—¡Caray!

—Usted es un hombre extraordinario —dijo Zhang sirviéndose de la nueva botella—. Lo he adivinado nada más verlo.

—Después de escuchar su singular juego del vino, tengo un par de preguntas que hacerles.

—Adelante.

—Sus comentarios me parecieron muy profundos. Pero ¿qué hay de «El pescado y las gambas eran comestibles»? Por no hablar de la corvina salada. A la gente le encantan las exquisiteces del lago, especialmente aquí.

—Permítame que le cuente algo sobre el pescado y las gambas del lago. Puede ver lo blanco que está el eperlano, ¿no?

—Sí.

—Casi transparente, ¿verdad? —preguntó Zhang y sorbió lentamente de su taza—. Déjeme decirle algo: los eperlanos llevan mucho tiempo sumergidos en formol, por eso son de un blanco reluciente.

—¿Cómo dice? ¿No son siempre blancos? —preguntó Chen—. Los tres blancos del lago son muy famosos.

—En un lago tan sucio y tan contaminado, ¿cómo van a ser blancos y puros los eperlanos? En el mejor de los casos, ahora son de un verde o de un negro asquerosos, y por mucho que los metan en agua limpia, continúan descoloridos. Por eso usan el formol.

—Por contaminado que esté el pescado, la gente tiene que comer —dijo Li suspirando exageradamente mientras se metía un trozo de eperlano en la boca con los palillos—. A decir verdad, no he probado uno en meses, contaminado o no. ¿Cómo va a andarse con remilgos un pobre vagabundo como yo?

—Confucio dice: «Los ritos se vinieron abajo, la música dejó de sonar». Eso es lo que pasa hoy en China. Cuando el presidente Mao gobernaba nuestro país, no había diferencias entre ricos y pobres. El director de una empresa ganaba más o menos lo mismo que un portero. Todo el mundo tenía trabajos seguros, tan duraderos como los cuencos de hierro.

—Te equivocas, Zhang —repuso Li, y dejó la taza sobre la mesa—. Las diferencias también existían en tiempos de Mao, pero no era tan fácil verlas. No muy lejos de aquí, por ejemplo, está el Centro para Cuadros Destacados donde los altos cargos del Partido pueden disfrutar gratis de toda clase de privilegios. ¿Podrías haber entrado tú ahí alguna vez?

—Sí, antes era uno de los mejores centros de vacaciones para cuadros altos, y venían aquí desde cualquier parte del país. Pero ahora que el lago está tan contaminado ya no les interesa.

¿Sería ésa la razón por la que el camarada secretario Zhao había rehusado venir a Wuxi? Posiblemente. Debido a su estatus, Zhao podía permitirse el lujo de ser exigente, a diferencia del inspector jefe Chen. De hecho, haber sido elegido para venir aquí era un auténtico golpe de suerte. ¿O quizá no?

—Te equivocas de nuevo. ¿Crees que todos esos cuadros altos comen el pescado y las gambas de este lago? De ninguna manera. A ellos se los traen de otras partes.

Chen asintió. Era exactamente lo que le habían dicho en el banquete del centro.

—¡Qué lástima de lago! Cada vez hay más gente de esta zona con cáncer y otras enfermedades misteriosas. A un viejo amigo mío lo llevaron a toda prisa al hospital con tanto arsénico en el cuerpo que los médicos se quedaron atónitos.

—¡Qué aire tan tóxico tiene que respirar la gente a diario! Cada vez nacen más niños deformes. Mi vecino tuvo un hijo que parecía un sapo al nacer, totalmente cubierto de pelo verde.

Aquello empezaba a sonar como otra ronda del juego de la bebida, con la salvedad de que los ejemplos eran concretos y más espantosos. Chen escuchaba sin interrumpir, y sin probar nada de lo que le había traído el camarero. Antes de llegar al restaurante ya tenía poca hambre, pero ahora había perdido el apetito por completo. Por otra parte, los dos hombres no habían parado de comer y de discutir, como si ansiaran devolverle el favor de esa manera.

—Harían cualquier cosa con tal de tener beneficios, pero esas fábricas no son las únicas culpables. ¿Qué más puede acaparar la gente con las manos? Nada, salvo el dinero. Mi abuelo creía en los nacionalistas, pero Chiang Kaishek envió todo el oro a Taiwan en 1949. Mi padre creía en los comunistas, pero la Guardia Roja de Mao lo dejó lisiado de una paliza en 1969. Yo creí en la reforma de Deng al principio, pero entonces la empresa estatal en la que llevaba toda la vida trabajando quebró de la noche a la mañana.

—Hablando de Mao, ¿recuerda la foto de Mao nadando en el río Yangtsé? —preguntó Zhang, hurgando con un palillo en el ojo del pescado ahumado mientras cambiaba de tema.

—Sí, sí que la recuerdo. Mao hizo que le tomaran esa fotografía antes del inicio de la Revolución Cultural como prueba de su buena salud —respondió Chen, contento de poder hablar sobre algo que conocía—. Se la tomaron para tranquilizar a la gente, y para hacerles ver que Mao aún podía conducir a China hacia delante con vigor.

—Bueno, pues ahora que los ríos y los lagos de China están tan contaminados, si Mao hubiera saltado al Yangtsé, la gente lo habría considerado un intento de suicidio.

—Come, bebe y deja tranquilo a Mao —interrumpió Li con tono malhumorado—. Al menos el lago Tai no estaba tan mal en tiempos de Mao, ni había tantas fábricas sin escrúpulos vertiendo residuos industriales en sus aguas. Ahora vivimos en un país plagado de lobos y chacales.

—No seas tan mal perdedor, Li. Te quedaste sin empleo porque tu fábrica quebró cuando competía con la de Liu. Pero así son las cosas en este mundo feliz.

—Pues no deberían ser así. Gestionábamos la fábrica de acuerdo con las normas medioambientales. La gestionábamos concienciados, podríamos decir. ¿Cuánto cuesta un kilo de conciencia en el mercado actual? Liu no tenía conciencia, pero mirad cómo se benefició.

—Disculpen —interrumpió Chen—. He oído que hace poco asesinaron al director de una empresa química llamado Liu. ¿Se refieren a él?

—Sí. A eso se le llama tener su merecido. Menudo karma.

Li se llenó la taza y volvió a enroscar hasta el fondo el tapón de la botella, como si hacerlo tuviera algún sentido. Pero no sirvió de nada, porque Zhang volvió a desenroscarlo inmediatamente después.

—La empresa química de Liu está condenada —siguió diciendo Li—. Condenada sin remedio.

—¿Y cómo es eso?

—Hará un par de meses, miles de peces murieron en las aguas más cercanas a la fábrica. Acabaron flotando con las panzas blancas hacia arriba, como si fueran ojos furibundos mirando la negrura de la noche. Todo se debió a la maldita contaminación venenosa. La Empresa Química Número Uno de Wuxi es una de las compañías más importantes de la ciudad, y es también la que más contamina. En el budismo, una vida es una vida, ya sea la de una hormiga o la de un pez. Todos los que cometan actos inhumanos recibirán su castigo. Nadie puede escapar.

—Se refiere al asesinato de Liu.

—Aunque no lo crea, vi a Liu paseando junto al lago con su pequeña secretaria una noche, hará algo más de un mes. No muy lejos de aquí. De repente, la chica se convirtió en el espíritu de una zorra blanca que acechaba en la negra noche. Ya sabe que el espíritu embrujado de una zorra desata una maldición sobre el hombre que esté con ella.

—¿La pequeña secretaria de Liu? —preguntó Chen, haciéndose el tonto.

—Mi, creo que ése es su nombre. ¡Qué puta tan desvergonzada! Consiguió el empleo acostándose con su jefe.

—Venga ya, yo no me trago esas historias sobre el espíritu de la zorra. Es un camelo —replicó Zhang, percatándose del interés repentino de Chen mientras alzaba la taza vacía—. Pero sí que es una puta, de eso no hay duda. Casualmente, yo también vi algo hará una semana.

—¿Hará una semana?

Chen esperó, pero Zhang dejó de hablar mientras contemplaba la taza vacía, como si estuviera absorto en sus recuerdos.

Chen observó que se habían acabado la segunda botella de Erguotou. Se preguntó qué clase de hombre sería él a ojos de Zhang. Posiblemente uno interesado, por alguna razón no revelada, en esa pequeña secretaria tan «puta». Sin embargo, Chen pidió otra botella.

—¿Y qué es lo que vio, Zhang? —quiso saber Chen cuando el viejo camarero colocó la nueva botella sobre la mesa.

—La vi paseando con otro hombre, un hombre mucho más joven. Iban del brazo, haciéndose carantoñas y besándose —explicó Zhang, mientras bebía con parsimonia de su taza recién llena—. Se escondían en la oscuridad de la noche. Sería alrededor de las doce.

—¿Recuerda la fecha?

—No recuerdo la fecha exacta, pero pasó hará una semana —respondió Zhang, y luego añadió—: Más de una semana, creo.

Debió de ser antes de que asesinaran a Liu, calculó Chen, y levantó su taza para luego volver a depositarla sobre la mesa.

—No me sorprendió demasiado —dijo Zhang sacudiendo la cabeza—. Ella tiene veintipocos, y Liu pasaba de los cincuenta. ¿Cómo podía satisfacerla? Me sorprendería que ella no se viera con algún joven semental en secreto.

—A Liu le estuvo bien empleado. Tenía el corazón ahumado con el olor del dinero, como la cabeza de pescado que tiene usted en el plato.

—No, los perros se le comieron el corazón hace muchísimo tiempo.

—Otra pregunta. No soy de aquí, pero ¿no hay nadie que luche contra la contaminación en esta zona? —preguntó Chen—. Ayer fui a un restaurante, creo que el tío Wang es su propietario. No muy lejos de aquí. Oí hablar de una joven ingeniera que ha estado intentando defender la protección medioambiental.

—¡Menuda es ésa! Aunque es verdad, puede que haya logrado llamar algo la atención con respecto al problema. Pero y luego, ¿qué? No ha servido de nada. La empresa química sigue produciendo al mismo ritmo que antes, con un gran coste para el lago.

—Y ella también es una puta redomada —añadió Li.

Chen no estaba seguro de por qué la habría llamado puta Li, pero prefirió no preguntárselo.

—No puedes tener los ojos cerrados todo el tiempo. Así que ahógate en la taza y olvídate de todas tus preocupaciones —dijo Zhang, apurando otra taza de un trago.

—Debería ver la casa de Liu. ¡Qué mansión tan magnífica! Sólo está a dos o tres manzanas de aquí. Y también debería ver la vivienda colectiva de la empresa química. Entonces comprenderá por qué la gente quiere vender su alma por dinero.

—¡No me diga! —exclamó Chen levantando la voz porque se le acababa de ocurrir otra idea—. Muchísimas gracias por esta charla tan instructiva, pero creo que ahora tengo que irme. ¿Saben si hay alguna tienda de móviles por aquí cerca?

—Siga todo recto. Encontrará una a media manzana de aquí, no tiene pérdida. Dígales que lo envía Zhang.

—Eso haré. Una vez más, muchísimas gracias a los dos.

Chen no creía poder sonsacarles mucho más, por lo que se levantó dispuesto a pagar lo consumido. Le salió barato, pero no quería que los dos hombres continuaran emborrachándose. Si seguían hablando cada vez más alto, podrían causarle problemas.

El inspector jefe se detuvo antes de llegar a la tienda de móviles. Encontró un sobre —el único papel que llevaba encima— y un bolígrafo. Apoyado contra un cornejo en flor, anotó un revoltijo de imágenes y versos fragmentados que se le habían ocurrido de improviso.

Terrible dolor de cabeza…

Bebe para olvidar…

Deberías ir al médico, tío.

¿Qué puedes ver?

En la estadística de producción de la empresa,

¿ve el jefe cómo se eleva

la curva de la producción

o la de los empleados que se ponen enfermos

con dolor de cabeza, herpes y mareos?

Mira, ¿no se parece el pináculo de la torre de refrigeración al pezón de una mujer estéril?

Dime, ¿dónde estás?

¿En la diadema de la Diosa Fortuna o en su muleta?

Otra botella de cerveza se abre con un chasquido,

burbujas, burbujas, burbujas…

Ella aparta la taza de un empujón y se va

bajo la llovizna ácida de las doce.

¿Quién camina a tu lado?

Al igual que antes, los versos podrían formar parte de un todo más extenso, pero Chen aún no tenía una idea exacta de cómo sería el poema. Puede que adoptara una «forma espacial», término que había aprendido años atrás. En los poemas de ese tipo, la forma sustituye la secuencia narrativa tradicional por simultaneidad espacial y disposición disyuntiva. Estos conceptos tan olvidados, pertenecientes a la crítica literaria, parecieron volverle a la memoria de repente. Así que la estrofa sobre la conversación entre los dos borrachos también podría encajar. Y ella aparecía finalmente en el poema. En cuanto al verso «¿Quién camina a tu lado?», podría servir de estribillo, como en el juego de la bebida que acababa de presenciar. Además, sonaba como un eco remoto de otro poema que había leído mucho tiempo atrás.

Chen se guardó el sobre y continuó andando hacia la tienda de móviles.