7

«El inspector jefe Chen nunca deja de sorprenderte». El oficial Huang recordó lo que el subinspector Yu le había dicho. Mientras aguardaba bajo un alto árbol cerca de la salida trasera del parque, Huang reflexionó sobre aquellas palabras.

No pudo evitar echarle otro vistazo a la entrada del centro, que aún parecía un lugar misterioso, casi prohibido, a ojos de un habitante de la zona como Huang.

Le había sorprendido que Chen le pidiera ayuda para Shanshan. ¿Se debería a algo que había mencionado el camarada secretario Zhao? Se decía que el romántico inspector jefe tenía mucho éxito con las mujeres, y eso que sólo llevaba dos o tres días en Wuxi. Era imposible saber qué pretendía Chen en realidad, y cuáles eran sus contactos en Pekín. Podrían haberlo enviado a Wuxi por algún asunto sumamente secreto. De ser así, quizá Shanshan estuviera involucrada en el caso por alguna razón incomprensible para un poli de bajo rango como Huang.

La habían puesto en libertad, pero Seguridad Interna, pese a haber centrado su interés en Jiang, seguía teniéndola en el punto de mira. Y los nuevos datos sobre la disputa entre la ingeniera y Liu enturbiaban aún más las cosas. ¿Era consciente Chen de la conexión existente entre Shanshan y Jiang? Huang decidió no decir nada al respecto hasta saber más del asunto.

Chen lo había llamado hacía aproximadamente una hora. Tras comunicarle que tenía algo de tiempo libre le había pedido que se encontrara con él. Ya eran las dos de la tarde y Huang deseó que Chen lo hubiera llamado antes. El joven oficial tuvo que inventarse una excusa de última hora para poder abandonar la brigada especial.

Huang vio que Chen salía del centro de vacaciones con paso resuelto. Era una oportunidad poco frecuente, se apresuró a decirse a sí mismo, para trabajar con el legendario inspector jefe.

—Llega puntual, jefe —dijo Huang saliendo a su encuentro—. ¿Qué vamos a hacer hoy?

—Me gustaría interrogar a la señora Liu, pero para ello necesito su ayuda, Huang. Oficialmente no tengo ninguna autoridad aquí, y no creo que ella quiera hablar conmigo a menos que usted me acompañe.

Si la interrogaba, Chen ya no permanecería en un segundo plano. Su interés por la señora Liu no suponía ninguna sorpresa: los agentes de la policía local también habían contemplado esa posibilidad, pero diversos factores les habían impedido presionarla. La viuda carecía de motivos para asesinar a su marido, y contaba con una coartada sólida. Además, Liu llevaba varios años con su pequeña secretaria. La hipótesis defendida por Seguridad Interna con respecto a Jiang bloqueó cualquier intento por parte de Huang y sus compañeros de brigada de investigar a otros posibles sospechosos.

Huang agradeció la iniciativa de Chen por otra razón: nadie se fijaría en lo que hicieran. Tanto Seguridad Interna como sus compañeros de brigada habían dejado de prestarle atención a la señora Liu.

—Vayamos pues —dijo Huang—. ¿Tomamos un taxi? A pie nos llevaría una media hora.

—Si no le importa, prefiero ir andando. Podemos hablar por el camino.

—Buena idea.

A sugerencia de Huang tomaron un atajo a través del parque que discurría junto a la orilla bordeada de melocotoneros en flor y brotes de sauce llorón. Al fondo, varios barcos de vela navegaban por el lago.

Comenzó a lloviznar. Entre el follaje reluciente se oía el gorjeo de los pájaros.

—Es un lago precioso —dijo Huang.

—Sí que lo es, pero por desgracia está contaminadísimo.

La lluvia cae sobre el río,

la maleza se extiende por doquier,

seis dinastías han pasado como en un sueño

y los pájaros siguen gorjeando sin motivo.

Indiferentes, los sauces que bordean

la Ciudad de Tai cubren

la orilla de quince kilómetros de largo, como

antes, entre la verde neblina.

»Sólo tendría que cambiar un par de palabras del último verso: “entre las verdes algas”.

Por lo que había oído Huang, ponerse a citar poemas en medio de una investigación era típico del peculiar inspector jefe, pero los grandes detectives podían permitirse esas excentricidades. Como Sherlock Holmes, por ejemplo.

—¿Hay alguna novedad, Huang? En su investigación, quiero decir.

—Ninguna novedad en la brigada, pero, a raíz de nuestra última conversación, he hecho algunas averiguaciones por mi cuenta.

—¿Sí?

—Sus reflexiones sobre la hora del asesinato me hicieron pensar bastante, así que empecé a investigar varias cosas que habían estado pasando en la empresa últimamente. Una de ellas es la futura OPV, por supuesto. Una vez que se establezca como sociedad cotizada en Bolsa, la Empresa Química Número Uno de Wuxi recibirá enormes ingresos de capital, cosa que consolidará aún más su posición dominante en el mercado. Esto podría suponer una seria amenaza para sus rivales.

—Entonces, ¿cree que el asesinato podría ser un intento de desbaratar los planes de Liu con respecto a la OPV?

—Es posible, ¿no le parece?

—Sí, es posible, pero hay otras maneras más sencillas y puede que más efectivas de conseguir el mismo objetivo —respondió Chen—. Es una hipótesis que merece la pena investigarse, pero permítame que le hable con franqueza: uno de los problemas de su teoría es que resulta difícil señalar a un rival en particular.

Dada la feroz competencia en el mercado, una empresa próspera podría tener muchos competidores, y no necesariamente sólo en Wuxi. Además, puede que un rival se beneficie de la muerte de Liu, pero también puede que no lo haga. La empresa aún es estatal, y habrá una transición gradual después de que nombren al sucesor de Liu. Acabará cotizando en Bolsa de todos modos. Quizás el asesinato aplace la decisión durante algún tiempo, pero no va a cambiarla.

—Es cierto —admitió Huang, asintiendo con la cabeza.

—Continúe buscando —dijo Chen con tono alentador mientras salían del parque—. Pero hábleme de la señora Liu. ¿Cómo la ha estado investigando su brigada?

—Zhou Liang, un miembro con mando de nuestra brigada, la interrogó. Según ella, aquella noche se encontraba en Shanghai, jugando al mahjong con otras tres personas. La coartada es sólida, Zhou la comprobó.

—¿Viajó hasta Shanghai sólo para jugar al mahjong?

—Para jugar al mahjong, lo mejor es tener los mismos compañeros de juego durante mucho tiempo, y es bastante frecuente que la partida dure toda la noche. La señora Liu es de Shanghai. Sólo se tarda una hora en ir y venir en tren, así que va casi cada fin de semana.

—Cada fin de semana. Interesante —dijo Chen—. Así que ella sabía que Liu no volvería a casa aquella noche y se marchó a Shanghai para jugar una partida de mahjong. ¡Menudo matrimonio!

—Bueno, hará dos o tres años circularon varios rumores acerca de sus problemas conyugales, pero su relación resultó ser bastante buena. Compraron una mansión a nombre de los dos y, al parecer, Liu le abrió una cuenta en el banco a su esposa con mucho dinero para sus gastos personales.

—¿Y qué hay del despacho particular y de Mi, la pequeña secretaria?

—En cuanto al despacho particular, a Liu le asignaron el piso a través del plan de vivienda estatal por su cargo en la empresa. Nadie rechazaría un piso por el que no tuviera que pagar ni un céntimo. Como ya tenía una casa grande, lo llamó «despacho particular» a modo de justificación. En cuanto a la pequeña secretaria, me han llegado rumores sobre ella, pero es habitual que una chica joven y guapa sea blanco de habladurías, y no resulta fácil saber cuántos de esos rumores son ciertos. La señora Liu debía de conocer su existencia desde hace mucho tiempo. Hay un dicho popular sobre los nuevos ricos que triunfan: «Las banderas rojas ondean por todas partes de paredes afuera, pero la bandera roja permanece erecta de paredes adentro».

—¿Y eso qué significa, Huang?

—Un Bolsillos Llenos puede tener amantes, secretarias, concubinas y lo que le parezca, pero no se divorciará necesariamente de su mujer, y eso tampoco significa que las cosas le vayan mal en casa. La casa de un Bolsillos Llenos es su refugio. Además, se dice que los Liu adoraban a su hijo, el cual se graduará pronto en la universidad. El verano pasado hizo prácticas en la empresa, y como su madre lo consiente tanto, a menudo le llevaba platos cocinados en casa.

El inspector jefe escuchaba con atención, sin hacer comentarios. Poco después torcieron por una calle ruidosa abarrotada de compradores, que conducía a una callejuela más tranquila. Allí, Chen vio a un joven y harapiento trapero montado sobre un triciclo cargado de trastos, con un cartel desproporcionadamente grande en el que se describían todos los artículos reciclados que vendía. El trapero pedaleaba calle abajo tranquilamente con el triciclo repleto de objetos indescriptibles. Parecía que estuviera en el patio de su casa. Al pasar junto a ellos, volvió la cabeza para mirarlos y sonrió.

—El otro factor que deberíamos tener en cuenta —continuó Huang— es cómo podría afectarle la próxima OPV. Tal y como estaban yendo las cosas es probable que se hubiera llevado a cabo en pocos meses. Liu podría haberse forrado, y ella, al ser su esposa, también. La señora Liu no tenía ninguna razón de peso para actuar precisamente ahora.

—Tiene razón —admitió Chen.

La calle cambió de nuevo para convertirse esa vez en un paseo pavimentado con adoquines de colores, donde vieron un letrero que indicaba otro parque.

—¡Ah, el parque Li! —exclamó Chen señalando hacia una llamativa valla publicitaria que mostraba la imagen de una beldad ataviada con un traje antiguo sentada en un barco—. El lago Li es un afluente del lago Tai, ¿verdad?

—Sí, pero algunos habitantes de la zona lo consideran un lago distinto.

—También es el lago en el que, tras una batalla decisiva entre los Wu y los Yue en el periodo de las Primaveras y los Otoños, Fan Li y Xi Shi llevaron una existencia idílica en una barca, donde fueron felices para siempre. Lo leí en un folleto que había en el centro de vacaciones. Por otra parte, no es más que una historia pensada para atraer a los turistas nostálgicos.

El peculiar inspector jefe podía resultar exasperante en ocasiones, pensó Huang, como cuando se ponía a hablar sobre una belleza legendaria de hacía más de dos mil años mientras iba al encuentro de una posible sospechosa para interrogarla. Huang había ido al parque Li muchas veces para contemplar diversos cuadros y poemas en los que aparecía Xi Shi, pero nunca le había preocupado saber si el antiguo relato era cierto o no.

—Ya estamos cerca —dijo Huang—. Su casa queda justo detrás del parque Li.

Tal y como había dicho Huang, no tardaron en llegar a un complejo residencial. Era una zona acomodada, donde las nuevas viviendas bordeaban el lago, pero también tenían un cómodo acceso al centro de la ciudad. Aquella mañana, la casa no le pareció a Huang demasiado alejada del despacho particular de Liu, especialmente con un coche de la empresa a su disposición.

Liu vivía en un edificio de tres plantas construido en un callejón sin salida del complejo, con un gran patio trasero y un garaje para tres vehículos a uno de los lados. Huang se fijó en que el coche aparcado en el camino de entrada no era uno de los vehículos de la empresa.

—Es más grande que mi casa en el centro de vacaciones —comentó Chen mientras subía los escalones de piedra.

—El centro fue construido a principios de la década de los cincuenta —explicó Huang al pulsar el timbre, sin saber qué pretendía decir Chen.

La mujer que les abrió la puerta rondaría los cincuenta. Era esbelta y bastante atractiva para su edad, con el cabello entrecano. Llevaba una elegante bata de estar por casa de seda y zapatillas de tacón blando. A su lado, en el suelo, vieron varios pares de zapatillas diseminados sobre una alfombrilla de lana.

—Señora Liu, soy el oficial Huang del Departamento de Policía de Wuxi —dijo Huang, mostrándole su placa—. Y éste es uno de mis compañeros.

—Me llamo Chen —se presentó el inspector jefe—. ¿Nos quitamos los zapatos, señora Liu?

—No creo que la policía tenga que hacerlo —respondió ella con indiferencia.

—Claro que lo haremos —repuso Chen, y se agachó para desatarse los cordones—. Es una casa realmente magnífica.

La señora Liu los condujo hasta una amplia sala de estar cuyos ventanales daban a un jardín muy bien cuidado, con parterres de flores en la parte de atrás. Al fondo parecía haber un pequeño estanque, pero Huang no pudo verlo con claridad. La señora Liu les indicó que se sentaran en un sofá modular beis y les ofreció un té antes de acomodarse en una silla de cuero situada frente a ellos.

—Sus hombres ya han venido antes, agentes. ¿Qué más quieren preguntarme?

—En primer lugar, quiero expresarle mi más sincero pésame por la muerte de su marido —dijo Chen—. El director general Liu hizo un gran trabajo en pro del Partido, del pueblo y de la empresa. Nos esforzaremos al máximo para que se haga justicia, señora Liu. Sin embargo, de momento nuestra investigación apenas ha avanzado, por ello quisiera hablar con usted. Cualquier cosa que nos cuente puede sernos útil: acerca de su marido, de su trabajo o de sus allegados.

—Liu estaba muy ocupado, trabajaba sin parar todo el tiempo. Cuando llegaba a casa por la noche casi siempre estaba agotado. No le quedaba energía para contarme nada de lo que pasaba en la empresa o de las personas que trabajaban para él.

—Bien, ¿y qué sucedió aquella noche? ¿Le contó el señor Liu si iba a encontrarse con alguien en su despacho particular?

—No, no me dijo nada. No me hablaba de su trabajo, como le he dicho.

—Antes de esa noche, ¿se fijó en si su marido se comportaba de modo extraño?

—Cada vez estaba más ocupado. Aparte de eso no, no noté nada.

—Quisiera hacerle otra pregunta: ¿su marido dormía mal últimamente?

—¿A qué se refiere?

—¿Le costaba dormirse y, por ese motivo, tomaba somníferos?

Chen debía de haber leído el informe de la autopsia detenidamente, observó Huang sin hacer ningún comentario, pero ese dato ya lo habían confirmado los colegas de Liu.

—Creo que los tomaba de vez en cuando, pero era un hombre muy sano para su edad.

—Así que usted sabía que su marido no iba a volver a casa aquella noche, ¿no?

—Sí, lo sabía. Mencionó que tenía que trabajar en el despacho hasta tarde, algo relacionado con un asunto importante.

—Entonces, ¿siempre le comentaba su agenda, señora Liu?

—Dependía del trabajo que tuviera. Si no era demasiado tarde, intentaba volver a casa y no me llamaba. Pero yo nunca lo sabía de antemano. —Añadió con expresión melancólica—: Al principio, cuando le asignaron el despacho particular, siempre me llamaba para contarme sus planes para la noche. Pero luego empezó a tener tanto trabajo que ya no lo hacía, al menos no siempre.

—Usted viaja a Shanghai con frecuencia, prácticamente cada fin de semana por lo que me han dicho.

—Cada fin de semana, no.

—Pero cuando se enteró de que Liu no iba a volver a casa aquella noche, se marchó a Shanghai por la tarde. ¿Era sábado o domingo?

—Domingo. —La señora Liu parecía algo incómoda—. Volví a Wuxi el domingo al mediodía, pero me molestó que tuviera que trabajar tanto, así que me marché a Shanghai de nuevo aquel mismo día.

—En otras palabras, usted hizo dos viajes a Shanghai el último fin de semana.

—No me gusta la idea de quedarme sola en esta casa tan grande.

—Entonces, ¿no estaba preocupada? —interrumpió Huang—. Por el hecho de dejar solo a un Bolsillos Llenos tan próspero. No sé si sabe a lo que me refiero.

—Liu era un hombre de familia. Nuestro hijo va a graduarse este año en la Universidad de Pekín, donde estudia literatura, pero Liu le ofreció unas prácticas en la empresa el año pasado, y me convenció para que aceptara sus planes de encontrarle un buen puesto allí.

—Era un padre magnífico —dijo Chen, haciéndose eco de lo que la señora Liu acababa de insinuar.

La conversación no parecía conducir a ninguna parte. La viuda de Liu hablaba con tanta cautela para defender la imagen de su marido que no aportaba nada que no supieran ya. A Huang le pareció que Chen le lanzaba una mirada cómplice.

—Entonces, la noche del sábado pasado usted estuvo con algunas amigas en Shanghai, ¿verdad?

—Sí, estuve allí con varias amigas.

—¿Dónde se encontraba a la mañana siguiente?

—En una iglesia de Shanghai, a la que también fui con una amiga.

—¿Qué iglesia?

—La iglesia Moore Memorial. ¿Por qué lo pregunta?

—¡Ah! La que se halla en el cruce de las calles Xizang y Hankou. La conozco. He estado leyendo un libro sobre la influencia protestante en el desarrollo del capitalismo.

La señora Liu parecía tan desconcertada como Huang.

—Bueno, nuestra iglesia es metodista.

—¿Qué hizo el domingo pasado por la noche?

—También estuve con mis amigas, ya les he hablado de ellas a sus compañeros.

—¿Quién más le parece que podía estar al corriente de la agenda de su marido para aquella noche? —siguió preguntando Chen, sin inmutarse.

—¿Cómo quiere que yo lo sepa?

—Por ejemplo, quizás alguien que trabajara para él en la oficina.

—¿Podría ser Mi, su secretaria? —interrumpió Huang, tras captar al vuelo la insinuación de Chen.

—No quiero hablar de ella —respondió la señora Liu frunciendo el ceño.

Chen no la presionó, y esperó pacientemente a que el silencio se impusiera en la sala de estar.

—Deberían haber hablado con ella —respondió la viuda al fin.

—¡Ah! Por cierto —dijo Huang—. Hoy han nombrado a Mi jefa de administración. ¡Menudo ascenso!

—Es una fulana y una sinvergüenza, permítanme que se lo diga —saltó la señora Liu—. Sólo tiene la secundaria. ¿Cuáles son sus cualificaciones para ser jefa de administración de la empresa?

—Bueno, ha sido la secretaria particular de Liu durante mucho tiempo —respondió Chen—. El también debía de confiar en ella.

—Mi no significaba nada para él. A ella sólo le importa el dinero, me lo dijo mi marido. ¿Cómo pueden haberla ascendido tan deprisa? ¡El mundo al revés!

A la señora Liu le habría costado decir algo más explícito. Después de todo, fue su marido quien le ofreció el puesto de secretaria a Mi. No era de extrañar que la viuda se hubiera disgustado tanto al enterarse de que habían ascendido a Mi poco después de la muerte de Liu. Sin embargo, puede que no fuera más que un gesto irrelevante por parte de Fu, el nuevo director general. Quizá pretendía apaciguar a los empleados fieles a Liu antes de empezar a construir su propia base de poder.

Cuando su móvil comenzó a sonar, Huang comprobó el número. La llamada, del jefe de su brigada, tenía señal de urgente. No le quedaba más remedio que contestarla, así que se disculpó y salió a toda prisa de la casa, dejando entornada la puerta de entrada. No sería prudente hablar en presencia de la señora Liu.

Huang mantuvo una larga conversación con su jefe acerca de los últimos datos relativos a la investigación. Los agentes de la brigada especial habían dado otro paso, presionados por Seguridad Interna. Huang frunció el ceño mientras escuchaba y apenas respondió.

Cuando Huang volvió al salón, Chen aún hablaba con la señora Liu. El joven policía no tenía ni idea de lo que habrían estado discutiendo durante su ausencia, pero la viuda parecía muy enfadada.

Al cabo de un momento, Chen se levantó y dijo que tenían que irse. Huang asintió sin añadir nada más.

La señora Liu los acompañó con gesto hosco hasta la puerta y la cerró de un portazo una vez hubieron salido.

Caminaron en silencio durante varios minutos, ambos absortos en sus respectivos pensamientos. Chen no habría conseguido obtener información de la señora Liu, supuso Huang, cosa que no le sorprendía demasiado. Después de todo, ¿qué necesidad tendría la viuda de revelar algún dato?

—¿Qué le parece si bebemos algo en el parque Li? —sugirió Huang mientras se enjugaba el sudor del rostro. Pese a estar en mayo, aquel día hacía bastante calor.

—Muy bien —respondió Chen—. Y también deberíamos comer, ya es bastante tarde. Busquemos algún sitio en el parque que merezca la pena.

Esta era otra de las características del enigmático inspector jefe de las que Huang tanto había oído hablar: Chen era un sibarita incorregible cuyo apetito no desfallecía ni en plena investigación de un homicidio. Con todo, Huang sospechó que Chen quería comentarle algo. Ya era bastante tarde, así que no habría demasiados turistas en el parque.

Entraron en el recinto y, en lugar de dirigirse al restaurante tradicional escondido tras un frondoso bosquecillo de bambúes junto a la entrada, Chen escogió un destartalado puesto callejero al pie de una colina pelada. Pidió dos cajas con costillas al estilo de Wuxi sobre arroz blanco.

Con las cajas en la mano, los dos policías se sentaron en un recoleto banco de madera situado junto a la colina. No había más bancos a su alrededor, y la zona parecía desierta. No tendrían que preocuparse por si alguien los escuchaba.

—Una elección excelente, jefe.

—Cuando era niño, la gente no solía ir a los parques. Había que pagar el billete del autobús y la entrada al parque, ¿sabe? Por no mencionar el coste de la comida. Un día, mi madre me llevó al parque Xijiao y me compró una cajita con cosas para almorzar. Fue el mejor almuerzo que había comido jamás, y ha permanecido en mi memoria durante años. Claro que las cosas eran muy distintas en aquella época… Lo invitaré a una cena a base de costillas de Wuxi cuando finalice nuestra investigación —dijo Chen, y con los palillos se metió en la boca un trocito de la jugosa costilla agridulce—. ¿Qué opina acerca de la señora Liu?

—Usted ha sacado a colación algo que habíamos pasado por alto. La señora Liu fue a Shanghai el sábado y volvió a ir el domingo. Me parece raro. ¿Piensa que…?

—Parece demasiado chocante para ser premeditado —respondió Chen lentamente—. Por cierto, antes recibió una llamada muy larga, Huang.

—Sí, me llamó el jefe de nuestra brigada. Era sobre Jiang.

—¿Jiang? ¿El nuevo sospechoso que tienen en el punto de mira los de Seguridad Interna?

—El mismo. Lo han detenido oficialmente esta tarde. Parece que han encontrado nuevas pruebas contra él.

—¿Qué pruebas?

—Según Seguridad Interna, Jiang chantajeaba a Liu. Cuando Liu intentó ponerse en contacto con las autoridades, Jiang lo asesinó.

—¿En serio? Cuénteme algo sobre Jiang, cualquier detalle que conozca.

—No sé mucho acerca de él. Jiang era empresario aquí en Wuxi antes de convertirse en activista medioambiental hará varios años. Debido a su experiencia en el mundo de los negocios conoce muy de cerca los problemas de la contaminación, así que empezó a hablar de ellos. Aquellas empresas a las que criticó públicamente por contaminar el lago vieron cómo se empañaba su reputación en Wuxi. Luego empezó a chantajear a otras empresas con la información de que disponía y éstas se vieron obligadas a comprar su silencio, por así decirlo. Debió de encontrar algo sobre la empresa de Liu.

—¿Tienen alguna prueba?

—De momento no demasiadas, pero ésta es su hipótesis. Jiang chantajeaba a Liu, y le había pedido una cantidad elevada. Si salía a la luz que la empresa química estaba contaminando el lago, la OPV correría peligro.

—Entonces, ¿lo único que tienen es una hipótesis?

—Bueno, una fábrica de la zona conserva el comprobante de un pago que le hicieron a Jiang por sus servicios como consultor medioambiental. El acuerdo es bastante ambiguo. Podría tratarse de una compensación por su ayuda para proteger el medio ambiente, pero también podría ser una cantidad pagada para silenciarlo.

—En ese caso, ¿por qué habría asesinado Jiang a Liu? —preguntó Chen, sacudiendo la cabeza—. Al contrario, suelen ser las víctimas de un chantaje las que tienen motivos para asesinar.

—Un poco antes del asesinato, alguien oyó que los dos discutían en el despacho de Liu. Según Seguridad Interna, Jiang amenazó a Liu con revelar ciertos datos sobre la empresa química, y Liu le respondió amenazándole a su vez con informar a la policía de su chantaje. Las autoridades municipales podrían haber encerrado a Jiang, así que por esa razón asesinó a Liu.

—¿Y qué dice Jiang al respecto?

—Lo niega todo, por supuesto.

—Bueno, no podemos desestimar esta hipótesis, pero no es más que eso, una hipótesis, y no hay ninguna prueba que la respalde.

—No le puedo contar nada más —dijo Huang, y se encogió de hombros.

¿Habría algo más detrás de todo eso? Huang creyó adivinar la pregunta en la mirada de Chen.

—¿Puede conseguirme más información sobre Jiang?

—Haré lo que pueda, jefe. Por cierto, me han dicho que Shanshan conoce a Jiang.

—No me sorprende. Parece que ambos dedican todos sus esfuerzos a la protección medioambiental.

Una vez más, Huang decidió esperar a conocer más detalles sobre el caso antes de pronunciarse.

Se acabaron sus respectivos almuerzos y Chen se levantó para tirar las cajas vacías a la papelera. Huang miró el reloj. Los miembros de su brigada podrían empezar a preguntarse por su prolongada ausencia.

—Una pregunta más, jefe —dijo Huang y cogió la servilleta de papel que Chen le pasó—. ¿Qué clase de libro está leyendo?

—¿A qué libro se refiere?

—Al que le mencionó a la señora Liu. Algo sobre la relación entre religión y capitalismo.

—¡Ah! Es un libro de Max Weber. Encontré un ejemplar por casualidad en la biblioteca del centro.

—Pero ¿por qué sacó el tema?

—Quería averiguar si la señora Liu acude con frecuencia a esa iglesia. No ha leído el libro, pero al menos sabía que Moore Memorial es una iglesia metodista. —Con expresión pensativa, Chen añadió—: Pero también le he estado dando vueltas a otra cuestión. ¿Por qué la gente es capaz de hacer cualquier cosa sólo por dinero? Una respuesta parcial podría ser por el desmoronamiento del sistema ético. Los chinos solían creer en el confucianismo, y luego en el maoísmo, pero ¿en qué creen ahora? Nuestros periódicos están llenos de «nuevos honores y nuevas vergüenzas» en esta nueva era materialista. Pero ¿quién se los cree todavía?

El monólogo de Chen podría acabar convirtiéndose en una extensa disquisición filosófica, lo cual confirmaría otra de las características del inescrutable inspector. Huang había oído hablar de las rarezas de Chen, pero no tenía ni idea de cómo responderle. Así que, en lugar de hacerlo, se disculpó aduciendo que debía volver a toda prisa al trabajo. Nadie estaba al tanto de su colaboración con Chen, por lo que no sería muy buena idea permanecer fuera del despacho demasiado tiempo.