8
Cuando comenzaba a amanecer, Chen tuvo un sueño extraño. Se vio a sí mismo despertándose por la mañana convertido en un hombre del tiempo televisivo, que apagaba un despertador y salía a trabajar. La pesadilla se repetía una y otra vez: el lenguaje propio de los pronósticos meteorológicos, él hablando ante las cámaras con el tono y los ademanes típicos de un meteorólogo, una mañana tras otra…
Finalmente se despertó de verdad y, confundido, alargó el brazo para coger el despertador que estaba sobre la mesita de noche. Permaneció tumbado en la cama un buen rato intentando descifrar el significado de su sueño, antes de recordar que se trataba de una escena de la película estadounidense Atrapado en el tiempo, que había visto un par de años antes. Sin embargo, no logró entender por qué habría tenido un sueño así aquella madrugada.
Tras salir de la cama, se dirigió al salón y abrió la ventana de par en par. La bruma matutina envolvía el lago, y un sonido suave, parecido al de una flauta, le llegaba flotando sobre aquella masa opaca. ¿Qué podría ser? Escuchó durante dos o tres minutos, pero no volvió a oír la melodía.
A continuación se dirigió a la cocina y se sentó frente a la mesa cubierta con cristal que había estado usando como escritorio. No le gustaban la vistas desde el estudio, aunque el escritorio que había allí era más grande. Empezó a leer el nuevo material que Huang le había enviado por fax la noche anterior e hizo algunas anotaciones.
Hacia las siete y media, una joven camarera le trajo el desayuno. Tras colocar la bandeja sobre la mesa, junto al Diario de Wuxi de aquella mañana, la camarera se retiró sin pronunciar ni una sola palabra para no perturbar la concentración de Chen.
Chen se bebió el café negro a sorbos con la esperanza de que lo despejara, aspirando el aroma de las pastas recién horneadas que inundaba la habitación. Dejó los cruasanes y la taza con fruta para más tarde. Cuando hiciera una pausa se los tomaría junto con una segunda taza de café. Era una especie de rutina que había establecido aquí, una pauta de trabajo durante sus vacaciones.
Al igual que el meteorólogo de la película, Chen llevaba demasiado tiempo interpretando el mismo papel y ahora ese papel comenzaba a apoderarse de él en la pauta recurrente del sueño, un sueño del que tanto le había costado despertarse.
En el centro de vacaciones interpretaba el papel de cuadro del Partido sumamente trabajador, el mismo papel que interpretaban los demás huéspedes.
El oficial Huang, que lo consideraba una especie de Sherlock Holmes, había accedido a interpretar el papel de doctor Watson, aunque, a decir verdad, Huang había hecho lo indecible para ayudarlo.
Según los últimos datos que le había pasado el joven policía, los agentes de Seguridad Interna apretaban cada vez más la soga que tenía Jiang al cuello. Habían conseguido unas cuantas declaraciones nuevas de empresarios de la zona, los cuales juraron que Jiang los había chantajeado con la amenaza de revelar sus problemas.
Pero Chen no dio demasiado crédito a esas declaraciones. Los empresarios podrían haber jurado que cualquier historia descabellada sugerida por Seguridad Interna era cierta. Dado que Jiang representaba una amenaza para sus negocios, no cabía duda de que cooperarían: sería una oportunidad caída del cielo para deshacerse de él. Resultaba difícil descartar la hipótesis del chantaje, pero no parecía haber ninguna pista fiable de la que pudiera valerse la policía, como por ejemplo una grabación de las conversaciones de Jiang con dichos empresarios.
Cuando finalmente depositó el expediente sobre el escritorio, Chen intentó cambiar su enfoque, para ello escribió en una hoja de papel la hipótesis del crimen planteada por Seguridad Interna, pero diversos detalles no encajaban. Suponiendo que Liu y Jiang estuvieran negociando cara a cara y se hubieran enzarzado en una pelea, la policía tendría que haber encontrado señales de lucha en el despacho. En lugar de aguardar quieto a que le asestaran el golpe mortal, Liu se habría defendido. Y el golpe se lo habrían asestado por delante, no por detrás. Además, no habían aparecido huellas dactilares. El criminal podría haberlas limpiado, pero si el asesinato no fue premeditado, lo más probable sería que el asesino hubiera huido sin limpiar nada.
Por otra parte, pese a ser elevada, la cantidad que se suponía que podían haberle pedido a Liu al chantajearlo no habría supuesto un problema para él. Ni siquiera tenía que salir de su bolsillo: podría haberla contabilizado como honorarios de consultoría, al igual que habían hecho otras empresas mencionadas en el expediente.
Además, de haber optado por enfrentarse a Jiang de ese modo, Liu habría estado pasando por alto las posibles consecuencias, particularmente el potencial impacto de cara a la OPV. Jiang podría haber actuado a la desesperada, lo que habría provocado una situación desastrosa para ambos, como en el proverbio según el cual el pez muere debatiéndose para liberarse de la red, y la red se rompe a consecuencia del forcejeo del pez.
Chen encendió un cigarrillo y apuró el café de un trago antes de levantarse y comenzar a recorrer la habitación de un lado a otro.
«Supongamos ahora que otro hombre, por otra razón, hubiera ido a visitar a Liu aquella noche. Eso explicaría muchas cosas que no tienen sentido en la hipótesis del chantaje.»
Chen contempló los anillos de humo que ascendían en espiral. «Sí, eso explicaría muchas cosas…»
La joven camarera volvió a aparecer portando el minúsculo termo con la medicina a base de hierbas. La muchacha lanzó una mirada a la bandeja del desayuno. Chen apenas lo había probado, salvo el café.
—¿No está bueno el desayuno?
—Está muy bueno. Me lo comeré un poco más tarde.
—Es mejor que se tome el medicamento después de comer.
—Sí, ya lo sé —dijo Chen, y le indicó que dejara la medicina sobre la mesa.
Chen sacó otro cigarrillo, pero cambió de opinión y volvió a meterlo en el paquete antes de dirigirse distraídamente a la cristalera del fondo de la habitación.
En el exterior, sobre la tarima de cedro, vio un paraguas de papel tratado con aceite de tung abierto junto a la barandilla, con la punta roja como un pecho gigante, temblando un poco a causa del viento. «Todo es imaginable, pero no necesariamente inocente». La noche anterior, al regresar de su paseo habitual bajo una fina lluvia, había dejado el paraguas sobre la tarima.
Chen se sentó en la antigua butaca de madera oscura colocada junto a la ventana y apoyó los pies sobre el alféizar. Según las teorías posmodernas, podría decirse que los brazos bien torneados de la butaca lo acogieron, pensó con cierta sorna. De hecho, a muchos les bastaría con sentarse aquí para sentirse afortunados.
Pero aquélla no iba a ser una mañana tranquila y contemplativa. Su móvil comenzó a sonar, con un timbre parecido al del despertador de su sueño. El inspector jefe le echó un vistazo al número que aparecía en la pantalla: era el oficial Huang.
—El rival de Liu también tenía una coartada sólida.
—¿Quién?
—Zhang Tonghua, director de otra empresa química en Wuxi y principal rival de Liu en esa línea del negocio.
—¡Ah! El hombre del que usted sospechaba —dijo Chen—. Zhang podría haber contratado a un asesino para hacer el trabajo, claro está, pero entonces sería como buscar una aguja en un pajar.
Chen pensó en ciertos detalles desconcertantes del escenario del crimen, detalles que no hubieran tenido explicación de haber cometido el asesinato un asesino a sueldo.
—Pero no hay que olvidar la fecha del crimen —añadió Huang, poco dispuesto a claudicar—. No podemos pasar por alto la conexión entre el asesinato de Liu y la OPV. Seguro que no es una coincidencia.
Chen fue el primero en resaltar dicha conexión. Resultaba obvio que Huang había pensado en ello, y ahora probablemente considerara suya la idea. Con todo, era la única hipótesis que tenía algún sentido.
—Ah, en cuanto al registro de llamadas de Shanshan —siguió diciendo Huang—, he encontrado algo que podría interesarle.
—¿Sí?
—Las llamadas amenazándola se hicieron desde teléfonos públicos. No eran en absoluto bromas de niños.
—Es justo lo que sospechaba.
—Es más —dijo Huang después de hacer una pausa—, usted no es la única persona interesada en las llamadas a Shanshan. Las han intervenido a raíz de la investigación a Jiang.
—Vaya, qué interesante. ¿Quién las está pinchando?
—Seguridad Interna. Según ellos, Shanshan y Jiang se conocen bien. Puede que ella esté involucrada en el caso.
—¿Han encontrado algo?
—Aún no. Al menos, no me han dicho nada al respecto. Pero lo investigaré, jefe.
—Gracias por contármelo, Huang —dijo Chen—. Si surge alguna novedad, llámeme inmediatamente.
Después de colgar, Chen intentó encajar la nueva información en el rompecabezas, pero, tal y como había sucedido antes, no consiguió llegar a ninguna conclusión. Así que, para cambiar de tema, decidió escribir un informe sobre el problema medioambiental dirigido al camarada secretario Zhao. El inspector jefe Chen era policía y estaba siempre muy ocupado, pero no dejaba de ser un ciudadano tan responsable como Shanshan. De él dependía la decisión de escribir el informe, les gustara o no a los altos cargos del Partido.
No había acabado ni el primer párrafo cuando se percató de que cada vez escribía más despacio. Redactar el informe estaba resultando mucho más difícil de lo que había supuesto. De momento, sólo tenía un batiburrillo de frases tan grandilocuentes como vacías que no demostraban nada. Aquél no era su terreno, y no contaba con ningún dato sólido y concreto con el que poder respaldar sus argumentos. Comenzaba a desconfiar de su capacidad para redactar un informe de esas características.
Encendió otro cigarrillo y volvió a pensar en el caso. Para su consternación, cayó en la cuenta de que sólo era capaz de proceder con confianza cuando pensaba como un policía.
¿Desde cuándo se había convertido en un poli que sólo se miraba el ombligo? Si bien era cierto que, con un caso tras otro, el inspector jefe Chen había estado demasiado ocupado con su trabajo para tomarse un respiro, no podía negarse que gozaba de ciertos privilegios por ser un cuadro emergente del Partido. No era exactamente un cuadro de alto rango todavía, pero se sentía en deuda con un sistema que lo había tratado bien.
Pensando en Shanshan y en su ardua batalla para salvar el lago, Chen volvió a la mesa, abrió el portátil y comenzó a teclear.
En un trance de amapolas encendidas
o a la sombra refrescante, completamente cubierta
de musgo, has olvidado
la noche que pasamos en el puente,
la luz a lo lejos, y las luces,
aún más allá, que se tornaban
en música en tu retina, mientras
dirigías con el cigarrillo
un poema tonal sobre el lago insomne,
cuando ya no pertenecías
a ningún lugar, ni a ninguna época, ni a ti mismo.
Cuando otra ave acuática blanca vuele
desde el calendario, ojalá no sigas soñando
con una ostra pálida
que se aferra a la sombría piedra caliza.
(¿Dónde estás ahora, cuando el amanecer
llama a mi ventana con sus dedos rosáceos,
cuando el aroma del café y del pan
penetra en la mente que despierta,
y cuando la puerta, como una sonrisa,
les da la bienvenida a las flores y a los periódicos?)
Los versos se le iban ocurriendo casi sin proponérselo, cosa que no dejó de sorprenderlo. ¿Era él el «tú» de la primera estrofa? No parecía posible: sólo llevaba unos días alojado junto al lago. Pero la sensación de culpabilidad resultaba inequívoca, quizás a la manera de la poesía simbolista. Puede que la segunda estrofa, escrita entre paréntesis, se debiera a su experiencia reciente en el centro, pero ¿qué significaba en realidad?
Por otra parte, estos versos podrían convertirse en un poema largo, no sobre sí mismo, sino sobre ella y el lago, sobre lo que sucedía en China, y sobre un espíritu inquebrantable…
Entonces hizo una pausa y se obligó a pensar de nuevo en el caso, imbuido de confianza. Había algo más en el escenario del crimen, aunque no conseguía adivinar de qué podría tratarse. Así que volvió a centrarse en la lista de los objetos hallados en el piso de Liu, una lista que ya había repasado varias veces.
Esta vez se detuvo al llegar a un objeto en particular: un joyero esmaltado que contenía un collar con una perla negra, unos pendientes de oro y una pulsera de jade verde. Ninguna de estas joyas era excesivamente valiosa, pero el joyero se hallaba en el despacho de Liu, no en su casa. Según la señora Liu, ella no dormía nunca en el despacho de su marido. ¿Qué haría allí un joyero? En todo caso, aquello venía a confirmar lo que Shanshan le había contado sobre Mi, la pequeña secretaria. Pero ese dato no le ayudó a encontrar un nexo común entre las posibles pistas.
A continuación sacó las fotografías tomadas en el escenario del crimen. Se sentó en el suelo del salón, las desplegó a su alrededor y fue mirándolas de una en una. Aunque no logró descubrir nada, tuvo la vaga sensación de que faltaba algo. Quizás algún objeto habitual en la vida cotidiana, pero por el momento no se le ocurría de qué podría tratarse.
El inspector jefe Chen llegó a la conclusión de que no podía seguir manteniéndose en un segundo plano. Como mínimo, debería inspeccionar personalmente el escenario del crimen y hablar con algunas de las personas involucradas en el caso. El riesgo no sería demasiado grande. Podría argumentarse que Chen no había logrado reprimir su curiosidad acerca de la investigación del asesinato cometido en Wuxi, la ciudad en la que por casualidad pasaba unos días de vacaciones.
Y quizá podría mantener en secreto sus pesquisas siempre que tanto Huang como él actuaran con cautela.
Después de tomarse la medicina a base de hierbas, contestar a una misteriosa llamada de alguien que se equivocaba y beber una tercera taza de café tibio, Chen se dio cuenta de que había pasado prácticamente medio día sin hacer nada. Era como uno de aquellos cuadros de alto rango que se suponía que acudían al centro a recuperarse y que aún se paseaban en pijama a las once de la mañana.
Se sentía inútil allí sentado sin hacer nada, así que se levantó y se dispuso a arreglarse para asistir al almuerzo organizado por Qiao, al que ya no podía seguir dando largas.
El restaurante se hallaba en el edificio principal del centro. Todas las camareras llevaban vistosos vestidos mandarines de seda con profundas aberturas laterales, como las damas palaciegas de la dinastía Qing. Entre saludos y reverencias, Chen subió un tramo de escaleras cubiertas por una alfombra roja sujeta con relucientes varillas de latón.
El almuerzo resultó ser un lujoso banquete a base de «todas las exquisiteces del lago», como Qiao le había prometido, servido en un elegante salón privado. Varios altos cargos del centro se unieron a la comida para brindar en honor del distinguido invitado.
—Estas exquisiteces procedentes del lago se seleccionan con sumo cuidado. No son los típicos «especiales del lago» que podría encontrar en el mercado —explicó Qiao con tono tranquilizador.
Era muy posible que aquí se prepararan las comidas especialmente para los altos cargos del Partido. Chen había oído hablar de los servicios exclusivos reservados a cualquier cuadro de alto rango, y no sólo a los que se alojaban en el centro.
Pero ¿qué sucedía con la gente normal que vivía junto al lago?
La camarera sirvió una enorme fuente de sábalo hilsa cubierto de lonchas de jengibre y cebolleta. El pescado estaba cocido al vapor con jamón de Jinhua y caldo de pollo, junto a unas hierbas blancas que Chen no reconoció.
—No lo han pescado en este lago —explicó un ejecutivo apellidado Ouyang, el de más edad del grupo, que probablemente estaba a punto de jubilarse—. Lo llamamos pescado shi. Primero hay que limpiarlo y quitarle las escamas, pero después de meterlo en la vaporera de bambú, el chef vuelve a colocar con mucho cuidado las escamas grandes sobre el pescado para evitar la pérdida de jugos y para que la textura se mantenga tierna.
El pescado shi era carísimo: medio kilo costaba al menos quinientos o seiscientos yuanes en el mercado. La forma en que se preparaba era, además, muy laboriosa.
—Ayer fui andando por una callejuela en dirección opuesta al parque —dijo Chen, que por una vez no hablaba como un gourmet en un banquete—. Casualmente, pasé por delante de una empresa química. La gente decía que habían matado a alguien allí. ¿Ha oído algo al respecto, director Qiao?
—Sí, yo también me enteré. Liu Deming, el director general de la empresa química, fue asesinado en su despacho particular —explicó Qiao—. Es una empresa muy próspera, y lo mataron justo la víspera de una OPV importantísima. ¡Qué lástima! Podría haberse hecho multimillonario.
—Sí, multimillonario, pero ¿y qué? —interrumpió Ouyang, sacudiendo su canosa cabellera bajo la luz que entraba a raudales por la ventana—. Como dice el antiguo proverbio, ricos o pobres, todos acabamos igual, bajo un montículo de tierra amarilla. No es posible huir del kalpa.
—O quizá del karma, Ouyang —repuso Chen—. Me han dicho que la gente está muy preocupada porque las empresas que hay junto al lago contaminan el medio ambiente.
—No, no me refería al karma. No soy un hombre de letras, señor Chen. Soy demasiado lerdo para entender todas esas teorías grandilocuentes sobre el medio ambiente. Antes de la reforma económica, sin embargo, aquí la gente apenas tenía lo suficiente para comer. Muchos murieron de hambre durante los tres años de desastres naturales. Como bien dijo el camarada Deng Xiaoping, el desarrollo está por encima de todo lo demás. ¿Puede imaginarse la prosperidad actual de Wuxi sin esas fábricas?
«Pero ¿a qué precio?», pensó Chen, aunque no lo dijo en voz alta.
—Esa empresa dona una cantidad elevada cada año a nuestro centro —dijo Qiao con aire pensativo—. No sé si el nuevo director seguirá haciéndolo.
Evidentemente, la perspectiva lo determinaba todo, pensó Chen. No le sorprendía que los altos cargos de Wuxi defendieran el patrón de desarrollo económico.
Chen había perdido el apetito, pero consiguió disimular durante toda la comida. Comió, bebió y habló distraídamente, como si estuviera reproduciendo una y otra vez un CD desde un surco oculto de su cerebro. Después se despidió de su anfitrión poniendo alguna excusa y salió del restaurante.
El centro de vacaciones era como un parque en miniatura. Los pabellones construidos según el estilo arquitectónico tradicional, junto a edificios de estilo occidental, constituían una vistosa mezcla de paisajes orientales y occidentales. Tras tomar un camino adoquinado sin saber adonde lo conduciría, Chen pasó ante una cascada artificial que caía entre grutas de rocas exquisitas antes de llegar al pie de la verdeante colina. Acabó cerca de la puerta de la valla trasera, aunque la vez anterior había llegado hasta allí siguiendo una ruta distinta. Como sucediera entonces, el paraje estaba desierto. Se sentó en una losa de piedra desde la que podía divisar la extensión reluciente de agua.
No es el lago, sino el momento
en el que el lago fluye hasta el interior de tus ojos…
Pensaba en Shanshan de nuevo, pero, aquella tarde, comenzó a apreciar la batalla que ella había estado librando para proteger el medio ambiente.
Chen se dio cuenta de hasta qué extremo se habría sentido presionada por gente poderosa como Liu y todos aquellos altos cargos presentes en el banquete.
Desde el paso elevado lleno de ruido y de furia,
puedes ver que el tiempo es como agua
cubierta de algas sucias,
latas vacías, botellas de plástico.
El agua ofrece un sinfín de ilusiones falsas,
de corrientes astutas que engañan
con sus ambiciones susurradas y sus vanidades.
Si te distraes contemplando el vaivén
de un solitario junco verde expuesto al viento,
el agua desaparece, dejándote atrás.
El lago tiene tantas salidas que,
una vez que te has perdido, nunca podrás encontrar
el camino de regreso.
Después de tantos años, ¿todavía no sabes cómo fluye el agua?
No olvides lo que realmente importa en una minúscula probeta azul.
Las lágrimas que caen al sacudir el árbol prohibido te obligan a ser virtuoso.
La sirena, a lo lejos, gritó aterrorizada a través de la turbia neblina…
Volvió a sorprenderle la voz de sus versos. Al parecer se trataba de alguien poderoso, como Liu y sus acólitos, hablándole a Shanshan, aunque aquí la voz narrativa era una voz colectiva: no necesariamente una que estuviera en Wuxi, y tampoco junto al lago Tai. Pero esa voz podría encajar en un poema ambicioso coral con múltiples puntos de vista, junto a los versos que había escrito a toda prisa aquella mañana.
Mientras pensaba en ello dio media vuelta y se dirigió a la puerta de entrada.