28

Aquel iba a ser su último día en St. Louis, se dijo Chen mientras entraba en un motel desastrado que había en la carretera a Jefferson. A espaldas del motel, a no mucha distancia, se veía el imponente Arco de St. Louis recortándose contra el cielo, tan espléndido como siempre.

Había quedado allí con Feidong, agregado militar en el consulado chino de Chicago. Arreglaron el encuentro en ese lugar al margen de todas las formalidades de la cita, por lo que el sitio intrigaba a Chen. Podían haberse reunido discretamente en el hotel de la delegación.

Feidong transmitió a Chen la enhorabuena de los ministerios de Cultura y Exteriores, por el desempeño de sus funciones como jefe de la delegación y por el buen papel desarrollado en América por el grupo. Y un mensaje ya conocido: en vista del éxito, no había razón para prolongar más la estancia de aquellos chinos en Estados Unidos, por lo que tendrían que preparar ya su viaje de regreso al país. Feidong, que hablaba como todo un representante oficial del Gobierno, se mostraba muy respetuoso con el inspector jefe.

—Los camaradas líderes de Beijing están encantados con tu trabajo y te felicitan, camarada Chen.

—¿Qué trabajo?

Pero tampoco era cosa de argumentar con Feidong, ni sacar a relucir cuestiones relacionadas con el trasfondo de las investigaciones a las que tenía que poner punto final. Feidong, por lo demás, tenía que estar informado, dada su posición, de lo que había querido hacer Chen.

—Están muy contentos por el retorno de la delegación al completo —dijo Feidong sin responder directamente a la pregunta de Chen sobre cuál era el trabajo al que se había referido—. Si llega a ocurrir algo, como una deserción, habría sido un verdadero desastre diplomático. Imagínate, camarada, en Beijing pedirían responsabilidades.

Estaba claro. A pesar del lugar elegido, el encuentro no era precisamente informal. Simplemente, alguien tenía que repetirle el mensaje que ya había recibido de Zhao. Algo más que una advertencia, pues. Chen tenía que llevar de regreso a la delegación cuanto antes.

El inspector jefe se mostraba correcto, educado y político. Al fin y al cabo no le había quedado otra opción que aceptar el encuentro, pues no en vano ostentaba un cargo oficial. No había que discutir.

—Hay un aspecto que quería comentarte —siguió diciendo Feidong, ahora con una sonrisa más taimada que amable—. Cuando regreséis a China, será mejor que nadie hable de la muerte de vuestro intérprete, ese infortunado Huang… Los delegados no están autorizados a comentar nada al respecto con ningún periódico, y si se abstienen de hacerlo en privado, mejor aún.

—¿Por qué razón?

—Por el bien del Partido.

Ante eso, claro está, nada había que decir. Y poco podía hacer Chen al respecto. No le extrañaba. Es más, suponía que le dirían lo que acababa de oír, en cualquier momento. No en vano aquella censura venía impuesta por el mayor interés del Partido.

Tal y como también lo había previsto Chen en cuanto se vieron, el encuentro duró muy poco. Era difícil, por lo demás, que cualquier cosa de las que pudiera decirle el funcionario militar Feidong le resultara sorprendente: Tenía que estar contento con el trabajo realizado, tenía que sentirse satisfecho también personalmente, pues había procedido como se esperaba de él. No tenía que sentirse frustrado bajo ningún concepto… Al cabo salió Chen del motel y echó a caminar por la calle desierta.

Una urraca de tonos azules le sobrevoló un rato antes de desaparecer dejando en el aire un fulgor de su brillo bajo el sol.

¿Supo el general Li, que de haberse reunido con el Primer Emperador Han, / podría haber alcanzado el título de duque?Aquellos versos de un poeta mediocre, que Zhao le había espetado desde Shanghai, retumbaban en su mente. Chen, hasta entonces, había dejado sin resolver algún caso, pero sólo por la mera imposibilidad de hacerlo. En esta ocasión era distinto. Quizá debiera esforzarse, aunque… ¿Para qué?

Un taxi aminoró la marcha al ponerse a su altura. El conductor era un árabe. Bajó la ventanilla. Chen optó por subirse y le dijo el nombre del hotel, como ausente, sumido en sus pensamientos. Cuando arrancó el vehículo se preguntó cómo transmitir a la delegación las órdenes, pues claramente eran órdenes, que acababa de recibir. Órdenes dadas, sin duda, por el Gobierno. Seguro que comenzarían a hacerle preguntas.

No lo tendría que anunciar de inmediato, sin embargo. La delegación estaba fuera. Iban a cenar comida china con un grupo de escritores chinos radicados en Estados Unidos. Todos sabían además que a Chen lo habían llamado del consulado. Un encuentro ante el que nadie mostraba reticencias. Mucho menos Bao.

Chen, pues, tenía la tarde libre. Pensaba en que había hecho todo lo que estaba al alcance de su mano y que reprocharse cualquier cosa no haría más que entorpecerlo. Las cosas estaban fuera de su control. Conocía sus límites… Aunque aquello le deprimiera profundamente. Claro que tampoco tenía que ser un policía o el jefe de la delegación todo el tiempo, minuto a minuto. Por lo menos aquella tarde, la de su último día en St. Louis.

Con tantos acontecimientos, no había tenido tiempo para familiarizarse con la ciudad como le hubiera gustado, para observar detenidamente esas inmensas alineaciones de edificios muy altos que parecían lanzar signos indescifrables al cielo. Ni había tenido tiempo de recorrer las zonas marginales, las partes más abandonadas de la ciudad, a fin de llevarse esa otra impresión. A través de la ventanilla del taxi vio un gran anuncio de Budweiser, un águila de neón desplegando sus alas luminosas. La cerveza en cuestión era muy apreciada en China. Había muchos anuncios de TV, la promocionaban en gran cantidad de espacios públicos chicas ligeritas de ropa. La marca, por lo demás, era una de las más exitosas y mejor implantadas, no obstante hubiera pasado muy poco tiempo desde su desembarco en el país. Se acordó entonces de Tian y de su esposa, que también había sido algo así como una chica de anuncios, ligerita de ropas… Sacó del bolsillo interior de su chaqueta la agenda y leyó al conductor el nombre de una calle.

—¿Así que ahora quiere que vayamos a esa dirección? —le dijo el conductor sin volverse a mirarle.

—Sí, lamento importunarle…

—No hay problema, llegaremos muy pronto. Está cerca, en la zona de la Universidad.

No había hecho ningún plan con Catherine, por si acaso se entretenía más de la cuenta con el funcionario militar del consulado. Había dicho a Catherine que quizá estuviese ocupado toda la tarde y parte de la noche. Ella, por lo demás, no había tenido que acudir al encuentro que mantendría la delegación, porque casi todos los chinos locales eran perfectamente bilingües. Pero les había anunciado que estaría en casa, por si en cualquier momento necesitaban de su presencia.

Cuando el taxi llegaba a la intersección de las calles Delmar y Skinker, pidió al conductor que frenara. Le dio un billete de veinte dólares y se apeó sin esperar el cambio.

—Adelante —se dijo en voz baja, insuflándose ánimos.

Aquella parte de la calle Delmar estaba llena de bares y restaurantes. Pasó ante un café en cuya terraza había mucha gente. Una chica muy joven cantaba junto a la puerta del local, acompañándose de una guitarra eléctrica. Llevaba el ritmo de la melodía golpeando el suelo con sus pies desnudos. Un poco más allá había una librería de viejo. Se resistió a la tentación de entrar, sin embargo.

El apartamento de Catherine estaba en un edificio antiguo de piedra marrón, al final de la calle, en la parte más pintoresca de la misma. Se veía hiedra de un verde muy profundo en las ventanas del segundo piso. Supo que era su casa por una foto que ella le había mostrado tiempo atrás.

Creía haber aprendido algunas cosas durante el viaje, por ejemplo que hay que llamar antes de ir a una casa, al contrario de lo que es común en Shanghai. No estaría bien, por ello, que se presentara sin más en su apartamento para llamar a la puerta.

Sacó su teléfono celular y marcó el número del fijo de la casa. No hubo respuesta. La llamó entonces a su teléfono celular, que estaba apagado. Eran las cuatro y media. Quizá aún no había regresado. No tardaría mucho. Esperaría. Así le daba una sorpresa. Eso le ponía contento.

Al menos en ese tiempo podría liberarse de sus responsabilidades tanto de jefe de la delegación como de inspector jefe de la Policía. Era sólo un hombre esperando a una mujer.

Para hacer tiempo entró en el bar que había en la esquina. Prefirió sentarse en el interior, en vez de hacerlo en la terraza. Le gustaba mirar a través de las ventanas. Desde allí, además, tenía a la vista la casa de Catherine. Era un bar pequeño y acogedor. Tenía en las paredes trofeos deportivos y posters que aludían a otros tiempos. Se respiraba un plácido ambiente de nostalgia. Había una cabeza de venado disecada que sugería, sin embargo, cierto desamparo. Una joven camarera con zuecos de tacón alto se dirigió a él haciendo un gran globo con el chicle que mascaba y le puso la carta de la casa en la mesa. No tenía ganas de comer nada. Pidió una copa de Chardonnay y dio un sorbo en cuanto la tuvo servida. No dejaba de mirar a través de la ventana. Vio a un hombre calvo en mangas de camisa, que se asomaba a una ventana del primer piso, el que estaba bajo la hiedra de las ventanas de Catherine. Fumaba en una pipa de la que salían lentas y danzarinas espirales de humo.

Cuando volvió a levantar la copa para tomar otro sorbo de vino se percató de que los demás clientes del bar le miraban con mucho interés. Un chino sentado a solas en un bar americano. No se sintió a gusto al ver que le observaban. Se preguntó si no habría procedido de manera incorrecta al tomar asiento para beber vino pero sin pedirse nada de comer. Por lo demás, el bar no parecía lleno de esa gente simpática que había visto en las series de TV. Nadie se acercaba para hablarle, nadie hacía chistes ni cosas así.

Trató de evadirse de aquella sensación incómoda repasando una vez más los últimos acontecimientos del caso Xing. Bebió un poco más de vino y sacó su libreta de notas. Escribió unas líneas. Trataba de imaginar en qué términos habrían establecido su acuerdo Xing y las autoridades de Beijing.

Era de suponer que los agentes del Gobierno en Estados Unidos ya habían comenzado a trabajar en la sombra antes de que él arribase al país. Xing era un hombre de negocios astuto y calculador, así que era susceptible de aceptar cualquier negociación. Por mucho que hubiese robado, siempre podría decir que lo había hecho por el mayor interés del Partido, para crear riqueza en China con sus inversiones en la construcción. Y las autoridades podrían decir lo mismo, que todo se hacía por el bien del Partido, para justificar incluso el más innoble de los tratos con un delincuente. Había que tener en consideración que se trataba de un caso, de una red de corrupción, en la que estaban implicados muy altos funcionarios públicos. Dadas las posibles consecuencias de todo aquello, era normal que el propio camarada Zhao considerase que el acuerdo resultaba bueno para el país. Claro que su visión no podía ser otra que la de un hombre de mucha importancia en el sistema… Pero había más… ¿Por qué el trato deferente ofrecido a Ming, el hermanastro del delincuente, y un delincuente él mismo? Aparte de todo eso, no pudo sino decirse Chen que su presencia en Estados Unidos venía a ser todo un problema para los agentes del Gobierno chino que trabajaban en la sombra.

Le vino a la mente entonces otra posibilidad. Quizá lo habían enviado como jefe de la delegación precisamente para captar la atención de los americanos y desviar su atención. Los americanos sabían de su trabajo como policía, por lo que bien podían haber supuesto que aquello no era más que una coartada para que pudiera dedicarse a otras cosas, a un trabajo hecho bajo cuerda… Tenía sentido todo esto, en especial ahora que recordaba Chen cómo el secretario Li ya había hablado a la prensa de las investigaciones en que se desempeñaba el inspector jefe… Eso, por fuerza, había tenido que llegarles a los americanos a través de sus agentes en China. Así, mientras se fijaban en los pasos que daba Chen, los agentes chinos podrían negociar con Xing tranquilamente.

Como le había sugerido el detective Yu desde el principio, aquello no era más que un show. Un gran show. Nada que los máximos responsables del Gobierno chino se tomaran en serio. Chen, sin embargo, había puesto en ello toda su voluntad, toda su entrega, como un Don Quijote presto a enarbolar su lanza, creyéndose además respaldado por los máximos dirigentes en sus poltronas de la Ciudad Prohibida. Lo había hecho primero en China y después en el extranjero. Había seguido claramente las instrucciones que le dio el camarada Zhao. El inspector jefe creyó que, en efecto, el Gobierno quería laminar de una vez por todas a las ratas rojas. Por eso abordó a Xing y por eso quiso investigar las relaciones del mafioso con Pequeño Tigre, que al parecer tenía un acceso muy directo a las más altas esferas del poder político en China. Ahora estaba convencido de que todo eso, sin embargo, seguir al pie de la letra las instrucciones del camarada Zhao, que se había vuelto tan pactista, había puesto en peligro la vida de su madre en Shanghai, y la suya propia en St. Louis, donde intentaron asesinarle. Por desgracia, se decía Chen, fue Huang quien cayó en su lugar.

Ahora, con su inminente regreso a China, se le ocurría que iba a haber alguna ironía con respecto al equilibrio del yin y el yang, un equilibrio francamente imposible tal y como venían dadas las cosas… Los afanes de Chen por descubrir lo que se le había encomendado que descubriera, terminaron por molestar sobremanera a los agentes secretos del Gobierno chino. Tendría que tener cuidado, por ello, con las más que posibles sorpresas, harto desagradables, que podría llevarse. Más allá de todo lo que había sucedido, lo cierto era que él había ayudado a su colega Yu a capturar a Ming, el hombre de paja de Xing, que encima, y en virtud de quién sabe qué acuerdos, iba a quedar libre. El verdadero espectáculo, pues, se había verificado tras las bambalinas, y quizá alguien quisiera ponerlo a su regreso en más de un problema. Supo Chen que ninguno de los que le agradecían los servicios prestados saldría entonces en su defensa.

Que Chen pusiera a Yu en la pista de Pequeño Tigre era lo que había precipitado los acontecimientos, eso quedaba claro. Lo que se preguntaba el inspector jefe era cómo habría podido llegar a conocimiento de Xing y sus compinches que andaba él tras esa pista. Siendo muy suspicaz, tendría que pensar en Tian. No tanto porque éste hubiera ido corriendo a darles el soplo, como por el hecho de que, sin duda, Bao pudo decirle al misterioso tipo que lo llamaba desde Los Ángeles que habían pasado juntos aquella tarde. Bao había visto a Tian en el restaurante, y de ahí que la reunión entre dos viejos amigos pudiera haber llegado hasta la gente de Xing, y a los agentes chinos, convirtiéndoles a ambos en dos sospechosos de primera. Pero… ¿Y si hubiera algo más con Tian? El hecho de que no le hubiese sucedido nada podía resultar muy elocuente… Sólo él y Catherine sabían qué se traía entre manos el inspector jefe Chen. Pero no quería considerar siquiera esa posibilidad. Mucho menos con respecto a Catherine, entre otras muchas razones porque había sido precisamente ella quien le aportó una información fundamental.

Quiso pensar en otra posibilidad, la de que sus conversaciones con Yu hubieran sido espiadas y neutralizadas, no obstante hacer ellos uso de sus claves en términos meteorológicos. Para colmo, y por la imposibilidad de entenderse, habían tenido que dejar de lado aquello. Una decisión acaso tan necesaria como desastrosa, por mucho que intentaran ser prudentes. Había apostado a que el teléfono particular de Yu no estaba intervenido, pero puede que perdiera la apuesta. Y en una de sus conversaciones llegó a mentar a Pequeño Tigre, relacionándolo con Xing.

No pudo evitar que comenzara a invadirlo una sensación muy depresiva. Ya tendría tiempo de pensar en todo aquello de regreso a China, sobre el terreno, mirando bien a un lado y otro, sopesando, como policía, qué hacer en cada momento.

Se levantó para tomar un periódico local que había en un estante. La camarera se le acercó de nuevo. Pidió otra copa de vino. En una información a la que echaba un vistazo descubrió varios errores gramaticales. Recordó entonces lo que le habían dicho unos escritores americanos, a propósito de su escritura en inglés:

Tú podrías ser un buen escritor en nuestra lengua.

Quizá era verdad que podría iniciar una carrera como escritor en América… El gran sueño de sus años de estudiante. Escribir era lo que más quería, sin preocuparse de los politiqueos ni de las corruptelas. Pero no había podido elegir, se dijo sin considerar siquiera una serie de ventajas materiales que hubiera tenido en Estados Unidos. Mucho menos podía elegir ahora, cuando había implicado en un caso complicado y peligroso a un buen amigo.

Seguía teniendo pensamientos tristes, aunque se había hecho el propósito de alejarlos de sí. Ahora, para colmo, le acudían aquellos sueños de juventud, perdidos tantos años atrás. Era inevitable, en cualquier caso, que se preguntara si no podría hacer él lo mismo que Tian, que había recuperado su vida en L.A., tenía un buen negocio y vivía con una mujer encantadora, encima mucho más joven que él… Y en una mansión que costaba un millón de dólares. Prefirió decirse que todo aquello se le venía a la cabeza para ocultar la decepción, la profunda frustración que sentía al haber sido desautorizado para proseguir sus investigaciones.

Además, ¿qué pasaba con quienes le apoyaban y dependían de él?

Miró de nuevo a través de la ventana y trató de fijar sus pensamientos en ella, en Catherine. Era lo único que podría darle un poco de alegría en aquellos momentos, devolverle el buen ánimo de cuando decidió ir a verla. Con tantos tristes recuerdos rondándole, con tantos malos augurios dándole vueltas en la cabeza, con el recuerdo de sus meditaciones nocturnas de aprendiz de poeta, todo eso, que como las garras de un tigre seguía escarbando en el suelo de su subconsciente, a pesar de sus intentos por ser indulgente consigo mismo, parecía pugnar por desacreditarlo ante sí mismo.

De repente sintió un impulso que llevaba tiempo sin experimentar, y mucho menos con aquella fuerza. Buscó una hoja en blanco en su cuaderno de notas y comenzó a escribir, en inglés, para su propia sorpresa, unos versos que tenían un contenido claramente paródico:

¿Será posible que yo con mi acento chino y un pato asado a la pekinesa / entre en su casa cuando la noche se extiende como un cartel gigantesco contra las nubes de la duda? / Sí, iré a través de curvas y meandros, / hasta donde la bella dama musita palabras al aire / con la dorada melena cayéndole sobre los hombros / para alumbrar con su fulgor los muros y ponerse a cantar. / Tengo la corbata bien sujeta por el alfiler. / (Ellos se dirán: "Hay que ver qué amarilla tiene la piel"). / También dirán lo mismo que aprendí con Shakespeare, Donne y Hopkins, / aunque en verdad no estoy del todo seguro. / (También dirán: "¡Qué acento tan fuerte tiene!")

Tomó un trago de vino, como si quisiera buscar la inspiración definitiva para el ritmo y sus rimas. Al fin y al cabo se estaba expresando en lenguaje poético, tan irreal comparado con el lenguaje en el que tenía que expresarse a diario, y en definitiva se limitaba a trazar, casi con escritura automática, unas líneas que no irían a ninguna parte. Al cabo, no le preocupaba si le salía un poema o cualquier cosa por completo ilegible. Pero supo que tenía que hacerlo tras sentir aquella urgencia inexplicable.

¿Merecerá la pena golpear una gabardina con una sonrisa, / exprimir las diferencias y convertirlo todo en una pelota de ping-pong, / para soñar con ella, la de los dientes blancos mordisqueando un queso, / y en el espejo un sapo oscuro con un cisne fantástico, cuando ya todo se ha dicho? / ¿Es que las uñas pintadas de sus pies son acaso lo que me torna delicado? / ¿Tamborilean sus dedos en una placa de bronce dedicada a Eliot, / cuando la brisa de la tarde silba su canción? / ¿O es que acaso no soy un idiota? / Podré explicarle una broma en chino con la ayuda de un libro en inglés… / Tras un partido de béisbol, patatas fritas, un chapuzón y la ayuda de la lengua del calzoncillo, / después de haber deconstruido el carácter "ai" para alumbrar sus raíces, / corazón, agua, amigo y ojo, / luego del pálido estrés liso y suave de sus cabellos dorados, / una vez encendida la TV para no entender la razón de que esos actores rían y lloren. / Es imposible decir lo que quiero decir. / ¿Qué pasará si ella, quitándose las sandalias, y cortándose las uñas de los pies, se pone a decir: / "Eso no es todo, no es eso lo que pretendía decir, después de todo"? / Entonces, ¿cómo podría comenzar yo a escupir mis desgracias de días y maneras / y cómo podría a la vez rezar y pagar por mis culpas? / Seré un dragón que vigila los muros de la Ciudad Prohibida a la que rezamos. / No soy Li Bai soñando, sino un mono encadenado, herido y gesticulante, / con el nombre puesto en la etiqueta de un chaleco. / Pero, en resumen, no estoy seguro caminando entre dos luces por una playa. / No estoy seguro de si he visto danzar a las sirenas en la TV, / más allá de lo que está a nuestro alcance, más allá de la realidad y sus pinchazos. / No, no lo creo, no creo que cantaran para mí en el mar. / Tendrían que haberse pelado antes las colas.

La verdad es que sus propios versos lo impactaron fuertemente, más que sorprenderle. Había leído mucho acerca de la escritura automática de los surrealistas, una escritura que brotaba de una suerte de estado de trance. No pudo por menos que preguntarse si, para su sorpresa, tanto le habría influido aquella lectura de los surrealistas que hiciera años atrás. Podía intentar darse una explicación ante lo escrito, pero tampoco estaba de humor para explicaciones. Ni mucho menos para hacer ese tipo de análisis.

Nunca había sido capaz, pensaba Chen, de exprimir los momentos hasta convertirlos en algo redondo como una bola y echarla a rodar sin más, no tanto en la forma con que había escrito aquello, sino en la mucho más pulimentada de Eliot. Estaba claro, definitivamente claro, que no era ni por asomo quien creía ser. Tampoco era él, eso quedaba igualmente claro, en lo escrito en aquellos versos accidentales. Fueron cosa de un momento que ya había pasado.

Por suerte no había sido un momento largo.

Vio que un coche negro se detenía ante el edificio donde vivía Catherine. Se apeó del automóvil un hombre, saliendo del lado del conductor, para abrir otra portezuela. Emergió entonces la silueta de ella, que llevaba puesto el vestido negro de los tirantes muy finos, como espaguetis.

El hombre no entró con ella, pero estuvieron un rato en el portal, sus manos en los hombros de Catherine. Abrazados.

Fue un largo abrazo.

Después la besó en una mejilla y volvió al coche. Un magnífico Jaguar negro. Ella permaneció allí, vuelta hacia él, diciéndole adiós con la mano hasta que el coche se perdió de vista.

Chen observaba la escena fascinado, como en el cine.

Catherine había estado muy atareada con la delegación china. Quizá había decidido tomarse una tarde para sí misma. Sin duda tenía asuntos personales que atender.

Era inimaginable que una mujer como ella, tan vital, se perdiera las cosas felices que brinda la vida; tenía que haber por fuerza un hombre, o varios hombres, en ella. Era un absurdo suponer que había quedado prendada de él tras aquella tarde de paseo en Shanghai; era absurdo suponer que podía dársela la ventura que expresa ese poema de la dinastía Tang: Tomó los pétalos de las flores, caídos en el jardín, para abrirse con ellos la puerta.

La ocasión se había esfumado, como en aquel poema que una vez leyó en voz alta para ella. Aquella tarde memorable bajo la luz que ya declinaba, poco antes de que hubieran de separarse para volver cada uno a sus vidas, a sus obligaciones. Aquella vez, cuando se conocieron en China…

Así eran las cosas. Tenía que sentirse agradecido, en cualquier caso, por haber tenido la ocasión de verla otra vez. Aunque sea verdad que nunca te bañas en las mismas aguas de un río, por muchas veces que te zambullas en ellas. Había sido igualmente maravilloso. Diferente, pero maravilloso.

Y además, por supuesto, sentía un agradecimiento indecible hacia ella, por la ayuda prestada en el plano profesional. De lo contrario, acaso su suerte no hubiera sido otra distinta de la fatal que tuvo el joven Huang.

Ella era mucho más realista que él. No tenían futuro juntos.

Ella lo sabía. Una decepción como aquella era lo mejor que podía haberle ocurrido.

Había pasado ya un buen rato desde que Catherine entró en el edificio y aún seguía Chen sentado a la mesa del bar, mirando a través de la ventana. Continuaba dando sorbos a otra copa de vino que había pedido a la camarera, como un cliente cualquiera. A veces miraba los versos escritos y asentía, como quien se encuentra perdido pero sabe el porqué.

Había luz en la ventana de lo que parecía ser su habitación. Echó la silla hacia atrás, para despegarse un poco y ampliarse el plano visual. Percibió la silueta, o su sombra, de Catherine, proyectándose sobre la cortina, que era tradicional china, con antiguos paisajes pintados en ella a la manera de un mural.

El sol se pone por el oeste… ¿Cuántas veces? / Indefenso ahora el sol como una flor caída, / regresan las golondrinas, que ya no parecen extrañas.

Estaba a punto de vaciar la copa de vino cuando la vio salir a la calle con una bolsa de basura. Ahora iba con una camiseta y pantalones cortos, descalza… Parecía una colegiala… Se dirigió a unos recipientes de basura próximos. Después de arrojar la bolsa en uno de los cubos, fue hasta el cajetín de correos que había junto a los escalones de subida al portal. La dudosa luz apenas dejaba ver su rostro. Chen se levantó de la mesa. Vio que ella sacaba su teléfono celular.

Para sorpresa de Chen, sonó su teléfono. Echó un raudo vistazo al número de quien lo llamaba. Era ella. No había error posible. Pero, por razones que ni él mismo alcanzaba a explicarse, no atendió la llamada.

¿De qué querría hablarle Catherine? Seguro que no precisamente de la escena casi cinematográfica que acababa de presenciar. ¿Y qué podría decirle él?

Dejó de sonar el teléfono.

Vio que Catherine se perdía en el portal del edificio. La calle, desde el bar, parecía haberse estrechado más para encajonar sus tediosos argumentos sin respuesta posible, sólo para abrumarlo con las preguntas que le venían a la mente.

¿Pero qué podría decirse? Era un policía que acaso hubiera hecho dejación de sus obligaciones, sin más, lo que llevó al asesinato de dos inocentes. Era un policía al que resultaba difícil creer en la justicia, además, porque una orden política le obligaba a dejar en nada una investigación importante. Y no había tenido más remedio que aceptarlo sin rebelarse. No podía negar la evidencia, por mucho que lo intentara. La parodia de Prufrock le golpeaba en su ya de por sí dolorido interior. Después de todo, no era un poeta como Eliot, que se había redimido escribiendo sobre todo acerca de sus propios momentos de duda, incertidumbre e inconsistencia. Chen era un policía en patética retirada, nada más. Así se sentía. A despecho de todos los parabienes que en Beijing habían ordenado darle, no podía cambiar las cosas. Tampoco leyendo lo que había escrito en su libreta, versos en los que no se reconocía. Imposible cambiar las cosas. ¿Para qué iba a contestar la llamada de Catherine?

Su teléfono sonó de nuevo. Sin mirar apretó la tecla para responder, movido por un impulso contrario a todos sus argumentos anteriores.

—¿Catherine?

—No, soy Yu…

—¡Ah! ¿Qué pasa?

—Lei tiene problemas…

—¿Lei?

—Sí, tu amigo del Shanghai Morning… Me ha llamado, dice que sólo tú puedes ayudarle, que tú podrás dar fe de que no hizo nada malo aquella tarde en la casa de baños… Al parecer es muy urgente. Me dijo que te lo contara, que tú lo entenderías…

Chen creyó saber de qué se trataba todo aquello. Ese problema de Lei terminaría salpicándole. Quizá trataran de denigrarlo ahora a través de su amigo el periodista. Una "confesión", una "autocrítica" hecha por Lei, bien podría servir a las autoridades para acusar al inspector jefe Chen de llevar una vida disoluta y burguesa. Estaba claro que las ratas rojas iban a por él, haciendo uso de todo lo que tuvieran a su alcance. Lei quizá acudía a él por suponer que aún conservaba el inspector jefe algo de su influjo y prestigio, un cierto poder para intervenir en asuntos delicados.

—Dile a Lei que aguarde dos o tres días, que aguante lo que pueda. En cuanto esté de regreso en Shanghai veré qué puedo hacer.

—¿Regresarás tan pronto, jefe?

—Sí… Ya te contaré… Realmente, tengo muchas cosas que contarte —dijo Chen y añadió—: Llama al camarada Zhao y dile que Lei tiene problemas… No olvides mencionar que yo te he pedido que lo llames.

Era lo primero que se le ocurrió, en su afán de ayudar al amigo periodista. De paso, el camarada Zhao explicaría a Yu las nuevas disposiciones de Beijing sobre la investigación que desarrollaban, pues sin duda, al detective no le habrían dado en Shanghai la menor noticia al respecto. Así se ahorraría Chen, de paso, la desagradable tarea de hablarle también de eso.

—Muy bien —dijo Yu—. Ahora mismo. Tenemos muchas ganas de verte, Peiqin quiere agasajarte con una gran cena.

—¿Una celebración?

—No exactamente… Ya te lo contará ella… Viejo Cazador vendrá también a esa cena. Está muy orgulloso de haber tomado parte en la captura de uno de los mayores delincuentes de China. Ese término que tanto le gusta usar, ratas rojas, corre ya por la ciudad como la pólvora prendida… Llevará una hornacina con la Virgen Roja, que ha guardado bien oculta durante más de treinta años.

Todo aquello sonaba muy bien. Pero se preguntaba Chen qué pretendían celebrar realmente. Quizá sólo fuera una cena de bienvenida, para festejar su vuelta a Shanghai, pues le querían. Mucho más agradable la invitación, en cualquier caso, que la del camarada Zhao con su botella de Maotai.

Lo de Lei fue una preocupación añadida. Todo aquello parecía formar parte de un círculo irónico, que aún no se terminaba de cerrar. Había oído hablar por primera vez del asunto Xing hallándose en compañía de Lei. No se había podido cerrar el caso y Lei se veía en problemas por haber estado con él en aquella casa de baños… ¿Y cómo habrían sabido sus enemigos lo de la casa de baños? Todo le hacía suponer que sobre su condición de inspector jefe pendía una red presta para atraparlo a la menor ocasión. Profundamente deprimido se dijo que había sido un ingenuo, un imbécil, al creer que el camarada Zhao daría un paso adelante.

—Una cosa más, jefe —le dijo Yu—. Jiang ha sacado un billete de avión para volar a Canadá… En una línea aérea canadiense.

—¿Con qué fecha?

—A comienzos de la próxima semana.

Sería después de que Chen regresara a Shanghai. Pero Jiang podría cambiar la fecha de su vuelo en cuanto tuviera noticias de la inminente vuelta del inspector jefe.

—Espera, Yu —dijo Chen—. ¿Me llamas desde un teléfono público?

—Claro… ¿Algo más?

—Vuelo hacia China mañana… Mañana por la tarde, hora de Shanghai, estaré allí… Date prisa y ve a detener a Jiang y a Dong.

—Jiang y Dong… ¿Y qué pasa con la orden de detención?

—¿Recuerdas lo del nombramiento como enviado especial del Emperador, en posesión de la espada incorruptible ante la que nada se resiste? Pues eso… Olvídate de pedir una orden de detención. Actúa en mi nombre. El camarada Zhao firmó la autorización para que lo hicieras.

—¿Por qué no esperamos a que regreses?

Era una buena pregunta. Pero Chen no sabía qué sucedería con él una vez pusiera pie en tierra en China. Tenía por seguro que le retirarían entonces ese documento como enviado especial del Emperador, y que lo despojarían también la espada. Y que dejaría de ser jefe de la delegación apenas saliera del aeropuerto.

—¿Esperaste a que volviera yo para ir al club y detener a ese canalla?

—No, pero es que…

—Yu, eres un buen jugador, sabes adelantarte a las jugadas del otro… Eso es bueno, porque a menudo hay que prever los movimientos de los demás, imaginar qué cartas tienen en la mano. No estoy seguro de que pueda mantener las atribuciones que ahora tengo en cuanto me haya bajado del avión en China.

—Vamos, que aún no ha llegado el momento de celebrar nada con una cena… Entiendo, jefe. No hace falta que me digas más. Pediré a Viejo Cazador que me acompañe.

—No, esta vez no… Es una situación muy especial y tendrás que proceder solo. Registra sus domicilios con cuidado y guarda lo que encuentres que pueda ser interesante. Si alguien te pregunta, responde que lo haces en mi nombre, como portador que soy de una orden del Comité de Disciplina del Partido. Asumo toda la responsabilidad de esta operación.

—Yo también me hago responsable, jefe.

—Toma un par de esas fotos que te di. Unas en las que se vea bien la cara de An… Y en las que se vea igualmente a Jiang, por supuesto… Bien reconocible. Dáselas a Lei y cuéntale lo del billete que se ha sacado para largarse a Canadá, así como lo de su visado. Él sabrá qué hacer con todo eso; se pondrá muy contento de tenerlo.

Era un momento crucial; uno de esos momentos en los que el pez puede morir si no acierta a romper la red que lo ha pescado. Tenía que actuar mientras estuviese en disposición de hacerlo. El camarada Zhao había hecho énfasis en la satisfactoria conclusión del caso, tan brillantemente llevado, según él, por el camarada inspector jefe Chen… en St. Louis. Pero nada le había dicho acerca de las conexiones de Xing y Ming en Shanghai. Ahora, gracias a las deducciones hechas tras los sucesos conocidos, y teniendo a Lei de su parte, además de acorralado por los mafiosos, el escándalo podría saltar incluso a los medios oficiales, antes aún de que él pisara tierra en China. Con esas pruebas en la mano —por ejemplo, la grabación que le hiciera a Xing en el templo budista y la transcripción de las conversaciones telefónicas— al menos podría moverles la silla para siempre a Jiang y a Dong. Sería tarde, si alguien pretendía intervenir para salvarlos, una vez el escándalo hubiese saltado a los periódicos. Las canoas no pueden navegar en el bosque. Pero a veces una orden imperial cambiaba las cosas.

Podría conseguir más. Con un poco de suerte, Yu acaso fuera capaz de encontrar otras pruebas incriminatorias que forzaran a seguir con la investigación. Pero no quería ir mucho más allá Chen, tenía que ser realista, aunque no dejase de avanzar un solo paso allá donde pudiera darlo. Por lo menos confiaba en resolver, con el arresto de Jiang y Dong, el asesinato de An. Se lo había prometido.

El inspector jefe Chen, en efecto, había sido llamado a actuar en el mayor interés del Partido, y en tanto que aún seguía siendo un enviado especial del Emperador, no podía esperar más para resolver aquellos asuntos que le fueran encargados. Siempre por el mayor interés del Partido.

Lo más importante era que había luchado sin tregua, a pesar de saber su nombre escrito en alguna lista negra de la Ciudad Prohibida y a despecho de saber, igualmente, que su suerte podía cambiar en un minuto, y hacerlo para mal, lo que no le había sucedido en el barco casino cuanto la tentó largamente.

Pero podía darse por afortunado. No estaba solo. Contaba con la ayuda y el cariño de Yu, de Peiqin, de Viejo Cazador, de Tian, y por supuesto de Catherine. Era por todos ellos, en definitiva, que había decidido no mostrarse impasible.

¿A qué más podía aspirar?

Tenía también a los poetas de su parte. La poesía aún podía conseguir que ocurrieran cosas. Era el recuerdo de Prufrock, personaje de inspirados versos, lo que mantenía su mente activa. Alguien que no procede mediante cálculos políticos, cautos, meticulosos; alguien capaz de no responder a una llamada de una mujer como Catherine, por la que hubiera ido a través de montañas y mares, tenía que ser por fuerza un hombre resuelto y decidido.

Cuando salía del bar volvió a mirar hacia la ventana de Catherine. Estaba asomada, mirando al cielo. No le vio. Comenzaba a lucir levemente la luna.

Chen evocó entonces unos versos de Su Dongpo, sin duda muy apropiados para la ocasión:

La gente tiene dolores y gozos, / encuentros y despedidas, / como la luna tiene cuartos crecientes y menguantes, / esté el cielo despejado o esté nuboso. / Las cosas nunca son perfectas. / Podemos vivir largamente, sin embargo, / compartiendo la misma luna fantástica, / a miles de millas de distancia.

El inspector jefe Chen estaba presto para regresar a China.