23
Había sido un día muy duro, se dijo Catherine al despertar, como si aún mantuviera la conversación que había tenido con Chen la noche anterior.
Era muy temprano. Sola en la habitación del hotel, decidió esperar un rato antes de levantarse. Su mente le pedía una suerte de indulgencia para consigo misma, como un caballo al que se le pusieran las bridas en el último momento, en tanto se preparaba para afrontar un nuevo día de trabajo.
Se preguntó qué haría Chen en esa hora temprana, en la misma planta, en el mismo hotel.
Había tenido noticias del viaje de Chen a Estados Unidos con cierta antelación a su llegada. Lo supo a través de la CIA. La presencia de Chen como jefe de la delegación había resultado extraña a los agentes norteamericanos, toda vez que se decidió a última hora. La CIA estaba bien informada del trabajo de Chen y de su currículo como intelectual; poseía la Agencia, además, informaciones concretas, si bien no muy amplias, sobre las investigaciones contra la corrupción que el inspector jefe llevaba a cabo en China, algo que abundaba en la imposibilidad de que a Xing se le concediese asilo político, en el supuesto de que lo solicitara. No obstante, se preguntaban el porqué de su presencia en los Estados Unidos, suponiendo que acaso se desempeñara en alguna actividad encubierta bajo la cobertura que le ofrecía una conferencia literaria. Tenían claro en la CIA que las autoridades de Beijing podían haber enviado a cualquier otro sin que la delegación se resintiera.
Catherine no había aportado a la CIA ninguna información sobre Chen. Simplemente, no tenía nada que contar. Después de que colaborasen en aquella investigación para la que tuvo que viajar ella a Shanghai, no habían mantenido contactos sino esporádicamente, cuidadosos ambos de sus respectivas posiciones y tareas.
En China, por el contrario, sí habían hablado de la posibilidad de reunirse en Estados Unidos, y durante un tiempo ella miró la forma de hacerlo, igual que Chen. Pero todo había quedado en nada. Y Chen arribó a los USA sin avisarla. Comprendía que el inspector jefe hubiera estado muy ocupado con todo aquello, pero también se decía Catherine que podía haberla llamado por teléfono antes de salir… salvo si en efecto viajaba a los Estados Unidos en misión encubierta… Estaba ansiosa por oír su versión, ya que ni siquiera en St. Louis la había llamado, excepción hecha aquella vez en que no le dejó un mensaje en el contestador telefónico, cosa que no tenía sentido a menos que temiese Chen dejar pistas. No es que estuviera molesta con él, en cualquier caso, pues se hacía cargo de las prioridades del inspector jefe.
Nada sabía Catherine, por lo demás, de cómo le habían ido las cosas realmente a Chen después de que ella partiera de Shanghai. Suponía que le iba bien en su carrera policial, pero no le constaba. El hecho de que lo hubieran elegido jefe de la delegación, de manera accidental o no, daba cuenta de ello, sin embargo. Imaginaba Catherine que todo sería debido a los méritos profesionales de Chen. Si en Beijing habían decidido que se hiciera él cargo de las investigaciones sobre Xing, por algo sería; aunque no era menos cierto que, precisamente por ello, pudieran haberle encargado alguna operación encubierta, eso tenía lógica. Lo otro era demasiado sencillo, pues al fin y al cabo la CIA había sabido de las investigaciones de Chen a propósito de la trama de corrupción gracias a lo publicado en los periódicos chinos.
Tampoco tenía idea Catherine de si en la vida personal de Chen se había producido algún cambio relevante. Recordaba que el ahora inspector jefe tuvo en tiempos una novia en Beijing, de una familia de cuadros importantes del Partido. Pero cuando ella estuvo en Shanghai aquello se había acabado ya… En círculos de la inmigración china en los que era conocido, se aseguraba que seguía soltero. En este punto, no pudo Catherine por menos que pensar en sí misma, mientras se sentaba en la cama con las rodillas pegadas a la barbilla. Pero, al fin y al cabo, no era el momento de seguir con eso. Era una U.S. Marshal y le habían asignado un caso de homicidio.
Se dirigió a la ventana. Desde allí no alcanzaba a ver el edificio de los U.S. Marshals en la ciudad, aunque no estaba muy lejos del hotel. Era su ciudad, cuyas calles conocía muy bien, tanto por transitarlas en coche en medio de fabulosos atascos como por pateárselas a pie. También en Shanghai había paseado mucho, desde el centro hasta el lejano Bund, bajo aquella atmósfera borrosa y contaminada; bajo aquella gran nube oscura que parecía seguirla allá donde fuera.
La investigación en la que habían trabajado juntos fue sobre inmigración ilegal de chinos hacia Estados Unidos. Colaboraron muy bien y se despertó entre ellos una fuerte admiración, también en lo personal. Acabó el trabajo, sin embargo, y hubo ella de regresar a su país. Una separación que parecía inscrita en un poema que él le había leído una tarde, mientras ella cruzaba las piernas dejando al descubierto sus tobillos espléndidos en un banco de los antiguos jardines de Suzhou: Encantado y a la vez triste / después de haberos acariciado, / el sol se fue ocultando tras el jardín. Un momento que compartieron y perdieron. «Bueno, así son las cosas», se dijo Catherine una vez más, mientras aún contemplaba la ciudad a través de la ventana de su cuarto en el hotel.
No le había resultado sorprendente que su jefe le pidiera que se hiciese pasar por intérprete para la delegación china. No estaba muy segura, sin embargo, con respecto a la triple tarea que pretendía la CIA: descubrir en qué misión se desempeñaba realmente Chen, ayudar a la resolución del caso y cuidar de la completa seguridad de la delegación china.
Lo primero sería prácticamente imposible. Fuesen las que fueran las circunstancias de su reencuentro, difícil sería que Chen le confesara algo al respecto, si en verdad estaba en Estados Unidos bajo misión encubierta. Era un policía honesto y además un cuadro del Partido. Cabía, pues, recordar algo de Confucio que siempre citaba Chen: hay cosas que un hombre debe de hacer, y hay cosas que un hombre no debe de hacer.
Por otra parte, no le parecía a Catherine que pudiera ayudar mucho, pues carecía de experiencia en la investigación de homicidios. En eso, desde luego, eran mucho más fiables el detective Lenich y sus compañeros del Departamento. En cualquier caso, no podía dejar de pensar en la posibilidad de que tras el crimen latiera una conspiración de carácter político. Trataría de hacer las cosas, por supuesto, con la mayor celeridad y profesionalidad posibles. Y hacía votos para que Chen saliera bien librado de aquel maldito embrollo. Más allá de lo que pudiera afectarla aquello, ante todo había que conseguir que no salieran dañadas las relaciones entre ambos países.
Sonó el teléfono. La llamaba su jefe, el director Spencer, del Departamento de los U.S. Marshals de St. Louis.
—Has hecho bien alojándote en ese hotel —le dijo—. Tanto la CIA como nosotros haremos cuanto esté en nuestra mano para ayudarte, comunícanos lo que necesites.
—Lo que realmente necesito es información detallada sobre el caso Xing —dijo Catherine—. Creo que de ahí arranca todo, no es sólo porque Chen se desempeñe en esa investigación. Ya digo, necesito una información detallada.
—Eso se puede arreglar —le dijo el director Spencer.
—Necesito un ordenador portátil para trabajar en mi habitación.
—De acuerdo, te lo envío… ¿Sabes si Chen tiene uno consigo?
—No lo sé, me informaré.
No había hecho más que colgar el teléfono cuando recibió la llamada de Bao.
—¿Podremos salir hoy en grupo? —preguntó el viejo poeta proletario.
—Creo que sí, es lo que está previsto… Iremos a visitar el Arco, en grupo, por supuesto.
—¿De veras? Tenía que haberme informado usted antes…
—Mr. Chen, el detective Lenich y yo hablamos de eso anoche, a última hora. Quizá Mr. Chen aún no haya tenido tiempo de comentárselo a usted.
La siguiente llamada que recibió fue de Zhong, justo cuando Catherine se disponía a tomar una ducha.
—Me he pasado toda la noche pensando —dijo el escritor—. No creo que el joven Huang saliera del hotel con un plan preconcebido. Antes de salir tomó un baño en la habitación de Chen, porque en la suya no salía el agua caliente. Estaría allí unos veinticinco minutos. Ya se lo dije al inspector Lenich, no me parece que nadie se dé un baño tan largo si tiene prisa por ir a algún sitio o acudir a una cita.
No sabía qué decirle. Lo que contaba Zhong, a propósito de esos veinticinco minutos en que Huang tomaba su baño, podía ser importante… Pero, ¿cómo calibrar exactamente el tiempo? ¿Cómo estaba tan seguro él de que la víctima había estado justo veinticinco minutos en el cuarto de baño de la habitación de Chen? La sospecha de Lenich, a propósito de que en la delegación había algo digno de ser investigado, parecía fundamentada. Tuvo Catherine la sensación de que iba a tener que quedarse en el hotel unos cuantos días más de los previstos.
—Todo eso, mejor se lo dice usted al detective Lenich —apuntó Catherine.
—¿También estará hoy con usted? —preguntó Zhong, evidentemente molesto—. ¡Eso es absurdo!
—No… Iremos a visitar el Arco de St. Louis, pero el detective Lenich no vendrá con nosotros, por supuesto… Usted podrá contarle lo que quiera cuando venga al hotel.
Si por lo general resulta complicado actuar como guía e intérprete, hacerlo bajo aquellas condiciones lo era mucho más. Los chinos se mostraban deprimidos e irritados; la investigación parecía forzarlos a permanecer en St. Louis más tiempo del previsto, y encima con no pocas restricciones. Las preguntas que les hacía el detective Lenich, no obstante parecer rutinarias, les resultaban incómodas. Pensaba en todo eso Catherine mientras se duchaba. Cuando salió, aún no había podido quitarse la toalla y ya estaba sonando de nuevo el teléfono.
—Perdona por llamarte tan pronto, Catherine —dijo Chen.
—No te preocupes, que no eres el primero. Ya he recibido tres o cuatro llamadas, no sé —dijo echando un vistazo al reloj mientras se secaba el pelo con la toalla. Aún no eran las ocho—. Bajaré luego al vestíbulo. Nos reuniremos a las ocho y media, como habíamos quedado, ¿de acuerdo?
—Sí… Ayer intenté hablar con los responsables de la seguridad del hotel, pero no pude. Quizá puedas ayudarme con eso antes de que salgamos hacia el Arco… No creo que nos lleve mucho tiempo.
—Bien, bajo en un minuto.
Se vistió rauda y bajó al vestíbulo. Vio a Chen en un rincón, con el teléfono celular en la mano y una bolsa de plástico colgando de la silla que tenía al lado. Vestía traje negro y lucía una corbata de seda roja. Parecía todo un funcionario chino.
—Buenos días, Miss Rohn.
—Buenos días, Mr. Chen.
—Mira, te he llamado con este teléfono celular —le dijo más distendido, sonriente—. Anoche, el detective Lenich habló de las llamadas en el hotel, ¿no? Pero hay una cosa que olvidé comentarle… Dos de nosotros tenemos teléfonos celulares. Bao y yo. Yo lo he usado para llamar a China, mientras nos desplazábamos de una ciudad a otra; tengo que hacerlo para interesarme por mi madre, que no anda bien de salud… Pero el teléfono celular con tarjeta pre pago sale muy caro… No sé cómo ni cuándo ni para qué se ha hecho Bao con uno de estos cacharros. Cuando salió de China no lo llevaba consigo. Y no me ha dado su número.
—Lamento que tu madre esté mal, Chen —dijo Catherine.
Todo aquello de los teléfonos celulares le sonó raro. Le pareció extrañó que Chen no se lo hubiera contado a Lenich. Y no dejaba de extrañarle, igualmente, que fuera lo primero que le decía, justo cuando estaban a solas. Ella se lo quedó mirando y Chen cerró rápidamente el teléfono, como si se disculpara.
—¡Ah, mira, esto es para ti! —pareció recapacitar él mientras tomaba la bolsa de plástico para sacar algo—. No te lo di anoche porque había mucha gente en mi habitación, como casi siempre… Es el regalo que te envía Gu… El libro es mi regalo… Sé que te gusta la poesía clásica china.
—Muchas gracias, Chen… ¿Puedo echar un vistazo? Los chinos no suelen ser muy puntuales…
—Pero ahora estamos en St. Louis, y seguro que se comportan como la gente de esta ciudad.
Así fue. Shasha se dejó ver en el vestíbulo cuando no había pasado un minuto, interrumpiéndoles.
—Oh, qué puntuales sois —dijo burlona, aparentando sorpresa.
—Miss Rohn nos está ayudando mucho —dijo Chen—, y para agradecérselo he querido hacerle entrega de un pequeño detalle.
—Bueno, ese pincel y el juego completo de escritura son carísimos —dijo Shasha tomando entre sus manos el estuche y contemplándolo con mimo—. Tengo uno igual en mi casa, me costó unos cinco mil yuanes.
—¿Tanto? —se extrañó sinceramente Chen—. ¡Vaya! A mí me lo dio un amigo, se me ocurrió que podría ser un bonito regalo para Miss Rohn, puesto que habla y escribe chino… Es sin duda una buena sinóloga.
No quiso decir, por supuesto, que era un regalo de Gu. Catherine sabía por qué.
—¿Un nuevo libro tuyo? —preguntó Shasha tomando delicadamente el volumen.
—Un adelanto, una impresión de pruebas —dijo Chen—. Aún no está publicado… Es una traducción al inglés de poesía clásica china.
—No me lo habías contado, Chen… Ja, ja… ¡Ni que lo hubieras traído para dárselo a ella! —le espetó Shasha mordaz, volviéndose hacia Catherine—: Nuestro querido poeta seguro que ha viajado con el libro por intuir que te iba a conocer…
Catherine se limitó a sonreír.
—Gracias, Mr. Chen —dijo dirigiéndose a él con bastante ceremonia—. Es un regalo precioso, me encanta la poesía clásica china.
Shasha abrió el libro por la página de inicio, en la que Chen había puesto una cita: La angustia de la separación es como la hierba de la primavera: / Cuanto más lejos vas, más crece. Eran, desde luego, dos versos tomados de alguno de los poemas de la antología traducida. Pero Shasha no leía inglés.
Comenzaron a bajar los demás chinos. Tenían ganas de salir cuanto antes del hotel y visitar el Arco. Catherine dio unas palmadas para captar la atención del grupo.
—He hablado con los responsables del Ayuntamiento. Saben que su prolongada estancia en la ciudad puede causarles inconvenientes, así que intentarán hacer todo lo posible para que la visita les sea lo más placentera posible. Por ejemplo, el Ayuntamiento les facilitará tarjetas telefónicas gratuitas para que puedan llamar a China cuando lo deseen… A los que tienen teléfonos celulares les darán igualmente tarjetas pre pago a costa del municipio… Usted tiene un teléfono celular, ¿no, Mr. Chen?
—Sí. Como jefe de la delegación he de cuidar de muchas cosas, pero hago mis llamadas pagándolas de mi bolsillo.
—Yo también tengo un teléfono celular —dijo entonces Bao.
Sintió de inmediato el murmullo de sorpresa de los chinos, y cómo le cayó encima la mirada inquisitiva de Chen.
—Permítame su teléfono, Mr. Bao —dijo entonces Catherine—, para tomar los datos y dárselos al Ayuntamiento a fin de que le paguen las llamadas —así lo hizo, apuntando el número y otros datos en una libreta—. Muy bien, ahora salgamos hacia el Arco.
El hotel puso una furgoneta muy cómoda a disposición del grupo. Varios de los delegados llevaban consigo pequeñas cámaras fotográficas. No obstante la muerte de su intérprete, los miembros de la delegación parecían deseos de gozar de un buen día. Su excitación crecía a medida que se aproximaban al Arco monumental.
Una vez llegaron, el imponente Arco, uno de los monumentos modernos más señeros de los Estados Unidos, captó las miradas casi en éxtasis de los escritores chinos, que se preguntaban cómo podrían mantenerse unidos aquellos grandes bloques de acero inoxidable, describiendo en el aire su maravillosa comba. Empezaron a tomarse fotos, posando de manera tal que se les pudiera ver bajo la inmensa curvatura.
Los turistas, por lo general, quieren subir hasta el justo centro de la comba del Arco, y los chinos no iban a ser una excepción. Catherine se dirigió a la taquilla. Había mucha gente haciendo cola y a ellos no les llegaría el turno hasta pasados por lo menos cuarenta y cinco minutos. Se volvió para contemplar al grupo del que era guía, observando que seguían haciéndose fotos como locos… Chen era quien se las tomaba, parecía un consumado fotógrafo.
Por fin se había quedado sola, apartada de aquellos a los que servía como guía. Tomó asiento en un banco, a un lado de la entrada. Era una ironía. También Chen le había servido en Shanghai como guía. Si hubo alguna diferencia fue que en aquel entonces él hizo mucho más de lo que las autoridades chinas le dijeron que hiciera. Ahora parecía cerrarse el círculo.
No pudo por menos Catherine que pensar en las suposiciones de la CIA, según las cuales Chen probablemente se encontraba cumpliendo una misión secreta. No acertaba a decirse siquiera de qué tipo de misión podría tratarse, pues le parecía imposible que con todo lo que le ocupaban sus responsabilidades como jefe de la delegación, y la prácticamente nula posibilidad que como tal tenía de quedarse solo, pudiera sacar adelante una misión secreta, que por fuerza tendría que ser complicada y obligarlo a proceder con una discreción absoluta. Según La CIA, Chen, sin embargo, no había hecho ninguna maniobra sospechosa, salvo la de llamar por teléfono sin utilizar jamás los de las habitaciones de los hoteles, cosa que a ella, en cualquier caso, no le parecía extraña.
Chen, por su parte, sospechaba unas cuantas cosas a propósito del caso de homicidio en que se veía envuelto en St. Louis. Se mostró de acuerdo con Lenich en que era necesario investigar a los miembros de la delegación de escritores; y ahí estaba, además, su extrañeza ante el flamante teléfono celular que inocentemente había blandido Bao, cayendo el viejo poeta proletario en la trampa tendida por Catherine con lo del supuesto pago de las llamadas por parte del Ayuntamiento.
Abrió Catherine el libro que le había regalado Chen. Parecía una excelente antología de poesía clásica china, sobre todo amorosa, traducida al inglés por Chen y Yang, un conocido estudioso que había sido perseguido hasta la muerte durante la Revolución Cultural. Según decía Chen en la introducción, gran parte de las traducciones de los poemas se debían a Yang; él, por su parte, había añadido algunos más, no incluidos en la primera edición china de la obra. Reparó Catherine en un poema titulado Los versos escritos en el templo de Dinghui, en Huangzhou, debido a Su Dongpo, poeta de la dinastía Song al que tanto admiraba ella desde sus días de estudiante. Un poeta favorito igualmente de Chen, recordó Catherine. El poema decía así:
La luna en cuarto menguante se posa en las leves ramas de un arce. / Noche silente y honda. / Aparece un ganso solitario que se mueve como un eremita. / Retrocede asustado, / los demás no comprenden sus lamentos. / Trata de subirse a una rama fría que no puede sostenerlo. / Tiritando, las hojas del arce caen a las aguas del Río Wu.
Chen decía en una nota a pie de página que aquel no era un poema de amor en sentido estricto, pero a ella le gustaba leerlo como tal. Quizá porque a veces se movía como el ganso de los versos. Y porque ese adorable y asustado ganso de los versos bien podía representar igualmente Chen.
Sonó su teléfono celular y dejó el libro frunciendo el ceño, molesta por la interrupción. Sabía quién la llamaba, había reconocido el prefijo del número.
—Es un buen jefe de grupo —dijo David Martin, agente de la CIA al que, como a ella, habían asignado el seguimiento del caso que correspondía al detective Lenich—. Chen se ocupa ciertamente de todo lo que concierne a las actividades de la delegación, y lo hace con mucha determinación y solvencia… La verdad es que no me parece que pueda sacar tiempo para dedicarse a otras actividades; personalmente, no creo que lleve a cabo ninguna misión secreta. Hemos sabido, sin embargo, que en L.A. estuvo dos tardes lejos de los demás chinos, una con un viejo amigo, y de la otra apenas sabemos nada; quizá permaneció en el hotel mientras el resto de la delegación se iba a Disneylandia. También sabemos que estuvo consultando cosas en los ordenadores de la biblioteca de la universidad.
—¿Qué cosas, en concreto? —preguntó Catherine.
—Buscó en Internet todo lo que hay sobre Xing y gente y empresas que puedan estar relacionadas con ese tipo…
—No me extraña —dijo ella—. Cuando estuve en China apenas podía acceder a unas pocas páginas americanas pues la mayoría estaban bloqueadas por el Gobierno. Seguro que buscaba información sobre Xing que no fuese la que se da oficialmente en China —hizo una pausa Catherine y añadió—: Pero no creo que haya empleado todo su tiempo aquí en buscar en Internet, ¿no te parece?
—Bien, seguiremos en contacto. Si tienes algo, házmelo saber.
—De acuerdo.
Le pareció llegado el momento de que los chinos empezaran a guardar cola para entrar en el Arco. En los bajos del monumento había un museo llamado Expansión hacia el oeste. No podían retrasarse más de tres o cuatro minutos, pues la fila comenzaba a avanzar y ella ya había solicitado un puesto en la misma, pero Shasha y Zhong seguían haciéndose fotos. Chen, en su papel de fotógrafo, no podía por menos que sonreír ante las poses que adoptaban.
Una vez les llegó la hora de entrar en el monumento, hubieron de repartirse en dos pequeños vagones para recorrer los rieles. Shasha, Bao, Peng y Zhong se subieron en el primero, y Catherine y Chan en el segundo. No estaban solos, sin embargo. Iba con ellos una pareja de americanos viejos, que seguramente no entendían ni una palabra de chino. No obstante, supusieron que sería mejor seguir guardando las apariencias, por si acaso. Los vagones comenzaron a subir por el interior del Arco, entre leves tirones y un sonoro traqueteo.
—Gracias por la idea de los teléfonos celulares. Fue brillante —le dijo Chen.
—¿De veras te parece tan extraño lo del teléfono celular de ese hombre?
—No estoy seguro, pero sí te puedo asegurar que sería un gasto excesivo para él. Y que no lo trajo consigo desde China —luego cambió de conversación—: He recibido un largo fax sobre Huang… No hay nada extraño. Nada que pudiera explicar su muerte. Era un simple intérprete.
Ella sabía a qué pretendía aludir Chen. En un caso de asesinato premeditado suele haber razones, un móvil… Pero Chen no acertaba a verlo por ningún lado. Huang podía no ser la víctima que buscaban, con lo que la tesis de Lenich, que tenía lógica, quedaba de momento incompleta.
En el túnel interior del Arco se iba haciendo una oscuridad cada vez mayor, a medida que se empinaban los raíles en la subida casi vertical. Apenas veían sus sombras proyectadas en las paredes de hormigón armado.
—Los miembros de la delegación, como tú mismo, fueron seleccionados aprisa, casi en el último minuto —dijo Catherine—. Quizá por eso no lo sepas todo sobre ellos —aventuró, aunque de Chen se podía esperar cualquier cosa, como le había dicho su jefe, el director Spencer.
—He pensado mucho sobre eso… Cualquiera de ellos puede estar involucrado en algo, pero no Huang… Me parece del todo imposible.
Poco después ya no pudieron seguir hablando. El vagón se detuvo. Salieron en compañía de la pareja de ancianos. El punto más alto del Arco era una especie de pasillo largo y estrecho, lleno de gente que miraba a través de los ventanucos que había a ambos lados. Desde allí se obtenía una gran vista del centro de la ciudad y del río Mississippi, surcado a esas horas del día por muchas embarcaciones. Catherine no vio a los demás chinos, que seguramente estarían perdidos un poco más allá, disputándose los ventanucos con los demás turistas. Se acercó a Chen y le dijo al oído:
—Sabemos qué investigas en Shanghai…
—¿Cómo?
—Dicen que Xing pedirá asilo político aquí, finalmente… Es algo con lo que se especula en los periódicos americanos, pero todos sabemos que lo tiene muy difícil. Eso comprometería seriamente la política internacional de nuestro Gobierno. Así que seguimos atentamente el desarrollo del caso en China.
—No estoy aquí por lo de Xing —dijo Chen.
—Ya lo sé, eres el jefe de una delegación oficial de escritores chinos —aquello pareció a Catherine un déjà vu, pues en otros lugares había oído justificaciones semejantes. Es difícil que un inspector jefe de policía se convierta en mero guía de turistas. Claro que también ella podía aplicarse el mismo cuento.
—Las cosas en China son muy complicadas. Honestamente —dijo Chen—, no sé por qué me eligieron para encabezar la delegación… A veces creo que mis investigaciones en Shanghai causaban molestias a alguien… A gente importante… A veces creo que me enviaron aquí por eso, para dar tiempo a que esas personas importantes pudieran reconducir la situación… Puede ser, en fin, que hayan querido quitarme de en medio…
—¿Quitarte de en medio? ¿A qué te refieres?
—Sí, está claro… Mientras ejerza como jefe de la delegación no puedo investigar en Shanghai…
—¿Pero crees que en tres semanas a lo sumo podrán dar un vuelco allí a las cosas? Sinceramente, me parece poco tiempo…
Entonces fueron vistos por el grupo de chinos, que corrió hacia ellos. Estaban entusiasmados.
—Os estábamos buscando —dijo Zhong.
—El túnel para subir por los raíles no está hecho para claustrofóbicos, desde luego —dijo Shasha riéndose.
Una vez más, rodeados por la nube de chinos, Catherine y Chen se quedaban sin poder hablar.
Aquella noche salieron a cenar a un magnífico restaurante chino de la Olive Street. Un gran banquete de yajin para liberarse del shock sufrido. Asistió un representante del alcalde de la ciudad. Hubo discursos por ambas partes. A despecho de las condolencias, nadie perdió el apetito. Fue una cena espléndida, regresaron al hotel pasadas las diez de la noche.
Ya en su habitación, Catherine se preguntaba si Chen la llamaría por teléfono. No lo hizo. Recibió unas cuantas llamadas, entre otras la de su madre. Decidió no contarle nada de Chen pues hubiera estado preguntándole cosas durante horas.
Se puso a buscar información sobre el caso Xiang en el portátil, que ya le habían enviado. Fue una búsqueda larga e infructuosa. Estaba cansada y tenía sueño. Tecleó el nombre Chen Cao en chino. Había unos cuantos artículos que hablaban sobre su trabajo como policía. También algunos que se referían a su actividad literaria. Vio que había un poema de Chen titulado Noche del 35 cumpleaños.
2,30 a.m. Un perro ladra a la luna de una noche blanca. / ¿Acaso ladra el perro en mis sueños, o soy yo quien sueña al perro?
Se dejó sentir una sirena que parecía ulular contra el cielo nocturno. Se frotó los ojos. Estaba despierta, sola, leyendo un poema en la habitación de un hotel.