12

La primera planta del Viejo Lugar rebosaba de gente, aun a primera hora, como había supuesto el inspector Yu que estaría, y aquella mañana había un barullo infernal, más ruido que nunca.

El restaurante era famoso por sus fideos con carne de cerdo xiao y muy frecuentado por sus precios relativamente asequibles, lo que reunía allí a un montón de gourmets. No pudo evitar Yu sacudir la cabeza, ante aquella algarabía de la primera planta, cuando comenzaba a subir los peldaños que conducían a la segunda. Había una cierta diferencia de precio, sin embargo, entre la primera y la segunda planta, más cara ésta. Peiqin les había reservado un saloncito en la segunda planta. Nadie los vería. Aunque no precisaban de un saloncito tan lujoso como aquel, Peiqin gustaba de cuidar bien tanto a su esposo como al inspector jefe Chen, sobre todo si, como suponía, iban a tratar de algo importante.

Una camarera condujo a Yu al saloncito reservado por su esposa, que tenía una mesa de anticuario y sillas igualmente señoriales. Había cortinas de seda en la ventana y flores frescas en un jarrón. Se dejaba sentir una leve música de instrumentos sureños de bambú a través de un delicado sistema de sonido. Las sillas, de caoba, no eran sin embargo precisamente cómodas. Tomó asiento Yu y echó un vistazo a la carta.

No le preocupaba que la segunda planta fuese más cara. Sabía que, si Chen lo había citado a desayunar a través de su esposa el mismo día en que partiría hacia Estados Unidos, era para tratar de algo serio. Conocía muy bien a su jefe.

Era consciente Yu, por otra parte, de que en la comisaría se hablaba mucho de la investigación encargada al inspector jefe, algo que había pasado a ser un lugar común en las conversaciones. Supuso que quizá había algo que marchaba mal.

La camarera puso en la mesa cuatro platillos. Ajo en escabeche, cacahuetes fritos, trozos de jengibre y ciruelas secas cubiertas de azúcar. Tras servirle una taza de té, la camarera dio unos pasos y se hizo a un lado, quedando a la espera, firme y silenciosa como si fuese un adorno del saloncito.

Cuando al poco entró Chen en el reservado, Yu leía por segunda vez la carta. Tenía la sensación de llevar mucho tiempo de espera.

—Me alegro de verte, jefe —dijo Yu—. Peiqin nos ha reservado un buen comedor.

—Sí, es muy bonito —dijo Chen mientras se hacía con la taza de té ofrecida por la camarera—. Un ambiente elegante y un buen servicio.

—Me llama la atención —dijo Yu— que muchos de los clientes sean hombres de cabellos grises, ya jubilados. Tendrán por fuerza pocas monedas tintineándoles en los bolsillos. No creo que puedan gastarse más de tres o cuatro yuanes, y eso en la primera planta, claro… Aquí, en los reservados, la cosa es mucho más cara, y más en un salón como éste, supongo…

Yu alargó el menú a Chen.

—No, hoy eliges tú —dijo Chen con una amplia sonrisa—. Peiqin me ha dicho que sueles venir aquí.

—No le hagas caso, bromea… Ren insistió un par de veces para que viniéramos aquí después de que consiguiéramos la shikumen, para celebrarlo… Eso es todo.

Yu pidió fideos con langostinos secos y cebolletas; Chen también pidió fideos, pero con arroz blanco y anguila. También encargaron cerdo y panecillos rellenos con hojas de loto, y otros con rellenos con sopa. Y dos platos con el afamado cerdo xiao de la casa.

—Puedes irte —dijo Yu a la camarera, tras devolverle la carta—, tenemos que hablar de negocios. Si necesitamos algo más, te llamaremos.

—Claro, negocios a costa del Comité de Disciplina del Partido —dijo Chen en broma una vez hubo salido la camarera.

—No te preocupes por eso —bromeó Yu—, que no nos saldrá muy caro… ¿Algo serio, jefe?

—Quizá no… Ya sabes, hoy salgo hacia los Estados Unidos, estaré allí dos semanas. Es una gran oportunidad, como me dice todo el mundo, pero es que estoy en plena investigación…

—Claro… ¿Por qué te han encargado eso precisamente ahora?

—No lo sé. Supongo que tendrán sus razones… Razones oficiales.

—Xing está en los Estados Unidos, ¿no? Bueno, pues allá que vas tú también.

—Quisiera pensar que ésa es la razón de que me hayan designado, pero realmente no me han dicho nada al respecto —dijo Chen, tomando con sus palillos una ciruela seca. Lo que acababa de decir Yu era muy agudo. Chen no había pensado en eso hasta que se entrevistó con Zhao en el hotel—. Hace días que no hablo contigo del caso; créeme, no lo he hecho sino porque apenas he avanzado, no porque me hayan dado consignas de no hacerlo, que me las han dado, por supuesto.

—Ya sabes que no tienes que hablar con nadie del asunto. Es un caso encargado por el Comité de Disciplina del Partido.

—Pero quiero hablar contigo de algunas cosas… ¿Has oído comentar algo sobre el asesinato de An Jiayi, la presentadora de televisión?

—He oído algunas cosas en la comisaría, pero nada de interés. Lo típico, ya sabes; que si fue encontrada medio desnuda y estrangulada… Era una celebridad, sí, pero sin relevancia política, así que se encargan los de homicidios, claro, Kuang y los demás… ¿Tenía esa infeliz algo que ver con tus investigaciones?

—Sí… No tengo pruebas de que su asesinato haya tenido que ver con el caso, pero sí tengo la certeza. La mataron poco después de entrevistarse conmigo… Me iba a dar una información muy importante.

—Esas malditas ratas son capaces de todo —dijo Yu—. ¿No ves alguna semejanza entre esa muerte y la de Hua en Fujian? En ambos casos, los cuerpos desnudos… Muertos después de haber tenido sexo.

—No sé mucho del caso Hua en Fujian, pero todo apunta, en efecto, a que tras ese crimen también está la mano de Xing. Quiero que hagas un par de cosas por mí mientras esté fuera… En una agenda que había en el dormitorio de An vienen unos cuantos teléfonos. Es una agenda vieja, pero puede sernos útil. También, investiga las llamadas que recibió y que hizo en las últimas semanas, sobre todo después de que se formara en Beijing el grupo especial de investigaciones contra la corrupción.

—¿Pero eso no lo ha hecho ya Kuang?

—Sí, pero, según él, An no hizo más de seis o siete llamadas en los últimos tres días, todas ellas irrelevantes, asuntos domésticos —dijo Chen—. Kuang no parece muy dispuesto a compartir conmigo lo que descubra.

—Ya veo… ¿Quieres que me ocupe de algo más?

—No te será fácil hacer lo que te pido. Tú tampoco tienes nada que ver con las investigaciones en curso por el asesinato de An. Kuang no colaborará contigo. Mejor no le digas nada. Cuanto más reservados seamos, mejor.

—Descuida, que no diré una palabra de todo esto ni a Kuang ni a nadie.

—Sigue el caso An tan de cerca como puedas. Tengo una lista de gente conectada tanto con Xiang como con An. Entre esa gente está Jiang, del Departamento para el Suelo y el Campo, ya sabes… Quiero que le prestes una atención muy especial. Cualquier cosa que haga, investígala, tanto si sale de viaje a otra ciudad como si solicita un nuevo pasaporte, lo que sea. Ah, y guarda este sobre hasta que yo esté de vuelta.

—Tendré en cuenta ese nombre —dijo Yu tomando el sobre que le entregaba Chen y sacando su libreta de notas. Chen no le dijo una palabra acerca del contenido del sobre. Yu sabía que su jefe no era muy dado a explicarse más de lo necesario, y él no solía, por ello, hacerle más preguntas de las necesarias.

—Vigila también a Dong —siguió diciendo Chen—. El tipo ese del Departamento para la reforma económica. Tiene relación con las empresas de Ming —Chen dejó a un lado los palillos, sacó una hoja de papel y se puso a escribir una serie de nombres.

—Cuéntame algo más acerca de toda esta gente.

Chen comenzó a referirle detalladamente lo que había hecho hasta entonces, haciendo especial hincapié en Jiang y en Dong. Le habló también de la posibilidad de que Ming siguiera oculto en Shanghai.

—Quiero pedirte un favor personal, Yu —dijo Chen.

—Claro, ¿de qué se trata?

—Llama a mi madre de vez en cuando, para ver cómo está… La verdad es que no anda bien de salud. No hace falta que vayas a verla, bastará con que la llames. O que lo haga Peiqin… La conoce, ¿no?

—Sí, por supuesto… ¿No te acuerdas de aquella cena en el Xinya? La conocimos allí.

—Sé que Viejo Cazador, aunque esté retirado, patrulla de vez en cuando por ahí como consejero de tráfico…

—¿Qué te ronda por la cabeza, jefe?

Pero en ese momento llamaron a la puerta. Era la camarera, que les llevaba los fideos y los otros platos que habían pedido.

—Los panecillos con sopa están muy calientes —dijo la camarera—, será mejor que la bebáis con las pajitas, pero empezad con cuidado.

El relleno de los panecillos no era exactamente sopa, sino una gelatina caliente de cangrejo. Pero el inspector Yu no estaba como para prestar mayor atención a la comida.

—Tranquila, que así lo haremos —dijo Yu a la camarera, de manera algo cortante—. Ahora, déjanos, por favor.

—El cerdo xiao está muy bueno —dijo Chen cortésmente—. Muchas gracias.

Tan pronto como hubo salido la camarera, Yu volvió a la carga:

—Dime, ¿qué tienes en la cabeza?

—Bueno, no sólo me preocupa la salud de mi madre, también me preocupa su seguridad…

—¿Es que alguien le ha intentado hacer algo?

—No directamente, pero creo que debo observar algunas precauciones. En caso de urgencia, ponte igualmente en contacto con Ling, mi amiga de Beijing. Te apunto su teléfono. Ella podrá echarte una mano.

—En caso de urgencia —repitió Yu—. Creo que entiendo, y me parece terrible… Sí, haces bien en adoptar precauciones, esos bastardos son capaces de todo, hasta de las cosas más sucias… Saben además que eres un buen hijo y puede que quieran hacerte daño a través de tu madre… No te preocupes, que tu preocupación es ya la mía, jefe. Queda tranquilo, cuidaré de ella.

—Lamento cargarte con estas cosas, Yu.

—Mira, tú sabes que no leo mucho, pero recuerdo lo que se dice en El romance de los tres reinos: No hemos nacido el mismo día, pero queremos morir el mismo día… Lo dicen los tres hermanos conjurados… Liu, Guan, Zhang… Yo también me alegro de no estar solo. Por eso, bebamos un poco más de vino.

—¿A qué te refieres?

—Soy un hombre afortunado; tengo una gran esposa, un hijo maravilloso, un amigo de verdad… Tengo, en fin, cosas por las que luchar… Por eso quiero que brindemos…

—Bien, pero mejor sigamos con el té… Tengo que ir en breve a unas dependencias gubernamentales.

—De acuerdo, el té no está mal —dijo Yu—. Ahora, dime… ¿Qué opinas del camarada Zhao? He oído decir que está en Shanghai, que ha venido por lo de las investigaciones… Ya se decía un tiempo atrás que iba a venir.

—El camarada Zhao es uno de los viejos bolcheviques, como Viejo Cazador… Pero no hemos de esperar que investigue por sí mismo… Es un revolucionario de la vieja guardia, tiene atadas las manos por la doctrina, imagínate —dijo Chen tomando un sorbo del relleno de los panecillos—. Ayer me reuní con Zhao en el Hotel Suburbio Occidental y dejé caer tu nombre… Ha oído hablar de ti.

—¿De mí? No es posible.

—Sí, de veras… Le pedí permiso para que me sustituyas mientras esté en América y me dio su aprobación.

—¿Y no te dio algunas instrucciones concretas?

—Mira, en este caso, todo es posible —y añadió Chen tras una pausa—: Me dijo que, si es preciso, podrás ponerte en contacto directo con él, pero no creo que lo necesites. También tú eres desde este momento un enviado especial del Emperador, por lo que puedes proceder como lo creas más conveniente. Aquí está el documento al respecto que me entregó el propio camarada Zhao… He añadido algo…

Yu tomó el documento en sus manos y procedió a leerlo. Lo que había añadido Chen decía así: «El camarada inspector Yu Guangming, de la comisaría central de la Policía de Shanghai, queda autorizado para actuar en representación del inspector jefe Chen Cao, en tanto se encuentre éste fuera del país». Después había puesto Chen su firma junto a la de Zhao. Yu se preguntaba si Chen lo habría hecho en presencia de Zhao.

—¿Podré ponerme en contacto contigo cuando estés en América? —preguntó Yu.

—Tú no me llames, que ya intentaré ponerme en contacto contigo… haciendo uso de nuestra jerga.

En un caso que llevaron juntos, temerosos de que pudieran haberles intervenido los teléfonos, habían puesto en práctica, efectivamente, una jerga especial urdida por ambos. Frases como está nublado y puede que llueva, o es posible que salga el sol por la tarde, les vinieron muy bien para decirse algo que a los posibles escuchas se les escaparía.

—Ante todo, sé muy precavido —recomendó Chen a Yu y vació su taza de té de un trago.

—No te preocupes, jefe.

Pero ya en casa, al final de la jornada, Yu mostraba cierta preocupación.

Peiqin preparaba algunas cosas para cenar. Vestía un pijama estampado en blanco y azul y calzaba unas zapatillas de plástico transparente que él no le había visto antes. Yu se preparó una taza de té y mientras lo sorbía se puso a reflexionar sobre los últimos acontecimientos.

Quizá, se dijo escupiendo una hojita de té, no había que pensar tanto en ello, sino actuar. En vez de hablar con Kuang, Yu había abordado a un joven policía de homicidios para obtener información sobre las conversaciones telefónicas de An. Pero no obtuvo nada importante, nada nuevo o distinto de lo que ya sabía a través de Chen. Para tratarse de una presentadora de televisión, sin embargo, su teléfono apenas mostraba nada fuera del ámbito de lo doméstico. Eso, desde luego, resultaba extraño. En cuanto a Jiang y Dong, estaba más que claro que no podría presentarse en sus despachos ni siquiera para mantener una conversación sobre cualquier cosa. Además no conocía a nadie que trabajara en esas dependencias y pudiese facilitarle algún tipo de información.

—¡A cenar, Guangming! —le dijo Peiqin—. Saca lo que hay en el microondas.

Dejó la taza de té en el alféizar de la ventana y sacó del micro-ondas un plato de carne de cerdo salada y frita, con salsa de puerros. Peiqin le alcanzó un tazón con arroz blanco.

El plato humeaba, caliente y sabroso, no obstante haberlo sacado del microondas, cosa que no le gustaba… El cacharro en cuestión era un regalo que les hiciera Chen para celebrar lo de la shikumen. Un buen regalo, sobre todo para Peiqin, que insistía en la necesidad de calentar la comida rápidamente cuando no se dispone de tiempo para elaborarla como es debido. En cualquier caso, había supuesto que no sería bueno tener aquel aparato en la cocina, con todos los humos de las sartenes y el vapor de las cacerolas, así que resolvió instalarlo en el dormitorio, que así pasó a convertirse también en comedor, sobre todo llegada la hora de la cena.

La casa donde vivían no era precisamente grande, pero les había supuesto una gran alegría poderse mudar, pues hasta entonces habían vivido en la de Viejo Cazador compartiéndolo todo. Ahora, en aquella casa a nombre de Yu, podían tener la intimidad deseada.

Cenaban solos, pues su hijo, Qinqin, que solía acostarse sobre las nueve de la noche, agotado tras su jornada de estudios, había telefoneado aquel día para decir que llegaría más tarde pues preparaba un examen próximo. No importaba. Como disponía de su propia habitación, Qinqin no les despertaría aunque llegara tarde.

Peiqin sólo preparaba algún plato especial cuando Qinqin cenaba en casa. Yu, a pesar de lo poco que le gustaban los platos precocinados, o recalentados, no ponía objeción alguna. Qinqin tendría que llevar una vida diferente, por fuerza, y para ello, nada mejor que cursar sus estudios en un buen centro. Ahorraban para darle esa cara educación que deseaban para él. Así, el único plato cocinado por Peiqin aquella noche, con cosas que había comprado en la tienda poco antes de llegar a casa, sería para él. También le dejó un poco de la carne de cerdo que cenaban Yu y ella, con huevo hilachado sobre el lecho de la salsa de puerros.

Peiqin trabajaba mucho y terminaba agotada. Además de su trabajo en el restaurante estatal, el que tenía en el restaurante privado cada vez le llevaba más tiempo, por lo que apenas le quedaban ganas ni los minutos necesarios para cocinar en casa como le hubiera gustado hacerlo. Pero aquello no estaba del todo mal. La carne de cerdo tenía muy buen sabor, y el puerro, el huevo y las cebolletas le daban un gusto que parecía propio de una cocina esmerada, no obstante fuese debido todo ello a un recalentamiento en el microondas.

Mientras cenaban, Yu le refirió su conversación con Chen y lo de su viaje a Estados Unidos. Total, sabía que ella se lo iba a preguntar tarde o temprano.

—¿Y qué hay de su investigación por encargo del Comité de Disciplina del Partido? —preguntó ella sin levantar los ojos del tazón de arroz blanco.

—Eso queda aparcado hasta su regreso… La decisión de nombrarle jefe de la delegación vino de las más altas esferas.

—Así que se va de viaje…

—No le queda más remedio…

—Pero —dijo con un bocado a medio camino de sus labios— eso es una gran oportunidad para él…

—¿Tú crees?

—Bueno, podrá encontrase con esa mujer, la policía americana… ¿Cómo se llama?

—Catherine Rohn.

—Eso es… Realmente parecía gustarle China. Recuerdo que dijo haber estudiado chino en la universidad, aunque no me acuerdo de las razones por las que, según contaba, se había hecho policía… Pues eso, que se parecen mucho en todo. Se dedican a una profesión en la que no habían pensado cuando iniciaron sus estudios, ¿no? Estuvo en nuestra antigua casa, ¿te acuerdas? Incluso me ayudó a cocinar.

—Claro que lo recuerdo, su estancia entre nosotros fue como un gran regalo para ella. Pero no creo que puedan verse en este viaje de Chen, va a estar muy ocupado, atenazado por sus responsabilidades. Su nombramiento como jefe de la delegación conlleva obligaciones políticas. ¿Y por qué supones que ella querría verle después del tiempo que ha pasado?

—Tu jefe sigue soltero —Peiqin no respondió directamente a la pregunta de su marido—. No creo que sea bueno para él… Tampoco parece hacerle mucho caso a la de Beijing, con el pretexto de la distancia. Un pretexto, sin más.

Se sirvió en el arroz un poco más de la salsa de puerros, que rebajó con un poco de agua. Para ella estaba demasiado picante. Aquellos ingredientes precocinados no parecían ser tan buenos.

—Pues mira, precisamente hoy me habló de su amiga de Beijing, Ling —apuntó Yu.

—¿Por algo relacionado con sus investigaciones? —dijo ella mirándole sorprendida.

—Sí, más o menos… Se refirió a ella cuando habló de la necesidad de cuidar de su madre. No tiene quien se haga cargo de ella mientras esté fuera.

—Esa pobre anciana está muy enferma, lo sé… Pero Ling está muy lejos, vive en Beijing…

—Claro, por eso quiere que tú o yo llamemos a su madre de vez en cuando, para interesarnos por ella. También me ha pedido que me ponga en contacto con Ling, si hay alguna urgencia.

—¿Sí? —se extrañó Peiqin levantando involuntariamente sus palillos—. Eso no suena bien… ¿Es que su madre ha empeorado?

—Teme también por su seguridad, más allá de la salud de la pobre anciana… Por eso me dio el número de teléfono de Ling.

—Eso suena peor…

—Lo sé… Es la primera vez que me habla de Ling… Por lo general evita esas conversaciones. En la comisaría cotillean mucho con eso, dicen que terminaron de mala manera… Me pregunto si Ling querría ayudar, si me viese obligado a llamarla… Realmente, no lo sé. Chen es muy reservado en esos aspectos.

—Es posible que tenga miedo, es posible que las cosas estén mucho peor de lo que te ha dicho —aventuró Peiqin—. Supongo que llamar a Ling tendría que ser un último recurso, ¿no? ¿Y qué más te ha pedido tu jefe que hagas durante su ausencia?

—Me ha encargado algunas cosas más, es cierto. Quiere que investigue algún asunto, extraoficialmente, por supuesto —dijo Yu vagamente, moviendo los palillos en el aire como un prestidigitador que moviera su varita para desviar la atención del auditorio.

—Creo que tu jefe es un policía muy capaz, pero me parece que se aturulla mucho con otros problemas.

—¿Qué quieres decir, Peiqin?

—Bueno, él forma parte del sistema imperante, por decirlo de alguna manera —dijo Peiqin tomando con sus palillos un trozo de huevo hilachado para mojarlo en la salsa de puerros—. Puede resolver muchos casos, uno aquí, otro allá, cosas digamos normales, pero cuando ha de enfrentarse con algo que atañe al sistema en sí mismo, le surgen las dudas… Normal, ¿qué otra cosa puede hacer, si él mismo detenta un cargo político? Supongo que le pesará mucho el encargo de un trabajo que no tiene más objeto que montar un espectáculo para que parezca que el sistema hace algo contra los corruptos…

—Es consciente de eso, créeme… Pero no quiere que su trabajo quede reducido a un simple espectáculo para llamar la atención y hacer creer al pueblo que se trabaja en serio. Él sí trabaja en serio.

—Pero es que el sistema no le trata mal… Tiene un coche a su disposición, un apartamento con subsidio, cosas así… Es normal que tenga dudas, podría perderlo todo.

—Mira, Peiqin… He hablado mucho con él sobre todo eso y puedo decirte que, como policía, tiene unas responsabilidades que cumple al cien por cien, más allá de los cargos políticos. Por eso insiste en llevar esta investigación hasta sus últimas consecuencias, por muchos peligros que se vea obligado a sortear. Así que…

—Así que te ha pedido que le eches una mano, ya veo… El Gobierno —siguió Peiqin— querrá cazar a un par de ratas para dar ejemplo y decirnos que actúa, pero seguirán sueltas cientos de miles de ratas más llevándose todo lo que puedan a sus alcantarillas… Es un mal de fondo, es un quiste difícil de extirpar, están en juego los principios del Partido y del Gobierno… ¿Cómo van a luchar contra algo que ha nacido en ellos, en su propio seno, y que les ha ayudado a mantenerse en el poder durante tantos años? —Peiqin, en este punto, sirvió un poco más de huevo en el arroz de Yu—. ¿Es que no te imaginas quién está realmente detrás de todo el caso Xing? ¡Pero si lo sabe todo el mundo! Alguien muy poderoso, alguien situado en las más altas esferas… Eso es lo que abate a Chen, que se sabe con las manos atadas… Pero, exactamente, ¿qué quiere que hagas? ¿No te parece que te ha puesto en un grave compromiso?

—¿Y qué quieres que haga yo? Es un buen jefe y mejor amigo. No puedo quedarme de brazos cruzados si me pide ayuda —dijo Yu con suma convicción.

—Sabes que lo aprecio y que me parece un buen policía, pero te ha metido en un caso por el que podéis pagar un precio muy alto para nada… Él, al fin y al cabo, es un policía muy famoso y respetado. Pero… ¿Y tú? Además, a ti no te encargaron esa investigación tan comprometida.

—Sólo me ha pedido que siga unas pistas mientras está en América. No hay muchos policías en los que se pueda confiar, y sin embargo él pone toda su confianza en mí… ¿Cómo voy a negarme?

—A veces hablas como tu querido inspector jefe Chen —dijo ella sacudiendo la cabeza con sorna—. Pretendéis ser como el juez Bao, pero sin audiencia que os siga en la TV.

—Peiqin, yo no soy un hombre muy leído, pero hay cosas que sé que nunca haré y otras que haré siempre… Una de esas cosas que nunca haré, será echarme a dormir sin tener la conciencia en paz —dijo Yu tras una breve pausa en la que permanecieron mirándose fijamente—. Recuerda una cosa que nos atañe, además… Chen no tenía que haberlo hecho, y sin embargo utilizó todas sus influencias para que consiguiéramos esta casa.

—Yiqi —dijo ella llamándole ahora por su nombre familiar—, comprendo que te sientas obligado, que quieras devolverle el favor… No me malinterpretes, Guangming. No me opongo a que le prestes ayuda, por mucho que no vea yo las cosas tan claras como tú.

—Por supuesto que lo ayudaré en todo lo que pueda. Tampoco me ha pedido nada especial, sólo que no pierda de vista a algunos tipos, lo que haré con tanta dedicación como precauciones… Por eso, igualmente, creo que deberías ser tú quien llamara de vez en cuando a su madre.

—Lo haré. A Chen no le han puesto las cosas fáciles, la verdad —dijo Peiqin cambiando de actitud—. Hablando de otra cosa, ¿no te has enterado de lo del centro comercial que quieren abrir aquí mismo? Si lo hacen, este viejo edificio shikumen donde vivimos, seguro que se ve abocado al derribo… Pues mira, nos compensarían con un apartamento de construcción reciente.

—Claro, supongo que por eso nos animó y ayudó tanto Chen para que nos hiciéramos con esta casa… Seguro que tenía información sobre lo que dices.

—Fue muy generoso, en efecto —dijo Peiqin— y está claro que no lo hizo para obtener beneficio alguno, sólo por ayudarnos… Pero, por volver a lo de antes, no sé qué podrá hacer Chen… No me refiero tanto a sus investigaciones, como a lo que piense para evitar que esa gentuza a la que investiga le haga daño… ¿Y si a la larga también toman represalias políticas contra él? ¿Qué hará en el futuro?

—No aventuremos desgracias, hay muchas cosas que están por pasar, y no todas tienen que ser necesariamente malas.

—Qinqin irá a un campamento de inglés en Hangzhou —dijo ella cambiando de nuevo de conversación—. Tres semanas, que nos costarán un montón de dinero. Si nos tuviéramos que mudar, eso generaría gastos… Tendré que hacer más horas extra en el restaurante del viejo Geng… Y tú, mejor será que te cuides mucho y no metas la pata.

Yu no dijo una palabra mientras ella recogía las cosas que había puesto para la cena en la pequeña mesa del dormitorio. Se limitó el inspector Yu a pasar después una bayeta.

Eran casi las diez cuando se metieron en la cama.

—Mira lo que me dio Chen para que se lo guarde hasta que regrese —dijo Yu recostándose en la almohada mientras sacaba el sobre, del que cayeron las fotos sobre la cama.

Peiqin y Yu estuvieron largo rato contemplando aquellas fotos lúbricas sin decir palabra.

—Es An Jiayi —dijo al fin Peiqin—. La mataron esos a los que investiga Chen, ¿verdad?

—Chen se había entrevistado con ella, An iba a pasarle información…

—¡Qué barbaridad! —dijo Peiqin escondiendo su cara—. ¿Pero por qué te ha dado estas fotos?

—No lo sé —respondió Yu—. Supongo que no querría llevarlas consigo en el viaje por razones de seguridad.

Era probable, pero no seguro que lo hiciera por eso, pensaba Yu. Y Peiqin también lo pensaba. Pero no dijeron nada. Yu acariciaba el cabello de su esposa.

Ambos recordaban una de las fotos que más habían contemplado, ésa en la que se veía a la mujer con los pechos al aire, sentada en el borde de la cama, el cabello largo y negro cayéndole sobre los hombros, mientras atraía al hombre hacia sí con los brazos.

Yu cedió en su abatimiento al notar que ella le recorría las piernas con los dedos de sus pies.

Estaba en vela, una vez se hubo dormido la esposa, que roncaba a su lado, descansando profundamente, idos ya los avatares del día y el duro trabajo de la jornada.

Yu se puso a pensar, desvelado, en qué podría hacer para ayudar a Chen en sus investigaciones. Pero no se le ocurría nada que fuera eficaz. Finalmente, mientras avanzaba la noche, cayó en una duermevela en la que se le confundían imágenes fragmentadas.

Una de esas imágenes confusas presentaba un montón de cangrejos en una red. Por un momento, le pareció que uno de los cangrejos era él mismo, y que lo acababan de sacar del agua, y al instante era Chen quien semejaba ser otro cangrejo, que abría y cerraba sus pinzas en un afán tan desesperado como imposible por liberarse. Por completo despierto otra vez, Yu acarició los hombros desnudos de su esposa. Ella, aun dormida, se giró para abrazarse a él.

Estaba seguro Yu de que su esposa andaba algo enfadada con él, por la ayuda que prestaría a Chen sin recibir ninguna compensación económica especial. Pero al menos no le había presionado en exceso. Era, más o menos, como cuando él mismo intentó convencer a Chen de que no aceptara el caso. Echó un vistazo al reloj, cuya esfera se iluminaba en la penumbra del cuarto. Eran más de las once y media. Qinqin aún no había vuelto a casa.

A esa hora, el inspector jefe Chen volaría ya hacia los Estados Unidos a través del océano Pacífico. Quizá se preguntara qué hacía el inspector Yu en Shanghai.